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Aquí, Freud conceptualiza a la represión como la denegación de la traducción de una
huella de un sistema a otro, traducción que generaría displacer. Como consecuencia de esta nueva
definición, defensa normal y patológica también se modifican. La defensa primaria pasa a
responder a trascripciones de la misma variedad, ubicadas dentro de la misma fase psíquica, que
generarían displacer. La defensa patológica, en cambio, sólo existiría contra una huella mnémica
todavía no traducida de una fase anterior. (Ver “Manuscrito K”, del mismo año).
¿Cuándo ocurre, entonces, la defensa patológica? Cuando se produce una vivencia que
genera mayor displacer al ser recordada que en el momento en que ocurrió. El recuerdo actuaría
como algo actual. Y esto sólo es posible en sucesos sexuales. La condición para la defensa
patológica es, entonces, que la vivencia sea de carácter sexual y que ocurra en una fase anterior.
Así, si la vivencia fue placentera, la defensa genera compulsión, si fue displacentera,
represión.
“Interpretación de los sueños” (1900)
A través del análisis de los sueños, Freud desarrolla la primera concepción del aparato
psíquico. Para ello, parte de entender al sueño como un acto psíquico de pleno derecho y, define
que su fuerza impulsora es un deseo por cumplir. Esto último no aparece claro, pues el sueño ha
atravesado la censura onírica, que ha desfigurado el contenido latente. Esto no quita que el deseo
se objetive en el sueño, aunque aparezca disfrazado como una escena. Los sueños, por lo tanto,
han de pertenecer a un escenario distinto al de la vida cotidiana, en otra localidad psíquica.
El aparato psíquico se compone de instancias, o sistemas. Estos sistemas actúan de forma
direccional, de forma tal que la excitación los recorre de forma temporal. Así, el aparato parte de
estímulos y termina en innervaciones. Asignamos, por lo tanto, al mismo, un extremo sensorial y
otro motor. Ya desde la “Carta 52”, sabemos que el aparato se compone por huellas mnémicas,
cuya función atinente es la memoria. También, sabemos que el primer aparato no posee memoria,
es decir, no conserva huellas, sino que un segundo aparato traspone la excitación del estímulo a
huellas. Así, desde el polo perceptivo hasta el motor, se suceden trascripciones sucesivas que se
enlazan entre ellas para conformar la memoria. A este proceso lo denominamos asociación.
En nuestro esquema, encontramos que las instancias son tales que una actúa como
criticadora y la otra como criticada. La primera, que corresponde al Preconciente, se ubica en el
extremo motor. Es la que decide sobre la vigilia y nuestro obrar consciente. En cambio, el sistema
criticado responde al Inconsciente y aparece como lo inaccesible para la conciencia, si no es por
vía de lo Preconciente, para lo cual debe sufrir modificaciones.
La cuestión era, dijimos, el sueño y su relación con esta conceptualización. Pues resulta
que el punto de partida del sueño es, justamente, su empuje como excitación onírica por atravesar
el Preconciente. Durante la vigilia, la represión está al 100% y lo detiene. Pero, en el dormir, la
represión se debilita y el sueño atraviesa a la consciencia ya desfigurado. Para lograrlo, el sueño
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