
2. EL AJEDREZ PERSA
No puede existir un lenguaje más universal y simple, más carente de errores y oscuridades, y
por lo tanto más apto para expresar las relaciones invariables de las cosas naturales [...]. [Las
matemáticas] parecen constituir una facultad de la mente humana destinada a compensar la
brevedad de la vida y la imperfección de los sentidos.
JOSEPH FOURIER,
Théorie analytique de la chaleur.
Discurso preliminar (1822)
La primera vez que escuché este relato, la acción transcurría en la antigua Persia. Pero pudo
haber sido en la India o incluso en China. En cualquier caso, sucedió hace mucho tiempo.
El gran visir, el primer consejero del rey, había inventado un nuevo juego. Se jugaba con piezas
móviles sobre un tablero cuadrado formado por 64 escaques rojos y negros. La pieza más
importante era el rey. La seguía en valor el gran visir (tal como cabía esperar de un juego
inventado por un gran visir). El objeto del juego era capturar el rey enemigo y, a consecuencia,
recibió en lengua persa el nombre de shah-mat (shah por «rey», mat por «muerto»). Muerte al
rey. En Rusia, quizá como vestigio de un sentimiento revolucionario, sigue llamándose shajmat.
Incluso en inglés hay un eco de esta designación: el movimiento final recibe el nombre de
checkmate
*
. El juego es, por descontado, el ajedrez. Con el paso del tiempo evolucionaron las
piezas, los movimientos y las reglas. Ya no existe, por ejemplo, el gran visir; se ha transfigurado
en una reina de poderes formidables.
Por qué deleitó tanto a un rey la invención de un juego llamado «muerte al rey» es un misterio,
pero, según la historia, se sintió tan complacido que pidió al gran visir que determinara su
recompensa por tan maravillosa invención. Éste ya tenía la respuesta preparada; era un hombre
modesto, explicó al shah, y sólo deseaba una modesta gratificación. Señalando las ocho
columnas y las ocho filas de escaques del tablero que había inventado, solicitó que le entregase
un solo grano de trigo por el primer escaque, dos por el segundo, el doble de eso por el tercero
y así sucesivamente hasta que cada escaque recibiese su porción de trigo. No, replicó el rey, era
un premio harto mezquino para una invención tan importante. Le ofreció joyas, bailarinas,
palacios. Pero el gran visir, bajando la mirada, lo rechazó todo. Sólo le interesaban aquellos
montoncitos de trigo. Así que, maravillado en secreto ante la humildad y la moderación de su
consejero, el rey accedió.
Sin embargo, cuando el senescal empezó a contar los granos, el monarca se encontró con una
desagradable sorpresa. Al principio el número de granos de trigo era bastante pequeño: 1, 2, 4,
8, 16, 32, 64, 128, 256, 512, 1.024..., pero en las cercanías del escaque sexagésimo cuarto las
cifras se tornaban colosales, amedrentadoras (véase recuadro de la página 31). De hecho, el
número final rondaba los 18,5 trillones de granos. Tal vez el gran visir se había sometido a una
dieta rica en fibra.
¿Cuánto pesan 18,5 trillones de granos de trigo? Si cada grano mide un milímetro, entonces
todos juntos pesarían unos 75.000 millones de toneladas métricas, mucho más de lo que podían
contener los graneros del shah. De hecho, es el equivalente de la producción actual de trigo en
todo el mundo multiplicada por 150. No nos ha llegado el relato de lo que pasó inmediatamente
después. Ignoramos si el rey, maldiciéndose a sí mismo por haber desatendido el estudio de la
aritmética, entregó el reino al visir o si éste experimentó las tribulaciones de un nuevo juego
llamado visirmat.
La historia del ajedrez persa quizá no sea más que una fábula, pero los antiguos persas e indios
eran brillantes exploradores en el terreno de las matemáticas y sabían qué números tan
enormes se alcanzan al multiplicar repetidamente por dos. Si el ajedrez hubiera sido inventado
con 100 (10 X 10) escaques en vez de 64 (8 X 8), la deuda en granos de trigo habría pesado
tanto como la Tierra. Una sucesión de números como ésta, en la que cada uno es un múltiplo fijo
del anterior, recibe el nombre de progresión geométrica, y el proceso se denomina crecimiento
*
Naturalmente, ese eco existe también en el término castellano de «jaque mate». (N. del T.)