ESTRUCTURACION PSIQUICA Y SUBJETIVACION DEL NIÑO DE ESCOLARIDAD PRIMARIA: EL
TRABAJO DE LA LATENCIA URRIBARRI (12053)
El periodo de latencia, formulado por S. Freud como un receso en la evolución sexual hasta el advenimiento
puberal, ha sido el menos estudiado psicoanalíticamente, en tanto no cuestionan lo propuesto en relación
con los observables. Este periodo, a diferencia de las fases libidinales, ha sido definido más por la negativa
lo que deja de ocurrir-, que por la positiva lo que surge y complejiza-.
ACERCA DE LA TEORIA
La organización psíquica de la latencia no se caracteriza por la represión, la formación reactiva, la
sublimación, etc., que existen desde antes, sino por su configuración dinámica, su reorganización operativa,
su peso relativo y el balance intersistémico, determinados por el intenso y sutil trabajo de la latencia. Es así
que mecanismos como la formación reactiva, el aislamiento y la desafectivización que en el caso de la
neurosis obsesiva general un claro empobrecimiento y debilitamiento del yo-, orientados al servicio de la
sublimación, favorecen el desarrollo y la ampliación yoica, la simbolización, autoestima y la inserción social.
LATENCIA TEMPRANA Y TARDIA
Dos momentos diferentes, ubicando aproximadamente entre los 8 años el cambio entre la primera y
segunda latencia, o latencia temprana y tardía.
El desenlace edipico inaugura un nuevo orden intrapsiquico (a partir de la interdicción y la operancia del
superyó) y esos primeros años sumen al latente en el trabajo psíquico de tratar de lograr el equilibro entre lo
prohibido y lo permitido, lo promovido y lo logrado, lo ansiado y lo posible, lo placentero y lo displacentero,
consciente de sus dificultades y sufrimientos y en estado casi de alerta continuo.
Ese carácter como de cuerpo extraño con el que vivencia al Superyó hace que dude de si la “voz que lo
ordena” viene de adentro o afuera, duda que se refuerza con las ordenes y prohibiciones que le imparten
nuevas figuras de autoridad, creándole un estado de relativa confusión.
La ambivalencia frente a los mandatos del Superyó se traduce en una oscilación entre acatamiento (con
vivencias de sumisión) y rebeldía (con sentimientos de culpa). El latente temprano tiene escasa tolerancia,
tanto para su crítica como para la crítica externa que, en general, provoca angustia, desaliento, pérdida de la
autoestima y, a veces, desborde afectivo.
Poder posponer se transforma en una meta anhelada, ya que sólo mediante la renuncia a la acción directa
que evite la descarga inmediata puede armonizar con el Superyó.
PODER “QUEDARSE QUIETO Punto de partida para acceder al aprendizaje por vía sublimatoria.
Inicialmente se instala la tendencia a la acción masturbatoria (consecuentemente las fantasías edípicas) y a
la descarga desorganizada. Implica una parcial vuelta hacia adentro del niño, que lo torna más reflexivo,
incrementándose paulatinamente el dialogo interiorizado y el fantasear.
Otro aspecto destacable de la primera etapa es lo referido a las prohibiciones que, derivadas del superyó e
impuestas desde las instituciones sociales, lo constriñen. Su contenido es predominantemente verbal y
auditivo. Los niños a esta edad comienzan ellos a establecer prohibiciones, a pares, hermanos o niños
menores, donde es claro el hacer activo lo sufrido pasivamente y la operancia del mecanismo de
identificación con el agresor. En otros caos, realiza limitaciones a adultos (principalmente a los padres),
como un intento de consolidar su identidad, identificado no con el agresor, sino ejerciendo derechos y
buscando un lugar que él también defina y lo identifique.
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LATENCIA TARDIA Caracterizada por una mayor fluidez, autonomía, continuidad y equilibrio de la
conducta, un menor sufrimiento consciente del temor al desborde y del surgimiento de angustia, así como
una progresiva operatoria del principio de realidad en la determinación de la conducta. Se incrementa el
fantasear; aparece con nitidez el ensueño diurno, se amplía el distanciamiento de los padres y lo familiar y
adquiere mayor importancia el grupo de pares.
La apariencia de Superyó más permisivo, conflictos menos severos o debilitamiento pulsional, es debido a la
consolidación de un Yo más efectivo en su accionar, dada la operancia fluida de las descargas sublimatorias
favorecidas por el accionar concurrente de las defensas conexas, que redirigen la pulsión, lo que implica
menor presión superyoica y decrece la emergencia de angustia. Esto sumado a sus nuevas capacidades
(motrices, de dominio, etc.).
En la temprana latencia, aparecen los monstruos amorfos y fantasmas; mientras que en la tardía toman
formas humanas, tratándose de brujas, magos, hipnotizadores, ladrones, incendiarios y es más frecuente la
presencia de otras figuras que se les oponen, como investigadores, policías, médicos.
CAPITULO III: DE LO OBSERVABLE A LO INFERIDO EN LO INTRASUBJETIVO
ACTIVIDAD MOTRIZ Y JUEGO
ASPECTOS COMPARTIDOS ENTRE NIÑAS Y NIÑOS
El clásico juego de roles que se despliega en la latencia revela la organización psíquica más compleja
alcanzada, el acceso al registro de lo simbólico, donde se pueden desplegar identificaciones transitorias con
los diversos personajes y sus interacciones, en un trama dramática (planteo, desarrollo y desenlace), en una
secuencia temporal que experimenta y discrimina, escenificando un tiempo que se historiza. El juego se
torna más organizado, compartido y socializado, desarrollándose la noción de limitaciones y reglas, así como
la competencia y la actitud cooperativa.
Tanto la actividad motriz como el juego varían entre la latencia temprana y tardía. Al comienzo, se notal que
el movimiento es expresión de alegría gozosa y placentera. Predomina la actividad motriz gruesa,
particularmente la de las piernas, como correr, pater la pelota, patinar, saltar y trepar, donde gravita más la
fortaleza que la habilidad; ejercitándose de una manera rítmica y normativa que revela el avance del control
yoico en la descarga, mostrando su carácter defensivo que lo acerca a lo patológico cuando se torna
repetitiva y compulsiva o fuera de lugar o momento.
Desde los 8 años en más, en su actividad motriz combina lo armónico con lo plástico, el desplazamiento y el
ingenio (por ejemplo, gambetear en el futbol); predominando más la habilidad que la fortaleza, y la
secuencia para la obtención de un logro sobre la repetitividad.
Estas actividades corporales de juego son una de las vías privilegiadas para la descarga energética pulsional
“neutralizada” y la evitación de la masturbación, a la vez que favorecen el desarrollo en otros sentidos, así
como la obtención de placer por el movimiento. Desde pequeños los niños tienen sensaciones placenteras
con los sacudimientos mecánicos del cuerpo de carácter rítmico. Como ejemplo, el hamacarse, y en la edad
en que se activa la fantasía (poco antes de la pubertad) suelen convertirlo en el núcleo de un simbolismo
refinadamente sexual. Sustituye en ellos el goce sexual por el placer del movimiento y circunscribe la
práctica sexual a uno de sus componentes autoeróticos.
La actividad motriz es un elemento central en la relación con pares, al punto que aquel que no participa es
dejado fuera del grupo, o aquellos menos hábiles son desconsiderados y/o descalificados.
Es frecuente que lo rítmico-corporal se asocie con elementos del lenguaje como cantos y rimas, que
contribuyen a la ligazón preconsciente entre fantasía y palabras, ampliando la capacidad simbólica y las
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cadenas asociativas, transmitiendo de generación en generación la tradición cultural que cristaliza fantasías
propias de este periodo.
En la media en que se asienta la utilización de la sublimación, se incrementan la capacidad simbólica, las
mediaciones preconscientes y se logra posponer la acción, el juego se complejiza y mediatiza, se proponen
estrategias, se combinan habilidades con el azar, se colabora con otros para un fin común (por operancia de
pulsiones de meta inhibida).
Cuando la capacidad investigativa y expresiva (tanto verbal como gestual o corporal) están más asentadas,
promediando la latencia, aparece el interés por adivinanzas y acertijos. En ambos se trata de desentrañar-
descubrir algo aludido, no explícitamente dicho, presente, pero encubierto, que remite al deseo de conocer-
saber sobre lo sexual aquello secreto, pero aludido, donde al afán investigativo manifiesto le subyace lo
latente prohibido, en contenido y formas propias del relativo encubrimiento, simbolización y
desplazamiento de la operancia del novedoso modo de funcionamiento psíquico. Similarmente podríamos
pensarlo para el juego de “dígalo con mímica” que suele aparecer más cercano a la pubertad.
Se produce un movimiento del uso de los juguetes a la práctica de juegos, actividades regladas y
compartidas, que escenifican el camino exogámico, las alternativas frente a la vida, en la sociedad, el
anudamiento de la problemática singular del sujeto. En este movimiento, el trabajo de la latencia actuó
proponiendo un uso del cuerpo en el que se eludiera el componente erótico manifiesto en su manipulación
o en el contacto con otros cuerpos. En la transición a lo puberal¸ reaparece la erotización del contacto,
disimulada en juegos tales como “el cuarto oscuro”.
PREFERENCIAS DE CADA SEXO
LA METAMORFOSIS DE LA PUBERTAD FREUD (228)
Con el advenimiento de la pubertad se introducen los cambios que llevan a la conformación normal
definitiva de la vida sexual infantil. La pulsión sexual autoerótica halla al objeto sexual.
Ahora es dada una nueva meta sexual; para alcanzarla, todas las pulsiones parciales cooperan, al par que las
zonas erógenas se subordinan al primado de la zona genital. El desarrollo de los sexos se separa mucho en lo
sucesivo.
Mujer → se presenta en ella hasta una suerte de involución.
Hombre → el más consecuente, y el más accesible a la comprensión.
La normalidad de la vida sexual es garantizada por la exacta coincidencia de las dos corrientes dirigidas al
objeto y a las metas sexuales: la tierna y la sensual. La primera de ellas reúne a lo que resta del temprano
florecimiento de la sexualidad infantil.
La nueva meta sexual consiste para el varón en la descarga de los productos genésicos. La pulsión sexual se
pone ahora al servicio de la función de reproducción. Para que esta trasmudación se logre con éxito, es
preciso contar con las disposiciones originarias y todas las peculiaridades de las pulsiones. Todas las
perturbaciones patológicas de la vida sexual se consideran inhibiciones del desarrollo.
EL PRIMADO DE LAS ZONAS GENITALES Y EL PLACER PREVIO
Lo esencial de los procesos de la pubertad es el crecimiento manifiesto de los genitales externos, que
durante el periodo de latencia había mostrado una relativa inhibición. Al mismo tiempo, el desarrollo de los
genitales internos lleva a la posibilidad de ofrecer o recibir productos genésicos para la gestación de un
nuevo ser. Queda listo un aparato que aguarda el momento de ser utilizado, que puede ser puesto en
marcha mediante estímulos alcanzables por tres caminos:
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Mundo exterior → excitación de las zonas erógenas.
Interior del organismo.
Vida anímica que a su vez constituye un repositorio de impresiones externas y un receptor de
excitaciones internas.
Por los tres caminos se produce un estado de excitación sexual. Se da a conocer por dos clases de signos:
Anímico → un peculiar sentimiento de tensión, de carácter en extremo esforzante.
Somático → alteraciones en los genitales, la preparación, el aporte para el acto sexual.
TENSIÓN SEXUAL: presentado por el estado de excitación. Tiene que conllevar el carácter de displacer,
debido a que entraña el esfuerzo de alterar la situación psíquica: opera pulsionalmente, lo cual es por
completo extraño a la naturaleza del placer sentido. Pero si la tensión se computa entre los sentimientos de
displacer, se tropieza con el hecho de que es experimentada inequívocamente como placentera. Siempre la
tensión producida por los procesos sexuales va acompañada de placer; aun en las alteraciones preparatorias
de los genitales puede reconocerse una suerte de sentimiento de satisfacción.
Sobre las zonas erógenas recae un importante papel en la introducción de la excitación sexual. La suma de
excitación de las zonas erógenas provoca una sensación de placer que pronto se refuerza con el que
proviene de las alteraciones preparatorias (de los genitales), por un lado, y, por el otro, un aumento de la
tensión sexual que se convierte en el más nítido displacer si no se le permite procurarse un placer ulterior. La
excitación sexual que reclama más placer.
LA TEORIA DE LA LIBIDO
LA LIBIDO Una fuerza susceptible de variaciones cuantitativas, que podría medir procesos y
transposiciones en el ámbito de la excitación sexual.
Al separar la energía libidinosa de otras clases de energía psíquica, damos expresión a la premisa de que los
procesos sexuales del organismo se diferencian de los procesos de nutrición por un quimismo particular.
Esta excitación sexual no es brindada solo por las partes gnésicas, sino por todos los órganos del cuerpo. Así
llegamos a la representación de un quantum de libido a cuya subrogación psíquica llamamos LIBIDO YOICA;
la producción de esta, su aumento o disminución, su distribución y su desplazamiento, están destinados a
ofrecernos la posibilidad de explicar los fenómenos psicosexuales observados.
Esta libido yoica solo se vuelve cómodamente accesible al estudio analítico cuando ha encontrado empleo
psíquico en la investidura de objetos sexuales, cuando se ha convertido en LIBIDO DE OBJETO. La vemos
concentrase en objetos, fijarse a ellos o abandonarlos, pasar de unos a otros y, a partir de estas posiciones,
guiar el quehacer sexual del individuo, el cual lleva a la satisfacción, la extinción parcial y temporaria de la
libido.
Además, la libido de objeto se mantiene fluctuante en particulares estados de tensión y, por último, es
recogida al interior del yo, con lo cual se convierte nuevamente en libido yoica. A esta ultima la llamamos
también LIBIDO NARCISISTA, se nos aparece como el reservorio desde el cual son emitidas las investiduras
de objeto y al cual vuelven a replegarse; y la investidura libidinal narcisista del yo, como el estado originario
realizado en la primaria infancia, que es solo ocultado por los envíos posteriores de la libido, pero se
conserva en el fondo tras ellos.
Una teoría de la libido en el campo de las perturbaciones neuróticas y psicóticas tendría como tara expresar
todos los fenómenos observados y los procesos descubiertos en los rminos de la economía libidinal. Los
destinos de la libido yoica de poseen la mayor importancia, en particular cuando se trata de explicar las
perturbaciones psicóticas más profundas. La dificultad reside en el hecho de que el psicoanálisis solo nos ha
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proporcionado noticia cierta sobre las mudanzas de la libido del objeto, pero no pudo separar claramente la
libido yoica de las otras energías que operan en el interior del yo.
Se renuncia a todo lo ganado gracias a la observación psicoanalítica cuando se disuelve el concepto de la
libido haciéndolo coincidir con el de una fuerza pulsional psíquica en general.
DIFERENCIACION ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER
Solo con la pubertad se establece la separación tajante entre el carácter masculino y femenino. En la niñez,
se reconocen disposiciones masculinas y femeninas; el desarrollo de las inhibiciones de la sexualidad
(vergüenza, asco, compasión) se cumple en una niña antes y con menores resistencias que en el varón.
Parece mayor en ella la inclinación a la represión sexual; toda vez que se insinúan claramente pulsiones
parciales de la sexualidad, adoptan de preferencia la forma pasiva. Pero la activación autoerótica de las
zonas erógenas es la misma en ambos sexos, lo que suprime en la niñez la posibilidad de una diferencia
entre los sexos como la que se establece en la pubertad. Con respecto a las manipulaciones sexuales
autoeróticas y masturbatorias, la sexualidad de la niña tiene un carácter enteramente masculino.
La bisexualidad es el factor decisivo en este aspecto, sin tenerla en cuenta difícilmente se llegará a
comprender las manifestaciones sexuales del hombre y la mujer como nos las ofrece la observación de los
hechos.
ZONAS RECTORAS EN EL HOMBRE Y LA MUJER
En la NIÑA, la zona erógena se sitúa en el clítoris, homologa a la zona genital masculina, el glande. Las
descargas espontaneas de estado de excitación sexual, tan comunes en la niña pequeña, se exteriorizan en
contracciones del clítoris; y las frecuentes erecciones del varón la trasfiere las sensaciones de sus propios
procesos sexuales.
La pubertad, que en el varón trae aparejado un gran empuje de la libido, se caracteriza para la muchacha por
una nueva ola de represión, que afecta a la sexualidad del clítoris. El refuerzo de las inhibiciones sexuales
proporciona después un estímulo a la libido del hombre, que se ve forzada a intensificar sus operaciones; y
junto con esto aumenta su sobrestimación sexual, que en su cabal medida solo tiene valimiento para la
mujer que se rehúsa, que desmiente su sexualidad. Cuando por fin el acto sexual es permitido, el clítoris es
excitado, y sobre él recae el papel de retransmitir esa excitación a las partes femeninas vecinas.
Toda vez que logra transferir la estimulabilidad erógena del clítoris a la vagina, la mujer ha mudado la zona
rectora para su práctica sexual posterior. El hombre la conserva desde la infancia. En este cambio y en la
oleada represiva de la pubertad residen las principales condiciones de la proclividad de la mujer a la
neurosis, en particular a la histeria. Estas condiciones se entraman, entonces, con la naturaleza de la
feminidad.
EL HALLAZGO DEL OBJETO
Desde el lado psíquico se consuma el hallazgo del objeto, preparado desde la temprana infancia. Cuando la
primerísima satisfacción sexual estaba todavía conectada con la nutrición, la pulsión sexual tenía un objeto
fuera del cuerpo propio: el pecho materno. Lo perdió solo cuando pudo formase la representación global de
la persona a quien pertenecía el órgano que le dispensaba satisfacción. Después la pulsión sexual pasa a ser
autoerótica, y solo una vez superado el periodo de latencia se restablece la relación originaria. El hallazgo
(encuentro) de objeto es propiamente un reencuentro.
OBJETO SEXUAL DEL PERIODO DE LACTANCIA
A lo largo del periodo de latencia, el niño aprende a amar a otras personas que remedian su desvalimiento y
satisfacen sus necesidades. El trato del niño con la persona que lo cuida para él es una fuente continua de
excitación y de satisfacción sexuales a partir de las zonas erógenas, y por el hecho de que esa persona por
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lo general, la madre- dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su vida sexual, lo acaricia, lo besa y lo
mece, y lo toma como sustituto de un objeto sexual de pleno derecho. La madre juzga su proceder como un
amor “puro”, asexual, y evita aportar a los genitales del niño más excitaciones que las indispensables para el
cuidado del cuerpo. Pro la pulsión sexual no es despertada por excitación de la zona genital; lo que llamamos
ternura infaliblemente ejercerá su afecto también sobre las zonas genitales. Si la madre conociera mejor la
gran importancia que tienen las pulsiones para la vida anímica, los logros éticos y psíquicos, se ahorraría los
autorreproches. Cuando enseña al niño a amar cumple su cometido, debe convertirse en un hombre íntegro,
dotado de una enérgica necesidad sexual, y consumar en su vida todo aquello hacia lo cual la pulsión empuja
a los seres humanos. Un exceso de ternura resultará dañino, pues apresurará su maduración sexual; y
también “malcriará” al niño, lo hará capaz de renunciar temporalmente al amor en su vida posterior, o
contentarse con un grado menor de este.
ANGUSTIA INFANTIL
Los niños se comportan desde temprano como si su apego por las personas que los cuidan tuviera la
naturaleza del amor sexual. La angustia no es más que la expresión de su añoranza por la persona amada,
por eso responden a todo extraño con angustia. Al estado de angustia tienden únicamente aquellos niños de
pulsión sexual hipertrófica, o prematuramente desarrollada, o suscitada de mimos excesivos.
El niño se comporta como el adulto: tan pronto como no puede satisfacer su libido, la muda en angustia; y
a la inversa, el adulto, cuando se ha vuelto neurótico por una libido insatisfecha, se porta en su angustia
como un niño: empezará a tener miedo apenas quede solo y a querer apaciguar su angustia con las medidas
más pueriles.
LA BARRERA DEL INCESTO
Cuando la ternura que los padres vuelcan sobre el niño ha evitado despertarle la pulsión sexual
prematuramente, y despertársela con fuerza tal que la excitación anímica se abra paso de manera
inequívoca hasta el sistema genital, aquella pulsión puede cumplir su cometido: conducir al niño, llegado a la
madurez, hasta la elección del objeto sexual. Lo más inmediato para el niño seria escoger como objetos
sexuales a las personas que desde su infancia ama, con una libido amortiguada. Pero con la maduración
sexual erige, junto a otras inhibiciones, la barrera del incesto e implanta los preceptos morales que excluyen
de la elección del objeto, por ser parientes consanguíneos, a las personas amadas de la niñez. El respecto de
esta barrara es una exigencia cultural de la sociedad: tiene que impedir que la familia absorba unos intereses
que le hacen falta para establecer unidades sociales superiores, y hecha a mano a todos los recursos para
aflojar los lazos que mantienen con su familia, los únicos decisivos de la infancia.
Pero la elección del objeto se consuma primero en la esfera de la representación; y es difícil que la vida
sexual del joven que madura pueda desplegarse en otro espacio de juego que el de las fantasías, o sea,
representaciones no destinadas a ejecutarse.
Contemporáneo al doblegamiento y la desestimación de estas fantasías incestuosas, se consuma uno de los
logros psíquicos más importantes, pero también más dolorosos, del periodo de la pubertad: el desasimiento
respecto de la autoridad de los progenitores, que crea la oposición entre la antigua y la nueva generación.
Un número de individuos se queda retrasado, hay personas que nunca superaron la autoridad de sus padres
y no les retiraron la ternura o lo hicieron de modo muy parcial. Son casi siempre muchachas: de tal suerte,
conservan plenamente su amor infantil más allá de la pubertad. A estas, en su posterior matrimonio, se les
ha quebrantado la capacidad de ofrendar a sus esposos lo que es debido. Pasan a ser esposas frías y
permanecen sexualmente anestésicas. Esto enseña que el amor de los padres, no sexual en apariencia, y el
amor sexual se alimentan de las mismas fuentes. El primero corresponde solamente a una fijación infantil de
la libido.
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En los psiconeuróticos, una gran parte de la actividad psicosexual para el hallazgo del objeto permanece en
el inconsciente. Para las muchachas con una exagerada necesidad de ternura, y un horror a los
requerimientos reales de la vida sexual, pasa a ser una tentación irresistible, por un lado, realizar en su vida
el ideal del amor sexual y, por el otro, ocultar su libido tras una ternura que pueden exteriorizar sin
autorreproches, conservando a lo largo de toda su vida la inclinación infantil, renovada en la pubertad, hacia
los padres o hermanos.
SOBRE LA SEXUALIDAD FEMENINA FREUD (15030)
Para la niña, la madre fue su primer objeto. La tarea de resignar la zona genital originariamente rectora, el
clítoris, por una nueva, la vagina, complica el desarrollo de la sexualidad femenina. Una segunda mudanza, el
trueque del objeto-madre originario por el padre.
La fase preedípica deja espacio para todas las fijaciones y represiones a que reconducimos la génesis de las
neurosis. El complejo de Edipo es el núcleo de la neurosis. La ligazón-madre deja conjeturar un nexo
particularmente íntimo con la etiología de la histeria. En esa dependencia de la madre se halla el germen de
la posterior paranoia de la mujer.
II
La intensa dependencia de la mujer respecto de su padre no es sino la heredera de una igualmente intensa
ligazón-madre, esta fase anterior tuvo una duración inesperada.
La bisexualidad, que según nuestra tesis es parte de la disposición {constitucional} de los seres humanos,
resalta con mucha mayor nitidez en la mujer que en el varón. Durante muchos años la vagina es como si no
estuviese, y acaso sólo en la época de la pubertad proporciona sensaciones. Lo que precede a la genitalidad
en la infancia, tiene que desenvolverse en la mujer en torno del clítoris. La vida sexual de la mujer se
descompone por regla general en dos fases, de las cuales la primera tiene carácter masculino; sólo la
segunda es la específicamente femenina.
Para el varón, la madre deviene el primer objeto de amor a consecuencia del influjo del suministro de
alimento y del cuidado del cuerpo, y lo seguirá siendo hasta que la sustituya un objeto de su misma esencia
o derivado de ella. También en el caso de la mujer tiene que ser la madre el primer objeto. Es que las
condiciones primordiales de la elección de objeto son idénticas para todos los niños. Pero al final del
desarrollo el varón-padre debe haber devenido el nuevo objeto de amor; vale decir: al cambio de vía sexual
de la mujer tiene que corresponder un cambio de vía en el sexo del objeto.
El inevitable destino del vínculo de simultáneo amor a uno de los progenitores y odio al rival se establece
sólo para el niño varón. Y luego es en este en quien el descubrimiento de la posibilidad de castración, como
se prueba por la vista de los genitales femeninos, impone la replasmación del complejo de Edipo, produce la
creación del superyó y así introduce todos los procesos que tienen por meta la inserción del individuo en la
comunidad de cultura. En esta asombrosa vía evolutiva ha sido justamente el interés genital narcisista, el de
la conservación del pene, el utilizado para limitar la sexualidad infantil.
En el varón resta como secuela del complejo de castración cierto grado de menosprecio por la mujer cuya
castración se ha conocido. A partir de ese menosprecio se desarrolla, en el caso extremo, una inhibición de
la elección de objeto y, si colaboran factores orgánicos, una homosexualidad exclusiva.
Muy diversos son los efectos del complejo de castración en la mujer. Ella reconoce el hecho de su
castración y, así, la superioridad del varón y su propia inferioridad, pero también se revuelve contra esa
situación desagradable. De esa actitud bi-escindida derivan tres orientaciones de desarrollo.
1. La primera lleva al universal extrañamiento respecto de la sexualidad. La mujercita, aterrorizada por la
comparación con el varón, queda descontenta con su clítoris, renuncia a su quehacer fálico y, con él, a
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la sexualidad en general, así como a buena parte de su virilidad en otros campos.
2. La segunda línea, en porfiada autoafirmación, retiene la masculinidad amenazada; la esperanza de
tener alguna vez un pene persiste hasta épocas increíblemente tardías, es elevada a la condición de fin
vital, y la fantasía de ser a pesar de todo un varón sigue poseyendo a menudo virtud plasmadora
durante prolongados períodos. Este «complejo de masculinidad» de la mujer puede terminar en una
elección de objeto homosexual manifiesta.
3. Sólo un tercer desarrollo, que implica rodeos, desemboca en la final configuración femenina que toma
al padre como objeto y así halla la forma femenina del complejo de Edipo. El complejo de Edipo es en
la mujer el resultado final de un desarrollo más prolongado; no es destruido por el influjo de la
castración, sino creado por él; escapa a las intensas influencias hostiles que en el varón producen un
efecto destructivo, e incluso es frecuentísimo que la mujer nunca lo supere.
Uno observado desde tiempo atrás: muchas mujeres que han escogido a su marido según el modelo del
padre o lo han puesto en el lugar de este repiten con él, sin embargo, en el matrimonio, su mala relación con
la madre. Él debía heredar el vínculo-padre y en realidad hereda el nculo-madre. Se lo comprende con
facilidad como un evidente caso de regresión. El vínculo-madre fue el originario; sobre él se edificó la
ligazón-padre, y ahora en el matrimonio sale a la luz, desde la represión, lo originario.
Mecanismos que se han vuelto eficaces para el extrañamiento del objeto-madre, amado de manera tan
intensa como exclusiva:
En primera línea han de nombrarse aquí los celos hacia otras personas, hermanitos, rivales entre quienes
también el padre encuentra lugar. El amor infantil es desmedido, pide exclusividad, no se contenta con
parcialidades. Ahora bien, un segundo carácter es que este amor carece propiamente de meta, es incapaz de
una satisfacción plena, y en lo esencial por eso está condenado a desembocar en un desengaño y dejar sitio
a una actitud hostil.
Otro motivo resulta del efecto del complejo de castración sobre la criatura sin pene. En algún momento la
niña pequeña descubre su inferioridad orgánica, desde luego antes y más fácilmente cuando tiene hermanos
o hay varoncitos en su cercanía. Enunciamos ya las tres orientaciones que se abren entonces:
1. la suspensión de toda la vida sexual;
2. la porfiada hiperinsistencia en la virilidad
3. los esbozos de la feminidad definitiva.
La prohibición de masturbarse se convierte en la ocasión para dejar de hacerlo, pero también es motivo
para rebelarse contra la persona prohibidora, vale decir, la madre o su sustituto. La porfía en la
masturbación parece abrir el camino hacia la masculinidad. Aun en los casos en que la niña no logró sofocar
la masturbación, el efecto de la prohibición en apariencia ineficaz se muestra en su posterior afán de librarse
a costa de cualquier sacrificio de esa satisfacción que la hace padecer. El rencor por haberle impedido el libre
quehacer sexual desempeña un gran papel en el desasimiento de la madre. Al final de esta primera fase de
la ligazón-madre emerge como el más intenso motivo de extrañamiento de la hija respecto de la madre el
reproche de no haberla dotado de un genital correcto, de haberla parido mujer.
Repasemos toda la serie de las motivaciones que el análisis descubre para el extrañamiento respecto de la
madre: omitió dotar a la niñita con el único genital correcto, la nutrió de manera insuficiente, la forzó a
compartir con otro el amor materno, no cumplió todas las expectativas de amor y, por último, incitó primero
el quehacer sexual propio y luego lo prohibió. La ligazón-madre tiene que irse a pique (al fundamento)
justamente porque es la primera y es intensísima.
III
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Las metas sexuales de la niña junto a la madre son de naturaleza tanto activa como pasiva, y están
comandadas por las fases libidinales que atraviesan los niños. Es fácil observar que en todos los ámbitos del
vivenciar anímico, no sólo en el de la sexualidad una impresión recibida pasivamente provoca en el niño la
tendencia a una reacción activa. Intenta hacer lo mismo que antes le hicieron o que hicieron con él. El juego
infantil es puesto al servicio de este propósito de complementar una vivencia pasiva mediante una acción y
cancelarla de ese modo, por así decir. Si el doctor hace abrir la boca al niño renuente para examinar su
garganta, luego que él se aleje el niño jugará al doctor y repetirá el violento procedimiento en un hermanito
tan desvalido frente a él como él lo estuvo frente al doctor. No en todos los niñosse da con igual regularidad
y energía esa alternancia de la pasividad a la actividad, y en muchos puede faltar. De esta conducta del niño
se puede extraer una inferencia acerca de la intensidad relativa de la masculinidad y feminidad que habrá de
mostrar en su sexualidad.
Las primeras vivencias sexuales y de tinte sexual del niño junto a la madre son desde luego de naturaleza
pasiva. Es amamantado, alimentado, limpiado, vestido por ella, que le indica todos sus desempeños. Una
parte de la libido del niño permanece adherida a estas experiencias y goza de las satisfacciones conexas; otra
parte se ensaya en su re-vuelta a la actividad. Primero, en el pecho materno, el ser-amamantado es relevado
por el mamar activo. En los otros vínculos, el niño se contenta con la autonomía, o sea, con el triunfo de
ejecutar él mismo lo que antes le sucedió, o con la repetición activa de sus vivencias pasivas en el juego.
La niña casi siempre cumple esos deseos activos de manera indirecta, en el juego con la muñeca, donde ella
misma figura a la madre como la muñeca al nene.
La actividad sexual de la niña hacia la madre, tan sorprendente, se exterioriza siguiendo la secuencia de
aspiraciones orales, sádicas y, por fin, hasta fálicas dirigida a aquella. Hallamos los deseos agresivos orales y
sádicos en la forma a que los constriñó una represión prematura: como angustia de ser asesinada por la
madre, a su vez justificatoria del deseo de que la madre muera, cuando este deviene consciente.
En el estadio sádico-anal la intensa estimulación pasiva de la zona intestinal es respondida por un estallido
de placer de agredir, que se da a conocer de manera directa como furia o, a consecuencia de su sofocación,
como angustia. Esta reacción parece agotarse en años posteriores.
Entre las mociones pasivas de la fase fálica, se destaca que por regla general la niña inculpa a la madre como
seductora, ya que por fuerza debió registrar las primeras sensaciones genitales, o al menos las más intensas,
a raíz de los manejos de la limpieza y el cuidado del cuerpo realizados por la madre A la niña le gustan esas
sensaciones y pide a la madre las refuerce mediante repetido contacto y frote. Al tiempo que se cumple el
extrañamiento respecto de la madre, se trasfiere al padre la introducción en la vida sexual. En la fase fálica
sobrevienen por último intensas mociones activas de deseo dirigidas a la madre. El quehacer sexual de esta
época culmina en la masturbación en el clítoris, a raíz de la cual es probable que sea representada la madre.
Ahora queda expedito para la niña el camino hacía el desarrollo de la feminidad, en tanto no lo angosten los
restos de la ligazón-madre preedípica superada.
ADOLESCENCIA: TIEMPO DE TRANSGRESIÓN” (7909) DIMOV
ADOLESCENCIA: desde la psicología del desarrollo se la entiende en los términos de un trabajo psíquico, un
nuevo conflicto para el psiquismo y sus consecuencias no se manifiestan exactamente igual en todos.
El lazo que une al niño con su familia suele ser firme por un tiempo prologado, hasta que de repente ese lazo
comienza a experimentar sacudidas que se hacen más frecuentes. Se suceden pequeñas o grandes tensiones
cotidianas que pronuncian la irrupción de la adolescencia.
Eso que irrumpe es un cuerpo torpe, risa a destiempo, extravagancia, respuestas inoportunas y
desmesuradas, mutismo fastidioso y obstinado, desconsideración, pereza, despreocupación, pereza,
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despreocupación, higiene dudosa, desprolijidad, jerga incomprensible, actitudes descalificatorias,
adhesiones fanáticas a modas insólitas.
Desde el punto de vista psíquico lo que irrumpe y aparece como en exceso son las pulsiones sexuales,
brotan con intensidad desmedida demandando un objeto para su satisfacción. Aun así algo detiene esta
segunda oleada sexual.
En la pubertad, con el rebrote de la actividad sexual, se reactivan las aspiraciones sexuales inconscientes de
la infancia, ocasionado tanto la reactualización de la problemática edípica como la reedición correlativa del
complejo de castración y las aspiraciones inconscientes reciben ahora un “refuerzo somático” que los
convierte en fuente de angustia; la fantasía Icc donde están condensadas aspiraciones incestuosas, es vivida
como fuente de peligro en la medida en que aparece la posibilidad de su concreción efectiva, pues ahora se
dispone de los medios para ello.
Las fantasías Icc están teñidas por aspiraciones sexuales infantiles renovadas. La masturbación, actividad
sexual prototípica de la pubertad, constituye un modo de no querer saber nada respecto de una nueva
elección de objeto.
La posibilidad de asunción de una posición sexuada y la consiguiente elección de objeto sexual (el
reencuentro del objeto) están en gran medida determinadas por las identificaciones que sobrevinieron como
corolario del complejo de Edipo. A los adolescentes se les plantea entonces el dilema de desprenderse del
objeto incestuoso al que se dirigen sus aspiraciones sexuales dado que se trata de un objeto prohibido por la
Ley del Padre. Se impone hallar un objeto exogámico, para lo cual es necesario extrañarse del grupo familiar.
El adolescente se encuentra doblemente entramado: por imperio de la ley paterna debe desasirse, pero
pierde el objeto de sus aspiraciones sexuales, por el contrario si permanece atado a los lazos familiares se
problematiza su posibilidad de acceder a la exogamia y a la cultura. La conflictiva se despliega en una escena
psíquica en la que la ley del padre, ley simbólica, se ha inscripto como huella de una prohibición que designa
a un objeto como imposible. Se demanda al púber abandonar un objeto que se empeña en retenerlo.
El malestar inherente a la cultura es consecuencia de esta imposibilidad que opera como límite entre lo
permitido y lo prohibido.
La renuncia al objeto al que se dirigen las aspiraciones sexuales conlleva la pérdida del mundo infantil bajo el
amparo de los padres, significa hacerse cargo de sí mismo.
El modo característico de separación es por la vía de la diferencia. Diferenciarse de aquello que había
operado como incuestionable, el saber y el poder de los padres. Pone en cuestión todo el mundo adulto. Ese
cuestionamiento del saber y el poder es lo que hace posible la caída del objeto incestuoso y emerger de la
familia. Esto le permitirá instituir otro objeto como relevo del objeto prohibido. Esta sustitución presupone
una operación psíquica por la cual se habrá producido una escisión en el yo tal que posibilite el
reconocimiento de dos juicios:
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La castración materna
Posibilidad de muerte del padre.
El reconocimiento de estos dos juicios (bajo la forma de negación) importa un proceso doloroso de
desprendimiento: la emergencia de conductas contradictorias en el adolescente es altamente indicativa del
conflicto estructural que las determina. En este momento la vida está atravesada por el par de opuestos
“dependencia/independencia”. Ej.: sujeto que sale y no avisa. El hijo se cree grande los padres esperan el
llamado. La antigua dependencia sigue en pie pero invertida, ahora son los padres (de) pendientes de la llegada
del hijo. El sujeto y su familia oscilaran en torno a posiciones como la anterior. Es una etapa caracterizada por la
ambivalencia (amor/odio a los progenitores).
Para los padres el pasaje del hijo a la exogamia reactualiza de alguna manera su propia conflictiva adolescente
que de acuerdo a como se tramito determina una mayor o menor plasticidad para acompañar las
transformaciones del hijo y de la familia toda. Momento que confronta a los padres con la proximidad del
envejecimiento.
La transgresión a lo instituido por el mundo adulto es casi el modo privilegiado de acceso a la diferencia y a la
separación. Una excesiva “comprensión” de las conductas adolescentes tiende a neutralizar la brecha
generacional. Un adolescente demasiado comprendido no encuentra facilitado el camino para instituir algo de la
diferencia, lo transgresivo se diluye y pierde su carácter de tal. Por eso vale la pena preguntarse si lo que está
básicamente en juego es la necesidad de mayor comprensión Quizás necesitan la confirmación de esa
diferencia, de la transgresión.
Los códigos comunicacionales son diferentes: lenguaje hermético y casi monosílabo, representa una forma de
generar un espacio propio, privado y diferente.
Sin saberlo, los adolescentes pretenderían corroborar q los adultos siguen siendo indestructibles y
todopoderosos como se los percibiría en la primera infancia. Lo transgresivo está al servicio de la diferencia y la
separación., de modo de no transgredir la ley de prohibición del incesto (“no te acostaras con tu madre” y a ella
“no reintegrarás tu propio producto”).
La transgresión conlleva la posibilidad de sanción familiar o social. Esta búsqueda de castigo tiene como función
la de suministrar argumento a la necesidad de recobrar al niño aún bajo el modo de portarse mal (carácter
contradictorio de conductas adolescentes)
Las fantasías Icc operan con fuerza sobre la base edípica. Tanto las aspiraciones sexuales dirigidas a ese objeto
prohibido por la ley paterna como el deseo de matar al rival son ocasión para la emergencia del sentimiento de
culpa inconsciente. La culpa seria previa al hecho transgresivo, el castigo subsiguiente a este, aplaca aquella. Un
lazo familiar excesivamente rígido no favorece el proceso de desprendimiento. Un excesivo empeño en aparecer
diferente es indicio de dificultades para lograr el desasimiento.
En la antigüedad la comunicación intervenía activamente para facilitar el tránsito de la endogamia a la
exogamia, de hecho las prácticas religiosas de la antigüedad estaban relacionadas a la regulación de lo social,
instituyendo legalidades que fortalecían el tejido comunitario.
En la actualidad (racionalidad científica por religión) no se observan prácticas de la comunidad que provean
alguna forma de sostén imaginario-simbólico, facilitadoras del tránsito hacia la exogamia.
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Se plantea hipótesis: la adopción de conductas modos y actitudes de forma más transgresiva respondería quizás
a la necesidad de diferenciarse de un mundo adulto que no parece acompañar el proceso de desprendimiento.
Por ejemplo: modelo neoliberal no facilita el acceso de jóvenes al mercado laboral, no responsabilidades,
prolongación de la adolescencia.
Aportes de Winnicott
Llamó la atención sobre el papel que les toca cumplir a quienes están en relación con adolescentes,
especialmente los de conductas antisociales. Tales conductas suelen ser prototípicas cuando se ha sufrido
alguna forma de “deprivación” (necesitó y no tuvo) debido a una falla ambiental; se trata de niños y
adolescentes que disfrutaron de “una buena experiencia temprana que se ha perdido” y cuyas conductas
antisociales constituyen la manifestación de una esperanza y de reclamo: que la sociedad les devuelva eso que
perdieron (el amor y cuidados que perdieron).
Secuencia:
Experiencia buena con el objeto en los primeros tiempos de la vida.
Depravación de esa experiencia que el bebé percibe como debida a una falla ambiental.
Tendencia antisocial: robos, destructividad, violencia.
Hace hincapié sobre el papel de los adultos. Parte de suponer que en las vicisitudes tempranas de las relaciones
de objeto estos niños fueron deprivados del objeto cuando no se habían fusionado en el yo los impulsos
destructivos con los libidinales, niños que no lograron hacer la experiencia de destrucción psíquica de objeto y
de la posterior constatación de su supervivencia. El trabajo a realizar consiste en que el adulto debe “ofrecerse”
a ser destruido demostrando que puede sobrevivir a los ataques.
Los modos de volverse adolescente y de transitar esta etapa están atravesados por los demás discursos, por las
prácticas y condiciones particulares correspondientes a un determinado contexto socio-cultural.
Adolescente: inmadurez paso del tiempo y madurez. Es un elemento esencial de la salud en la adolescencia.
Adolescencia es algo más que la pubertad física, aunque en gran medida se basa en ella. Implica crecimiento,
exige tiempo.
Adolescencias y el malestar en la cultura (12041) Sánchez
“Un individuo joven sale de la adolescencia cuando la angustia de sus padres no le produce ningún efecto
inhibidor” Dolto.
EL CONCEPTO DE ADOLESCENCIA
Los conceptos de adolescencia, como de infancia o vejez, corresponden a una construcción social, histórica y
cultural por lo tanto son diferentes en cada sociedad y en cada época.
La adolescencia se configura a partir de los cambios sociales que produjo la Rev. Industrial. Esta como campo de
estudio se constituye dentro de la Psicología Evolutiva a finales del siglo XIX.
Freud escribe en 1905 La Metamorfosis de la Pubertad, donde plantea intensos cambios, algunos se refieren a la
relación con los padres y también a la búsqueda de un objeto de amor.
Dolto 1992 considera que la adolescencia en nuestra cultura implica una verdadera mutación, considerándola
como un segundo nacimiento q impulsa la búsqueda de una nueva identidad.
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A pesar de que se habla de adolescencia, es conveniente destacar que no implica una manera de ser universal,
los adolescentes no son todos iguales. No es conveniente establecer una relación causal entre los
acontecimientos que pudieran suceder en una relación lineal causa-efecto, entre los acontecimientos que
pudieran suceder en una época o cultura determinada y los efectos en los sujetos adolescentes porque una
multiplicidad de factores inciden en la constitución subjetiva. Se considera que la adolescencia se inicia con la
pubertad caracterizada por importantes modificaciones biológicas universales: se producen cambios
hormonales, y se desarrollan los caracteres sexuales secundarios.
La adolescencia es un proceso psicosociológico que se acompaña de una reestructuración del psiquismo, es un
tiempo de vacilación y reposicionamiento subjetivo, de conmoción de las identificaciones, de cambios a nivel
cognitivo e intelectual y en el status social.
LOS ADOLESCENTES EN NUESTRA CULTURA
En la actualidad han cambiado los modelos y los pases de entrada a la vida adulta, se visualizan algunos
indicadores:
Un inicio más temprano.
Una prolongación de la adolescencia.
Un requerimiento social de mayor permanencia en el sistema educativo.
Un retraso en la inserción sociolaboral.
En la conformación de la familia propia.
Así se impone una cultura juvenil globalizada como un sistema de significaciones, concepciones valores y normas
desde las cuales los jóvenes y adultos interpretan su vida cotidiana. La idealización del cuerpo adolescente, un
cuerpo siempre juvenil se ha tornado un objeto de consumo con la consecuente desmentida del paso del tiempo
y la negación de la muerte. Estas significaciones proponen un modo de ser” que propaga por los medios de
comunicación que han contribuido a crear otra realidad, la “realidad virtual”. El avance tecnológico posibilita al
sujeto experimentar múltiples sensaciones, pero fundamentalmente un incremento de lo visual, también facilita
el acceso a todo tipo de contenidos: educativos, sexuales, artísticos, quedando los adolescentes expuestos a una
hiperestimulación, donde el ver y el mostrar han tomado un lugar preponderante.
En cuanto al tiempo los cambios son vertiginosos, lo que hoy es novedad mañana resulta obsoleto. Es una
cultura de lo instantáneo, del presente, de la rápida sustitución de los objetos, que no condice con el tiempo
necesario para la elaboración de la pérdida y la resignificación. Paradójicamente hay un deseo de pertenencia,
de que el tiempo no pase, que vemos plasmado en el ideal de la “eterna juventud”.
El mercado invita a consumir ofreciendo una variedad de objetos con la promesa de que pueden calmar,
completar, valorizar, dar felicidad en suma, crean la ilusión de que se puede SER a través de TENER. Esto incide
en algunos adolescentes por el padecimiento a un objeto ya sea comida, droga, alcohol, que da como resultado
conductas adictivas, impulsivas, de descarga donde el acto no se puede frenar. La posesión de objetos no exime
del malestar en una cultura hedonista que exige estar eufórico, o divertido, tener una sexualidad a pleno y ser
exitoso.
La angustia que opera como telón de fondo en el proceso adolescente es paliada por el amigo del alma o bien el
grupo de pares que van a oficiar de protectores y soportes identificatorios. El grupo sostiene y protege al
adolescente de los adultos, de otros adolescentes y hasta de mismo. En distintos momentos la reunión de
pares ha tomado distintas nominaciones pandilla, barra y en la actualidad las tribus urbanas (cumbieros, emos,
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floggers, entre otras). Son grupos de adolescentes que se aglutinan en torno a algún rasgo que los identifica
como la preferencia por un tipo de música, convicciones de tipo social, creencias de carácter místico o religioso.
La tribu permite un juego de identificaciones con el o los miembros idealizados. Freud planteo que el líder que
encarna un ideal une a quienes se han identificado con él y al mismo tiempo se han identificado entre , estas
relaciones están implicadas elecciones de objeto de tipo narcisista donde se exalta lo igual, lo conocido, lo
mismo. Las convicciones compartidas con el grupo se ven reforzadas otorgando una sensación de seguridad de
seguridad y de superioridad sobre los “otros” q no forman parte del grupo.
EL TRABAJO PSIQUICO EN LA ADOLESCENCIA
Hay un trabajo de reestructuración del psiquismo que no depende la maduración biológica y que confronta con
el adolescente con:
Cambios corporales.
Desasimiento de la autoridad de los padres.
La elección de un objeto sexual y el ejercicio de la genitalidad.
Podríamos sintetizar en los siguientes interrogantes las cuestiones principales a las que se deberá dar respuesta
en la adolescencia para poder plasmarlas en un proyecto identificatorio:
¿QUIEN SOY?
¿QUE QUIERO HACER?
¿QUE QUIERO TENER?
Los cambios corporales de la pubertad pueden ser vivenciados como ruptura, trauma que desestabiliza la
imagen que tenía el niño o la niña; ahora el espejo le devuelve q es otro/a y puede sentirse extraño en su propio
cuerpo, esto marca un antes y un después. La adolescencia obliga a enfrentarse con ciertos límites que al
principio tienen que ver con lo corporal, tal vez la estatura o la contextura física no son las deseadas y esto
implique una renuncia vocacional.
El adolescente se encuentra en una lucha emocional de urgencia e inmediatez, ya que su libido está a punto de
desligarse de los padres para catectizar nuevos objetos, por esa razón considera que son inevitables el duelo por
los objetos del pasado y el enamoramiento.
Este proceso de desilusión, por un lado, modifica los imaginarios parentales. Los padres no son como se los creía
y a partir de ahora podrán ser considerados en sus virtudes, defectos; por otro, deja abierta la posibilidad de la
creación de otros sustitutos ideales del yo que ocuparan el lugar vació que dejaron los objetos originarios. La
instancia del ideal del yo se va a reestructurar en la adolescencia y requiere de la renuncia a la omnipotencia y al
delirio de grandeza, característicos del narcisismo infantil.
Los ideales orientaran al yo y también serán su medida, pudiendo conformarse como bellas utopías o tener un
tinte dramático y mortífero.
También sabemos que las fallas en la constitución del narcisismo, tanto por exceso de presencia como de
ausencia, dan como resultado sensaciones de vació u dificultades en el plano simbólico. Entonces crecer y lograr
la autonomía es poder elegir, decidir acerca del futuro, reconocer los propios deseos y correr los riesgos de
llevarlos a cabo, pudiendo responsabilizarse tanto de sus éxitos como de sus fracasos.
DEPRIVACION Y DELINCUENCIA, LA TENDENCIA ANTISOCIAL WINNICOTT (364)
La adolescencia es un periodo de descubrimiento personal, en el que cada individuo participa de manera
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comprometida en una experiencia de vida, un problema concerniente al hecho de existir y al establecimiento de
la identidad.
La única cura” es la maduración que, combinada con el paso del tiempo, produce el surgimiento de la persona
adulta. No se puede apresurar, aunque si se lo puede forzar y destruir, o deteriorar desde adentro cuando el
individuo padece de una enfermedad psiquiátrica.
Durante esta fase el niño o niña debe hacer frente a cambios importantes, relacionados con la pubertad;
adquiere capacidad sexual y aparecen manifestaciones sexuales secundarias. El modo en que el adolescente
afronta estos cambios y las angustias que ellos generan se basa, en grado considerable, en una pauta organizada
en su temprana infancia, de rápido crecimiento físico y emocional: el complejo de Edipo.
El niño sano llega a la adolescencia equipado con un método personal para habérselas con nuevos sentimientos,
tolerar la desazón y rechazar o apartar situaciones que le provoquen una angustia insoportable. Ciertas
características y tendencias individuales también derivan de experiencias vividas durante la temprana infancia y
niñez; son pautas residuales de enfermedad asociadas al fracaso en el manejo de los sentimientos propios de
los dos primeros años de vida. Las pautas formadas incluyen muchos elementos inconscientes y no pocas cosas
que el niño ignora porque aún no las ha vivenciado.
IMPORTANCIA DEL AMBIENTE Gran parte del trabajo de un psiquiatra concierne a problemas relacionados
con fallas ambientales producidas en alguna etapa de la vida. Podemos dar por sentado que la mayoría de los
adolescentes viven en un ambiente suficientemente bueno. La mayoría de ellos alcanzan la edad adulta. Aun
con un ambiente que facilite los procesos de maduración, tendrán que superar muchos problemas personales y
fases difíciles.
EL AISLAMIENTO DEL INDIVIDUO
El adolescente es un ser aislado. Son las relaciones individuales las que con el tiempo lo conducen a la
socialización. El adolescente repite la lucha del bebé, que es un ser aislado hasta que puede afirmar su
capacidad de relacionarse con objetos que escapan al control mágico. El infante adquiere la capacidad de
reconocer y acoger estos objetos que no forman parte de él.
El adolescente primero debe poner a prueba sus relaciones sobre objetos subjetivos. De ahí que los grupos de
adolescentes parezcan aglomeraciones de individuos aislados que intentan formar un conjunto mediante la
adopción de ideas, ideales, modos de vestir, etc. Una agrupación reactiva que cesa al terminar la persecución.
No es satisfactoria, porque carece de dinámica interna.
Este fenómeno de aislamiento y la necesidad de asociarse basándose en los intereses mutuos imprimen una
matiz especial a las experiencias sexuales de los adolescentes más jóvenes. Pasan por un largo periodo de
incertidumbre acerca de si llegarán a tener impulsos sexuales.
Masturbación compulsiva puede ser un esfuerzo reiterado por liberarse del sexo, más que una forma de
experiencia sexual. Un intento de abordar un problema puramente fisiológico que se torna apremiante, antes de
empezar a comprender a fondo el significado de lo sexual.
Actividades heterosexuales u homosexuales compulsivaspueden servir para liberar la tensión sexual cuando
aún no se ha adquirido la capacidad de unión entre dos seres humanos completamente desarrollados. Es más
probable que esta unión aparezca primero en el juego sexual con meta inhibida, o bien en una conducta
afectuosa que haga hincapié en la dependencia o interdependencia.
Nos hallamos ante una pauta personal que aguarda el momento oportuno para unirse a los nuevos desarrollos
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