
Luciana Rizzo- Catedra Abraham- Comisión 24208
Profesor David Krapf
Así hacen también otra prescripción a los guardianes: que atiendan por todos los medios a que la ciudad no
sea pequeña ni parezca grande, sino sea suficiente en su unidad. Otra prescripción, que ya se recordó antes
cuando decía que, en caso de tener los guardianes algún descendiente de poca valía, han de despedirlo y
mandarlo con los demás ciudadanos, y que si a estos últimos les nace algún retoño de provecho ha de ir con
ellos. Con esto se quiere mostrar que, aun entre los demás de la ciudad, cada uno debe ser puesto a un
trabajo, que ha de ser aquel para el que esté dotado, de modo que, atendiendo a una sola cosa, conserve él
también su unidad y no se divida, y así la ciudad entera resulte una sola y no muchas. Sin embargo, parecerá
que estas prescripciones son muchas y de peso; pero todas son realmente de poca importancia con tal de que
guarden aquella única gran cosa del proverbio o más bien, en vez de grande, suficiente: La educación y la
crianza. Si con una buena educación llegan a ser hombres discretos, percibirán fácilmente todas estas cosas y
aun muchas más, como lo de que la posesión de las mujeres, los matrimonios y la procreación de los hijos
deben, conforme al proverbio, ser todos comunes entre amigos en el mayor grado posible. Una vez que el
Estado toma impulso favorable, va creciendo a manera de un círculo; porque, manteniéndose la buena
crianza y educación, producen buenas índoles, y éstas, a su vez, imbuidas de tal educación, se hacen, tanto
en las otras cosas como en lo relativo a la procreación, mejores que las que les han precedido, igual que
sucede en los demás animales. Para decirlo brevemente: los que cuidan de la ciudad han de esforzarse para
que esto de la educación no se corrompa sin darse ellos cuenta, sino que en todo han de vigilarlo, de modo
que no haya innovaciones contra lo prescrito ni en la gimnasia ni en la música; antes bien, deben vigilar lo
más posible. Por tanto, es en el ámbito de la música donde han de establecer su cuerpo de guardia los
guardianes.
En un Estado sano, los guardianes no deben legislar sobre los asuntos que se tratan en el ágora, cuestiones
judiciales tales como asaltos, injurias, derechos de compra, vigilancia de las calles. La gente bien formada
descubrirá con naturalidad la solución a tales asuntos. Sin embargo, hay Estados enfermos que creen que van
a alcanzar la perfección legislándolo todo. Son como esos enfermos que toman más y más medicamentos,
pero no son capaces de renunciar al tipo de vida que está en el origen de su enfermedad. Legislando sobre
minucias no se consigue un mejor Estado pues es como intentar cortar las cabezas de la Hidra.
A continuación, Sócrates dice que a ellos no les queda más que hacer en materia de legislación, a Apolo, el
dios de Delfos, los más grandes, los más hermosos y primeros de todos los estatutos legales: Las erecciones
de templos, los sacrificios y los demás cultos de los dioses, de los demones y de los héroes; a su vez,
también, las sepulturas de los muertos y cuantas honras hay que tributar para tener aplacados a los del
mundo de allá, por esto deciden que al fundar la ciudad no obedecerán a ningún otro ni se servirán de otro
guía que el propio de sus padres; y sin duda, este dios, guía patrio acerca de ello para todos los hombres, los
rige sentado sobre el ombligo de la tierra en el centro del mundo, es decir, admiten a Apolo como divinidad
suprema.
Una vez ya fundada la ciudad, Sócrates plantea que ya es momento de comenzar a analizar la ciudad en
busca de la respuesta al interrogante que se plantea desde el principio, ahora “columbremos dónde existe la
justicia y dónde la injusticia, y en qué se diferencia una de otra, y cuál de las dos debe adquirir el que haya
de ser feliz”.
Si está rectamente fundada, será completamente buena, prudente, valerosa, moderada y justa. Podrá ser toda
entera prudente por la clase de gente más reducida que en ella hay, que es aquella que la preside y gobierna;
y éste, según parece, es el linaje que por fuerza natural resulta más corto y al cual corresponde el participar
de este saber, único que entre todos merece el nombre de prudencia, es valerosa por causa de una clase de
ella, porque en dicha parte posee una virtud tal como para mantener en toda circunstancia la opinión acerca
de las cosas que se han de temer en el sentido de que éstas son siempre las mismas y tales cuales el
legislador las prescribió en la educación. Y, por último, se dirá que hay moderación en el Estado del mismo
modo en que se habla del individuo: si alguien moderado es aquel en el que lo racional domina lo apetitivo
entonces un Estado moderado es aquel en el que la parte racional, la élite de los guardianes, se impone sobre
los apetitos que habitan en la multitud de gente mediocre. Obsérvese que la sabiduría y la valentía