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Psicoanálisis Freud
Cátedra II Laznik
Tercer parcial
La organización genital infantil (1923)
En esta época, Freud no se declara satisfecho con la tesis de que el primado de los genitales no se
consuma en la primera infancia, o lo hace sólo de manera incompleta. La aproximación de la vida
sexual infantil a la del adulto llega mucho más allá, y no se circunscribe a la elección de objeto. Si
bien no se alcanza una verdadera unificación de las pulsiones parciales bajo el primado de los
genitales, en el apogeo del proceso de desarrollo de la sexualidad infantil el interés por los
genitales y el quehacer genital cobran una significatividad dominante. El carácter principal de esta
organización genital infantil es, al mismo tiempo, su diferencia respecto de la organización genital
definitiva del adulto. Reside en que, para ambos sexos, sólo desempeña un papel un genital, el
masculino. Por tanto, no hay un primado genital, sino un primado del falo.
El varón percibe la diferencia entre varones y mujeres, pero al comienzo no tiene ocasión de
relacionarla con una diversidad de sus genitales. Para él es natural presuponer en todos los otros
seres vivos, humanos y animales, un genital parecido al que él mismo posee. Esta parte del cuerpo
que se excita con facilidad, ocupa en alto grado el interés del niño y plantea nuevas tareas a su
pulsión de investigación. La fuerza pulsionante del pene en el niño se exterioriza en la infancia
como esfuerzo de investigación, como curiosidad sexual.
Eventualmente, el niño llega a descubrir que el pene no es un patrimonio común de todos los
seres semejantes a él. Da ocasión a ello la visión casual de los genitales de las niñas. Su reacción
frente a las primeras impresiones de la falta del pene en otros es desconocer esa falta; creen ver
un miembro a pesar de todo; corrigen la contradicción mediante la excusa de que aún es pequeño
y ya va a crecer, y después, poco a poco, llegan a la conclusión de que sin duda estuvo presente y
luego fue removido, ya que se encuentran bajo el influjo de la premisa fálica. La falta de pene es
entendida como resultado de una castración. Solo puede apreciarse rectamente la
significatividad del complejo de castración si a la vez se toma en cuenta su génesis en la fase del
primado del falo.
La castración es a modo de castigo. El niño cree que sólo personas despreciables del sexo
femenino, probablemente culpables de las mismas mociones prohibidas en que él mismo incurrió,
habrían perdido el genital. Pero las personas respetables, como su madre, siguen conservando el
pene. Para el niño, ser mujer no coincide todavía con falta del pene. Sólo más tarde, cuando
aborda los problemas de la génesis y el nacimiento de los niños, y entiende que sólo las mujeres
pueden parir hijos, también la madre perderá el pene y, mientras tanto, se edificarán las teorías
destinadas a explicar el trueque del pene a cambio de un hijo.
En el estadio de la organización pregenital sádico-anal no cabe hablar de masculino y femenino; la
oposición entre activo y pasivo es la dominante. En el siguiente estadio de la organización genital
infantil hay por cierto algo masculino, pero no algo femenino; la oposición es genital masculino, o
castrado. Sólo con la culminación del desarrollo en la época de la pubertad, la polaridad sexual
coincide con masculino y femenino.
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Esquema del psicoanálisis (1940)
Las vivencias de los niños durante sus primeros años poseen una significación inigualada para toda
su vida posterior. Freud se centra primero en los efectos de ciertos influjos que no alcanzan a
todos los niños, aunque se presentan con bastante frecuencia, como el abuso sexual cometido por
adultos, su seducción por otros niños poco mayores y, su conmoción al ser partícipes de
testimonios auditivos y visuales del comercio sexual entre adultos. Finalmente se centra, con
mucho más interés, en el influjo de una situación por la que todos los niños están destinados a
pasar: El complejo de Edipo.
Freud describe por separado el desarrollo del complejo de Edipo en el niño y en la niña.
Complejo de Edipo en el niño
El primer objeto erótico del niño es el pecho materno nutricio; el amor se engendra apuntalado en
la necesidad de nutrición satisfecha. Al comienzo el pecho no es distinguido del cuerpo propio, y
cuando tiene que ser divorciado del cuerpo, trasladado hacia afuera, toma como objeto una parte
de la investidura libidinal originariamente narcisista. Este primer objeto se completa luego en la
persona de la madre, quien no sólo nutre, sino también cuida, y provoca en el niño sensaciones
corporales. La madre deviene la primera seductora del niño. En estas dos relaciones arraiga la
significatividad única de la madre, que se fija inmutable para toda la vida como el primer y más
intenso objeto de amor, como arquetipo de todos los vínculos posteriores de amor en ambos
sexos.
A partir de los dos o tres años, cuando el varoncito ha entrado en la fase fálica de su desarrollo
libidinal, la satisfacción se vuelve genital. El niño ha recibido sensaciones placenteras de su
miembro sexual y ha aprendido a procurárselas mediante estimulación manual, a través de la
masturbación. Deviene ahora, el amante de la madre. Desea poseerla corporalmente y procura
seducirla mostrándole su miembro viril, del cual está orgulloso.
Su masculinidad de temprano despertar busca sustituir al padre, quien hasta entonces ha sido su
envidiado arquetipo por la fuerza corporal que en él percibe y la autoridad con que lo encuentra
revestido. Ahora el padre es su rival, le estorba el camino y le gustaría quitárselo del medio.
La madre comprende en este punto, que la excitación sexual del varoncito se dirige a su propia
persona, y le prohíbe el quehacer manual con su miembro. Pero la prohibición logra poco al
principio. La madre finalmente utiliza un recurso más tajante: Amenaza quitarle la cosa con la cual
él la desafía. Por lo común, cede al padre la ejecución de la amenaza, para hacerla más terrorífica
y creíble; se lo dirá al padre y él le cortará el miembro. Pero en sí, al muchacho le parece
demasiado inconcebible que pueda suceder algo semejante. Para Freud, esta amenaza sólo
produce efectos si antes o después se cumple otra condición: Si a raíz de esa amenaza puede
recordar la visión de unos genitales femeninos o poco después le ocurre verlos. Unos genitales a
los que les falta esa pieza apreciada, entonces cree en la seriedad de lo que ha oído y vivencia. El
niño cae en la visión de la falta (Solo hay falta si supone que ahí tiene que haber un algo. La
suposición sale de la premisa fálica).
El niño cae, así, bajo el influjo del complejo de castración, el trauma más intenso de su joven vida.
Para salvar su miembro sexual, renuncia de manera más o menos completa a la posesión de la
madre. El muchacho cae en una actitud pasiva hacia los padres. A consecuencia de la amenaza
resigno la masturbación. Ahora fantasea. Como resto de la fijación erótica a la madre suele
establecerse una hipertrófica dependencia de ella, que se prolongará más tarde como
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servidumbre hacia la mujer. Ya no se atreve amar a la madre, pero no puede arriesgar no ser
amado por ella.
La vivencia integra cae bajo represión. Todas las mociones de sentimiento y todas las reacciones,
en aquel tiempo activadas, se conservan en lo inconsciente y están prontas a perturbar el
posterior desarrollo yoico tras la pubertad.
Complejo de Edipo en la niña
Los efectos del complejo de castración son más uniformes en la niña pequeña, y no menos
profundos. La niña no tiene que temer la pérdida del pene, pero reacciona por no haberlo
recibido. Desde el comienzo envidia al varón por su posesión; todo su desarrollo se consuma bajo
el signo de la envidia del pene.
En la fase fálica intenta conseguir placer como el muchacho por estimulación manual de los
genitales, mediante el clítoris, al que le da un valor equivalente al del pene.
El camino en la niña pasa por el desasimiento de la madre amada, a quien la hija, bajo el influjo de
la envidia del pene, no puede perdonar que la haya echado al mundo defectuosamente dotada.
Resigna a la madre y la sustituye por otra persona como objeto de amor: El padre. La hijita se
pone en el lugar de la madre, quiere sustituirla al lado del padre, y ahora odia a la madre antes
amada, con una motivación doble: Por celos y por mortificación a causa del pene denegado. Su
nueva relación con el padre puede tener al principio por contenido el deseo de disponer de su
pene, pero culmina en otro deseo: Recibir el regalo de un hijo de él. Así, el deseo del hijo ha
remplazado al deseo del pene.
En el niño la amenaza de castración pone fin al complejo de Edipo; en el caso de la mujer al
contrario, es esforzada hacia su complejo de Edipo por el efecto de la falta de pene.
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El sepultamiento del complejo de Edipo (1924)
El complejo de Edipo es significativo como fenómeno central del período sexual de la primera
infancia. Cuando es sepultado sucumbe a la represión y es seguido por el periodo de latencia. Se
va a pique a raíz de las dolorosas desilusiones acontecidas.
Aun donde no ocurren acontecimientos particulares (como la llegada un hermanito que sea el
nuevo centro de atención), la falta de la satisfacción esperada, la continua denegación del hijo
deseado, por fuerza determinarán que los pequeños enamorados resignen su inclinación sin
esperanzas. Así, el complejo de Edipo se iría a pique a raíz de su fracaso, como resultado de su
imposibilidad interna.
El complejo de Edipo es vivenciado de manera enteramente individual por la mayoría de los
humanos, pero es también un fenómeno determinado por la herencia, dispuesto por ella, que
tiene que desvanecerse de acuerdo con el programa cuando se inicia la fase evolutiva siguiente,
predeterminada. Entonces, es bastante indiferente conocer las ocasiones a raíz de las cuales ello
acontece.
El descubrimiento del desarrollo sexual en los niños cuando se desplaza hacia los genitales toma el
papel rector. Pero estos genitales son solo los masculinos, dado que los femeninos siguen sin ser
descubiertos. Esta fase fálica, contemporánea al complejo de Edipo, no prosigue su desarrollo
hasta la organización genital definitiva, si no que se hunde y es relevada por el periodo de
latencia.
Cuando el niño ha volcado su interés a los genitales, lo deja traslucir por su vasta ocupación
manual en ellos. Pero dado que este obrar no es bien visto por los adultos, sobreviene la amenaza
de que se le arrebatara esta parte tan estimada por él. La organización genital fálica del niño se
va a pique a raíz de esta amenaza de castración. Al principio el varón no presta creencia ni
obediencia algunas a la amenaza. La observación que por fin quiebra la incredulidad del niño es la
de los genitales femeninos. Con ello se ha vuelto representable la pérdida del propio pene, y la
amenaza de castración obtiene su efecto con posterioridad.
La vida sexual del niño en esa época en modo alguno se agota en la masturbación. La
masturbación es sólo la descarga genital de la excitación sexual perteneciente al complejo. El
complejo de Edipo ofrecía al niño dos posibilidades de satisfacción, una activa y una pasiva.
Pudo situarse de manera masculina en el lugar del padre y, como él, mantener comercio con la
madre, a raíz de lo cual el padre fue sentido pronto como un obstáculo; o quiso sustituir a la
madre y hacerse amar por el padre, con lo cual la madre quedó sobrando. Pero es cierto que el
pene cumplió un papel, que era atestiguado por sus sentimientos de órgano. No tuvo todavía
ocasión alguna para dudar de que la mujer posee un pene. La intelección de que la mujer es
castrada, puso fin a las dos posibilidades de satisfacción derivadas del complejo de Edipo. En
efecto, ambas conllevaban la pérdida del pene. Si la satisfacción amorosa en el terreno del
complejo de Edipo debe costar el pene, entonces por fuerza estallará el conflicto entre el interés
narcisista en esta parte del cuerpo y la investidura libidinosa de los objetos parentales. En este
conflicto triunfa normalmente el primero de esos poderes: El Yo del niño se extraña del complejo
de Edipo.
Las investiduras de objeto son resignadas y sustituidas por identificación. La autoridad del padre,
o de ambos progenitores, introyectada en el Yo, forma ahí el núcleo del Superyó, que toma
prestada del padre su severidad, perpetúa la prohibición del incesto y, así, asegura al Yo contra el
retorno de la investidura libidinosa de objeto. Las aspiraciones libidinosas pertenecientes al
complejo de Edipo son en parte desexualizadas y sublimadas.
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El proceso en su conjunto salvó los genitales, alejó de ellos el peligro de la pérdida, y además los
paralizó, canceló su función. Con ese proceso se inicia el período de latencia, que viene a
interrumpir el desarrollo sexual del niño.
Freud no deniega el nombre de represión al extrañamiento del Yo respecto del complejo de
Edipo. Pero el proceso descrito es más que una represión; equivale, cuando se consuma
idealmente, a una destrucción y cancelación del complejo. Si el Yo no ha logrado efectivamente
mucho más que una represión del complejo, este subsistirá inconsciente en el Ello y más tarde
exteriorizará su efecto patógeno.
También el sexo femenino desarrolla un complejo de Edipo, un Superyó y un período de latencia.
El clítoris de la niñita se comporta al comienzo en un todo como un pene, pero ella, por la
comparación con un compañerito de juegos, percibe que es demasiado corto, y siente este hecho
como un perjuicio y una moción de inferioridad. Es en este punto donde se bifurca el complejo de
masculinidad de la mujer. La niña no comprende su falta actual como un carácter sexual, sino que
lo explica mediante el supuesto de que una vez poseyó un miembro igualmente grande, y después
lo perdió por castración. Así se produce esta diferencia esencial: La niña acepta la castración
como un hecho consumado, mientras que el niño tiene miedo a la posibilidad de su
consumación.
Excluida la angustia de castración, está ausente también un poderoso motivo para instituir el
Superyó e interrumpir la organización genital infantil. La renuncia al pene no se soportará sin un
intento de resarcimiento. La muchacha se desliza -a lo largo de una ecuación simbólica- del pene
al hijo; su complejo de Edipo culmina en el deseo, alimentado por mucho tiempo, de recibir
como regalo un hijo del padre. El complejo de Edipo es abandonado después, poco a poco,
porque este deseo no se cumple nunca. Ambos deseos, el de poseer un pene y el de recibir un
hijo, permanecen en lo inconsciente, donde se conservan con fuerte investidura y contribuyen a
preparar al ser femenino para su posterior papel sexual.
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Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos
(1925)
El primer período de la infancia es, para Freud, la época del florecimiento temprano de la vida
sexual. Sólo si se exploran las primeras exteriorizaciones de la constitución pulsional congénita, así
como los efectos de las impresiones vitales más tempranas, es posible discernir correctamente las
fuerzas pulsionales de la posterior neurosis.
La situación del complejo de Edipo es la primera estación en el varoncito. En ella el niño retiene el
mismo objeto al que ya en el período precedente, el de lactancia y crianza, había investido con su
libido todavía no genital. Por otro lado, ve al padre como un rival perturbador a quién querría
eliminar y sustituir. La actitud edípica del varoncito pertenece a la fase fálica, que se va al
fundamento por la angustia de castración, o sea, por el interés narcisista hacia los genitales.
En la prehistoria del complejo de Edipo en el varoncito, el quehacer masturbatorio es con los
genitales; es el onanismo de la primera infancia, cuya sofocación por parte de las personas
encargadas de la crianza, activa al complejo de castración. Este onanismo es dependiente del
complejo de Edipo y significa la descarga de su excitación sexual.
Hay una oposición en la conducta de ambos sexos: Cuando el varoncito ve por primera vez la
región genital de la niña, se muestra poco interesado al principio; no ve nada, o desmiente su
percepción, busca excusas para hacerla acordar con su expectativa. Sólo más tarde, después que
cobró influencia sobre él una amenaza de castración, aquella observación se le volverá
significativa; su recuerdo o renovación mueve en él una temible tormenta afectiva, y lo somete a
la creencia en la efectividad de la amenaza que hasta entonces no había tomado en serio. Nada de
eso ocurre en la niña. En el acto se forma su juicio y su decisión. Ha visto eso, sabe que no lo tiene,
y quiere tenerlo. En este lugar se bifurca el llamado complejo de masculinidad de la mujer.
Sobreviene el proceso que Freud designa desmentida. La niña se rehúsa a aceptar el hecho de su
castración, se afirma y acaricia la convicción de que sin embargo posee un pene, y se ve obligada a
comportarse en lo sucesivo como si fuera un varón. Las consecuencias de la envidia del pene
parece ser el aflojamiento de los vínculos tiernos con el objeto-madre. La madre, que echó al
mundo a una niña con una dotación insuficiente es responsabilizada por esa falta de pene. Hasta
ese momento no estuvo en juego el complejo de Edipo, no había desempeñado papel alguno. Pero
ahora la libido de la niña se desliza a una nueva posición: Resigna el deseo del pene para
remplazarlo por el deseo de un hijo, y con este propósito toma al padre como objeto de amor. La
madre pasa a ser objeto de los celos, y la niña deviene una pequeña mujer.
En la niña, el complejo de Edipo es una formación secundaria. Mientras que el complejo de Edipo
del varón se va a pique debido al complejo de castración, el de la niña es posibilitado e introducido
por este último.
La diferencia entre varón y mujer corresponde al distingo entre castración consumada y mera
amenaza de castración.
El complejo de Edipo es algo tan sustantivo que no puede dejar de producir consecuencias,
cualquiera que sea el modo en que se caiga en él o se salga de él. En el varón, el complejo no es
simplemente reprimido; se pierde formalmente bajo el choque de la amenaza de castración. Sus
investiduras libidinosas son resignadas, desexualizadas y en parte sublimadas; sus objetos son
incorporados al Yo, donde forman el núcleo del Superyó y prestan a esta neoformación sus
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propiedades características. En el caso ideal, ya no subsiste tampoco en lo inconsciente ningún
complejo de Edipo, el Superyó ha devenido su heredero. Se hereda la función paterna y se
interioriza la prohibición del incesto. El Superyó toma el relevo de la prohibición del incesto.
En la niña falta el motivo para la demolición del complejo de Edipo. La castración ya ha producido
antes su efecto, y consistió en esforzar a la niña a la situación del complejo de Edipo. Por eso este
último escapa al destino que le está deparado en el varón; puede ser abandonado poco a poco,
tramitado por represión, o sus efectos penetrar mucho en la vida anímica que es normal para la
mujer. El superyó nunca deviene tan implacable, tan impersonal, tan independiente de sus
orígenes afectivos como se exige en el caso del varón.
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Conferencia 33: La feminidad
Tanto varones como mujeres son bisexuales en el sentido psicológico. Todo ser humano tendría
constitucionalmente disposiciones tanto masculinas como femeninas, que se manifestarían en los
conflictos que experimenta el sujeto para asumir su propio sexo. Para Freud, aquello que
constituye la masculinidad o la feminidad es un carácter desconocido que la anatomía no puede
aprehender.
Psicológicamente podría caracterizarse a la feminidad como la predilección por metas pasivas
(No debe entenderse como pasividad, puede ser necesaria una gran dosis de actividad para
alcanzar una meta pasiva).
Su propia constitución le prescribe a la mujer sofocar su agresión, y la sociedad se lo impone; esto
favorece que se plasmen en ella intensas mociones masoquistas, susceptibles de ligar
eróticamente las tendencias destructivas vueltas hacia adentro. El masoquismo es entonces,
auténticamente femenino.
El psicoanálisis no pretende describir que es la mujer, sino indagar como deviene, como se
desarrolla la mujer a partir del niño de disposición bisexual.
La indagación del desarrollo sexual femenino se aborda con dos expectativas:
- La constitución no ha de plegarse sin resistencia a la función.
- Los cambios decisivos ya se habrán encaminado o consumado antes de la pubertad.
El desarrollo de la niña pequeña hasta la mujer normal es más difícil y complicado, pues incluye
dos tareas adicionales que no tienen correlato alguno en el desarrollo del varón. Las diferencias
entre el niño y la niña, además de verse en la conformación de los genitales, surgen en la
disposición pulsional (La niña es, por regla general, menos agresiva, más dependiente y dócil).
Además, la niña se muestra más solícita hacia el mundo exterior; sus investiduras de objeto
poseen mayor intensidad.
Los dos sexos recorren de igual modo las primeras fases del desarrollo libidinal. Con el ingreso en
la fase fálica, las diferencias entre los sexos retroceden en toda la línea ante las concordancias. La
niña pequeña es como un pequeño varón. Esta fase se singulariza en el varoncito por el hecho de
que sabe procurarse sensaciones placenteras de su pequeño pene. Lo propio hace la niña con su
clítoris, aún más pequeño, que hace de equivalente del pene. La vagina, genuinamente femenina,
es todavía algo no descubierto para ambos sexos.
En la fase fálica de la niña el clítoris es la zona erógena rectora. Pero no está destinada a seguir
siéndolo; con la vuelta hacia la feminidad el clítoris debe ceder en todo o en parte a la vagina su
sensibilidad y con ella su valor.
El primer objeto de amor del niño es la madre, quien lo sigue siendo en la formación del complejo
de Edipo. En la niña también lo es; las primeras investiduras de objeto se producen por
apuntalamiento en la satisfacción de las necesidades vitales. Pero, en la situación edípica, es el
padre quien ha devenido objeto de amor, y desde este objeto-padre debe encontrar el camino a
la elección definitiva de objeto. Por lo tanto, con la alternancia de los períodos la niña debe trocar
zona erógena y objeto, mientras que el varón retiene ambos.
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Sin embargo, la ligazón con la madre es muy importante. No se puede comprender a la mujer si
no se pondera esta fase de la ligazón-madre-preedípica.
La primera seductora es la madre, quien a raíz de los menesteres del cuidado corporal provoco
sensaciones placenteras en los genitales, y acaso los despertó por primera vez.
Esta ligazón-madre de la niña está destinada a dejar sitio a la ligazón-padre. El extrañamiento
respecto de la madre se produce bajo el signo de la hostilidad, la ligazón-madre acaba en odio.
En la mujer existe un factor específico para este extrañamiento, que reside en el complejo de
castración. La muchacha hace responsable a su madre por la falta de pene. Este complejo de
castración se inicia con la visión de los genitales del otro sexo. Nota la diferencia y su significación
y se siente perjudicada, cayendo presa de la envidia del pene, que dejará huellas imborrables en
su desarrollo y en la formación de su carácter.
La niña admite el hecho de su falta de pene, pero no se somete simplemente a esa falta. Al
contrario, se aferra por largo tiempo al deseo de llegar a tener algo así.
El descubrimiento de su castración es un punto de viraje en el desarrollo de la niña. De ahí parten
tres orientaciones del desarrollo:
- Represión hiperintensa de la sexualidad: La niña pequeña, que hasta ese momento había vivido
como varón, se procuraba placer por excitación de su clítoris y relacionaba este quehacer con sus
deseos sexuales. Pero por el influjo de la envidia del pene ve estropearse el goce de su sexualidad
fálica. Renuncia entonces a la satisfacción masturbatoria en el clítoris, desestima su amor por la
madre y reprime una buena parte de sus propias aspiraciones sexuales. Su amor se había dirigido a
la madre fálica; pero con el descubrimiento de que la madre es castrada se vuelve posible
abandonarla como objeto de amor, de suerte que pasan a prevalecer los motivos de hostilidad.
- Complejo de masculinidad: La niña se rehúsa a reconocer el hecho desagradable. Desmiente la
castración en la madre. Mantiene la satisfacción clitorideana, que se afirma en vez de sustituirse
por la vagina, y busca refugio en una identificación con la madre fálica o con el padre. En este lugar
del desarrollo se evita la oleada de pasividad que inaugura el giro hacia la feminidad. Como la
operación más extrema de este complejo de masculinidad aparece el influjo sobre la elección de
objeto en el sentido de una homosexualidad manifiesta, elige al otro que tiene la posición de no
teniendo.
- Salida femenina: El deseo con que la niña se vuelve hacia el padre es sin duda, el deseo del pene
que la madre le ha denegado y ahora espera del padre. Sin embargo, la situación femenina sólo se
establece cuando el deseo del pene se sustituye por el deseo del hijo, y entonces, siguiendo una
antigua equivalencia simbólica, el hijo aparece en lugar del pene. Con la trasferencia del deseo
hijo-pene al padre, la niña ha ingresado en la situación del complejo de Edipo. La hostilidad a la
madre experimenta ahora un gran refuerzo, pues deviene la rival que recibe del padre todo lo que
la niña anhela de él.
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El malestar en la cultura (1930)
Con el intento de dar explicación al conflicto psíquico, en un principio Freud se sirvió como punto
de apoyo en la analogía entre hambre y amor. El hambre podía considerarse el subrogado de
aquellas pulsiones que quieren conservar al individuo, en tanto que el amor pugna por alcanzar
objetos; su función principal es la conservación de la especie. Así, se contrapusieron pulsiones
yoicas y pulsiones de objeto. Freud designo la energía de estas últimas con el nombre de libido.
De este modo, la oposición corría entre las pulsiones yoicas y las pulsiones libidinosas dirigidas al
objeto. La neurosis se presentaba como el desenlace de una lucha entre el interés de la
autoconservación y las demandas de la libido. Una lucha en que el Yo había triunfado, pero al
precio de graves sufrimientos y renuncias.
Luego, se volvió indispensable una modificación cuando se avanzó de lo reprimido a lo represor,
de las pulsiones de objeto al Yo. En este punto fue decisiva la introducción del concepto de
narcisismo, es decir, la intelección de que el Yo mismo es investido con libido. Esta libido narcisista
se vuelca a los objetos, deviniendo de tal modo libido de objeto, y puede volver a mudarse en
libido narcisista, libido en el Yo. Pero el concepto de libido corrió peligro. Dado que también las
pulsiones yoicas eran libidinosas, por un momento pareció inevitable identificar libido con energía
pulsional en general, como Jung había pretendido hacerlo anteriormente. Pero para Freud, las
pulsiones no podían ser todas de la misma clase.
El paso siguiente se dio en Más allá del principio de placer. Partiendo de especulaciones acerca
del comienzo de la vida, Freud extrajo la conclusión de que además de la pulsión de conservar la
sustancia viva, que pujaba por reunirla en unidades cada vez mayores, debía de haber otra
pulsión, opuesta a ella, que pugnara por disolver esas unidades y reconducirlas al estado
inorgánico inicial. Es decir, junto al Eros, las pulsiones de vida, existía una pulsión de muerte; y la
acción eficaz conjugada y contrapuesta de ambas permitía explicar los fenómenos de la vida.
Una parte de la pulsión de muerte se dirigía al mundo exterior, y entonces salía a la luz como
pulsión a agredir y destruir. Así la pulsión era compelida a ponerse al servicio del Eros, en la
medida en que el ser vivo aniquilaba a un otro y no a su sí-mismo propio. A la inversa, si esta
agresión hacia afuera era limitada, no podía menos que traer por consecuencia un incremento de
la autodestrucción. AI mismo tiempo, podía deducirse que las dos variedades de pulsiones rara vez
aparecían aisladas entre sí, sino que se ligaban en proporciones muy variables, volviéndose de ese
modo irreconocibles.
El nombre de libido puede aplicarse nuevamente a las exteriorizaciones de fuerza del Eros, a fin de
separarlas de la energía de la pulsión de muerte.
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Más allá del principio del placer (1920)
Capítulo I
En la teoría psicoanalítica se adoptó el supuesto de que el decurso de los procesos anímicos es
regulado automáticamente por el principio de placer. En todos los casos lo pone en marcha una
tensión displacentera, y después adopta tal orientación que su resultado final coincide con una
disminución de aquella, esto es, con una evitación de displacer o una producción de placer.
Referimos placer y displacer a la cantidad de excitación presente en la vida anímica, y no ligada de
ningún modo. Así, placer corresponde a un incremento de esa cantidad, y el placer a una
reducción de ella.
Los hechos que movieron a creer que el principio de placer rige la vida anímica encuentran su
expresión también en la hipótesis de que el aparato anímico se afana por mantener lo más baja
posible, o al menos constante, la cantidad de excitación presente en él. Si el trabajo del aparato
anímico se empeña en mantener baja la cantidad de excitación, todo cuanto sea apto para
incrementarla se sentirá como displacentero. El principio de placer se deriva del principio de
constancia, la tendencia a la estabilidad.
Para Freud, en verdad, es incorrecto hablar de un imperio del principio de placer sobre el
decurso de los procesos anímicos. Si así fuera, la mayoría de los procesos anímicos tendría que ir
acompañada de placer o llevar a él; y la experiencia refuta enérgicamente esta conclusión. Por
tanto, afirma que en el alma existe una fuerte tendencia al principio de placer, pero ciertas otras
fuerzas o constelaciones la contrarían, de suerte que el resultado final no siempre puede
corresponder a la tendencia al placer.
Para Freud, hay diferentes fuentes de displacer que no contradicen el principio del placer:
- Principio de realidad: El principio de placer es propio de un trabajo primario, desde el comienzo
inutilizable y aún peligroso para la autopreservación del organismo. Bajo el influjo de las pulsiones
de autoconservación del Yo, es relevado por el principio de realidad, que, sin resignar el propósito
de una ganancia final de placer, exige y consigue posponer la satisfacción, renunciar a diversas
posibilidades de lograrla y tolerar provisionalmente el displacer en el largo rodeo hacia el placer.
- Placer para un sistema, displacer para otro: Otra fuente de desprendimiento de displacer, surge
de los conflictos y escisiones producidas en el aparato anímico, durante su desarrollo. Ciertas
pulsiones resultan inconciliables con las restantes en el Yo, por lo cual caen en el proceso de
represión. Si luego, consiguen procurarse una satisfacción directa o sustitutiva, este éxito, que
normalmente habría sido una posibilidad de placer, es sentido por el Yo como displacentero.
Capítulo II
Freud utiliza tres referentes clínicos para ejemplificar la pulsión de muerte:
a) Los sueños de las neurosis traumáticas
b) El juego infantil
c) La compulsión de repetición en transferencia
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12
Neurosis traumáticas
El cuadro de la neurosis traumática se aproxima al de la histeria por presentar síntomas motores
similares; pero lo sobrepasa en sus indicios de padecimiento subjetivo.
En el caso de las neurosis de guerra, el cuadro patológico sobrevenía, en ocasiones, sin la
cooperación de una violencia mecánica real. El elemento central de la causación parece situarse
en el factor sorpresa, en el terror. Un efectivo daño físico o herida contrarresta, en la mayoría de
los casos, la producción de la neurosis.
Diferenciación entre terror, miedo y angustia:
Angustia: Estado de expectativa frente a un peligro que puede acontecer y preparación ante él,
aunque se trate de un peligro desconocido. No hay un objeto claro.
Miedo: El miedo requiere un objeto determinado, en presencia del cual uno lo siente.
Terror: Estado en que se cae cuando se corre un peligro sin estar preparado, no hay angustia
previa que alerte. Se destaca el factor sorpresa.
Freud propone estudiar los sueños de las neurosis traumáticas. La vida onírica de las neurosis
traumáticas reconduce al enfermo, una y otra vez, a la situación de su accidente, de la cual
despierta con renovado terror. Se creía que si la vivencia traumática lo asedia de continuo
mientras duerme, ello prueba la fuerza de la impresión que le provocó. El enfermo, está, por así
decir, fijado psíquicamente al trauma. Sin embargo, no lo recuerdan mucho durante la vigilia.
Cuando se admite la reconducción como cosa natural en el sueño se desconoce la naturaleza de
éste. Debería conducirlo a tiempos mejores. En este punto se afirma que la función del sueño se
encuentra alterada (Ya no es el guardián del dormir, ni un cumplimiento de deseo).
¿Por qué se repite el sueño traumático?
Se repiten como un intento de ligar los elementos que, de afuera del campo de representaciones
intentan encontrar dentro, un representante. Los sueños traumáticos exceden el marco del
principio del placer, no por el lado del contenido (escena) sino por su repetición. Es un intento
fallido de ligadura.
La repetición en los sueños traumáticos obedece a las tendencias masoquistas del Yo.
El juego infantil
El Fort-Da es descrito por Freud luego de observar a su nieto de dieciocho meses jugar con un
carretel. El niño lo lanzaba al sonido de “o-o-o-o” (Fort) -Se fue- y luego lo atraía nuevamente
tirando del piolín exclamando “da-acá está-. Así describe el itinerario completo del juego.
La acción del niño es interpretada por Freud como la escenificación de la partida de la madre. El
primer acto del niño da cuenta de un gran logro cultural para él, la renuncia a la satisfacción
pulsional, al aceptar sin protestas la partida de su madre, una acción claramente displacentera
para el niño. Esa acción se resarcía escenificando por sí mismo, con los objetos a su alcance, ese
desaparecer y regresar. Si bien la partida de la madre no resulta agradable, el niño juega a la
partida porque es la condición previa de la gozosa reaparición, la cual contendría el genuino
propósito.
Pero Freud observaba que las más de las veces solo se había podido ver el primer acto, repetido
por solo incansablemente en calidad de juego, aunque el mayor placer correspondería al
segundo, al reencuentro. Para Freud, sólo es posible que el niño repita una y otra vez este hecho
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porque en él encuentra una satisfacción, una ganancia de placer de otra índole, independiente del
principio de placer.
Freud se pregunta por el sentido de la repetición, no por el sentido del juego. Semejante a los
sueños traumáticos, lo importante es la repetición no la escena en sí.
Capítulo III
Compulsión a la repetición
Al comienzo el psicoanálisis no era sino un arte de interpretación, el médico no tenía otra
aspiración que la de descubrir, reconstruir y comunicar en el momento oportuno lo inconsciente
oculto para el enfermo. En una segunda etapa del psicoanálisis se planteó el propósito de instar en
el enfermo su corroboración como recuerdo. A raíz de este empeño el centro de atención reca
en las resistencias de aquel; el arte consistía ahora en descubrirlas, mostrárselas y por influencia
moverlo a que las resignase. Luego, se descubrió que el devenir consciente tampoco se podía
lograr así, dado que el enfermo no podía recordar todo lo que hay en él de reprimido. Se ve
forzado a repetir lo reprimido como vivencia presente, en vez de recordarlo, como fragmento del
pasado. Esta reproducción se escenifica en el terreno de la transferencia, es decir, en la relación
con el analista. Esta reproducción tiene siempre por contenido un fragmento de la vida sexual
infantil y, por tanto, del complejo de Edipo y sus ramificaciones.
Para Freud las resistencias no son del Icc. Lo reprimido no ofrece resistencia a los esfuerzos de la
cura; no aspira a otra cosa que irrumpir en la consciencia. Las resistencias del analizado parten de
su Yo, y se atribuye la compulsión de repetición a lo reprimido inconsciente.
Las resistencias del Yo consciente y preconsciente están al servicio del principio de placer que
quieren ahorrar el displacer que se excitaría por la liberación de lo reprimido. Lo que la
compulsión de repetición hace revivenciar provoca displacer al Yo, puesto que saca a la luz
operaciones de mociones pulsionales reprimidas. Sin embargo, esto no contradice al principio de
placer, dado que ese revivenciar produce displacer para un sistema pero, al mismo tiempo,
satisfacción en otro. Pero el hecho nuevo y asombroso que suma Freud es que la compulsión de
repetición devuelve también vivencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer,
que tampoco en aquel momento pudieron ser satisfacciones.
Esto mismo puede encontrarse en la vida de personas no neuróticas. Individuos en quienes toda
relación humana lleva a idéntico desenlace: Personas en quienes toda amistad termina con la
traición del amigo, relaciones amorosas con idénticas fases, etc. Hace la impresión de un destino
que los persiguiera; la compulsión que así se exterioriza no es diferente de la compulsión de
repetición neurótica. Es el eterno retorno de lo igual, la compulsión del destino.
Freud distingue así, a la repetición en acto de lo reprimido de la compulsión de repetición como
repetición de lo no ligado (no se repite una representación). Es una compulsión de repetición que
se instaura más allá del principio de placer.
Capítulo IV
La consciencia no es el carácter más universal de los procesos anímicos, sino sólo una función
particular de ellos.
El aparato anímico tiene un sistema Prcc-Cc, donde llegan las percepciones del mundo exterior y
las sensaciones de placer y displacer que se originan en el interior del aparato. Se encuentra en la
frontera entre lo exterior y lo interior. Estas sensaciones y percepciones que llegan no dejan
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huellas en el sistema Cc, la consciencia surge en reemplazo de la huella mnémica. El sistema Cc se
singulariza por la particularidad de que en él, el proceso de excitación no deja una alteración
permanente de sus elementos, sino que se agota en el fenómeno del devenir-consciente.
Freud propone imaginar una vesícula de sustancia estimulable, su superficie vuelta hacia el mundo
exterior se diferencia por su ubicación y sirve como órgano receptor de estímulos. Por el
persistente ataque de estos estímulos externos contra su superficie, se forma una corteza que
ofrece las condiciones más favorables para la recepción de estímulos y que ya no puede
modificarse. En el sistema Cc, esto significa que el paso de la excitación ya no puede recibir
ninguna alteración permanente en sus elementos, están modificados al máximo, quedando
entonces habilitados para generar la consciencia. Esta vesícula sería aniquilada por la acción de los
estímulos del mundo si no estuviese provista por una protección antiestímulo. La obtiene cuando
su superficie más externa se vuelve inorgánica, y opera apartando los estímulos, como una
membrana. Hace que las energías del mundo exterior puedan propagarse solo con una fracción de
su intensidad a los estratos. Para el organismo vivo, la tarea de protegerse contra los estímulos es
casi más importante que la de recibirlos; está dotado de una reserva energética propia y
transforma la energía. Los órganos sensoriales, además de recibir acciones estimuladoras
específicas, tienen particulares mecanismos preventivos para la protección contra volúmenes
grandes e inadecuados de estímulos. La vesícula viva está dotada de una protección antiestímulo
frente al mundo exterior. El estrato cortical es un órgano para la recepción de estímulos externos.
Esta corteza, más tarde será el sistema Cc, quien recibe también excitaciones desde adentro. Hacia
afuera hay una protección antiestímulo, y las magnitudes de excitación accionaran solo en
escala reducida; hacia adentro, la protección antiestímulo es imposible, y las excitaciones se
propagan de manera directa y no reducida, produciendo sensaciones de placer y displacer. Esta
constelación determinara dos cosas: La prevalencia de las sensaciones de placer y displacer sobre
todos los estímulos externos; y cierta orientación de la conducta respecto de las excitaciones
internas que produzcan demasiado displacer. Se tenderá a tratarlas como si no obraran desde
adentro, sino desde afuera, para poder aplicarles el medio defensivo de la protección
antiestímulo. Este es el origen de la proyección
1
.
Freud denomina ahora como traumáticas a las excitaciones externas que poseen fuerza
suficiente para perforar la protección antiestímulo, lo que provocará una perturbación en la
economía energética del organismo y pondrá en acción todos los medios de defensa. En un primer
momento quedará abolido el principio de placer. No podrá impedirse que el aparato anímico
resulte anegado por grandes volúmenes de estímulo. La tarea será entonces, dominar el
estímulo, ligar psíquicamente los volúmenes de estímulo que penetraron violentamente a fin de
conducirlos a su tramitación.
Un sistema de elevada investidura en sí mismo es capaz de recibir nuevos aportes de energía
fluyente y transmudarlos en investidura quiescente, es decir, ligarlos psíquicamente. Cuanto más
alta sea su energía quiescente propia, tanto mayor será también su fuerza ligadora; y a la inversa,
cuanto más baja su investidura, tanto menos capacitado estará el sistema para recibir energía
afluyente, y más violentas serán las consecuencias de una perforación de la barrera antiestímulo.
La ligazón de la energía que afluye al aparato anímico consiste en un transporte desde el estado
de libre fluir hasta el estado quiescente.
1
Proyección: Operación por medio de la cual el sujeto expulsa de sí y localiza en el otro (persona o cosa) cualidades, sentimientos,
deseos, que no reconoce o que rechaza en sí mismo.
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La neurosis traumática es el resultado de una ruptura en la protección antiestímulo, donde no se
atribuye valor etiológico a la acción de la violencia mecánica, sino al terror y al peligro de
muerte. El terror tiene por condición la falta del apronte angustiado; este último conlleva la
sobreinvestidura de los sistemas que reciben primero el estímulo. A raíz de esta investidura más
baja, los sistemas no pueden ligar los volúmenes de excitación sobrevinientes, y por eso las
consecuencias de la ruptura de la protección antiestímulo se producen más fácilmente. El apronte
angustiado, con su sobreinvestidura de los sistemas recipientes, constituye la última trinchera
de la protección antiestímulo. En toda una serie de traumas, el factor decisivo para el desenlace
quizá sea la diferencia entre los sistemas no preparados y los preparados por sobreinvestidura.
Si en la neurosis traumática los sueños reconducen tan regularmente al enfermo a la situación en
que sufrió el accidente, es evidente que no están al servicio del cumplimiento de deseo. Estos
sueños buscan recuperar el dominio sobre el estímulo por medio de un desarrollo de angustia
cuya omisión causó la neurosis traumática.
Capítulo V
Las excitaciones que provienen desde el interior, y para el cual el aparato no posee protección,
adquieren la mayor importancia económica y dan lugar a perturbaciones similares a las neurosis
traumáticas. Las fuentes de esa excitación interna son las pulsiones.
Las mociones pulsionales no obedecen al tipo de proceso ligado, sino al del proceso libremente
móvil que esfuerza en pos de la descarga. En el Icc las investiduras pueden transferirse,
desplazarse y condensarse. Se llama proceso psíquico primario a la modalidad de estos procesos
que ocurren en el Icc. Por otro lado, el proceso secundario supone investidura ligada.
La tarea de los estratos superiores del aparato anímico sería ligar la excitación de las pulsiones
que entra en operación en el proceso primario. El fracaso de esta ligazón provocaría una
perturbación análoga a la neurosis traumática; sólo tras una ligazón lograda podría establecerse
el imperio irrestricto del principio de placer, y de su modificación en el principio de realidad. Pero,
hasta ese momento, el aparato anímico tendría la tarea previa de dominar o ligar la excitación.
Las exteriorizaciones de una compulsión de repetición muestran en alto grado un carácter
pulsional y se encuentran en oposición al principio de placer. En el caso del juego infantil, el niño
repite la vivencia displacentera porque mediante su actividad consigue un mayor dominio sobre la
impresión intensa que el que era posible en el vivenciar pasivo. Cada nueva repetición parece
perfeccionar ese dominio. La repetición, el reencuentro de la identidad, constituye una fuente de
placer.
En el análisis, sin embargo la compulsión de repetición de la transferencia se sitúa más allá del
principio de placer. El enfermo se comporta de manera infantil, muestra que las huellas mnémicas
reprimidas de sus vivencias de tiempo primordial subsisten en estado no ligado y son
insusceptibles del proceso secundario.
Freud afirma ahora que una pulsión es un esfuerzo, inherente a lo vivo, de reproducir un estado
anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas. Esta forma
de entender la pulsión obliga a reconocer la naturaleza conservadora del ser vivo, a diferencia de
reconocerla como un esfuerzo en el sentido de cambio y de desarrollo.
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