V
..
)
El
Yo
en
la
Teoria de
Freud
y
en
la
Técnica
Psicoanalítica
..
"
.,
.
Paidós
XIX
INTRODUCCION
DEL GRAN
OTRO
Por
qué
no hablan
los
planetas.
La paranoia post-analítica.
El esquema en
Z.
Del
otro lado del
muro
del lenguaje.
Reconstitución imaginaria y reconocimiento simbólico.
Por
qué
hay
formación de analistas .
..
La última vez los dejé eón una pregunta quizás un
tanto
ex-
traña, pero que estaba en la línea de lo que les venía diciendo:
¿por qué no hablan los planetas?
1
No
somos en absoluto semejantes a planetas, cosa
quepo-
demos
comprobar
en
todo
momento; pero esto no nos impide
olvidarlo. Permanentemente tendemos a razonar sobre los
hombres como
si
se tratara de lunas, calculando sus masas, su
gravitación.
No
es
ésta una ilusión exclusiva de los eruditos:
es
especial-
mente tentadora para los políticos.
Pienso en una obra olvidada
y que
no
era tan ilegible, pues
probablemente
no
era su autor quien la firmó:
se
llamaba M ein
Kampf Pues bien, en esta obra del tal Hitler, que ha perdido
mucho
de su actualidad,
se
hablaba de las relaciones entre los
353
MAS
ALLA
DE
LO
IMAGINARIO,
LO
SIMBOLICO
hombres cual si fuesen relaciones entre lunas. Y estamos tenta-
dos siempre de hacer una psicología y
un
psicoanálisis de lunas
cuando para percibir la diferencia basta con remitirse inmedia~
tamente a la experiencia.
Por
ejemplo, rara vez estoy contento.
En
la última reunión
n_o
lo estuve en absoluto,
porque
intenté volar sin duda dema-
si_ado
a~to,
y esto~ aleteos tal vez no fueron lo que les habría
dicho
si
todo
hubiese estado bien preparado. Sin embargo, al-
guna~_rersonas benevolentes, las que me acompañan a la salida,
me di1eron que
todo
el
mundo
estaba·contento. Posición, su-
pongo,
muy
exagerada.
No
importa, así me dijeron.
En
ese
momento,
por
lo demás,
no
quedé convencido. Pero ·vamos!
M h
.
f
.
e ice esta re lexión:
si
los otros están contentos eso
es
lo
principal.
En
esto difiero
yo
de
un
planeta. '
No
es
simplemente que me hago esta reflexión además
es
verdad: lo esencial
es
que ustedes estén contento~.
Diré
aún
m~s:
al
,serme corroborado que estaban contentos, pues bien,
Dios
m10,
me puse contento
yo
también. Pero, de todos
mo-
dos, con
una
pequeña diferencia.
No
del
todo
contento-con-
tento.
Hubo
un
espacio entre ambos.
En
el
lapso de darme
cuenta de que lo esencial
es
que
el
otro
esté contento
yo
habría
seguido con mi no-contento. '
Entonces, ¿en qué momento soy verdaderamente yo? ¿En
el
momento
en que
no
estoy contento, o en el momento en que
estoy contento
porque
los otros están contentos?
Cuando
se
tra~a del -~ombre, tal relaci?,n entre la_satisfacción del sujeto y la
satisfaccion del
otro
-entiendanlo
bien, en su forma más radi-
cal-
siempre está en tela de juicio.
quisiera
que
el
hecho de tratarse, en esta ocasión, de mis
~emeJantes,
no
les engañe.
Tomé
este ejemplo
porque
me había
Jurado
tomar
el primero que apareciera tras la pregunta con que
los dejé la vez pasada. Pero espero hacerles ver
hoy
que sería
errado creer que se trata aquí del mismo
otro
que ese
otro
del
que
veces
~es
hablo, ese
otro
que
es
el
yo,
o, para ser más
preCisos, su imagen. Aquí hay una diferencia radical entre mi
no
satisfacción y la satisfacción supuesta del otro.
No
hay
ima-
354
INTRODUCCION
DEL
GRAN
OTRO
gen de identidad, reflexividad, sino relación de alteridad funda-
mental.
Hay
que distinguir,
por
lo menos, dos otros:
uno
con
una
A
m;iyúscula, y
otro
con una a minúscula que
es
el
yo.
En
la
función de la palabra de quien
se
trata
es
del Otro.
1
Lo
que les digo merece ser demostrado.
Como
de costum-
bre, no
puedo
hacerlo sino a nivel de nuestra experiencia. Re-
comiendo calurosamente, a quienes deseen ejercitarse
en
pe-
queñas operaciones mentales destinadas a ablandarles las arti-
culaciones, la lectura, a todas luces útil, del
Parménides,
donde
la cuestión del
uno
y
el
otro
fue enfrentada del
modo
más vigo-
roso y sostenido.
Por
este motivo,
es
sin
duda
una de las obras
más incomprendidas, cuando después de
todo
basta para ello
con
las facultades medias
-y
no
es
decir
poco-
de
un
desci-
frador de palabras cruzadas.
No
olviden que
muy
formalmente
les aconsejé en
un
texto hacer palabras cruzadas. Lo único
esencial
es
atender hasta
el
final en el desarrollo de nueve hipó-
tesis. Sólo se trata de eso, de prestar atención.
No
hay cosa en
el
mundo
más difícil de obtener del lector medio, debido a las
condiciones en las que
se
practica ese deporte de la lectura.
Aquel de mis alumnos que pudiera consagrarse a
un
comenta-
rio psicoanalítico del
Parménides, haría algo útil y permitiría
orientarse en muchos problemas a la comunidad.
Volvamos a nuestros planetas. ¿Por qué no hablan?
¿Quién
quiere articular algo?
Sin embargo, hay muchas cosas que decir. Lo curioso
no
es
que ustedes
no
digan ninguna, sino que
no
muestren darse
cuenta de que las hay a montones.
Si
sólo osaran pensarlo. Sa-
ber
cuál
es
la última de las razones no
es
demasiado importante.
Pero
es
seguro que si se intenta enumerarlas
-cuando
les pedí
que lo hicieran
yo
no tenía ninguna idea preconcebida sobre la
manera en que eso
se
podía
exponer-,
las razones que se nos
presentan están estructuradas como aquellas cuyo juego
ya
en-
1.
Las A y a son, como
es
sabido, las iniciales respectivas de Autre,
«Otro», y autre, «otro». [T.]
355
MAS
ALLA
DE
LO
IMAGINARIO,
LO
SIMBOLICO
contramos varias veces en la obra de Freud, a saber, las que
evoca en
el
sueño de la inyección de Irma a propósito del cal-
dero agujereado. Los planetas no hablan: pr~mero,
yorque
no
tienen nada que decir; segundo, porque no tienen tiempo; ter-
cero,
porque
se los ha hecho callar.
Las tres cosas son ciertas, y podrían permitirnos desarrollar
importantes relaciones respecto a lo que llaman
un
pla~eta,
es
decir, eso que he escogido como término de referencia para
mostrar lo que nosotros no somos.
Le hice la pregunta a
un
eminente filósofo,
uno
de los que
vinieron este año a darnos una conferencia. El se ha ocupado
mucho de la historia de
las
ciencias, y formuló sobre
el
newto-
nismo las reflexiones más pertinentes y profundas que pueda
haber.
Cuando
nos dirigimos a personas que parecen especia-
listas, siempre nos decepcionamos, pero verán que
yo
no
me
decepcioné en realidad. La pregunta
no
pareció presentarle
demasiadas dificultades. Me contestó:
Porque no tienen
boca.
En
primera instancia, me decepcioné un poco. Siempre que
uno
se
decepciona, está equivocado.
Nunca
hay que decepcio-
narse de las respuestas que se reciben, porque si
uno
se
decep-
ciona, estupendo, prueba de que fue una verdadera respuesta,
es
decir, aquello que precisamente no esperábamos.
Este
punto
importa mucho para
el
problema del otro. Te-
nemos demasiada tendencia a dejarnos hipnotizar
por
el
lla-
mado sistema de lunas, y a modelar nuestra idea de la respuesta
sobre lo que imaginamos cuando hablamos de estímulo-res-
puesta.
Cuando
obtenemos la respuesta que esperábamos, ¿
es
de verdad una respuesta?
He
aquí
otro
nuevo problema, pero
por
ahora no me abandonaré a este pequeñ~ :ntretenimiento.
En
resumidas cuentas, la respuesta del filosofo no me de-
cepcionó. Nadie está forzado a entrar en
el
laberi~to
?e
la
pre-
gunta
por
ninguna de las tres razones que menc10ne, aunque
volveremos a hallarlas, porque son las verdaderas. También
se
puede entrar en él
por
una respuest! cualquiera, y la que se me
dio
es
sumamente esclarecedora, siempre y cuando se la sepa
356
INTRODUCCION
DEL
GRAN
OTRO
oir. Y
.Yº.
estaba en excelentes condiciones para oírla,
porque
soy psiqmatra.
No
tengo boca: oímos esto
al
comienzo de nuestra carrera,
en los primeros servicios de psiquiatría a los que llegamos
como unos despistados.
En
medio de ese
mundo
milagroso nos
encontramos con damas
muy
añejas, con viejas solteronas,
cuya primera declaración ante nosotros es:
No
tengo boca.
Ellas nos hacen saber que tampoco tienen estómago, y además
que
no
morirán nunca.
En
síntesis, tienen
una
relación
muy
grande con
el
mundo
de las lunas. La única diferencia
es
que
para esas añejas damas, víctimas del llamado síndrome de
Co-
tard, o delirio de negación,
al
fin y
al
cabo
es
verdad. Están
identificadas con una imagen donde falta
toda
hiancia,
toda
as-
piración,
todo
vacío del deseo, o sea, justamente lo que consti-
tuye la propiedad del orificio bucal.
En
la medida en que se
opera la identificación del ser con su imagen
pura
y simple,
tampoco hay sitio para
el
cambio,
es
decir, para la muerte.
De
eso se trata en su tema: están muertas y a la vez
ya
no
pueden
morir, son inmortales, como
el
deseo.
En
la medida en que
aquí
el
sujeto se identifica simbólicamente con lo imaginario,
realiza en cierto
modo
el
deseo.
Que
las estrellas tampoco tengan boca y sean inmortales
es
algo de
otro
orden:
no
se puede decir que sea verdad,
es
real.
No
es
cuestión de que las estrellas tengan boca. Y,
al
menos
para nosotros,
el
término inmortal se
ha
vuelto,
con
el
tiempo,
puramente metafórico. Es indiscutiblemente real que la estrella
no tiene boca, pero a nadie se
le
ocurriría pensar en ello, si
no
hubiera, para observarlo, seres provistos de
un
aparato de
pro-
ferir lo simbólico, a saber, los hombres.
Las estrellas son reales, íntegramente reales, en principio,
en ellas
no
hay absolutamente nada del
orden
de una alteridad a
ellas mismas, son pura y simplemente lo que son. El hecho de
que las encontremos siempre en
el
mismo lugar
es
una
de las
razones
por
las que no hablan.
Han
observado que de vez en cuando oscilo entre los plane-
tas y las estrellas. Esto no
es
casual.
Porque
el siempre en el
357
MAS
ALLA
DE
LO
IMAGINARIO,
LO
SIMBOLICO
mismo lugar no nos lo mostraron primero los planetas:
si1:10
las
estrellas. El movimiento perfectamente regular del dia sideral
es, con seguridad, lo que
por
vez primera permitió a los
hom-
bres experimentar la estabilidad del cambiante mundo que los
rodea, y comenzar a establecer la dialéctica de lo simbólico y lo
real, donde lo simbólico brota aparentemente de lo real, lo cual
naturalmente no está más justificado que
el
pensar que las lla-
madas estrellas fijas giran realmente alrededor de la Tierra.
!)e
igual modo, no debería creerse que los símbolos han salido
efectivamente de lo real. Pero no
por
ello
es
menos asombroso
advertir hasta qué punto
esas_
singular~s formas fueron
~aut~-
vantes, formas cuyo agrupamiento,
al
fm y
al
cabo, nada
JUStl-
fica. ¿
Por
qué vieron los humanos a la
Osa
Mayor como tal?
¿Por qué
las
Pléyades son tan evidentes? ¿Por qué
se
vio a
Orión
del modo en que
se
lo vio? Sería incapaz de decirlo.
No
creo que esos puntos luminosos alguna vez hayan sido agrupa-
dos de
otro
modo, se lo pregunto. Este hecho no dejó de jugar
su papel en
las
auroras de la humanidad, que
por
otra parte
distinguimos mal. Esos signos
se
perpetu_aron en
_forma
~e.naz
hasta la actualidad, lo que constituye
un
e1emplo smgulan~imo
de la forma en que lo simbólico atrapa. Las célebres propieda-
des de la forma no parecen en absoluto convincentes para ex-
plicar
el
modo en que hemos agrupad? las con~telaciones.
Dicho esto, habríamos estado perdiendo
el
tiempo, pues no
hay nada fundado en esa aparente estabilidad
~~
las est~ellas
que encontramos siempre en
el
mismo lugar. Hicimos eviden-
temente
un
progreso esencial cuando nos percatamos de
que
había cosas que,
por
el
contrario, realmente estaban en
el
mismo lugar, cosas que
se
divisaron primero bajo la forma
de
planetas errantes, y nos percatamos de que no era sólo en fun-
ción de nuestra propia rotación, sino que realmente una
parte
de los astros que pueblan
el
cielo
se
desplazan y reaparecen
siempre en
el
mismo lugar.
Esta realidad
es
una primera razón para que los planetas no
hablen. Sin embargo, sería
un
error creer que sean tan mudos,
Lo son tan poco que durante mucho tiempo
se
los confundió
358
INTRODUCCION
DEL
GRAN
OTRO
con los símbolos naturales. Nosotros los hemos hecho hablar,
y sería
un
gran
error
no preguntarnos cómo
es
esto posible.
Durante muchísimo tiempo y hasta una época
muy
avanzada,
les quedó
el
residuo de una suerte de existencia subjetiva.
Co-
pérnico, quien .sin embargo realizó
un
paso decisivo en la de-
terminación de la perfecta regularidad del movimiento de los
astros, pensaba todavía que
si
un
cuerpo terrestre estuviera en
la Luna
no
dejaría de hacer los mayores esfuerzos
por
volver a
casa,
es
decir, a la Tierra, y que, inversamente,
un
cuerpo lunar
no pararía hasta emprender nuevo vuelo hacia su tierra ma-
terna. Esto
les
prueba cuán largo tiempo persistieron estas no-
ciones, y que
es
difícil no hacer seres con realidades.
Finalmente llegó Newton. Y a hacía
un
tiempo que esto ve-
nía preparándose: no hay mejor ejemplo que la historia de las
ciencias para mostrar hasta qué
punto
el
discurso humano
es
u_niversal.
Newton
acabó
por
dar
la fórmula definitiva alrede-
dor
de la cual todo
el
mundo ardía desde hacía un siglo. Hacer-
los callar;
Newton
lo consiguió definitivamente. El silencio
eterno de los espacios infinitos, que causaba espanto a Pascal,
es
algo adquirido después de
Newton:
las estrellas no hablan,
los planetas son mudos porque
se
los ha hecho callar, única
verdadera razón, pues finalmente nunca
se
sabe lo que puede
ocurrir con una realidad. ·
¿
Por
qué no hablan los planetas? Es realmente una pre-
gunta.
Nunca
se
sabe lo que puede ocurrir con una realidad,
hasta
el
momento en que se la ha reducido definitivamente ins-
cribiéndola en un lenguaje. Sólo se está definitivamente seguro
de que los planetas no hablan a partir del momento en que
se
les
ha cerrado
el
pico, o sea, a partir del momento en que la teoría
newtoniana produjo la teoría del campo unificado, y bajo una
forma que
se
completó después pero que ya era perfecta-
mente satisfactoria para todas las mentes humanas. La teoría del
campo unificado está resumida en la ley de gravitación, que
consiste esencialmente en que hay una fórmula que mantiene
todo esto unido, en un lenguaje ultrasimple constituido
por
tres letras.
359
MAS
ALLA
DE
LO
IMAGINARIO,
LO
SIMBOLICO
2
Tratándose de esa ciencia humana
por
excelencia llamada
psicoanálisis, ¿nuestra meta
es
llegar
al
campo unificado y ~a-
cer de los hombres lunas? ¿Acaso los hacemos hablar tanto solo
para hacerlos callar? .
Por
otra parte, la interpretación más correcta del fm de la
historia que Hegel evoca,
es
que
se
trata del momento en que
los hombres ya no tendrán más cosa que hacer que cerrarla. ¿Es
esto retornar a una vida animal? ¿ Son animales los hombres que
acabaron no teniendo necesidad del lenguaje? Grave problema,
que no me parece resuelto en ningún sentido.
De
to~os modos,
la cuestión de saber cuál
es
el
final de nuestra práctica
se
halla
en
el
centro de la técnica analítica. Al respecto se cometen erro-
res escandalosos.
Leí
por
primera vez
un
artículo muy simpático sobre lo que
llaman la cura-tipo.
Necesidad de mantener intactas
las
faculta-
des de observación del yo,
lo veo escrito en negrita.
Se
habla de
un
espejo, que
es
el
analista: no está mal,
}?ero_
e_l
autor
~o
que-
rría viviente. Me pregunto qué
es
un
espeJO
viviente.
Si
el_
po-
bre habla de espejo viviente
es
porque siente que en esta histo-
ri~
hay algo que cojea. ¿Dónde está lo
e~en~ial
del ~nálisis?
¿ Consiste
el
análisis en la realización imagmana del su Jet~? El
yo
y
el
su.jeto son confundidos, y
se
hace del yo una re~hdad,
algo que es, como
se
dice, integrativo o sea que mantiene
al
planeta unido. ·
Ese planeta no habla no sólo porque
es
real, sino
porq_ue
no
tiene tiempo, en sentido literal:
el
planeta carece de esta dimen-
sión. ¿Por qué? Porque
es
redondo. La integración
es
_eso:
el
cuerpo circular puede hacer todo lo que
se
le
ocurra, siempre
queda igual a
mismo.
Se
nos propone como meta del análisis redondear
al
yo,
darle la forma esférica en que habrá integrado definitivamente
todos sus estados disgregados, fragmentarios, sus
miembros
esparcidos, sus etapas pregenitales, sus pulsiones parciales,
el
362
INTRODUCCION
DEL
GRAN
OTRO
pandemónium de sus ego fragmentados e innumerables. Ca-
rrera del
ego triunfante: tantos ego, tantos objetos.
No
todo
el
mundo pone lo mismo bajo
el
término relación
de objeto, pero abordando las cosas
por
el
lado de la relación de
objeto y de las pulsiones parciales, en lugar de situar esto en su
lugar, en
el
plano imaginario,
el
autor del que hablo, y que en
cierta época pareció prometer más, acaba nada menos que en la
perversión consistente en situar todo
el
progreso del análisis en
la relación imaginaria del sujeto con su diverso más primitivo.
Gracias a Dios la experiencia nunca fue llevada a su último tér-
mino, no
se
hace lo que
se
dice que
se
hace, uno permanece
muy
por
detrás de sus metas. Gracias a Dios, uno yerra sus
curas, y
por
eso
el
suj~to
se
salva.
En
la línea seguida
por
el
autor
al
que me refería, puede
demostrarse con
el
mayor rigor que su modo de concebir la
cura de la neurosis obsesiva no tendría
otro
resultado que
el
de
paranoizar
al
sujeto. Piensa que la aparición de la psicosis
es
el
abismo perpetuamente bordeado en la cura de la neurosis obse-
siva. Dicho de otro modo, para este autor
el
neurótico obsesivo
es, en realidad,
un
loco.
Pongamos los puntos sobre las íes: ¿qué clase de loco
es
éste?
Un
loco que
se
mantiene a distancia de su locura,
es
decir,
de la mayor perturbación imaginaria posible.
Un
loco para-
noico. Decir que la locura
es
la
mayor perturbación imaginaria
como tal no
es
definir todas
las
formas de locura: hablo del
delirio y de la paranoia. Según
el
autor
al
que estoy leyendo
nada de lo que
el
obsesivo cuenta tiene la menor relación con lo
que vive. Es
el
conformismo verbal,
el
lenguaje social lo que da
sostén a su precario equilibrio, equilibrio bien sólido no obs-
tante, pues, ¿hay algo más difícil de voltear que
un
obsesivo? Y
si
el
obsesivo resiste y
se
agarra en efecto con tanta fuerza,
sería,
al
decir de este autor, porque la psicosis, la desintegra-
ción imaginaria del yo, estaría ahí detrás. Desgraciadamente
para su demostración,
el
autor no puede presentarnos un obse-
sivo
al
que hubiese vuelto verdaderamente loco.
No
tiene nin-
guna posibilidad de hacerlo: hay sólidas razones para esto.
363
MAS
ALLA
DE
LO
IMAGINARIO,
LO
SIMBOLICO
Pero
al
querer preservar
al
sujeto de sus locuras presuntamente
amenazadoras, conseguiría hacerlo caer no
muy
lejos de ahí.
La cuestión de la paranoia post-analítica está
muy
lejos de
ser mítica. Para que la cura
produzca
una paranoia bien consis-
tente no
es
necesario extremarla demasiado.
Por
mi parte lo he
visto en este servicio en
el
que estamos. Aquí
es
donde mejor se
lo puede ver, porque nos vemos llevados a empujarlos paulati-
namente hacia los servicios libres, pero de éstos suelen volver,
y se integran en
un
servicio cerrado. Es algo que pasa. Para eso
no hace falta tener un buen psicoanalista, basta con creer firme-
mente en
el
psicoanálisis.
He
visto paranoias que
se
pueden
calificar de post-analíticas, y a las que
se
puede llamar
espontáneas.
En
un
medio adecuado, donde reina una intensa
preocupación
por
los hechos psicológicos,
un
sujeto que de
todos modos tenga alguna propensión a ello puede llegar a cer-
carse de problemas incuestionablemente ficticios pero a los que
les da consistencia, y en
un
lenguaje ya listo: el del psicoanáli-
sis, que recorre las calles.
Un
delirio crónico
es
algo que tarda
muchísimo tiempo en ir haciéndose,
el
sujeto tiene que invertir
en ello buena parte de su vida, en general
un
tercio de la misma.
Debo
decir que la literatura analítica constituye en cierto
modo
un
delirio ready-made, y no
es
raro ver sujetos vestidos
con
esa
ropa, de confección. El estilo,
por
así decir, representado
por
estas personas, tan apegadas de boca cerrada
al
inefable miste-
rio de la experiencia analítica,
es
una forma atenuada, pero su
base
es
homogénea a lo que en este momento llamo paranoia.
3
Hoy
quisiera proponerles
un
pequeño esquema que ilus-
trará los problemas suscitados
por
el
yo
y el
otro,
el lenguaje y
la palabra.
Este esquema
no
sería
un
esquema si presentara
una
solu-
364
INTRODUCCION
DEL
GRAN
OTRO
ción.
Ni
siquiera
es
un
modelo. Es sólo una manera de fijar las
ideas, que una imperfección de nuestro espíritu discursivo re-
clama.
No
he vuelto a detenerme, pues entiendo que se trata de
algo que les
es
ya bastante familiar, en lo que distingue a lo
imaginario de lo simbólico.
¿Qué
sabemos respecto
al
yo? ¿Es real
el
yo,
es
una luna, o
es
una
construcción imaginaria? Partimos de la idea, que les
vengo machacando desde hace tanto tiempo, de que
no
hay
forma de aprehender cosa alguna de la dialéctica analítica si
no
planteamos que
el
yo
es
una construcción imaginaria.
Nada
le
quita
al
pobre
yo
el hecho de que sea imaginario: diría inclusive
que esto
es
lo que tiene de bueno.
Si
no
fuera imaginario
no
seríamos hombres, seríamos lunas. Lo cual
no
significa que
basta con que tengamos ese
yo
imaginario para ser hombres.
También podemos ser esa cosa intermedia llamada loco.
Un
loco
es
precisamente aquel que se adhiere a ese imaginario,
pura
y simplemente.
He
aquí
el
esquema.
S
es
la letra
S,
pero también
es
el
sujeto,
el
sujeto analítico,
es
decir,
no
el sujeto en su totalidad.
Todo
el tiempo nos dan la
lata con que se lo aborda en su totalidad.
¿Por
qué iba a ser
total?
Nada
sabemos de esto. ¿Es que han encontrado ustedes
seres totales? Tal vez sea un ideal. Y o nunca
vi
ninguno.
Por
mi
parte,
yo
no soy total. Ustedes tampoco.
Si
fuéramos totales,
cada
uno
sería total
por
su lado y no estaríamos aquí, juntos,
tratando de organizarnos, como se dice. Es
el
sujeto,
no
en su
totalidad sino en su abertura.
Como
de costumbre, no sabe lo
365
MAS
ALLA
DE
LO
IMAGINARIO,
LO
SIMBOLICO
que dice.
Si
supiera lo que dice no estaría ahí. Está ahí, abajo a
la derecha.
Claro está que
no
es
ahí donde él se ve, esto
no
su~ede
nunca, ni siquiera
al
final del análisis.
Se
ve en
a,
y
por
eso tiene
un
yo. Puede creer que él
es
este yo,
todo
el
mundo
se queda
con
eso y
no
hay manera de salir de ahí. , . .
Lo
que
por
otro
lado nos enseña el anahsis
es
qu~ el
yo
es
una
forma fundamental para la constitución de los obJetos.
En
particular, ve bajo la forma del
otro
especular a aqu~l que
por
razones que son estructurales llamamos su semepnte. Esa
forma del
otro
posee la mayor relación con su yo,
es
superpo-
nible a éste y la escribimos
a'.
Tenemos, pues,
el
plano del espejo,
el
mun1o
_sim~trico de
los ego y de los otros homogéneos.
De
él debe distmgmrse
otro
plano, que llamaremos
el
muro
del
l_enguaje.
.
Lo
imaginario cobra su falsa realidad, qu~
~m
embargo,
es
una
realidad verificada, a partir del
orden
defmido
por
el
muro
del lenguaje. El
yo
tal como lo enten?emos,
_el
otro,
el
se-
mejante, todos estos imaginarios son obJetos.
Cierto
es
q~e
no
son
homogéneos con lunas: constantemente corremos
el
nesgo
de olvidarlo. Pero son efectivamente objetos,
porque
son
nom-
brados como tales en
un
sistema organizado, que
es
el del
muro
del lenguaje. .
Cuando
el
sujeto habla con sus semepntes lo hace en
_el
len-
guaje común, que
toma
a los
yo
imagin~rios
por
cosas
no
simple-
mente ex-sistentes, sino reales.
No
pudiendo saber lo que hay en
el campo donde se sostiene
el
diálogo concreto,
_se
las ve
con
cierto
número
de personajes, a', a".
En
la medida en que
el
sujeto los pone en relación con su propia ii:nagen, ~que~l~s a
quienes les habla también son aqu~l!os con quienes
~e
_i?ent~fi_ca.
Dicho
esto,
es
preciso no omitir nuestra suposicion
ba_sica,
la de los analistas: nosotros creemos que
hay
otros suJetos
aparte de nosotros, que hay
re_laciones
auténticamente i~ter-
subjetivas.
No
tendríamos motivo alguno para J?ensarlo
_si
no
fuera
por
el testimonio de aquello que caractenza a la mte~-
subjetividad: que el sujeto puede mentirnos. Es la
prueba
deCI-
366
INTRODUCCION
DEL
GRAN
OTRO
siva.
No
digo que sea
el
único fundamento de la realidad del
otro
sujeto, sino que
es
su prueba.
En
otros términos, nos diri-
gimos de hecho a unos
A
1
,
A
2
,
que son lo que no conocemos,
verdaderos
Otros,
verdaderos sujetos.
Ellos están del
otro
lado del
muro
del lenguaje, allí donde
en principio
no
los alcanzo jamás. Fundamentalmente, a ellos
apunto
cada vez que pronuncio una verdadera palabra,
pero
siempre alcanzo a a', a",
por
reflexión.
Apunto
siempre a los
verdaderos sujetos, y tengo que contentarme con sombras. El
sujeto está separado de los
Otros,
los verdaderos,
por
el
muro
del lenguaje.
Si
la palabra se funda en la existencia del
Otro,
el
verda-
dero, el lenguaje está hecho para remitirnos
al
otro
objetivado,
al
otro
con el que podemos hacer
todo
cuanto queremos, in-
cluido pensar que
es
un
objeto,
es
decir, que
no
sabe lo que
dice.
Cuando
nos servimos del lenguaje, nuestra relación con
el
otro
juega
todo
el tiempo en esa ambigüedad. Dicho en otros
términos,
el
lenguaje sirve tanto para fundarnos en el
Otro
como para impedirnos radicalmente comprenderlo. Y de esto
precisamente
se
trata en la experiencia analítica.
El sujeto
no
sabe lo que dice, y
por
las mejores razones,
porque
no sabe lo que es. Pero se ve.
Se
ve del
otro
lado, de
manera imperfecta, ustedes lo saben, a causa de la índole fun-
damentalmente inacabada del Urbild especular, que
no
sólo
es
imaginario sino ilusorio. Sobre este hecho se basa la inflexión
pervertida que desde hace algún tiempo viene
tomando
la téc-
nica analítica.
En
esta óptica se aspiraría a que el sujeto conglo-
merase todas las formas más o menos fragmentadas, fragmen-
tantes, de aquello en lo cual se desconoce.
Se
querría que reu-
niese
todo
lo que vivió efectivamente en
el
estadio pregenital,
sus miembros esparcidos, sus pulsiones parciales, la sucesión
de los objetos parciales; piensen en
el
San jorge de Carpaccio
zampándose
al
dragón, y en derredor las pequeñas cabezas de-
capitadas, los brazos, etc.
Se
querría permitirle a este
yo
cobrar
fuerzas, realizarse, integrarse,
el
pequeñín.
Si
este fin
es
perse-
guido de manera directa, si
~e
toma
por
guía lo imaginario y lo
367
MAS
ALLA
DE
LO
IMAGINARIO,
LO
SIMBOLICO
pregenital, necesariamente
se
llega a ese tipo de análisis donde la
consumación de los objetos parciales
se
lleva a cabo
por
interme-
dio de la imagen del otro. Sin saber
por
qué, los autores que
optan
por
esta vía llegan todos a la misma conclusión: el
yo
sólo
puede reunirse y recomponerse
por
el
sesgo del semejante que el
sujeto tiene delante de sí; o detrás,
el
resultado no varía.
El sujeto reconcentra su propio
yo
imaginario esencialmente
bajo la forma del
yo
del analista.
Por
otra
parte, este
yo
no
resulta simplemente imaginario, porque
la
intervención hablada
del analista se concibe de manera expresa como
un
encuentro de
yo
a yo, como una proyección
por
el
analista de objetos preci-
sos.
En
esta perspectiva,
el
análisis siempre
es
representado y
planificado en
el
plano de la objetividad. Lo que hay que
procu-
rar, como
se
escribe,
es
que
el
sujeto pase de una realidad psí-
quica a una realidad verdadera,
es
decir, a una luna recompuesta
en lo imaginario, y
muy
exactamente, como tampoco se nos
disimula, sobre
el
modelo del
yo
del analista. Existe suficiente
coherencia como para advertir que no
es
cuestión de adoctrinar
ni de representar lo que debe hacer
uno
en
el
mundo.
Donde
se
opera es, obviamente, en
el
plano de lo imaginario.
Por
eso,
nada
se
apreciará más que lo que
se
sitúa más allá de lo conside-
rado ilusión, y no muro, del lenguaje:
la
vivencia inefable.
Entre los pocos ejemplos clínicos aportados hay
uno
breve,
muy
gracioso,
el
de
la
paciente aterrada ante la idea de que el
analista sepa lo que guarda en su maleta. Ella lo sabe y
al
mismo
tiempo
no
lo sabe.
Todo
lo que puede decir
es
dejado de lado
por
el
analista frente a esta inquietud imaginaria. Y de
pronto
se comprende que ahí está lo único importante: ella teme que
el
analista
le
quite
todo
lo que tiene en
el
vientre,
es
decir,
el
contenido de la maleta, que simboliza su objeto parcial.
La noción de
la
asunción imaginaria de los objetos parciales
por
intermedio de la figura del analista culmina en
una
suerte
de
Comulgatorio,
por
emplear
el
título que dio Baltasar Gra-
cián a
un
Tratado de la santa eucaristía, en una consumación
imaginaria del analista. Singular comunión: en la carnicería, la
cabeza
con
el perejil en la nariz, o incluso
el
pedazo recortado
368
INTRODUCCION
DEL
GRAN
OTRO
en
el
calzón, y como decía Apollinaire en Les mamelles de Ti-
resias, Mange
les
pieds de ton analyste a
la
meme
sauce,3 teoría
fundamental del análisis.
¿No
hay una concepción diferente del análisis que permita
concluir que éste
es
algo diferente de la reconstitución de
una
parcialización fundamental imaginaria del sujeto?
Esta parcialización existe, en efecto. Es una de las dimen-
siones que permiten
al
analista operar
por
identificación, dando
al
sujeto su propio yo. Les ahorro los detalles, pero
es
induda-
ble que el analista puede, mediante cierta interpretación de las
resistencias, mediante cierta reducción de la experiencia total
del análisis a sus elementos exclusivamente imaginarios, llegar a
proyectar sobre
el
paciente las diferentes características de su
yo
de analista; y Dios sabe que ellas pueden diferir, y de
una
manera que reaparece
al
final de los análisis. Lo que
Freud
nos
enseñó
es
exactamente lo opuesto.
Si
se forman analistas
es
para que haya sujetos tales que en
ellos el
yo
esté ausente. Este
es
el
ideal del análisis, que, desde
luego,
es
siempre virtual.
Nunca
hay un sujeto sin yo,
un
sujeto plenamente realizado, pero
es
esto lo que hay que inten-
tar obtener siempre del sujeto en análisis.
El análisis debe apuntar
al
paso de una verdadera palabra,
que reúna
al
sujeto con
otro
sujeto, del
otro
lado del
muro
del
lenguaje. Es la relación última del sujeto con
un
Otro
verda-
dero, con
el
Otro
que da la respuesta que no se espera, que
define
el
punto
terminal del análisis.
Durante
todo
el
tiempo del análisis, con la sola condición
de que
el
yo
del analista tenga a bien no estar ahí, con la sola
condición de que
el
analista no sea
un
espejo viviente sino
un
espejo vacío, lo que pasa, pasa entre el
yo
del sujeto
-en
apa-
riencia siempre habla
el
yo
del
sujeto-
y los otros.
Todo
el
progreso del análisis radica en
el
desplazamiento progresivo de
esa relación, que el sujeto puede captar en
todo
instante, más
allá del
muro
del lenguaje, como transferencia, que
es
de él y
3.
« Cómete los pies de tu analista en la misma salsa.» [T.]
369
MAS
ALLA
DE
LO
IMAGINARIO,
LO
SIMBOLICO
donde
no se reconoce.
No
se
trata de reducir,
como
se escribe,
esa relación, sino de que el sujeto la asuma en su lugar. El análi-
sis consiste en hacerle
tomar
conciencia de sus relaciones,
no
con
el
yo
del analista, sino con todos esos
Otros
que
son
sus
verdaderos garantes, y que no ha reconocido.
Se
trata
de
q1:1~
el
sujeto descubra de una manera progresiva a qué
Otro
se
di
7
ige
verdaderamente aún sin saberlo, y de que
asuma
progresiva-
mente las relaciones de transferencia en
el
lugar
en
que está, y
donde
en
un
principio
no
sabía que estaba.
A la frase de Freud,
Wo
Es
war, sol/ /ch werden, puede
dársele dos sentidos.
Tomen
a este
Es
como la
letra
S.
Allí está,
siempre está allí. Es el sujeto.
Se
~onoce o
no_
se
conoce. Esto ni
siquiera
es
lo más importante: tiene o
no
tiene
la
palabra. Al
final del análisis
es
él
quien debe tener la palabra, y
entrar
en
relación con los verdaderos
Otros.
Ahí donde el S estaba, ahí
el
Ich
debe estar.
Es ahí donde
el
sujeto reintegra auténticamente sus miem-
bros disgregados, y reconoce, reunifica su experiencia.
En
el
transcurso de
un
análisis puede
haber
algo que se
forma como
un
objeto. Pero este objeto, lejos de
ser
aquello
_de
que se trata, no
es
más que una forma fundamentalmente alie-
nada. Es el
yo
imag'inario quien
le
da su centr? y
s1;1,grupo,_
y
es
perfectamente identificable a una forma de ahenacion, pariente
de la paranoia.
Que
el
sujeto acabe
por
creer en el
yo
es,
como
tal,
una
locura. Gracias a Dios,
el
análisis lo consigue
muy
rara
vez, pero tenemos mil pruebas de que se lo
impulsa
en esa di-
rección.
Nuestro
programa para
el
año próx~mo se~á: ¿qué q~iere
decir paranoia?, ¿qué quiere decir esqmzofrem~? Paranoia~
a
diferencia de esquizofrenia, está siempre en relación con la alie-
nación imaginaria del yo.
-25
DE
MAYO
DE
1955.
370
XX
EL
ANALISIS
OBJETIVADO
Crítica
de
Fairbairn.
¿Porqué
se
habla
en
el análisis?
Economía imaginaria
y registro simbólico.
El número irracional.
El esquema que les di la vez pasada supone que la palabra se
propaga
como la luz, en línea recta. Esto equivale a decir que
es
tan sólo metafórico, analógico.
Es la relación especular lo que interfiere con el
muro
del
lenguaje, debido a ella lo que
es
del
yo
siempre se percibe, se
apropia,
por
intermedio de
otro,
el
cual conserva siempre para
el
sujeto las propiedades del Urbild, de la imagen fundamental
del
yo.
De
ella surgen los desconocimientos merced a los cuale~
se
establecen tanto los malentendidos como la comunicación
común,
que descansa en dichos malentendidos.
Este esquema posee más de
una
propiedad, como mostré
al
enseñarles a transformarlo. Igualmente les indiqué que la acti-
tud
del analista podía diferir grandemente, y conducir en el aná-
lisis a consecuencias diversas, incluso opuestas.
Hemos
llegado
al
pie del
muro,
o
al
cruce de caminos: ¿qué
sucede
en
el análisis según que
se
plantee como matricial la rela-
ción de palabra o que,
por
el
contrario, se objetive la situación
analítica?
Con
una intensidad que varía según los autores, y los
practicantes,
toda
objetivación hace del análisis
un
p
7
oceso de
remodelación del yo, sobre el modelo del
yo
del analista.
371
El
Yo
en
la Teoria de Freud
y
en
la Técnica Psicoanalítica
Encontré
para
usted
una
curiosa
ordenanza de 1277.
En
esos
tiempos de tinieblas y
fe,
se
estaba
obligado a reprimir a
la
gente que,
en
los bancos de
la
escuela,
en
la
Sorbona y otros
sitios, blasfemaban abiertamente
durante
la
misa
contra
el
nombre
de
Jesús
y de María. Ustedes
ya
no
hacen
esas
cosas ... Por mi parte,
conocí personas encarnizadamente
surrealistas que
se
habrían
hecho
meter
presas
antes
que publicar
un
poema blasfematorio contra
la
Virgen,
pues
creían que podía suce-
derles algo.
Los
más
severos castigos
se
díctaban contra los que
jugaban
a
los dados sobre
el
altar
durante
el
santo sacrificio.
TEXTO
ESTABLECIDO
POR
JACQUES-ALAIN
MILLER
IS
BN
978-950-12-3972-0
Estas
cosas me parecen sugerir
la
existencia de
una
dímensión de
eficacia que
en
nuestra
época falta
ostensiblemente.
No
es casual que les hable de los
dados y los
haga
jugar
al juego de
par
o impar.
Es con
el
simbolismo de este dado
que
rueda
que surge el deseo.
No
dígo deseo humano porque,
al
fin y
al cabo,
el
hombre que
juega
con
el dado es cautivo del deseo puesto
así
en
juego.
No
conoce el origen
de
su
deseo, que
rueda
con el
símbolo escrito sobre las seis
caras.
(Extraído de los capítulos
XVII y XVIII)
1 1 O O 2
9
7895
0 1
23
9
72
0
www.paidos.com
www.paidosargentina.com.ar
..
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