Por lo tanto, la riqueza nunca puede llegar a ser común en el sentido que hablamos de un mundo común;
quedó o más bien se procuró que quedara estrictamente privada. Sólo era común el gobierno nombrado
para proteger entre sí a los poseedores privados en su competitiva lucha por aumentar la riqueza.
La disolución de la esfera privada en lo social puede observarse en la transformación de la propiedad
inmóvil hasta que finalmente la distinción entre propiedad y riqueza pierde todo significado, ya que la
cosa tangible se ha convertido en un objeto de “consumo”; perdió su privado valor, de uso, que estaba
determinado por su posición y adquirió un valor exclusivamente social, determinado mediante su
intercambiabilidad, cuya fluctuación solo podía fijarse temporalmente relacionándola con el común
denominador del dinero. En contacto con esta vaporización de lo tangible se hallaba la mas revolucionaria
contribución moderna al concepto de propiedad, según la cual ésta no era una localizada parte del mundo
adquirida por su dueño de una u otra manera, sino que, por el contrario, tenia su origen en el propio
hombre, en su posesión de un cuerpo y su indisputable propiedad de la fuerza de este cuerpo, que Marx
llamó “fuerza de trabajo”.
Así, la propiedad moderna perdió su carácter mundano y se localizó en la propia persona, es decir, en lo
que un individuo solo puede perder con su vida.
Con el fin de comprender el peligro que para la existencia humana deriva de la eliminación de la esfera
privada, para la que lo intimo no es un sustituto muy digno de confianza, conviene considerar esos rasgos
no privativos de lo privado que son mas antiguos que el descubrimiento de la intimidad. La diferencia
entre lo que tenemos en común y lo que poseemos privadamente radica, en primer lugar, en que nuestras
posesiones privadas, que usamos y consumimos a diario, se necesitan mucho más apremiadamente que
cualquier porción del mundo común. La misma necesidad que, desde el punto de vista de la esfera
publica, solo muestra su aspecto negativo como una carencia de libertad, posee una fuerza impulsora que
impedirá también la apatía y la desaparición de la iniciativa que, de manera evidente, amenaza a las
comunidades ricas de todo el mundo. Necesidad y vida están tan íntimamente relacionadas que la propia
vida se halla amenazada donde se elimina por completo a l necesidad.
La segunda característica sobresaliente y no privativa de lo privado es que las cuatro paredes de la
propiedad de uno ofrecen el único lugar seguro y oculto del mundo común público, no solo de todo lo que
ocurra en él sino también de su publicidad, de ser visto y oído. Una vida que transcurre en público, en
presencia de otros, se hace superficial.
La distinción entre las esferas publica y privada es igual a la diferencia entre cosas que deben mostrarse
y cosas que han de permanecer ocultas. Solo la época moderna, en su rebelión contra la sociedad, ha
descubierto lo rica y diversa que puede ser la esfera de lo oculto bajo las condiciones de la intimidad.
EL LUGAR DE LAS ACTIVIDADES HUMANAS: Aunque la distinción entre lo publico y lo privado
coincide con la oposición de necesidad y libertad, de futilidad y permanencia y, finalmente, de vergüenza
y honor, en modo alguno es cierto que solo lo necesario, lo fútil y lo vergonzoso tengan su lugar adecuado
en la esfera privada. El significado más elemental de las dos esferas indica que hay cosas que requieren
ocultarse y otras que necesitan exhibirse públicamente para que puedan existir. Si consideramos estas
cosas sin tener en cuenta el lugar en que las encontramos en cualquier civilización determinada, veremos
que cada una de las actividades humanas señala su propio lugar en el mundo.
La bondad en sentido absoluto se conoció en nuestra civilización con el auge del cristianismo. Desde
entonces conocemos las buenas acciones como una importante variedad de la posible acción humana.
La única actividad que enseñó Jesús con palabras y hechos fue la bondad e indudablemente ésta acoge
una tendencia a no ser vista ni oída. En el momento en que la buena acción se hace publica y conocida
pierde su específico carácter de bondad, aunque pueda seguir siendo útil como caridad organizada o como
acto de solidaridad. La bondad solo existe cuando no es percibida ni siquiera por su autor.
Tanto el amor a la sabiduría como el amor a la bondad, si se determina en actividades filosóficas y en el
bien obrar, tienen en común que llegan a un fin inmediato, que se cancelan a si mismos, siempre que se de
por supuesto que el hombre puede ser sabio o bueno.
Y aquí acaba la similitud entre las actividades que surgen del amor a la bondad y a la sabiduría. Es
cierto que ambas se hallan en cierta oposición a la esfera pública pero el caso de la bondad es mucho mas
extremo a este respecto. Si no quiere quedar destruida, solo la bondad ha de ser absolutamente secreta y
huir de toda apariencia. El filósofo, incluso si decide abandonar la “caverna” de los asuntos humanos, no
tiene que ocultarse de si mismo.