Luciana Rizzo- Catedra Abraham- Comisión 24208
Profesor David Krapf
El libro 4 comienza con Adimanto cuestionando la decisión de Sócrates de que el régimen de vida de los
guardianes se establezca por vía común argumentando que no hace nada felices a esos hombres, pues, siendo
la ciudad “verdaderamente suya”, no gozan bien alguno de ella.
Ante esto, Sócrates responde que no sería extraño que, aun de ese modo, fueran muy felices; pero que no
están estableciendo la ciudad mirando a que una clase sea especialmente feliz, sino para que lo sea en el
mayor grado posible toda la ciudad porque piensan que en una ciudad tal, encontrarían la justicia, así como
la injusticia en aquella en que se vive peor, y que, al reconocer esto, podrían resolver sobre lo que venían
investigando. Escuchando estos argumentos, Adimanto le da la razón a crates, quien continúa explicando
cómo cada clase social tiene su función y la de los gobernantes es la principal, por lo que es necesario evitar
por todos los medios que se corrompan pues si eso sucede en el Estado reinará la peor de las injusticias. Esto
último lleva al próximo tema a tratar, las cosas que corrompen a los demás trabajadores hasta el punto de
ocasionar su perversión, la riqueza y la indigencia. Quien se hace rico no va a querer dedicarse de aquí en
adelante a su oficio, por lo que se hará más holgazán y negligente de lo que era, vendrá, pues, a ser peor en
dicho oficio, y, por otra parte, si por la indigencia no puede procurarse herramientas o alguna otra cosa
necesaria a su arte, hará peor sus obras, y a sus hijos o a otros a quienes enseñe, los enseñará a ser malos
artesanos. Por consiguiente, tanto con la riqueza como con la indigencia resultan peores los productos de las
artes y peores también los que las practican.
A raíz de este planteo, Adimanto le pregunta a Sócrates si un Estado que no ha acumulado riquezas será
capaz de defenderse de los ataques de otros Estados y lo que recibe como respuesta es que contra una sola le
será más difícil; pero más fácil si pelea contra dos ciudades, pues, si hay que luchar, lucharán contra
hombres ricos siendo ellos atletas en la guerra y un solo púgil preparado lo mejor posible en su oficio puede
luchar fácilmente con otros dos que no sean púgiles, pero sí ricos y grasos. Emprenderán la huida y
golpearan, dando cara de nuevo, a cada uno de los que sucesivamente le fueran alcanzando, y si hiciera todo
esto bajo el ardor del sol podría el tal habérselas aun con más de dos de aquellos otros. A los ricos se les
alcanza por conocimiento y práctica más de pugilato que de guerra, por lo tanto, sus atletas podrán luchar
probablemente con un número de enemigos doble y triple que el de las otras ciudades. Además, a las demás
ciudades ni siquiera se les puede dar ese nombre pues les falta unidad. Son dos, enemiga la una de la otra, el
Estado de los pobres y el de los ricos, y en cada una de ellas hay muchísimas, a las cuales, si las tratan como
a una sola, lo errarán todo, pero, si se aprovechan de su diversidad entregando a los unos los bienes, las
fuerzas y aun las personas de los otros hallarán siempre muchos aliados y pocos enemigos.
De este modo, éste será para los gobernantes el mejor limite al desarrollo que han de dar a la ciudad y al
territorio que, conforme a este desarrollo, han de asignarle dejando fuera lo demás, mientras su crecimiento
permita que siga siendo una sola ciudad, acrecerla; pero no pasar de ahí.
Libro 4: “La Republica”- Platón
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Así hacen también otra prescripción a los guardianes: que atiendan por todos los medios a que la ciudad no
sea pequeña ni parezca grande, sino sea suficiente en su unidad. Otra prescripción, que ya se recordó antes
cuando decía que, en caso de tener los guardianes algún descendiente de poca valía, han de despedirlo y
mandarlo con los demás ciudadanos, y que si a estos últimos les nace algún retoño de provecho ha de ir con
ellos. Con esto se quiere mostrar que, aun entre los demás de la ciudad, cada uno debe ser puesto a un
trabajo, que ha de ser aquel para el que esté dotado, de modo que, atendiendo a una sola cosa, conserve él
también su unidad y no se divida, y así la ciudad entera resulte una sola y no muchas. Sin embargo, parecerá
que estas prescripciones son muchas y de peso; pero todas son realmente de poca importancia con tal de que
guarden aquella única gran cosa del proverbio o más bien, en vez de grande, suficiente: La educación y la
crianza. Si con una buena educación llegan a ser hombres discretos, percibirán fácilmente todas estas cosas y
aun muchas más, como lo de que la posesión de las mujeres, los matrimonios y la procreación de los hijos
deben, conforme al proverbio, ser todos comunes entre amigos en el mayor grado posible. Una vez que el
Estado toma impulso favorable, va creciendo a manera de un círculo; porque, manteniéndose la buena
crianza y educación, producen buenas índoles, y éstas, a su vez, imbuidas de tal educación, se hacen, tanto
en las otras cosas como en lo relativo a la procreación, mejores que las que les han precedido, igual que
sucede en los demás animales. Para decirlo brevemente: los que cuidan de la ciudad han de esforzarse para
que esto de la educación no se corrompa sin darse ellos cuenta, sino que en todo han de vigilarlo, de modo
que no haya innovaciones contra lo prescrito ni en la gimnasia ni en la música; antes bien, deben vigilar lo
más posible. Por tanto, es en el ámbito de la música donde han de establecer su cuerpo de guardia los
guardianes.
En un Estado sano, los guardianes no deben legislar sobre los asuntos que se tratan en el ágora, cuestiones
judiciales tales como asaltos, injurias, derechos de compra, vigilancia de las calles. La gente bien formada
descubrirá con naturalidad la solución a tales asuntos. Sin embargo, hay Estados enfermos que creen que van
a alcanzar la perfección legislándolo todo. Son como esos enfermos que toman más y más medicamentos,
pero no son capaces de renunciar al tipo de vida que está en el origen de su enfermedad. Legislando sobre
minucias no se consigue un mejor Estado pues es como intentar cortar las cabezas de la Hidra.
A continuación, Sócrates dice que a ellos no les queda más que hacer en materia de legislación, a Apolo, el
dios de Delfos, los más grandes, los más hermosos y primeros de todos los estatutos legales: Las erecciones
de templos, los sacrificios y los demás cultos de los dioses, de los demones y de los héroes; a su vez,
también, las sepulturas de los muertos y cuantas honras hay que tributar para tener aplacados a los del
mundo de al, por esto deciden que al fundar la ciudad no obedecerán a ningún otro ni se servirán de otro
guía que el propio de sus padres; y sin duda, este dios, guía patrio acerca de ello para todos los hombres, los
rige sentado sobre el ombligo de la tierra en el centro del mundo, es decir, admiten a Apolo como divinidad
suprema.
Una vez ya fundada la ciudad, Sócrates plantea que ya es momento de comenzar a analizar la ciudad en
busca de la respuesta al interrogante que se plantea desde el principio, ahora “columbremos dónde existe la
justicia y dónde la injusticia, y en qué se diferencia una de otra, y cuál de las dos debe adquirir el que haya
de ser feliz.
Si está rectamente fundada, será completamente buena, prudente, valerosa, moderada y justa. Podrá ser toda
entera prudente por la clase de gente más reducida que en ella hay, que es aquella que la preside y gobierna;
y éste, según parece, es el linaje que por fuerza natural resulta más corto y al cual corresponde el participar
de este saber, único que entre todos merece el nombre de prudencia, es valerosa por causa de una clase de
ella, porque en dicha parte posee una virtud tal como para mantener en toda circunstancia la opinión acerca
de las cosas que se han de temer en el sentido de que éstas son siempre las mismas y tales cuales el
legislador las prescribió en la educación. Y, por último, se dirá que hay moderación en el Estado del mismo
modo en que se habla del individuo: si alguien moderado es aquel en el que lo racional domina lo apetitivo
entonces un Estado moderado es aquel en el que la parte racional, la élite de los guardianes, se impone sobre
los apetitos que habitan en la multitud de gente mediocre. Obsérvese que la sabiduría y la valentía
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pertenecen a una clase del Estado mientras que la moderación se extiende sobre todo el cuerpo social, es
una armonía entre lo peor y lo mejor en cuanto a quién debe gobernar.
Teniendo vistas tres cosas de la ciudad, la cualidad restante por la que aquélla alcanza su virtud es la justicia.
Sócrates habla de cómo mientras discutían la definición de justicia que buscaban rodaba ante sus pies
constantemente sin que se dieran cuenta, es decir que hacía tiempo que estaban hablando y oyendo hablar de
su asunto sin darse cuenta de que en realidad de un modo u otro hablaban de él. Desde el principio, cuando
fundaban la ciudad, afirmaban que había que observar en toda circunstancia, eso mismo o una forma de eso
es la justicia. Y lo que establecieron y repitieron muchas veces es que cada uno debe atender a una sola de
las cosas de la ciudad: a aquello para lo que su naturaleza esté mejor dotada, esto es en cierto modo la
justicia: el hacer cada uno lo suyo.
Lo que faltaba en la ciudad después de todo lo que dejaron examinado -la templanza, el valor y la prudencia-
es aquello otro que a todas tres da el vigor necesario a su nacimiento y que, después de nacidas, las conserva
mientras subsiste en ellas y lo que mayormente hace buena a la ciudad es que se asiente en el niño y en la
mujer y en el esclavo y en el hombre libre y en el artesano y en el gobernante y en el gobernado eso otro de
que cada uno haga lo suyo y no se dedique a más. Por ello, según parece, en lo que toca a la excelencia de la
ciudad esa virtud de que cada uno haga en ella lo que le es propio resulta émula de la prudencia, de la
templanza y del valor.
Luego de debatir unas cosas, determinan que el mayor crimen contra la propia ciudad se lo califica como
injusticia, y, por ende, a la inversa, la actuación en lo que les es propio de los linajes de los traficantes,
auxiliares y guardianes, cuando cada uno haga lo suyo en la ciudad, será justicia, al contrario de aquello
otro, y hará justa a la ciudad misma. Una vez dicho esto, pasaran a aplicar lo establecido para el Estado a
algo más pequeño como se planeaba en un principio, los individuos.
Cuando se predica de una cosa que es lo mismo que otra, ya sea más grande o más pequeña, se entiende que
le es semejante, de modo que el hombre justo no diferirá en nada de la ciudad justa en lo que se refiere a la
idea de justicia, sino que será semejante a ella, entonces, la ciudad nos pareció ser justa cuando los tres
linajes de naturalezas que hay en ella hacían cada una lo propio suyo; y nos pareció temperada, valerosa y
prudente por otras determinadas condiciones y dotes de estos mismos linajes y por lo tanto juzgaremos que
el individuo que tenga en su propia alma estas mismas especies merecerá, con razón, los mismos
calificativos que la ciudad cuando tales especies tengan las mismas condiciones que las de aquélla.
Sócrates demuestra que existen tres partes del alma: la racional, la fogosa y la apetitiva. La demostración es
simple: una sola cosa (el alma) no puede querer cosas contradictorias. La lujuria corresponde a la parte
apetitiva y la sed de violencia a la parte fogosa pero la renuncia a ellas no puede atribuirse a la misma parte
del alma sino a otra, la racional. Así, la justicia en el individuo consistirá en que cada parte del alma haga lo
suyo. “Al raciocinio corresponde mandar y a la fogosidad ser servidor y aliado de aquel.” (421e) Y estas dos
partes del alma gobernarán sobre lo apetitivo, siempre ávido de placeres y riquezas. Funcionando de este
modo el alma desprenderá una armonía musical. La injusticia, al contrario, consistirá en la sublevación de
una de las partes contra el conjunto del alma, reinando la violencia o inmoderación. La salud y la belleza son
consecuencia de obrar con justicia. La enfermedad y la fealdad, fruto de la injusticia. Es, por tanto, más
ventajoso obrar con justicia pues sería absurdo decir que lo mejor para el cuerpo es corromperlo con todo
tipo de placeres.
Y finalmente, Sócrates comienza hablar acerca del gobierno, dice que los modos de gobierno con forma
propia son tantos que parece que son los modos del alma y menciona brevemente a los reinos y la
aristocracia.
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