2
Miles de millones
Pensamientos de vida y muerte en la antesala del milenio
Carl Sagan
Título original: Billions and Billions Traducción: Guillermo Solana 1° edición: marzo 1998
© 1997 by The Estate of Carl Sagan © Ediciones B, S.A., 1998
Bailén, 84 - 08009 Barcelona (España)
Printed in Spain ISBN: 84-406-8009-0 Depósito legal: B. 13.511-1998
Impreso por LIBERDÚPLEX, S.L. Constitució, 19 - 08014 Barcelona
Edición digital: ULD
3
A mi hermana, Cari, una entre seis mil millones
4
índice
Miles de millones................................................................................................................................................ 2
primera parte LA FUERZA Y LA BELLEZA DE LA CUANTIFICACIÓN................................................ 5
1.
MILES Y MILES DE MILLONES.................................................................................................... 6
2.
EL AJEDREZ PERSA ..................................................................................................................... 10
3.
LOS CAZADORES DE LA NOCHE DEL LUNES........................................................................ 16
4.
LA MIRADA DE DIOS , Y EL GRIFO QUE GOTEA................................................................. 22
5.
CUATRO PREGUNTAS CÓSMICAS............................................................................................ 29
6.
TANTOS SOLES, TANTOS MUNDOS ......................................................................................... 33
segunda parte ¿QUÉ CONSERVAN LOS CONSERVADORES?.............................................................. 37
7.
EL MUNDO QUE LLEGÓ POR CORREO.................................................................................... 38
8.
EL MEDIO AMBIENTE: ¿DÓNDE RADICA LA PRUDENCIA?................................................ 41
9.
CRESO Y CASANDRA .................................................................................................................. 46
10.
FALTA UN PEDAZO DEL CIELO ............................................................................................ 49
11.
EMBOSCADA: EL CALENTAMIENTO DEL MUNDO .......................................................... 57
12.
HUIR DE LA EMBOSCADA...................................................................................................... 67
13.
RELIGIÓN Y CIENCIA: UNA ALIANZA................................................................................. 76
tercera parte ALLÍ DONDE CHOCAN CORAZONES Y MENTES.......................................................... 82
14.
EL ENEMIGO COMÚN.............................................................................................................. 83
15.
ABORTO: ¿ES POSIBLE TOMAR AL MISMO TIEMPO PARTIDO POR «LA VIDA» Y «LA
ELECCIÓN»? .......................................................................................................................................... 91
16.
LAS REGLAS DEL JUEGO........................................................................................................ 99
17.
GETTYSBURG Y AHORA........................................................................................................106
18.
EL SIGLO XX.............................................................................................................................113
19.
EN EL VALLE DE LAS SOMBRAS.........................................................................................118
EPÍLOGO....................................................................................................................................................123
Agradecimientos..........................................................................................................................................127
Referencias..................................................................................................................................................128
5
primera parte LA FUERZA Y LA BELLEZA DE LA CUANTIFICACIÓN
6
1. MILES Y MILES DE MILLONES
Hay quienes... creen que el número de [granos] de arena es infinito... Otros, aun sin
considerarlo infinito, piensan que todavía no se ha mencionado un número lo bastante grande
[...]. Pero voy a tratar de mostrarte [números que] superen no sólo el de una masa de arena
equivalente a la Tierra [...] sino el de una masa igual en magnitud al Universo.
Arquímedes (h. 287-212 a. de C), El arenario
Jamás lo he dicho. De verdad. Bueno, una vez afirmé que quizás haya 100.000 millones de
galaxias y 10.000 trillones de estrellas. Resulta difícil hablar sobre el cosmos sin emplear
números grandes.
Es cierto que pronuncié muchas veces la frase «miles de millones» en la popularísima serie
televisiva Cosmos, pero jamás dije «miles y miles de millones»; por una razón: resulta harto
impreciso. ¿Cuántos millares de millones son «miles y miles de millones»? ¿Unos pocos?
¿Veinte? ¿Cien? «Miles y miles de millones» es una expresión muy vaga. Cuando adapté y
actualicé la serie me entretuve en comprobarlo, y tengo la certeza de que nunca he dicho tal
cosa.
Quien sí lo dijo fue Johnny Carson, en cuyo programa he aparecido cerca de treinta veces en
todos estos años. Se disfrazaba con una chaqueta de pana, un jersey de cuello alto y un remedo
de fregona a modo de peluca. Había creado una tosca imitación de mi persona, una especie de
Doppelgänger
1
que hablaba de «miles y miles de millones» en la televisión a altas horas de la
noche.
La verdad es que me molestaba un poco que una mala reproducción de mí mismo fuese por ahí,
diciendo cosas que a la mañana siguiente me atribuirían amigos y compañeros (pese al disfraz,
Carson —un competente astrónomo aficionado— a menudo hacía que mi imitación hablase en
términos verdaderamente científicos).
Por sorprendente que parezca, lo de «miles y miles de millones» cuajó. A la gente le gustó cómo
sonaba. Aun ahora me paran en la calle, cuando viajo en un avión o en una fiesta y me
preguntan, no sin cierta timidez, si no me importaría repetir la dichosa frase.
—Pues mire, la verdad es que nunca dije tal cosa —respondo.
—No importa —insisten—. Dígalo de todas maneras.
Me han contado que Sherlock Holmes jamás contestó: «Elemental, mi querido Watson» (al
menos en las obras de Arthur Conan Doyle), que James Cagney nunca exclamó: «Tú, sucia
rata», y que Humphrey Bogart no dijo: «Tócala otra vez, Sam»; pero poco importa, porque
estos apócrifos han arraigado firmemente en la cultura popular.
Todavía se pone en mi boca esta expresión tontorrona en las revistas de informática («Como
diría Carl Sagan, hacen falta miles y miles de millones de bits»), en la sección de economía de
los periódicos, cuando se habla de lo que ganan los deportistas profesionales y cosas por el
estilo.
Durante un tiempo tuve una reticencia pueril a pronunciar o escribir esa expresión por mucho
que me lo pidieran, pero ya la he superado, así que, para que conste, ahí va:
«Miles y miles de millones.»
1
En el antiguo folclore germano, el doble fantasmal de alguien. Cuando se encontraban la persona original y
su contrafigura, era signo seguro de la muerte inminente de la primera. (N. del T.)
7
¿Por qué resulta tan pegadizo eso de «miles y miles de millones»? Antes, la expresión s
corriente para referirse a un número grande era «millones»: los enormemente ricos eran
millonarios; la población de la Tierra en tiempos de Jesús sumaba quizás unos 250 millones de
personas; había casi cuatro millones de estadounidenses en la época de la Convención
Constitucional de 1787 —al comenzar la Segunda Guerra Mundial eran 132 millones—; hay 150
millones de kilómetros de la Tierra al Sol; unos 40 millones de personas hallaron la muerte en la
Primera Guerra Mundial y 60 millones en la Segunda; un año tiene 31,7 millones de segundos
(como puede comprobarse fácilmente); y a finales de la década de los ochenta los arsenales
nucleares globales contenían un poder explosivo suficiente para destruir un millón de ciudades
como Hiroshima. A casi todos los efectos, y durante largo tiempo, «millón» fue la quintaesencia
de un número grande.
No obstante, los tiempos han cambiado. Ahora hay muchas fortunas que ascienden a miles de
millones, y no sólo por culpa "de la inflación; está bien determinado que la edad de la Tierra es
de 4.600 millones de años; la población humana se acerca a los 6.000 millones; cada
cumpleaños representa otros mil millones de kilómetros alrededor del Sol (en torno al cual la
Tierra viaja a una velocidad muy superior a la de la sonda Voyager alejándose de nuestro
planeta).
Asimismo cuatro bombarderos B-2 cuestan mil millones de dólares (algunos dicen que dos mil o
incluso cuatro mil millones); el presupuesto de defensa de Estados Unidos, teniendo en cuenta
los fondos reservados, supera los 300.000 millones de dólares al año; se ha estimado en cerca
de mil millones el número de muertos a corto plazo en una guerra nuclear a gran escala entre
Estados Unidos y Rusia; unos pocos centímetros representan mil millones de átomos hombro
con hombro; y ahí están todos esos miles y miles de millones de estrellas y galaxias.
Un viejo chiste cuenta el caso de un conferenciante que, en un planetario, explica a sus oyentes
que al cabo de 5.000 millones de años el Sol se hinchará hasta convertirse en una gigante roja,
engullendo planetas como Mercurio y Venus, y finalmente quizá también la Tierra. Tras la charla,
un oyente inquieto le aborda:
—Perdóneme, doctor. ¿Dijo usted que el Sol abrasará la Tierra dentro de cinco mil millones de
años?
—Sí, más o menos.
—Gracias a Dios. Por un momento creí que había dicho cinco millones.
Por interesante que pueda resultar para el destino de la Tierra, poco importa para nuestra vida
personal el que vaya a durar cinco millones o 5.000 millones. La distinción, sin embargo, es
mucho más vital en cuestiones tales como los presupuestos públicos, la población mundial o las
bajas en una guerra nuclear.
Aunque la popularidad de la expresión «miles y miles de millones» no se ha extinguido por
completo, esos números parecen haberse empequeñecido, y comienzan a estar obsoletos. Ahora
se vislumbra en el horizonte, o quizá no tan lejos, un número más a la moda: el billón se cierne
sobre nosotros.
Los gastos militares mundiales ascienden ya a casi un billón de lares al año; la deuda total de
todos los países en vías de desarrollo se acerca a los dos billones de dólares (era de 60.000
millones en 1970); el presupuesto anual del Gobierno de Estados Unidos ronda también los dos
billones de dólares. La deuda nacional gira en torno a los cinco billones; el coste estimado del
proyecto, técnicamente dudoso, de la Guerra de las Galaxias en la era Reagan oscilaba entre
uno y dos billones de dólares; y todas las plantas de la Tierra pesan un billón de toneladas.
Estrellas y billones poseen una afinidad natural: la distancia desde nuestro sistema solar a la
estrella más cercana, Alfa Centauri, es de unos 40 billones de kilómetros.
El desconcierto entre millones, billones y trillones sigue siendo endémico en la vida cotidiana; es
rara la semana en que no se comete una equivocación en las noticias de la televisión (por lo
general entre millones y billones). Así que tal vez sea preciso que dedique un momento a
establecer algunas distinciones. Un millón es un millar de millares, o un uno seguido de seis
ceros; un billón es un millón de millones, o un uno seguido de 12 ceros, y un trillón, un millón de
billones, o un uno seguido de 18 ceros.
8
En Europa, el número «mil millones» recibe otras denominaciones, como milliard, millardo, etc.
Coleccionista de sellos desde la niñez, poseo uno sin matar, emitido en el momento álgido de la
inflación alemana de 1923, cuyo valor era de «50 milliarden». Hacían falta 50.000 millones de
marcos para franquear una carta (en aquel tiempo se necesitaba una carretilla cargada de
billetes para ir a la panadería o a la tienda de comestibles).
Una manera segura de saber de qué número estamos hablando consiste sencillamente en contar
cuántos ceros siguen al uno. Sin embargo, cuando los ceros son muchos la tarea puede resultar
un tanto tediosa, por eso los agrupamos en tríadas separadas por puntos. Así, un trillón es
1.000.000.000.000.000.000. Para números mayores que éste, basta con contar tríadas de
ceros. Pero todo sería mucho s fácil si, al denotar un número grande, indicásemos directa-
mente cuántos ceros hay después del uno.
Esto es lo que han hecho los científicos y los matemáticos, que son personas prácticas. Es lo que
se llama «notación exponencial». Uno escribe el número 10 y luego, a la derecha y arriba, un
número pequeño que indica cuántos ceros hay después del uno. Así, 10
6
= 1.000.000, 10
9
= =
1.000.000.000, 10
12
= 1.000.000.000.000, etc. Esos superíndices reciben el nombre de
exponentes o potencias; por
NÚMEROS GRANDES
Nombre
Numero Notación científica Tiempo que llevaría contar
desde cero hasta el número (a
razón de una cifra por segundo,
día y noche)
Uno
1 10
0
1 segundo
Mil
1.000
10
3
17 minutos
Millón
1.000.000
10
6
12 días
Mil millones
1.000.000.000
10
9
32 años
Billón
1.000.000.000.000
10
12
32.000 años (tiempo superior al
de la existencia de civilización en
la Tierra)
Mil billones
1.000.000.000.000.000
10
15
32 millones de años (tiempo
superior al de la presencia de
seres humanos en la Tierra
Trillón 1.000.000.000.000.000.000
10
18
32.000 millones de años (más
que la edad del Universo)
Los números mayores reciben los nombres de cuatrillón (10
24
), quintillón (10
30
), sextillón (10
36
),
septillón (10
42
), octillón (10
48
), nonillón (10
54
) y decillón (10
60
). La Tierra tiene una masa de
6.000 cuatrillones de gramos.
Cabe también describir con palabras esta notación científica o exponencial. Así, un electrón tiene
un grosor de un femtómetro (10
-15
m); la luz amarilla posee una longitud de onda de medio
micrómetro (0,5 mm); el ojo humano apenas puede ver un bichito de una décima de milímetro
(10
-4
m); la Tierra tiene un radio de 6.300 Km (6,3 Mm) y una montaña puede pesar 100
petagramos (100 Pg = 10
17
g). He aquí una lista completa de los prefijos:
atto-
a
10
-18
deca- - 10
1
femto-
f
10
-15
hecto- -
10
2
pico-
p
10
12
kilo-
k
10
3
nano- n 10
-9
mega- M 10
6
micro- η 10
-6
giga-
G
10
9
9
mili- m 10
-3
tera-
T
10
12
centi-
c
10
-2
peta-
P
10
15
deci- d 10
-1
exa-
E
10
18
ejemplo, 10
9
es «10 elevado a 9» (a excepción de 10
2
y 10
3
que reciben respectivamente los
nombres de «10 al cuadrado» y «10 al cubo»). La expresión «elevado a», al igual que «pará-
metro» y otros términos científicos, está introduciéndose en el lenguaje cotidiano, pero al
hacerlo su significado se va enturbiando y tergiversando.
Además de su claridad, la notación exponencial posee otro aspecto maravillosamente
beneficioso: permite multiplicar dos números cualesquiera sumando los exponentes adecuados.
Así, 1.000 X 1.000.000.000 es 10
3
X 10
9
= 10
12
. Incluso se pueden multiplicar números
mayores: si en una galaxia típica hay 10
11
estrellas y en el cosmos hay 10
11
galaxias, entonces
hay 10
22
estrellas en el cosmos.
Todavía existe, sin embargo, cierta resistencia a la notación exponencial entre aquellos a
quienes las matemáticas les dan grima (aunque simplifica y no complica las cosas) y entre
algunos tipógrafos que parecen sentir la necesidad irrefrenable de escribir 109 en vez de 10
9
(no
es éste el caso, como puede verse).
En el cuadro de la página 17 figuran los primeros números grandes que tienen nombre propio.
Cada uno es mil veces mayor que el precedente. Por encima del trillón casi nunca se emplean los
nombres. Contando día y noche un número cada segundo, necesitaríamos más de una semana
para pasar de uno a un millón. Contar mil millones nos llevaría media vida. No podríamos llegar
a un trillón aun cuando dispusiéramos de toda la edad del universo.
Una vez dominada la notación exponencial, podemos operar fácilmente con cifras inmensas,
como el número aproximado de microbios en una cucharadita de tierra (10
8
), el de granos de
arena en todas las playas (quizá 10
20
), el de seres vivos en la Tierra (10
29
), el de átomos en
toda la biosfera (10
41
), el de núcleos atómicos en el Sol (10
57
), o el de partículas elementales
(electrones, protones, neutrones) en todo el cosmos (10
80
). Esto no significa que uno sea capaz
de «figurarse» un billón o un trillón de objetos; de hecho, nadie podría, pero la notación
exponencial permite «pensar» y calcular con tales números. Lo cual no está nada mal para unos
seres autodidactas que se bastaban con los dedos de las manos y los pies para contar a sus
semejantes.
Los números grandes son, desde luego, una parte esencial de la ciencia moderna; pero no
quisiera dar la impresión de que fueron inventados en nuestra época.
La aritmética india está familiarizada desde hace mucho tiempo con los números grandes. En los
periódicos indios es fácil encontrar referencias a multas o gastos de un laj o un crore de rupias.
La clave es ésta: das = 10; san = 100; bazar = = 1.000; laj = 10
5
; crore = 10
7
; arahb = 10
9
;
carahb = 10
11
; nie =10
13
;padham = 10
15
; sanj = 10
17
. Antes de que su cultura fuese aniquilada
por los europeos, los mayas del antiguo México concibieron una escala cronológica que superaba
con creces los escasos miles de años transcurridos desde la creación del mundo según la
creencia europea. Entre las ruinas de Coba, en Quintana Roo, hay inscripciones que muestran
que los mayas concebían un universo con una antigüedad del orden de 10
29
años. Los hindúes
sostenían que la encarnación presente del universo tenía 8,6 X 10
9
años (muy cerca de la
diana). Y en el siglo III a. de C. el matemático siciliano Arquímedes, en su libro El arenario,
estimó que harían falta 10
63
granos de arena para llenar el cosmos. Incluso entonces, en las
cuestiones realmente grandes, miles y miles de millones no pasaban de ser calderilla.
2. EL AJEDREZ PERSA
No puede existir un lenguaje más universal y simple, más carente de errores y oscuridades, y
por lo tanto más apto para expresar las relaciones invariables de las cosas naturales [...]. [Las
matemáticas] parecen constituir una facultad de la mente humana destinada a compensar la
brevedad de la vida y la imperfección de los sentidos.
JOSEPH FOURIER,
Théorie analytique de la chaleur.
Discurso preliminar (1822)
La primera vez que escuché este relato, la acción transcurría en la antigua Persia. Pero pudo
haber sido en la India o incluso en China. En cualquier caso, sucedió hace mucho tiempo.
El gran visir, el primer consejero del rey, había inventado un nuevo juego. Se jugaba con piezas
móviles sobre un tablero cuadrado formado por 64 escaques rojos y negros. La pieza más
importante era el rey. La seguía en valor el gran visir (tal como cabía esperar de un juego
inventado por un gran visir). El objeto del juego era capturar el rey enemigo y, a consecuencia,
recibió en lengua persa el nombre de shah-mat (shah por «rey», mat por «muerto»). Muerte al
rey. En Rusia, quizá como vestigio de un sentimiento revolucionario, sigue llamándose shajmat.
Incluso en inglés hay un eco de esta designación: el movimiento final recibe el nombre de
checkmate
*
. El juego es, por descontado, el ajedrez. Con el paso del tiempo evolucionaron las
piezas, los movimientos y las reglas. Ya no existe, por ejemplo, el gran visir; se ha transfigurado
en una reina de poderes formidables.
Por qué deleitó tanto a un rey la invención de un juego llamado «muerte al rey» es un misterio,
pero, según la historia, se sintió tan complacido que pidió al gran visir que determinara su
recompensa por tan maravillosa invención. Éste ya tenía la respuesta preparada; era un hombre
modesto, explicó al shah, y sólo deseaba una modesta gratificación. Señalando las ocho
columnas y las ocho filas de escaques del tablero que había inventado, solicitó que le entregase
un solo grano de trigo por el primer escaque, dos por el segundo, el doble de eso por el tercero
y así sucesivamente hasta que cada escaque recibiese su porción de trigo. No, replicó el rey, era
un premio harto mezquino para una invención tan importante. Le ofreció joyas, bailarinas,
palacios. Pero el gran visir, bajando la mirada, lo rechazó todo. Sólo le interesaban aquellos
montoncitos de trigo. Así que, maravillado en secreto ante la humildad y la moderación de su
consejero, el rey accedió.
Sin embargo, cuando el senescal empezó a contar los granos, el monarca se encontró con una
desagradable sorpresa. Al principio el número de granos de trigo era bastante pequeño: 1, 2, 4,
8, 16, 32, 64, 128, 256, 512, 1.024..., pero en las cercanías del escaque sexagésimo cuarto las
cifras se tornaban colosales, amedrentadoras (véase recuadro de la página 31). De hecho, el
número final rondaba los 18,5 trillones de granos. Tal vez el gran visir se había sometido a una
dieta rica en fibra.
¿Cuánto pesan 18,5 trillones de granos de trigo? Si cada grano mide un milímetro, entonces
todos juntos pesarían unos 75.000 millones de toneladas métricas, mucho más de lo que podían
contener los graneros del shah. De hecho, es el equivalente de la producción actual de trigo en
todo el mundo multiplicada por 150. No nos ha llegado el relato de lo que pasó inmediatamente
después. Ignoramos si el rey, maldiciéndose a mismo por haber desatendido el estudio de la
aritmética, entregó el reino al visir o si éste experimentó las tribulaciones de un nuevo juego
llamado visirmat.
La historia del ajedrez persa quizá no sea más que una fábula, pero los antiguos persas e indios
eran brillantes exploradores en el terreno de las matemáticas y sabían qué números tan
enormes se alcanzan al multiplicar repetidamente por dos. Si el ajedrez hubiera sido inventado
con 100 (10 X 10) escaques en vez de 64 (8 X 8), la deuda en granos de trigo habría pesado
tanto como la Tierra. Una sucesión de números como ésta, en la que cada uno es un múltiplo fijo
del anterior, recibe el nombre de progresión geométrica, y el proceso se denomina crecimiento
*
Naturalmente, ese eco existe también en el término castellano de «jaque mate». (N. del T.)
11
exponencial. Los crecimientos exponenciales aparecen en toda clase de ámbitos importantes,
familiares o no. Un ejemplo es el interés compuesto. Si, pongamos por caso, un antepasado
nuestro ingresó en el banco 10 dólares hace 200 años (poco después de la Revolución de
Estados Unidos) a un interés anual constante del 5 %, ahora nuestra fortuna ascendería a 10 X
(1,05)
200
, es decir, 172.925,81 dólares. Pero pocos son los antepasados que se interesen por la
fortuna de sus remotos descendientes, y 10 dólares eran bastante dinero en aquellos días
((1,05)
200
significa simplemente 1,05 por mismo 200 veces). Si ese antepasado nuestro hu-
biera conseguido un interés del 6 %, ahora tendríamos más de un millón de lares; al 7 % la
cifra superaría los 7,5 millones, y a un exorbitante 10 % tendríamos la espléndida suma de
1.900 millones de dólares.
Otro tanto sucede con la inflación. Si la tasa de inflación es del 5 % anual, un dólar valdrá 0,95
dólares al cabo de un año, (0,95)
2
= 0,91 al cabo de dos; 0,61 al cabo de 10; 0,37 dólares al
cabo de 20, etc. Se trata de una cuestión de gran importancia práctica para aquellos jubilados
cuya pensión no aumenta de acuerdo con la inflación.
El ámbito más corriente donde se producen duplicaciones repetidas y, por tanto, un crecimiento
exponencial, es el de la reproducción biológica. Consideremos primero el caso simple de una
bacteria que se reproduce por bipartición. Al cabo de un tiempo se dividen también cada una de
las dos bacterias hijas. Mientras haya alimento suficiente en el ambiente y no exista veneno
alguno, la colonia bacteriana crecerá de modo exponencial. En condiciones muy favorables la
población de bacterias puede llegar a doblarse cada 15 minutos. Esto significa cuatro
duplicaciones por hora y 96 diarias. Aunque una bacteria sólo pesa alrededor de una billonésima
de gramo, tras un día de desenfreno asexual sus descendientes pesarán en conjunto tanto como
una montaña; en poco más de día y medio pesarán tanto como la Tierra, en dos días más que el
Sol... Y en no demasiado tiempo todo el universo estará constituido por bacterias. No es una
perspectiva muy agradable, pero por fortuna nunca sucede. ¿Por qué? La razón es que un
crecimiento exponencial de este tipo siempre tropieza con algún obstáculo natural. Los bichos se
quedan sin comida, o se envenenan mutuamente, o les da vergüenza reproducirse cuando no
disponen de intimidad para hacerlo. Los crecimientos exponenciales no pueden continuar indefi-
nidamente porque se lo zamparían todo. Mucho antes que eso encuentran algún impedimento. El
resultado es que la curva exponencial se allana (véase ilustración en la página anterior.)
Este hecho es muy importante para la epidemia del SIDA. Ahora mismo, en muchos países, el
número de personas con síntomas de sida crece de manera exponencial, doblándose en
12
aproximadamente un año. Es decir, cada año el número de casos de sida se duplica con respecto
al del año anterior. El sida ya ha adquirido proporciones catastróficas. Si continuara creciendo
exponencialmente constituiría un desastre sin precedentes. Dentro de 10 años habría mil veces
más casos de sida, y en 20 años un millón de veces más. Pero un millón de veces el número de
personas que ya han contraído el sida es mucho más que el número de los habitantes de la
Tierra. De no existir impedimentos naturales a la continuada duplicación anual de la
enfermedad, y si ésta fuese invariablemente fatal (esto es, si no se hallase un modo de curarla),
todo el mundo moriría de sida, y pronto.
Ahora bien, algunas personas parecen tener una inmunidad natural a este mal. Además, según
el Centro de Enfermedades Transmisibles del Servicio de Sanidad Pública de Estados Unidos, al
principio el crecimiento de la enfermedad en este país estuvo limitado casi exclusivamente a
grupos vulnerables, en buena parte sexualmente aislados del resto de la población (sobre todo
varones homosexuales, hemofílicos y consumidores de drogas por vía parenteral). Si no se
encuentra un remedio para el sida, morirá la mayoría de quienes comparten jeringuillas
hipodérmicas para el empleo de drogas por vía parenteral; no todos, porque existe un pequeño
porcentaje de personas que tiene una resistencia natural, pero la mayoría. Cabe decir lo
mismo respecto de los varones homosexuales promiscuos que no toman precauciones; no es
éste, sin embargo, el caso de quienes utilizan convenientemente el preservativo, de quienes
mantienen relaciones monógamas a largo plazo y, una vez más, de la fracción pequeña de los
que son inmunes por naturaleza. Las parejas estrictamente heterosexuales que mantienen una
relación monógama que se remonta a principios de la década de los ochenta, aquellos que
toman las debidas precauciones en la práctica del sexo y quienes no comparten jeringuillas —y
son muchos— están, por así decirlo, resguardados del SIDA. Una vez que se hayan allanado las
curvas de los grupos demográficos de mayor riesgo, otros ocuparán su lugar (ahora, en Estados
Unidos la enfermedad parece estar creciendo entre los jóvenes heterosexuales de uno y otro
sexo, en quienes la pasión se impone a menudo a la prudencia). Muchos morirán, otros tendrán
suerte o poseerán inmunidad natural, algunos se abstendrán, y su grupo será reemplazado por
otro de mayor riesgo, tal vez la próxima generación de varones homosexuales. Cabe esperar
que con el tiempo se allane la curva exponencial, pues ello significaría que la población de la
Tierra no está condenada a morir por esta causa (escaso consuelo para las numerosas víctimas y
sus allegados).
El crecimiento exponencial constituye también la idea crucial que subyace tras la crisis
demográfica mundial. Durante la mayor parte del tiempo en que la Tierra ha estado habitada por
seres humanos, su población ha sido estable, con nacimientos y muertes casi perfectamente
equilibrados. Tal situación recibe el nombre de «estado estacionario». Tras la invención de la
agricultura —incluyendo la siembra y la recolección de aquel trigo cuyos granos ambicionaba el
gran visir— la población humana comenzó a crecer, entrando en una fase exponencial, lo que es
muy diferente de un estado estacionario. Ahora mismo, la población mundial tarda unos
cuarenta años en duplicarse. Al cabo de ese periodo seremos el doble de gente. Como señaló en
1798 el clérigo inglés Thomas Malthus, cualquier incremento concebible en la producción de
alimentos será inútil si la población a la que están destinados crece exponencialmente —Malthus
habló de progresión geométrica—. Contra el desarrollo demográfico exponencial no pod
ninguna revolución verde, ni la agricultura hidropónica ni el cultivo de los desiertos.
Tampoco existe solución extraterrestre a ese problema. En la actualidad, hay cada día 240.000
nacimientos más que defunciones. Estamos muy lejos de poder enviar al espacio 240.000
personas cada veinticuatro horas. Ningún asentamiento en órbita terrestre, en la Luna o en otros
planetas lograría hacer mella de manera perceptible en la explosión demográfica. Aunque fuese
posible enviar a todos los habitantes de la Tierra a planetas de estrellas lejanas en naves que
viajasen más rápido que la luz, poco cambiaría. Todos los
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planetas habitables de la Vía Láctea quedarían colmados en cerca de un milenio. A menos que
reduzcamos nuestra tasa de reproducción. Nunca hay que subestimar un crecimiento
exponencial.
En el gráfico de arriba se muestra el crecimiento de la población de la Tierra a lo largo del
tiempo. Nos hallamos claramente en una fase de abrupto crecimiento exponencial (o estamos a
punto de salir de ella). Ahora bien, muchos países (Estados Unidos, Rusia y China, por ejemplo)
han llegado o están llegando a un punto en que su población dejará de crecer y se aproximará a
un estado estacionario. Es lo que se conoce como «crecimiento cero». Incluso así, dado el
enorme poder de los crecimientos exponenciales, basta con que una pequeña fracción de la
comunidad humana siga reproduciéndose exponencialmente para que la situación sea
esencialmente la misma: la población del mundo crecerá de modo exponencial, aunque muchas
naciones estén en una situación de crecimiento cero.
Existe una correlación global bien documentada entre la pobreza y las tasas de natalidad
elevadas. En países grandes y pequeños, capitalistas y comunistas, católicos y musulmanes,
occidentales y orientales, el crecimiento demográfico exponencial se reduce o se detiene en casi
todos los casos cuando desaparece la pobreza extrema. De manera cada vez más apremiante, a
nuestra especie le conviene que cada lugar del planeta alcance a largo plazo esta transición
demográfica. Por esta razón, el contribuir a que otros países consigan hacerse autosuficientes no
es sólo un acto elemental de decencia humana, sino que también redunda en beneficio de las
naciones más ricas en disposición de prestar ayuda. Una de las cuestiones cruciales en la crisis
demográfica mundial es la pobreza.
Resultan interesantes las excepciones a esta transición demográfica. Algunas naciones con
elevadas rentas per cápita todavía tienen tasas de natalidad altas. Pero se trata de países donde
apenas son accesibles los anticonceptivos y/ o las mujeres carecen de todo poder político
efectivo. No es difícil establecer la conexión.
En la actualidad la población mundial asciende a unos 6.000 millones de seres humanos. Si el
periodo de duplicación se mantiene constante, dentro de 40 años habrá 12.000 millones; dentro
14
de 80, 24.000 millones; al cabo de 120 años, 48.000 millones... Sin embargo, pocos creen que
la Tierra pueda dar cabida a tanta gente. Habida cuenta del poder de este incremento
exponencial, abordar ahora el problema de la pobreza global parece más barato y mucho más
humano que cualquier solución que podamos adoptar dentro de muchas décadas. Nuestra tarea
consiste en lograr una transición demográfica mundial y allanar esa curva exponencial (mediante
la eliminación de la pobreza extrema, el logro de métodos anticonceptivos seguros, eficaces y
accesibles a todos y la extensión del poder político real de las mujeres en los ámbitos ejecutivo,
legislativo, judicial, militar y en las instituciones que influyen en la opinión pública). Si
fracasamos, el trabajo lo harán otros procesos que escaparán a nuestro control.
A propósito...
La fisión nuclear fue concebida por vez primera en septiembre de 1933 por un físico húngaro
emigrado a Londres llamado Leo Szilard. Tras preguntarse si el hombre sería capaz de
desencadenar las vastas energías encerradas en el núcleo del átomo, Szilard pensó en lo que
sucedería si se lanzara un neutrón contra un núcleo atómico (al carecer de carga eléctrica, un
neutrón no sería repelido por los protones del núcleo y chocaría directamente contra éste).
Mientras aguardaba a que cambiase un semáforo en un cruce de Southhampton Row, se le
ocurrió que quizás existiera alguna sustancia, algún elemento químico, que escupiese dos
neutrones cuando sufriera el impacto de uno. Cada uno de esos neutrones podría liberar más
neutrones, y de repente Szilard tuvo la visión de una reacción nuclear en cadena, capaz de
producir incrementos exponenciales de neutrones y de destrozar átomos a diestro y siniestro.
Aquella tarde, en su pequeña habitación del hotel Strand Palace, calculó que, en el caso de
conseguir una reacción en cadena controlada, con apenas unos kilos de materia se podría
obtener energía suficiente para cubrir las necesidades de una ciudad pequeña durante todo un
año... o, si la energía se liberaba de repente, para destruirla en el acto. Szilard emigró más
tarde a Estados Unidos, donde inició una búsqueda sistemática entre todos los elementos
químicos
EL CÁLCULO QUE EL REY DEBERÍA HABER EXIGIDO A SU VISIR
No es para asustarse. Se trata de un cálculo muy fácil. Pretendemos averiguar cuántos granos
de trigo correspondían a todo el ajedrez persa.
Una manera elegante (y perfectamente exacta) de calcularlo es la siguiente:
El exponente nos dice cuántas veces tenemos que multiplicar 2 por mismo. 2
2
= 4. 2
4
= 16.
2
10
= 1.024, etc. Llamaremos S al número total de granos del tablero de ajedrez, desde 1 en el
primer escaque a 2
63
en el sexagésimo cuarto. Entonces, sencillamente,
S = 1 + 2 + 2
2
+ 2
3
+... + 2
62
+ 2
63
Multiplicando por dos ambos términos de la ecuación, tendremos
2S = 2 + 2
2
+ 2
3
+ 2
4
+... + 2
63
+ 2
64
Restando la primera ecuación de la segunda, tenemos
2S-S = S = 2
64
- 1,
que es la respuesta exacta.
¿Cuánto supone esto en una notación ordinaria de base 10? Si 2
10
se aproxima a 1.000, o 10
3
(dentro de un 2,4 %), entonces 2
20
= 2
(10X2)
= (2
10
)
2
= aproximadamente (10
3
)
2
= 10
6
, que es
10 multiplicado por mismo seis veces. De igual modo, 2
60
= (2
10
)
6
= aproximadamente (10
3
)
6
= 10
18
. Así, 2
64
= 2
4
X 2
60
= aproximadamente 16 X 10
18
, o 16 seguido de 18 ceros, es decir, 16
trillones de granos. Un cálculo más exacto arroja 18,6 trillones de granos.
para comprobar si alguno despedía más neutrones de los que recibía. El uranio pareció ser un
candidato prometedor. Szilard convenció a Albert Einstein de que escribiese su famosa carta al
presidente Roosevelt, apremiándolo para que Estados Unidos construyese una bomba atómica.
Szilard desempeñó un papel relevante en la primera reacción en cadena del uranio, lograda en
1942 en Chicago, lo que, de hecho, condujo a la bomba atómica. Después de eso pasó el resto
de su vida advirtiendo de los peligros del arma que fue el primero en concebir. Había
descubierto, por otros medios, el poder terrible del crecimiento exponencial.
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Todo el mundo tiene dos progenitores, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, 16 tatarabuelos, etc.
Por cada generación que retrocedamos, tendremos el doble de antepasados directos. Cabe
advertir que este problema guarda mucha semejanza con el del ajedrez persa. Si, por ejemplo,
cada 25 años surge una nueva generación, entonces 64 generaciones atrás serán 64 X 25 =
1.600 años, es decir, justo antes de la caída del imperio romano. De este modo (véase
recuadro) cada uno de los que ahora vivimos tenía en el año 400 unos 18,5 trillones de
antepasados directos..., o así parece. Y eso sin hablar de los parientes colaterales. Ahora bien,
esa cifra supera con creces la población de la Tierra en cualquier época; es muy superior incluso
al número acumulado de seres humanos nacidos a lo largo de toda la historia de nuestra
especie. Algo falla en nuestro cálculo. ¿Qué es? Bueno, hemos supuesto que todos esos
antepasados directos eran personas diferentes. Sin embargo, no es ése el caso. Un mismo
antepasado se encuentra emparentado con nosotros por numerosas vías diferentes. Nos
hallamos vinculados de forma repetida y múltiple con cada uno de nuestros parientes, y
muchísimo más con los antepasados remotos.
Algo parecido sucede con el conjunto de la población humana. Si retrocedemos lo suficiente, dos
personas cualesquiera de la Tierra encontrarán un antepasado común. Siempre que sale elegido
un nuevo presidente de Estados Unidos, alguien —generalmente un inglés— descubre que el
nuevo mandatario está emparentado con la reina o el rey de Inglaterra. Se considera que esta
circunstancia liga a los pueblos de habla inglesa. Cuando dos personas proceden de una misma
nación o cultura, o del mismo rincón del mundo, y sus genealogías están bien trazadas, es
probable que se acabe por descubrir a su último antepasado común. En cualquier caso, las
relaciones están claras: todos los habitantes de la Tierra somos primos.
Los crecimientos exponenciales aparecen también corrientemente asociados al concepto de
«vida media». Un elemento radiactivo «padre» —plutonio, por ejemplo, o radio— se
descompone en otro elemento «hijo», tal vez menos peligroso. Ahora bien, no lo hace de forma
inmediata, sino estadística. Al cabo de cierto tiempo la desintegración ha afectado a la mitad de
los átomos, y a este periodo se le denomina vida media. La mitad de lo que queda se desintegra
en otra vida media, y la mitad del resto en una nueva vida media, etc. Por ejemplo, si la vida
media fuese de un año, la mitad se desintegraría en un año, la mitad de la mitad, o todo menos
un cuarto, desaparecería en dos años, todo menos un octavo en tres años, todo menos una
milésima en 10 años, etc. Los diferentes elementos tienen distintas vidas medias. La vida media
es un criterio básico cuando se trata de decidir qué se hace con los residuos radiactivos de las
centrales nucleares o cuando se considera la lluvia radiactiva en una guerra atómica. Representa
una decadencia exponencial, del mismo modo que el ajedrez persa supone un crecimiento
exponencial.
La desintegración radiactiva es uno de los métodos principales para datar el pasado. Si podemos
medir en una muestra la cantidad de material radiactivo padre y la cantidad de material hijo
producto de la desintegración, cabe determinar la antigüedad de esa muestra. Es así como
hemos descubierto que el llamado Santo Sudario de Turín no es la sábana con que se envolvió el
cuerpo de Jesús, sino un engaño piadoso del siglo XIV (cuando fue denunciado como tal por las
autoridades eclesiásticas), que los seres humanos prendían hogueras hace millones de años, que
los fósiles más antiguos de la Tierra tienen al menos 3.500 millones de años, y que la edad de
nuestro planeta es de 4.600 millones de años. El cosmos es, desde luego, miles de millones de
años más viejo. Cuando uno comprende los crecimientos exponenciales, tiene en sus manos la
clave de muchos de los secretos del universo.
Conocer algo de forma meramente cualitativa es conocerlo de manera vaga. Si tenemos
conocimiento cuantitativo —captando alguna medida numérica que lo distinga de un número
infinito de otras posibilidades— estamos comenzando a conocerlo en profundidad,
comprendemos algo de su belleza y accedemos a su poder y al conocimiento que proporciona. El
miedo a la cuantificación supone limitarse, renunciar a una de las perspectivas más firmes para
entender y cambiar el mundo.

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