RESUMEN
SEMINARIO 3: LAS PSICOSIS.
JACQUES LACAN.
INTRODUCCIÓN A LA CUESTIÓN DE LA PSICOSIS.
I. INTRODUCCIÓN A LA CUESTIÓN DE LAS PSICOSIS.
Comienza, este año, la cuestión de las psicosis.
Digo la cuestión, porque no puede hablarse de entrada del tratamiento de
las psicosis, como en un principio les comunicó una primera nota, y todavía
menos del tratamiento de las psicosis en Freud, pues nunca habló de ello,
salvo de manera totalmente alusiva.
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En lo que se hizo, en lo que se hace, en lo que se está haciendo en lo tocante al
tratamiento de las psicosis, se aborda mucho más fácilmente las esquizofrenias
que las paranoias, el interés por ellas es mucho más vivaz, se espera mucho de
sus resultados. ¿Por qué en cambio para la doctrina freudiana la paranoia es la
que tiene una situación algo privilegiada, la de un nudo, aunque también la de
un núcleo resistente?
Por supuesto, Freud no ignoraba la esquizofrenia. Se interesó de entrada y
esencialmente en la paranoia. Freud traza una línea de división de las aguas,
si me permiten la expresión, entre por un lado la paranoia, y por otro, todo
lo que le gustaría, dice, que se llamase parafrenia, que corresponde con
toda exactitud al campo de las esquizofrenias. Esta es una referencia
necesaria para la comprensión de lo que diremos luego: para Freud el
campo de las psicosis se divide en dos.
A comienzo del siglo XIX la paranoia en la psiquiatría alemana, recubría casi
íntegramente todas las locuras: el sesenta por ciento de los enfermos de los
asilos llevaba la etiqueta de paranoia. Todo lo que llamamos psicosis o locura
era paranoia.
En Francia, la palabra paranoia, en el momento en que fue introducida en la
nosología fue identificada con algo fundamentalmente diferente. Un paranoico
un paranoico era un malvado, un intolerante, un tipo con mal humor, orgullo,
desconfianza, susceptibilidad, sobrestimación de mismo. Esta característica
era el fundamento de la paranoia; cuando el paranoico era demasiado paranoico,
llegaba a delirar.
Como todo perverso, podía ocurrir que el paranoico pasara los límites, y cayese
en esa horrenda locura, exageración desmesurada de los rasgos de su enojoso
carácter.
Clérambault concepción organicista extrema de la psicosis.
El gran secreto del psicoanálisis es que no hay psicogénesis.
A través de este repaso, deben haber reconocido ya los tres órdenes cuya
necesidad para comprender cualquier cosa de la experiencia analítica siempre
les machaco: a saber, lo simbólico, lo imaginario y lo real.
Lo imaginario es sin duda guía de la vida para todo el campo animal. Si la imagen
juega también un papel capital en el campo que es el nuestro, es un papel que
ha sido revisado, refundido, reanimado de cabo a rabo por el orden simbólico.
La imagen está siempre más o menos integrada a ese orden, que, se los
recuerdo, se define en el hombre por su carácter de estructura organizada.
¿Qué diferencia hay entre lo que es del orden imaginario o real y lo que es
del orden simbólico? En el orden imaginario, o real, siempre hay un más y
un menos, un umbral, un margen, una continuidad. En el orden simbólico
todo elemento vale en tanto opuesto a otro.
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Ya que se trata del discurso, del discurso impreso del alienado, es manifiesto
entonces que estamos en el orden simbólico. Ahora, ¿cuál es el material mismo
de ese discurso? ¿A qué nivel se despliega el sentido traducido por Freud?
¿Dónde se toman prestados los elementos de nominación de ese discurso? De
manera general, el material, es el propio cuerpo.
La relación con el propio cuerpo caracteriza en el hombre el campo, a fin de
cuentas reducido, pero verdaderamente irreductible, de lo imaginario.
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Es clásico decir que en la psicosis, el inconsciente está en la superficie, es
consciente. Por ello incluso no parece producir mucho efecto el que esté
articulado. Desde esta perspectiva, en sí misma asaz instructiva, podemos
señalar de entrada que, como Freud siempre lo subrayó, el inconsciente no debe
su eficacia pura y simplemente al rasgo negativo de ser un Unbewusst, un no-
consciente. Traduciendo a Freud, decimos: el inconsciente es un lenguaje.
Que esté articulado, no implica empero que esté reconocido. La prueba es que
todo sucede como si Freud tradujese una lengua extranjera, y hasta la
reconstituyera mediante entrecruzamientos. El sujeto está sencillamente,
respecto a su lenguaje, en la misma relación que Freud. Si es que alguien
puede hablar una lengua que ignora por completo, diremos que el sujeto
psicótico ignora la lengua que habla.
¿Es satisfactoria esta metáfora? Ciertamente no. El asunto no es tanto saber
por qué el inconsciente que está ahí, articulado a ras de tierra, queda
excluido para el sujeto, no asumido, sino saber por qué aparece en lo real.
Bejahung primordial (afirmación) Hay que admitir, detrás del proceso de
verbalización, una Bejahung primordial, una admisión en el sentido de lo
simbólico, que puede a su vez faltar.
Freud admite un fenómeno de exclusión para el cual el término Verwerfung
parece válido, y que se distingue de la Verneinung, la cual se produce en una
etapa muy ulterior. Puede ocurrir que un sujeto rehúse el acceso, a su mundo
simbólico, de algo que sin embargo experimentó, y que en esta oportunidad no
es ni s ni menos que la amenaza de castración. Toda la continuación del
desarrollo del sujeto muestra que nada quiere saber de ella, Freud lo dice
textualmente, en el sentido reprimido.
Lo que cae bajo la acción de la represión retorna, pues la represión y el retorno
de lo reprimido no son sino el derecho y el revés de una misma cosa. Lo
reprimido siempre está ahí, y se expresa de modo perfectamente articulado en
los síntomas y en multitud de otros fenómenos. En cambio, lo que cae bajo la
acción de la Verwerfung tiene un destino totalmente diferente.
Todo lo rehusado en el orden simbólico, en el sentido de la Verwerfung,
reaparece en lo real.
Se trata, como saben, del Hombre de los lobos, quien no deja de dar fe de
tendencias y propiedades psicóticas, como lo demuestra la breve paranoia que
hará entre el final del tratamiento de Freud y el momento en que es retornado a
nivel de la observación. Pues bien, que haya rechazado todo acceso de la
castración, aparente sin embargo en su conducta, al registro de la función
simbólica, que toda asunción de la castración por un yo (Je) se haya vuelto
imposible para él, tiene un vínculo muy estrecho con el hecho de haber tenido
en la infancia una breve alucinación de la cual refiere detalles muy precisos.
La escena es la siguiente. Jugando con su cuchillo, se había cortado el dedo,
que sólo se sostenía por un pedacito de piel. El sujeto relata este episodio en un
estilo que está calcado sobre lo vivido. Parece que toda localización temporal
hubiese desaparecido. Luego se sentó en un banco, junto a su nodriza, quien es
precisamente la confidente de sus primeras experiencias, y no se atrevió a
decírselo. Cuán significativa es esta suspensión de toda posibilidad de hablar; y
justamente a la persona a la que le contaba todo, y especialmente cosas de este
orden. Hay aquí un abismo, una picada temporal, un corte de la experiencia,
después de la cual resulta que no tiene nada, todo terminó, no hablemos más de
ello. La relación que Freud establece entre este fenómeno y ese muy especial
no saber nada de la cosa, ni siquiera en el sentido de lo reprimido, expresado en
su texto, se traduce así: lo que es rehusado en el orden simbólico, vuelve a
surgir en lo real.
Hay una estrecha relación entre, por un lado, la denegación y la reaparición en
el orden puramente intelectual de lo que no está integrado por el sujeto; y por
otro lado, la Verwerfung y la alucinación, vale decir la reaparición en lo real
de lo rehusado por el sujeto. Hay ahí una gama, un abanico de relaciones.
¿Qué está en juego en un fenómeno alucinatorio? Ese fenómeno tiene su fuente
en lo que provisoriamente llamaremos la historia del sujeto en lo simbólico. El
origen de lo reprimido neurótico no se sitúa en el mismo nivel de historia en lo
simbólico que lo reprimido en juego en la psicosis, aún cuando hay entre los
contenidos una muy estrecha relación.
Nuestro esquema, les recuerdo, figura la interrupción de la palabra plena entre
el sujeto y el Otro, y su desvío por los dos yo, a y a', y sus relaciones imaginarias.
Aquí está indicada una triplicidad en el sujeto, la cual recubre el hecho de que el
yo del sujeto es quien normalmente le habla a otro, y le habla del sujeto, del
sujeto S, en tercera persona. Aristóteles hacía notar que no hay que decir que el
hombre piensa, sino que piensa con su alma. De igual manera, digo que el sujeto
se habla con su yo.
Sólo que en el sujeto normal hablarse con su yo nunca es plenamente
explicitable, su relación con el yo es fundamentalmente ambigua, toda asunción
del yo es revocable. En el sujeto psicótico en cambio, ciertos fenómenos
elementales, y especialmente la alucinación que es su forma más
característica, nos muestran al sujeto totalmente identificado a su yo con
el que habla, o al yo totalmente asumido bajo el modo instrumental. El
habla de él, el sujeto, el S, en los dos sentidos equívocos del término, la
inicial S y el Es alemán. Esto es realmente lo que se presenta en el fenómeno
de la alucinación verbal. En el momento en que aparece en lo real, es decir
acompañado de ese sentimiento de realidad que es la característica fundamental
del fenómeno elemental, el sujeto literalmente habla con su yo, y es como si un
tercero, su doble, hablase y comentase su actividad.
A esto nos llevará este año nuestra tentativa de situar en relación a los tres
registros de lo simbólico, lo imaginario y lo real, las diversas formas de la
psicosis. Nos permitirá precisar en sus mecanismos últimos la función que debe
darse al yo en la cura. En el límite se atisba la cuestión de la relación de objeto.
El manejo actual de la relación de objeto en el marco de una relación analítica
concebida como dual, está fundado en el desconocimiento de la autonomía del
orden simbólico, que acarrea automáticamente una confusión del plano
imaginario y del plano real. La relación simbólica no por ello queda eliminada,
porque se sigue hablando, e incluso no se hace otra cosa, pero el resultado de
este desconocimiento es que lo que en el sujeto pide ser reconocido en el plano
propio del intercambio simbólico auténtico reemplazado por un reconocimiento
de lo imaginario, del fantasma.
II LA SIGNIFICACIÓN DEL DELIRIO.
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Los fenómenos elementales Los fenómenos elementales no son más
elementales que lo que subyace al conjunto de la construcción del delirio.
Son tan elementales como lo es, en relación a una planta, la hoja en la que se
verán ciertos detalles del modo en que se imbrican e insertan las nervaduras:
hay algo común a toda la planta que se reproduce en ciertas formas que
componen su totalidad.
El delirio no es deducido, reproduce la misma fuerza constituyente, es
también un fenómeno elemental. Es decir que la noción de elemento no
debe ser entendida en este caso de modo distinto que la de estructura,
diferenciada, irreductible a todo lo que no sea ella misma.
A todo esto quería llegar: la dificultad de abordar el problema de la paranoia se
debe precisamente al hecho de situarla en el plano de la comprensión. Aquí el
fenómeno elemental, irreductible, está a nivel de la interpretación.
2
Tenemos pues un sujeto para el cual el mundo comenzó a cobrar significado.
¿Qué se quiere decir con esto? Desde hace un tiempo es presa de fenómenos
que consisten en que se percata de que suceden cosas en la calle, pero
¿cuáles? Si lo interrogan verán que hay puntos que permanecen misteriosos
para él mismo, y otros sobre los que se expresa. En otros términos, simboliza lo
que sucede en términos de significación.
¿A fin de cuentas, qué dice el sujeto sobre todo en cierto período de su delirio?
Que hay significación. Cuál no sabe, pero ocupa el primer plano, se impone y
para él es perfectamente comprensible.
Hasta cuando lo que se comprende no puede siquiera ser articulado, numerado,
insertado por el sujeto en un contexto que lo explicite, está en el plano de la
comprensión. Se trata de cosas que en mismas ya se hacen comprender. Y,
debido a ello, nos sentimos en efecto capaces de comprender. De ahí nace la
ilusión: ya que se trata de comprensión, comprendemos. Pues justamente, no.
La pregunta: ¿quién habla? La pregunta ¿Quién habla?, que ha sido
promovida suficientemente aquí como para adquirir todo su valor, debe dominar
todo el problema de la paranoia.
Alucinacion Ya se los indiqué la vez pasada recordando el carácter central en
la paranoia de la alucinación verbal. Saben el tiempo que tomó percatarse de lo
que sin embargo es a veces totalmente visible, a saber que el sujeto articula lo
que dice escuchar. Fue necesario Séglas y su libro Lecciones clínicas. Por una
especie de proeza al inicio de su carrera, hizo notar que las alucinaciones
verbales se producían en personas en las que podía percibirse, por signos muy
evidentes en algunos casos, y en otros mirándolos con un poco más de atención,
que ellos mismos estaban articulando, sabiéndolo o no, o no queriendo saberlo,
las palabras que acusaban a las voces de haber pronunciado. Percatarse de que
la alucinación auditiva no tenía su fuente en el exterior, fue una pequeña
revolución.
Una de las dimensiones esenciales del fenómeno de la palabra es que el
otro no es el único que lo escucha a uno. En la palabra humana, entre
muchas otras cosas el emisor es siempre al mismo tiempo un receptor, que
uno oye el sonido de sus propias palabras.
3
Análisis del caso de Schreber Tras una breve enfermedad, entre 1884 y 1885,
enfermedad mental que consistió en un delirio hipocondríaco, Schreber que
ocupaba entonces un puesto bastante importante en la magistratura alemana,
sale del sanatorio del profesor Flechsig, curado, según parece de manera
completa, sin secuelas aparentes.
Lleva durante unos ocho años una vida que parece normal, y él mismo señala
que su felicidad doméstica sólo se vio ensombrecida por la pena de no haber
tenido hijos. Al cabo de esos ocho años, es nombrado Presidente de la Corte de
apelaciones en la ciudad de Leipzig. Habiendo recibido antes del período de
vacaciones el anuncio de esta muy importante promoción, asume sus funciones
en octubre. Parece estar, como ocurre muy a menudo en muchas crisis
mentales, un poco sobrepasado por sus funciones. Es joven tiene cincuenta y
un años para presidir una corte de apelaciones de esa importancia, y esta
promoción le hace perder un poco la cabeza. Está en medio de personas mucho
más experimentadas, mucho más entrenadas en el manejo de asuntos
delicados, y durante un mes trabaja excesivamente, como él mismo lo dice, y
recomienzan sus trastornos: insomnio, mentismo, aparición en su pensamiento
de temas cada vez más perturbadores que le llevan a consultar de nuevo.
De nuevo se lo interna. Primero en el mismo sanatorio, el del profesor Flechsig,
luego, tras una breve estadía en el sanatorio del doctor Pierson en Dresde, en la
clínica de Sonnenstein, donde permanecerá hasta 1901. Ahí es donde su delirio
pasara por toda una serie de fases de las que da un relato extremadamente
seguro, parece, y extraordinariamente compuesto, escrito en los últimos meses
de su internación.
Freud toma en sus manos en 1909 este libro aparecido en 1903. Habla de él con
Ferenczi durante las vacaciones y en diciembre de 1910 redacta Memoria sobre
la autobiografía de un caso de paranoia delirante.
Comprobarán que el doctor Flechsig ocupa un lugar central en la
construcción del delirio.
(Lacan lee el libro de Shcreber y lo va comentando) El primer capítulo está
ocupado por toda una teoría que concierne, aparentemente al menos, a Dios y
a la inmortalidad. Los términos que están en el centro del delirio de Schreber,
consisten en la admisión de la función primera de los nervios.
Todo está ahí. Estos rayos que exceden los límites de la individualidad humana
tal como ella se reconoce, que son ilimitados, forman la red explicativa, pero
igualmente experimentada, sobre la que nuestro paciente teje cual una tela el
conjunto de su delirio.
Lo esencial se basa en la relación entre los nervios, y principalmente entre los
nervios del sujeto y los nervios divinos, lo cual entraña toda una serie de
peripecias entre las cuales está la Nervenanhang, la adjunción de nervios, forma
de atracción capaz de colocar al sujeto en un estado de dependencia respecto a
algunos personajes, sobre cuyas intenciones el sujeto mismo opina de diversas
maneras en el curso de su delirio. Al comienzo distan de ser benevolentes,
aunque sólo fuese por los efectos catastróficos que experimenta, pero en el
curso del delirio son transformados, integrados en una verdadera progresión, y
así como al inicio del delirio vemos dominar la personalidad del doctor
Flechsig, al final domina la estructura de Dios. Hay verificación, inclusive
progreso característico de los rayos divinos, que son el fundamento de las almas.
Esto no se confunde con la identidad de las susodichas almas; Schreber subraya
claramente que la inmortalidad de las almas no debe reducirse al plano de la
persona. La conservación de la identidad del yo no le parece que deba ser
justificada. Todo esto es dicho con un aire de verosimilitud que no vuelve
inaceptable la teoría.
Los rayos divinos: están obligados a ello, deben hablar. El alma de los
nervios se confunde con cierta lengua fundamental definida por el sujeto,
como se los mostraré por la lectura de pasajes apropiados, con gran finura.
Teoría de los rayos divinos y la libido Freud señala al final de su análisis del
caso Schreber, que nunca hasta entonces había visto algo que se asemejase
tanto a su teoría de la libido, con sus desinvesticiones, reacciones de separación,
influencias a distancia, como la teoría de los rayos divinos de Schreber, y no se
perturba por ello, ya que todo su desarrollo tiende a mostrar el delirio de Schreber
como una sorprendente aproximación de las estructuras del intercambio
interindividual así como de la economía intrapsíquica.
Encontramos también en el texto mismo del delirio una verdad que en este caso
no está escondida como en las neurosis, sino verdaderamente explicitada, y casi
teorizada. El delirio la proporciona, ni siquiera a partir del momento en que
tenemos su clave, sino a partir del momento en que se lo toma como lo que es,
un doble perfectamente legible, de lo que aborda la investigación teórica.
III EL OTRO Y LA PSICOSIS.
1
Saben que el psicoanálisis explica el caso del presidente Schreber, y la paranoia
en general, por un esquema según el cual la pulsión inconsciente del sujeto es
una tendencia homosexual.
Se habla de defensa contra la supuesta irrupción ¿por qué dicha irrupción en
determinado momento? de la tendencia homosexual. Resulta claro, empero,
que hay allí una constante ambigüedad, y que esa defensa mantiene con la
causa que la provoca una relación que dista mucho de ser unívoca. Se considera
que o bien ayuda a mantener determinado equilibrio, o bien provoca la
enfermedad.
También se asegura que las determinaciones iniciales de la psicosis de Schreber
deben buscarse en los momentos en que se desencadenan las diferentes fases
de su enfermedad. Saben que tuvo hacia 1886 una primera crisis, y se intenta,
gracias a sus Memorias, mostrar sus coordenadas: había presentado en ese
entonces, nos dicen, su candidatura al Reichstag. Entre esta crisis y la segunda,
o sea durante ocho años, el magistrado Schreber es normal, con la salvedad de
que su esperanza de paternidad no se ve colmada. Al término de este período,
ocurre que accede, de modo hasta cierto punto prematuro, al menos en una edad
que no permitía preverlo, a una función muy elevada: presidente de la Corte de
apelaciones de Leipzig. Esta función, de carácter eminente, le confiere, se dice,
una autoridad que lo eleva a una responsabilidad, no exactamente entera, pero
si más plena y pesada que todas cuantas hubiese podido esperar, lo cual crea
la impresión de que hay una relación entre esta promoción y el
desencadenamiento de la crisis.
Desencadenamiento de la psicosis En otras palabras, en el primer caso se
destaca el hecho de que Schreber no pudo satisfacer su ambición, en el segundo
que la misma se vio colmada desde el exterior, de un modo que se califica casi
como inmerecido. Se otorga a ambos acontecimientos el mismo valor
desencadenante. Se hace constar que el presidente Schreber no tuvo hijos, por
lo cual se asigna a la noción de paternidad un papel primordial. Pero se
afirma simultáneamente que el temor a la castración renace en él, con una
apetencia homosexual correlativa, porque accede finalmente a una posición
paterna. Esta sería la causa directa del desencadenamiento de la crisis, que
acarrea todas las distorsiones, las deformaciones patológicas, los espejismos,
que progresivamente evolucionarán hacia el delirio.
Por supuesto, que los personajes masculinos del ambiente médico estén
presentes desde el principio, que sean nombrados unos después de otros, y que
ocupen sucesivamente el centro de la persecución muy paranoide que es la del
presidente Schreber, muestra suficientemente su importancia. Es, en suma, una
transferencia, que ciertamente no debe tomarse del todo en el sentido en que
ordinariamente la entendemos, pero que es algo de ese orden, relacionado de
manera singular con quienes tuvieron que cuidarlo.
Si el presidente Schreber entre sus dos crisis, hubiera llegado por casualidad a
ser padre, se pondría el énfasis en esto, y se daría todo su valor al hecho de que
no hubiera soportado esa función paterna. Resumiendo, la noción de conflicto
siempre se utiliza de modo ambiguo: se coloca en el mismo plano lo que es
fuente de conflicto y la ausencia de conflicto, la cual es más difícil de ver. El
conflicto deja, podemos decir, un lugar vacío, y en el lugar vacío del conflicto
aparece una reacción, una construcción, una puesta en juego de la subjetividad.
El decir psicótico La ambigüedad de la significación misma del delirio, que
aquí concierne a lo que habitualmente se llama el contenido, y que preferiría
llamar el decir psicótico.
2
Experiencia que cuenta Lacan con una paciente El interrogatorio sobrepasó
ampliamente la hora y media antes de que apareciese claramente que en el
límite de ese lenguaje, del que no había modo de hacerla salir, había otro. El
lenguaje, de sabor particular y a menudo extraordinario que es el del delirante.
Lenguaje en que ciertas palabras cobran un énfasis especial, una densidad que
se manifiesta a veces en la forma misma del significante, dándole ese carácter
francamente neológico tan impactante en las producciones de la paranoia. En
boca de nuestra enferma del otro día, por fin surgió la palabra galopinar,
que rubricó todo lo dicho hasta entonces.
Recuerdan que en lingüística existen el significante y el significado, y que el
significante debe tomarse en el sentido del material del lenguaje. La trampa, el
agujero, en el que no hay que caer, es creer que los objetos, las cosas, son el
significado. El significado es algo muy distinto: la significación remite siempre a
la significación, vale decir a otra significación. El sistema del lenguaje, cualquiera
sea el punto en que lo tomen, jamás culmina en un índice directamente dirigido
hacia un punto de la realidad, la realidad toda está cubierta por el conjunto
de la red del lenguaje.
Schreber mismo señala a cada momento la originalidad de determinados
términos de su discurso. Cuando habla, por ejemplo, de Nervenanhang,
adjunción de nervios, precisa claramente que esa palabra le fue dicha por las
almas examinadas o los rayos divinos. Son palabras claves, y él mismo señala
que nunca hubiese encontrado su fórmula, palabras originales, palabras plenas,
harto diferentes de las palabras que emplea para comunicar su experiencia. Él
mismo no se engaña al respecto, hay allí planos diferentes.
A nivel del significante, en su carácter material, el delirio se distingue
precisamente por esa forma especial de discordancia con el lenguaje común que
se llama neologismo. A nivel de la significación, se distingue justamente porque
la significación de esas palabras no se agota en la remisión a una significación.
La significación de esas palabras que los detienen tiene como propiedad
el remitir esencialmente a la significación en cuanto tal. Es una
significación que fundamentalmente no remite más que a misma, que
permanece irreductible. El enfermo mismo subraya que la palabra en
misma pesa. Antes de poder ser reducida a otra significación, significa en
misma algo inefable, es una significación que remite ante todo a la
significación en cuanto tal.
Dos tipos de fenómenos donde se dibuja el neologismo: la intuición y la
fórmula.
Intuicion delirante La intuición delirante es un fenómeno pleno que tiene
para el sujeto un carácter inundante, que lo colma. Le revela una perspectiva
nueva cuyo sello original, cuyo sabor particular subraya, tal como lo hace
Schreber cuando habla de la lengua fundamental a la que su experiencia lo
introdujo. Allí, la palabra es el alma de la situación.
Fórmula En el extremo opuesto, tenemos la forma que adquiere la
significación cuando ya no remite a nada. Es la fórmula que se repite, se
reitera, se machaca con insistencia estereotipada. Podemos llamarla, en
oposición a la palabra, el estribillo.
Ambas formas, la más plena y la más vacía, detienen la significación, son
una especie de plomada en la red del discurso del sujeto. Característica
estructural que, en el abordaje clínico, permite reconocer la rúbrica del delirio.
Precisamente por ello ese lenguaje que puede engañarnos en un primer
abordaje del sujeto, incluso a veces hasta en el más delirante, nos lleva a superar
esa noción y a formular el término de discurso. Porque estos enfermos, no hay
duda, hablan nuestro mismo lenguaje. Si no hubiese este elemento nada
sabríamos acerca de ello. La economía del discurso, la relación de significación
a significación, la relación de su discurso con el ordenamiento común del
discurso, es por lo tanto lo que permite distinguir que se trata de un delirio.
El único modo de abordaje conforme con el descubrimiento freudiano es formular
la pregunta en el registro mismo en que el fenómeno aparece, vale decir en el
de la palabra. El registro de la palabra crea toda la riqueza de la fenomenología
de la psicosis, allí vemos todos sus aspectos, descomposiciones, refracciones.
La alucinación verbal, que es fundamental en ella, es precisamente uno de los
fenómenos más problemáticos de la palabra.
3
¿Qué es la palabra? Para nosotros, la estructura de la palabra es que el sujeto
recibe su mensaje del otro en forma invertida. La palabra plena, esencial, la
palabra comprometida, está fundada en esta estructura. Tenemos de ella dos
formas ejemplares.
Fides La primera, es fides, la palabra que se da, el Tú eres mi mujer o el
eres mi amo, que quiere decir: eres lo que aún está en mi palabra, y esto,
sólo puedo afirmarlo tomando la palabra en tu lugar. Esto viene de ti para
encontrar allí la certeza de lo que comprometo. Esta palabra es una palabra
que te compromete a ti. La unidad de la palabra en tanto que fundante de
la posición de ambos sujetos es ahí manifiesta.
Fingimiento El signo en el que se reconoce la relación de sujeto a sujeto, y
que la diferencia de la relación del sujeto al objeto, es el fingimiento, revés de la
fides. Están en presencia de un sujeto en la medida en que lo que dice y hace
es lo mismo puede suponerse haber sido dicho y hecho para engañarlos,
con toda la dialéctica que esto entraña, incluyendo en ella el que diga la verdad
para que crean lo contrario. Conocen el cuento judío, puesto en evidencia por
Freud, del personaje que dice: Voy a Cracovia. Y el otro responde: ¿Por qué me
dices que vas a Cracovia? Me lo dices para hacerme creer que vas a otro lado.
Lo que el sujeto me dice está siempre en una relación fundamental con un
engaño posible, donde me envía o recibo el mensaje en forma invertida.
Ven pues la estructura bajo sus dos fases, las palabras fundantes y las
palabras mentirosas, engañosas en cuanto tales.
Por mi parte, dentro de la noción de comunicación en tanto que generalizada,
especifico qué es la palabra en tanto hablar al otro. Es hacer hablar al otro en
cuanto tal. Escribimos, si les parece bien, ese otro con una A mayúscula.
La razón delirante es aquí la siguiente. eres mi mujer: después de todo, ¿qué
sabe uno? eres mi amo: de hecho, ¿cómo estar seguro? El valor fundante
de estas palabras está precisamente en que lo apuntado por el mensaje,
así como lo manifiesto en el fingimiento, es que el Otro está ahí en tanto
que Otro absoluto. Absoluto, es decir que es reconocido, pero no conocido.
Asimismo, lo que constituye el fingimiento es que, a fin de cuentas, no
saben si es o no un fingimiento. Esta incógnita en la alteridad del Otro es
lo que caracteriza esencialmente la relación de palabra en el nivel en que
es hablada al otro.
No sólo habla al otro, habla también del otro en tanto objeto. De esto
exactamente se trata cuando un sujeto les habla de él.
Tomen la paranoica del otro día, la que empleaba el término galopinar. Cuando
les habla saben que es un sujeto por el hecho de que trata de engatusarlos.
Precisamente en la medida en que me tomó hora y media sacarle su galopinar
en que durante todo ese tiempo me tuvo en jaque y se mostró sana de espíritu,
está en el límite de lo que puede ser percibido clínicamente como delirio. Lo que
llaman, en nuestra jerga, la parte sana de la personalidad, se basa en que ella le
habla al otro, que es capaz de burlarse de él. En esa medida, existe como sujeto.
Testimonia Ahora bien, hay otro nivel. Habla de ella, y sucede que lo hace un
poco más de lo que quisiera. Nos percatamos entonces de que delira. Habla de
nuestro objeto común: el otro con una a minúscula. Sigue hablando ella, pero
hay otra estructura que, por cierto, no se entrega por completo. No es
exactamente como si hablase de cualquier cosa; me habla de algo que para ella
es muy interesante, ardiente, habla de algo donde continúa comprometiéndose
de todos modos; en suma, testimonia.
Designé así, en mi primera comunicación al grupo de Evolution psychiatrique,
que en ese momento tenía una originalidad bastante notable, lo que apunta a las
afinidades paranoicas de todo conocimiento de objeto en cuanto tal. Todo
conocimiento humano tiene su fuente en la dialéctica de los celos, que es una
manifestación primordial de la comunicación. Esta es una noción genérica
observable, conductalmente observable. Entre niños pequeños lo que sucede
entraña ese transitivismo fundamental que se expresa en el hecho de que un
niño que le pegó a otro puede decir: el otro me pegó. No miente: el es el otro,
literalmente.
El objeto humano se distingue por su neutralidad y su proliferación indefinida. No
depende de la preparación de ninguna coaptación instintiva del sujeto, como hay
coaptación, enganche de las valencias químicas entre sí. El hecho de que el
mundo humano esté cubierto de objetos se fundamenta en que el objeto del
interés humano es el objeto del deseo del otro.
¿Como es esto posible? Porque el yo humano es el otro, y al comienzo el
sujeto esta más cerca de la forma del otro que del surgimiento de su propia
tendencia. En el origen él es una colección incoherente de deseos éste
es el verdadero sentido de la expresión cuerpo fragmentado y la primera
síntesis del ego es esencialmente alter ego, está alienada. El sujeto
humano deseante se constituye en torno a un centro que es el otro en tanto
le brinda su unidad, y el primer abordaje que tiene del objeto es el objeto
en cuanto objeto del deseo del otro.
El objeto solo interesa como objeto de deseo del otro.
Conocimiento paranoico El conocimiento paranoico es un conocimiento
instaurado en la rivalidad de los celos, en el curso de esa identificación primera
que intenté definir a partir del estadio del espejo. Esta base de rivalidad y
competencia en el fundamento del objeto es, precisamente, lo que es superado
en la palabra, en la medida en que concierne al tercero. La palabra es siempre
pacto, acuerdo, nos entendemos, estamos de acuerdo: esto te toca a ti, esto es
mío, esto es esto y esto es lo otro. Pero el carácter agresivo de la competencia
primitiva deja su marca en toda especie de discurso sobre el otro con minúscula,
sobre el Otro en cuanto tercero, sobre el objeto. No por nada testimonio en latín
se denomina testis, siempre se testimonia sobre los propios cojones. Siempre
hay compromiso del sujeto y lucha virtual en la cual el organismo está siempre
latente, en todo lo que es del orden del testimonio.
Esta dialéctica entraña siempre la posibilidad de que yo sea intimado a anular al
otro. Por una sencilla razón: como el punto de partida de esta dialéctica es mi
alienación en el otro, hay un momento en que puedo estar en posición de ser a
mi vez anulado porque el otro no está de acuerdo. La dialéctica del inconsciente
implica siempre como una de sus posibilidades la lucha, la imposibilidad de
coexistencia con el otro.
Esta distinción entre el Otro con mayúscula, es decir el Otro en tanto que
no es conocido, y el otro con minúscula, vale decir el otro que es yo, fuente
de todo conocimiento, es fundamental. En este intervalo, en el ángulo
abierto entre ambas relaciones debe ser situada toda la dialéctica del
delirio. La pregunta es la siguiente: en primer término ¿el sujeto les habla?;
en segundo, ¿de qué habla?
4
El psicótico les habla de algo que le habló ¿De qué les habla? De él, sin duda,
pero primero de un objeto diferente a los demás, de un objeto que está en
la prolongación de la dialéctica dual: les habla de algo que le habló. El
fundamento mismo de la estructura paranoica es que el sujeto comprendió algo
que él formula, a saber, que algo adquirió forma de palabra, y le habla. Nadie,
obviamente, duda de que sea un ser fantasmático, ni siquiera él, pues siempre
está en posición de admitir el carácter perfectamente ambiguo de la fuente de
las palabras que se le dirigen. El paranoico testimonia acerca de la estructura
de ese ser que habla al sujeto.
Deben notar desde ya la diferencia de nivel que hay entre la alienación como
forma general de lo imaginario, y la alienación en la psicosis. No se trata de
identificación, sencillamente, o de un decorado que se inclina hacia el lado del
otro con minúscula. A partir del momento en que el sujeto habla hay un Otro
con mayúscula. Si no, el problema de la psicosis no existiría. Los psicóticos
serían máquinas con palabra.
Es, precisamente, el S en el sentido en que lo entiende el análisis, pero un S
más un punto de interrogación. ¿Cuál es esa parte, en el sujeto, que habla? El
análisis dice: es el inconsciente. Naturalmente, para que la pregunta tenga
sentido, es necesario haber admitido que el inconsciente es algo que habla en
el sujeto, más allá del sujeto, e incluso cuando el sujeto no lo sabe, y que
dice más de lo que supone. El análisis dice que en la psicosis eso es lo que
habla. ¿Basta con esto? En absoluto, porque toda la cuestión es saber cómo
eso habla, y cuál es la estructura del discurso paranoico.
Descansa en el enunciado de una tendencia fundamental que podría tener que
hacerse reconocer en una neurosis, a saber: yo (je) lo amo, y me amas. Hay
tres modos de negar esto, dice Freud6 . No se anda con vueltas, no nos dice por
qué el inconsciente de los psicóticos es tan buen gramático y tan mal filólogo;
desde el punto de vista del filólogo efectivamente todo esto es harto sospechoso.
No crean que esto es obvio en las gramáticas francesas de sexto grado; de
acuerdo a las lenguas hay muchas maneras de decir yo (je) lo amo. Freud no se
detuvo ante esto y dice que hay tres funciones, y tres tipos de delirios y eso
funciona.
El primer modo de negación es decir: no soy yo quien lo ama, es ella, mi
consorte, mi doble. El segundo, es decir: no es a él a quien amo, es a ella. A este
nivel la defensa no es suficiente para el sujeto paranoico, el disfraz es
insuficiente, no alejó suficientemente el golpe, hace falta que intervenga la
proyección. Tercera posibilidad: yo (je) no lo amo, lo odio. Aquí tampoco basta la
inversión, eso al menos dice Freud; es necesario que intervenga también el
mecanismo de proyección, a saber: él me odia. En este punto hemos llegado al
delirio de persecución.
La elevada síntesis que entraña esta construcción nos trae luces, pero ven que
las preguntas siguen abiertas. La proyección debe intervenir como un
mecanismo adicional cada vez que no se trata de borrar el yo (je). No es
completamente inadmisible, aunque nos gustaría tener un suplemento de
información. Por otra parte, es claro que el no (ne), la negación considerada en
su forma más formal, en absoluto tiene, al ser aplicada a los diferentes términos
el mismo valor. Pero grosso modo, esta construcción se aproxima a algo,
funciona, y sitúa las cosas en su verdadero nivel tomándolas por este lado, diría
de logomaquia fundamental.
IV «VENGO DEL FIAMBRERO»
1
Freud subrayó hasta qué punto de las relaciones del sujeto con la realidad no
son las mismas en la neurosis y en la psicosis. En particular, el carácter clínico
del psicótico se distingue por esa relación profundamente pervertida con la
realidad que se denomina un delirio. Esta gran diferencia de organización o de
desorganización debe tener, dice Freud, una profunda razón estructural. ¿Cómo
articular esta diferencia?
Cuando hablamos de neurosis hacemos cumplir cierto papel a una huida, a una
evitación, donde un conflicto con la realidad tiene su parte. Se intenta designar
a la función de la realidad en el desencadenamiento de la neurosis mediante la
noción de traumatismo, que es una noción etiológica. Esto es una cosa, pero otra
cosa es el momento de la neurosis en que se produce en el sujeto cierta ruptura
con la realidad. ¿De qué realidad se trata? Freud lo subraya de entrada, la
realidad sacrificada en la neurosis es una parte de la realidad psíquica.

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