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PSICOANÁLISIS FREUD DELGADO
TERCER PARCIAL
TEÓRICOS
“Más allá del principio del placer” (1920)
Hemos sostenido, hasta este momento, que el aparato psíquico se encuentra bajo el
imperio del principio del placer. Sin embargo, Freud descubre que existen ciertos procesos en la
vida anímica que parecen contradecir esta premisa. En todos ellos, existe una inhibición de placer
o un retraso del mismo que choca directamente con la ley planteada. Freud entiende que hay dos
fuentes de displacer innegables que aparecen en forma universal: el principio de realidad y la
represión.
El principio de realidad es aquel que, guiado por las pulsiones de autoconservación del yo,
pospone la satisfacción en vistas de evitar el conflicto entre instancias. Como tal, se resiste al
principio de placer, que busca la satisfacción inmediata, el placer absoluto.
El otro caso es el del proceso de represión. Dicho mecanismo viene a solucionar un
conflicto y, para ello, relega ciertas pulsiones a estadios inferiores. Lo que hace, entonces, es
impedir la satisfacción de dichas mociones y sólo les permite una salida de forma desfigurada, es
decir, como displacer. Transforma, por lo tanto, algo placentero en algo displacentero, lo que
resulta absurdo bajo el imperio del principio del placer.
Ahora bien, en ambos casos, se ve a las claras que la inhibición del placer se apoya sobre la
base de que algo puede ser placentero en un lugar pero displacentero en otro. Sin embargo, Freud
encuentra ciertos fenómenos que, resultado de la presencia del peligro, también aparecen como
enemigos del principio del placer.
Tomamos, en primer lugar, los sueños de neurosis traumática. En estas patologías
reconocemos dos rasgos fundamentales: el terror o el factor sorpresa como el núcleo de la
causación y el hecho de que la presencia de una herida o daño físico contrarresta los efectos de la
neurosis. Los sueños de estos neuróticos se caracterizan porque llevan al enfermo hacia la
situación displacentera que actúa de ocasionamiento. Es decir, reviven un fenómeno traumático,
displacentero, reviven el terror. ¿Cómo puede ser que el sueño, que debiera ser una figuración de
deseos, cumpla este rol?
Luego, tenemos el juego infantil o fort-da. En él, el niño parece revivenciar un hecho
displacentero: la ausencia de la madre. Se escenifica un desaparecer-regresar que no es
placentero para el niño. El niño transforma un hecho displacentero y padecido en un fenómeno en
el que él aparece como ente activo que se venga de la madre.
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El caso por excelencia de ruptura con el principio del placer es, sin duda, la compulsión a
la repetición en transferencia. Aquí, aparece la tendencia a repetir en acto un hecho displacentero
(agieren). Esto que se actúa no es algo reprimido u olvidado. Es algo inconsciente que regresa de
esta particular forma. Todo aquello que se recuerda pertenece a lo reprimido. El análisis busca
levantar resistencias que han sido impuestas por el yo mismo, no por lo reprimido. Ello siempre
tiende a regresar, a acceder a la conciencia. La resistencia viene desde el yo mismo que, además,
alberga en sí mismo un núcleo inconsciente. Esto es coherente con el principio del placer, en tanto
el regreso de lo reprimido sería displacentero. Pero no así lo es la compulsión a la repetición. Esta
está más allá de este principio.
Procederemos tratando de caracterizar al aparato psíquico y sus sistemas a la luz de estas
deducciones. La conciencia, como sabemos, es el sistema que se caracteriza por el devenir-
conciente sin presencia de huella mnémica. Es decir, este sistema recibe estímulos que no dejan
marca alguna, se agotan en el devenir-conciente. Esta particularidad podría atribuirse a la
ubicación de la Cc: está en contacto directo con el mundo exterior.
Pensemos en una vesícula indiferenciada del medio. Su superficie tiene un vínculo directo
con el afuera y actúa como receptor de estímulos. El constante choque con estos últimos forzaría a
esta superficie a transformarse, endurecerse, a hacerse corteza. Esto impediría el daño
permanente en la vesícula. Algo así pasaría con el sistema Cc.
Tenemos, entonces, una vesícula que ha generado una corteza y que, para sobrevivir, ha
de presentar una protección antiestímulos. Para esto, una parte de la corteza ha muerto, se ha
vuelto inorgánica y, entonces, puede proteger los estratos internos.
Hemos logrado una articulación de los sistemas del aparato. Consideremos, entonces,
traumático a todo aquel estímulo que tenga la suficiente intensidad como para romper la barrera
antiestímulo. Ahora bien, la ruptura de esta barrera pone en marcha mecanismos de protección,
cuya última instancia es la aparición de la angustia. Cuando no aparece la angustia, entonces se
genera un conflicto en el interior del aparato y el principio de placer queda abolido
temporalmente: el estímulo ya ha ingresado y hay que actuar sobre él. El primer objetivo es,
entonces, ligarlo, dominarlo. Una vez que ello se logre, el aparato podrá tramitarlo. Hemos
admitido, finalmente, que existe una tendencia previa, más originaria que el principio del placer
cuyo rol es ligar los grandes volúmenes de excitación que ingresan al aparato. Existe un más allá
del principio del placer.
Ahora bien, tenemos ya la protección contra los estímulos externos. Pero, ¿qué sucede
con los ataques que provienen del interior mismo de la vesícula? Contra ellos, la vesícula lo
puede reaccionar tratándolos como externos. Las pulsiones, que son estos estímulos internos,
tienen que ser ligadas independientemente del principio del placer y luego tramitadas según el
mismo.
La cuestión es comprender la relación entre lo pulsional y la compulsión a la repetición.
Este último fenómeno nos es demostrando que las pulsiones presentan un carácter general:
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tienden a la regresión a estadios previos, a la reproducción de épocas anteriores. Esto implica que
el desarrollo o evolución orgánicos se debe, en realidad, a los estímulos externos, perturbadores.
Si la pulsión tiende a lo previo, entonces hablamos de que la meta de la vida es la vuelta a lo
inorgánico, es decir, tendemos a la muerte. Y, sin embargo, seguimos vivos. Esto denota la
existencia de elementos que retrasaron esa meta, que obligan a la pulsión a desviarse y dar
rodeos.
Y bien, a pesar de este carácter pulsional universal, hemos de reconocer que existe un
grupo de mociones que escapan a él y que actúan contrariando esta meta general. Hablamos de
las pulsiones sexuales, que a partir de ahora llamaremos pulsiones de vida, pues se caracterizan
por tender a la extensión de la misma. En oposición a ellas, ubicaremos a las pulsiones de
muertes, que son aquellas que sí responden a esa ley de tendencia a lo inorgánico. Éstas se lanzan
hacia su meta mientras que las otras las obligan a retrasarse, a dar rodeos.
Tenemos, entonces, una oposición pulsional básica que aparece acompañada por otra: el
enfrentamiento entre amor y odio en relación con el objeto de amor. En este punto vamos a
encontrar un anticipo de la mezcla y desmezcla de pulsiones, que aquí aparece como tendencias
sádicas en el seno de las pulsiones de vida. El masoquismo será, a esta altura, una vuelta sobre la
propia persona de esas tendencias sádicas que, sin embargo, ha de entenderse a la luz del carácter
general de las pulsiones: el masoquismo es un estadio previo al que volvemos, es un masoquismo
primario.
“Pegan a un niño” (1919)
La representación-fantasía “pegan a un niño” viene siempre anudada a sentimientos
placenteros que pueden figurarse como satisfacción onanista, voluntaria o involuntariamente. La
misma aparece como un rasgo de perversión. Esto implica que una tendencia sexual se ha
independizado y se ha desarrollado más rápido que las otras. Su destino normal sería la represión
o la sustitución por una forma reactiva o, incluso, la sublimación. Pero si esto no ocurre, puede
devenir perversión en la adultez.
Analizaremos el desarrollo de esta fantasía en el niño y en la niña de forma separada, pues
en cada sexo aparece con características únicas y formas particulares.
En el sexo femenino, esta fantasía presenta tres fases. En la primera de ellas, la misma se
formula como “El padre pega al niño que yo odio”. Es decir, tenemos un padre que azota y un niño
que es azotado, pues el padre no lo ama a él, sino a mí. Esta concepción se apoya en el Complejo
de Edipo normal de la niña, donde aparecen tendencias tiernas hacia el padre y hostiles hacia la
madre. La decepción que sufre la niña por el rechazo del padre genera en ella una conciencia de
culpa que, resultado de la represión de las tendencias incestuosas, transforma esta fantasía.
Ingresamos en una segunda fase, quizá la más importante pues es la que permanece
inconsciente y, además, es en la que aparece el componente masoquista. Aquí, hablamos de que
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el padre azota a la niña en cuestión. La formulación sería: “Yo soy azotada por el padre”. Vemos
que la conciencia de culpa ha trasmudado la fantasía en una de carácter masoquista, donde se
anuda aquella y una cuota de erotismo que resulta de la regresión de lo genital. Hablamos de
masoquismo en tanto están presentes ambos elementos. El ser azotado es un sustituto de la
satisfacción onanista prohibida, lo que justifica la excitación libidinosa adherida a la fantasía.
La tercera fase es una aproximación a la primera. El padre ya no es quien azota, sino que
aparece un adulto azotando a muchos niños, en su mayoría, varones. “El padre pega a muchos
niños”. Tras la represión de la cuestión del amor del padre, el acento queda en el componente
sádico que no quita que la satisfacción continúe siendo masoquista. Recordemos que la
investidura libidinal y la conciencia de culpa ya se encuentran asociadas a la fantasía.
Podemos extraer dos conclusiones de este desarrollo. En primer lugar, pareciera que toda
perversión urde sus raíces en el complejo de Edipo, que es estructural, y luego se separa de él,
quedándose con la carga libidinosa y la conciencia de culpa para sí. Por otro lado, el masoquismo
se nos aparece como la vuelta a la pasividad del sadismo, apoyada en el influjo de la conciencia de
culpa que surge de la represión del complejo de Edipo. La represión tendría tres efectos: vuelve
inconsciente el resultado de la organización genital, produce la regresión hacia el estadio sádico-
anal y muda el sadismo en masoquismo pasivo, en una especie de vuelta al narcisismo.
Pasemos, ahora, al caso del sexo masculino. Aquí tenemos dos fases, pero con algunas
particularidades. La primera de ellas es el hecho de que los varoncitos se sitúan en la fantasía a
partir de un complejo de Edipo trastornado, que toma al padre como objeto de amor.
La primera fase es, aquí, inconsciente. Aparece como Yo soy pegado por el padre”, al
igual que la fase inconsciente de la niña. El ser azotado reviste un ser amado por el padre que ha
sufrido de regresión. Podríamos decir que esta primera fase es una máscara de una formulación
verdadera como: “Yo soy amado por el padre”. Esta fase coincidiría con la fase intermedia
femenina.
La segunda fase se caracteriza por una trasmudación de la persona del padre en la madre.
Aparece como “Yo soy pegado por la madre” y es de carácter consciente. Como vemos, siempre se
mantiene la postura masoquista y surge la distinción de sexo entre el que pega y el que es pegado.
Aquí vemos la formulación masculina de la tercera fase femenina.
A continuación, Freud analiza esta fantasía a partir de dos teorías, que son refutadas. Por
un lado, tenemos una teoría que plantea que, basándonos en la constitución bisexual de los
individuos, podemos afirmar que siempre se produce el imperio de un sexo sobre el otro. Así, la
represión es el resultado de la supresión del sexo derrotado, que deviene inconsciente, por parte
del dominante. Esto se condice con el desarrollo de la fantasía en el varón, pero encuentra un
agujero a la hora de explicar la represión y vuelta inconsciente de la segunda fase femenina.
Siendo que se trata de una expresión de la posición femenina, no se explica su destino.
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La segunda teoría es la de la protesta masculina, según la cual, toda represión nace de
tendencias masculinas que buscan suprimir a las femeninas. Todo sujeto tiende a tomar una
posición masculina, digamos. Lo que no puede explicar esta teoría es por qué la segunda fase
femenina, inconsciente, deviene síntoma, siendo que sería el destino esperable de la misma, pues
supone el triunfo de lo femenino.
Al derrocar estas dos posibilidades, Freud expresa la teoría psicoanalítica. Desde este
punto de vista, entendemos que la represión no es sexualizable. Hablamos de un proceso que
busca hacer sucumbir a todo aquello que resulte inconciliable y perjudicial. Las pulsiones sexuales
se caracterizan por poder hacer fracasar a la represión, pudiendo acceder a la conciencia de forma
desfigurada. Es por ello que la sexualidad infantil aparece como la principal fuente de formación
de síntoma y el complejo de Edipo como la raíz de las neurosis.
“El yo y el ello” (1923)
Partamos del tercer dualismo pulsional para cuestionarnos acerca de cómo se relacionan
las pulsiones de vida y las de muerte. Es innegable que ambas se encuentran presentes en la
mayor parte de las acciones y procesos del aparato psíquico, lo que nos da a pensar que existe una
mezcla, una ligadura de pulsiones. De la misma manera, puede ocurrir que se produzcan procesos
de desmezcla, como ocurre en las perversiones. Podemos pensar, entonces, por ejemplo, que la
regresión es resultado de la desmezcla de pulsiones y el desarrollo libidinal de mezcla de las
mismas.
Ahora bien, suplantemos la polaridad de pulsiones por la de amor/odio, presente en todo
objeto de amor. La mudanza de uno a otro ocurre frecuentemente, como lo demuestra la clínica,
pero la cuestión es comprender cómo.
La mudanza del amor al odio surge de la ambivalencia presente desde un comienzo. A
partir de allí, se sustrae energía de la moción tierna y se le redirige hacia la hostil. En el otro caso,
hablamos de una moción hostil que no puede ser satisfecha y, por lo tanto, encuentra una
posibilidad de descarga en la mudanza al amor.
El supuesto que se haya por debajo de estos procesos es aquel que sostiene que existe
una energía desplazable e indiferente que puede asociarse a mociones hostiles o eróticas
elevando su investidura. Dicha energía la podemos encontrar alojada tanto en el yo como en el
ello, y pareciera tratarse de Eros desexualizado que proviene del acopio narcisista. Es, entonces,
desexualizada, pero también sublimada, pues su fin se ha desplazado.
Esta sublimación es una acción del propio yo, que toma las primeras investiduras de
objeto del ello, acogiendo su libido en el yo y resignando metas sexuales a favor de procesos de
identificación. Esto implica que, en un comienzo, la libido se aloja por completo en el ello y, más
tarde, una vez alojada en objetos, es tomada por el yo, quien se coloca, ahora, como único objeto
de amor. Este sería un narcisismo secundario, en tanto la libido fue retirada de objetos.
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Ahora bien. Sabemos que el yo se forma a partir de identificaciones que se apoyan en el
ello y sus investiduras resignadas. Las primeras de esas investiduras aparecen como una instancia
crítica del yo aún endeble, conformándose como superyó. El yo se va fortaleciendo y ofreciendo
pelea a ese superyó y sus exigencias, aun cuando el mismo sea insaciable.
Ese super, entonces, tiene un doble origen. Por un lado, se apoya en la identificación
primaria, ocurrida cuando el yo era aún endeble. Por otro, encuentra su génesis en el complejo de
Edipo y su sepultamiento. Pero también nace a partir de lo oído, es decir, que conjuga una parte
del yo capaz de devenir conciente. Y sin embargo, su energía de investidura proviene nada más y
nada menos que del ello. Lo que estamos diciendo es, entonces, que el superyó urde sus raíces en
el ello. Esto es fundamental, pues nos permite comprender por qué el superyó es insaciable, por
qué siempre pide más. Aún más, es esto lo que explica que posea representaciones concientes y
otras de carácter inconsciente.
Detengámonos aquí, para analizar esto último. Una de las representaciones inconscientes
del superyó por excelencia es la conciencia de culpa. Se trata de un fenómeno que aparece en
muchas patologías y que siempre supone la necesidad de estar enfermo como castigo. Es una de
las resistencias más fuertes durante el análisis y puede venir acompañada por la reacción
terapéutica negativa, que viene a expresar una negación a renunciar a una cuota de satisfacción
en el padecer. Lo que está en juego, en toda conciencia de culpa, es una lucha entre el yo y el ideal
del yo, que se figura como condena por parte del superyó.
Bien. Dijimos que uno de los puntos de origen del superyó es la identificación paterna.
Esto supone, claramente, una desexualización, una sublimación y, aún más, una desmezcla. El
componente erótico ya no puede ligar la destrucción a él asociada y ésta se desliga, expresándose
como agresión. La severidad del superyó proviene de aquí.
Finalmente, nos encontramos con un yo que, más allá de sus funciones propias, no puede
escapar de sus vasallos. Se ve atacado por tres frentes: el mundo exterior, la libido del ello y la
severidad del superyó. Para dar auxilio a las pulsiones de muerte que dominan la libido, el yo se
vio obligado a tomar investiduras del ello y, por ello, quedar subrogado al Eros.
“Inhibición, síntoma y angustia” (1926)
Capítulo I
Partimos de distinguir ntoma e inhibición. Este último término corresponde a la
limitación normal de una función, es decir, una limitación funcional del yo.
Freud plantea que esta limitación se puede apoyar en diferentes factores. En lo que refiere
a las inhibiciones especializadas, puede ser que el órgano se haya sexualizado, por lo que el uso
del mismo supondría una represión. El yo se limita para evitar un conflicto con el ello. También
puede ocurrir que la limitación sea por autopunición, como una forma de evitar un placer que no
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es merecido. Aquí, se está evitando un conflicto con el superyó. Por último, en el caso de las
inhibiciones generales, lo que ocurre es una limitación con el objeto de recuperar energía por
empobrecimiento.
Capítulo II
Pasemos, ahora, al síntoma. Hablamos de un sustituto de una satisfacción pulsional
reprimida y desfigurada. La represión parte del yo quien, por una exigencia del superyó no quiere
acatar las demandas del ello. Lo que se logra con este proceso es la detención del devenir
conciente de esa demanda de satisfacción, con la consecuente aparición de la formación
sustitutiva.
La cuestión es tratar de localizar el destino de la pulsión del ello que no fue satisfecha. Lo
que notamos es que el yo logra mudar el placer que ella supone en displacer a través de esa
represión. Para enfrentarse a esa pulsión del ello, el yo sólo tiene que emitir una señal de displacer
(tercera teoría de la angustia) que lo ayuda a poner a esa pulsión bajo el imperio del principio del
placer. Ahora bien, la energía utilizada para esa señal la obtiene de la investidura de la pulsión a
reprimir. Es decir, toma la libido de esa pulsión y la emplea para generar displacer. Así, logra la
mudanza de esa moción y su represión.
Ahora bien, este proceso represivo puede realizarse contra un estímulo externo o interno.
En el primer caso, la barrera antiestímulos cumple un rol fundamental, pues impide el ingreso de
las grandes cantidades de excitación al sistema. En el caso de las pulsiones, que son estímulos
internos, no podemos hablar de represión exitosa. Siempre hay fracaso, que se figura en la
formación sustitutiva, en el síntoma. La pulsión no genera ya placer, pero sigue actuando como
compulsión en esa formación.
Capítulo III
Retomamos el problema del yo. Entendemos que éste no es más que un sector organizado
del ello. Es decir, no podemos separar tajantemente ambas instancias, sino que tenemos que
entenderlas como dos entidades enlazadas en lo profundo. Por eso no podemos luchar contra la
pulsión de forma exitosa, por eso hay retorno y síntoma. Y por eso, el yo siempre se ve obligado a
luchar contra la pulsión, aunque figurada ésta, ahora, como síntoma.
Esto se ve claramente en la lucha defensiva secundaria. Este proceso, que el yo lleva a
cabo en contra del síntoma, muestra dos caras contradictorias.
Por un lado, el yo busca restablecer o reconciliarse con el síntoma. Lo que aquí aparece es
una aspiración a ligar ese síntoma, a hacerlo parte del yo, sintetizarlo. Es como si el síntoma ya
estuviese ahí y, en vez de aniquilarlo, bastara con asociarlo. Para ello, el yo busca sacar ventajas de
ese síntoma, un acto que se puede reconocer en la ganancia secundaria de la enfermedad. Lo que
demuestra esta actitud del yo es que existe una búsqueda de enlazamiento del síntoma en la vida
cotidiana.
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Por otro lado, nos encontramos con la continuación de la lucha defensiva. Aquí estamos
hablando del constante gasto de energía que emplea el yo para evitar la perturbación del trauma.
El caso más claro de esto sea, quizás, las formaciones obsesivas, como pueden ser los
ceremoniales, que suponen al síntoma como un enemigo constante al que el yo no quiere dar
tregua.
Capítulo IV
En este punto, Freud toma a la fobia como una patología que puede explicar la formación
de síntoma. La cuestión radica en comprender que, para que haya síntoma, ha de haber expresión
desfigurada del mismo. Es decir, ha de haber desplazamiento.
El historial de Hans es el ejemplo de fobia infantil por excelencia y Freud lo toma aquí
como caso paradigmático. La expresión del síntoma es una expectativa angustiada: el caballo me
morderá. Esta expectativa, sin embargo, no aparece como tal en principio. Lo que vemos a primera
vista es angustia frente al objeto. Lo que se ha logrado es la sustracción de la conciencia de la
expresión del síntoma, siendo que sólo han sobrevivido a la represión la angustia y el objeto
(caballo).
Lo que se encuentra por detrás de esta expresión es un conflicto edípico: hay una relación
ambivalente con el padre. La resolución más general desemboca en una formación reactiva, como
las de las neurosis obsesivas. En ellas, vemos que la moción tierna logra reprimir a la hostil,
generando esta formación reactiva como método eficiente de lucha constante contra ella. Sin
embargo, en el caso de Hans ocurre algo particular: adviene la fobia. Lo que ella reprime es la
moción hostil hacia el padre, pero con una peculiaridad que la hace neurosis: el padre es
sustituido por el caballo. Hay un desplazamiento que nos permite entender que estamos
hablando de un síntoma con todas las letras.
Ahora bien, si la moción reprimida es la hostil, no se explica por qué Hans siente angustia
frente al caballo. Lo que debería aparecer es una actitud de maltrato, de destrucción contra ellos,
derivada de la moción asesina del Edipo. Lo que denota la expresión del síntoma es que se ha
producido una mudanza sobre la propia persona, que desvía la moción hacia el propio Hans. Pero,
aún más: la expresión reza angustia de “ser mordido” por el caballo. Esto implica que, también, ha
ocurrido una regresión hacia el estadio oral. Esta regresión ha hecho sucumbir a la moción hostil
hacia el padre, así como también a la moción tierna hacia él y a la madre. Es decir, la regresión ha
hecho su labor sobre casi todos los elementos del Edipo.
La cuestión que queda pendiente es el motor de esa represión. En este punto
encontramos la inversión de la segunda teoría de la angustia: la angustia de castración va a
aparecer como el motor de la represión. Esto nos lleva a cerrar el proceso. La moción reprimida es
“ser castrado por el padre”. La misma, por desplazamiento y regresión, deviene “ser mordido por el
caballo”.
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Extraemos, entonces, dos conclusiones. En primer lugar: tanto la moción hostil como la
tierna hacia el padre han sido víctimas de la represión y la regresión. La primera, además, ha
sufrido de una vuelta hacia la propia persona. En segunda: el motor de la represión es la
angustia de castración, por lo que allí debemos buscar el germen de los procesos represivos.
Capítulo V
Hemos desarrollado la formación de síntoma en la fobia, por lo que ahora nos abocaremos
a la lucha defensiva, para lo cual nos centraremos en la neurosis obsesiva.
Lo primero que debemos reconocer es que constituye un logro de la represión el poder
enlazar la prohibición con la satisfacción. Es decir, la represión logra que el yo se satisfaga en la
prohibición del superyó. El caso más grosero de este logro es el síntoma en dos tiempos, donde
una acción cancela una anterior. Esto lo veremos más adelante (Capítulo VI, “anular lo
acontecido”).
Ahora bien, lo que hasta ahora sabemos de los síntomas obsesivos es que, por un lado,
suponen una lucha constante contra lo reprimido y, por otro, que en su formación participan
activamente yo y superyó. Vayamos a un análisis más profundo.
Detrás de toda neurosis obsesiva hay un trasfondo histérico, desde ya, que se figura en
una defensa contra las exigencias libidinosas del complejo de Edipo. El camino se abre cuando
comienza la lucha defensiva del yo: se produce una regresión desde lo genital hacia lo sádico-
anal. Esta regresión sólo puede darse por una desmezcla de pulsiones que separan los
componentes eróticos asociados a las investiduras genitales.
Aquí también el motor de la represión es la angustia de castración, sólo que ésta se muda
en angustia frente al superyó. Aparecen, entonces, como forma de defensa las formaciones
reactivas, a las que debemos admitir, por lo tanto, como un tipo de mecanismo de defensa en el
que se exageran los rasgos de carácter normales.
Además, dijimos, en la neurosis obsesiva se produce una lucha constante entre lo
reprimido y lo represor, es decir, lo que defiende se vuelve más intolerante (superyó) y aquello de
lo que se defiende, más insoportable (ello). Lo que esta lucha viene a mostrarnos es que el yo ha
logrado clausurar al ello por represión, mientras que puede continuar a merced del superyó. Sin
embargo, esto lo obliga a renunciar a una parte de mismo, a limitarse de algún modo. En esa
limitación surge la necesidad de hallar satisfacción en el síntoma.
Capítulo VI
La lucha defensiva ha dejado entrever dos actividades del yo en la formación del síntoma
que actúan como prueba del fracaso de la represión.
Por un lado, podemos hablar de la tendencia a anular lo acontecido. Lo que aquí se busca
es hacer desaparecer por completo un suceso. Como ya dijimos, un ejemplo perfecto de esto es el
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síntoma en dos tiempos, donde una acción busca eliminar la anterior. Esta actividad del yo,
además, puede reconocerse en la tendencia a la repetición: se busca retomar una acción como si
ella no hubiese sucedido, con el objeto de actuar de forma correcta.
La otra acción del yo a analizar es el aislamiento. Aquí, se trata de que, tras un suceso
traumático, se produce una pausa, una detención de la acción y el pensamiento. Se aspira a aislar
ese momento, mantenerlo por fuera de toda asociación. No se olvida la vivencia, pero se sofoca el
afecto. Esta es una complicación a la hora del análisis, pues el obsesivo, debido a su severísimo
superyó, encuentra dificultades a la hora de respetar la regla fundamental del psicoanálisis.
Capítulo VII
Retomamos la cuestión de la angustia. Dijimos ya que se trata de una reacción frente a la
situación de peligro. Particularmente, es un afecto producido por el yo a partir del peligro de
castración, que lleva a la emisión de la señal de displacer y la inhibición del proceso de investidura
amenazador del ello. El resultado es una formación sustitutiva, un síntoma.
Esta formación sustitutiva tiene dos ventajas. Por un lado, soluciona el conflicto de la
ambivalencia en la relación con el padre y, por otro, logra dar a la angustia un carácter facultativo:
sólo aparece frente al objeto.
Ahora bien, dijimos que la angustia es un modo de protección frente a un peligro que, por
ser pulsional, es interno. Sin embargo, esta interioridad sólo es parcial: sabemos que, en el fondo,
siempre se trata de la angustia de castración como motor de la represión. Esto implica un peligro
externo que es interiorizado y hecho inconsciente. Pero, entonces, tenemos un mecanismo de
defensa contra algo interior que se apoya en un peligro exterior.
El síntoma es, entonces, una forma de escapar de la situación de peligro. El yo logra, a
través de él, sustraerse de esta situación, enviando la señal de angustia. El camino sería: situación
de peligro angustia señal síntoma.
La angustia se nos aparece, entonces, como una señal, una advertencia de la situación de
peligro. Sin embargo, las neurosis traumáticas parecen contradecir esta hipótesis. En ellas, la
angustia se desprende como el resultado de la ruptura de la barrera antiestímulos que permite el
ingreso de grandes volúmenes de excitación. Las condiciones económicas de la situación generan
angustia automática.
La angustia puede ser, por lo tanto, consecuencia del peligro de castración o del peligro de
la pérdida de amor del objeto. Si la primera vivencia de angustia es el nacimiento, entonces en él
vemos el primer peligro de pérdida del objeto, de disgregación de la madre, de castración de la
madre (según la analogía falo-hijo).
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Capítulo VIII
La angustia es, entonces, o bien automática frente a la pérdida de objeto, o bien una sal
frente al peligro que se activa cuando se revive la primera vivencia traumática que es el
nacimiento.
En ese momento originario, pareciera que la angustia es una reacción adecuada al fin: el
niño nace y debe sobrevivir. Sin embargo, notamos que en la reproducción de la angustia como
estado afectivo automático esta adecuación se pierde. La única recuperación de esa adecuación se
produce durante la angustia señal, donde el estado es acorde al fin: evitar el peligro inminente.
A continuación, Freud enuncia las situaciones que representan peligro según cada etapa
de vida. En la lactancia, el peligro se resume a la pérdida de la madre, que aparece asociada a la
satisfacción de necesidades. Su ausencia genera peligro en tanto las demandas del bebé no serán
satisfechas. Esto produciría un aumento de tensión frente al cual el niño es impotente.
En la fase fálica, la pérdida de esa madre se configura como peligro de castración, de
pérdida de los genitales. Éstos representan el único lazo posible de unión con la madre disgregada,
por lo que su falta supondría a falta de la figura materna.
Por último, encontramos que, tras la pubertad, el peligro se vuelve indeterminado. La
angustia pierde su objeto, como si se desligara. En su lugar, aparece el superyó como la fuente que
genera displacer y peligro. El castigo del superyó es lo que genera angustia.
Lo que esto demuestra es que, efectivamente, la angustia se localiza en el yo, el único
capaz de percibirla. Si el yo es el almácigo de la angustia, ello y superyó serán las fuentes de
peligro que dispararán la señal angustiosa.
Capítulo IX
Hemos llegado a la conclusión de que toda formación de síntoma es un intento de huida
de la situación de peligro y, en última instancia, de la angustia misma. Esta formación sintomática
tendría dos caras. En primera, produciría una modificación en el ello que permite la sustracción del
yo del peligro y, luego, crearía una formación sustitutiva en reemplazo de lo pulsional.
El proceso defensivo que supone la formación de síntoma es una especie de huida frente a
un peligro pulsional, es decir, frente a lo extimo. La cuestión radica en comprender cómo se
selecciona la huida. Esto es, determinar cómo es que algunas situaciones aparecen como
peligrosas y no otras. Freud entiende que, si bien hay algunas situaciones de angustia que se
resignan, hay otras que están destinadas a permanecer por siempre como situaciones de peligro.
Es el caso de la angustia frente al castigo del superyó.
Capítulo X
Ahora bien, vemos claramente que existen sujetos capaces de desechar situaciones de
peligro, esto es, de evitar la angustia frente a ciertas situaciones (sanos); mientras que otros
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encuentran dificultades, quedando atados a sentir angustia en momentos que ya deberían haber
sido superados. ¿Por qué sucede esto?
Freud sostiene que no se trata de una inferioridad a nivel orgánica ni de una cuestión de la
intensidad del peligro. Lo que está en juego es una fijación en la represión y la continuación de la
situación de peligro. Veamos esto.
Cuando el yo debe defenderse de una moción pulsional peligrosa, actúa reprimiendo. Esto
produce daños en el ello pero también limitaciones en el propio yo. El problema de esto último
surge cuando, frente a una situación de peligro que se asemeja a la reprimida, el yo no encuentra
razones para defenderse. La tendencia a la repetición del ello entra, entonces, en juego y se
produce un automatismo que hace que la nueva pulsión sufra el mismo destino que la primera. A
esto llamamos fijación en la represión, cuyo núcleo es esa tendencia repetitiva del ello. El yo actúa
como si la situación de peligro reprimida continuara vigente, lo que lo lleva a nunca superar ciertas
situaciones. Esto es la continuación de la situación de peligro.
El rol del análisis sería, teniendo en cuenta todo esto, hacer que el yo recupere su poder
sobre el ello reprimido, logrando que las pulsiones discurran como si la situación de peligro ya no
existiera.
Lo fundamental es, entonces, la cuestión cuantitativa, que se apoya en tres factores. El
factor biológico aparece en consecuencia de la dependencia del niño humano, de su
desvalimiento. Esta situación produce la primera noción del peligro y crea la necesidad de ser
amado. El segundo factor es el filogenético y reza acerca de la división en dos tiempos de la
sexualidad humana. La represión de las pulsiones sexuales de la infancia por peligrosas genera la
posibilidad de la futura represión de las mociones de pubertad. Por último, un factor psicológico
enuncia la defectuosidad del aparato a la hora de protegerse de los peligros pulsionales: el yo
debe limitar su funcionalidad para defenderse, debe generar síntomas como sustitutos de la
pulsión dañada.
Capítulo XI: Addenda
Hablemos, en primer lugar, de las resistencias. Freud ubica, aquí, cinco tipos de
resistencias que provienen del yo, del ello y del superyó. Al yo corresponden la resistencia de
represión (contrainvestidura que no permite el devenir conciente de lo reprimido), la resistencia
de transferencia (la transferencia negativa y el agieren) y la ganancia de enfermedad (como una
forma de asimilación del síntoma). La resistencia del ello es aquella que se expresa como la
resistencia de lo inconsciente. Adviene como la compulsión a la repetición, como lo pulsional que
se resiste a ser develado. Por último, la resistencia del superyó aparece como la conciencia de
culpa, la reacción terapéutica negativa, como la necesidad de padecer.
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“Duelo y melancolía” (1917)
Mientras que el duelo se nos aparece como la reacción frente a la pérdida de una persona
amada o una abstracción similar, la melancolía resulta un enigma, siendo que sus orígenes son los
mismos y su desarrollo tan distinto.
En el duelo, el examen de realidad muestra que el objeto de amor se ha perdido, por lo
que resulta imperante retirar de él la libido. Esto genera cierta renuencia por parte del sujeto, que
puede derivar en una negación de la realidad y la retención del objeto en una psicosis alucinatoria.
Sin embargo, si se cumple lo estipulado, esto no impide que, tras un proceso largo y duradero, la
investidura pueda desasirse del objeto perdido.
La melancolía, en cambio, presenta caracteres mucho más profundos. A los síntomas
esperables a partir de la pérdida de un objeto de amor, se suma un empobrecimiento del yo o una
perturbación del sentimiento de sí. El objeto de amor se ha perdido y, junto con él, aparece una
pérdida inconsciente: se sabe a quién se perdió, pero no lo que se perdió con él. La pérdida parece
expresarse más como una pérdida del yo que del objeto.
El empobrecimiento del yo proviene de la instancia crítica, de la conciencia moral. Sin
embargo, queda por dilucidar cómo es que surge la posibilidad de esa perturbación. La expresión
de este empobrecimiento son los autorreproches que, en verdad, ocultan tras de reproches
hacia otro, hacia el objeto de amor perdido. Este punto es el fundamental para comprender el
proceso de la melancolía.
Se produce una elección de objeto que, tras un desengaño o afrenta por parte de la
persona amada, se ve sacudida. La investidura se retira del objeto, pero la libido encuentra un
camino de vuelta al yo y arrastra consigo una identificación con el objeto perdido. Los reproches
dirigidos al objeto se implementan, ahora, sobre el yo por medio de la conciencia moral. La pérdida
del objeto se muda en una pérdida del yo y el conflicto con la persona amada, en un conflicto en el
seno de ese yo.
Suponemos, entonces, dos factores fundamentales: que la fijación en el objeto de amor
haya sido intensa y, además, que se trate de una elección de objeto narcisista. Esto último permite
la regresión desde la elección de objeto hacia la época narcisista, que justificaría la identificación.
De todas formas, lo que sale a la luz en la melancolía es la ambivalencia presente en el
vínculo con el objeto amado. Sólo ella puede explicar cómo la libido del objeto de amor al regresar
al yo, sufre de una mudanza a odio que aparece como autorreproche y tendencias sádicas, propias
de un estadio libidinal anterior. La libido recuperada tiene un doble destino: regresa a la
identificación y regresiona al estadio anal.
“La escisión del yo en el proceso defensivo” (1938)
El yo de todo niño se caracteriza por estar al servicio de intensas pulsiones que él tiende a
satisfacer. Sin embargo, llega un momento en el que ese niño se encuentra con una vivencia que le
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enseña que la satisfacción de esa pulsión puede conllevar un peligro real-objetivo. Se ve, entonces,
compelido a decidir: o desmiente la realidad-objetiva y continúa actuando a favor de la
satisfacción pulsional o resigna dicha satisfacción a favor de reconocer el peligro presente y
resguardarse de él.
La resolución es muy particular. Ni toma una ni otra, ni deshecha ambas. El niño realiza
ambas acciones. Es decir, rechaza la realidad, evitando prohibirse la satisfacción a la vez que
reconoce el peligro, permitiendo la aparición de angustia como síntoma del que ha de defenderse.
Este accionar doble o contradictorio sólo puede darse en detrimento del yo, que sufre de
una escisión que jamás se repara. El yo ha dejado de ser garante de los procesos anímicos, ya no
es un yo sintético. Es un yo escindido, en cuyo centro encontramos un núcleo oscuro, inconsciente
que es nada más ni menos que el ello. A partir de esta escisión estructural es que se producen los
procesos defensivos que caracterizan la vida psíquica.
El fetichismo sea, quizá, el ejemplo más claro de este proceso de división del yo. En él,
frente al terror de la castración, en lugar de la renuncia pulsional esperable, se produce un
desplazamiento. El pene faltante en la mujer es reemplazado por un sustituto: el fetiche Lo que se
ha logrado es, entonces, una desmentida de la ausencia, sin que ello suponga un rechazo total de
la realidad objetiva. Es decir, se produce una renuncia pulsional junto con una desmentida de la
realidad objetiva que se sintetizan en el fetiche mismo.
“Análisis terminable e interminable” (1937)
Dividiremos el texto en dos partes. Por un lado, la cuestión de los factores que limitan la
finalización del análisis y, por otro, la cuestión de las resistencias estructurales y el enigma de la
tendencia al conflicto (SEMINARIOS).
Destacamos, en este texto, los tres factores que, según Freud, resultan fundamentales
para comprender la terapia analítica.
El primer factor es el influjo traumático. Sabemos que las neurosis tienen una etiología
traumática que se remonta a una vivencia de la infancia que viene unida a una pulsión hiperintesa.
El lado del trauma es el que puede ser alcanzado por el análisis con mayor facilidad: se trata de
hacer conciente lo inconsciente. Hablamos de un recuerdo olvidado que puede ser recuperado,
puede devenir conciente. Por eso decimos que la etiología traumática es la cara favorable al
análisis.
El segundo punto, la hiperintensidad pulsional es, en cambio, una complicación para el
analista. Se trata de una dimensión que podemos conmover, sí, pero que no responde al campo
del recordar. Se ubica en el actuar, en la compulsión a la repetición. Es el ello más puro que nos
sale al paso como resistencia estructural. Como lo que escapa a la ligadura y al devenir-conciente.
En relación con esta hiperintensidad, sólo podemos apelar a su domeñamiento. Es decir,
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buscamos introducir la pulsión en las cadenas asociativas, ligarla para que entre en armonía con el
yo.
El domeñamiento de la pulsión supone un cambio fundamental en el sujeto analizado.
Debemos crear una nueva situación ecomica libidinal que sólo puede ser generada en tanto se
rectifique la represión primaria. Queremos conmover algo de lo pulsional a través de la
transferencia negativa, sabiendo que la represión primaria no puede ser levantada. La
imposibilidad de lograr este cometido de forma completa viene por el lado de la resistencia del
ello, de la resistencia del inconsciente.
Pasemos, ahora sí, al tercer y último factor: la alteración del yo. Partamos de comprender
que la imagen de un yo sintético, no desgarrado, normal es una ilusión. El yo está escindido de
forma estructural: la desgarradura viene de la represión primordial. Este es el yo escindido del que
no podemos negar su carácter. Hablamos de una alteración originaria. Ahora bien, Freud aquí está
tomando otro tipo de alteración. No se está refiriendo a la escisión generada por la defensa
primaria, sino a la alteración que aparece por los mecanismos de defensa que el yo lleva a cabo
para protegerse de evitar el peligro, la angustia. Una alteración adquirida.
Detengámonos en estos mecanismos de defensa. Sabemos que surgen como respuesta a
los ataques que provienen del ello, del mundo exterior y, más tarde, del superyó. Son, por lo
tanto, defensores del yo. Sin embargo, Freud plantea que los mismos no son eficaces. En primer
lugar, porque contra un peligro interior no existe huida posible: el ello es imparable. Pero, además,
porque estos mismos mecanismos nos salen al paso como resistencias. Suponen un enorme gasto
psíquico constante para el yo y, encima de esto, se fijan en el interior de éste como modos de
carácter. Se vuelven infantilismos y nos salen al paso, entonces, como parte de la resistencia del
ello. Se vuelven pulsionales ellos mismos y se oponen a la cura, que aparece como un peligro. En
este punto, además, el analista deviene como algo ominoso, como una persona cruel que agrede
al paciente por gusto y placer.
La alteración del yo, definida como el efecto de los mecanismos de defensa empleados
para evitar el peligro, supone, entonces, un factor desfavorable para el análisis, un obstáculo más.
Procedamos a analizar la cuestión de las resistencias estructurales y su accionar en el
análisis.
Hemos ya nombrado a la resistencia del ello, en relación con los mecanismos de defensa
como peligros en mismos y en estrecho lazo con la hiperintensidad pulsional. Para explicar su
naturaleza, Freud se vale de dos casos opuestos. Por un lado, lo que conocemos como “viscosidad
de la libido”, que responde a una actitud en la que el sujeto no puede reconducir su libido de un
objeto hacia otro sin grandes esfuerzos. Por otra parte, hace referencia al caso contrario, donde la
libido es móvil en demasía, pudiendo reasignarse a nuevos elementos propuestos por el analista.
El primer caso es una forma de resistencia del ello, a la que podríamos definir como un
agotamiento de la plasticidad libidinal, una imposibilidad de mover la libido hacia los caminos
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