El gen egoísta
Las bases biológicas de nuestra conducta
Richard Dawkins
SALVAT
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Versión española de la nueva edición inglesa de la obra The selfish gene, publicada por Oxford
University Press
Traducción: Juana Robles Suárez
José Tola Alonso Diseño de cubierta: Ferran Caites / Montse Plass
© 1993 Salvat Editores, S.A., Barcelona
© Oxford University Press
ISBN: 84-345-8880-3 (Obra completa)
ISBN: 84-345-8885-4 (Volumen 5)
Depósito Legal: B-26328-1993
Publicada por Salvat Editores, S.A., Barcelona
Impresa por Printer, i.g.s.a., Agosto 1993
Printed in Spain
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CONTENIDO
PREFACIO A LA EDICIÓN DE 1976 ......................................................................4
PREFACIO A LA EDICIÓN DE 1989 ......................................................................7
I. ¿POR QUÉ EXISTE LA GENTE?....................................................................10
II. LOS REPLICADORES .................................................................................21
III. LAS ESPIRALES INMORTALES ...............................................................30
IV. LA MÁQUINA DE GENES..........................................................................55
V. AGRESIÓN: LA ESTABILIDAD Y LA MÁQUINA EGOÍSTA ...............78
VI. GEN Y PARENTESCO...............................................................................101
VII. PLANIFICACIÓN FAMILIAR ..................................................................127
VIII. LA BATALLA DE LAS GENERACIONES..........................................140
IX. LA BATALLA DE LOS SEXOS................................................................156
X. TÚ RASCAS MI ESPALDA, YO CABALGO SOBRE LA TUYA..........189
XI. MEMES: LOS NUEVOS REPLICADORES .............................................215
XII. LOS BUENOS CHICOS ACABAN PRIMERO ........................................234
XIII. EL LARGO BRAZO DEL GEN .............................................................259
BIBLIOGRAFÍA.....................................................................................................285
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PREFACIO A LA EDICIÓN DE 1976
El presente libro debiera ser leído casi como si se tratase de ciencia-ficción. Su
objetivo es apelar a la imaginación. Pero esta vez es ciencia. «Más extraño que la
ficción» podrá ser o no una frase gastada; sirve, no obstante, para expresar exactamente
cómo me siento respecto a la verdad. Somos máquinas de supervivencia, vehículos
autómatas programados a ciegas con el fin de preservar las egoístas moléculas conocidas
con el nombre de genes. Ésta es una realidad que aún me llena de asombro. A pesar de
que lo sé desde hace años, me parece que nunca me podré acostumbrar totalmente a la
idea. Una de mis esperanzas es lograr cierto éxito en provocar el mismo asombro en los
demás.
Tres lectores imaginarios miraron sobre mi hombro mientras escribía y ahora les
dedico el libro a ellos. El primero fue el lector general, el profano en la materia. En
consideración a él he evitado, casi en su totalidad, el vocabulario especializado y cuando
me he visto en la necesidad de emplear términos de este tipo, los he definido. Me
pregunto por qué no censuramos, asimismo, la mayor parte de nuestro vocabulario
especializado en nuestras revistas científicas. He supuesto que el lector profano carece de
conocimientos especiales, pero no he dado por sentado que sea estúpido. Cualquiera
puede difundir los conocimientos científicos si simplifica al máximo. Me he esforzado
por tratar de divulgar algunas nociones sutiles y complicadas en lenguaje no matemático,
sin por ello perder su esencia. No sé hasta qué punto lo he logrado, ni tampoco el éxito
obtenido en otra de mis ambiciones: tratar de que el presente libro sea tan entretenido y
absorbente como merece su tema. Durante mucho tiempo he sentido que la biología
debiera ser tan emocionante como una novela de misterio, ya que la biología es,
exactamente, una novela de misterio. No me atrevo a albergar la esperanza de haber
logrado comunicar más que una pequeña fracción de la excitación que esta materia
ofrece.
El experto fue mi segundo lector imaginario. Ha sido un crítico severo que contenía
vivamente el aliento ante algunas de mis analogías y formas de expresión. Las frases
favoritas de este lector son: «con excepción de», «pero, por otra parte», y «¡uf!». Lo
escuché con atención, y hasta rehice completamente un capítulo en consideración a él,
pero al fin he tenido que contar la historia a mi manera. El experto aún no quedará del
todo satisfecho con mis soluciones. Sin embargo, mi mayor esperanza radica en que aun
él encontrará algo nuevo; una manera distinta de considerar conceptos familiares, quizás,
o hasta el estímulo para concebir nuevas ideas propias. Si ésta es una aspiración
demasiado elevada, ¿puedo, al menos, esperar que el libro lo entretendrá durante un viaje
en tren?
El tercer lector en quien pensé fue el estudiante, aquel que está recorriendo la etapa
de transición entre el profano y el experto. Si aún no ha decidido en qué campo desea ser
un experto, espero estimularlo a que considere, una vez más, mi propio campo, el de la
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zoología. Existe una razón mejor para estudiar zoología que el hecho de considerar su
posible «utilidad» o la de sentir una simpatía general hacia los animales. Esta razón es
que nosotros, los animales, somos el mecanismo más complicado y más perfecto en
cuanto a su diseño en el universo conocido. Al plantearlo de esta manera es difícil
comprender el motivo por el cual alguien estudia otra materia. Respecto al estudiante que
ya se ha comprometido con la zoología, espero que mi libro pueda tener algún valor
educativo. Se verá obligado a recorrer con esfuerzo los documentos originales y los libros
técnicos en los cuales se ha basado mi planteamiento. Si encuentra que las fuentes
originales son difíciles de asimilar, quizá mi interpretación, que no emplea métodos
matemáticos, le sea de ayuda, aceptándola como una introducción, o bien como un texto
auxiliar.
Son obvios los peligros que entraña el intento de llamar la atención a tres tipos
distintos de lector. Sólo puedo expresar que he sido muy consciente de estos peligros,
pero también me pareció que los superaban las ventajas que ofrecía el intento.
Soy un etólogo, y este libro trata del comportamiento de los animales. Es evidente
mi deuda a la tradición etológica en la cual fui educado. Debo mencionar, en especial, a
Niko Tinbergen, quien desconoce hasta qué punto fue grande su influencia sobre mí
durante los doce años en que trabajé bajo sus órdenes en Oxford. El término «máquina de
supervivencia», aun cuando en realidad no le pertenece, bien podría ser suyo. La etología
se ha visto recientemente fortalecida por una invasión de ideas nuevas provenientes de
fuentes no consideradas, tradicionalmente, como etológicas. El presente libro se basa, en
gran medida, en estas nuevas ideas. Sus creadores son reconocidos en los pasajes
adecuados del texto; las figuras sobresalientes son G. G. Williams, J. Maynard Smith, W.
D. Hamilton y R. L. Trivers.
Varias personas sugirieron para el libro títulos que yo he utilizado, con gratitud,
como títulos de diversos capítulos: «Espirales inmortales», John Krebs; «La máquina de
genes», Desmond Morris; “Gen y parentesco” («Genesmanship», palabra compuesta de
genes = genes; man = hombre y la partícula ship que podríamos traducir como afinidad),
Tim Clutton-Brock y Jean Dawkins, independientemente, y ofreciendo mis disculpas a
Stephen Potter.
Los lectores imaginarios pueden servir como objetivos de meritorias esperanzas y
aspiraciones, pero su utilidad práctica es menor que la ofrecida por verdaderos lectores y
críticos. Soy muy aficionado a las revisiones y he sometido a Marian Dawkins a la
lectura de incontables proyectos y borradores de cada página. Sus considerables
conocimientos de la literatura sobre temas biológicos y su comprensión de los problemas
teóricos, junto con su ininterrumpido estímulo y apoyo moral, han sido esenciales para
mí. John Krebs también leyó la totalidad del libro en borrador. Conoce el tema mejor que
yo, y ha sido magnánimo y generoso en cuanto a sus consejos y sugerencias. Glenys
Thomson y Walter Bodmer criticaron, de manera bondadosa pero enérgica, el tratamiento
que yo hago de los tópicos genéticos. Temo que la revisión que he efectuado aún pueda
no satisfacerles, pero tengo la esperanza de que lo encontrarán algo mejor. Les estoy muy
agradecido por el tiempo que me han dedicado y por su paciencia. John Dawkins empleó
su certera visión para detectar frases ambiguas que podían inducir a error y ofreció
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excelentes y constructivas sugerencias para expresar con palabras más adecuadas los
mismos conceptos. No hubiese podido aspirar a un «profano inteligente» más adecuado
que Maxwell Stamp. Su perceptivo descubrimiento de una importante falla general en el
estilo del primer borrador ayudó mucho en la redacción de la versión final. Otros que
efectuaron críticas constructivas a determinados capítulos, o en otros aspectos otorgaron
su consejo de expertos, fueron John Maynard Smith, Desmond Morris, Tom Maschler,
Nick Blurton Jones, Sarah Kettlewell, Nick Humphrey, Tim Glutton-Brock, Louise
Johnson, Christopher Graham, Geoff Parker y Robert Trivers. Pat Searle y Stephanie
Verhoeven no sólo mecanografiaron con habilidad sino que también me estimularon, al
parecer que lo hacían con agrado. Por último, deseo expresar mi gratitud a Michael
Rodgers de la Oxford University Press, quien, además de criticar, muy útilmente, el
manuscrito, trabajó mucho más de lo que era su deber al atender a todos los aspectos de
la producción de este libro.
RICHARD DAWKINS
PREFACIO A LA EDICIÓN DE 1989
En la docena de años transcurridos desde la publicación de El gen egoísta, su
mensaje central se ha transformado en ortodoxia en los libros de texto. Esto es
paradójico, si bien no de manera obvia. No fue uno de esos libros tachados de
revolucionarios cuando se publican y que van ganando conversos poco a poco hasta
convertirse en tan ortodoxo que ahora nos preguntamos el porqué de la protesta. Por el
contrario, al principio las críticas fueron gratificantemente favorables y no se consideró
un libro controvertido. Con el tiempo aumentó su fama de conflictivo, y hoy día suele
considerarse una obra radicalmente extremista. Sin embargo, al mismo tiempo que ha
aumentado su fama de radical, el contenido real del libro parece cada vez menos
extremista, más y más moneda corriente.
La teoría del gen egoísta es la teoría de Darwin, expresada de una manera que
Darwin no eligió pero que me gustaría pensar que él habría aprobado y le habría
encantado. Es de hecho una consecuencia lógica del neo-darwinismo ortodoxo, pero
expresado mediante una imagen nueva. Más que centrarse en el organismo individual,
adopta el punto de vista del gen acerca la naturaleza. Se trata de una forma distinta de
ver, no es una teoría distinta. En las páginas introductorias de The Extended Phenotype lo
expliqué utilizando la metáfora del cubo de Necker.
Se trata de un dibujo bidimensional, trazado con tinta sobre papel, pero se percibe
como un cubo transparente tridimensional. Mírelo unos pocos segundos y cambiará para
orientarse en una dirección diferente. Continúe mirándolo y volverá a tener el cubo
original. Ambos cubos son igualmente compatibles con los datos bidimensionales de la
retina, de modo que el cerebro los alterna caprichosamente. Ninguno es más correcto que
el otro. Mi punto de vista fue que existen dos caminos de considerar la selección natural,
la aproximación desde el punto de vista del gen y la aproximación desde el individuo.
Entendidos apropiadamente son equivalentes, son dos visiones de la misma verdad.
Podemos saltar de uno al otro y será todavía el mismo neo-darwinismo.
Pienso ahora que esta metáfora fue demasiado cautelosa. Más que proponer una
nueva teoría o descubrir un nuevo hecho, con frecuencia la contribución más importante
que puede hacer un científico es descubrir una nueva manera de ver las antiguas teorías y
hechos. El modelo del cubo de Necker es erróneo debido a que sugiere que las dos
maneras de verlo son igual de buenas. Efectivamente, la metáfora es parcialmente cierta:
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“los puntos de vista”, a diferencia de la teorías, no se pueden juzgar mediante
experimentos; no podemos recurrir a nuestros criterios familiares de verificación y
refutación. Sin embargo, un cambio del punto de vista, en el mejor de los casos, puede
lograr algo más elevado que una teoría. Puede conducir a un clima general de
pensamiento, en el cual nacen teorías excitantes y comprobables, y se ponen al
descubierto hechos no imaginados. La metáfora del cubo de Necker ignora esto por
completo. Percibe la idea de un cambio del punto de vista pero falla al hacer justicia a su
valor. No estamos hablando de un salto a un punto de vista equivalente sino, en casos
extremos, de una transfiguración.
Me apresuraré a afirmar que no incluyo mi modesta contribución en ninguna de
estas categorías. Sin embargo, por este tipo de razón prefiero no establecer una
separación clara entre la ciencia y su “divulgación”. Exponer ideas que previamente sólo
han aparecido en la literatura especializada es un arte difícil. Requiere nuevos giros
penetrantes del lenguaje y metáforas reveladoras. Si se impulsa la novedad del lenguaje y
la metáfora suficientemente lejos, se puede acabar creando una nueva forma de ver las
cosas. Y una nueva forma de ver las cosas, como acabo de argumentar, puede por
derecho propio hacer una contribución original a la ciencia. El propio Einstein no estuvo
considerado como un divulgador y yo he sospechado con frecuencia que sus vivas
metáforas hacen más que ayudarnos al resto de nosotros. ¿No alimentarían también su
genio creativo?
El punto de vista del gen acerca del darwinismo está implícito en los escritos de R.
A. Fisher y otros grandes pioneros del neo-darwinismo de principios de la década de los
años treinta, si bien se hizo explícito en la década de los sesenta de la mano de W. D.
Hamilton y G. C. Williams. Para mí su percepción tuvo carácter visionario. Sin embargo,
encontré que sus expresiones eran demasiado lacónicas, no suficientemente asimilables.
Estaba convencido de que una versión ampliada y desarrollada podía poner en su sitio
todas las cosas referentes a la vida, tanto en el corazón como en la mente. Escribiría un
libro acerca del punto de vista del gen con respecto a la evolución. Debería concentrar
sus ejemplos en el comportamiento social para ayudar a corregir el inconsciente
seleccionismo de grupo que pervivía en el darwinismo popular. Empecé el libro en 1972,
cuando los cortes de corriente resultantes de los conflictos en la industria interrumpían
mis investigaciones en el laboratorio. Por desgracia (desde este punto de vista) los
apagones acabaron después de haber redactado únicamente dos capítulos, y arrinconé el
proyecto hasta que disfruté de un año sabático en 1975. Mientras tanto, la teoría se había
propagado de manera notable gracias a John Maynard Smith y Robert Trivers. Ahora veo
que era uno de esos períodos misteriosos en los que las nuevas ideas están flotando en el
aire. Escribí El gen egoísta en algo parecido a un arrebato de excitación.
Cuando Oxford University Press se puso en contacto conmigo para publicar una
segunda edición, insistieron en que era inadecuado realizar una revisión exhaustiva
convencional página a página. Existen muchos libros que, desde su concepción, están
destinados obviamente a tener ediciones sucesivas, pero El gen egoísta
no era de este
tipo. La primera edición se impregnó del frescor de los tiempos en que fue escrita. Se
vivían aires de revolución, de un amanecer maravilloso al estilo de Wordsworth. Era una
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lástima modificar un hijo de aquellos tiempos, engrosándolo con nuevos hechos o
arrugándolo con complicaciones y advertencias. Así pues, el texto original permanecería
con sus imperfecciones y sus opiniones sexistas. Las notas finales abarcarían las
correcciones, respuestas y desarrollos. Y habría capítulos completamente nuevos sobre
temas cuya novedad alimentaría en los nuevos tiempos el amanecer revolucionario. El
resultado han sido los capítulos XII y XIII. Para escribirlos me he inspirado en los dos
libros aparecidos en este campo que he encontrado más excitantes durante los años
transcurridos: The Evolution of Cooperation, de Robert Axelrod, que parece ofrecer una
cierta esperanza a nuestro futuro, y mi propia obra The Extended Phenotype, que me ha
absorbido estos años y que probablemente es lo mejor que he escrito nunca.
El título del capítulo XII, “Los buenos chicos acaban primero” está tomado del
programa de televisión Horizon, de la BBC, que presenté en 1985. Se trataba de un
documental de cincuenta minutos acerca de aproximaciones mediante la teoría de juegos
a la evolución de la cooperación, producido por Jeremy Taylor. La realización de esta
película y de otra, The Blind Watchmaker, con la misma productora, hizo que adquiriese
un nuevo respeto por estos profesionales de la televisión. Los productores de Horizon se
vuelven estudiantes expertos avanzados de los temas que tratan. El capítulo XII debe más
que su título a mis experiencias trabajando en estrecha colaboración con Jeremy Taylor y
su equipo de Horizon, y les estoy agradecido por ello.
Recientemente he tenido noticia de un hecho desagradable: existen científicos
influyentes que tienen la costumbre de poner sus nombres en publicaciones en cuya
elaboración no han tomado parte. Al parecer, algunos científicos de renombre reclaman
sus derechos de autor en un trabajo cuando toda su contribución ha consistido en
conseguir instalaciones, obtener fondos y realizar una lectura del manuscrito. ¡Por lo que
sé, las famas de ciertos científicos se pueden haber cimentado en el trabajo de sus
estudiantes y colegas! No se qué se puede hacer para luchar contra esta falta de honradez.
Posiblemente los editores de las revistas deberían pedir declaraciones juradas acerca de
cuál ha sido la contribución de cada autor. Sin embargo, esto está fuera de lugar. La razón
que me ha impulsado a poner de relieve este asunto aquí es el contraste. Helena Cronin
ha hecho tanto por mejorar cada línea cada palabra— de los nuevos capítulos de este
libro, que si no fuera por su firme rechazo la hubiera mencionado como coautora de los
mismos. Le estoy profundamente agradecido y siento que todo mi agradecimiento tenga
que limitarse a estas líneas. Doy también las gracias a Mark Ridley, Marian Dawkins y
Alan Grafen por sus consejos y su crítica constructiva acerca de aspectos particulares.
Thomas Webster, Hilary McGlynn y otras personas de la Oxford University Press
toleraron mis caprichos y mis dilaciones.
RICHARD DAWKINS
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I. ¿POR QUÉ EXISTE LA GENTE?
La vida inteligente sobre un planeta alcanza su mayoría de edad cuando resuelve el
problema de su propia existencia. Si alguna vez visitan la Tierra criaturas superiores
procedentes del espacio, la primera pregunta que formularán, con el fin de valorar el
nivel de nuestra civilización, será: «¿Han descubierto, ya, la evolución?» Los organismos
vivientes han existido sobre la Tierra, sin nunca saber por qué, durante más de tres mil
millones de años, antes de que la verdad, al fin, fuese comprendida por uno de ellos. Por
un hombre llamado Charles Darwin. Para ser justos debemos señalar que otros
percibieron indicios de la verdad, pero fue Darwin quien formuló una relación coherente
y valedera del por qué existimos. Darwin nos capacitó para dar una respuesta sensata al
niño curioso cuya pregunta encabeza este capítulo. Ya no tenemos necesidad de recurrir a
la superstición cuando nos vemos enfrentados a problemas profundos tales corno: ¿Existe
un significado de la vida?, ¿por qué razón existimos?, ¿qué es el hombre? Después de
formular la última de estas preguntas, el eminente zoólogo G. G. Simpson afirmó lo
siguiente: «Deseo insistir ahora en que todos los intentos efectuados para responder a este
interrogante antes de 1859 carecen de valor, y en que asumiremos una posición más
correcta si ignoramos dichas respuestas por completo.»
1
En la actualidad, la teoría de la evolución está tan sujeta a dudas como la teoría de
que la Tierra gira alrededor del Sol, pero las implicaciones totales de la revolución de
Darwin no han sido comprendidas, todavía, en toda su amplitud. La zoología es, hasta el
presente, una materia minoritaria en las universidades, y aun aquellos que escogen su
estudio a menudo toman su decisión sin apreciar su profundo significado filosófico. La
filosofía y las materias conocidas como «humanidades» todavía son enseñadas como si
Darwin nunca hubiese existido. No hay duda que esta situación será modificada con el
tiempo. En todo caso, el presente libro no tiene el propósito de efectuar una defensa
general del darwinismo. En cambio, examinará las consecuencias de la teoría de la
evolución con el fin de dilucidar un determinado problema. El propósito de este autor es
examinar la biología del egoísmo y del altruismo.
Aparte su interés académico, es obvia la importancia humana de este tema. Afecta a
todos los aspectos de nuestra vida social, a nuestro amor y odio, lucha y cooperación, al
1
Algunas personas, incluso las no religiosas, se han ofendido por la cita de Simpson.
Estoy de acuerdo en que, al leerla por primera vez, suena terrible mente filistea, torpe e
intolerante, un poco como la frase de Henry Ford «la historia es, s o menos, palabre.
Pero en realidad, y dejando a un lado las respuestas religiosas —las conozco, ahórrese los
detalles—, si uno piensa hoy en las respuestas predarwinianas a las preguntas «¿qué es el
hombre?», «¿existe un significado de la vida?», «¿por qué razón existimos?», ¿se nos ocurre
alguna respuesta que tenga valor, excepto por su (considerable) interés histórico? Hay algo
que se llama estar, sencillamente, en un error, y eso es lo que fueron todas las respuestas
a dichos interrogantes antes de 1859.
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hecho de dar y de robar, a nuestra codicia y a nuestra generosidad. Estos aspectos fueron
tratados en Sobre la agresión de Lorenz, The Social Contract de Ardrey y Love and Hate
de Eibl-Eibesfeldt. El problema con estos libros es que sus autores se equivocaron por
completo. Se equivocaron porque entendieron de manera errónea cómo opera la
evolución. Supusieron, incorrectamente, que el factor importante en la evolución es el
bien de la especie (o grupo) en lugar del bien del individuo (o gen). Resulta irónico que
Ashley Montagu criticara a Lorenz calificándolo como «descendiente directo de los
pensadores del siglo
XIX» que opinaban que la naturaleza es «roja en uñas y dientes». Por
lo que yo sé de lo que opina Lorenz sobre la evolución, él estaría de acuerdo con
Montagu en rechazar las implicaciones de la famosa frase de Tennyson. A diferencia de
ambos, pienso que la naturaleza en su estado puro, «la naturaleza roja en uñas y dientes»,
resume admirablemente nuestra comprensión moderna de la selección natural.
Antes de enunciar mi planteamiento, deseo explicar brevemente de qué tipo de
razonamiento se trata y qué tipo de razonamiento no es. Si se nos dijese que un hombre
ha vivido una larga y próspera vida en el mundo de los gangsters de Chicago, estaríamos
en nuestro derecho para formular algunas conjeturas sobre el tipo de hombre que sería.
Podríamos esperar que poseyese cualidades tales como dureza, rapidez con el gatillo y
habilidad para atraerse amigos leales. Éstas no serían unas deducciones infalibles, pero se
pueden hacer algunas inferencias sobre el carácter de un hombre si se conocen, hasta
cierto punto, las condiciones en que ha sobrevivido y prosperado. El planteamiento del
presente libro es que nosotros, al igual que todos los demás animales, somos máquinas
creadas por nuestros genes. De la misma manera que los prósperos gangsters de Chicago,
nuestros genes han sobrevivido, en algunos casos durante millones de años, en un mundo
altamente competitivo. Esto nos autoriza a suponer ciertas cualidades en nuestros genes.
Argumentaré que una cualidad predominante que podemos esperar que se encuentre en
un gen próspero será el egoísmo despiadado. Esta cualidad egoísta del gen dará,
normalmente, origen al egoísmo en el comportamiento humano. Sin embargo, como
podremos apreciar, hay circunstancias especiales en las cuales los genes pueden alcanzar
mejor sus objetivos egoístas fomentando una forma limitada de altruismo a nivel de los
animales individuales. «Especiales» y «limitada» son palabras importantes en la última
frase. Por mucho que deseemos creer de otra manera, el amor universal y el bienestar de
las especies consideradas en su conjunto son conceptos que, simplemente, carecen de
sentido en cuanto a la evolución.
Esto me lleva al primer punto que deseo establecer sobre lo que no es este libro. No
estoy defendiendo una moralidad basada en la evolución.
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Estoy diciendo cómo han
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En ocasiones los críticos han creído, erróneamente, que El gen egoísta defiende el
egoísmo como principio por el cual debemos vivir. Otros, quizás porque sólo leyeron el título
del libro o nunca pasaron de las dos primeras páginas, creyeron que lo que yo decía es que,
nos guste o no, el egoísmo y otras malas costumbres constituyen una parte insoslayable de
nuestra naturaleza. Es un error en el que resulta fácil caer si uno piensa, como muchos,
inexplicablemente, parecen haber pensado, que la «determinación genética» es inamovible,
es decir, absoluta e irreversible. De hecho, los genes «determinan» la conducta sólo en
sentido estadístico. Una buena analogía es la ampliamente aceptada generalización de que
12
evolucionado las cosas. No estoy planteando cómo nosotros, los seres humanos,
debiéramos comportarnos. Subrayo este punto pues sé que estoy en peligro de ser mal
interpretado por aquellas personas, demasiado numerosas, que no pueden distinguir una
declaración que denote convencimiento de una defensa de lo que debería ser. Mi propia
creencia es que una sociedad humana basada simplemente en la ley de los genes, de un
egoísmo cruel universal, sería una sociedad muy desagradable en la cual vivir. Pero,
desgraciadamente, no importa cuánto deploremos algo, no por ello deja de ser verdad.
Este libro tiene como propósito principal el de ser interesante, pero si el lector extrae una
«un cielo nocturno rojo es la alegría del pastor». Puede ser un hecho estadístico que una
puesta de sol teñida de rojo anuncie un buen día a la mañana siguiente, pero no
apostaríamos mucho por ello. Sabemos perfectamente que el clima está influido de forma
muy compleja por muchos factores. Cualquier predicción meteorológica es susceptible de
error. Es sólo una predicción estadística. No creemos que las bellas puestas de sol teñidas
de rojo determinen, irrevocable mente, un buen tiempo al día siguiente, como tampoco
deberíamos pensar que los genes determinan algo irrevocablemente. No hay razón alguna
por la que la influencia de los genes no pueda revertirse fácilmente mediante otras
influencias. Para una discusión detallada sobre el «determinismo genético» y de la razón de
los equívocos, véase el capítulo 2 de The Extended Phenotype y mi artículo «Sociobiología:
la nueva tormenta en un vaso de agua». Incluso he sido acusado de afirmar que los seres
humanos son todos, sustancialmente, «gángsteres de Chicago». Pero la idea esencial de mi
analogía con el gángster de Chicago era, desde luego, que el conocimiento del tipo de
mundo en el que ha prosperado una persona te dice algo sobre esa persona. No tiene nada
que ver con las cualidades específicas de los gángsteres de Chicago. Pude muy bien haber
utilizado la analogía de un hombre que hubiese llegado a la cumbre de la Iglesia de
Inglaterra, o elegido miembro del Ateneo. En cualquier caso, el tema de mi analogía no eran
las personas, sino los genes.
He abordado éste y otros equívocos «hiperliterales» en mi artículo «En defensa de los
genes egoístas», del que procede la cita anterior. Debo añadir que las ocasionales
connotaciones políticas de este capítulo me hicieron incómoda su relectura en 1989.
«¿Cuántas veces en los últimos años se habrá dicho esto [la necesidad de reprimir la codicia
egoísta para impedir la destrucción de todo el grupo] a la clase trabajadora de Inglaterra?»
¡Esto me hace parecer un tory! En 1975, cuando se escribió, un gobierno socialista, al que
yo había votado, estaba luchando desesperadamente contra una inflación del 23% y
obviamente preocupado por las altas reivindicaciones salariales. Mi observacn poa
haberse tomado del discurso de cualquier ministro de trabajo de la época. Ahora que
Inglaterra tiene un gobierno de la «nueva derecha» que ha elevado la mezquindad y el
egoísmo al status de ideología, mis palabras parecen haber adquirido una especie de
maldad por asociación, que lamento. No es que me arrepienta de lo dicho. Cualquier
perspectiva egoísta y alicorta sigue teniendo las indeseables consecuencias que he citado.
Pero en la actualidad, si hubiera que buscar ejemplos de una perspectiva egoísta y alicorta,
no habría que mirar en primer lugar a la clase trabajadora. Actualmente, quizás sea lo
mejor no cargar una obra científica con este tipo de divagaciones políticas, pues resulta
notable con cuánta rapidez caducan. Los escritos de los científicos políticamente conscientes
de los años 30 —J.B.S. Haldane y Lancelot Hogben, por ejemplo— aparecen hoy
considerablemente lastrados por sus ribetes anacrónicos.
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moraleja de él, debe considerarlo como una advertencia. Una advertencia de que si el
lector desea, tanto como yo, construir una sociedad en la cual los individuos cooperen
generosamente y con altruismo al bien común, poca ayuda se puede esperar de la
naturaleza biológica. Tratemos de enseñar la generosidad y el altruismo, porque hemos
nacido egoístas. Comprendamos qué se proponen nuestros genes egoístas, pues entonces
tendremos al menos la oportunidad de modificar sus designios, algo a que ninguna otra
especie ha aspirado jamás.
Como corolario a estas observaciones sobre la enseñanza, debemos decir que es una
falacia —sea dicho de paso, muy común— el suponer que los rasgos genéticamente
heredados son, por definición, fijos e inmodificables. Nuestros genes pueden ordenarnos
ser egoístas, pero no estamos, necesariamente, obligados a obedecerlos durante toda
nuestra vida. Sería más fácil aprender a ser altruistas si estuviésemos genéticamente
programados para ello. El hombre es, entre los animales, el único dominado por la
cultura, por influencias aprendidas y transmitidas de una generación a otra. Algunos
afirmarán que la cultura es tan importante que los genes, sean egoístas o no, son
virtualmente irrelevantes para la comprensión de la naturaleza humana. Otros estarán en
desacuerdo con la observación anterior. Todo depende de la posición que se asuma en el
debate «naturaleza frente a educación», consideradas como determinantes de los atributos
humanos. Este planteamiento me lleva a establecer el segundo punto aclaratorio de lo que
no es este libro: no es una defensa de una posición u otra en la controversia
naturaleza/educación. Naturalmente poseo una opinión a este respecto, pero no voy a
expresarla excepto hasta donde queda implícita en la perspectiva de la cultura que
presentaré en el capítulo final. Si los genes, efectivamente, resultan ser totalmente
irrelevantes en cuanto a la determinación del comportamiento humano moderno, si
realmente somos únicos entre los animales a este respecto, es por lo menos interesante
preocuparse sobre la regla en la cual, tan recientemente, hemos llegado a ser la
excepción. Y si nuestra especie no es tan excepcional como a nosotros nos agradaría
pensar, es todavía más importante el estudio de dicha regla.
Como tercer punto, podemos señalar que este libro tampoco es un informe
descriptivo del comportamiento detallado del hombre o de cualquier otra especie animal
en particular. Utilizaré detalles objetivos sólo como ejemplos ilustrativos. No diré: si
observan el comportamiento del mandril descubrirán que es egoísta; por lo tanto, es
probable que el comportamiento humano también lo sea. La lógica del argumento de mi
«gángster de Chicago» es totalmente distinta. Se trata de lo siguiente: los seres humanos
y los mandriles han evolucionado de acuerdo a una selección natural. Si se considera la
forma en que ésta opera, se puede deducir que cualquier ser que haya evolucionado por
selección natural será egoísta. Por lo tanto, debemos suponer que cuando nos disponemos
a observar el comportamiento de los mandriles, de los seres humanos y de todas las
demás criaturas vivientes, encontraremos que son egoístas. Si descubrimos que nuestra
expectativa era errónea, si observamos que el comportamiento humano es
verdaderamente altruista, entonces nos enfrentamos a un hecho enigmático, algo que
requiere una explicación.
14
Antes de seguir adelante, necesitamos una definición. Un ser, como el mandril, se
dice que es altruista si se comporta de tal manera que contribuya a aumentar el bienestar
de otro ser semejante a expensas de su propio bienestar. Un comportamiento egoísta
produce exactamente el efecto contrario.
El «bienestar» se define como «oportunidades de supervivencia», aun cuando el
efecto sobre las probabilidades reales de vida y muerte sea tan pequeño que parezca
insignificante.
Una de las consecuencias sorprendentes de la versión moderna de la teoría
darwiniana es que las pequeñas influencias, aparentemente triviales, pueden ejercer un
impacto considerable en la evolución. Esto se debe a la enorme cantidad de tiempo
disponible para que tales influencias se hagan sentir.
Es importante tener en cuenta que las definiciones dadas anteriormente sobre el
altruismo y el egoísmo son relativas al comportamiento, no son subjetivas. No estoy
tratando, en este caso, de la psicología de los motivos. No voy a discutir si la gente que se
comporta de manera altruista lo está haciendo «realmente» por motivos egoístas, secretos
o subconscientes. Tal vez sea así o tal vez no, y quizá nunca lo sepamos, pero en todo
caso ello no concierne al tema del presente libro. A mi definición sólo le concierne si el
efecto de un acto determinará que disminuyan o aumenten las perspectivas de
supervivencia del presunto altruista y las posibilidades de supervivencia del presunto
beneficiario.
Es un asunto muy complejo el demostrar los efectos del comportamiento en cuanto
a perspectivas de supervivencia a largo plazo. En la práctica, cuando aplicamos la
definición al comportamiento real, debemos modificarla empleando la palabra
«aparentemente». Un acto aparentemente altruista es el que parece, superficialmente,
como si tendiese (no importa cuan ligeramente) a causar la muerte al altruista, y a
conferir al receptor mayores esperanzas de supervivencia. A menudo resulta, al ser
analizados con más detenimiento, que los actos aparentemente altruistas son en realidad
actos egoístas disfrazados. Una vez más, no quiero decir que los motivos implícitos sean
secretamente egoístas, sino que los efectos reales del acto en cuanto a perspectivas de
supervivencia son el reverso de lo que al principio creíamos.
Voy a dar algunos ejemplos de comportamiento aparentemente egoísta y de
comportamiento aparentemente altruista. Es difícil desterrar los hábitos subjetivos de
pensamiento cuando nos estamos refiriendo a nuestra propia especie, de tal manera que,
en lugar de ello, seleccionaré ejemplos tomados de otros animales. Presentaré en primer
término diversos ejemplos de comportamiento egoísta de animales individuales.
Las gaviotas de cabeza negra anidan en grandes colonias, quedando los nidos sólo a
unos cuantos palmos de distancia unos de otros. Cuando los polluelos recién salen del
cascarón son pequeños e indefensos y no ofrecen ninguna dificultad para ser devorados.
Es un hecho bastante común que una gaviota espere que una vecina se aleje,
probablemente en búsqueda de un pez con que alimentarse, para dejarse caer sobre los
polluelos que han quedado momentáneamente solos y vaciar el nido. De tal modo obtiene
una buena y nutritiva comida sin tomarse la molestia de pescar un pez y sin tener que
dejar su propio nido desprotegido.

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Richard Dawkins - El gen egoista.pdf
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