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PSICOANÁLISIS FREUD DELGADO
SEGUNDO PARCIAL
TEÓRICOS
Ver “La represión” (1915) en PRÁCTICOS
“Lo inconsciente: Capítulos IV, V y VI”
Comencemos por encuadrar este texto en la metapsicología freudiana. Hablamos de
metapsicología siempre que, acerca de un fenómeno, podamos explicar tres aspectos. El aspecto
dinámico refiere a los juegos de fuerzas que se ponen en juego para un proceso cualquiera. El
tópico guarda relación con la división entre sistemas Pcc, Icc y Cc. Por último, el aspecto
económico aparece en la medida que explicamos lo que sucede con la energía libidinal o montos
de afecto involucrados.
Tomemos, primeramente, a la represión como un proceso general. Sabemos que lo que
ella logra es desalojar una representación Pcc y llevarla hacia el Icc. Para ello, es necesario que se
produzca la sustracción de la investidura Pcc y que la reemplace por una Icc (Aspecto tópico).
También, entendemos que dicha representación no se contenta con su nueva situación: tiende a
regresar al Pcc de forma constante. Para contrarrestar este empuje, la represión se vale de la
contrainvestidura. Así, por un lado, mantiene la represión primordial y, por otro, con ayuda de la
sustracción, apoya la represión propiamente dicha (Aspecto dinámico). Por último, sostenemos
que el monto de afecto ha de tener algún destino particular que, como ya dijimos, puede ser
distinto al de la representación (Aspecto económico).
Una vez definido esto, pasemos a describir la represión para cada neurosis de
transferencia. En la histeria de angustia, hemos de reconocer tres fases. En la primera de ellas, la
angustia aparece sin que se reconozca por qué. Entendemos que ha de haber existido una moción
de amor Icc que buscaba abrirse paso al Pcc pero fue rechazada. La investidura libidinal encontró
una salida a modo de angustia. En una segunda fase, la investidura Pcc sustraída se mueve hacia
un sustituto por desplazamiento, alojado en el Pcc que, por un lado, racionaliza la angustia y, por
otro, actúa como contrainvestidura. Pero la represión no ha logrado su cometido: aún persiste la
angustia. Por ello, se inicia una tercera fase, en la que la represión vuelve a la formación sustitutiva
y sus asociados puntos de gran sensibilidad. Aparece, entonces, la fobia que figura un malestar
pulsional como un malestar externo. Así, la represión se considera lograda.
En la histeria de conversión sucede algo similar. La principal diferencia radica en el hecho
de que la investidura sustraída se dirige a una parte del cuerpo. La contrainvestidura sale a la luz
en la formación del síntoma. Su función es seleccionar una parte del cuerpo que sea investida y
que, por lo tanto, cumpla con la doble función de expresar la meta de la pulsión como los afanes
de defensa de la contrainvestidura.
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Por último, en la neurosis obsesiva, vemos que la contrainvestidura es la que garantiza la
primera represión y en la que se consuma la irrupción de la representación reprimida.
Pasemos ahora a analizar al sistema Icc como un todo y en contraposición con el Pcc.
Podemos comenzar por definir al Icc como el sistema en que se agrupan agencias representantes
de pulsión que quieren descargar su investidura. Dichas representaciones están sometidas a las
características propias del sistema, que son las siguientes: principio de atemporalidad (los
contenidos inconscientes no están ordenados temporalmente, y nada de ellos será modificado por
el tiempo, manteniendo la misma intensidad y fuerza que le dio su origen, subsistiendo en él el
inconsciente infantil entrelazado con lo actual), principio de no contradicción (en el inconsciente se
encuentran deseos que a nivel consciente serían vividos conflictivamente por ser contradictorios),
regido por el proceso primario (cuyos principales actores son la condensación y el desplazamiento)
y regidos por el principio de placer o sustitución de la realidad exterior por la psíquica (las pulsiones
apuntan a satisfacerse para generar placer, mientras que todo lo displacentero busca ser
extirpado).
Ahora bien, si así funciona el sistema Icc, hemos de analizar ahora cómo lo hace el Pcc. En
él, como sabemos, se caracteriza porque presenta energía de investidura que no es proclive al
desplazamiento o descarga como lo es la del Icc. Entendemos que los rasgos propios del Pcc son:
ordenamiento temporal (organización cronológica de lo vivido), principio de contradicción (intenta
resolver los conflictos que puedan ocasionar dos contenidos que se contrapongan hasta lograr una
solución), el establecimiento de comercio inter-representaciones de modo que puedan influirse
unas a otras, el principio de realidad (tiene la característica de cumplir una función reguladora con
respecto al principio de placer, postergando las demandas inconscientes, o dándoles curso
mediante rodeos de acuerdo con las condiciones que plantea el mundo exterior) y la aplicación de
una o varias censuras.
Una vez definidos ambos sistemas, nos queda pensar cómo es que se producen las
cooperaciones o relaciones entre ellos. Para esto, nos valdremos de los retoños del Icc que, como
sabemos, pertenecen a este sistema pero son cualitativamente idénticos a lo Pcc. Actúan, estos
elementos, como puentes de unión entre ambos sistemas. Sabemos, a partir del ordenamiento en
sistemas, que lo que aparece como conciente no es todo lo Pcc. Es decir, existen representaciones
tanto Icc como Pcc que no alcanzan la conciencia. Esto nos lleva a suponer que existe una censura
entre Cc y Pcc que, aunque más débil que la Icc-Pcc, también actúa como barrera. Esta segunda
censura sería la encargada de frenar esos retoños Icc que han logrado atravesar la primera
barrera.
Por último, hemos de reconocer que, de la misma manera que lo Icc afecta a lo Pcc, lo
mismo sucede inversamente. La cura psicoanalítica se apoya en la influencia que, desde lo Pcc, se
puede ejercer sobre el Icc.
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“Nota sobre el concepto de lo inconsciente en psicoanálisis” (1912)
Nos detendremos, en este texto, en los diferentes sentidos que inconsciente ha
adquirido para el psicoanálisis y en cuál de ellos es el más importante o sustancial para esta
disciplina. Freud reconoce tres significados para este término.
En primer lugar, el Icc aparece en un sentido descriptivo como el término aplicado a
aquellas representaciones que son latentes, es decir, que escapan a nuestra conciencia. Sabemos
de su existencia a partir de indicios, pero no nos percatamos de ellas jamás.
Luego, tras haber estudiado los efectos de la hipnosis sobre los pacientes, nos vemos
obligados a entender al Icc desde un aspecto dinámico. Si reconocemos que los pacientes pueden
ejecutar una orden dada en un estado hipnosis, entonces hemos de reconocer, a su vez, que
existen ideas que son Icc y, a su vez, eficientes. Resulta, entonces, que el inconsciente posee la
capacidad de afectar la vida de una persona y esto lo vemos claramente en los síntomas
neuróticos. Admitimos, entonces, una nueva definición de Icc, según la cual, existen
representaciones que no advienen concientes pero que, de igual forma, aparecen como agentes
activos.
Por último, en tanto nos damos cuenta de que, como proceso, el Icc ha de encuadrarse en
una totalidad, nos vemos forzados a definir el término en carácter sistemático. Así, podemos
pensar un Icc como un sistema que se da a conocer por el signo distintivo de ser inconscientes los
procesos que lo componen. Esta última definición es la sustancial para el psicoanálisis, pues
entiende procesos y representaciones Icc como una totalidad, una estructura dinámica y móvil
dentro de la cual cada elemento cumple un rol particular y, a su vez, se relaciona con el resto.
Ver “La represión” en PRÁCTICOS para ver Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de
paranoia” (Historial de Schreber)
“Introducción del narcisismo” (1914)
Acuñamos el término narcisismopara referirnos a la conducta según la cual la libido del
sujeto se retrae de los objetos y se concentra en el yo. Este supuesto implica entender a la libido
como energía móvil, capaz de desplazarse del yo a los objetos del mundo y volver a su lugar. De
aquí, nace lo que conocemos como el segundo dualismo pulsional, según el cual se enfrentan dos
instancias: la libido yoica o del yo y la libido de objeto. Esta diferenciación sólo se hace posible en
la medida que el sujeto, que en principio se encuentra en un estado de total narcisismo, logra
investir libidinalmente objetos del mundo.
Sabemos, entonces, que a la hora de colocarse en una posición narcisista, ha de existir ya
un yo. La cuestión radica en entender que entre el autoerotismo y lo que conocemos como
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elección del objeto de amor, ha de producirse un yo que sea capaz de amar. Recordemos que la
pulsión no ama ni odia, sólo se satisface. Ahora bien, ¿cuándo aparece ese yo que ama u odia?
Entendemos que el yo sólo puede aparecer en la medida que se lleva a cabo una
operación psíquica. Si al comienzo la libido se vierte sobre el yo, es porque éste se ha formado.
Luego, el sujeto encontrará la forma de escapar de ese narcisismo y podrá formular los primeros
objetos de amor, que nacen del Edipo.
Sabemos que esta conceptualización se le presenta a Freud casi forzosamente frente a la
imposibilidad de explicar, a partir del primer dualismo pulsional, las patologías narcisistas. Una vez
formulado este segundo dualismo y el concepto de narcisismo, podemos entender que lo normal
sería que, en cierto punto, la acumulación de libido en el yo deviniera displacentera y, entonces, el
sujeto invistiera objetos del exterior. Ahora bien, así como se produce este primer movimiento,
también ha de poder mover esa libido del yo a los objetos durante toda la vida. Cuando la libido se
vuelve estática, allí aparece lo patológico.
Hasta aquí dijimos que el narcisismo es esa etapa de la vida en la que el niño se escoge a sí
mismo como objeto libidinal, siendo que aún no ha investido objetos exteriores. A esto lo
definimos como narcisismo primario, y lo pensamos como una instancia del desarrollo libidinal
normal. El problema adviene cuando, en el caso de las neurosis, reconocemos que la libido
emprende un camino regresivo hacia fijaciones propias de modalidades de satisfacción pulsionales
ya superadas. En el campo de las neurosis narcisistas, reconocemos que esta regresión supone la
entrada a una nueva etapa narcisista, en la que debemos percatarnos de que existe un narcisismo
diferente al ya mencionado. A este narcisismo, que se da en el campo de la fantasía como
consecuencia de la regresión libidinal, lo denominamos narcisismo secundario, y responde a
patologías narcisistas.
Pasemos, ahora, a otra cuestión. Freud elabora, en este texto, un indicio de lo que luego
completará en “Psicología de las masas: Identificación”. Se trata de la diferenciación entre el yo
ideal y el ideal del yo. En “Introducción al narcisismo”, ambas cuestiones aparecen confundidas.
Sin embargo, un primer esbozo deja entrever que, ya aquí, Freud interpreta que la represión sólo
puede ocurrir en la medida que se ha erigido un ideal de yo, que mide su yo actual. Ese ideal es el
que produce las representaciones concientes que pueden entrar en conflicto con las mociones
libidinales. El ideal de yo vendría al lugar del narcisismo perdido, casi como una imagen especular.
Más adelante elaboraremos esta distinción con mayor claridad.
Nos quedamos, por ahora, con la idea de que el desarrollo del yo consiste en un
distanciamiento del narcisismo primario y supone un deseo constante de recuperarlo. El
alejamiento de la etapa narcisista es posible gracias al desplazamiento de la libido hacia un ideal
de yo impuesto desde afuera cuyo alcance supone satisfacción. Lo que el yo se empobrece al
desinvestir el yo para investir objetos, lo recupera al satisfacerse con esos objetos y cumplir el
ideal.
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“Psicología de las masas. Capítulo VII: La identificación”
Como ya advertimos, en este texto es donde podemos identificar claramente un concepto
claro de ideal del yo. A partir de entender a la identificación como el primer lazo afectivo de todo
sujeto, previo incluso a la formación del Edipo, nos encontramos en condiciones de interpretar al
yo como un elemento dividido en, por lo menos, dos instancias. Sabemos que una de ellas actúa
como crítica de la otra. Es una instancia de constante observación, comparación. Ya dijimos antes
que se trata de un anticipo del superyó pero, incluso más, a esta altura podemos definirla como la
conciencia moral, la precursora de la censura onírica y la responsable de la represión. A ella la
conocemos como el ideal del yo.
¿Cuál es, entonces, la diferencia entre ideal del yo y yo ideal? El ideal de yo es una
instancia de la personalidad que resulta de la convergencia del narcisismo (idealización del yo) y
de las identificaciones con los padres, con sus substitutos y con los ideales colectivos. Como
instancia diferenciada, el ideal del yo constituye un modelo al que el sujeto intenta adecuarse. En
cambio, el yo ideal encuentra sus raíces en un objeto total de amor que aparece como perfecto. Es
todo aquello que uno hace para tener una mejor imagen de sí mismo. En la medida que me acerco
a ese yo ideal, puedo contentar a mi ideal del yo. Es decir, si el ideal del yo es algo impuesto desde
el afuera, una obligación, un punto de llegada, el yo ideal es el camino, es la búsqueda narcisista
de la mejoría.
Ahora que hemos delimitado cada una de estas instancias, nos vemos precisados a
retomar lo que previamente afirmábamos en relación con el ideal del yo como condición necesaria
para la represión. Queda claro aquí que, sólo en la medida que uno se ha impuesto ciertas
obligaciones de ser (englobadas en el ideal del yo) puede suceder que las mociones libidinales
generen contradicción. Si hasta aquí pensábamos en las representaciones del yo como normativas
preinstauradas, ahora debemos entenderlas como resultado de la construcción del ideal del yo.
Resulta que esta instancia es la que genera los conflictos que conllevan a la represión.
“El tabú de la virginidad” (1918) / “Sobre la sexualidad femenina” (1931) / “33° conferencia: La
feminidad”
Tomamos los tres textos en cuestión para explicar el desarrollo particular de la sexualidad
femenina. El interés por ella viene del hecho de que, si bien tanto para el niño como para la niña el
comienzo del desarrollo sexual es similar, encontramos que una vez iniciada la fase fálica se
producen disonancias. Particularmente, la niña comienza teniendo a la mamá como objeto de
amor y, sin embargo, luego posiciona al padre en ese lugar. ¿Cómo ocurre esto?
Fue necesario para Freud, reconocer que la fase preedípica de ligazón-madre es
fundamental para el desarrollo de la sexualidad femenina. En esta etapa es claro que la madre
constituye el primer objeto de amor de la niña. Sin embargo, ¿cómo es que se produce la ruptura
que lleva a la ligazón-padre? Y más aún: ¿cómo es que en el niño esto no ocurre?
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Durante la fase preedípica, encontramos en las pequeñas pulsiones sexuales de carácter
activo y pasivo. Todas ellas surgen a partir de la satisfacción de necesidades de supervivencia. Esto
supone que la niña genere pulsiones de carácter activo que nunca son satisfechas por la madre. Es
decir, si bien tanto pulsiones activas como pasivas son no cumplidas, las primeras de ellas son las
más negadas, por ser más prohibidas. Esto coloca a la niña en una posición particular a la hora de
salir de esta ligazón-madre: la soberanía de pulsiones pasivas acompaña a la niña en su tránsito al
objeto-padre.
La ruptura con la madre y la posterior hostilidad para con ella se deben a una serie
factores. Primeramente, encontramos que los niños exigen de la madre una cantidad de amor que
es insaciable. A menudo, esta necesidad insatisfecha se figura como la pobre nutrición. Sin
embargo, disfraza una necesidad más profunda que, como dijimos, no puede ser cumplida. Luego,
se hace evidente un segundo reclamo, en relación con la llegada de nuevos miembros a la familia.
Los hermanitos aparecen como ladrones de amor y atención y el niño se siente relegado,
abandonado. También, encontramos un desprecio por la madre tras la prohibición de la
masturbación. Sabemos que la madre es, generalmente, la que primero incita los genitales. Sin
embargo, luego le exige al pequeño que abandone el hábito del onanismo, lo que resulta en una
actitud hostil por parte del hijo. Pero, siendo que esto se produce tanto en el niño como en la niña,
¿por qué sólo en esta última se produce la inversión de los sentimientos hacia el padre y la madre?
Es cierto que hasta aquí el desarrollo es equitativo para ambos sexos. Sin embargo, al
ingresar a la fase fálica se produce la primera diferenciación. Sabemos que dicha fase se
caracteriza por el primado de un solo genital: el masculino. Las diferencias anatómicas entre
ambos sexos generan dos formas diferentes de atravesamiento de esta fase y de lo que
conocemos como la fantasía de castración. La niña, frente a la falta del falo, termina por
encontrar a la madre culpable de ese faltante. Esta es la ruptura fundamental con esa ligazón y la
que permite a la niña virar hacia el padre.
Sabemos ya que, en la niña, el complejo de Edipo es el resultado de la fantasía de
castración, inversamente que en el niño. Cuando se enfrenta a su falta, la sexualidad femenina
puede tomar tres caminos. El primero de ellos responde a una inhibición total de la vida sexual, en
la que la falta del falo coloca a la mujer en una posición de inferioridad frente al varón, lo que
resulta en una afrenta a su amor propio. Una segunda salida sería la entrada al complejo de
masculinidad. Aquí, encontramos que la niña decide tomar una actitud puramente activa, pues
encuentra refugio en el padre o la madre fálica. Por último, la tercera salida, que deriva en la
femineidad normal, consiste en la sustitución del operador “falo” por un hijo. Nace, así, la fantasía
de hacerle un hijo al padre. Es allí que la niña ingresa en el complejo de Edipo.
Extraemos, de este desarrollo, dos conclusiones. En primer lugar, queda claro que en la
mujer se producen dos virajes que en el hombre no. Por un lado, el cambio en el objeto de amor
(de madre a padre) y, por otro, el cambio de zona erógena (del clítoris a la vagina). Pero, además,
encontramos que la sexualidad femenina se compone por dos fases: una masculina y otra, tardía,
de carácter propiamente femenino.
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PRÁCTICOS
“Pulsiones y destinos de pulsión” (1915)
Comenzamos por distinguir el concepto de pulsión de, por un lado, el instinto y, por otro,
de un estímulo externo.
En el instinto, nos encontramos en el campo animal. Nos referimos, además, a un
organismo que presenta instintos innatos u originarios que pueden ser colmados por completo.
También, encontramos que el instinto se presenta en forma de ciclos y con un objeto
predeterminado. En cambio, cuando hablamos de pulsión, hemos de pensar en una fuerza
constante que ataca a un sujeto y su cuerpo libidinal (recortado en zonas erógenas). Hablamos de
un empuje insatisfascible que se fija a un objeto no determinado gracias al recorte de la palabra
sobre el cuerpo.
Por otro lado, cuando referimos a la pulsión, no podemos equipararla a un estímulo
externo. Primeramente, porque se trata de una fuerza que proviene del interior del organismo de
forma constante. Pero además, porque se trata de una necesidad de la que no se puede escapar,
dada su naturaleza.
¿Qué es, entonces, la pulsión? Freud la define como un concepto fronterizo entre lo
anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos que provienen del interior
del cuerpo y alcanzan el alma, como una medida de exigencia de trabajo que es impuesta a lo
anímico a consecuencia de su trabazón con lo corporal. Analicemos estas definiciones.
Cuando decimos que se trata de un concepto límite o fronterizo entre lo anímico y lo
somático, estamos pensando en la pulsión como una fuerza que afecta tanto a la psiquis como al
cuerpo. Y esto sólo puede ocurrir en la medida que entendemos a este cuerpo como un cuerpo
simbólico, hecho de palabras. Así, la pulsión se vale de lo psíquico para afectar al cuerpo y
viceversa.
En lo que refiere a la pulsión como un representante psíquico de de los estímulos que
provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma, estamos en la misma línea de pensamiento.
Aquí se agrega el carácter interno de la pulsión, pero seguimos pensando en su ligazón con lo
anímico.
Por último, la pulsión definida como una medida de exigencia de trabajo que es impuesta
a lo anímico a consecuencia de su trabazón con lo corporal, hace referencia al aspecto dinámico
de la pulsión. Con esto, queremos decir que la pulsión es una fuerza que empuja desde adentro.
Bien, pasemos ahora a definir los elementos o términos de la pulsión. Reconocemos
cuatro.
En primer lugar, el esfuerzo (drang) refiere al factor motor de la pulsión, la suma de fuerza
o la medida de la exigencia de trabajo que ella representa. Luego, la meta (ziel) se entiende como
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la satisfacción que sólo puede alcanzarse cancelando el estado de estimulación en la fuente de la
pulsión. El objeto (objekt) es aquello en o por lo cual la pulsión puede alcanzar su meta. No está
originariamente enlazado a ella y puede ser propio o ajeno. Si el lazo objeto-pulsión es
particularmente estrecho, hablamos de fijación. Por último, la fuente (quelle) representa aquel
proceso somático, asociado a una parte del cuerpo, cuyo estímulo es representado en la vida
anímica por la pulsión.
En este texto, Freud elabora su primer dualismo pulsional, en el que reconoce que dos
grupos de pulsiones se enfrentan entre sí: las pulsiones yoicas o de autoconservación y las
pulsiones sexuales. El conflicto entre estas dos fuerzas es el que daría origen a lo patológico.
Ahora bien, si no podemos escapar de la pulsión y la misma no se satisface, ¿cómo hace el
cuerpo para defenderse de ella? Aquí es donde Freud introduce los destinos de pulsión, de los que
reconoce cuatro: la sublimación, la represión, el trastorno hacia lo contrario y la vuelta sobre el
propio cuerpo. Nosotros podríamos agregar la angustia, pero sería una intervención propia. En
este escrito, Sigmund sólo hace referencia a dos de estos destinos.
El trastorno hacia lo contrario supone un trastorno de la meta o el contenido. Por ello, se
divide en dos procesos: la vuelta de una pulsión de la actividad a la pasividad y la vuelta del odio al
amor y viceversa.
El primero de ellos, es decir, el trastorno de la meta puede ser explicado a través de los
pares sadismo/masoquismo y el placer de ver/exhibición. La meta activa se reemplaza por la
pasiva. Aquí aparece también, el segundo destino de pulsión a analizar aquí: la vuelta sobre el
propio cuerpo, que refiere a un trastorno del objeto. En el primer par (sadismo/masoquismo), el
proceso aparece en tres fases:
1-PEGAR: sadismo dirigido a otra persona, que aparece como objeto.
2-SER PEGADO: el objeto es resignado y sustituido por la persona propia (aquí se produce
el paso a una meta pasiva).
3-HACERSE PEGAR: supone una acción activa para el logro de una meta pasiva.
El par ver/exhibirse sigue una vía similar, pero con una pequeña diferencia. Previo al paso
1, hemos de reconocer una pulsión autoerótica, es decir, un verse a uno mismo. A partir de allí, el
proceso es el siguiente:
1-MIRAR: el ver dirigido a otra persona, que aparece como objeto.
2-SER MIRADO: el objeto es resignado y sustituido por la persona propia (aquí se produce
el paso a una meta pasiva).
3-HACERSE MIRAR: supone una acción activa para el logro de una meta pasiva.
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En cuanto al trastorno del contenido en el paso del amor al odio y viceversa, lo dejamos de
lado por tratarse de una pulsión referida a un objeto total y no a uno parcial.
Por último, Freud explica que la vida anímica del sujeto está regida por tres polaridades:
sujeto-objeto, placer-displacer y activo-pasivo. Las primeras dos polaridades son harto conocidas.
La primera de ellas está presente desde muy temprano y, la segunda, ya a partir de las
experiencias de placer y dolor. La última polaridad, en cambio, refiere a la posición del sujeto
respecto del mundo exterior, ya sea que reciba o reaccione frente a los estímulos externos.
“La represión” (1915) (También de teóricos)
Dividiremos al texto en dos partes: en la primera, hablaremos de lo que ocurre con la
representación reprimida y, en la segunda, de lo que ocurre con el afecto a ella asociada.
Aspecto tópico: destino de las representaciones
Comenzamos por comprender a la represión como el destino de aquellas pulsiones que
chocan contra resistencias que quieren hacerlas inoperantes. La única razón por la que esto
pudiese ocurrir es si la pulsión en cuestión generase displacer. Pero nosotros sabemos que el
cumplimiento de una pulsión siempre genera placer. Esto supone, entonces, que la pulsión ha de
ser placentera en algún lugar, pero displacentera en otro. Esto significa que la represión, como
destino, ha de ser posterior a los otros, pues requiere de la distinción ICC/Pcc.
Si entendemos que el rol fundamental de la represión es desalojar una representación de
la conciencia y mantenerlo alejada de ella, debemos pensar a la represión como un proceso de
muchas fases. (Freud, en “La represión” describe dos fases. Sin embargo, en el historial de
Schreber, aparece una tercera).
FASE 1: Podríamos denominarla fase de la represión primordial o de fijación. A un
representante psíquico de la pulsión, investido de libido, se le deniega el acceso a lo Cc. Decimos
que es una etapa de fijación porque la pulsión queda enlazada a dicho representante reprimido.
Ahora bien, este representante nunca fue conciente, por lo que deducimos que ya ha de existir,
previa a la represión, una división en dos sistemas.
Aquí se produce una fijación en doble sentido. Por un lado, la fijación del representante y,
por otro, la fijación de la pulsión a un objeto, que va de una modalidad de satisfacción pulsional a
un objeto parcial. Ésta es la que determina la predisposición a enfermar.
FASE 2: Consiste en la represión secundaria o propiamente dicha. Esta represión recae
sobre los retoños o nuevos representantes que entran en asociación con el representante ya
reprimido. Por ello decimos que es un esfuerzo de dar caza. Pero, aún más, hemos de reconocer
en esta represión un doble juego de fuerzas. Desde lo Cc, se produce una repulsión, mientras que
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desde lo Icc, se genera una atracción. Es la cooperación de ambas fuerzas la que permite la
represión propiamente dicha.
A esta represión sólo sobreviven los retoños más desfigurados, como los síntomas o los
sueños.
Además, en esta fase se produce la sustracción de la investidura Pcc de los retoños a
reprimir. Queda en ellos, entonces, sólo la investidura Icc. De otra manera, sería imposible que los
mismo se desalojaran de la Cc.
FASE 3: Es la fase del retorno de lo reprimido o del fracaso de la represión. Es la fase
fundamental en lo que a patologías refiere y tiene que ver con la fijación de la libido. Se trata de
un proceso regresivo de la libido a una antigua modalidad de satisfacción pulsional, fijada en la
represión primordial.
Hemos de reconocer, a partir de este desarrollo, los dos caracteres fundamentales de la
represión: individual y móvil. Individual en tanto trabaja elemento por elemento. Si un retoño está
altamente desfigurado, tendrá un destino distinto a otro sin desfigurar, incluso cuando ambos
estén asociados a un mismo representante reprimido. Móvil, pues exige un gasto de energía
constante. La represión no ocurre una sola vez y se da por terminada. Por el contrario, es un
esfuerzo constante que lucha contra las fuerzas reprimidas que pujan por salir a lo Cc. Esto es lo
que conocemos como contrainvestidura.
Aspecto económico: destino de los montos de afecto
La representación a reprimir siempre se encuentra ligada a la otra parte de la pulsión: el
monto de afecto. Sabemos que ambas caras pueden presentar destinos diversos y es el del monto
de afecto el que más nos interesa, pues es el que determina la patología.
Reconocemos tres destinos posibles para los montos de afecto: puede ser que la pulsión
sea sofocada por completo, que salga a la luz como un afecto coloreado cualitativamente de algún
modo o puede devenir angustia. (NUEVA TEORÍA DE LA ANGUSTIA, EN LA QUE INTERVIENE LA
REPRESIÓN).
La represión para cada psiconeurosis
Freud dirige sus esfuerzos, aquí, a desarrollar los modos de represión concernientes a cada
una de las siguientes psiconeurosis: histeria de angustia, histeria de conversión y neurosis
obsesiva.
En el caso de la histeria de angustia, debemos entenderla como el primer paso para la
fobia. Aquí, la representación a reprimir es una moción libidinosa hacia el padre apareada con
angustia frente a él. La representación es reprimida y, gracias al desplazamiento, aparece en forma
de sustituto un animal. El monto de afecto deviene angustia. Aquí la represión aparece como un
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fracaso absoluto, púes la angustia persiste y genera displacer. En un segundo momento, se
produce el intento de huida de ella, lo que aparece en forma de síntoma fóbico.
En la histeria de conversión, el primer tiempo es idéntico al de la histeria de angustia. La
diferencia fundamental radica en la formación sustitutiva. En este caso, hablamos de un síntoma,
asociado a una parte del cuerpo. Esta formación atrae sobre sí, por condensación, la totalidad de
la investidura. Monto de afecto y representación quedan resueltos en la formación sintomática.
Por último, en la neurosis obsesiva, se reprime una moción hostil hacia una persona
amada. El monto de afecto y la representación se resumen en una sola formación sustitutiva: la
escrupulosidad de la conciencia moral. Sin embargo, esta primera represión fracasa y se produce
un desplazamiento de la representación reprimida hacia un sustituto por desplazamiento. El
monto de afecto, por su parte, deviene en angustia de la conciencia moral, reproche o fobia social.
“20° conferencia: La vida sexual de los seres humanos” y “21° conferencia: Desarrollo libidinal y
organizaciones sexuales”
En estas conferencias, Freud busca definir a lo sexual y, a partir de ello, poder dilucidar las
fases del desarrollo sexual normales en el humano. Para ello, comienza por determinar qué es un
perverso y cuáles son sus paralelismos con los infantes.
Existen dos tipos de perversos: aquellos en los que se ha desviado el objeto y aquellos en
quienes se ha mudado la meta. En ambos casos, encontramos modos de satisfacción pulsional que
reemplazan o sustituyen a los modos normales.
Algo parecido sucede con los síntomas neuróticos. Podemos pensarlos como formas de
satisfacción pulsionales sustitutivas, en tanto las partes del cuerpo que sufren de la sintomatología
aparecen como sustitutos de los genitales. Ellas se transforman en la zona en la que se produce la
satisfacción sexual.
Volviendo a los perversos, es necesario pensar que las modalidades de satisfacción por
ellos escogidas han de tener un arraigo en la infancia y sus prácticas sexuales. El niño, de hecho,
aparece como un perverso polimorfo, es decir, un perverso en el que las pulsiones parciales no se
han unificado aún y, por lo tanto, se satisfacen cada una por su cuenta.
Ahora bien, ¿cómo es el desarrollo que permite que de ese estado de perversión polimorfa
pasemos a una sexualidad en la que existe el primado de los genitales como objeto y de la
reproducción como meta?
Para explicarlo, Freud adopta el término desarrollo libidinal”. En primer lugar, hemos de
resaltar que el autor hace referencia a dos desarrollos u organizaciones, una en relación con las
fases sexuales del humano y, otra, que responde al vínculo de las pulsiones sexuales parciales y el
objeto.
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Comencemos por definir a la libido como la fuerza en la cual se exterioriza la pulsión
sexual. En lo que refiere a la primera organización del desarrollo libidinal, la misma comienza con
una fase pregenital. Aquí, encontramos pulsiones parciales, autoeróticas y nacidas apuntaladas
sobre funciones vitales. En un primer momento, la zona erógena por excelencia es la boca y, luego,
el ano. Encontramos entonces, una fase oral, cuya zona erógena son los labios, la pulsión es oral y
la práctica es el chupeteo. Luego, en la fase anal, la zona erógena es el ano, la pulsión es anal y la
práctica es la retención.
A ellas sobreviene un período de latencia, en el que las prácticas sexuales están dormidas.
Aquí se produce la amnesia infantil y aparecen los diques morales.
Por último, llegada la pubertad, aparece la fase genital, en la que se sintetizan todas las
pulsiones parciales en lo genital y la meta pasa a ser la reproducción. En esta etapa se produce la
elección de objeto definitiva, como el rehallazgo del objeto edípico.
Hasta aquí la primera organización del desarrollo libidinal. En lo que refiere al vínculo de
las pulsiones sexuales parciales y el objeto, podemos reconocer otra organización que busca
explicar cómo se produce el pasaje del autoerotismo a la elección de un objeto de amor.
En este caso, reconocemos tres fases. La primera de ellas responde la organización
autoerótica. En esta fase, el cuerpo aparece recortado en zonas erógenas y las pulsiones refieren a
objetos parciales. Luego de ella, aparece el narcisismo, fase que Freud desarrollará en la
Conferencia 26°. Por último, se produce la elección del objeto de amor, en la que aparece un
objeto ajeno como objeto total en el que se sintetizan todas las pulsiones parciales.
“26° conferencia: La teoría de la libido y el narcisismo
Dijimos ya que, para explicar el pasaje del autoerotismo a la elección de un objeto de
amor, hemos de considerar una fase intermedia, en la que aparezca el yo. Esto se debe a que la
pulsión en misma no ama, sólo se satisface. La construcción de un yo es condición necesaria
para la elección del objeto amado. En este punto, Freud define al yo como el primer objeto
libidinal, el primer objeto investido sexualmente.
En esta conferencia, Freud se encuentra con un conflicto: no puede explicar, a partir del
primer dualismo pulsional, las neurosis narcisistas. Se encuentra, entonces, en la necesidad de
reformular un segundo par de fuerzas opositoras. El segundo dualismo pulsional que aquí nace
contrapone la libido del yo y la libido del objeto. Nos encontramos, entonces, frente a una libido
móvil, que se desplaza de uno a otro y cuya estasis aparece como la principal causa de las neurosis
narcisistas.
La pregunta pasa a ser, entonces, ¿cómo se produce la estasis de la libido y por qué se
detiene en ciertos objetos? La respuesta llega por el lado de la fijación. Hemos visto ya que la
libido se mueve a través de los objetos, pero existe uno que, en la historia del sujeto, aparece
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como el más ligado a ella. Cuando la libido se retira de él, no lo hace por completo. Así, aparece la
predisposición a enfermar. Lo patológico aparece en la medida que la libido se revierte a ese
objeto de fijación.
Una última aclaración: en este texto Freud explica que la elección del objeto se da en base
a dos tipos. Por un lado, el tipo narcisista y, por otro, por el tipo de apuntalamiento. Lo más
interesante, sin embargo, es reconocer que en esta elección, el yo queda desdibujado por un yo
especular, por un ideal. Dicho ideal es contrapuesto constantemente con el yo. De allí,
reconocemos una instancia criticadora, observadora dentro del yo que lo compara todo el tiempo.
Este no es más que el anticipo del superyó.
“La organización genital infantil” (1923)
El principal objetivo de este texto es introducirnos a la fantasía de castración.
Comenzamos por reconocer que, ya en la niñez, se produce una elección de objeto total y,
además, que existe, efectivamente, una fase de primado del genital. Sin embargo, tanto en la niña
como en el niño, el primado es del genital masculino. Por ello, la denominamos fase fálica.
Hemos de recordar que el falo no refiere al pene como órgano sexual masculino. Se trata
de un operador simbólico que representa la presencia o ausencia. Genera, como tal, una nueva
modalidad o lógica binaria que se apoya en el falo, pero no refiere a él como tal.
Una vez que el falo ha adquirido este rol fundamental, el infante tiende a adjudicar ese
mismo órgano a todo (PREMISA UNIVERSAL DEL FALO). Esta hipótesis es interrumpida por el
avistamiento de la falta de falo en una mujercita. Así, luego de la desmentida de aquella falta, se
genera en el niño la fantasía de castración, la cual nace del cruce entre esta visión y amenazas en
relación con este acto. Aparece, entonces, en el varoncito, la angustia de castración y, en la niña,
la envidia del pene.
Sumado a ello, el niño se convence de que la razón por la que algunas mujeres no tienen
falo ha de ser producto de un castigo por la realización de actos impuros como los que él mismo
realiza.
Esta lógica hace que el falo venga siempre al lugar de un objeto en falta. La mujer se siente
como una fálico-castrada y, por ello, busca llenar ese agujero con un hijo. El ocupar el lugar de falo
de nuestra madre nos habilita a convertirnos en objetos narcisistas, pues hemos sido investidos ya
por ella.
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“El sepultamiento del complejo de Edipo” (1924)
Nuestros esfuerzos se dirigirán aquí a explicar la razón por la cual el complejo de Edipo es
sepultado.
Partimos de entender que existen dos razones diferentes: primeramente, podemos pensar
que ha llegado el momento de su caída, una explicación de corte filogenético. Pero, también,
hemos de tener en cuenta que las aspiraciones del niño no son cumplidas jamás y esa frustración
aporta a la caída del complejo.
Ahora bien, ¿cómo se produce esa caída en el niño y la niña?
En el caso del niño, hallamos el sepultamiento del Edipo en la fantasía de castración. En la
medida que el niño reconoce que puede perder los genitales si continúa con su inclinación sexual
incestuosa, se produce un conflicto entre su interés narcisista y los objetos edípicos. Sabemos
que, ya sea que el tipo de Edipo sea activo o pasivo, ambos suponen la pérdida del falo. Ya sea
porque se tome una posición femenina que implique su falta o que se tome una posición
masculina que implique un castigo. Generalmente, el niño tiende a inclinarse por la primera
instancia y, entonces, renuncia a la madre como objeto de amor para proteger su pene. El final de
esta salida es lo que genera la formación de un severo superyó.
El caso de la niña es bastante diferente. En ella, la castración aparece como un hecho
consumado, previo a la formación del complejo de Edipo. La renuncia al pene sólo se produce con
un resarcimiento, que es la idea de que esa falla será cubierta teniendo un hijo del padre. El Edipo
cae más tarde, cuando las expectativas de respuesta no son cumplidas. En este caso, siendo que
la salida del Edipo no es tajante como en el niño, el superyó queda menoscabado y, sumado al rol
cultural de la mujer, pareciera que su moralidad puede ser menos severa o impuesta desde afuera.
“Conferencia 23°: Los caminos de la formación del síntoma”
A partir de este texto, los síntomas van a quedar definidos como la formación de
compromiso resultado de un conflicto entre la libido insatisfecha y el yo. La frustración de la libido
es inevitable, pues sabemos que la pulsión nunca se satisface. Es por esto que en todos los sujetos
podemos encontrar predisposición para el síntoma. La cuestión radica en cuál es el punto decisivo
para dicha formación.
La libido frustrada emprende, frente a su situación, un camino de regresión que apela a
encontrar satisfacción en algunas de las modalidades ya superadas o por medio de algún objeto
resignado. El conflicto aparece en la medida que el yo se resiste a esa regresión. Se produce una
contradicción que lleva al yo a tratar de atajar o detener esa libido. Ésta, entonces, encuentra una
salida del yo e inviste representaciones inconscientes. Con ayuda de la contrainvestidura, ejercida
por el Cc, encuentra un lugar en el Icc. Queda, entonces, sometida a las reglas del proceso
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primario. El síntoma aparece, por lo tanto, como un retoño del cumplimiento de deseo libidinoso
inconsciente, desfigurado de forma múltiple.
Ahora bien, la libido ha de elegir una representación a la que adherirse y, para ello, se vale
de las fijaciones del sujeto, que surgieron a partir de la disposición heredada y la disposición
adquirida en la infancia. Las modalidades de satisfacción u objetos resignados han de haber, por lo
tanto, quedado investidos parcialmente por la libido. La causación de la neurosis, entonces, se
configura así (Serie complementaria):
Esto implicaría que las vivencias infantiles, más alde su importancia por mismas, se
recubren de significatividad a posteriori, es decir, a través de la regresión de la libido tras el
vivenciar adulto.
Concluimos, entonces, que los síntomas aparecen como sustitutos para la satisfacción
frustrada, a partir de la regresión de la libido a modalidades y objetos ya superados, que son
censurados, pues están en el dominio de lo Icc. Ahora bien, el síntoma se muestra como algo
incomprensible, irracional. No podemos reconocer en ellos un modo de satisfacción. Esto se debe
a que, para el adulto, sus prácticas de satisfacción infantiles no son placenteras. El síntoma
prescinde del objeto y por ello aparece como algo extraño.
Freud, a esta altura del texto, retoma el papel de las fantasías en la formación de los
síntomas. Reconoce, ya desde hace bastante, que la existencia material de las vivencias
traumáticas no es condición necesaria para que algo pueda devenir patológico. Sabemos que las
Causación de la
neurosis
Disposición heredada
(Vivencia prehistórico)
Vivenciar accidental y
traumático del adulto
Predisposición a
fijación libidinal
Vivenciar infantil
NEUROSIS
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