
Freud admite un fenómeno de exclusión para el cual el término Verwerfung
parece válido, y que se distingue de la Verneinung, la cual se produce en una
etapa muy ulterior. Puede ocurrir que un sujeto rehúse el acceso, a su mundo
simbólico, de algo que sin embargo experimentó, y que en esta oportunidad no
es ni más ni menos que la amenaza de castración. Toda la continuación del
desarrollo del sujeto muestra que nada quiere saber de ella, Freud lo dice
textualmente, en el sentido reprimido.
Lo que cae bajo la acción de la represión retorna, pues la represión y el retorno
de lo reprimido no son sino el derecho y el revés de una misma cosa. Lo
reprimido siempre está ahí, y se expresa de modo perfectamente articulado en
los síntomas y en multitud de otros fenómenos. En cambio, lo que cae bajo la
acción de la Verwerfung tiene un destino totalmente diferente.
Todo lo rehusado en el orden simbólico, en el sentido de la Verwerfung,
reaparece en lo real.
Se trata, como saben, del Hombre de los lobos, quien no deja de dar fe de
tendencias y propiedades psicóticas, como lo demuestra la breve paranoia que
hará entre el final del tratamiento de Freud y el momento en que es retornado a
nivel de la observación. Pues bien, que haya rechazado todo acceso de la
castración, aparente sin embargo en su conducta, al registro de la función
simbólica, que toda asunción de la castración por un yo (Je) se haya vuelto
imposible para él, tiene un vínculo muy estrecho con el hecho de haber tenido
en la infancia una breve alucinación de la cual refiere detalles muy precisos.
La escena es la siguiente. Jugando con su cuchillo, se había cortado el dedo,
que sólo se sostenía por un pedacito de piel. El sujeto relata este episodio en un
estilo que está calcado sobre lo vivido. Parece que toda localización temporal
hubiese desaparecido. Luego se sentó en un banco, junto a su nodriza, quien es
precisamente la confidente de sus primeras experiencias, y no se atrevió a
decírselo. Cuán significativa es esta suspensión de toda posibilidad de hablar; y
justamente a la persona a la que le contaba todo, y especialmente cosas de este
orden. Hay aquí un abismo, una picada temporal, un corte de la experiencia,
después de la cual resulta que no tiene nada, todo terminó, no hablemos más de
ello. La relación que Freud establece entre este fenómeno y ese muy especial
no saber nada de la cosa, ni siquiera en el sentido de lo reprimido, expresado en
su texto, se traduce así: lo que es rehusado en el orden simbólico, vuelve a
surgir en lo real.
Hay una estrecha relación entre, por un lado, la denegación y la reaparición en
el orden puramente intelectual de lo que no está integrado por el sujeto; y por
otro lado, la Verwerfung y la alucinación, vale decir la reaparición en lo real
de lo rehusado por el sujeto. Hay ahí una gama, un abanico de relaciones.
¿Qué está en juego en un fenómeno alucinatorio? Ese fenómeno tiene su fuente
en lo que provisoriamente llamaremos la historia del sujeto en lo simbólico. El