Apunte de cátedra
“El adolescente y sus trabajos”
Fragmentos de: “EL ADOLESCENTE Y SUS TRABAJOSRODULFO, Ricardo
En RODULFO, R. (2005) Estudios clínicos. El significante al pictograma a través de la
práctica psicoanalítica. Buenos Aires. Paidós.
Pensar la adolescencia en una perspectiva de trabajos a cumplir sirve para reposicionar
el análisis de la adolescencia, en contra de desdichadas polarizaciones que la cuestión de la
adolescencia en psicoanálisis ha sufrido.
Por un lado contra el cronologísmo, contra rutinariamente- el hábito de designar
como adolescente a alguien que tiene cierta edad (como si fuera una cosa que cae por su
peso), dado que vamos a exigir algo más para hablar de un proceso adolescente; vamos a
exigir que estén cumpliendo, que se estén llevando a cabo determinados trabajos, no basta
con tener la edad para que esto ocurra.
Contra una cierta propensión a concebir al sujeto como dice María Teresa Cena en
Revista de la Escuela de Psicoterapia para graduados, N°15, 1988 atrapado por una
determinada estructura; atrapado pasivamente como víctima o como soporte de una
combinatoria; contrariamente, el concepto de trabajo le restituye algo allí que le pertenece
al sujeto y que es su propio trabajo psíquico, su propia actividad.
Por último, privilegiar el concepto de trabajo en la adolescencia, y de qué puntos de
trabajo se trata, creo también nos sirve contra los peligros siempre presentes de psiquiatrizar
el psicoanálisis por la vía de psicopatologizarlo todo. Se trata de privilegiar el tipo de trabajo,
el modo como el adolescente lo enfrente, los síntomas que se presenten los vamos a pensar
desde la perspectiva de esos trabajos simbólicos.
Con respecto a los trabajos en mismos, distingo por lo pronto unos seis; lo cual debe
ser también mirado con cuidado porque no se trata de una lista, no se trata de una
clasificación. Con sólo exponerlos se verá que están obviamente trabados entre sí. De manera
que uno podría decir que son seis facetas del trabajo de la adolescencia a considerar, seis
perspectivas, seis matices, seis diferenciaciones.
Un primer punto, un trabajo que el adolescente debe encarar, lo defino como pasaje
de lo familiar a lo extrafamiliar. En primer lugar, no basta siquiera decir “pasaje”; en este
pasaje de lo familiar a lo extrafamiliar cabe más hablar de una metamorfosis, de una
transformación interna de cada uno de estos polos (familiar y extrafamiliar).
El hecho central es que en la adolescencia, si es que se lleva a cabo este trabajo, por
primera vez lo extrafamiliar deviene más importante que lo familiar; cuando eso no ocurre,
cuando lo familiar sigue siendo lo más importante (recuerdo ahora el caso de una chica que
decía que sólo se sentía ella misma en su casa y que su mejor amiga era su madre, o sea que
lo familiar seguía siendo en ella nítidamente lo central), hay algo muy decisivo en cuanto a lo
extrafamiliar que no se está produciendo.
Lo extrafamiliar hace su primera irrupción en la angustia del octavo mes, como la ha
localizado Spitz. “El extraño” es la primera irrupción de lo extrafamiliar; pero allí lo
extrafamiliar no se pone en duda, no pone en cuestión la preminencia de lo familiar, cosa y
diferencia decisiva. Más bien, lo extrafamiliar produce una crisis: la emergencia del extraño
pone en crisis una cierta certidumbre narcisista que hasta ese momento estructuraba al
pequeño, que es que todo era materno. Universo era igual a madre; englobando la categoría
madre a todo tipo de personajes, incluido el padre, hermanos, familia, todo lo que estuviera
en torno.
Durante lo que conocemos como período de latencia hay obviamente todo un trámite
de lo extrafamiliar que se va desarrollando y que, sobre todo en la latencia, se espera, lo que
es uno de los puntos decisivos para una verdadera latencia, que lo extrafamiliar tenga mucho
peso, por ejemplo, a través de lo que aparece como la función simbólica de los amigos. Pero
tampoco acá, aún con esto, no basta para quebrarle a lo familiar su primacía. En este sentido,
este es un hecho nuevo que sólo acaece después de la pubertad, y que no le viene regalado al
adolescente, lo debe conquistar.
La función del amigo me parece que se puede entender si uno la opone a la del
extraño. Así como el extraño irrumpía causando angustia en lo familiar, la función del amigo
creo que se debe pensar como una transformación muy importante del objeto transicional, en
tanto el amigo mitiga los rigores para el sujeto en formación - de la oposición familiar /
extrafamiliar, la suaviza, funciona como un articulador.
La operación maestra del adolescente es que lo familiar devenga extraño, que sea
escupido, escupir lo familiar y volverlo extraño.
Un segundo punto es el pasaje o la transformación del yo ideal o, en otras palabras,
que el acento se desplace del yo ideal al ideal del yo. Tiene que ver con los duelos, matar al
niño ideal, está ligado a la predominancia del ideal en tanto horizonte abierto de lo que va a
ser o de lo que sesin serlo nunca del todo contrapuesto a la dimensión del Yo Ideal,
como la de lo que ya está ahí consolidado como una cierta estatuaria.
El tercer punto es el pasaje de lo fálico a lo genital. Algo se termina de inscribir en
cuanto al propio cuerpo, la iniciación sexual en la adolescencia es mucho más que un
episodio, es un acontecimiento estructurante, algo se termina de escribir y algo se resignifica
en cuanto a la vivencia de satisfacción.
El cuarto punto consiste en la repetición transformada de los tiempos del narcisismo,
como nuevo trabajo… verse en el otro, verse como otro, verse como extraño. La adolescencia
no se puede inaugurar sin una aparición del extraño allí, sin verse como extraño. Ahora se ve
un desconocido allí. En toda la identidad construida en la niñez junto a los padres sufre un
profundo desacomodo en relación con ella.
El siguiente punto de trabajo es el pasaje del jugar al trabajar. Si algo de las raíces
deseantes del jugar no pasa inconscientemente al trabajo, si no hay una articulación
inconsciente donde el trabajar herede lo lúdico, retransformándolo, el trabajar y el jugar se
disyuntan, el jugar queda confinado a lo sumo- en la categoría de ensueño diurno
improductivo, y todo el campo del trabajo en el futuro se expone a ser pura adaptación, a
quedar preso meramente en una demanda social.
El último de los trabajos es el que permite que se defina si algo va a quedar
simplemente en la categoría de lo reprimido (o en categorías peores aún), o si va a sufrir un
cierto grado de sepultamiento.
Fragmentos de: “LA MULTIPLICACIÓN Y MULTIPLICIDAD DE PARADOJAS EN LA
ADOLESCENCIA RODULFO, Ricardo.
En RODULFO, R. (2008) El psicoanálisis de nuevo. Elementos para la deconstrucción del
psicoanálisis tradicional. Buenos Aires. Eudeba.
Me interesa mucho el énfasis que Diana Corso ponía en lo que me sentiría tentado a
nombrar como cierto acento melodramático que solemos tener nosotros, “los viejos”, “los
grandes”, “los adultos”, en nuestros discursos sobre la adolescencia, siempre enfatizando los
duelos, las crisis, las pérdidas, etc. Hablando, quizás, demasiado poco del deseo de estar sólo
y de no ser encontrado, tan propio de esos años. Hablando demasiado poco también de la
alegría.
En los márgenes de un texto, al píe de página, en una nota a medio andar del capítulo
V de “La interpretación de los sueños”, Freud escribe que en un niño no hay mayor deseo que
el de ser grande. Le da a tal deseo el estatuto, en esa nota, de deseo de los deseos, de deseo
por excelencia. Esto del deseo de ser grande, con toda esa dimensión de grande, de
desmezura, de exceso. El niño se promete todo con él. Y creo que, al respecto, en la
adolescencia ocurre algo del orden del traumatismo. Hay una cosa terrible para el
adolescente, que es descubrir que los adultos no son grandes, que un término no es sinónimo
del otro, que donde él creía que había un grande apenas si hay un adulto a lo que él llama un
viejo. Es una decepción honda, angustiante, muy difícil de perdonar, y tiene mucho que ver
con la ferocidad de la descalificación que los padres a menudo sienten, no sin razón, tan
injusta, que el adolescente hace respecto de todo lo de ellos. Pero tarda muchos años esa
herida en cerrar. Pues lo angustiante amenaza por otro flanco, ya que el adolescente entonces
percibe que lo que le espera no es la grandeza sino la adultez y eso es insoportable. Esto
explica una suerte de fobia: rechazo de todo proyecto futuro, de la reclusión en el dormir, el
aplazamiento de todo lo que tenga que ver con índices “objetivos” de crecimiento como es el
cursar estudios con alguna regularidad y disciplina, etc. Es que literalmente le aterroriza todo
lo que lo acerque a lo que ahora es un abismo y no el arribo a la grandeza, apena la caída en
una gris y repulsiva adultez, de la cual, no sin agudeza, el adolescente percibe todos sus
matices mediocres. A menudo esto lo pone furioso y se ensaña cruelmente con la madre, con
algún profesor, o con el “viejo” que fuere.
Creo que es decisivo que los padres puedan acompañar al adolescente en los caminos
paradójicos. ¿Pero qué quiere decir acompañar? Todo lo que funcione bajo el signo del dar y
recibir está condenado al fracaso, y debe deconstruirse el esquema mítico según el cual los
padres, los grandes, deben dar al adolescente y éste debe a su turno recibir. Planteado así, ni
siquiera la información circula y es susceptible de ser procesada. Todo se atasca
inexplicablemente. Algo similar ocurre con otra consigna mediática ya estereotipada, entre
otras cosas por culpa nuestra, aquella que manda “poner límites”, el límite como algo que el
grande debiera ponerle (darle) al adolescente, lo cual lleva a un inevitable enfrentamiento a
un inevitable sometimiento. Es muy distinto si se pensara en algo construido entre, algo
armado entre dos o más.
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