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UNIDAD I
Más allá del principio de placer (1920)
I. El decurso de los procesos anímicos es regulado en parte por el principio
de placer. Lo pone en marcha una tensión displacentera y adopta tal
orientación que su resultado coincide con una disminución de aquella. La
exposición metapsicológica tiene en cuenta el papel económico. Placer y
displacer dependen de la cantidad de excitación presente en la vida anímica y
no ligada. El aparato se afana por mantener lo más bajo posible la cantidad de
excitación presente en él. El principio de placer es el modo de trabajo primario
del aparato anímico y se deriva del principio de constancia. Sin embargo
existen también fuerzas que contrarían este principio.
Una de las inhibiciones el principio de realidad que pospone la satisfacción
tolerando el displacer. Otra fuente de desprendimiento de displacer surge de
los conflictos y escisiones producidos en el aparato, por medio de la represión
de ciertas pulsiones que se les cohíbe la satisfacción. Si consiguen procurarse
una satisfacción por ciertos rodeos, es sentido por el aparato como displacer.
El principio de placer sufre otra ruptura en el momento en que las pulsiones
ganan un placer en obediencia a ese principio. Todo displacer neurótico es un
placer que no puede ser sentido como tal.
II. La neurosis traumática sobreviene tras conmociones mecánicas u
accidentes que aparejaron riesgo de muerte. La causación se sitúa en el factor
sorpresa: el terror.
La angustia designa un estado de expectativa frente al peligro y preparación
para él.
El miedo requiere un objeto determinado.
El terror se produce cuando se corre un peligro sin estar preparado.
En la angustia hay algo que protege contra el terror. La vida onírica de la
neurosis traumática reconduce al enfermo una y otra vez a la situación de su
accidente de la cual despierta con renovado terror. El enfermo está fijado
psíquicamente al trauma. La función del sueño resultó afectada y desviada de
sus propósitos.
En el juego del fort-da, el niño arroja lejos de un juguete con un fuerte y
prolongado “o-o-o-o” (fort = se fue). Cuando jugaba con un carretel, lo atraía
hacia tirando del piolín mientras decía “da” (acá está). La más de las veces
sólo se observaba el juego del fort. El juego se entramaba con su renuncia
pulsional de admitir la partida de la madre. La repetición iba conectada a una
ganancia de placer de otra índole. Presupone la existencia de tendencias
situadas más allá del principio de placer, originarias e independientes.
III. En la cura psicoanalítica el enfermo se ve forzado a repetir lo reprimido
como vivencia presente, en vez de recordarlo. Esta reproducción tiene siempre
un fragmento del complejo de Edipo que se juega en el terreno de la
transferencia. En éste momento la anterior neurosis se sustituyó por una
neurosis de transferencia. Lo reprimido no ofrece resistencia alguna a la cura.
La resistencia proviene de los mismos estratos de la vida psíquica que llevaron
a la represión. El yo coherente se opone a lo reprimido. En el primero, de modo
inconsciente, se encuentra el núcleo del yo. La resistencia parte del Yo, y la
compulsión a la repetición se adscribe a lo reprimido inconsciente. La
resistencia del Yo está al servicio del principio de placer. Quiere ahorrar el
displacer que produciría la liberación de lo reprimido. La compulsión de
repetición hace revivenciar operaciones de mociones pulsionales reprimidas
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que provocan displacer al Yo. La compulsión a la repetición devuelve, además
de vivencias que puede hacer sentir placer para un sistema, otras que bajo
ningún punto de vista puede producir placer.
El florecimiento temprano de la vida sexual infantil estaba destinado a
sepultarse porque sus deseos eran inconciliables con la realidad. La pérdida de
amor y el fracaso dejaron un daño permanente del sentimiento de sí, como
cicatriz narcisista, que provocará más adelante un sentimiento de inferioridad.
La investigación sexual así como el vínculo establecido con el progenitor
sucumbieron al desengaño. Los neuróticos repiten en la transferencia todas
estas ocasiones indeseadas y dolorosas reanimándolas. Las pulsiones que
estaban destinadas a conducir a la satisfacción llevaron a displacer; y s allá
de eso se la repite compulsivamente. Este eterno retorno de lo igual se instaura
más allá del principio de placer. A esto se adhieren los sueños traumáticos y el
juego del fort-da.
IV. La conciencia es sólo una función de los procesos anímicos. Brinda
percepciones de excitación que provienen del exterior, y sensaciones del
interior. El Prcc está vuelto hacia el mundo externo y envuelve los otros
sistemas psíquicos. Todos los procesos excitatorios de los otros sistemas dejan
como secuela huellas permanentes que son la base de la memoria. Los más
permanentes son los dejados por un proceso que nunca llegó a la conciencia.
Si permanecieran siempre concientes pronto reducirían la aptitud de este
sistema para la recepción de nuevas excitaciones. Para un sistema es
inconciliable el devenir-conciente y dejar como secuela una huella mnémica. En
el sistema Cc el proceso excitatorio deviene conciente pero no le deja suela;
todas las huellas se producen a raíz de la propagación de la excitación a los
sistemas internos contiguos. La conciencia surge en reemplazo de la huella
mnémica. En la Cc a diferencia de los otros sistemas psíquicos, el proceso de
excitación no deja tras sí una alteración permanente en sus elementos sino que
se agota en el devenir conciente. Esto es porque el sistema Cc está en
constante contacto con el mundo exterior.
La superficie o corteza en contacto con el mundo sirve como órgano receptor
de estímulo. Por el incesante embate de los estímulos externos sobre la
superficie de la vesícula, la sustancia de ésta se alteró hasta una cierta
profundidad, de modo que el proceso excitatorio discurriese de distinta manera
en los estratos más profundos. La corteza ofrece las condiciones favorables
para la recepción de estímulos y no es susceptible de ulterior modificación. El
paso de la excitación ya no puede imprimir ninguna alteración permanente a
sus elementos. En el avance de un elemento al otro la excitación tiene que
vencer una resistencia, y la reducción de ésta es un proceso de facilitación, que
crea la huella permanente. En la Cc no subsisten resistencias de pasaje de esa
índole entre un elemento y otro. La energía de investidura quiescente (ligada)
no es conducida en la Cc sino la móvil (libre) susceptible de descarga.
Esta vesícula flota en medio de mundo cargado de energías y sería
aniquilada si no estuviera provista de una protección antiestímulo. La superficie
más externa se vuelve inorgánica, y opera apartando estímulos como una
membrana. Las energías externas se propagan con una fracción de su
intensidad. Los estratos contiguos que continúan vivos pueden recibir los
volúmenes de estímulos filtrados. El estrato externo al morir preservó a los
otros de sufrir tal destino. La tarea de protegerse es más importante que la de
recibirlos. El organismo está dotado de una reserva enérgica propia, y en su
interior se despliegan formas particulares de trasformación de la energía, y
debe preservarlas del influjo nivelador de las energías hipergrandes. Estos
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estratos se internaron en lo profundo del cuerpo, pero parte quedó atrás en los
órganos sensoriales, que tienen dispositivos destinados a recibir acciones
estimuladoras específicas, y mecanismos preventivos para una ulterior
protección contra volúmenes de estímulo y apartamento de variedades
inadecuadas tomando solo pizcas del mundo exterior.
Los procesos anímicos inconscientes son atemporales. El tiempo no altera
nada en ellos, no pueden representarse temporalmente y su ordenamiento no
es temporal. Nuestra representación del tiempo corresponde al modo de
trabajo del sistema Prcc.
El sistema Cc o estrato cortical sensitivo recibe también excitaciones desde
adentro, pero la protección desde adentro es imposible, y recibe excitaciones
desde los estragos más profundos de manera directa. Esto determina la
prevalencia de sensaciones de placer-displacer por sobre los estímulos
externos, y la orientación de la conducta respecto de las excitaciones internas
que produzcan una multiplicación de displacer demasiado grande. Se tenderá a
tratarlas como si obrasen desde afuera a fin de poder aplicarles el medio
defensivo. Este es el origen de la proyección.
Las excitaciones externas que poseen fuerza suficiente para perforar la
protección son traumáticas. Un trauma provocará una perturbación en la
economía energética del organismo y pondrá en acción la defensa. El principio
de placer quedará abolido; el aparato quedó avasallado por grandes volúmenes
de estímulo que penetraron, y la tarea es dominar el estímulo ligando
psíquicamente los volúmenes de estímulo a fin de conducirlos a su tramitación.
Donde la protección fue perforada, afluyen continuas excitaciones al aparato,
y es movilizada la energía de investidura a fin de crear en el entorno del punto
de intrusión una investidura energética de nivel correspondiente. Se produce
una contrainvestidura que empobrece los otros sistemas, rebajando cualquier
otra operación psíquica. Un sistema de elevada investidura es capaz de recibir
nuevos aportes de energía y trasmudarlos en investidura ligada. Cuanta mayor
energía quiescente posea, mayor será su fuerza ligadora.
Hay dos formas de energía, una investidura en libre fluir que esfuerza en pos
de su descarga, y una quiescente de los elementos del sistema. La ligazón
consiste en un pasaje de libre fluir al estado quiescente.
La neurosis traumática es resultado de la ruptura de la protección
antiestímulo del órgano anímico. El terror es producto de la falta de apronte
angustiado que conlleva la sobreinvestidura de los sistemas que reciben el
estímulo. A falta de éste los sistemas no están en buena situación para ligar los
volúmenes de excitación sobrevivientes. El apronte angustiado constituye la
última trinchera de la protección. Los sueños que reconducen al enfermo a la
situación no están al servicio del cumplimiento de deseo, contribuyen a otra
tarea: buscan recuperar el dominio sobre el estímulo por medio de un
desarrollo de angustia cuya omisión causó la neurosis. Esta función es
independiente y más originaria que el propósito de ganar placer. Los sueños de
angustia son una excepción al cumplimiento de deseo. Obedecen a la
compulsión de repetición que se apoya en el deseo de convocar lo olvidado y
reprimido. Hubo un tiempo anterior a la tendencia del sueño al cumplimiento de
deseo.
En los casos de herida física, la conmoción mecánica al ser una de las
fuentes de excitación sexual y los dolores al ser un poderoso influjo sobre la
distribución de la libido, liberan el quantum de excitación sexual cuya acción
traumática es debida a la falta de apronte angustiado, y ligarían el exceso de
excitación al reclamar una sobreinvestidura narcisista del órgano doliente.
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V. Las excitaciones que ingresan al aparato sin el resguardo de la protección,
adquieren la mayor importancia económica y dan ocasión a perturbaciones.
Las fuentes de esa excitación interna son las pulsiones: los representantes de
todas las fuerzas eficaces del interior del cuerpo que se transfieren al aparato
anímico. Las mociones pulsionales obedecen al proceso libremente móvil que
esfuerza en pos de la descarga. En el inconsciente las investiduras pueden
trasferirse, desplazarse y condensarse. Estos procesos que ocurren en el
inconsciente son el proceso primario, y el que rige la vida de vigilia el
secundario, que posee investidura ligada. La tarea de los estratos superiores
(Prcc-Cc) es ligar las excitaciones de las pulsiones del proceso primario. El
fracaso de la ligazón produce una perturbación análoga a la neurosis
traumática. Solo tras una ligazón se produce el imperio del principio de placer
con su modificación en el principio de realidad. En el juego infantil se repite la
vivencia displacentera. Además el niño repite activamente para dominar lo que
vivió pasivamente; pero exigirá la identidad de la impresión. El reencuentro de
la identidad por la repetición constituye una fuente de placer. En el analizado,
en cambio, la compulsión a la repetición de la transferencia se sitúa en todos
los sentidos más allá del principio de placer. Las huellas mnémicas reprimidas
de sus vivencias infantiles subsisten en estado libre, y son insusceptibles del
proceso secundario. Esta condición es esencial para formar, adhiriéndose a los
restos diurnos, una fantasía de deseo figurada en el sueño.
La compulsión a la repetición es un carácter universal de las pulsiones. La
pulsión es un esfuerzo, inherente a lo vivo, de reproducción de un estado
anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras
externas. Las pulsiones tienen una naturaleza conservadora. Todas las
pulsiones quieren reproducir algo anterior, dirigidas a la regresión, al
restablecimiento de lo anterior. La meta es un estado antiguo, inicial que lo vivo
abandonó y al que aspira a regresar por todos los rodeos de la evolución. La
meta de la vida es la muerte, lo inanimado estuvo antes que lo vivo.
En algún momento por intervención de fuerzas se suscitó en la materia
inanimada las propiedades de la vida. La tensión generada pugnó por
nivelarse: así nació la primera pulsión, de regresar a lo inanimado. Hasta que
decisivos influjos externos se alteraron de tal modo que forzaron a la sustancia
aún sobreviviente a desviarse respecto del camino vital originario y dar rodeos
más complicados antes de alcanzar la meta. Estos rodeos son retenidos por las
pulsiones conservadores, que luchan contra influencias que podrían ayudar al
organismo a alcanzar su meta vital por el camino más corto. Son pulsiones
parciales destinadas a asegurar el camino hacia a la muerte y alejar otras
posibilidades de regreso a lo inorgánico que no sean las inmanentes. Las
pulsiones sexuales son conservadoras en el mismo sentido que las otras en
cuanto espejan estados anteriores de la sustancia viva, son resistentes a
injerencias externas, y conservan la vida por lapsos más largos. Las pulsiones
que llevan a la muerte buscan el camino s corto; las sexuales llegadas a
cierto punto, se lanzan hacia atrás para volver a retomar el camino y prolongar
la duración del trayecto. Tanto el progreso evolutivo como involutivo es
resultado de fuerzas externas que esfuerzan a la adaptación, y las pulsiones
intentan conservar la alteración impuesta. Un mayor perfeccionamiento se
alcanza como resultado de la represión de las pulsiones sobre lo cual se edifica
lo más valioso que hay en la cultura humana. La pulsión aspira a su plena
satisfacción, que consiste en la vivencia primaria de satisfacción; toda
sublimación o formación sustitutiva es insuficiente para cancelar su tensión y la
diferencia entre la satisfacción hallada y la pretendida engendra el factor
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pulsionante. El camino a la satisfacción es obstruido por las resistencias;
entonces no queda más que avanzar por la otra dirección.
VI. Las pulsiones Yoicas (de muerte) provienen de la animación de la materia
inanimada y quieren restablecer la condición originaria; las sexuales
reproducen estados primitivos del ser, pero la meta es la fusión de dos lulas
sexuales germinales diferenciadas. Si esta unión no se produce la célula
germinal muere. Sólo bajo ésta condición puede prolongar la vida. Desde el
punto de vista biológico, el soma o cuerpo es mortal, pero las células
germinales son potentia, inmortales en cuanto son capaces de desarrollarse en
un nuevo soma. Hay un componente pronunciado hacia la muerte, excepto el
material genésico y hereditario. Desde el psicoanálisis este material
corresponde a las pulsiones sexuales que aspiran a la renovación de la vida y
la realizan.
Una parte de las pulsiones Yoicas que hasta ahora eran tratadas como
opuestas a las sexuales, tienen también una parte libidinosa que se ha tomado
por objeto al yo propio. Estas pulsiones de autoconservación narcisista
debieron computarse entre las pulsiones sexuales libidinosas. Las pulsiones
sexuales entonces son yoicas y de objeto, contrapuestas a las pulsiones de
muerte. La pulsión sexual es el Eros que conserva y une, y tiende a la
cohesión. La unión genésica produce un efecto fortalecedor y rejuvenecedor. El
proceso vital del individuo lleva a la nivelación de tensiones (a la muerte),
mientras que la unión con una sustancia viva o un individuo diferente aumenta
estas tensiones, introduce nuevas diferencias vitales. La tendencia dominante
de la vida anímica es la de rebajar la tensión interna de estímulo. La
reproducción produjo una ventaja que fue mantenida durante la evolución; las
pulsiones que quieren producir la unión sexual repetirían algo que una vez
ocurrió por casualidad y se afianzó por ser ventajoso. El Eros procura esforzar
las partes de las sustancia viva hacia otras y cohesionarlas. Las pulsiones
sexuales son parte de este Eros vueltos hacia el objeto. Actúa desde el
comienzo de la vida y entra en oposición a la pulsión de muerte.
La afirmación del carácter regresivo de las pulsiones descansa, también, en
la compulsión a la repetición.
VII. Una de las tareas más tempranas e importantes del aparato es ligar las
mociones pulsionales que le llegan, sustituir el proceso primario que gobierna
en ellas por el secundario. La ligazón es un acto preparatorio que introduce el
principio de placer. El principio de placer es una tendencia que está al servicio
de la función de mantener el aparato exento de excitación, y mantener en el
mínimo el monto de excitación. La función participa en la aspiración de volver
hacia lo inorgánico. El acto sexual trae aparejado una momentánea extinción
de una excitación extrema. La ligazón acomoda la excitación para luego
tramitarla hacia la descarga.
Los procesos no ligados provocan sensaciones más intensas que los ligados.
Los primarios son más tempranos. Las pulsiones de vida aportan tensiones
cuya tramitación es sentida como placer, mientras que las pulsiones de muerte
parecen realizar su trabajo en forma inadvertida.
Conferencia 29: Revisión de la doctrina de los sueños (1932)
También los sueños punitorios son cumplimientos de deseo, pero no de las
mociones pulsionales, sino de la instancia criticadora, censuradora y punitoria
de la vida anímica (Superyo) de quien depende la censura onírica. Las
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personas que han vivido un trauma psíquico se ven remitidas por el sueño con
harta regularidad a aquella situación. También las primeras vivencias sexuales
del niño están enlazadas con impresiones dolorosas de angustia, prohibición,
desengaño y castigo a los cuales aduce el sueño, por lo tanto su carácter
displacentero choca con el presupuesto de que el sueño es cumplimiento de
deseo. Esas mismas vivencias van adheridos los deseos pulsionales
incumplidos, imperecederos, que a lo largo de la vida donan la energía a la
formación de sueños y en su violenta pulsión aflorante esfuerzan hacia la
superficie también material de episodios sentidos como penosos. El trabajo del
sueño se empeña en desmentir el displacer mediante desfiguración.
En la neurosis traumática los sueños desembocan en angustia. En este caso
falla la función del sueño. El sueño es un intento de cumplimiento de deseo.
Bajo ciertas circunstancias como la fijación inconsciente a un trauma (no
ligado) debe resignar su tarea.
Recordar, repetir y reelaborar (1914)
El médico pone en descubierto resistencias desconocidas del enfermo, el
paciente narra situaciones y nexos olvidados, con el objeto de llenar las
lagunas del recuerdo y vencer las resistencias de la represión. El olvido de
impresiones, escenas y vivencia se produce por un bloqueo; el olvido
experimenta otra restricción al apreciarse los recuerdos encubridores. Los
recuerdos encubridores son a las vivencias infantiles como el contenido
manifiesto del sueño a los pensamientos latentes. El convencimiento que el
enfermo llega durante la terapia es de otra índole: se recuerda algo que nunca
pudo ser olvidado porque nunca se lo advirtió, no fue conciente. Muchas
vivencias infantiles que lograron expresarse con efecto retardado no poseen un
recuerdo susceptible de ser despertado.
El analizado en general no recuerda nada de lo olvidado, sino que lo actúa.
No lo reproduce como un recuerdo sino como acción, lo repite, sin saberlo.
Durante el tratamiento no logra recordar, pero escenifica distintas situaciones
de su vida. Esta compulsión de repetición es su manera de recordar. La
transferencia misma es sólo una pieza de repetición. La transferencia no ocurre
solo con el médico sino en otros ámbitos también. La compulsión de repetir le
sustituye el impulso de recordar. Mientras mayor sea la resistencia, más será
sustituido el recordar por el actuar. Las resistencias comandan la secuencia de
lo que repetirá. Repite todo cuanto desde las fuentes de lo reprimido se ha
abierto paso hasta su ser manifiesto: sus inhibiciones y actitudes inviables, sus
rasgos patológicos de carácter. Durante el tratamiento repite todos sus
síntomas. El hacer repetir durante la técnica psicoanalítica equivale a convocar
un fragmento de la vida real, que puede ser peligroso. Este es el
empeoramiento durante la cura. Desde la introducción al tratamiento el enfermo
cambia su actitud frente a la enfermedad: es preparado para la reconciliación
con eso reprimido que se exterioriza en los síntomas. Al progresar la cura
pueden conseguir la repetición mociones pulsionales nuevas, más profundas,
que no se habían abierto paso.
Para el médico el recordar reproduciendo psíquicamente sigue siendo la
meta, aunque la repetición en acto no lo permita. Cuando la ligazón
transferencial se ha vuelto viable, el tratamiento logra impedir al enfermo todas
las acciones de repetición y permite usarlo como material terapéutico. El
manejo de la transferencia es el principal recurso para transformar la
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compulsión de repetición en un motivo para recordar. Esa compulsión se
vuelve inocua, y aprovechable; tiene permitido desplegarse con libertad
escenificando todo pulsional patógeno. Sustituye la neurosis ordinaria a
neurosis de transferencia, una enfermedad artificial y asequible, de la que es
curado por análisis. Es también un fragmento del vivenciar real pero
posibilitado por unas condiciones favorables y es provisional.
Es preciso que una vez expuesta la resistencia, el enfermo se enfrasque en
ella para reelaborarla, vencerla prosiguiendo el trabajo obedeciendo a la regla
analítica. Sólo en el apogeo de la resistencia se descubren las mociones
pulsionales reprimidas que la alimentan y de cuya existencia el paciente se
convence. La reelaboración es la pieza de trabajo que produce el ximo
efecto alterador sobre el paciente similar a la abreacción del tratamiento
hipnótico.
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UNIDAD II
El Yo y el Ello (1923)
I. Conciencia e Inconsciente: La conciencia es una cualidad de lo psíquico
que puede añadirse a otras cualidades o faltar. La conciencia es una expresión
descriptiva que invoca la percepción más inmediata y segura. Un elemento
psíquico, (ej. una representación) no es conciente de forma duradera. El estado
de la conciencia pasa con rapidez y puede volver a serlo bajo ciertas
condiciones. Mientras tanto estuvo latente, fue susceptible de conciencia. Ha
sido inconsciente desde el punto de vista descriptivo.
Desde el punto de vista dinámico, puede haber representaciones que no
puedan ser concientes porque cierta fuerza se resista a ello. La represión
(esfuerzo de desalojo) es el estado en que estas representaciones se
encontraban antes de hacerse concientes y la resistencia es la fuerza que
produjo y mantuvo la represión.
Hay dos modelos de Inconsciente: lo latente, susceptible de conciencia, y lo
reprimido, insusceptible de conciencia. La primera es preconsciente y el
segundo es inconsciente. El Prcc está mucho más cerca de la Cc que el Icc. En
el sentido descriptivo hay dos clases de Icc, en el dinámico solo uno.
La conciencia depende del Yo; él gobierna los accesos a la motilidad, a la
descarga de las excitaciones en el mundo exterior. Es la instancia anímica que
ejerce un control sobre los procesos parciales, y que por la noche aplica la
censura onírica. De él parten las represiones, que se contraponen al Yo y
produce resistencias. Hay en el Yo algo inconsciente que se comporta como lo
reprimido, exterioriza efectos sin devenir conciente. Hay una oposición entre el
Yo coherente y lo reprimido escindido de él. Esta concepción estructural
confirma que todo lo reprimido es Icc, pero lo Icc no coincide con lo reprimido.
Una parte del Yo es Icc, no latente (no Prcc), es un tercer Icc, no reprimido.
II. El Yo y el Ello: La conciencia es la superficie del aparato anímico, es el
primero desde el mundo exterior, espacialmente. Son Cc todas las
percepciones que nos vienen de afuera (sensoriales) y de adentro sensaciones
y sentimientos. La diferencia entre una representación Icc y Prcc es que la
primera se consuma en algún material desconocido, y la Prcc se añade a la
conexión con representaciones-palabra. Estas representaciones-palabra son
restos mnémicos, fueron percepción y pueden devenir de nuevo concientes.
Los restos son contenidos en sistemas contiguos al Prcc, por lo cual sus
investiduras fácilmente pueden transmitirse hacia delante. En el caso de
reanimación de un recuerdo la investidura se conserva en el sistema mnémico,
mientras que en la alucinación o la percepción nace cuando la investidura
desborda desde la huella mnémica sobre el elemento P y lo traspasa
enteramente. Lo que quiere devenir conciente tiene que trasponerse en
percepciones exteriores, a través de las huellas mnémicas.
Los restos de palabras provienen de percepciones acústicas a través de lo
cual es dado un origen sensorial para el Prcc. La palabra es el resto mnémico
de la palabra oída.
Icc reprimido
Icc y Prcc
Pertenece al Yo
Icc descriptivo
Icc dinámico
Icc no reprimido
(resistencia)
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La manera de hacer Prcc lo Icc es restableciendo mediante el análisis,
aquellos eslabones intermedios de palabras.
Las sensaciones displacenteras esfuerzan a la alteración y a la descarga, y el
placer, en cambio se produce por la disminución de la investidura energética.
Lo que deviene conciente como placer y displacer es un otro cuantitativo-
cualitativo. Eso otro que se comporta como una moción reprimida puede
desplegar fuerzas pulsionantes sin que el Yo note la compulsión. Sólo una
resistencia a la compulsión, un retardo de la reacción de descarga hace
conciente eso otro. También sensaciones y sentimientos sólo devienen
concientes si alcanzan al sistema P. Las representaciones Icc necesitan
eslabones de conexión Prcc, en cambio las sensaciones Icc no, ya que afloran
directamente a la conciencia. Por mediación de las representaciones palabra
los procesos internos de pensamiento se convierten en percepciones. A raíz de
una sobreinvestidura del pensar los pensamientos devienen percibidos real y
efectivamente como si fueran externos.
El Yo se ve a partir del sistema P, primero pasa por el Prcc, que se apuntala
en los restos mnémicos, pero es además Icc. Esto otro en que se continúa el
Yo y se comporta como Icc es Ello. El individuo es un Ello desconocido e
inconsciente sobre lo cual se asienta el Yo, desde el sistema P, como si fuera
su núcleo. El Yo no envuelve al Ello por completo sino en la extensión en que
el sistema P forma su superficie. El Yo no está tajantemente separado del Ello,
confluye hacia abajo con él. Pero también lo reprimido confluye con el Ello, es
una parte de él. El Yo lleva además un casquete auditivo que se le asienta
transversalmente.
El Yo es la parte del Ello alterada por la influencia directa del mundo exterior,
con mediación de sistema P. Se empeña por hacer valer sobre el Ello el influjo
del mundo externo, y reemplazar el principio de placer por el de realidad. La
percepción es para el Yo como la pulsión para el Ello. Al Yo se le asigna el
acceso a la motilidad. Toma las fuerzas del Ello, al que suele cumplir sus
deseos haciéndolos pasar como la voluntad propia. Es una proyección psíquica
de la superficie del cuerpo, además de representar la superficie del aparato.
La autocrítica y la conciencia moral son inconscientes y exteriorizan sus
efectos. El sentimiento inconsciente de culpa desempeña un papel económico
en un gran número de neurosis y levanta los más poderosos obstáculos para la
curación.
III. El Yo y el Superyo: En la fase oral es imposible distinguir entre
investidura de objeto e identificación. Las investiduras de objeto parten del Ello,
el Yo recibe noticia de ellas y busca satisfacerlas o defenderse mediante la
represión. El Ello sólo resigna sus objetos mediante una erección del objeto en
el Yo; introyectándolo e identificándose con él. El carácter del Yo es una
sedimentación de las investiduras de objeto resignadas.
Otro punto de vista enuncia que esta transposición de elección erótica de
objeto en una alteración del Yo permite a éste dominar al Ello y profundizar sus
vínculos con el Ello. Cuando el Yo cobra los rasgos del objeto se impone al Ello
Reprimido
Casq. Audit.
Prcc
Yo
Sup. Yo
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como objeto de amor; transpone libido de objeto en libido narcisista, resignando
las metas sexuales y sublimando las mociones pulsionales. El Ello es el gran
reservorio de la libido. La libido que afluye al Yo a través de las identificaciones
produce el narcisismo secundario.
Los efectos de las primeras identificaciones serán universales y duraderos.
La identificación con el padre de la prehistoria personal es una identificación
inmediata y directa anterior a cualquier investidura de objeto. Las elecciones de
objeto del primer período sexual tienen su desenlace en la identificación
primaria, responsable de la conformación del Superyo. Dos factores
intervienen: la disposición triangular Edípica y la bisexualidad constitucional del
individuo.
La identificación primaria es la de los progenitores de la prehistoria personal,
del complejo de Edipo, la identificación secundaria es la investidura de objetos
en la que el Yo toma los rasgos de ellos para ser tomado por objeto de
mismo.
El niño desarrolla una investidura de objeto hacia la madre, apuntalado en el
pecho como ejemplo arquetípico de elección de objeto. Del padre se apodera
por identificación. Por refuerzo de los deseos sexuales hacia la madre y la
percepción del obstáculo que representa el padre, nace el complejo: la
identificación con el padre se vuelve hostil, se trueca en el deseo de eliminarlo
y sustituirlo. La relación se vuelve ambivalente. Con la caída del complejo se
resigna la investidura de objeto de la madre: se reemplaza por una
identificación con la madre o un refuerzo de la identificación-padre.
En la niña más que en el varón las identificaciones introducen en el Yo al
objeto resignado: cuando renuncia al padre retoma y destaca su masculinidad y
se identifica con el padre que es el objeto perdido. Depende de que sus
disposiciones masculinas posean intensidad suficiente.
Por lo tanto el desenlace de la situación Edípica depende de la intensidad de
las disposiciones sexuales. Otro de los modos en que la bisexualidad interviene
en el destino del complejo, es en caso de duplicación del mismo: el niño tiene
Edipo positivo y negativo al mismo tiempo, posee una actitud ambivalente hacia
el padre y una elección tierna hacia la madre, pero simultáneamente se
comporta como niña, mostrando una actitud femenina hacia el padre y una
hostil hacia la madre. Esto dificulta penetrar en las constelaciones de las
elecciones de objeto e identificación primarias. El Edipo Completo culmina
cuando las cuatro aspiraciones se desdoblan de tal manera de que surge una
identificación padre y madre; la identificación padre retendrá el objeto madre
del complejo positivo y el padre del complejo invertido; y lo mismo la
identificación madre. Estas identificaciones que son alteraciones del Yo se
enfrentan al otro contenido del Yo como Superyo. No es un residuo de las
primeras elecciones de objeto del Ello, sino que son una formación reactiva
frente a ellas. Su vínculo con el Yo no es sólo una advertencia (ser como el
padre) sino es también una prohibición (no puede ser como el padre = debe
resignar a su madre como objeto de amor). Debe su génesis a la represión del
Complejo de Edipo. El padre fue el obstáculo para la realización de los deseos
y el Yo se fortaleció de la represión erigiendo sobre el mismo obstáculo: al
padre. Toma prestada del padre su fuerza, conserva su carácter en el Superyo
y cuanto más intenso fue el complejo y más rápido se produjo su represión,
tanto más riguroso devendrá el Superyo como sentimiento inconsciente de
culpa del Yo.
La génesis del Superyo es el resultado de dos factores biológicos: el
desvalimiento y la dependencia del ser humano durante su infancia, y el
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Complejo de Edipo. El Superyo es la representación del representante de
nuestro vínculo parental. Es la herencia del Complejo de Edipo, expresión de
las más potentes mociones y los más importantes destinos libidinales del Ello.
Mediante su institución el Yo se apodera del complejo y se somete al Ello. El
Yo representa el mundo exterior; el Superyo es el abogado del mundo interior:
del Ello. La tensión entre las exigencias de la conciencia moral y las
operaciones del Yo es sentida como sentimiento de culpa.
La diferenciación entre Yo y Ello es la expresión necesaria del influjo del
mundo exterior. El Superyo se genera por aquellas vivencias que llevaron al
totemismo. Las vivencias del Yo parecen perderse, pero si se repiten con
frecuencia e intensidad en muchos individuos se transponen en vivencias del
Ello cuyas impresiones son conservadas por herencia. El Ello albergo los
restos de innumerables existencias-yo y cuando el Yo extrae del Ello la fuerza
para su Superyo, saca plasmaciones yoicas más antiguas.
IV. Las dos clases de pulsiones: El Yo se encuentra bajo la influencia de la
percepción; el Ello bajo las pulsiones; pero el Yo está sometido a la acción de
las pulsiones lo mismo que el Ello, del que no es s que un sector
modificado.
Hay dos tipos de pulsiones: las sexuales o Eros, formadas por las pulsiones
sexuales no inhibidas, las sublimadas y de meta inhibida, y las pulsiones de
autoconservación; y la pulsión de muerte, encargada de reconducir al ser vivo
al estado inerte. El Eros persigue la meta de complicar la vida mediante la
reunión, la síntesis de la sustancia viva dispersada en partículas para
conservarla.
Ambas se comportan de manera conservadora en sentido estricto, pues
aspiran a restablecer un estado perturbado por la génesis de la vida. La vida
sería un compromiso entre dos aspiraciones: la causa de que continúe la vida y
la pugna hacia la muerte. Con cada una de estas clases de pulsiones se
coordinaría un proceso fisiológico particular: anabolismo y catabolismo. En
cada fragmento estarían activas ambas en una mezcla desigual. Como
consecuencia de la unión de los organismos elementales en seres
pluricelulares se consiguió neutralizar la pulsión de muerte de las células
singulares y desviar hacia el mundo exterior las mociones destructivas por
mediación de la musculatura. La pulsión de muerte se exteriorizaría como
pulsión de destrucción dirigida al mundo exterior y a otros seres vivos. La
pulsión de destrucción es sincronizada a fines de la descarga al servicio del
Eros. La esencia de una regresión libidinal estriba en una desmezcla de
pulsiones y a la inversa, el progreso tiene por condición un suplemento de
componentes eróticos.
En la vida anímica hay una energía desplazable que puede agregarse a una
moción erótica o destructiva y elevar su investidura. En las pulsiones sexuales
parciales, es posible comprobar algunos procesos similares: se comunican
entre sí, una puede donar su intensidad a otra que proviene de otra fuente; la
satisfacción de una puede sustituir la de la otra. Esta energía activa tanto en el
Yo como en el Ello proviene del acopio libidinal narcisista, o sea, Eros
desexualizada. Esta libido trabaja al servicio del principio de placer para facilitar
ciertas descargas. Esta energía de desplazamiento es libido desexualizada o
sublimada, pues seguiría perseverando con el propósito del Eros de unir y ligar.
Al principio toda libido está acumulada en el Ello, en tanto el Yo está
formándose. El Ello envía una parte de esta libido a investiduras eróticas de
objeto luego de lo cual el Yo fortalecido procura apoderarse de esta libido de
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objeto e imponerse al Ello como objeto de amor. El narcisismo del Yo es un
narcisismo secundario, sustraído de los objetos.
Las mociones pulsiones se revelan como retoños del Eros. Las pulsiones de
muerte son esencialmente mudas y casi todo el alboroto de la vida parte del
Eros. Las pulsiones de destrucción dirigidas hacia afuera han sido desviadas
del sí mismo propio por la mediación del Eros.
V. Los vasallajes del Yo: El Yo se forma desde identificaciones que toman el
relevo de investiduras del Ello resignadas. Las primeras de estas
identificaciones se contraponen como Superyo. El Superyo es el heredero del
Complejo de Edipo y conserva su carácter originario: su capacidad para
contraponerse al Yo y dominarlo. Es el monumento recordatorio de la endeblez
y dependencia en que el Yo se encontró. Al descender de las primeras
investiduras de objeto del Ello lo pone en relación con las adquisiciones
filogenéticas de éste y lo convierte en reencarnación de anteriores formaciones
yoicas. Se sumerge en el Ello por lo que se distancia del Yo.
En la clínica se produce en algunos casos una reacción terapéutica negativa
en la que el paciente refuerza sus síntomas frente a una mejoría en el
tratamiento. No prevalece la voluntad de curar sino la necesidad de estar
enfermos. Esta resistencia a la cura es más poderosa que otros como la
inaccesibilidad narcisista, la actitud negativa frente al médico o la ganancia de
la enfermedad. Se trata de un sentimiento de culpa que halla su satisfacción en
la enfermedad y no quiere renunciar al castigo del padecer. Ese sentimiento de
culpa es mudo para el enfermo.
En la neurosis obsesiva el sentimiento de culpa es hiperexpreso, y el Yo se
revuelve frente a ellos y produce formaciones reactivas. El Superyo está
influido por el Ello Icc.
En la melancolía el Superyo ha arrastrado la conciencia pero el Yo se
confiesa culpable y se somete al castigo. El objeto al que se dirige la cólera ha
sido acogido en el Yo por identificación. En ambos casos el sentimiento de
culpa es conciente.
En la histeria el sentimiento de culpa permanece Icc, el Yo se defiende de la
percepción penosa con que lo amenaza la crítica del Superyo, y lo reprime. En
este caso se vale de la misma arma que está al servicio del Superyo, contra su
amo. Mantiene lejos el material a que se refiere su sentimiento de culpa.
El Superyo proviene también de lo oído y es una parte del Yo accesible a la
conciencia desde representaciones palabra Prcc (conceptos, abstracciones);
pero la energía de investidura le es aportada por las fuentes del Ello.
La conservación del objeto garantiza la seguridad del Yo. En la neurosis
obsesiva la regresión a la organización pregenital hace posible que los
impulsos de amor se traspongan en impulsos de agresión hacia el objeto. La
pulsión de destrucción queda liberada y quiere aniquilar al objeto. El Yo se
revuelve contra estas tendencias con formaciones reactivas y medidas
precautorias, y permanecen en el Ello. El Superyo se comporta como si el Yo
fuera responsable de ellas. El Yo desvalido se defiende contra el Ello agresivo
y el Superyo castigador. Consigue inhibir las acciones más groseras de ambos,
y el resultado es un automartirio y al final, una martirización sistemática del
objeto. El Ello es totalmente amoral, el Yo se empeña en ser moral y el
Superyo es hipermoral, incluso cruel. Cuanto más se empeñe el ser humano en
limitar su agresión, más severo se torna su Superyo. La explicación se halla en
que el Superyo es sublimación, identificación con el arquetipo paterno que fue
desexualizado; se produjo una desmezcla pulsional, el componente erótico no
tiene fuerza para ligar la destrucción y ésta se libera como agresión de la que
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toma su fuerza y crueldad. También la desmezcla se puede producir por
regresión (como en la neurosis obsesiva).
Las pulsiones de muerte se tornan inofensivas por mezcla con componentes
eróticos, se desvían hacia fuera como agresión y en buena parte prosiguen su
trabajo sin obstáculos.
El Yo, entonces, está encargado de establecer el ordenamiento temporal de
los procesos anímicos y someterlos al examen de la realidad; aplaza las
descargas motrices y gobierna los accesos a la motilidad por medio del
pensamiento; se enriquece desde afuera y desde el Ello al cual sustrae libido,
transforma las investiduras de objeto del Ello en conformaciones del Yo; con
ayuda del Superyo se nutre de las experiencias de la prehistoria almacenadas
en el Ello.
Sufre la amenaza de tres clases de peligros: del mundo exterior, de la libido
del Ello y de la severidad del Superyo. El Yo pretende mediar entre el mundo y
el Ello, hacer que el Ello obedezca al mundo y que el mundo cumpla los deseos
de él. Es el auxiliador del Ello, pero también es su siervo.
Hay dos caminos por el que el contenido del Ello puede penetrar en el Yo:
uno es el directo, el otro a través del Superyo.
Mediante su trabajo de identificación y sublimación, presta auxilio a las
pulsiones de muerte para dominar a la libido, pero cae en el peligro de
sucumbir a ellas. A fin de prestar ese auxilio, él mismo tuvo que llenarse con
libido, y devenir subrogado del Eros. Pero como la sublimación tiene por
consecuencia una desmezcla pulsional y liberación de Thánatos sobre el
Superyo, su lucha contra la libido lo expone al peligro del maltrato y de la
muerte.
El Yo es el almácigo de la angustia; desarrolla el reflejo de huida retirando su
propia investidura de la percepción amenazadora o del proceso del Ello. Frente
al Superyo el Yo produce la angustia de la conciencia moral. El núcleo en torno
al cual se deposita esta angustia es la angustia de castración.
El problema económico del masoquismo (1924)
El dolor y el placer dejan de evitarse y se constituyen en metas. El Principio
de Nirvana tiene el propósito de reducir a cero las sumas de excitación. Placer
y displacer no corresponde a aumento y disminución de una cantidad o “tensión
de estímulo”. No depende del factor cuantitativo sino de un carácter de él
cualitativo. El principio de Nirvana, súbdito de la pulsión de muerte,
experimentó una modificación por la cual devino principio de placer. Esta
modificación fue la pulsión de vida que se conquistó un lugar junto a la pulsión
de muerte en la regulación de los procesos vitales. El principio de Nirvana
expresa la tendencia de la pulsión de muerte cuya meta es conducir la
inquietud de la vida a la estabilidad de lo inorgánico; el principio de placer, el
guardián de la vida, subroga la exigencia de la de la libido, y su modificación, el
principio de realidad, el influjo del mundo exterior.
El masoquismo se expresa de tres formas: como condición de excitación
sexual (erógeno), como expresión de la naturaleza femenina, y como norma de
la conducta de vida (moral). En el primero, el placer de recibir dolor, se
encuentra el fundamento de las otras dos formas. La tercera es un sentimiento
inconsciente de culpa.
En el masoquismo femenino las escenificaciones de los perversos responden
a fantasías de personas masoquistas que desembocan en el acto onanista o
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figuran la satisfacción sexual por solos. El masoquista quiere ser tratado
como un niño pequeño, desvalido y dependiente. Ponen a la persona en una
situación femenina: castrado, poseído sexualmente o parir.
Se basa en el masoquismo primario, erógeno, el placer de recibir dolor. La
excitación sexual se genera como efecto colateral a raíz de una serie de
procesos internos para lo cual basta que la intensidad rebase ciertos límites
cuantitativos. La excitación de dolor y displacer tendrían esa consecuencia. En
el ser vivo la libido se enfrenta con la pulsión de destrucción que querría
desagregarlo y llevarlo a la condición de estabilidad inorgánica. La tarea de la
libido es volver inocua esta pulsión desviándola (con ayuda de la musculatura)
hacia fuera hacia los objetos del mundo. Un sector de esta pulsión se pone al
servicio de la función sexual: es el sadismo. Otro sector no obedece este
traslado, permanece en el interior y es ligado libidinosamente con la ayuda de
la coexcitación sexual: el masoquismo erógeno originario.
Se produce una mezcla y una combinación de proporciones variables entre
las dos pulsiones. Se encuentran contaminadas. A una mezcla puede
corresponderle una desmezcla.
La pulsión de muerte en el interior del organismo (el sadismo primordial) es
idéntica al masoquismo. Después que su parte primordial fue trasladada
afuera, en el interior permanece el genuino masoquismo erógeno, que devino
un componente de la libido pero tiene como objeto al ser propio. Es un testigo
de la ligazón entre Eros y Thánatos. El sadismo proyectado puede ser
introyectado y producir un masoquismo secundario que se añade al originario.
El masoquismo erógeno acompaña a la libido en sus fases de desarrollo: la
angustia de ser devorado por el padre (o animal totémico) proviene de la
organización oral; el deseo de ser golpeado por él de la sádico-anal; la
castración interviene en el contenido de las fantasías masoquistas como
sedimento del estadio fálico; las situaciones de ser poseído sexualmente y parir
derivan de la organización genital.
En el masoquismo moral no importa quien infrinja el padecimiento; son los
casos de reacción terapéutica negativa por sentimiento inconsciente de culpa.
Este sentimiento es una necesidad de castigo cuya satisfacción es el rubro más
fuerte de la ganancia de la enfermedad. El Superyo tiene la función de la
conciencia moral, el sentimiento de culpa expresa una tensión entre el Yo y el
Superyo. El Yo reacciona con angustia de la conciencia moral ante la
percepción que no está a la altura de los reclamos de su Superyo. Él posee el
arquetipo a que puede aspirar el Yo. El Superyo es subrogado tanto del Ello
como del mundo exterior. Debe su génesis a los primeros objetos de las
mociones libidinosas del Ello: la pareja parental. Ésta fue introyecta en el Yo a
raíz de lo cual el vínculo fue desexualizado y se superó el Complejo de Edipo.
El Superyo conservó caracteres esenciales de las personas introyectadas: su
poder, severidad, inclinación a la vigilancia y castigo. La severidad resulta
acrecentada por la desmezcla de pulsiones que acompaña la introducción en el
Yo. Ahora el Superyo, la conciencia moral, se vuelve duro, cruel. El Superyo es
el sustituto del Complejo de Edipo; deviene representante del mundo exterior y
arquetipo para el querer alcanzar del Yo.
Las personas aquejadas por una inhibición moral poseen un sadismo
acrecentado del Superyo que somete al Yo; en el masoquismo moral es un
genuino masoquismo del Yo que pide castigo. En ambos casos se satisface
mediante castigos.
El masoquismo moral es el testimonio de la mezcla pulsional; su peligro se
debe a que desciende de la pulsión de muerte, que se ha sustraído a su vuelta
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hacia fuera. Tiene el valor de un componente erótico, por lo que la
autodestrucción se produciría con satisfacción libidinosa.
EL MALESTAR EN LA CULTURA
Freud plantea que la insatisfacción del hombre por la cultura se debe a que
esta controla sus impulsos eróticos y agresivos, especialmente estos últimos,
ya que el hombre tiene una agresividad innata que puede desintegrar la
sociedad. La cultura controlará esta agresividad internalizándola bajo la forma
de Superyo y dirigiéndola contra el yo, el que entonces puede tornarse
masoquista o autodestructivo.
1-Freud había escuchado decir de cierta persona que en todo ser humano
existe un sentimiento oceánico de eternidad, infinitud y unión con el universo, y
por ese solo hecho es el hombre un ser religioso, más allá de si cree o no en
tal o cual credo. Tal sentimiento está en la base de toda religión. Freud no
admite ese sentimiento en sí mísmo pero intenta una explicación psicoanalítica
-genética- del mismo.
Captamos nuestro yo como algo definido y demarcado, especialmente del
exterior, porque su límite interno se continúa con el ello. El lactante no tiene tal
demarcación. Empieza a demarcarse del exterior como yo-placiente,
diferenciándose del objeto displacentero que quedará 'fuera' de él.
Originalmente el yo lo incluía todo, pero cuando se separa o distingue del
mundo excterior, el yo termina siendo un residuo atrofiado del sentimiento de
ser uno con el universo antes indicado. Es lícito pensar que en la esfera de lo
psíquico aquel sentimiento pretérito pueda conservarse en la adultez.
Sin embargo dicho sentimiento oceánico está más vinculado con el narcisismo
ilimitado que con el sentimiento religioso. Este último deriva en realidad del
desamparo infantil y la nostalgia por el padre que dicho desamparo suscitaba.
2 El peso de la vida nos obliga a tres posibles soluciones: distraernos en alguna
actividad, buscar satisfacciones sustitutivas (como el arte), o bien narcotizarnos.
La religión busca responder al sentido de la vida, y por otro lado el hombre
busca el placer y la evitación del displacer, cosas irrealizables en su plenitud. Es
así que el hombre rebaja sus pretensiones de felicidad, aunque busca otras
posibilidades como el hedonismo, el estoicismo, etc. Otra técnica para evitar los
sufrimientos es reorientar los fines instintivos de forma tal de poder eludir las
frustraciones del mundo exterior. Esto se llama sublimación, es decir poder
canalizar lo instintivo hacia satisfacciones artísticas o científicas que alejan al
sujeto cada vez más del mundo exterior. En una palabra, son muchos los
procedimientos para conquistar la felicidad o alejar el sufrimiento, pero ninguno
100% efectivo.
La religión impone un camino único para ser feliz y evitar el sufrimiento. Para
ello reduce el valor de la vida y delira deformando el mundo real intimidando a la
inteligencia, infantilizando al sujeto y produciendo delirios colectivos. No
obstante, tampoco puede eliminar totalmente el sufrimiento.
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