improductivo, y todo el campo del trabajo en el futuro se expone a ser pura adaptación, a
quedar preso meramente en una demanda social.
El último de los trabajos es el que permite que se defina si algo va a quedar
simplemente en la categoría de lo reprimido (o en categorías peores aún), o si va a sufrir un
cierto grado de sepultamiento.
Fragmentos de: “LA MULTIPLICACIÓN Y MULTIPLICIDAD DE PARADOJAS EN LA
ADOLESCENCIA” RODULFO, Ricardo.
En RODULFO, R. (2008) El psicoanálisis de nuevo. Elementos para la deconstrucción del
psicoanálisis tradicional. Buenos Aires. Eudeba.
Me interesa mucho el énfasis que Diana Corso ponía en lo que me sentiría tentado a
nombrar como cierto acento melodramático que solemos tener nosotros, “los viejos”, “los
grandes”, “los adultos”, en nuestros discursos sobre la adolescencia, siempre enfatizando los
duelos, las crisis, las pérdidas, etc. Hablando, quizás, demasiado poco del deseo de estar sólo
y de no ser encontrado, tan propio de esos años. Hablando demasiado poco también de la
alegría.
En los márgenes de un texto, al píe de página, en una nota a medio andar del capítulo
V de “La interpretación de los sueños”, Freud escribe que en un niño no hay mayor deseo que
el de ser grande. Le da a tal deseo el estatuto, en esa nota, de deseo de los deseos, de deseo
por excelencia. Esto del deseo de ser grande, con toda esa dimensión de grande, de
desmezura, de exceso. El niño se promete todo con él. Y creo que, al respecto, en la
adolescencia ocurre algo del orden del traumatismo. Hay una cosa terrible para el
adolescente, que es descubrir que los adultos no son grandes, que un término no es sinónimo
del otro, que donde él creía que había un grande apenas si hay un adulto a lo que él llama un
viejo. Es una decepción honda, angustiante, muy difícil de perdonar, y tiene mucho que ver
con la ferocidad de la descalificación que los padres a menudo sienten, no sin razón, tan
injusta, que el adolescente hace respecto de todo lo de ellos. Pero tarda muchos años esa
herida en cerrar. Pues lo angustiante amenaza por otro flanco, ya que el adolescente entonces
percibe que lo que le espera no es la grandeza sino la adultez y eso es insoportable. Esto
explica una suerte de fobia: rechazo de todo proyecto futuro, de la reclusión en el dormir, el
aplazamiento de todo lo que tenga que ver con índices “objetivos” de crecimiento como es el
cursar estudios con alguna regularidad y disciplina, etc. Es que literalmente le aterroriza todo
lo que lo acerque a lo que ahora es un abismo y no el arribo a la grandeza, apena la caída en
una gris y repulsiva adultez, de la cual, no sin agudeza, el adolescente percibe todos sus
matices mediocres. A menudo esto lo pone furioso y se ensaña cruelmente con la madre, con
algún profesor, o con el “viejo” que fuere.
Creo que es decisivo que los padres puedan acompañar al adolescente en los caminos
paradójicos. ¿Pero qué quiere decir acompañar? Todo lo que funcione bajo el signo del dar y
recibir está condenado al fracaso, y debe deconstruirse el esquema mítico según el cual los
padres, los grandes, deben dar al adolescente y éste debe a su turno recibir. Planteado así, ni
siquiera la información circula y es susceptible de ser procesada. Todo se atasca
inexplicablemente. Algo similar ocurre con otra consigna mediática ya estereotipada, entre
otras cosas por culpa nuestra, aquella que manda “poner límites”, el límite como algo que el