
V. Las excitaciones que ingresan al aparato sin el resguardo de la protección,
adquieren la mayor importancia económica y dan ocasión a perturbaciones.
Las fuentes de esa excitación interna son las pulsiones: los representantes de
todas las fuerzas eficaces del interior del cuerpo que se transfieren al aparato
anímico. Las mociones pulsionales obedecen al proceso libremente móvil que
esfuerza en pos de la descarga. En el inconsciente las investiduras pueden
trasferirse, desplazarse y condensarse. Estos procesos que ocurren en el
inconsciente son el proceso primario, y el que rige la vida de vigilia el
secundario, que posee investidura ligada. La tarea de los estratos superiores
(Prcc-Cc) es ligar las excitaciones de las pulsiones del proceso primario. El
fracaso de la ligazón produce una perturbación análoga a la neurosis
traumática. Solo tras una ligazón se produce el imperio del principio de placer
con su modificación en el principio de realidad. En el juego infantil se repite la
vivencia displacentera. Además el niño repite activamente para dominar lo que
vivió pasivamente; pero exigirá la identidad de la impresión. El reencuentro de
la identidad por la repetición constituye una fuente de placer. En el analizado,
en cambio, la compulsión a la repetición de la transferencia se sitúa en todos
los sentidos más allá del principio de placer. Las huellas mnémicas reprimidas
de sus vivencias infantiles subsisten en estado libre, y son insusceptibles del
proceso secundario. Esta condición es esencial para formar, adhiriéndose a los
restos diurnos, una fantasía de deseo figurada en el sueño.
La compulsión a la repetición es un carácter universal de las pulsiones. La
pulsión es un esfuerzo, inherente a lo vivo, de reproducción de un estado
anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras
externas. Las pulsiones tienen una naturaleza conservadora. Todas las
pulsiones quieren reproducir algo anterior, dirigidas a la regresión, al
restablecimiento de lo anterior. La meta es un estado antiguo, inicial que lo vivo
abandonó y al que aspira a regresar por todos los rodeos de la evolución. La
meta de la vida es la muerte, lo inanimado estuvo antes que lo vivo.
En algún momento por intervención de fuerzas se suscitó en la materia
inanimada las propiedades de la vida. La tensión generada pugnó por
nivelarse: así nació la primera pulsión, de regresar a lo inanimado. Hasta que
decisivos influjos externos se alteraron de tal modo que forzaron a la sustancia
aún sobreviviente a desviarse respecto del camino vital originario y dar rodeos
más complicados antes de alcanzar la meta. Estos rodeos son retenidos por las
pulsiones conservadores, que luchan contra influencias que podrían ayudar al
organismo a alcanzar su meta vital por el camino más corto. Son pulsiones
parciales destinadas a asegurar el camino hacia a la muerte y alejar otras
posibilidades de regreso a lo inorgánico que no sean las inmanentes. Las
pulsiones sexuales son conservadoras en el mismo sentido que las otras en
cuanto espejan estados anteriores de la sustancia viva, son resistentes a
injerencias externas, y conservan la vida por lapsos más largos. Las pulsiones
que llevan a la muerte buscan el camino más corto; las sexuales llegadas a
cierto punto, se lanzan hacia atrás para volver a retomar el camino y prolongar
la duración del trayecto. Tanto el progreso evolutivo como involutivo es
resultado de fuerzas externas que esfuerzan a la adaptación, y las pulsiones
intentan conservar la alteración impuesta. Un mayor perfeccionamiento se
alcanza como resultado de la represión de las pulsiones sobre lo cual se edifica
lo más valioso que hay en la cultura humana. La pulsión aspira a su plena
satisfacción, que consiste en la vivencia primaria de satisfacción; toda
sublimación o formación sustitutiva es insuficiente para cancelar su tensión y la
diferencia entre la satisfacción hallada y la pretendida engendra el factor
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