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PSICOANÁLISIS FREUD DELGADO
PRIMER PARCIAL
TEÓRICOS
“Carta 69” (1892)
Freud desestima su teoría de la neurosis por una serie de razones. Primero, el hecho de
que sus intentos de análisis fracasaban continuamente, ya fuese por la aparición de nuevos
síntomas o la deserción del paciente. Segundo, la consecuencia directa que se desprendía de su
teoría ubicaba a todos los padres como perversos, incluyendo al suyo propio. Tercero, en lo
inconsciente no existía realidad, por lo que se volvía imposible discernir la verdad de la ficción
investida de afecta. Cuarto y último, el hecho de que en las psicosis, el recuerdo traumático no se
abría paso.
Esto lo obliga a una doble renuncia: a la posible solución cabal de las neurosis y a la
certeza de la etiología infantil.
“Algunas consideraciones en miras a un estudio comparativo de las parálisis motrices orgánicas
e histéricas” (1893)
Siendo que la medicina reconoce sólo dos parálisis (ambas orgánicas), resulta fundamental
el ubicar la parálisis histérica en esta definición. Si pensamos en parálisis de proyección y de
representación, pareciera que se ubica en este segundo grupo. Efectivamente, la parálisis histérica
supone una representación, pero no de tipo orgánica.
Dos características corresponden a los síntomas histéricos: la delimitación exacta y la
intensidad excesiva. En las parálisis médicas, estos dos factores nunca se encuentran asociados,
por lo que, en verdad, debemos ubicar a la parálisis histérica en el medio de ambas. Pero además,
la parálisis histérica es absolutamente independiente de la anatomía del Sistema Nervioso. Por el
contrario, toma los órganos en el sentido vulgar, cotidiano de sus nombres y, a través de una
representación lingüística, traspone el conflicto hacia el órgano en cuestión.
¿Cómo lo hace? Bien, una representación (como puede ser la idea de brazo) aparece como
inconciliable, inasociable con el resto. Entonces, es abolida, eliminada de la representación de la
totalidad del cuerpo y se paraliza. ¿Por qué no puede ser asociado? Por la carga de afecto que se
le atribuye a esa representación. La única posibilidad de desparalizarlo será borrando ese afecto.
Todo esto se apoya en la teoría de la abreacción, según la cual toda impresión psíquica
está teñida de valor, tiene un monto de afecto asociado. Para liberarse de ese afecto (que genera
tensión en el aparato), el yo se libra por medio de una acción motora o por un trabajo psíquico de
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asociación. Ahora, si la tramitación no se produce, el recuerdo de la impresión cobra una
importancia tal que deviene trauma y, por lo tanto, aparece en forma de síntoma. La zona
paralizada, por asociación, se relaciona con el recuerdo traumático y por eso se produce la
disfuncionalidad. Una vez que el afecto es tramitado, la parálisis desaparece.
“Manuscrito K” (1896)
Compara la histeria, la neurosis obsesiva y la paranoia.
Todas tienen en común el ser aberraciones de estados afectivos normales: el conflicto
(histeria), del reproche (neurosis obsesiva), de la mortificación (paranoia) y del duelo (amnetia
alucinatoria aguda).
Para que el afecto devenga patógeno, es necesario que se den dos factores: que la ocasión
sea de carácter sexual y suceda previa la llegada de la pubertad (sexualidad e infantilismo).
Elabora aquí la primera concepción de defensa normal y patológica. La primera sería la
tendencia a deslindarse de la energía psíquica que genera displacer, mientras que la
segunda aparecería en contra de representaciones que pueden desprender un displacer
siendo también recuerdos. Las únicas representaciones que cumplen con esta segunda
condición son las de carácter sexual, pues ocurren en la infancia y, una vez atravesada la
pubertad, se resignifican y su recuerdo se vuelve más intolerable que la propia vivencia.
La cuestión es, entonces, por qué la sexualidad desprende displacer. Freud plantea aquí lo
que será el anticipo de su concepto de pulsión. Enuncia que existe una fuente independiente de
desprendimiento de displacer que da vida a las percepciones de asco, moral y vergüenza.
La trayectoria típica o fórmula canónica de cualquier neurosis de defensa es la siguiente.
1) Una vivencia traumática prematura sexual que ha de reprimirse.
2) La represión, causada por una ocasión posterior que despierta el recuerdo de la primera
vivencia, determinando un síntoma primario.
3) Un estadio de defensa lograda, que podría pensarse como estadio de salud, pero con
presencia del síntoma primario (que no produce malestar).
4) Un nuevo estadio del retorno de lo reprimido, en el que la represión falla y la lucha entre
el yo y lo reprimido culmina en un síntoma de compromiso. Este síntoma sí produce
malestar y avasalla al yo.
Más allá de esta generalidad, cada patología presenta características particulares.
Neurosis obsesiva
La vivencia primaria es activa (hombre) o pasiva (mujer) y está dotada de placer. Dado esto
último, genera un reproche que es consciente. Sin embargo, en un tiempo anterior a esta vivencia,
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ha de haber ocurrido una de carácter pasivo. El reproche se asocia a la vivencia y ambos,
conjuntamente, son reprimidos. Se forma en la consciencia el síntoma primario, contrario al
reproche, que se expresa en forma de escrupulosidad de la conciencia moral.
En el estadio del retorno de lo reprimido, el reproche regresa inalterado, pero no atrae la
atención sobre sí. En cambio, entra en conexión con un contenido que está doblemente
desfigurado, en tiempo y contenido. Aparece, entonces el síntoma de compromiso como una
representación falsa por desplazamiento. El síntoma secundario remite a representaciones o
afectos obsesivos.
Por último, el estadio de la enfermedad deviene cuando, habiendo fracasado la defensa, el yo
lucha contra la representación obsesiva, lo que se traduce en la formación de síntomas
secundarios. Aquí aparecen los ceremoniales, las cavilaciones, etc.
La curación llega en la medida en que el reproche primario y la vivencia original se traen a la
conciencia para que el yo pueda tramitarlos debidamente.
Paranoia
La vivencia primaria es de la misma naturaleza que en el caso anterior, pero aquí, la represión
no actúa, no genera autoreproche. Aparece, en cambio, la proyección que atribuye el displacer al
prójimo. Es interesante ver que en la paranoia, que es una forma de psicosis, no se forma un grupo
psíquico separado, sino que reproche y vivencia son expulsados hacia afuera.
El síntoma primario aparece en forma de voces, que reprochan al yo. Estos reproche están
desfigurados a nivel contenido, siendo que no se genera un subrogado, sino que se produce la
sustitución temporal.
Cuando la defensa falla, aparecen los síntomas de compromiso, y, seguidamente, los
secundarios, en forma de delirio de asimilación. Aquí comienza el proceso de avasallamiento del
yo. Puede devenir la pequeñez del yo o, lo contrario, el delirio de grandeza.
Histeria
Comienza con una vivencia pasiva y displacentera. Comienza, por lo tanto, con un
avasallamiento del yo y después sigue camino.
Los síntomas primarios se corresponden con un primer momento de la histeria: la histeria de
terror. Son una forma de exteriorización de terror, como descarga. Aparecen como lagunas
psíquicas.
La represión y los síntomas secundarios devienen con posterioridad. La represión acontece por
refuerzo de una representación frontera (es parte del yo y, a la vez, presenta un fragmento no
desfigurado de lo reprimido) que subroga al recuerdo reprimido.
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“Proyecto de psicología para neurólogos” (1895) (En PRÁCTICOS, experiencias de satisfacción y
dolor)
La histeria se caracteriza por una compulsión, que es ejercida por unas representaciones
hiperintensas. Dichas representaciones son tales que en otros no traen consecuencias y cuya
dignidad nos resulta incomprensible.
Decimos, entonces, que la compulsión histérica es incomprensible, insoluble mediante el
trabajo de pensar e incongruente en su ensambladura. Dicha compulsión es solucionada una vez
es esclarecida, es decir, una vez que se trae a la conciencia la vivencia olvidada y se la tramita.
Ahora bien, en toda histeria se produce la formación de un símbolo. Esto ocurre de la
siguiente manera: se produce una vivencia en la que un elemento A es circunstancial y uno B
aparece como displacentero e intramitable. En el recuerdo, por lo tanto, el suceso se plasma como
si A reemplazara a B. A es el sustituto, el símbolo de B. Por ello, resulta incongruente con los
resultados que produce (entendidos como síntomas histéricos). A es, entonces, compulsiva,
mientras que B está reprimida.
Decimos que se trata de representaciones hiperintensas dado el sentido cuantitativo. La
represión despoja Q (una cantidad) de una representación hacia otra, siendo que la totalidad de Q
se aloja en A y B queda vacía. Por ello, hablamos de desplazamiento.
En lo que refiere a la génesis de la compulsión, Freud ya entiende que la vivencia
traumática ha de ser displacentera y de carácter sexual. Esa vivencia está cargada de afecto y es
este último el que activa la represión por medio de la defensa primaria. Por lo tanto, existe un
proceso defensivo que genera la represión y, luego, la compulsión.
Ahora bien, si la defensa normal es tal que la corriente de pensamiento da la vuelta
cuando choca con una neurona de investidura displacentera, esto no explica la totalidad de la
patología. Lo definitorio es la formación del símbolo, que determina que A devenga consciente,
pero no lo haga B.
Pero las únicas vivencias que cumplen con esta necesidad de formación simbólica son las
sexuales que se caracterizan por no ser traumáticas en el momento en que ocurren. Por el
contrario, la vivencia infantil sexual reprimida sólo deviene traumática en la medida en que
regresa con efecto retardado, es decir, una vez transitada la pubertad. La vivencia en sí es
investida con afecto y eso produce un recuerdo que define si ello devendrá o no patológico.
Si se produce con efecto retardado, entonces el trauma aparece en dos tiempos: una
vivencia infantil y una resignificación post-pubertad.
Siendo que el desprendimiento de displacer proviene de la huella y no de la vivencia, el o
la histérica no puede detener la defensa, pues no ha tenido oportunidad de luchar contra aquel
desprendimiento de forma consciente.
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“Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de
‘neurosis de angustia’” (1895)
La neurosis de angustia presenta, al igual que el resto de las patologías, una etiología que
proviene de la vida sexual. Existen diversas modalidades, ya sea para hombres o mujeres, pero
todas coinciden en un punto: hay una acumulación de excitación. Por ello, no admite ninguna
derivación psíquica. No hay referencia simbólica, ni mecanismo psíquico. Dada la contención, se
produce una disminución de la libido, del placer psíquico.
La trayectoria de una neurosis de angustia sería entonces, la siguiente: la excitación aumenta
de forma continua y, sólo a partir de cierto umbral, puede ser capaz de vencer la resistencia. S
exterioriza, entonces, como estímulo psíquico. Esto produce que el grupo de representantes
psíquicos se llenen de energía y generen tensión libidinosa. Para calmar esa tensión es necesario
llevar a cabo una acción específica o adecuada. La neurosis de angustia sería la consecuencia del
intento de gastar la excitación sexual desviada por medios no adecuados.
Ahora bien, es necesario diferenciar la neurosis del afecto de angustia. Éste deviene en la
medida en que el estímulo proviene de afuera, es decir, es exógeno y temporal. La neurosis es el
afecto crónico que aparece frente a un estímulo interno no tramitado por medio de la acción
específica. Como los estímulos internos son constantes, aparece una patología.
Por último, Freud refiere a la relación entre neurosis de angustia y el resto de las
psiconeurosis. Es interesante destacar que en casi todos los casos, aparecen patologías mixtas,
que pueden deberse a 3 causas: puede producirse por azar, porque un factor etiológico ponga al
otro en vigencia o que la misma etiología produzca ambas patologías.
“Carta 52” (1896)
El material psíquico se ubica, dentro del aparato, de forma tal que las huellas mnémicas no
están estáticas, sino que se reordenan según nuevos nexos, produciéndose constantes
retrascripciones.
Frente a un estímulo, primeramente, se produce la percepción en una neurona P, que es
disponible para la conciencia, pero que no conserva, aún, huella mnémica. No se posee memoria,
pues conciencia y memoria se excluyen.
La primera trascripción se produce en neuronas Ps (signos de percepción), en la que se
unen representaciones por simultaneidad.
Luego, una segunda trascripción, Ic (inconscente), aloja las huellas según nexos causales.
Por último, en el Prc (Preconciente), se lleva a cabo la tercera y última trascripción, que
está ligada a representaciones-palabra. Aquí aparece el yo y, aquellas huellas alojadas en la
memoria, pueden devenir conscientes de forma temporal.
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Aquí, Freud conceptualiza a la represión como la denegación de la traducción de una
huella de un sistema a otro, traducción que generaría displacer. Como consecuencia de esta nueva
definición, defensa normal y patológica también se modifican. La defensa primaria pasa a
responder a trascripciones de la misma variedad, ubicadas dentro de la misma fase psíquica, que
generarían displacer. La defensa patológica, en cambio, sólo existiría contra una huella mnémica
todavía no traducida de una fase anterior. (Ver “Manuscrito K”, del mismo año).
¿Cuándo ocurre, entonces, la defensa patológica? Cuando se produce una vivencia que
genera mayor displacer al ser recordada que en el momento en que ocurrió. El recuerdo actuaría
como algo actual. Y esto sólo es posible en sucesos sexuales. La condición para la defensa
patológica es, entonces, que la vivencia sea de carácter sexual y que ocurra en una fase anterior.
Así, si la vivencia fue placentera, la defensa genera compulsión, si fue displacentera,
represión.
“Interpretación de los sueños” (1900)
A través del análisis de los sueños, Freud desarrolla la primera concepción del aparato
psíquico. Para ello, parte de entender al sueño como un acto psíquico de pleno derecho y, define
que su fuerza impulsora es un deseo por cumplir. Esto último no aparece claro, pues el sueño ha
atravesado la censura onírica, que ha desfigurado el contenido latente. Esto no quita que el deseo
se objetive en el sueño, aunque aparezca disfrazado como una escena. Los sueños, por lo tanto,
han de pertenecer a un escenario distinto al de la vida cotidiana, en otra localidad psíquica.
El aparato psíquico se compone de instancias, o sistemas. Estos sistemas actúan de forma
direccional, de forma tal que la excitación los recorre de forma temporal. Así, el aparato parte de
estímulos y termina en innervaciones. Asignamos, por lo tanto, al mismo, un extremo sensorial y
otro motor. Ya desde la “Carta 52”, sabemos que el aparato se compone por huellas mnémicas,
cuya función atinente es la memoria. También, sabemos que el primer aparato no posee memoria,
es decir, no conserva huellas, sino que un segundo aparato traspone la excitación del estímulo a
huellas. Así, desde el polo perceptivo hasta el motor, se suceden trascripciones sucesivas que se
enlazan entre ellas para conformar la memoria. A este proceso lo denominamos asociación.
En nuestro esquema, encontramos que las instancias son tales que una actúa como
criticadora y la otra como criticada. La primera, que corresponde al Preconciente, se ubica en el
extremo motor. Es la que decide sobre la vigilia y nuestro obrar consciente. En cambio, el sistema
criticado responde al Inconsciente y aparece como lo inaccesible para la conciencia, si no es por
vía de lo Preconciente, para lo cual debe sufrir modificaciones.
La cuestión era, dijimos, el sueño y su relación con esta conceptualización. Pues resulta
que el punto de partida del sueño es, justamente, su empuje como excitación onírica por atravesar
el Preconciente. Durante la vigilia, la represión está al 100% y lo detiene. Pero, en el dormir, la
represión se debilita y el sueño atraviesa a la consciencia ya desfigurado. Para lograrlo, el sueño
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recorre el sistema en un sentido muy particular: si durante el día, las representaciones se dirigen
en un camino progrediente, desde el polo perceptivo hacia el motor, la excitación onírica pretende
lo mismo. Pero durante el dormir, el polo motor está cerrado y, entonces, la excitación regresa
hacia el polo perceptivo, en un camino regrediente. Se muda nuevamente a la imagen sensorial de
la que partió.
La regresión es entonces, según lo que sabemos del sueño, de tres tipos: tópica, en
relación con los sistemas del aparato, temporal, en tanto se trata de un regreso a formaciones
psíquicas más antiguas y formal, dado que los modos de expresión y figuración primitivos
reemplazan a los habituales.
Dijimos ya que el sueño es el cumplimiento de un deseo y que, como tal, siendo que el
deseo es inconsciente, ha de aparecerse desfigurado, pues sólo así puede atravesar el
Preconciente. La desfiguración es trabajo de la censura onírica.
La génesis de los sueños, primeramente, es un deseo consciente, que ha surgido en estado
de vigilia. Pueden ser deseos no tramitados, desestimados, etc. Buscan cumplirse en el sueño,
pero para ello, precisan de un refuerzo, de un apoyo. Por ello, apelan a un deseo inconsciente, con
el cual se une para conformar el sueño propiamente dicho. Los deseos inconscientes que están
reprimidos son siempre de procedencia infantil. Una vez que estamos soñando, el único deseo que
se deja ver con claridad es el consciente, aunque algunos elementos denotan la presencia de aquel
otro. Los mecanismos que permiten este disfraz responden al trabajo del sueño, cuyo producto es
la censura onírica.
Podemos decir, entonces, que en el sueño intervienen dos componentes: un deseo
consciente, que aparece como pensamiento onírico y actúa como socio empresario, formador de
la idea; y un deseo inconsciente que le da soporte, a modo de socio capitalista.
El sueño busca cumplir ambos deseos, pero, como sabemos, los deseos inconscientes no
pueden cumplirse, sólo realizarse (relación con experiencia de satisfacción). Y esta realización es
llevada a cabo en formaciones como el sueño, donde lo inconsciente transfiere su afecto a otra
representación consciente, dejándose encubrir por ella. Para ello, elige representaciones
conscientes inocuas, indiferentes, que son las que menos deben escapar de la represión.
Así como los sueños, los síntomas actúan como cumplimientos de deseos inconscientes y
conscientes, respondiendo al mismo mecanismo.
Resulta de este desarrollo que, en la formación del sueño, han de intervenir 2 procesos
psíquicos diferentes. Uno que crea pensamientos oníricos de perfecta corrección y otro que
procede con ellos de forma incorrecta, desfigurándolos por medio del trabajo del sueño. Estos
procesos corresponden a los dos sistemas ya descritos (Inconsciente y Preconciente). El proceso
primario corresponde al accionar del sistema Inconsciente, y su actividad es el libre desagote de
las cantidades de excitación. Este primer sistema es incapaz de incluir algo desagradable, sólo
puede desear. El proceso secundario, en cambio, corresponde al Preconciente y su función es
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inhibir ese desagote, invistiendo representaciones. Es decir, el segundo sistema inviste un
recuerdo para evitar su drenaje, que generaría displacer (ver experiencia de dolor y relacionar).
El proceso secundario, dada su naturaleza, no sería innato, como si lo es el primero.
Surgiría con el tiempo y una vez atravesada la infancia. Es por ello que los deseos de esta época
son indestructibles y se mantienen constantemente pujando por realizarse. Sin embargo, dado
que su cumplimiento generaría displacer, ha de atravesarse la represión (Aquí se reconceptualiza
la represión).
“La perturbación psicógena de la visión según el psicoanálisis” (1910)
Dijimos ya que la histeria y sus síntomas son el resultado de un conflicto entre el yo y
ciertas representaciones teñidas de afecto. La cuestión que Freud intenta dilucidar aquí es la
naturaleza de dicha oposición.
Su respuesta será que existen dos tipos de pulsiones cuyas metas se encuentran y eso
genera contradicción. Por un lado, las pulsiones yoicas apuntan a la autoconservación del
individuo y, según el principio del placer, a evitar el displacer a como dé lugar. Por otra parte, las
pulsiones sexuales buscan satisfacer deseos (infantiles y sexuales) que, en caso de cumplirse,
serían displacenteros para la otra instancia. Del conflicto inter-instancias, resulta la represión.
El yo, decimos, se siente amenazado por las pulsiones sexuales y se decide a defenderse
de ellas. Busca sofocarlas, limitarlas, reguiarlas hacia otras metas. Para ello, las reprime, pero no
siempre este mecanismo es eficaz. Las representaciones conflictivas regresan a través de
formaciones sustitutivas, que serían, por ejemplo, los síntomas de neurosis.
Ahora bien, las pulsiones, como bien sabemos desde “Tres ensayos de teoría sexual”
(1905), se caracterizan por asociarse a una zona erógena, es decir, a una parte del cuerpo. Si una
zona erógena recibe mayor estímulo de un tipo de pulsiones, cederá a ellas. Pensemos, entonces,
en una situación tal que ambas pulsiones se dirijan al mismo órgano (por ejemplo, el ojo). Cuando
las pulsiones sexuales afectan a esa zona (la pulsión parcial que se sirve del ver, por ejemplo), el yo
busca defenderse y lo hace por medio de la represión. Las pulsiones yoicas, entonces, buscan
reprimir a las sexuales, pero se llevan con ello la funcionalidad del órgano, pues el yo pierde su
imperio sobre él (el ojo deja de ver, en todo sentido). La parálisis histérica es un excelente ejemplo
de este tipo.
Resulta entonces que los procesos psicológicos se apoyan sobre lo orgánico.
“Mis tesis sobre el papel de la sexualidad en la etiología de las neurosis” (1906)
Se trata de un raconto de los desarrollos de la teoría sexual freudiana, sus evoluciones y
modificaciones.
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En un primer momento, la sexualidad aparece fuertemente relacionada a la neurastenia.
Partiendo de una serie de casos en los que aparecía la sexualidad, Freud plantea la diferenciación
entre neurastenia y neurosis de angustia, pero sin universalizar aún lo sexual como etiología de
toda patología.
Al mismo tiempo, Freud elaboraba su teoría sobre las psiconeurosis, en la cual describía al
factor sexual como uno más de entre todos los que posiblemente podían participar de su etiología.
En esta línea, la teoría de la abreacción fue la base más fuerte para explicar los procesos histéricos,
lo cual dejaba de lado la sexualidad.
Pero entonces, Freud comienza a establecer puentes entre los dos tipos de patologías y
termina por comprender que, en ambos casos, resulta imposible el explicarse los síntomas sin
apelar a vivencias infantiles de carácter sexual.
Se sigue a esto sus primeros desarrollos en relación con la fantasía. La vivencia traumática
y sexual va quedando a un lado y toma fuerza este nuevo concepto, que se construía a partir de
recuerdos infantiles y se trasponía a los síntomas. Comienza a cobrar vuelo la teoría sexual en la
medida que se pasa de “traumas sexuales infantiles” al “infantilismo de la sexualidad”, que
reconoce que existe sexualidad en la infancia y que las prácticas de esta época definen la futura
dirección de la vida sexual. La fantasía aparece como una unión entre la satisfacción pulsional
(autoerótica, masturbatoria) y una realización de un deseo inconsciente.
Con la conceptualización de la represión, dejan de importar las excitaciones sexuales en
mismas, y se pone la lupa en la reacción del individuo frente a estas excitaciones. Es decir, se
analiza no el contenido, sino la presencia o no de represión. Este mecanismo cobre especial fuerza
en “Tres ensayos de teoría sexual” (1905), donde aparece la caracterización del niño como un
perverso polimorfo que debe reprimir sus pulsiones para generar los diques morales y redirigir sus
excitaciones.
Con esto último, la sexualidad pasa a tener un lugar central en la etiología de todas las
patologías estudiadas, pasando los síntomas a definirse como la figuración de la práctica sexual de
los enfermos.
“Tres ensayos de teoría sexual” (1905)
I-Las aberraciones sexuales
Llamamos objeto sexual a la persona de la que parte la atracción sexual y meta sexual a la
acción hacia la cual se dirige la pulsión.
Las desviaciones pueden, entonces, producirse a nivel objeto o meta. Con respecto al objeto,
podemos encontrar desviaciones como la inversión o la atracción hacia niños o animales. Lo que
denotan este tipo de trastornos es que el enlace entre pulsión y objeto no es a modo de
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soldadura. Por el contrario, pareciera que la pulsión sexual es, en principio, independiente del
objeto.
4- La pulsión sexual en los neuróticos
El estudio de las neurosis y sus síntomas sirven a Freud para elaborar su concepción de la
pulsión. Los síntomas aparecen como sustitutos de ciertas aspiraciones que parten de la pulsión.
En los histéricos, particularmente, encontramos por un lado una hiperintensidad en la
necesidad sexual y, por otro, un rechazo o desestimación de la vida sexual. Este enfrentamiento
entre pulsión y rechazo genera un conflicto, una represión y, por último, síntomas.
Los síntomas son, entonces, la expresión convertida de pulsiones que, si se llevaran a cabo, se
constituirían como perversas. La represión busca impedir su afloramiento y, cuando falla, estas
retornan en forma de síntomas, es decir, cifradas.
5- Pulsiones parciales y zonas erógenas
Definimos a la pulsión como la agencia representante psíquica de una fuente de estímulos
intrasomática en continuo fluir, en contraposición al estímulo, que proviene de excitaciones
singulares exógenas. Decimos, entonces, que la pulsión en sí no posee cualidades, es sólo la
medida de exigencia del trabajo para la vida anímica. Las pulsiones se distinguen entre sí por su
relación con fuentes somáticas y su meta. La fuente sería un proceso excitador desde un órgano y
la meta, la intención de cancelar esa excitación. Esto supone, entonces, que la pulsión siempre
está asociada a un órgano, que actúa como zona erógena.
II- La sexualidad infantil
Período de latencia
Si bien el infante llega al mundo con gérmenes de mociones sexuales que se desarrollan
por un tiempo, existe un momento en el que esas mociones se sofocan. Este período, que
comienza alrededor de los 4 años se denomina período de latencia.
Es un período fundamental en la medida en que durante el mismo se edifican los poderes
anímicos que más tarde aparecen como inhibiciones en el camino de la pulsión sexual y
angostarán su curso a la manera de diques (asco, vergüenza y moral). ¿Cómo se logra esto? Por
medio de la desviación de la energía perteneciente a las pulsiones sexuales. Este desvío de metas
permite la conformación de la futura sexualidad. En este sentido, la sublimación aparece en tanto
las pulsiones sexuales del niño son inaplicables y perversas. Si se cumplieran, generarían displacer
y, por ello, son sofocadas por medio de los diques psíquicos.
Primeras exteriorizaciones sexuales
Las primeras formas de exteriorización de lo sexual en el niño presentan tres caracteres
universales. Primeramente, son autoeróticas, es decir, se aplican al propio cuerpo. Luego, nace
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apuntalándose sobre una función de conservación vital. Por último, siempre están dirigidas a una
parte del cuerpo, a una zona erógena.
Primeras exteriorizaciones masturbatorias
Previo a lo que conocemos como genitalidad, el niño lleva a cabo conductas de
exteriorización sexual dirigidas a órganos particulares. En una primera fase, la boca cobra un
protagonismo muy particular, dada su relación con el chupeteo y la alimentación. Más tarde, la
zona anal se activará de forma similar.
Podemos separar a la masturbación infantil en 3 fases: una fase correspondiente al
período de lactancia, la segunda al breve florecimiento de la práctica sexual hacia los 4 años y, por
último, la fase onanista de la pubertad.
Perverso polimorfo
Dijimos ya que el infante posee pulsiones o mociones sexuales desde su nacimiento y, que
las mismas, son inaplicables y perversas. Dado que en estos primeros años, la resistencia no ha
surgido aún, estas pulsiones tienen vía libre hasta la formación de los diques psíquicos de la moral,
el asco y la vergüenza.
Fases del desarrollo de la vida sexual
Dijimos que la sexualidad infantil se caracteriza por ser autoerótica y porque sus pulsiones
se encuentran desconectadas entre sí. El niño, como perverso polimorfo, modifica su sexualidad a
través de los diques y, así, comienza a construir los cimientos de la sexualidad adulta. Ésta se
caracteriza porque la consecución del placer se ha desviado hacia la función reproductiva y porque
las pulsiones parciales, dirigidas a una única zona erógena, se han ordenado de forma tal que
buscan el logro de la meta sexual en un objeto ajeno.
De esta forma, la elección del objeto sexual se da en dos tiempos. El primero ocurre entre
los 2 y 4 años y el proceso de latencia lo detiene y se caracteriza por la naturaleza infantil de las
metas. El segundo tiempo corresponde con la pubertad, cuando la corriente sexual pasa de tierna
a sensual. Aquí se produce la renuncia a los objetos infantiles.
“Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad” (1908)
En este texto se produce el paso teórico fundamental del trauma a la fantasía. Es decir,
Freud abandona por completo su teoría acerca de la vivencia traumática real, para pasar a
entender a la fantasía como el origen de lo inconciliable y, por lo tanto, de la represión.
Una fantasía es un cumplimiento de deseo consciente o inconsciente. En este último caso,
la misma puede volverse patógena y convertirse en síntoma. El origen de toda fantasía como
deseo es sexual y proviene de la infancia. Se trata de una fantasía forjada durante un acto
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masturbatorio, que se compone de ella y de la operación de autosatisfacción. Cuando la fantasía
es abandonada, deviene inconsciente. Así, cuando la persona no halle modo de satisfacción sexual,
se abrirá el paso para aquella fantasía, que retorna a lo consciente disfrazada como síntoma.
Freud elabora, a partir de esta nueva concepción, nueve definiciones del síntoma
histérico, que pasaremos a explicar:
a) Como símbolo mnémico de ciertas impresiones y vivencias traumáticas eficaces (el afecto
de una vivencia infantil sexual y traumática se separa de la representación y se vuelve
huella mnémica).
b) Como el sustituto, formado por medio de la conversión, de retorno asociativo de dichas
vivencias (la huella mnémica es despertada por una nueva vivencia y el afecto deviene
síntoma corporal).
c) Como expresión de un cumplimiento de deseo (si la fantasía es un cumplimiento de deseo,
y la misma deviene síntoma tras ser reprimida, entonces el síntoma es la figuración de
dicho cumplimiento).
d) Como la realización de una fantasía inconsciente al servicio de un cumplimiento de deseo.
e) Como elemento que sirve a la satisfacción sexual, a la vez que figura una parte de la vida
sexual de la persona (los deseos inconscientes siempre provienen de la sexualidad).
f) Como el retorno de una modalidad de satisfacción sexual que fue real en la infancia y fue
reprimida.
g) Como un compromiso entre dos mociones pulsionales opuestas, una de las cuales se
empeña en expresar una pulsión parcial, mientras que la otra se empeña en sofocarla
(pulsión sexual y yoica).
h) Como la subrogación de diversas mociones no sexuales inconscientes, sin perder su
significado sexual.
i) Como la expresión de una fantasía sexual inconsciente masculina y femenina a la vez.
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PRÁCTICOS
“Sobre el mecanismo psíquico de fenómenos histéricos” (1893)
Cuando hablamos de una histeria traumática, partimos de un individuo completamente
sano que atraviesa un trauma que cumple dos condiciones: es lo suficientemente grave como para
que a él se le asocie una representación de amenaza o peligro para la existencia y, además, debe
estar conectado a una parte del cuerpo. En este momento de la teoría, este trauma sería la
génesis de los síntomas histéricos.
Desde esta ilación de pensamientos, se desprende de forma necesaria que averiguando
para cada síntoma las circunstancias bajo las cuales había aparecido por primera vez, es decir, el
ocasionamiento, se produciría la cura. Pero resulta que ese recuerdo o vivencia se encuentra
oculto, no es consabido por el paciente. Por ello, es necesario recurrir a la hipnosis, que duerme a
la consciencia y permite que afloren esos recuerdos “olvidados”.
Tras la parálisis histérica, encontramos siempre una vivencia teñida de afecto que, una vez
descubierta, permite explicar los síntomas a tratar. Por ello, podemos establecer un paralelismo
entre la parálisis traumática y la histérica. Pero, existe un punto particular en la histeria: el síntoma
y el ocasionamiento pueden presentar un enlace simbólico, no directo. Es como si aquel hiciese
referencia a éste.
Así, la cura de la histeria se lleva a cabo de igual forma que la traumática: por medio de la
hipnosis, se accede al ocasionamiento y, de forma inmediata, el síntoma desaparece. Cuando el
paciente se declara (palabra) acerca de aquella vivencia, se produce la cura.
Ahora bien, Freud descubre que la vivencia traumática de la histérica se caracteriza por
presentar un recuerdo muy vivo y un afecto asociado a él tan grande como el que se produjo en la
vivencia misma. La cuestión era dilucidar el por qué ese afecto se mantenía, no se descargaba. En
este punto, introduce el principio de constancia, según el cual, una impresión psíquica cualquiera
genera una suma de excitación en el sistema. Éste busca volver a empequeñecer esa suma de
excitación, por vías motoras. El objetivo es descargar tanto como se cargó, para llevar a 0 el nivel
de excitación.
En el histérico, hay impresiones que no fueron correctamente abreaccionadas, por lo que
su afecto sigue alterando al sistema y manteniendo el recuerdo vívido. El objetivo del análisis sería
lograr la abreacción correcta del monto de afecto, para detener el síntoma.
El obstáculo con el que se encuentra Freud aquí es el hecho de que una vez tramitada la
reacción, no se curaba la histeria, sino sus síntomas.
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“La sexualidad en la etiología de las neurosis” (1898)
La hipótesis fundamental de este trabajo es la ubicación primordial de las vivencias
sexuales como génesis de las neurosis.
Hasta aquí, ocasionamiento y causa se confunden, pero a partir de ahora, con la
elaboración de la serie etiológica (causa o factor específico, causas auxiliares y ocasionamiento),
ambos se separan y pasa a ser una cuestión ética el que el médico busque la causa y no sólo el
ocasionamiento. Dicha causa es sexual.
A partir de algunos estudios, Freud elabora la primera nosología, en la que separa
neurosis actúales de psiconeurosis:
Entiende que las primeras, las neurastenias, se caracterizan por permitir el fácil acceso a la
causa, pues es actual, presente y consabida por el paciente. Las divide en dos grupos: neurastenias
propiamente dichas y neurosis de angustia. Las neurastenias ocurren por exceso de masturbación
y las neurosis de angustia, por interrupción del curso normal de la excitación. No hay aquí,
mecanismo psíquico en juego.
En cambio, las psiconeurosis presentan un mayor desafío, en tanto la causa es desconocida
por el paciente y pertenece a una época anterior, previa a la pubertad. A esta altura, Freud ubica
en este grupo a la histeria, la neurosis obsesiva y la confusión alucinatoria o paranoia (más tarde,
psicosis). Siendo que en todas la causa pertenece a una vivencia de la infancia, la anamnesis ha
producido el olvido y se presenta el mecanismo psíquico de la defensa, que impide el recuerdo de
aquel trauma.
Ahora bien, si en las psiconeurosis, la defensa impide que el recuerdo devenga consciente
es sólo porque la vivencia se ha producido en la infancia. Como en esta época o hay posibilidad de
abreacción, el sistema guarda una huella cargada de afecto que, con efecto retardado, despierta
tras la pubertad y deviene patológica.
“Proyecto de psicología para neurólogos” (1895)
La experiencia de satisfacción
Es un constructo teórico, a la forma de un mito que busca explicar el surgimiento del
deseo.
Si el sistema, frente a un estímulo, necesita descargar, el bebé encuentra una limitación. El
humano, cuando nace, se encuentra desvalido, es incapaz de llevar a cabo la acción específica que
contrarrestaría a un estímulo interno. Necesita que, frente a una necesidad, uno otro auxiliador le
brinde el objeto adecuado que produciría la descarga. Aquí, la comunicación juega un rol
fundamental, pues otro debe interpretar lo que el niño precisa.
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Esto conlleva la primera experiencia de satisfacción, que genera, en el aparato, una huella
particular. Como esta experiencia supuso placer, el aparato buscará reinvestir esa huella, lograr
una identidad perceptiva. Pero esto no es alcanzable, pues el objeto se ha perdido. Ya no existe el
objeto adecuado. Esto produce un empuje constante, que aparece como el deseo, que sería el
resto de esta experiencia.
La experiencia de dolor
Como contraparte, encontramos el constructo de la experiencia de dolor. Supongamos
que un estímulo exógeno carga al sistema con cierto afecto, que es percibido como displacer. Es
tan fuerte, que deja al sujeto desvalido, pues fallan las protecciones que él posee. Se produce un
displacer asociado a una imagen mnémica. A esto se lo conoce como experiencia de dolor.
Si la imagen mnémica es reinvestida, o recordada, se genera un displacer que no equivale
al propio de la vivencia, pero que el aparato busca eliminar. La tendencia no es, como en el caso
anterior, a reinvestir la huella, sino a desinvestirla. A esto lo conocemos como defensa primaria o
represión, que es el intento de repulsión que deja un afecto o resto de displacer desde el cual
parte la experiencia de satisfacción.
Principio del placer
Es en este desarrollo que Freud abandona el principio de constancia y pasa al principio del
placer. En el siguiente cuadro, elaboramos su comparación:
Constancia
Placer
Equilibrio
Homeostasis
Tensión deseante
Función
Descarga de cantidades
Placer de desear
Operación fundamental
Memoria neuronal
Placer de la repetición
(memoria psíquica)
Aparato
Sistema neuronal
Sistema de huellas mnémicas
Finalidad
Satisfacción de la necesidad
Realización de deseo
Objeto
El adecuado
Objeto en falta y alucinación
Correlato
El organismo viviente
Sujeto del inconsciente
Dinámica
Inercia neuronal
Proceso primario
Tensión irreductible
Éxito
Éxito / Fracaso
“Las psiconeurosis de defensa” (1894)
Histeria de defensa
En la histeria, siempre encontramos que ha de existir una división en la consciencia, que
genera dos grupos psíquicos separados. Dicha escisión podía ser pensada como algo hereditario o
como algo adquirido. En este último caso, existían histerias de retención puras (se interceptó la
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3 - El esclarecimiento sexual en el nino.pdf
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