Intervenciones para
el cambio
Martin Wainstein
Edición digital 2020
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Martin Wainstein Profesor Consulto de la Universidad de
Buenos Aires (UBA). Director de la Carrera de Especialización en Psicología Clínica
Sistémica en la Facultad de Psicología de la UBA. Licenciado en Sociología y
Psicología en la UBA, Se doctoró en Psicología en la Universidad de Belgrano (UB).
Se formó como psicoterapeuta en el Mental Research Institute de Palo Alto California
con John Weakland, Paul Watzlawick, Richard Fish y Stevee deShazer y en el
Families Studies de Nueva York con Salvador Minuchin.
Se ha desempeñado como Profesor en la Facultad de Psicología (UBA) de Teoría y
Técnica de Clínica Sistėmica, cátedra que inició esa enseñanza en una universidad
nacional, en 1992 hasta 2015 y en la cátedra de Psicología Social, desde 1986, en la
que continúa a cargo.
Dirigió la Carrera de Psicología de la Universidad de Palermo, donde fue
Profesor Titular de Clínica Sistémica y Psicoterapia Conductual, Psicología de
la Personalidad y Psicoterapia Cognitiva-Conductual (2002).
Dirige desde hace 20 años equipos de investigación (SECyT-UBA) y
actividades y programas de extensión en el área de la psicología social y las
prácticas sistémicas (UBA).
Realizó programas de entrenamiento y formación de terapeutas en la
República Argentina en Buenos Aires, Mar del Plata, Neuquén, Mendoza, San
Luis, Trelew, Rosario; en los EEUU, en Palo Alto, Ca. y en Nueva York, NY.
Dirige desde 1985 la Fundación Gregory Bateson de Buenos Aires, ha
publicado numerosos escritos científicos, organizado congresos nacionales e
internacionales y publicado como autor cuatro libros y varios capítulos de libros.
Dirige actualmente la revista Sistemas Familiares editada por la Asociación
Sistémica de Buenos Aires.
Desde 2015 es Miembro Evaluador de la Comisión Técnica Asesora de
Ciencias Jurídicas Económicas y de la Administración del Rectorado, de la
Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU) y
coordina la Comisión de Posdoctorado de la Facultad de Psicología de la UBA.
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A mis hijos Nicolás, Federico y Mariana
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Agradecimientos
Con muchos colegas he compartido durante estos últimos quince años mis
actividades en la Fundación Instituto Gregory Bateson (IGB). Esas personas de un
modo a veces más directo y otras veces más indirecto han participado de la producción
de estas ideas. Las intervenciones para el cambio desarrolladas en este libro constituyen
parte de nuestro estilo de trabajo en el centro de atención del IGB en el que se han
realizado algo más de 3000 tratamientos individuales, de parejas, familias durante los
últimos cinco años. También las hemos aplicado al trabajo con organizaciones
escolares, empresas, instituciones de salud, el ámbito jurídico, en la atención de
víctimas de accidentes, desastres naturales y terrorismo y en programas y capacitaciones
para la prevención de catástrofes.
Silvia Baeza y Rosa Pfefferman escribieron el capítulo sobre Técnicas Activas,
tema en el que se han especializado y sobre el que han dictado innumerables cursos y
realizado varias publicaciones.
Con Mariana Falconier, ya hace algunos años en la Universidad de Maryland,
trabajamos muchas horas sobre el tema intervenciones y con ella pensamos parte del
capítulo dedicado a las narrativas. Muchas de las ideas que están en esa y otras partes
del libro refieren resultados de discusiones en ese trabajo común.
Paul Watzlawick, Karin Schlanger, el fallecido John Weakland y otros colegas
del Mental Research Institute me ofrecieron en Palo Alto un ámbito de trabajo y
discusión de una riqueza inestimable. Ema Genijovich, Directora de Educación del
Centro Minuchin de Nueva York y Salvador Minuchin me facilitaron, además de su
afecto, un ámbito de capacitación para mí y para otros colegas en cursos y talleres que
organicé en Nueva York y Buenos Aires entre los años 1994 y 2006.
Las autoridades de la Universidad de Buenos Aires apoyaron mi actividad
docente y de investigación universitaria en la Facultad de Psicología durante los últimos
veinte años, tanto en la Primera Cátedra de Psicología Social, como en la de Teoría y
Técnica de la Clínica Sistémica y en los departamentos de Posgrado y Extensión. Esto
me permitió conectarme continuamente con jóvenes estudiantes y graduados y que éstos
con sus preguntas constantes e inquisitivas fuera la mejor disciplina para sistematizar
mis ideas hasta la actualidad.
También los trabajos de investigación sobre comunicación en sistemas aula y
clima escolar, así como las experiencias de accion research en el marco de los
proyectos de la programación UBACyT 2003/2007 de la Universidad de Buenos Aires
fueron una oportunidad extraordinaria para experimentar técnicas de intervención que,
validadas en el restringido espacio de la clínica, pude aplicar en sistemas más complejos
como aulas y escuelas o las interfases aula-escuela-hospital.
A todos ellos mi agradecimiento.
A bordo del Puffin, otoño de 2006.
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Indice
Introducción
1. Influencia Social: breve recorrido por el conocimiento de sus
efectos sobre la conducta humana.
2. El psicólogo como consultor: el sistema consultante.
3. ¿Qué es un problema?
4. Intervenciones estratégicas
5. Intervenciones estructurales
6. Intervenciones constructivas.
7. Intervenciones con procedimientos dramáticos.
(Silvia Baeza y Rosa Pfefferman)
8. Enfoques psicosociales en psicología clínica. Resiliencia.
Recursos de la gente para hacer las cosas adversas de riesgo,
amenaza o trauma.
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Introducción
Y ahora, debemos comenzar. ¿Cómo? ¿Por dónde?
Poco importa: se entra... (en la vida de un
hombre)...como Pedro por su casa. Lo esencial es
partir de un problema.
J.P.Sartre, L’Idiot de la famille.
Este libro es una presentación panorámica y más o menos ordenada de las
múltiples formas en que los psicólogos y muchos otros profesionales como los
publicistas, vendedores, médicos, psiquiatras, asistentes sociales, abogados, políticos,
etc., en su actividad cotidiana pueden influir e influyen sobre individuos, parejas,
familias, organizaciones, empresas y sectores de la comunidad con la finalidad de
producir cambios en la conducta de las personas.
El texto alcanzaría su pleno objetivo, si la palabra consultor pudiera ser
reemplazada por el lector o el usuario, en cualquiera de sus partes, por la figura social
del abogado, publicista, asistente social, investigador social, psicoterapeuta, ingeniero,
médico, terapeuta familiar, profesor, administrador de recursos humanos, coordinador
de grupos, militares, y/o cualquier profesión cuya tarea se realiza con la participación
de personas como parte indispensable de ella. Debiera ser útil para todo aquel que es
consultado por algún motivo y necesita cierto manejo de las relaciones interpersonales
para cumplir con lo solicitado.
No creemos que ese objetivo lo hayamos alcanzado en su forma más plena, pero
si que hemos dado un paso en esa dirección. Como suele prometerse, otras ediciones
futuras deberán seguir mejorando y completando la tarea.
No es este un libro solo acerca de como hacer las cosas. La actividad de un
consultor, en cualquier área, es más que una forma de hacer las cosas, es
fundamentalmente una forma de pensar las cosas.
En ese sentido, este es un texto acerca de cómo considerar las actividades de
nuestro trabajo en la consulta o la psicoterapia. También contiene sugerencias concretas
–porque-, no nos engañemos, cada modo de pensar lleva a un modo de hacer.
Le asignamos especial dedicación al campo de la psicoterapia, vista como un
campo específico de la influencia social y entendida como el conjunto de intercambios
que ocurren entre terapeutas y pacientes, debido a que es posiblemente el campo en el
cual se han estudiado en forma más intensa y precisa las relaciones interpersonales de
un modo micro. De todos modos, no vemos el ámbito de la psicoterapia como un lugar,
socialmente hablando, demasiado especial. Salvo en los objetivos que están en juego y
en la posible especificidad del tipo de problemas planteados, no ocurren allí cosas
demasiado diferentes a las de cualquier otra forma de relación social. Como toda
relación social, la psicoerapia está signada también por la influencia social.
Más allá de algunas polémicas actuales constructivistas, construccionistas,
relativistas, etc., la psicoterapia es socialmente una actividad con especificidad
profesional, realizada por un experto del cual se esperan algunas operaciones básicas
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como describir conductas, clasificarlas, realizar algunas predicciones, ofrecer algún
nivel de explicación y algún grado de control o modo de producir cambios en las
creencias y las acciones de la gente a través de la interacción personal, en una situación
de consulta.
En ese sentido los aportes y consecuencias del constructivismo y el
construccionismo social parecieran ser su efecto sobre una toma de conciencia, en
investigadores y operadores, de los límites de la experiencia personal y la cualidad
fragmentaria de la conciencia humana, que solo permite captar partes de la realidad.
Cuando decimos consultor, nos referimos a un rol de agente activo del cambio
de la conducta humana. Se puede estar frente a una persona, una pareja, una familia, un
grupo, una organización o desempeñándose conformando y coordinando una red social.
Se puede estar haciendo psicoterapia o promoviendo políticas sociales, en cada tema la
especificidad la da el contenido de lo que se haga, pero nuestro interés aquí es un interés
sobre las formas comunes, sobre el cómo común a gran parte del trabajo de asistencia
individual, social, institucional o comunitaria.
En este sentido dejamos a un lado las cuestiones legales de incumbencias de
títulos universitarios y la legislación de las prácticas de médicos, psicólogos, abogados,
consejeros u otros profesionales. En todo eso influye poco el conocimiento como tal y
es mucho el peso de la capacidad de lobby de cada grupo o corporación profesional.
Dicho en sencillo, incumbencias, delimitaciones profesionales, etc.; fue y será siempre
un problema político anclado a los intereses creados de los grupos profesionales.
Las intervenciones
La cuestión de las intervenciones en psicoterapia y otras actividades afines
puede resumirse en una pregunta simple:
¿Cómo las palabras y los gestos de unas personas pueden afectar y orientar las
creencias y la conducta de otras personas?
Con una fuerte influencia de la pragmática, la teoría de sistemas y la teoría de la
comunicación hemos tratado de sintetizar los distintos niveles de complejidad presentes
en la actividad del consultor: lo biológico, lo conductual y lo socio-ambiental;
entrelazados con la actividad descriptiva-predictiva e interventiva-valorativa.
Algunas veces, el psicólogo es llamado solamente para evaluar la conducta
humana, preparar diagnósticos e informes acerca de individuos y grupos. Su tarea lo
eximiría, aparentemente, de un papel orientador de la conducta de otros. Pero aun así,
ello no lo exime del hecho de que las intervenciones presentes en esas tareas, incluyan
supuestos, elecciones, atribuciones y decisiones que, de por sí, influyen sobre la vida de
las personas con las que trata. Del mismo modo, tampoco está eximido del efecto que
iguales estímulos por parte de los consultantes ejercen sobre su propia persona.
Desde la perspectiva que adoptamos aquí, que identifica comunicación y
conducta, cualquier conducta: motora, cognitiva, o psicofisiológica debiera ser
entendida como un acto de influencia sobre el sí-mismo o sobre otros.
Una tesis central de este libro es que la actividad de consultoría, orientación
psicológica y la psicoterapia misma son formas de diálogo especializadas en contextos
específicos mediante las cuales se busca de algún modo modificar la conducta humana
en dirección a objetivos más o menos acordados.
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Las intervenciones para lograr eso se aplican a conductas consideradas como
atributos, trastornos, aprendizajes, pensamientos, interacciones, “construcciones” de
realidad, etc. Estas consideraciones dependen del modelo o mapa del operador y
también de las necesidades operativas, por ejemplo los objetivos del trabajo.
De allí el despliegue de modelos de evaluación psicológica, conductuales,
médicos, cognitivos, interaccionistas, constructivistas, etc.
Una perspectiva sistémica
El pensamiento sistémico contempla el todo y las partes. Fundamentalmente se
interesa por las conexiones entre las partes. Es lo opuesto al reduccionismo, que se
interesa por las partes y por la influencia de alguna de ellas sobre el todo.
El interés por las conexiones es lo que diferencia un sistema de un “montón”.
Cuando se piensa en términos de “montón” poco importa que algo se agregue o se quite,
la disposición de las partes, su orden de funcionamiento, etc.
Cuando se piensa en términos de sistema quitar o poner, cambiar la disposición
o el orden de funcionamiento, recortar, dividir, olvidarse de nuestro papel en la
observación y acción, etc.; afecta la esencia misma de aquello en lo que trabajamos.
Cuando se observa y se piensa en términos de patrones que conectan las partes
y no solo de partes, no es difícil descubrir que sistemas formados por partes distintas
con funciones distintas pueden organizarse de un modo similar. Esto hace posible
comprender sistemas muy diferentes como un organismo, una empresa, una pareja o
una ciudad e influir sobre ellos utilizando los mismos principios.
De todos modos la posibilidad de pensar o describir e influir sobre un sistema
depende, en general, de la escala con que trabajemos. Un grupo de seis vendedores
suele ser más fácil de manejar que un plantel de 200. Un sistema con mayor número de
conexiones y diferenciación suele ser más complejo. En el pensamiento sistémico es
necesario definir el sistema en su tamaño óptimo y eso lo define el observador.
Paradojas de la influencia
Socialmente, y también en el ámbito de “lo científico”, la influencia suele ser
percibida como una fuerza maléfica, contra la cual los individuos luchan, para evitar ser
alienados por la conducta ya de otro individuo, de un grupo, o –tal como está de moda
actualmente- por el efecto mediático.
En esos casos, suele dejarse a un lado una realidad evidente, que nuestro ser
personas es resultado de un proceso de socialización, que es el signo mismo de la
eficacia de la influencia social como proceso.
Percibimos como algo surgido de nuestro interior, de nuestra propia manera de
ver y sentir el mundo y de decidir nuestras conductas; aquello que, en realidad, es la
marca de cómo nosotros interiorizamos las ideas y las conductas propias de la familia,
los grupos y la sociedad en la que actuamos.
No nos quejamos demasiado de nuestro lenguaje y sus reglas, de nuestra
vestimenta, de nuestro peinado, de nuestros horarios, de nuestras costumbres
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alimenticias, debido a que las incorporamos como algo natural, sin pensar que es
resultado de la actividad persuasiva y omnipresente de la vida social, desde sus
manifestaciones iniciales en la vida familiar.
No promovemos la idea de un hombre “externamente dirigido”. Entendemos que
la conducta humana incluye siempre la presencia de cierta competencia cognitiva y que
ésta colorea con su singularidad el modo con que cada individuo encaja en el orden
social. Pero allí la paradoja se perfecciona: la interacción entre influencia y estilo
personal señalan una vía idiosincrásica: ¡Esa vía idiosincrásica es la vía regia que
utiliza la influencia para cumplir su cometido!
Una cierta cualidad evocativa de experiencias personales, un estilo, una
identidad, están siempre presentes y deben anudarse de algún modo, para que la
influencia social atraviese las fronteras de la subjetividad personal y retome después el
camino inverso, mediante el cual el individuo influye en el mundo con sus ideas y sus
acciones.
El agente y soporte más particular del cambio social, es siempre un individuo.
El plan más influyente que cambia la historia, en algún momento primero fue deseo,
proceso cognitivo, inteligencia, en los estrechos márgenes de una biografía personal.
En palabras de un experto y respetado teórico de la personalidad:
“A lo que se aspira es a la integración de partes que han estado desconectadas
en el siglo XX. Lo mismo que cada persona es una unidad intrínseca, cada componente
de la personología no debe permanecer como un elemento separado de un amplio rango
de elementos separados. Por el contrario, cada elemento debe integrarse en una gestalt,
una unidad doble y sinérgica en la que el total es más útil y proporciona más
información que las partes individuales”.
*
De todos modos, un poco más allá de las tardías confesiones sistémicas de
Millon, no hay plan personal que pueda desplegar su eficacia en la sociedad, sin adoptar
la forma de una herramienta de aprendizaje e influencia consistente con los requisitos de
la vida social.
De este modo, la sociedad mantiene cierta uniformidad funcional y anula
manifestaciones demasiado diferentes de la norma que puedan ser conflictivas para el
orden social. Estas normas, incluyen por supuesto, la norma básica del “derecho a la
intimidad”, que encierra definitivamente en un círculo estrecho cualquier
comportamiento extraño.
El orden social reconoce, desde una inteligencia de siglos, que la suavidad de la
persuasión es preferible a la dureza de la disciplina. En el largo plazo, el
convencimiento rinde más que las actitudes represivas. La fragilidad de un orden social
aumenta, cuanto más depende de actitudes autoritarias.
Por otra parte, cierta flexibilidad permite el aprovechamiento de la creatividad
de cada uno y la aparición de alternativas nuevas para la vida social. Esta creatividad
tiene su origen en la influencia individual, se amplía por el agregado de seguidores y la
constitución de minorías y realiza su efecto cuando impone sus conductas innovadoras.
La bibliografía de referencia se encuentra al final de cada capítulo.
*
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En un texto ya clásico, Peter L. Berger y Thomas Luckmann, describen la
realidad, en la cual las personas llegamos a ser tales y nos desarrollamos, como un sitio
en el cual la influencia social adopta la forma de la conformidad y la normalización. El
orden social es descrito como algo precario, que la sociedad necesita proteger. La
conducta desviada, que cuestiona ese orden, acentúa la precariedad social. Esos autores
de orientación psicosociológica proponen que la psicoterapia, el aislamiento mediante
la cárcel o la aniquilación (muerte, exilio) son las respuestas que las sociedades
oponen a las innovaciones no aceptadas.
Sin embargo ¿Cómo el cambio es posible?
Más allá de cierta tendencia conservadora de toda sociedad, las familias, los
grupos sociales, las sociedades más complejas cambian. Muchas veces, pareciera que
esos cambios ocurren a pesar de la resistencia de sus miembros. Para que eso ocurra las
innovaciones deben ser impulsadas por la voluntad de individuos y grupos que las
enuncian. El diálogo, la palabra enunciada, que convierte en público “aquello que
debiera callarse”, es también el vehículo de la innovación. La posibilidad de que algo
cambie es proporcional a la posibilidad de que se haga público, de crear un movimiento
de implicación y debate que cuestione rutinas y conformidades, incite a mostrar los
antagonismos y favorezca el desarrollo y autonomía de un conflicto que será su motor.
Un individuo que hace público su conflicto de ideas, una pareja o una familia que
comparte su problema, una empresa que acepta la asistencia de un consultor, son
instancias de hacer público un debate cerrado de ideas. Eso es esencialmente lo que se
denomina una consulta clínica. En pequeño reproduce el acto de hacer algo público
llevándolo a los medios, amplia el marco de participación social, limita el manejo
narcisístico de un tema o problema y amplia y democratiza el marco de lo posible.
Los sistemas cognitivos y de creencias, los sistemas sociales, se caracterizan por
su persistencia y su coherencia interna, ésta es la que les otorga su identidad. Los
cambios de un sistema cognitivo o social dependen de la pérdida de su coherencia, de
la fractura de aspectos de su identidad, ya sea esto resultado de un conflicto de ideas en
el pensamiento de un individuo, en las creencias de una pareja, en la mitología de una
familia, en la cultura de una organización, o en la ideología de un grupo social. Algo
se debe destruir creativamente.
Los cambios en las percepciones, actitudes, sentimientos y acciones ocurren al
consultante en un marco que llamamos sistema consultante. Son, en gran parte,
resultado del impacto de los mensajes del consultor sobre su pensamiento, sus
percepciones y sobre el contexto de interacciones habituales en las que el consultante
participa. Se cambian actitudes, constructos y descripciones y también se modifican
acciones. También cada nivel reactuará sobre el otro.
Los recursos humanos para la influencia, en una u otra dirección, ocurren en una
escala que va desde las experiencias diádicas de la hipnosis, hasta las acciones políticas
sobre grandes grupos humanos. Esto se despliega en un proceso que es continuo y que
convierte en una cuestión de perspectiva del observador, si algo es orden, conducta
desviada o cambio, conformidad o conflicto. Obviamente, esto roza de cerca las
preguntas éticas sobre la libertad humana.
Es este un asunto clásico en el tema influencia y suele aparecer cada tanto y
despertar grandes polémicas, sobre todo en lo que hace a las prácticas clínicas. Cuando
uno se acerca a ellas con la palabra influencia, que somos proclives a emparentar y
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convertir en sinónimo de manipulación, publicidad o propaganda, surge de inmediato el
tema de la "neutralidad valorativa”.
Para decirlo sin muchas vueltas, no creemos que exista “neutralidad
valorativa”, ni dejamos entre paréntesis la cuestión de la psicología de la atribución en
las interacciones humanas. El sujeto de la psicología personal es un sujeto de atribución.
En todo caso, cuando hablemos de supuestos y valores, tomaremos en cuenta
con ese nombre el hecho problemático de que, en nuestro trabajo intentamos tener un
control sobre nuestra participación, de tal manera que nos permita reconocer la mayor
cantidad de supuestos que están en juego en nuestras actividades. Y también, el hecho
de aceptar humildemente, que es común que una cantidad de esos supuestos escape a
nuestros intentos de control.
El modelo de influencia unidireccional, generalmente el más cuestionado y
“maléfico”, resulta especialmente útil cuando se trata de relacionar el contenido de las
intervenciones del consultor con los cambios operados en el cliente.
El modelo de influencia bidireccional, toma en cuenta la conducta activa del
cliente y pone el énfasis en el consultante como una fuente incierta de recursos, que
pueden ser puestos en marcha durante el proceso de cambio.
En Persuasion an Healing, un texto ya convertido en un clásico del tema,
Jerome Frank analizó, hace cuarenta años, las innumerables formas -pasadas y
actuales- de asistencia psicológica, concluyendo que: “el éxito de procedimientos de
curación basados en todo tipo de ideologías y métodos, lleva a la conclusión de que el
poder curativo... reside en el estado mental del paciente, no en la validez de su objeto”.
De su trabajo se desprende que el carisma personal del terapeuta, la fuerza con
que transmite sus creencias, la administración de un ritual que establece “como” y
“cuando” se producirá la cura, reafirma la fe y favorece expectativas del paciente en su
curación.
Para Frank, las creencias y la fe compartidas por el terapeuta, el paciente y la
sociedad a la que pertenecen son la fuente de la efectividad de un tratamiento
psicológico. Desde esta perspectiva, parece bastante razonable que los enfoques de
tratamiento sean consistentes y respeten los valores y las creencias de la sociedad que
los sostiene.
Si se quiere hacer psicoterapia se deberán agregar, a las ideas que aquí
sugerimos, conocimientos de psicología clínica, psicopatología, farmacología,
neurología, etc.
Si nos dedicamos a la publicidad, deberemos tomar en cuenta conocimientos de
diseño gráfico, de imágenes y de sonido. Trabajar con recursos humanos supone
conocer de roles profesionales, perfiles de puestos de trabajo, organizaciones, aptitudes,
competencias, organigramas y diagramas de flujos. Sintetizando, si se va trabajar con
gente, estúdiense los temas que definen los parámetros de la tarea en particular, pero
difícilmente puedan dejarse a un lado las estrategias que aquí trataremos.
Las relaciones humanas están estructuradas como un lenguaje. Es un lenguaje
lleno de transformaciones que llevan información a través de procesos cognitivos
básicos, relaciones diádicas, familiares, grupales, institucionales, políticas; desde
nuestros genes y nuestros neurotransmisores, hasta la sociedad humana y desde ésta
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hasta aquellos, realimentando continuamente la evolución de lo que Gregory Bateson
llamó la ecología de la mente.
Durante el siglo XX se desplegaron varias tradiciones para entender la conducta
humana. La conductista, que puso el acento en los registros y activaciones fisiológicas
y la acción. La cognitiva, que se orientó hacia los procesos psicológicos básicos como la
memoria y la percepción, puestas servicio del pensamiento Y la interaccionista,
preocupada por los fenómenos de comunicación e influencia.
El inicio del XXI agregó un conocimiento mayor de los mecanismos
regulatorios y de control del organismo. La comunicación entre distintos tipos de
elementos de señalización molecular, conforman nuevos “idiomas”. Un idioma
psíquico-neurológico sostenido por los neurotransmisores, un idioma inmunológico,
sustentado por las interleuquinas, se agregaron al más tradicional idioma
endocrinológico de las hormonas. Estos idiomas a su vez interactúan entre si,
citoquinas, neuropéptidos, neurotransmisores y hormonas actúan o pueden ser
sintetizados en cualquiera de los sistemas implicados, sea el cerebro, la hipófisis, los
tejidos glandulares o las células del sistema inmune. Para la medicina actual las
relaciones del organismo también están estructuradas como un leguaje. Todos los
órganos que constituyen el sistema psico-neuro-inmuno-endocrinlógico poseen
receptores específicos y substancias transmisoras que permiten su interrelación.
Que es saber?
El pensamiento clásico convivió durante siglos con el desafío de una pregunta
existencial básica: ¿Cómo podemos saber, hoy, acerca del ser humano, de un ser
humano?
Las respuestas holísticas provinieron fundamentalmente de la filosofía y de la
psicoterapia.
La pregunta describe algo así como un problema matriz.
Jean Paul Sartre, en su monumental biografía de Flaubert, parte de la idea de
que saber acerca del ser humano supone investigar acerca de un ser humano, y saber
acerca de un ser humano, es empezar por un problema de ese ser humano.
Lo relatará así. En una carta (a la señorita Leroyer de Chantepie), Flaubert
escribe “A fuerza de trabajo logro acallar mi natural melancolía. Pero el viejo fondo
reaparece a menudo, el viejo fondo que nadie conoce, la llaga profunda siempre oculta”.
Contestar esa pregunta lo llevará a Sartre a escribir un número impredecible de páginas,
más que las primeras setecientas del primer tomo de la obra. Es demoledor pensar que
varias veces por día cualquier terapeuta-consultor está frente a las infinitas variantes de
una afirmación similar.
John Weakland, terapeuta breve del Mental Research Institute de Palo Alto,
California, fallecido hace unos años, siempre repetía que las personas consultan por que
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no pueden sacarse de encima “esa misma maldita cosa de siempre”...”siempre la misma
y maldita cosa”.
Cuando se afronta este tipo de relatos, ¿No se corre el riesgo de caer en capas de
significaciones heterogéneas e irreductibles?
Un problema es, en última instancia y para un teórico de la comunicación, una
diferencia significativa. Una diferencia notable que lo viviente percibe como un desafío.
Algo deber ser dilucidado o sorteado para que la vida continúe.
Este libro se refiere al carácter solo aparente de esa irreductibilidad. Cada información
puesta en su lugar, se convierte en parte de un todo que se crea incesantemente,
revelando a su vez, la homogeneidad y la relación de sentido con todas las demás
informaciones.
Estrategias, estructuras, narraciones
Todo problema puede ser visto como una estrategia fallida, una forma fallida de
relacionar medios y fines. Puede, también, ser entendido como una disfunción de partes
estructurales, que afecta el funcionamiento de un todo. También puede ser descripto
como un modo insatisfactorio de organizar la realidad, mediante el pensamiento. Una
“visión preferida”, expresada en un modo retórico de narrar que no encaja para el
sujeto.
Es común que en el campo profesional, en el cual conviven intereses creados de
todo tipo, quienes adoptan una postura estratégica, crean que las descripciones
estructurales no se justifican, bastan los genes o los circuitos de conductas involucrados.
Ellos definen el “sistema”, no hay porqué ajustarse a sistemas “reales” como la
familia.
Quienes adoptan a la familia y sus estructuras, como la agencia generadora de
problemas y la gran herramienta de su resolución, ven en lo estratégico una especie de
conductismo práctico y restringido, que apunta a cuestiones sencillas y menores y evita
el contexto y la evolución.
Constructivistas varios y narrativistas, ven en los anteriores, manipuladores de
almas, ideólogos, gente atrapada y atrapante, encerrada en sus propios discursos que
desprecian y descartan los recursos y los derechos de la gente a desplegarse y ser ella
misma.
Los anteriores describen a éstos últimos como un regreso al mundo de las ideas
platónicas sin contexto social, a la mera transmisión de significados, sin culturas y
realidades dolorosas, diversas, defensores de un marcado individualismo posmoderno
que hace desaparecer la familia, las jerarquías de género, las clases sociales, etc.
Entendemos que esas son las características del camino del conocer. Las
visiones en túnel permiten desarrollar una idea hasta agotarla. Otras veces, detener el
camino y ver el conocimiento como un sistema total, permite aprender de las
diferencias, encontrar cierta homogeneidad de intereses en búsquedas alternativas y
también hallar buenas oportunidades en la contrastación.
Por otra parte, nuestra cultura global y el saturante contexto comunicacional
actual deja, paradojalmente, poco espacio para teorías totalizantes como las religiones,
el marxismo o el psicoanálisis. No tanto por su matiz utópico, que separó lo real de las
predicciones teóricas, sino porque la comunicación humana se desarrolla hoy en un
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