En un texto ya clásico, Peter L. Berger y Thomas Luckmann, describen la
realidad, en la cual las personas llegamos a ser tales y nos desarrollamos, como un sitio
en el cual la influencia social adopta la forma de la conformidad y la normalización. El
orden social es descrito como algo precario, que la sociedad necesita proteger. La
conducta desviada, que cuestiona ese orden, acentúa la precariedad social. Esos autores
de orientación psicosociológica proponen que la psicoterapia, el aislamiento mediante
la cárcel o la aniquilación (muerte, exilio) son las respuestas que las sociedades
oponen a las innovaciones no aceptadas.
Sin embargo ¿Cómo el cambio es posible?
Más allá de cierta tendencia conservadora de toda sociedad, las familias, los
grupos sociales, las sociedades más complejas cambian. Muchas veces, pareciera que
esos cambios ocurren a pesar de la resistencia de sus miembros. Para que eso ocurra las
innovaciones deben ser impulsadas por la voluntad de individuos y grupos que las
enuncian. El diálogo, la palabra enunciada, que convierte en público “aquello que
debiera callarse”, es también el vehículo de la innovación. La posibilidad de que algo
cambie es proporcional a la posibilidad de que se haga público, de crear un movimiento
de implicación y debate que cuestione rutinas y conformidades, incite a mostrar los
antagonismos y favorezca el desarrollo y autonomía de un conflicto que será su motor.
Un individuo que hace público su conflicto de ideas, una pareja o una familia que
comparte su problema, una empresa que acepta la asistencia de un consultor, son
instancias de hacer público un debate cerrado de ideas. Eso es esencialmente lo que se
denomina una consulta clínica. En pequeño reproduce el acto de hacer algo público
llevándolo a los medios, amplia el marco de participación social, limita el manejo
narcisístico de un tema o problema y amplia y democratiza el marco de lo posible.
Los sistemas cognitivos y de creencias, los sistemas sociales, se caracterizan por
su persistencia y su coherencia interna, ésta es la que les otorga su identidad. Los
cambios de un sistema cognitivo o social dependen de la pérdida de su coherencia, de
la fractura de aspectos de su identidad, ya sea esto resultado de un conflicto de ideas en
el pensamiento de un individuo, en las creencias de una pareja, en la mitología de una
familia, en la cultura de una organización, o en la ideología de un grupo social. Algo
se debe destruir creativamente.
Los cambios en las percepciones, actitudes, sentimientos y acciones ocurren al
consultante en un marco que llamamos sistema consultante. Son, en gran parte,
resultado del impacto de los mensajes del consultor sobre su pensamiento, sus
percepciones y sobre el contexto de interacciones habituales en las que el consultante
participa. Se cambian actitudes, constructos y descripciones y también se modifican
acciones. También cada nivel reactuará sobre el otro.
Los recursos humanos para la influencia, en una u otra dirección, ocurren en una
escala que va desde las experiencias diádicas de la hipnosis, hasta las acciones políticas
sobre grandes grupos humanos. Esto se despliega en un proceso que es continuo y que
convierte en una cuestión de perspectiva del observador, si algo es orden, conducta
desviada o cambio, conformidad o conflicto. Obviamente, esto roza de cerca las
preguntas éticas sobre la libertad humana.
Es este un asunto clásico en el tema influencia y suele aparecer cada tanto y
despertar grandes polémicas, sobre todo en lo que hace a las prácticas clínicas. Cuando
uno se acerca a ellas con la palabra influencia, que somos proclives a emparentar y