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Procesos Bianchi Cap 3 Y 4
Historia Social General (Universidad de Buenos Aires)
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BIANCHI, SUSANA.
HISTORIA SOCIAL DEL MUNDO OCCIDENTAL: DEL FEUDALISMO A LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA.
CAPÍTULO III: LA ÉPOCA DE LAS REVOLUCIONES BURGUESAS.
1) LA ÉPOCA DE LA “DOBLE REVOLUCIÓN”.
Dentro de una sociedad predominantemente rural, con sociedades profundamente jerarquizadas, en
una Europa donde n la mayoría de las naciones estaba dominada por las monarquías absolutas, las
transformaciones comenzaron en dos países rivales: Inglaterra y Francia. Constituyeron dos procesos
diferentes pero paralelos; sus resultados alcanzaron dimensiones mundiales.
Estas revoluciones permitieron el ascenso de la sociedad burguesa, pero también dieron origen a otros
grupos sociales que podrían en tela de juicio los fundamentos de su dominación.
I. LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN INGLATERRA.
Entre 1780 y 1790, en algunas regiones de Inglaterra comenzó a registrarse un aceleramiento del
crecimiento económico. La capacidad productiva superaba límites y obstáculos y parecía capaz de una
ilimitada multiplicación de hombres, bienes y servicios que implicaba cambios cualitativos: las
transformaciones se producían en y a través de una economía capitalista.
Consideraremos el capitalismo como un sistema de producción pero también de relaciones sociales. La
principal característica del capitalismo es el trabajo proletario, es decir, de quienes venden su fuerza de
trabajo a cambio de un salario. Por lo tanto la principal característica del capitalismo es la separación
entre los productores directos, la fuerza de trabajo y la concentración de los medios de producción en
manos de otra clase social, la burguesía.
Fue en el siglo XVIII que la Revolución Industrial afirmó el desarrollo de las relaciones capitalistas, en la
medida en que la aparición de la fábrica terminó por afirmar la separación entre trabajo y medios de
producción.
LOS ORÍGENES DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL.
En Inglaterra, a partir del desarrollo de una agricultura comercial, la economía agraria se encontraba
profundamente transformada. A mediados del siglo XVIII, el área capitalista de la agricultura inglesa se
encontraba extendida y en vías de una posterior ampliación. El proceso era acompañado por métodos
de labranza más eficientes, abono sistemático de la tierra, perfeccionamientos técnicos e introducción
de nuevos cultivos; los productos del campo dominaban los mercados.
De este modo, la agricultura se encontraba preparada para cumplir con sus funciones básicas en un
proceso de industrialización. En la medida en que la “revolución agrícola” implicaba un aumento de la
productividad, permitia alimentar a más gente. Permitia alimentar, además, a gente que ya no
trabajaba la tierra, a una creciente población no agraria. En un segundo lugar, al modernizar la
agricultura y al destruir las antiguas formas de producción campesinas, la “revolución agrícola” acabó
con las posibilidades de subsistencia de muchos campesinos que debieron trabajar como arrendatarios.
Y muchos también debieron emigrar a las ciudades y se creaba así un cupo de potenciales reclutas para
el trabajo industrial.
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Pero la destrucción de las antiguas formas de trabajo liberaba mano de obra y a la vez creaba
consumidores. La constitución de un mercado interno estaba y extenso, proporcionó una importante
salida para los productores básicos.
Pero también Inglaterra contaba con un mercado exterior. Era un mercado sostenido por la agresiva
política exterior del gobierno británico dispuesto a destruir a toda la competencia. Esto nos lleva al
tercer factor que explica la peculiar posición de Inglaterra en el siglo XVIII: el gobierno. La “gloriosa
revolución” de 1688, había instaurado una monarquía limitada por el Parlamento integrado por la
Cámara de los Lores (aristócratas), pero también por la Cámara de los comunes. Inglaterra estaba
dispuesta a subordinar su política a los fines económicos.
LAS TRANSFORMACIONES DE LA SOCIEDAD.
La expresión Revolución Industrial implicó la idea de profundas transformaciones sociales.
Las antiguas aristocracias no sufrieron cambios demasiado notables. Por el contrario, con las
transformaciones económicas se vieron favorecidos. La modernización de la agricultura dejaba
beneficios, y a éstos se agregaron los que proporcionaban los ferrocarriles que atravesaban sus
posesiones. Eran propietarios del suelo y también del subsuelo, por lo tanto la expansión de la minería
y la explotación del carbón era una ventaja para ellos.
También para las antiguas burguesías mercantiles y financieras, los cambios implicaron sólidos
beneficios. La posibilidad de asimilación en las clases más altas también se dio para los primeros
industriales textiles del siglo XVIII: para algunos millonarios del algodón, su ascenso social corría
paralelo al económico.
El proceso de industrialización generaba a muchos “hombres de negocios”, que aunque habían
acumulado fortuna, eran demasiados para ser absorbidos por las clases más altas. Estos comenzaron a
definirse como “clase media” y como tal reclamaban derechos y poder. Eran hombros que se habían
hecho “a sí mismos”. Los nuevos métodos de producción modificaron profundamente el mundo d
elos trabajadores. Evidentemente, para lograr esas transformaciones en la estructura y el ritmo de la
producción debieron introducirse importantes cambios en la cantidad y calidad del trabajo.
Es indudable que, con la producción en la fábrica, surgió una nueva clase social: el proletariado o la
clase obrera.
El proletariado estaba emergiendo de la multitud de antiguos artesanos, trabajadores domiciliarios y
campesinos de la sociedad pre-industrial. Se trataba de una clase “en formación”, que aún no había
adquirido un perfil definido.
La Revolución Industrial, en sus primeras etapas, reforzó formas pre-industrales de producción como el
sistema de trabajo domiciliario. Dicho sistema comenzaba a transformarse en un trabajo “asalariado”.
En estas primeras etapas, los niños y las mujeres constituyeron la gran reserva de mano de obra de los
nuevos empresarios.
De la heterogeneidad de las formas productivas con la que se inició la Revolución Industrial dependió la
pluralidad de grupos sociales que conformaban a los “trabajadores pobres”. Sin embargo, con la
expansión del sistema fabril, sobre todo en la década de 1820, comenzó a adquirir un perfil más
definido: ya era la clase obrera fabril. Se trata de “proletarios”, es decir, de quienes no tienen otra
fuente de ingresos digna de mención más que vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario. El
proceso de mecanización les exigió
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concentrarse en un único lugar de trabajo, la fábrica, que impuso al proceso de producción un carácter
colectivo. El resultado fue un incremento de la división del trabajo a un grado de complejidad
desconocido hasta entonces.
Las actividades del trabajador debían adecuarse cada vez más al ritmo y regularidad de un proceso
mecánico. El trabajo mecanizado de la fábrica impul una regularidad y una rutina completamente
diferente a la del trabajo pre-industrial… la industria trajo la tiranía del reloj.
Frente a las resistencias, ante las dificultades de acondicionamiento al nuevo tipo de trabajo, se forzó a
los trabajadores mediante un sistema de coacciones que organizaba el mercado de trabajo y
garantizaba la disciplina.
Pero también se disciplinó mediante formas más sutiles y en este sentido hay que destacar el papel que
jugó la religión. El metodismo insistia particularmente en las virtudes disciplinadoras y el carácter
sagrado del trabajo duro y la pobreza. Por un lado disciplinó al trabajo, pero por otro proveyó a los
trabajadores de ejemplos de acción: sus primeras agrupaciones se organizaron sobre la base que
proporcionaba el modelo de la asamblea metodista.
Para los trabajadores, las condiciones de vida se deterioraron. Hasta mediados del siglo XIX, mantuvo
vigencia la teoría del “fondo salarial” que consideraba que cuanto más bajos fueran los salarios de los
obreros más altas serían los beneficios patronales. En este sentido, el desarrollo urbano de la primera
mitad del siglo IX fue un gran proceso de segregación que empujaba a los trabajadores pobres a grandes
concentraciones de miseria alejadas de las nuevas zonas residenciales de la burguesía. Las condiciones
de vida en estas concentraciones obreras, el hacinamiento, la falta de servicios públicos, etc., favoreció
la reaparición de epidemias.
Uno de los ámbitos donde más se advertia la incompatibilidad entre la tradición y la nueva racionalidad
burguesa era el ámbito de la “seguridad social”. Dentro de la moralidad pre-industrial se consideraba
que el hombre tenía derecho a trabajar, pero que si no podía hacerlo tenía el derecho a que la
comunidad se hiciese cargo de él. Pero esta tradición era algo completamente incompatible con la
lógica burguesa que basaba su triunfo en el “esfuerzo individual”.
Frente a la nueva sociedad que conformaba el capitalismo industrial, los trabajadores podían
dificultosamente adaptarse al sistema e incluso intentar “mejorar”. Pero aún les quedaba otra salida: la
rebelión. De este modo, pronto surgió la organización y la protesta gracias al pasaje de la “conciencia
de oficio” a la “conciencia de clase”.
En las últimas décadas del siglo XVIII, la primera forma de lucha en contra de los nuevos métodos de
producción, el ludismo, fue la destrucción de las máquinas que competian con los trabajadores en la
medida que suplantaban a los operarios. Cuando ya fue claro que la tecnología era un proceso
irreversible y que la destrucción de máquinas no iba a contener la tendencia a la industrialización, esta
forma de lucha continuó empleándose como forma de expresión para obtener aumentos salariales y
disminución de la jornada de trabajo.
Pero las demandas no se restringieron, también aparecieron reivindicaciones vinculadas con la política
y comenzaron los movimientos que configuraban las primeras formas de lucha obrera.
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En las primeras décadas del siglo XIX, las demandas de los trabajadores de una democracia política
coincidieron con las aspiraciones de las nuevas “clases medias” a una mayor participación en el poder
político. La lucha se centró en la ampliación del sistema electoral. Dicha lucha culminó con la reforma
electoral de 1832 gracias a la cual se otorgaba representación a los nuevos centros industriales y se
acrecentó el número de electores al disminuir la renta requerida para votar. Esto indudablemente
favorecía a la “clase media”, pero excluía a la clase obrera de los derechos políticos.
El fracaso de 1832 constituyó un hito en la conformación del movimiento laboral: era necesario
plantearse nuevas formas de lucha. En 1838, La Asociación de Trabajadores de Londres confeccionó la
llamada Carta del Pueblo donde se exigía el derecho al sufragio universal, idéntica división de los
distritos electorales, etc. Así se dio origen a un vasto movimiento, el cartismo, que se extendió por toda
Gran Bretaña, aunque sin embargo terminó disgregándose.
II. LA REVOLUCIÓN FRANCESA.
Si la economía del mundo del siglo XIX se transformó bajo la influencia de la Revolución Industrial
inglesa, no cabe duda que la política y la ideología se formaron bajo el modelo de la Revolución
Francesa.
FIN E INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA REVOLUCIÓN: NAPOLEÓN BONAPARTE (1799 1815)
La Revolución era considerada por muchos no como un acontecimiento que afectaba exclusivamente a
Francia, sino como el comienzo de una nueva era para toda la humanidad. De allí las tendencias
expansionistas y la ocupación de países.
Con los ejércitos se expandían también algunos de los logros revolucionarios ante el terror de las
monarquías absolutas. Pero la guerra no sólo fue un enfrentamiento entre sistemas sociales y políticos,
sino que también fue el resultado de la rivalidad de las dos naciones que buscaban establecer su
hegemonía sobre Europa: Francia e Inglaterra.
En ese ejército revolucionario había hecho su carrera Napoleón Bonaparte. En 1795 se le confía la
defensa de la Convención. Logró conjurar el peligro y desde entonces su posición fue sólida. En 1796, el
Directorio le confió la campaña militar a Italia y en 1798 Bonaparte se propuso la conquista de Egipto.
En noviembre de 1799, un golpe entregó el mando de la guarnición de París a Bonaparte. Poco después
se formaba un nuevo poder ejecutivo, el Consulado, integrado por tres miembros. La Constitución del
año VIII (1800) dio forma al nuevo sistema: se disponía que uno de los tres mandatarios que ejerciera
el cargo de
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Primer Cónsul, reduciendo a los otros dos a facultades consultivas y otorgándole supremacía sobre el
poder legislativo. El cargo de Primer Cónsul se otorgó a Napoleón Bonaparte que pudo ejercer un poder
si contrapesos.
El sistema napoleónico significó el fin de la agitación revolucionaria. En primer lugar, se restringió la
participación popular. En segundo lugar, se estableció un rígido sistema de control sobre la población.
Pero el sistema napoleónico también institucionalizó mucho de los logros revolucionarios. Para acabar
con los conflictos religiosos y contar con el apoyo del clero, Napoleón firmó con el papa Pío VII un
Concordato (1801) y así la Iglesia francesa quedaba subordinada al estado, anulando su potencial
conflictivo.
El sistema napoleónico también reorganizó la administración y las finanzas y creo hasta un Banco
Nacional. La enseñanza pública fue tratada con particular celo. Además, durante el período napoleónico
se creó la jerarquía de funcionarios públicos que constituía la base del funcionamiento estatal.
A comienzo de 1804, el descubrimiento de un complot permitió a Bonaparte dar un paso más: la
instauración del Imperio.
La constitución del Imperio fue fundamentalmente el resultado de la política exterior napoleónica: la
nación que aspiraba a dominar el continente tenía que estar dirigida por una institución que
históricamente llevara implícita una función hegemónicamente.
En la lucha de Francia por la hegemonía europea, Inglaterra fue el enemigo inevitable. En la
confrontación bélica ninguno de los dos países había conseguido éxitos decisivos. De allí que la lucha se
trasladara al terreno económico. Bloqueo marítimo y bloqueo continental eran los medios por los que
Inglaterra y Francia intentaban asfixiarse mutuamente.
Sin embargo, para Francia, los efectos del bloqueo fueron graves: ruinas de los puertos, falta de
algodón y, sobre todo, la quiebra de los propietarios agrícolas que, en los años de buenas cosechas, no
podían exportar el excedente. Ante la imposibilidad de una victoria económica, Napoleón decidió dar
un vuelco decisivo a la guerra, mediante una contundente acción militar: la invasión de Rusia (1812).
Pero los resultados no fueron los esperados. Las fuerzas aliadas de Prusia, Austria, Rusia y Suecia en la
batalla de Leipzig derrotaron a Napoleón.
2- EL CICLO DE LAS REVOLUCIONES BURGUESAS.
La caída de Napoleón llevó a la definición de un nuevo orden europeo, tarea que quedó a cargo de los
vencedores: Gran Bretaña, Rusia, Austria y Prusia.
El nuevo orden constituyó un compromiso entre liberales y partidarios del antiguo régimen,
compromiso que no significó equilibrio ya que, como lo demostraron las reuniones del Congreso de
Viena, el peso predominante se volcó hacia las viejas tradiciones.
El primer problema que tuvieron que afrontar fue el de rehacer el mapa de Europa: el objetivo era
consolidar y acrecentar territorialmente a los vencedores y crear “estados-tapones” que
impidieran la
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expansión francesa. Este mapa dejó planteados problemas, como la cuestión de la “formación de las
naciones”.
Pese a que estuvo listo el instrumento con el que se intentaría imponer el antiguo orden, la tarea no fue
sencilla, ya que la sociedad se encontraba profundamente transformada.
LAS REVOLUCIONES DE 1830.
LAS BASES DE LAS REVOLUCIONES: LIBERALISMO, ROMANTICISMO, NACIONALISMO.
La cerrada concepción política que se intentaba imponer, el retorno al absolutismo, desató en la
sociedad intensas resistencias. Las ideas difundidas por la Revolución (libertad e igualdad) habían
alcanzado consenso y madurez para agudizar el clima de tensión social y político.
El panorama se complejizaba además por los movimientos nacionalistas que surgían en aquellos países
que se sentian deshechos u oprimidos por los repartos territoriales.
En algunos lugares, el liberalismo y el nacionalismo confluyen y surgen sociedades secretas. En Francia
se organizó la charbonnerie, integrada sobre todo por jóvenes universitarios y militares de filiación
bonapartista. Los objetivos que perseguían estas sociedades eran variados. Francia, por ejemplo,
buscaba establecer su gobierno que respetara los principios liberales. Pero en todas partes su
característica fue la organización secreta, una rígida disciplina y el propósito de llegar a la violencia, si
era necesario, para lograr sus objetivos.
El liberalismo era una filosofía política orientada a salvaguardar las libertades políticas y económicas
generales, así como las que debían gozar los individuos. Existia una negativa a toda intervención estatal
que regulara la economía, el Estado debía limitarse a proteger los derechos de los individuos. Era
además el sistema ideológico que más se ajustaba a las actividades y objetivos de la nueva burguesía.
El liberalismo también se constituyó en un programa político: libertad e igualdad civil protegidas por
una Constitución escrita, monarquía limitada, sistema parlamentario, elecciones y partidos políticos
eran las bases de los sistemas que apoyaban la burguesía liberal. Pero también el temor a los conflictos
sociales llevó a una concepción restringida de la soberanía que negaba el sufragio universal: el voto
debía ser derecho de los grupos responsables que ejercían una ciudadanía “activa”.
Pero el liberalismo también se combinó con otras tradiciones como el romanticismo. Las primeras
manifestaciones de esta nueva corriente fueron literarias, y se advierten especialmente en Inglaterra.
En Francia el romanticismo constituyó originariamente un movimiento tradicionalista en reacción
contra la Revolución Francesa, “era el desafiante rechazo a todo lo que limitase el libre albedrío de los
individuos”.
En este contexto, la época fue favorable para los inicios del nacionalismo. Pues en muchos países
europeos comenzaba a agitarse la idea de la nación. Comenzaba a conformarse la conciencia de
pertenecer a una comunidad ligada por la herencia común de la lengua y la cultura, unida por vínculos
de sangre y con una especial relación con un territorio considerado como “el suelo de la patria”.
Cultura, raza o grupo étnico y espacio territorial confluían en la idea de nación. El gobierno que
dirigía a cada grupo “nacional” debía estar libre de cualquier instancia exterior.
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LOS MOVIMIENTOS REVOLUCIONARIOS DE 1830.
En Francia, tras la caída de Napoleón, los viejos sectores sociales y políticos, los ultras, habían
desencadenado una violenta reacción antiliberal intentando restaurar los principios del absolutismo.
Pero la sociedad se había transformado y los principios de la revolución, extendido.
Después de la muerte de Luis XVIII, su sucesor Carlos X, desencadenó una persecución contra todo lo
que llevara el sello del liberalismo que provocó el desarrollo de una oposición fuertemente organizada.
Cuando Carlos X promulgó un conjunto de medidas restrictivas sobre la prensa y el sistema electoral,
un levantamiento popular estalló en Paris. La represión fue impotente y el combate, durante tres días,
en las calles. Tras la abdicación del rey, los liberales más moderados se apresuraron a otorgar al duque
Luis Felipe de Orleans la corona de Francia.
De este modo, según los principios del liberalismo, se volvía a instalar una monarquía limitada sobre la
base del sufragio restringido.
CAPÍTULO IV: EL APOGEO DEL MUNDO BURGUÉS (1848-1914)
El triunfo del capitalismo La segunda mitad del siglo XIX corresponde a la época del triunfo del capitalismo. El
triunfo se manifestaba en una sociedad, que consideraban que el desarrollo económico radicaba en las empresas
privadas competitivas y en un ventajoso juego entre un mercado barato para las compras -incluyendo la mano de
obra- y un mercado caro para las ventas. (Valores burgueses). Se consideraba que una economía sobre tal
fundamento, sobre una burguesía la había elevado a su actual posición, iba a crear un mundo no sólo de riquezas
correctamente distribuidas sino también de razonamiento, ilustración y oportunidades crecientes para todos. Con
el capitalismo triunfaban la burguesía y el liberalismo, en un clima de confianza y optimismo que consideraba que
cualquier obstáculo para el progreso podía ser superado sin mayores inconvenientes.
CAPITALISMO E INDUSTRIALIZACION
En la segunda mitad del siglo XIX, el mundo se hizo capitalista y una significativa minoría de países se
transformaron en economías industriales. Hasta 1870, Inglaterra mantuvo su primacía en el proceso de
industrialización y su indiscutible hegemonía dentro del área capitalista. La misma industrialización que
comenzaba a generarse en el continente europeo amplió la demanda de carbón, de hierro y de maquinarias
británicas. Incluso, la prosperidad permitia una mayor demanda de bienes de consumo procedentes de
Inglaterra. Esta primacía industrial estaba además complementada con el predominio en el comercio
internacional. Sin embargo, la posición inglesa parecía amenazada. La misma “revolución industrial había
desencadenado procesos de industrialización en un puñado de países europeos como Francia, Bélgica, Alemania,
a los que pronto se agregarían otros, ubicados fuera de Europa, como Estados Unidos y Japón. Eran sin duda una
minoría de países, en un mundo que continuaba siendo en su mayoria rural, pero sus efectos resultarían
notables.
DEL CAPITALISMO LIBERAL AL IMPERIALISMO
“La gran depresión”
L a naciente economía capitalista, se vio sometida a crisis periódicas, crisis inherentes a un sistema que se
autocondenaba a momentos de saturación del mercado por el crecimiento desigual de la oferta y la
demanda. De este modo, a los períodos de auge le sucedían períodos de depresión en la que los precios
caían dramáticamente e incluso muchas empresas quebraban. A diferencia de las crisis anteriores -hasta la
de 1847- que eran crisis que se inciaban en la agricultura y que arrastraban tras de a toda la economía,
estas otras eran ya crisis del capitalismo industrial que se imponía a toda la vida económica. Sin embargo,
parecía que las mismas crisis generaban los elementos de equilibrio: cuando los precios volvían a subir, se
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reactivaban las inversiones y comenzaba nuevamente el ciclo de auge. Así, las crisis eran percibidas como
interrupciones temporalesde un progreso que debía ser constante. Hacia los primeros años de la década
de 1870, las cosas cambiaron. Cuando la confianza en la prosperidad parecía ilimitada ,en Estados Unidos
39.000 kilómetros de líneas ferroviarias quedaron paralizadas por la quiebra, los bonos alemanes cayeron
en un 60% y, hacia 1877, casi la mitad de los altos hornos dedicados a la producción de hierro quedaron
improductivos. La crisis tenía además un componente que reocupaba :su duración. En efecto, en 1873 se
iniciaba un largo período de recesión que se extendió hasta 1896 y que sus contemporáneos llamaron la
“gran depresión”. Ante un mercado de baja demanda, los stocks se acumulaban, no sólo no tenían salida
sino que se depreciaban; los salarios, en un nivel de subsistencia, difícilmente podían ser reducidos; como
consecuencia, los beneficios disminuían aún más rápidamente que los precios. El desnivel entre la oferta y
la demanda se veía agravado por el incremento de bienes producidos como consecuencia de la irrupción
en el mercado mundial de aquellos países que habían madurado sus procesos de industrialización. La edad
de oro del capitalismo “liberal” parecía haber terminado. Y esto también iba a afectar la política. La crisis
había minado los sustentos del liberalismo: las prácticas proteccionistas pasaron entonces a formar parte
corriente de la política económica internacional. Ante la aparición de nuevos países industriales, la
depresión enfrentó a las economías nacionales, donde los beneficios de una parecían afectar la posición de
las otras. En síntesis, en el mercado no sólo competian las empresas sino también las naciones. En el marco
de las economías nacionales, las empresas debieron reorganizarse para adaptarse a las nuevas
características del mercado: intentando ampliar los márgenes de beneficios, reducidos por la
competitividad y la caída de los precios, la respuesta se encontró en la concentración económica y en la
racionalización empresaria.
En primer lugar, se aceleró la tendencia a la concentración de capitales, es decir, a una creciente
centralización en la organización de la producción. En síntesis, la producción aumentaba, mientras que el
número de empresas disminuía. Si bien el proceso no fue universal ni irreversible, la competencia y la crisis
eliminaron a las empresas menores, que desaparecieron o fueron absorbidas por las mayores; las
triunfantes grandes empresas, que pudieron producir en gran escala, abaratando costos y precios, fueron
las únicas que pudieron controlar el mercado.
En segundo lugar, la concentración se combinó dentro de las grandes empresas con políticas de
racionalización empresaria. Esto incluía una modernización técnica que permitia lograr el aumento de la
productividad (y dar a la empresa un mayor poder competitivo). Pero además la racionalización incluía la
llamada “gestión cientifica” impulsada por F. W. Taylor. Según Taylor, la forma tradicional y empírica de
organizar las empresas ya no era eficiente, era necesario por lo tanto darle a la gestión empresarial un
carácter más racional y cientifico. Para ello elaboró una serie de pautas para lograr un mayor rendimiento
del trabajo. De este modo, el taylorismo se expresó en métodos que aislaban a cada trabajador del resto y
transferían el control del proceso productivo a los representantes de la dirección, o que descomponían
sistemáticamente el proceso de trabajo en componentes cronometrados e introducía incentivos salariales
para los trabajadores más productivos. A partir de 1918 el nombre de Taylor fue asociado al de Henry
Ford, identificados en la utilización racional de la maquinaria y de la mano de obra con el objetivo de
maximizar la producción.
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EPOCA DEL IMPERIALISMO:
el imperialismo fue la más importante de las salidas que se presentaba para superar los problemas del
capitalismo después de la “gran depresión”. Indudablemente no puede establecerse un nexo mecánico de
causaefecto. Sin embargo, también es indudable que la presión de los inversores que buscaban para sus
capitales salidas más productivas, así como la necesidad de encontrar nuevos mercados y fuentes de
aprovisionamiento de materias primas pudo contribuir a impulsar políticas expansionistas que incluían el
colonialismo. Además, en un mundo cada vez más dividido entre países ricos y países pobres había muchas
posibilidades de encaminarse hacia un modelo político en donde los más avanzados dominaran a los más
atrasados. Es decir, había muchas posibilidades de transformarse en un mundo imperialista. Los años que
transcurren entre 1875 y 1914 constituyen el período conocido como la época del imperialismo, en el que
las potencias capitalistas parecían dispuestas a imponer su supremacía económica y militar sobre el
mundo. Durante esos años, dos grandes zonas del mundo fueron repartidas entre las potencias más
desarrolladas: el Pacífico asiático y África. Así, amplios territorios de Asia y de África quedaron
subordinados a la influencia política, militar y económica de Europa. También a América Latina llegaron las
presiones políticas y económicas, aunque sin necesidad de efectuar una conquista formal. En este sentido,
los Estados europeos parecían no sentir la necesidad de rivalizar con los Estados Unidos desafiando la
Doctrina Monroe. Como señala Eric J. Hobsbawm, el imperialismo estuvo ligado indudablemente a
manifestaciones ideológicas y políticas. Las consignas del imperialismo constituyeron un elemento de
movilización de los sectores populares que podían identificarse con la “grandeza de la nación
imperial”. Ningún hombre quedó inmune de los
impulsos emocionales, ideológicos, patrióticos e incluso raciales, asociados a la expansión imperialista. En
las metrópolis, el imperialismo estimuló a las masas - sobre todo a los sectores más descontentos
socialmente- a identificarse con el Estado, dando justificación y legitimidad al sistema social y político que
ese Estado representaba. Pero esto no implica negar las poderosas motivaciones económicas de tal
expansión. Sin embargo, según Hobsbawm,la clave del fenómeno radica en las exigencias del desarrollo
tecnológico. En efecto, la nueva tecnología dependía de materias primas que por razones geográficas o
azares de la geología se encontraban ubicadas en lugares remotos. El crecimiento del consumo de masas en
los países metropolitanos significó la rápida expansión del mercado de productos alimenticios. Y ese
mercado se encontraba dominado por productos básicos como cereales y carne, que se producían a bajo
costo y en grandes cantidades en diferentes zonas de asentamiento europeo en América del Norte y
América del Sur, Rusia, Australia. Pero también comenzó a desarrollarse el mercado de los productos
conocidos desde hacía mucho tiempo como “productos coloniales” o de “ultramar”: azúcar, té, café,
cacao. Incluso, gracias a la rapidez de las comunicaciones y al perfeccionamiento de los métodos de
conservación comenzaron a afluir los frutos tropicales (que posibilitaron la aparición de las repúblicas
bananeras”). En esta línea, las grandes plantaciones se transformaron en el segundo gran pilar de las
economías imperialistas. Estos acontecimientos, en los países metropolitanos, crearon nuevas
posibilidades para los grandes negocios, pero no cambiaron significativamente sus estructuras económicas
y sociales. En cambio, transformaron radicalmente al resto del mundo, que quedó convertido en un
complejo conjunto de territorios coloniales o semicoloniales. Y estos territorios progresivamente se
convirtieron en productores especializados en uno o dos productos básicos para exportarlos al mercado
mundial y de cuya fortuna dependían casi por completo. Pero los efectos sobre los territorios dominados
no fueron sólo económicos, sino que también afectó a la política y produjo un importante impacto
cultural: se transformaron imágenes, ideas y aspiraciones, a través de ese proceso que se definió como
“occidentalización”. En síntesis, también el imperialismo creó las condiciones que permitieron la aparición
de los líderes antiimperialistas y también generó las condiciones que permitieron que sus voces alcanzaran
resonancia nacional.
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Las transformaciones de la sociedad
En una Europa que se volvía capitalista e industrial, la sociedad también se transformaba rápidamente. Había dos
clases que se desarrollaban y afirmaban: la burguesía y el proletariado (esto no impide desconocer la diversidad de
condiciones y el pluralismo que reinaba en la sociedad). Muchos ignoraban que su existencia acabaría por
extinguirse y pugnaban por mantener sus posiciones en el nuevo orden: aristócratas y campesinos a la defensiva,
artesanos a punto de desaparecer. En una sociedad profundamente heterogénea, clases recién formadas
convivían con otras que aún sobrevivían y se negaban a no estar.
El mundo de la burguesía
La burguesía era indudablemente la clase triunfante del período, pero, ¿es preferible hablar de “burguesías”? Una
parte de la burguesía se beneficiaba con el desarrollo capitalista, de la que era el motor, y ocupaba un lugar en las
esferas dirigentes. Pero subsistia también una burguesía tradicional, en pequeñas ciudades de provincia, que vivía
de rentas y se mantenía en contacto con el mundo rural. Como señala Hobsbawm, en el
plano económico, la quintaesencia de la burguesía era el “burgués capitalista”, es decir, el propietario de un capital,
el receptor de un ingreso derivado del mismo, el empresario productor de beneficios. En el plano social, la principal
característica de la burguesía era la de constituir un grupo de personas con poder e influencia, independientes del
poder y la influencia provenientes del nacimiento y del status tradicionales. Pertenecer a la burguesía significaba
superioridad, era ser alguien al que nadie daba órdenes -excepto el Estado y Dios-. Podía ser un empleado, un
empresario, un comerciante pero fundamentalmente era un “patrón”: el monopolio del mando -en su hogar, en la
oficina, en la fábrica- era fundamental para definirse. Si algo unificaba a la burguesía como clase, eran
comportamientos, actitudes y valores comunes. Confiaban en el liberalismo ,en el desarrollo del capitalismo, en la
empresa privada y competitiva, en la ciencia y en la posibilidad de un progreso indefinido. Confiaban en un mundo
abierto al triunfo del emprendimiento y del talento. Esperaban influir sobre otros hombres, en el terreno de la
política, y aspiraban a sistemas representativos que garantizasen los derechos y las libertades bajo el imperio de un
orden que mantuviese a
los pobres -las clases “peligrosas”- en su lugar. la superioridad de la burguesía como clase comenzó a ser
considerada como una determinación de la biología. El burgués era, si no una especie distinta, por lo
menos miembro de una clase superior que representaba a un nivel más alto de la evolución humana. El
resto de la sociedad era indudablemente inferior. La estructura familiar basada en la subordinación de las
mujeres no era algo nuevo. La cuestión radica en advertir su contradicción con los ideales de una sociedad
que no sólo no la destruyó ni la transformó, sino que reforzó sus rasgos, convirtiéndola en una isla privada
inalterada por el mundo exterior. La familia burguesa también cumplió otro papel. Núcleo básico de una
red más amplia de relaciones familiares, permitió a algunos, crear verdaderas dinastías a través del
intercambio de mujeres y dotes. Y estas alianzas e interconexiones familiares dominaron muchos aspectos
de la historia empresarial del siglo XIX. En el mundo burgués, comenzó a valorarse el papel tradicional de la
religión como instrumento para mantener en el recato a los pobres -y a las mujeres de todas las clases
sociales- siempre proclives al desorden. Las Iglesias comenzaron a ser valoradas como pilares de la
estabilidad y la moralidad frente a los peligros que amenazaban el orden burgués.
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El mundo del trabajo
Una clase irrumpía en este período como capaz de desafiar al mundo burgués: la clase obrera. Entre 1850
y 1880, esta clase representaba en toda Europa entre la cuarta y la tercera parte de la población. Las
condiciones de vida obrera habían tendido a uniformarse, aún se trataba, en muchos aspectos y en muchos
lugares, de una clase en formación. En Francia, por ejemplo subsistía con tenacidad un artesanado,
organizado en gremios con costumbres y tradiciones que los constituían en una especie de microsociedad.
De este modo, si bien era ya posible definir la situación de los obreros desde el punto de vista
económico
-formación de un mercado de trabajo asalariado, concentración en grandes centros industriales, trabajo
disciplinado a máquina-, desde una perspectiva social, muchos de los trabajadores aún no podían ser
incluidos estrictamente dentro de esa definición económica de la clase obrera. Pese a la variedad de
situaciones, las condiciones de vida tendían a uniformarse: tras varias generaciones, los trabajadores
acabaron por acostumbrarse a la vida de la ciudad. La clase obrera adquiría cada vez un perfil más
definido, aunque distaba de ser una clase homogénea. En la cúspide parecían ubicarse los obreros
“especializados” aquellos capaces de fabricar y reparar las máquinas. La prosperidad del período, la
alfabetización y el desarrollo del sector terciario les permitió a algunos conseguir, sobre todo en ciertos
países como Inglaterra, lo que era considerado un claro signo de ascenso social. Por debajo de los
trabajadores especializados, se ubicaba la gran masa de los obreros y obreras de fábrica, con jornadas de
trabajo de 15 o 16 horas diarias, con situaciones de trabajo precarias, bajo la amenaza de las periódicas
crisis de desempleo. Dentro de esta masa obrera, tanto en Francia como en
Inglaterra, todavía se registraba una fuerte presencia de mano de obra femenina e infantil. Y por debajo de la
masa de obreros o obreras de fábrica, estaban los recién emigrados del campo, que por su indigencia y su
resignación podían aceptar cualquier trabajo, por duro que fuese, a cambio de un salario irrisorio, y que cumplían
un papel fundamental en el desarrollo del capitalismo industrial: eran quienes, por su constante oferta de mano
de obra barata, contribuían a mantener el bajo nivel salarial. Sin embargo, la prosperidad del período tendió a
mejorar relativamente estas condiciones. Hubo progresos en la seguridad e higiene del trabajo, y comenzó a
disminuir el empleo infantil. La jornada laboral tendió a reducirse, en parte por las presiones sindicales, pero
también porque el aumento de la productividad permitía que en un tiempo menor los obreros produjeran más,
también aumentaron los salarios. Señala Hobsbawm, pese a las diferencias, el artesano “especializado”, con un
salario relativamente bueno, y el trabajador pobre, se encontraban unidos por un sentimiento común hacia el
trabajo manual y la explotación, por un destino común que los obligaba a ganarse un jornal con sus manos. Se
encontraban unidos también por la creciente segregación a que se veían sometidos por parte de una burguesía
cuya opulencia aumentaba espectacularmente y se mostraba cada vez más cerrada a los advenedizos que
aspiraban al ascenso social. Y los obreros fueron empujados a esta conciencia común no sólo por la segregación
sino por formas de vida compartidas, no sólo en el espacio de la fábrica o el taller sino en espacios de sociabilidad -
en los que la taberna, que fue llamada la “iglesia del obrero”, ocupó un lugar primordial- que llevaron a conformar
un modo de pensar común. -Comienzan a desarrollarse los sindicatos, se reorganizan o se sostienen
organizaciones obreras bajo la forma de mutuales o asociaciones varias, pero en estas formas organizativas
predominaba una clara desconfianza hacia el liberalismo burgués y fundamentalmente indiferencia frente al juego
político electoral. La clase obrera que se constituyó en este período fue la fuerza social visualizada como
“peligrosa” para el orden constituido. Muchos contemporáneos reconocían la gravedad de la “cuestión social” y
vivían con el temor a un levantamiento.
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