
Las teorías, leyes y modelos permiten realizar predicciones económicas susceptibles de ser
contrastadas con la realidad. Las predicciones económicas son probabilísticas y no deterministas.
Esto quiere decir que un modelo económico no puede predecir con exactitud cuál será el
consumo de un individuo determinado pero sí puede prever el comportamiento de grandes
agregados de consumidores estableciendo unos márgenes entre los que estará comprendido y
estimando la probabilidad de que esa predicción se cumpla.
Ejemplo: no se puede saber las decisiones que tomará Fulano de Tal si el precio de la
mantequilla aumenta en un 10%, pero sí se puede predecir que el consumo de margarina
aumentará entre un 17% y un 23% con una probabilidad del 98,7%.
El proceso global, inducción-deducción-contrastación, tal como se ha descrito, merecería los
calificativos de limpio, puro, transparente, claro... incluso podría parecer sencillo.
Desgraciadamente (o afortunadamente) los científicos no son tan asépticos. Los científicos son
seres humanos, no robots; tienen intereses propios, sentimientos, ideas e ideologías políticas, de
las que no pueden desprenderse como el que se quita una chaqueta cuando se ponen a trabajar.
Los prejuicios, las ideas previas existentes en la mente del investigador que estudia la sociedad
humana, influyen inevitablemente en cada una de las etapas del proceso. Ya en el momento de
elegir el tema que se va a estudiar influirá el contexto social y la ideología del individuo. La
realidad está formada de innumerables hechos y no hay un criterio "aséptico" sobre qué hechos
hay que seleccionar. El proceso de medición, de valoración de los datos también recibe una
fuerte influencia de los juicios de valor preexistentes. Todo el círculo está por tanto viciado desde
el principio. Y no se puede esperar que la contrastación redima ese pecado original ya que, al
requerir de nuevo recogida y valoración de datos, consiste en demasiadas ocasiones en la
búsqueda de justificaciones. Así se puede entender la pervivencia durante decenios de escuelas
de pensamiento enfrentadas que proponen soluciones opuestas a los mismos problemas.
Pero eso no quiere decir que todas las propuestas y teorías económicas deban ser tratadas con
el mismo rasero. El economista o científico social honesto partirá de un reconocimiento de sus
propias ideas y limitaciones. Después, si se esfuerza en disminuir en lo posible la influencia de su
ideología sobre su trabajo, podrá alcanzar resultados válidos, es decir, utilizables por otros. Quizá
la mejor medida de la calidad de un trabajo científico es el número y la diversidad ideológica de
los sucesores que utilizan sus resultados.
John Neville Keynes propuso distinguir entre Economía positiva y normativa. La Economía
positiva es la que trata simplemente de conocer y describir la realidad tal como es. La Economía
normativa, en cambio, propone la dirección en que debe modificarse la realidad y los medios para
intervenir sobre ella. Para muchas generaciones de economistas la actitud ideal ha sido la
positivista; hacer afirmaciones del tipo "se debe..." manchaba la imagen aséptica del buen
economista.
Pero actualmente se aceptan dos reservas ante esa actitud. Por una parte, que tras cualquier
formulación de tipo positivo se encuentra inevitablemente una proposición normativa, que, como
hemos visto arriba, la pura descripción de la realidad estará manchada desde el principio por el
color del cristal con que se mire. Por otra parte hay que aceptar que el objetivo del conocimiento
de la sociedad es operar sobre ella. No se trata sólo de conocer la realidad sino de transformarla.
La mayor limpieza en la actividad del economista estará, no en el infructuoso intento de evitar la
influencia ideológica, sino en reconocerla y proclamarla.