FACULTAD DE PSICOLOGÍA UNLP TEORÍA PSICOANALÍTICA AUTOR: JUAN NADIR MOSTAFÁ
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CAÍDA DEL PRINCIPIO DEL PLACER COMO UNIVERSAL
“MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DE PLACER” (1920)
INTRODUCCIÓN
El texto “Más allá del principio del placer” es uno de los giros más importantes en
la obra freudiana. Lo principal es pensar que, hasta ahora, Freud planteaba que el aparato
psíquico se apoyaba o regía por el principio de placer (que es un principio económico:
tiende a disminuir o “bajar” el displacer o suma de excitación y a ganar placer).
Cuando hay displacer, significa que hay un aumento de la suma de excitación,
entonces el aparato psíquico tiende a descargarla para disminuir esa suma. De esta
manera, se mantiene constante la tensión en el aparato.
Todo lo que vinimos leyendo y trabajando en los prácticos hasta ahora se basa en
función de esto.
Sin embargo, se puede decir que algo que fue introducido comenzó a perturbar la
teoría, sobre todo, algo que tiene que ver con lo pulsional. Eso que perturba a la pulsión
es el narcisismo.
La introducción del narcisismo es lo que va a perturbar la teoría de la pulsión que
Freud venía sosteniendo hasta ahora. Pone en entredicho o “en duda” el primer dualismo
pulsional (entre pulsiones del yo y pulsiones sexuales).
Freud sostiene ese primer dualismo hasta que encuentre otro. Y ese otro dualismo
pulsional comienza a aparecer en “Más allá del principio de placer”.
Hasta acá, todo lo que sabíamos de la teoría, todo lo que Freud venía
exponiendo, se regía por el principio del placer.
Pero entonces Freud dice: “debemos decir que es incorrecto hablar de un imperio o
de un “dominio” del principio de placer sobre los procesos anímicos”. Si todo es cuestión
de placer, ¿por qué hay ciertas experiencias que muestran que en muchos casos no
es así?
Freud se detiene a investigar las reacciones frente al peligro para dar cuenta de
que no siempre se trata de una tendencia a la ganancia de placer. (Acá, ¡Freud tira una
bomba, diría mi profe!, porque a partir de lo que empieza a plantear, vamos a tener que
hacer una relectura de lo que él venía sosteniendo).
El punto es que es a partir de 1920, Freud va a plantear que el aparato psíquico no
se rige o no está apoyado en el principio de placer. Y esto no se desliga o separa de ninguna
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manera de lo que Freud había planteado al introducir el concepto de “narcisismo” y la
perturbación que genera en el primer dualismo pulsional.
¿Qué es lo que pasa con la introducción del narcisismo?
Antes del narcisismo, se trataba de una representación intolerable sexual y el yo.
Esto era, desde el principio, la noción de conflicto.
Pero si hay libido en el yo, ¿cómo se explica el conflicto? Si las pulsiones sexuales
tienen una energía libidinal, y en el yo hay libido, ¿cuál sería el conflicto entre libido y libido,
si en las dos hay libido? Se suponía que la libido estaba en las pulsiones sexuales, no en
el yo.
Entonces, a partir de la introducción del narcisismo, hay libido en el yo, y ya no
tendría sentido el primer dualismo pulsional. Dice Freud: “sostengamos ese dualismo hasta
que tenga otra manera de explicar el conflicto”.
Y en “Más allá del principio de placer” empieza a aparecer esa otra manera de
explicar el conflicto entre “energías del aparato psíquico” con la llegada del segundo
dualismo pulsional.
Freud llega al segundo dualismo con muchos enredos, porque se apoya bastante
en lo biológico y puede generar confusión.
Entonces, a partir de sus experiencias, Freud va a empezar a describir los
fenómenos que contrarían o se oponen al principio del placer, que nada tienen que
ver con ese principio, y que muestran que no todo se trata de una ganancia de placer.
Establece una diferencia entre angustia, miedo y terror para averiguar las distintas
reacciones frente al peligro, sobre todo porque es de lo que se va a servir para explicar
esos fenómenos que contrarían al principio del placer.
Entonces, Freud toma los fenómenos que supuestamente contrarían al principio del
placer: los sueños de las neurosis traumáticas, el juego infantil (fort-da, ¿qué es lo
que se repite?) y la compulsión de repetición en la transferencia (o sea, durante el
tratamiento.).
Uno de los conceptos fundamentales de Más allá del principio de placer es la
compulsión a la repetición.
Además, toma a las personas que tienen un destino fatal: él las llama “neurosis de
destino (carácter demoniaco)”, sobre todo por el carácter de estas neurosis.
Las averiguaciones que Freud hace las va a realizar según la relación que tengan
con el peligro.
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CAPÍTULO II
LOS SUEÑOS DE NEUROSIS TRAUMÁTICAS
Freud comienza el capítulo hablando de las neurosis traumáticas, para después
describir los fenómenos que no indicarían de ninguna manera una ganancia de placer (por
lo tanto, el principio de placer no jugaría ningún papel): los sueños de neurosis
traumáticas.
PRIMERO QUE NADA, ¿QUÉ ES LA NEUROSIS?
La neurosis es un grupo de enfermedades que se caracterizan por la presencia de
trastornos nerviosos y alteraciones emocionales sin que, aparentemente, haya ninguna
lesión física en el sistema nervioso (como la histeria).
La neurosis traumática se parece mucho a la histeria porque muestra bastantes
síntomas motores parecidos (es decir, síntomas corporales, por ejemplo, una parálisis).
Pero en realidad, lo que destaca a la neurosis traumática es un riesgo de muerte para el
sujeto (como en el caso de choques ferroviarios, y cualquier otro tipo de accidente que
tenga un riesgo de muerte para la persona).
La neurosis traumática tiene dos características que pueden tomarse como punto
de partida:
Su causa parece ubicarse en el factor de la sorpresa, en el terror (es decir, cuando
uno mismo no se espera que algo pase. Uno no estaba preparado para lo que pueda
llegar a pasar);
La segunda característica fundamental es que si hay algún daño físico o herida, es
difícil que se produzca la neurosis (por ejemplo, recordemos el texto “Introducción
al narcisismo”, cuando Freud dijo que, cuando uno está enfermo, concentra toda su
libido en el yo, para ocuparse de su padecimiento sin que nada más importe).
Lo más importante es que Freud va a marcar diferencias entre angustia, miedo y
terror para averiguar las distintas reacciones frente al peligro, tomando como base esto
para después poder explicar lo que viene:
La angustia es un estado como “de espera o ansiedad” frente al peligro y
preparación para él, aunque se trate de un peligro desconocido;
El miedo necesita un objeto, frente al cual uno siente, justamente, miedo;
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El terror es el estado en el que se cae cuando se corre un peligro sin estar
preparado: incluye el factor de la sorpresa, “lo inesperado”.
Lo que Freud hace a continuación es tomar el estudio del sueño como la mejor
manera para explorar los procesos anímicos profundos. Concretamente, toma los sueños
de neurosis traumática: dice que en los sueños de los enfermos se repite continuamente
el hecho traumático, la situación del accidente, de la cual la persona despierta con mucho
terror. Podría decirse que el enfermo está como “fijado psíquicamente” al trauma.
Esta situación parece alejar o contradecir lo que Freud había planteado mucho
antes, que “los sueños son cumplimientos de deseo”. No parece que pueda haber ningún
deseo en volver a soñar una y otra vez con algo que fue traumático. Por lo tanto, no
parece haber nada que tenga que ver con el principio de placer, porque evidentemente no
es nada placentero en soñar hechos traumáticos y despertar con terror: en eso no hay
ganancia de placer para el aparato psíquico.
Pareciera ser que el trauma alteró la función del sueño.
EL JUEGO INFANTIL
Freud abandona el tema de los sueños de neurosis traumáticas para pasar al
análisis de los juegos infantiles. En este caso, estudió en uno de sus nietos el juego del
fort-da”.
El chico no lloraba cuando su madre tenía que salir y lo abandonaba durante horas,
a pesar de que sentía mucha ternura por ella.
Lo fundamental que Freud destaca es que el niño tenía “la manía” de tirar lejos de
sí mismo, a un rincón o debajo de la cama, todos los objetos que encontraba a su alcance.
Resulta que lo que el chico hacía era jugar a que sus juguetes “se iban” (<<fort>> significa
“se fue”).
Después, teniendo un carro de madera atado a un hilo, el chico lo tiraba dentro de
su cuna (<<fort>>), y luego, tirando del hilo, el carro salía de la cuna y volvía a aparecer
(<<da>>, que significa “acá está”). Entonces, este era el juego completo, el de desaparecer
y volver.
En este juego, hay un carácter repetitivo de la vivencia penosa (más que nada la
primera parte, donde los juguetes se van”. Esto representa simbólicamente la salida por
varias horas de la madre). Entonces, esta situación parece que nada tiene que ver con
el principio de placer. Es imposible que la salida de la madre sea algo agradable.
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Freud piensa que de alguna manera, el chico busca dominar de forma activa la
situación que sufrió de forma pasiva (la salida de la madre, en la que el niño nada podía
hacer). Pero también, puede haberse vengado, mientras jugaba, de la madre por irse:
“bueno, andate entonces; no te necesito, yo mismo te echo”.
Freud termina el capítulo diciendo que parecería haber conductas ubicadas más allá
del principio del placer, es decir, conductas o tendencias que estarían mucho antes que el
principio de placer, y que no dependen de él. O sea, no todo en el aparato psíquico
tendría como objetivo una ganancia de placer: no todo estaría apoyado por este
principio. Hay cuestiones que van más allá de él, y que tampoco dependen de aquel
principio.
CAPÍTULO III
En este capítulo, Freud explica cómo a lo largo de los años se fue encontrando con
distintas dificultades en su trabajo con los pacientes y como fue elaborando su teoría para
poder superarlas.
De esta manera, llega a descubrir una compulsión a la repetición, por la cual los
pacientes repiten hechos del pasado, y de la vida sexual infantil, que en su momento no
fueron nada placenteros y tampoco son placenteros cuando se repiten durante el
tratamiento psicoanalítico.
Esa compulsión o impulso es la repetición, por parte de los enfermos, de muchas
situaciones indeseadas y dolorosas, como los celos que provocó el nacimiento de un
hermanito, la atención que le ponían al nuevo miembro de la familia, la exigencia de la
educación que aumentaba cada vez más, etc. Ninguno de estos hechos pudo generar
placer en su momento. Se trataba de la acción de pulsiones que estaban destinadas a
llevar a la satisfacción, pero lo único que provocaron fue displacer.
A pesar de todo esto, los enfermos siguen repitiendo esas situaciones: hay una
compulsión o exigencia que obliga a repetirlas.
Además, lo mismo que el psicoanálisis muestra en los neuróticos también puede
encontrarse en la vida de las personas no neuróticas. Dice Freud que en ellas pareciera
haber un destino marcado que las persigue, un “sello demoníaco”: como un destino fatal.
En esas personas también se puede ver una compulsión a la repetición: por ejemplo, las
relaciones humanas que en una persona siempre terminan mal (como el caso de una mujer
que se casó tres veces, y las tres veces el marido se enfermó al poco tiempo y tuvo que
cuidarlo hasta la muerte).
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Entonces, más que nada por las observaciones que pudo hacer en la clínica, Freud
plantea que existe realmente una compulsión o impulso a la repetición que va más
allá del principio del placer (es decir, parece ser que, al final, no todo se trata de una
ganancia de placer tal como Freud venía planteando hasta antes de este texto). Y esto ya
lo comprobó con los sueños de neurosis traumáticas y con el juego infantil, los cuales
ya describí en este resumen.
CAPÍTULO IV
Al principio de este capítulo, Freud aclara que lo que él va a describir es
especulación (o sea, son nada más que supuestos que él hace, sin tener nada concreto);
es un intento de explorar una idea “para ver a qué lugar nos lleva”.
Empieza diciendo que la conciencia es solamente una función más del aparato
psíquico, como otras. Ya que la conciencia recibe excitaciones que vienen del mundo
exterior, y sensaciones de placer y displacer que vienen del interior, se ubica en la frontera
entre el interior y el exterior.
Además, todos los procesos de excitación dejan huellas permanentes que forman
la memoria (huellas mnémicas), y además, Freud dice que en la conciencia no pueden
quedar esas huellas porque en ese caso serían siempre concientes y no permitirían la
entrada de nuevos estímulos o excitaciones desde el exterior.
EL APARATO PSÍQUICO COMO UNA VESÍCULA
Lo que Freud quiere es que pensemos el aparato psíquico como una vesícula (es
decir, como un órgano que tiene forma “abultada”, como una pera, y que contiene una
secreción o líquido excitable o estimulable [por ejemplo, la vesícula seminal]).
Entonces, lo que dice es que la superficie de esta vesícula da hacia el mundo
exterior, y sirve como un órgano que recibe estímulos o excitaciones.
De esta manera, puede pensarse que hay un ataque constante de las excitaciones
exteriores sobre la vesícula, y lo que esto provoca es que se modifique la sustancia de la
superficie de esa vesícula, transformándola en una corteza o “capa dura”, que aunque siga
recibiendo excitaciones, queda como está, no puede modificarse más.
ENERGÍA LIBRE Y ENERGÍA LIGADA
Por otra parte, esas mismas excitaciones que entran por la superficie externa de la
vesícula seguramente tengan que vencer resistencias para poder pasar a otras capas (es
decir, la superficie externa de la vesícula es la conciencia en el aparato anímico, y esas
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otras capas de la vesícula son los otros sistemas psíquicos más profundos en el interior). Y
al parecer, cada vez que los estímulos tienen que vencer resistencias, dejan una huella.
Entonces, lo que Freud hace es tomar la distinción que hizo Breuer entre una
energía libre y una energía ligada (es decir, ligada a representaciones. Acá hay que
acordarse de lo que Freud venía planteando mucho antes: que la energía o suma de
excitación estaba ligada a una representación intolerable para el yo. A eso se refiere con
“energía ligada”).
De esta manera, Freud plantea que los elementos de la conciencia o sistema Cc no
tendrían ninguna energía ligada, sino que tienen una energía libre, posible de ser
descargada (recordemos que en la conciencia es imposible que algo se ligue o se “junte”
porque la conciencia es como un sistema inmediato y “superficial” [puede pensarse que la
excitación pasa por la conciencia y “sigue de largo”, no hay uniones de ningún tipo; no hay
representaciones ligadas a energía o suma de excitación. Eso se produce en los sistemas
psíquicos más profundos).
LA PROTECCIÓN ANTIESTÍMULO
Freud aclara que la vesícula (en nuestro caso, el aparato psíquico) flota en medio
de un mundo exterior que está cargado con energías muy potentes.
En un momento, la superficie más externa de la vesícula, cuando queda como una
“capa dura” a causa de las excitaciones o estímulos del mundo exterior, forma una envoltura
o membrana llamada protección antiestímulo, que se encarga de proteger a las capas o
sistemas más profundos (en nuestro caso, a los sistemas más profundos que la conciencia)
para que no sean dañados por excitaciones muy intensas.
Se puede pensar a la protección antiestímulo como si fuera un filtro, y lo que hace
es “reducir” el poder de las energías del mundo exterior para que puedan propagarse o
“moverse” a las capas más profundas sin perjudicar a esos sistemas.
Lo que puede pasar es que ingresen estímulos tan fuertes que puedan romper o
perforar la protección antiestímulo, y esta situación, según Freud, se da en varios casos,
los cuáles voy a poner más adelante en este resumen.
Freud da un ejemplo sobre nuestro cuerpo, pensando la cuestión claramente en
términos biológicos: dice que en organismos como el nuestro, existen órganos encargados
de recibir las excitaciones, que hace mucho que permanecen en las profundidades de
nuestro cuerpo. Pero algunas partes de esos órganos permanecen en la superficie, y son
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los órganos de los sentidos, que toman pequeñas muestras de los estímulos que llegan del
exterior.
¿CÓMO SE PERFORA LA PROTECCIÓN ANTIESTÍMULO? LA CUESTIÓN DEL
TRAUMA
Freud vuelve al tema del trauma, y llama traumáticas a las excitaciones o estímulos
externos que tienen la fuerza suficiente para perforar o romper la protección antiestímulo.
De esta manera, como la cantidad de excitación que ingresa es tan grande, el
organismo no puede reducirla de ningún modo. Entonces, el objetivo va a ser dominar esos
volúmenes o cantidades de excitación ligándolos o “uniéndolos” a representaciones
psíquicas para que después se puedan tramitar o descargar esa suma de excitación.
Es en este punto cuando aparece la compulsión a la repetición, que intenta ligar o
“unir” algo de ese exceso, de esa situación traumática (por ejemplo, pensemos en el niño y
su juego del “fort-da”: cuando su madre se iba a trabajar, el chico estaba intentando ligar o
unir al juego el displacer de esa situación).
Entonces, cuando el aparato psíquico no puede dominar la excitación, es urgente,
ligar para luego volver a poner de nuevo en marcha el principio del placer.
Digamos que el aparato psíquico funciona en base al principio del placer, pero ante
la irrupción de algo desmedido, se interrumpe y se produce la repetición para intentar ligar
ese exceso y poner en funcionamiento el principio de placer.
Con respecto a las excitaciones o estímulos que vienen desde dentro del aparato
psíquico, Freud ya les había puesto nombre: son las pulsiones. Para los estímulos que
provienen desde dentro (las pulsiones) no hay capa protectora o protección antiestímulo (o
sea, nada que los filtre), entonces son iguales a los estímulos externos que rompen la
protección.
En consecuencia, la pulsión es un estímulo equivalente a un estímulo traumático
porque nada lo filtra, entonces el aparato no puede “procesarla”.
En este caso, el trauma no es un “accidente” (como un hecho que pasó). Ahora el
trauma es propio del sujeto humano (se dice que es constitucional. Por eso uno de los
puntos del programa decía: “el accidente VS lo constitucional): por padecer los efectos de
la pulsión, padecemos los efectos traumáticos.
Dicho todo esto, puede decirse que la pulsión es traumática. Ya no se trata sólo de
estímulos externos, sino que la exigencia de la pulsión juega un papel fundamental en las
excitaciones internas del aparato psíquico, para las que no hay ninguna protección.
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NO TODOS LOS SUEÑOS SERÍAN CUMPLIMIENTOS DE DESEO…
Si en la neurosis traumática, como ya dije, los sueños vuelven a llevar al enfermo a
la situación en la que sufrió el accidente, parece obvio que aquellos sueños están muy lejos
de ser cumplimientos de deseos.
Los sueños de los neuróticos traumáticos ya no pueden ser pensados como
cumplimientos de deseo; dice Freud que tampoco los sueños que se llevan al análisis, y
que tratan de traumas psíquicos de la infancia. Más que nada, parece que estos sueños
obedecen a la compulsión de repetición (parece haber un deseo de convocar lo olvidado y
reprimido).
Freud dice que si existe un “más allá del principio del placer” (es decir, que no todo
tiene que ver con el principio del placer, que sería la base del aparato anímico), parece que
hubo algo mucho antes de que los sueños empezaran a ser cumplimientos de deseo.
CAPÍTULO V
En este capítulo, Freud se empieza a enfocar en las excitaciones que vienen desde
dentro, es decir, las pulsiones, y dice que no hay nada que pueda proteger al aparato
anímico de esas pulsiones.
La falta de una protección antiestímulo tiene una consecuencia grave: entran
volúmenes o cantidades enormes de excitación, lo que produce una gran perturbación en
la economía del aparato psíquico (es decir, con “economía” se refiere a que entra mucha
más excitación de la que se puede descargar o “controlar”), tal como pasa en las neurosis
traumáticas.
Lo que mejor sabe Freud hasta ahora lo descubrió gracias al estudio del sueño:
entiende que en el inconsciente hay energía libre, que puede, por ejemplo, desplazarse de
manera muy fácil por el aparato psíquico. También sabemos que el inconciente se maneja
con sus propias leyes (en el caso del sueño, si recordamos “La interpretación de los
sueños”, esas leyes son la condensación y el desplazamiento).
Va a hacer una distinción importante entre proceso psíquico primario y proceso
psíquico secundario:
El proceso primario se refiere a todos los mecanismos propios del inconciente,
donde está presente la energía ligada o móvil;
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El proceso secundario se refiere a nuestra vida normal de vigilia (o sea, lo que
hacemos mientras somos concientes, donde la energía se encuentra ligada y
controlada).
¿Qué tienen que ver estas cuestiones con el tema de la pulsión? La energía propia
de la pulsión o las mociones pulsionales afectan al inconciente, por lo tanto, podemos decir
que obedece al proceso psíquico primario.
Entonces, el objetivo sería ligar o “unir” a ciertas representaciones psíquicas (es
decir, a un conjunto de elementos representados en el inconciente) la excitación o la carga
de energía para impedir que fluya o se mueva libremente, y así formar una especie de
“cadena”.
Sin embargo, el fracaso de esta posibilidad de ligar la energía (principalmente
porque la cantidad de excitación es enorme) puede provocar, como ya dije, una
perturbación parecida a la neurosis traumática.
Las formas de manifestarse la compulsión de repetición (que ya se explicaron en
este resumen, y son el juego infantil y los sueños de neurosis traumática) dice Freud que
muestran un carácter pulsional (es decir, parece que la pulsión “impulsa” o les da fuerza a
esas conductas). Por ejemplo, en el juego infantil, el niño repite la vivencia displacentera (la
ida de la madre al trabajo), porque parece que así consigue dominar de alguna manera, a
través del juego, esa vivencia en la cual no pudo hacer nada la primera vez, cuando la
madre se fue. Esa vez, el niño fue solamente como “un espectador”.
Dice que en el juego infantil, la compulsión de repetición de la vivencia desagradable
alguna satisfacción le da al niño, porque al menos le ayuda a dominar esa vivencia. En
cambio, en el analizado, se ve con claridad que la obsesión por repetir en la transferencia
(o sea, en el análisis) los hechos de la infancia, sobrepasa o va más aldel principio del
placer (porque ahí no hay nada que dominar, o no hay nada que tenga que ver con la
satisfacción).
¿QUÉ RELACIÓN TIENE LA PULSIÓN CON LA COMPULSIÓN DE REPETICIÓN?
Parece haber algo de la pulsión, un exceso de la energía libre de la que hablé antes,
que no termina de ser ligada del todo a alguna representación, a pesar de haber una
compulsión a la repetición que busca ligar la energía constantemente. Por ejemplo, a vos
te pasó algo importante y se lo contás a todo el que se te cruza; luego a la décima vez que
lo contás, estás más calmado o calmada. Entonces, algo fue posible de ser ligado,
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tramitado, pero no todo, ya que hay algo que queda por fuera y que te lleva a seguir
repitiendo eso que te pasó.
De esta manera, Freud se da cuenta que una de las características de las pulsiones
es que buscan reconstruir algo anterior para poder terminar de ligarlo o de procesarlo
completamente (en el ejemplo, buscaría volver a eso que pasó la primera vez).
COMPULSIÓN DE REPETICIÓN Y PULSIONES DE MUERTE
Este es un punto fundamental en su obra, ya que empieza a cambiar la visión que
hasta ahora tenía de las pulsiones. Teniendo en cuenta a la compulsión de repetición, que
muestra que hay actitudes o vivencias que se repiten más allá del placer (es decir que,
aunque generen displacer, se siguen repitiendo), y sabiendo que esta compulsión de
repetición busca ligar la energía libre que quedó de alguna manera sin ligar, repitiendo las
vivencias desagradables, Freud va a empezar a hablar de la existencia de pulsiones de
muerte, como si fueran una fuerza que van más allá del principio del placer.
La compulsión de repetición puede ser demoniaca, puede volverse contra la propia
persona y hacer que se autodestruya. Esa compulsión (efecto de la acción de la pulsión de
muerte) va más allá del principio del placer, porque aparece como el principal obstáculo en
la búsqueda de la cura durante el análisis, ya que constantemente se están repitiendo
vivencias que no tienen nada de placenteras. La pulsión de muerte sería la forma en que el
inconciente se manifiesta, como algo constantemente atacante y destructivo ante lo cual el
analista tiene que ser responsable y saber que se enfrenta a abrir la famosa Caja de
Pandora, a descubrir ciertas vivencias que por algo están reprimidas o por algo no pudieron
ser ligadas del todo.
La pulsión de muerte es como una fuerza que trabaja silenciosamente, para unos
fines que se sitúan más allá del principio del placer, y que nada tienen que ver con la
búsqueda de placer o satisfacción.
La pulsión de muerte es la tendencia de todo organismo a la búsqueda de un estado
anterior a la vida; es querer regresar al estado inorgánico, el de antes de la vida misma.
Freud entiende la pulsión de muerte como una necesidad que tiene lo viviente de retornar
a lo inanimado, en donde el aparato psíquico no estaba perturbado por estímulos
constantes ni había exigencias de las pulsiones por alcanzar la satisfacción.
Hay que aclarar que no es “muerte” en el sentido biológico como tal, sino que se
refiere a la falta de estímulos que perturben el aparato psíquico. Es volver al estado
inorgánico, donde el aparato no estaba perturbado por estímulos. Por ejemplo, que una
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persona sea adicta a una droga no significa que quiera suicidarse. No es porque hay una
voluntad de muerte que un sujeto hace ciertas cosas sino porque el deseo de vida es
insuficiente para parar la compulsión de repetición inconciente de vivencias displacenteras.
Antes de la vida, el aparato no tenía estímulos. El aparato psíquico comienza a
formarse, en la sustancia viva todavía débil, con los estímulos que llegan del exterior, y así
nace la primera pulsión (que es la de agresión). La aparición o génesis de la vida viene a
perturbar el estado inanimado del principio.
El aparato psíquico siempre busca disminuir o bajar la excitación y, por lo tanto, la
tensión del organismo al grado más bajo posible. A primera vista, parecería que es la
búsqueda de la satisfacción (el principio de placer) la que vuelve a llevar al sujeto, por medio
de la descarga pulsional, a ese punto más bajo de tensión. Pero, más fundamentalmente,
Freud ve allí también la expresión de la pulsión de muerte, porque este retorno al punto de
partida, al nivel mínimo de excitación, es en cierto modo la tendencia que empuja al
organismo a volver a su origen, a su estado primero de no vida, es decir, a la muerte.
AGRESIÓN O AUTODESTRUCCIÓN
Si la pulsión de muerte es dirigida a obstáculos externos, se llama “agresión”;
mientras que si va dirigida hacia la propia persona, se trata de una autodestrucción.
PULSIONES DE VIDA
Las pulsiones de vida buscan la obtención del placer, y abarcan las pulsiones
sexuales (que permiten la supervivencia de la especie), y también las pulsiones de
autoconservación (que son aquellas que ya vimos en textos anteriores. Se apoyan en las
necesidades corporales, como el hambre, para la conservación de la vida. Buscan la
supervivencia del individuo).
Antes, Freud separaba a las pulsiones sexuales y a las de autoconservación, pero
ahora incluye a las dos dentro de las pulsiones de vida.
DESMEZCLA PULSIONAL
Para Freud, nacemos con pulsiones de vida y de muerte. Las de vida nos llevan a
enamorarnos para reproducirnos y buscan la mezcla pulsional; las de muerte, se oponen a
la vida y buscan la desmezcla. Las pulsiones de vida y de muerte están mezcladas en el
interior del aparato psíquico, pero cuando se desmezclan (o sea, se separa cada una por
su lado), empieza a haber desestabilidad. Por ejemplo, la patología o enfermedad es
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consecuencia de una mayor cantidad de fuerza destructiva en el interior del organismo. A
más pulsión de muerte, más compulsión a la repetición y más desequilibrio emocional.
Un representante de la pulsión de muerte es el sadismo (cuando está separado de
lo sexual, o sea, separado de la pulsión de vida).
Cuando predomina la fuerza de la pulsión de muerte, entonces hay una tendencia a
la desmezcla y, por tanto, a la liberación de las energías destructivas, independientemente
de que estas se manifiesten sobre el sujeto mismo (autodestrucción, masoquismo), o sobre
los objetos del mundo externo (agresión, sadismo).
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SEGUNDA TÓPICA DEL APARATO PSÍQUICO
“EL YO Y EL ELLO” (1923) – SIGMUND FREUD
INTRODUCCIÓN (apuntes de clase)
Lo que a Freud lo impulsa a formular la segunda tópica o teoría del aparato psíquico
(ello, yo y superyó) y a escribir “El yo y el ello” es el antecedente que él escribe en “Más allá
del principio de placer”, referido a los obstáculos que se presentan en la cura o clínica.
El planteó las neurosis de transferencia, que estaban totalmente relacionadas con
el fenómeno de la compulsión de repetición (es decir, durante el análisis, el paciente tendía
a repetirle al médico vivencias que no tenían ningún tipo de placer posible, en lugar de
recordar esas vivencias o “contarlas”).
La repetición de vivencias displacenteras parece ser que es propia del sujeto. Esto
a Freud lo lleva a pensar que es mucho lo inconciente en el yo”. Hay algo de lo inconciente
que escapa a lo reprimido, porque es difícil explicar cómo es que el sujeto repite
constantemente hechos o vivencias displacenteras sin que puedan ser reprimidas.
Y esto lleva a su principal formulación en “El yo y el ello”, tal vez una de las más
complejas para ser pensadas: Todo lo reprimido es inconciente, pero no todo lo inconciente
es reprimido”.
Hay que aclarar que la segunda tópica (ello, yo y superyó) de ninguna manera
reemplaza a la primera (inconciente, preconciente, conciente). Son muy diferentes los
motivos que llevan a Freud a formular la segunda tópica (que son los obstáculos que se
presentan en la transferencia), por lo que no hay relación con la primera.
La referencia más importante a los obstáculos que se presentan en la clínica o
transferencia es la reacción terapéutica negativa.
Otra de las cuestiones más importantes que hay que tener clara tiene que ver con
lo paradojal en esta segunda tópica: parece que el superyó se satisface con la renuncia
pulsional, con ponerle un freno al esfuerzo de la pulsión por alcanzar la satisfacción, pero
resulta que esto va a tener una “doble cara o vertiente”, porque está el ideal del yo como
función del superyó.
No hay que olvidarse de lo que era el ideal del yo: lo que quería alcanzar el yo ideal.
Por eso hay que tratar de poner en juego lo que venimos estudiando y lo que ya sabemos
para poder entender los nuevos conceptos.
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FACULTAD DE PSICOLOGÍA UNLP TEORÍA PSICOANALÍTICA AUTOR: JUAN NADIR MOSTAFÁ
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Además, Freud introduce un elemento mucho antes de este trabajo, y que
necesariamente va a tener que ubicarlo en algún lado en este segundo aparato psíquico:
es la pulsión.
En su primera tópica, o primer esquema del aparato psíquico, Freud todavía no tenía
el concepto de pulsión. Después, no solamente introduce la pulsión, sino que la pulsión le
“desorganiza” todo lo que tenía formulado.
También la introducción del concepto de narcisismo le afecta mucho a lo que él
había dicho hasta ese momento, porque Freud encuentra que el yo está sexualizado (o sea,
hay libido en el yo), por lo tanto, el yo es pulsional (porque la libido es la energía de la
pulsión). Entonces, algo de la pulsión del yo “hace quilombo” en la transferencia o análisis
en el paciente, pero si el paciente se quiere curar, ¿por qué resiste la curación? ¿Qué es lo
que resiste? No es el yo el que resiste, sino que es la pulsión. ¿Y la pulsión dónde la ubico
en esta segunda tópica?
Por eso, tiene que reformular todo el esquema que venía planteando hasta ahora,
porque encuentra, además, que hay algo inconciente en el yo.
En fin, se le arma un lío bárbaro con todo.
Por eso después va a dejar las pulsiones en el ello: algo de las pulsiones se reprime,
y algo no. Por eso va a decir que el yo y el ello están conectados directamente, y por eso
después va a hablar de la metáfora del jinete y el caballo (donde el jinete tiene que tomar
fuerzas prestadas). O sea, el yo tendría que tomar fuerzas prestadas del ello (por eso el yo
a veces se comporta como que “no sabe lo que está haciendo”. ¿Cuántas veces nos pasan
cosas que no queremos que nos pasen? Parece que estuviéramos “gobernados” por algo).
CAPÍTULO I
Freud empieza diciendo que lo fundamental hasta ahora en la teoría psicoanalítica
era la diferencia entre conciente e inconciente.
En sus orígenes, el psicoanálisis estuvo vinculado al estudio de la histeria, lo que
llevó de inmediato a formular la hipótesis de la represión como función psíquica, y esto a su
vez llevó a pensar al aparato psíquico dividido en dos partes: una parte era la reprimida y
la otra, la que se encargaba de reprimir. No era difícil pensar la parte reprimida del aparato
como lo “inconciente” y la otra como lo “conciente”.
Según Freud, una fuerza reprimida trataba de abrirse paso o llegar hasta la
conciencia, pero era inmediatamente frenada por otra fuerza que reprimía: parece que lo
“inconciente” se oponía al “yo” o a la “conciencia”.
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