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Durante la fase preedípica, encontramos en las pequeñas pulsiones sexuales de carácter
activo y pasivo. Todas ellas surgen a partir de la satisfacción de necesidades de supervivencia. Esto
supone que la niña genere pulsiones de carácter activo que nunca son satisfechas por la madre. Es
decir, si bien tanto pulsiones activas como pasivas son no cumplidas, las primeras de ellas son las
más negadas, por ser más prohibidas. Esto coloca a la niña en una posición particular a la hora de
salir de esta ligazón-madre: la soberanía de pulsiones pasivas acompaña a la niña en su tránsito al
objeto-padre.
La ruptura con la madre y la posterior hostilidad para con ella se deben a una serie
factores. Primeramente, encontramos que los niños exigen de la madre una cantidad de amor que
es insaciable. A menudo, esta necesidad insatisfecha se figura como la pobre nutrición. Sin
embargo, disfraza una necesidad más profunda que, como dijimos, no puede ser cumplida. Luego,
se hace evidente un segundo reclamo, en relación con la llegada de nuevos miembros a la familia.
Los hermanitos aparecen como ladrones de amor y atención y el niño se siente relegado,
abandonado. También, encontramos un desprecio por la madre tras la prohibición de la
masturbación. Sabemos que la madre es, generalmente, la que primero incita los genitales. Sin
embargo, luego le exige al pequeño que abandone el hábito del onanismo, lo que resulta en una
actitud hostil por parte del hijo. Pero, siendo que esto se produce tanto en el niño como en la niña,
¿por qué sólo en esta última se produce la inversión de los sentimientos hacia el padre y la madre?
Es cierto que hasta aquí el desarrollo es equitativo para ambos sexos. Sin embargo, al
ingresar a la fase fálica se produce la primera diferenciación. Sabemos que dicha fase se
caracteriza por el primado de un solo genital: el masculino. Las diferencias anatómicas entre
ambos sexos generan dos formas diferentes de atravesamiento de esta fase y de lo que
conocemos como la fantasía de castración. La niña, frente a la falta del falo, termina por
encontrar a la madre culpable de ese faltante. Esta es la ruptura fundamental con esa ligazón y la
que permite a la niña virar hacia el padre.
Sabemos ya que, en la niña, el complejo de Edipo es el resultado de la fantasía de
castración, inversamente que en el niño. Cuando se enfrenta a su falta, la sexualidad femenina
puede tomar tres caminos. El primero de ellos responde a una inhibición total de la vida sexual, en
la que la falta del falo coloca a la mujer en una posición de inferioridad frente al varón, lo que
resulta en una afrenta a su amor propio. Una segunda salida sería la entrada al complejo de
masculinidad. Aquí, encontramos que la niña decide tomar una actitud puramente activa, pues
encuentra refugio en el padre o la madre fálica. Por último, la tercera salida, que deriva en la
femineidad normal, consiste en la sustitución del operador “falo” por un hijo. Nace, así, la fantasía
de hacerle un hijo al padre. Es allí que la niña ingresa en el complejo de Edipo.
Extraemos, de este desarrollo, dos conclusiones. En primer lugar, queda claro que en la
mujer se producen dos virajes que en el hombre no. Por un lado, el cambio en el objeto de amor
(de madre a padre) y, por otro, el cambio de zona erógena (del clítoris a la vagina). Pero, además,
encontramos que la sexualidad femenina se compone por dos fases: una masculina y otra, tardía,
de carácter propiamente femenino.
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