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El caso por excelencia de ruptura con el principio del placer es, sin duda, la compulsión a
la repetición en transferencia. Aquí, aparece la tendencia a repetir en acto un hecho displacentero
(agieren). Esto que se actúa no es algo reprimido u olvidado. Es algo inconsciente que regresa de
esta particular forma. Todo aquello que se recuerda pertenece a lo reprimido. El análisis busca
levantar resistencias que han sido impuestas por el yo mismo, no por lo reprimido. Ello siempre
tiende a regresar, a acceder a la conciencia. La resistencia viene desde el yo mismo que, además,
alberga en sí mismo un núcleo inconsciente. Esto es coherente con el principio del placer, en tanto
el regreso de lo reprimido sería displacentero. Pero no así lo es la compulsión a la repetición. Esta
está más allá de este principio.
Procederemos tratando de caracterizar al aparato psíquico y sus sistemas a la luz de estas
deducciones. La conciencia, como sabemos, es el sistema que se caracteriza por el devenir-
conciente sin presencia de huella mnémica. Es decir, este sistema recibe estímulos que no dejan
marca alguna, se agotan en el devenir-conciente. Esta particularidad podría atribuirse a la
ubicación de la Cc: está en contacto directo con el mundo exterior.
Pensemos en una vesícula indiferenciada del medio. Su superficie tiene un vínculo directo
con el afuera y actúa como receptor de estímulos. El constante choque con estos últimos forzaría a
esta superficie a transformarse, endurecerse, a hacerse corteza. Esto impediría el daño
permanente en la vesícula. Algo así pasaría con el sistema Cc.
Tenemos, entonces, una vesícula que ha generado una corteza y que, para sobrevivir, ha
de presentar una protección antiestímulos. Para esto, una parte de la corteza ha muerto, se ha
vuelto inorgánica y, entonces, puede proteger los estratos internos.
Hemos logrado una articulación de los sistemas del aparato. Consideremos, entonces,
traumático a todo aquel estímulo que tenga la suficiente intensidad como para romper la barrera
antiestímulo. Ahora bien, la ruptura de esta barrera pone en marcha mecanismos de protección,
cuya última instancia es la aparición de la angustia. Cuando no aparece la angustia, entonces se
genera un conflicto en el interior del aparato y el principio de placer queda abolido
temporalmente: el estímulo ya ha ingresado y hay que actuar sobre él. El primer objetivo es,
entonces, ligarlo, dominarlo. Una vez que ello se logre, el aparato podrá tramitarlo. Hemos
admitido, finalmente, que existe una tendencia previa, más originaria que el principio del placer
cuyo rol es ligar los grandes volúmenes de excitación que ingresan al aparato. Existe un más allá
del principio del placer.
Ahora bien, tenemos ya la protección contra los estímulos externos. Pero, ¿qué sucede
con los ataques que provienen del interior mismo de la vesícula? Contra ellos, la vesícula sólo
puede reaccionar tratándolos como externos. Las pulsiones, que son estos estímulos internos,
tienen que ser ligadas independientemente del principio del placer y luego tramitadas según el
mismo.
La cuestión es comprender la relación entre lo pulsional y la compulsión a la repetición.
Este último fenómeno nos está demostrando que las pulsiones presentan un carácter general:
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