Julio Moreno
Un desafío para el psicoanálisis
Capítulo 4
Cambios actuales en la familia y su
impacto en la infancia y el psicoanálisis
Es innegable: en estos últimos tiempos la influencia del psicoa
lisis ha mermado. Las razones para esa suerte de desprestigio
relativo”, del que suelen hablar con cierto regocijo algunos medios
hoy en día, son ltiples y complejas. Algunas razones, como he
analizado en otro trabajo (Moreno, 1997), son, por así decir, inter
nas: en este desprestigio tuvo que ver el tremendo poder de la teo
ría psicoanalítica en sus inicios, en comparación con cualquier otra
concepción sobre el fenómeno humano. Esta misma superioridad
ocasio-como suele suceder en esos casos- un paradójico deteni
miento posterior de su progreso.
La tesis que me guía para intentar entender la supuesta pérdida
de nuestro prestigio es simple: la sociedad, en especial las institu
ciones familia e infancia, y las prácticas de crianza han ido cambian
do con rapidez, lo que generó subjetividades muy diferentes a las
que encontró Freud a principios del siglo pasado. Estas presentan
nuevas problemáticas que, como es gico, demandan diferentes
intervenciones. El psicoanálisis no ha logrado n incorporar cam
bios en su teoría ni en sus prácticas al compás de la velocidad de las
variaciones en lo social a las que aludo.
En este capítulo me referiré al hecho de que mucho de lo que
nos acontece hoy a los psicoanalistas en nuestra práctica -y que los
58
LA INFANCIA Y SUS BORDES
medios suelen propagar como una abrupta caída- se debe no a la
decadencia del psicoanálisis en , ni simplemente al materialismo
en el que vivimos, sino al tremendo y abrupto cambio de las men
cionadas instituciones, instituciones que vienen condicionando la
subjetividad del humano desde hace siglos.
La trama social, las relaciones humanas, la estructura de poder,
las prácticas de crianza, los lazos y compromisos familiares, la
infancia, es decir, todas las instituciones, vienen variando a un
ritmo cada vez más acelerado desde los tiempos en que nació el psi
coanálisis hasta hoy.
Sabemos, por otra parte, que quien se queda quieto frente a un
panorama cambiante en realidad retrocede. Para avanzar” -sea esa
consigna moderna lo que sea- en tiempos cambiantes como estos,
uno debe ante todo revisar los fundamentos que viene siguiendo
y, si llega a la conclusión de que es necesario y sabe cómo hacer
lo, cambiarlos. Porque a menudo -como le pasó a Esparta en la
Antigüedad frente a la decadencia de su poder militar, cuando e!
medio se torna adverso las instituciones tienden a cerrar sus filas y
endurecer las prácticas y sus fundamentos-. Cuando así ocurre, la
extinción de la práctica en cuestión suele ser inevitable, y cualquier
renovación” se verá obstaculizada.
De modo que, de ser fieles herederos y custodios de la exquisita
y potente teoría psicoanalítica, deberíamos ser capaces de cambiar,
como Freud lo hizo tantas veces cuando percibió desajustes entre
su teoría y las evidencias empíricas. Conviene ante todo que inten
temos revisar qué está pasando.
En mi intento, primero trataré de describir a grandes rasgos con
qué panorama se encontró Freud en lo que atañe a la sexualidad,
la crianza y la familia en plena Modernidad; luego trataré de dar
algunas pinceladas acerca de lo contemporáneo o la llamada pos
modernidad, y cómo eso podría estar afectándonos. Entiendo que
la característica más notoria de esa posmodernidad es la insuficien
cia, el fracaso, la inoperancia que muestran sus instituciones -aún
aferradas al estilo moderno decimonónico- para dar cuenta de los
acontecimientos que se nos precipitan.
Según propone Foucault (1976), conviene describir a la sexualidad
como un punto de pasaje para las relaciones de poder, el elemento
de mayor instrumentabilidad” capaz de servir de apoyo y al mismo
tiempo ser bisagra de las s variadas estrategias del dominio social.
Es decir, no conviene entender la sexualidad -y con ello nom
bramos el deseo que, en tanto motivación inconsciente, está dets
CAMBIOS ACTUALES EN LA FAMILIA Y SU IMPACTO EN LA INFANCIA Y EL PSICOALISIS 59
de todo acto humano- como una suerte de emanación esencial e
inmutable de la carne a la que se opone lo simbólico y la cultu
ra a través de la represión. La sexualidad emerge de la interacción
del cuerpo con la reglamentación social de turno. Los humanos, a
diferencia de otras especies sexuadas, no tenemos un sistema ins
cripto en los genes que sea adecuado para administrar nuestra vida
instintiva ni nuestra sexualidad. Debemos conducirla a tras de la
trama social en que vivimos que, a su vez, la condiciona. Por ello
en nosotros no es primero el deseo y después la ley que lo prohíbe;
la ley y el deseo se nos presentan al mismo tiempo y entramados
inseparablemente.
Por ello las presentaciones de lo sexual dependen de las estruc
turas de poder vigentes en cada época y en cada cultura. Y eso
puede constatarse. El poder en la modernidad se ejerció s que
por la espada o el cañonazo por el control que ejercieron las insti
tuciones dominantes -Iglesia y Estado- sobre la sexualidad a tras
de la familia. Revisaremos entonces la notable y única peculiaridad
de la configuración de la familia moderna con la que se encontró
Freud, la cual creo que tuvo mucho que ver con la forma que adop
tó el psicoanálisis en sus primeros tiempos. Las cosas en relación
con el sexo y la familia no fueron siempre como Freud las describe.
Por el contrario, la época freudiana fue decididamente diferente a
la de los tiempos que la precedieron y a los actuales. Ha sido un
punto singular en la historia de la sexualidad humana.
No es que Freud ignorara la importancia de la modalidad de
crianza con la que él se toen las historias de sus neuróticos y
neuróticas. Pero aparentemente creyó que esa modalidad era pro
pia del humano más que característica de su época.
Esto queda muy claro en su trabajo Sobre la más generaliza
da degradacn de la vida amorosa”, de 1912. Allí afirma que la
afección que más solicita atención de parte del psicoanálisis es la
impotencia psíquica. Impotencia que, dice, se manifiesta en los
varones por una inhibición de la potencia viril puesta en eviden
cia frente a la mujer especialmente cuando esta es un objeto amado
y venerado. Freud, como sabemos, entiende que esa inhibición se
debe a la activación en esa sexualidad adulta de la fijación inces
tuosa no superada a la madre y hermanas”, normal en los prime
ros años de la vida. La corriente tierna” (cuyo despliegue es para
Freud natural en la infancia) y la sensual” (que debiera emerger
y preponderar desde la adolescencia) no logran confluir sobre el
mismo objeto en los adultos afectados de impotencia psíquica, y
60
LA INFANCIA Y SUS BORDES
por ello la desarrollan en objetos diferentes: un amor celestial (para
la ternura) y otro terreno, animal (para la corriente sensual). Ahora
bien, Freud no duda en adjudicar la responsabilidad de este cuadro
(“el que se le presenta más a menudo a los psicoanalistas”): es la
ternura de los padres [...] que rara vez desmiente su carácter eró
tico [lo que] contribuye a acrecentar aportes del erotismo que no
podrán sino entrar en cuenta en el desarrollo posterior”. Por ello
-y eventualmente por ocasionales frustraciones” en la vida amo
rosa con objetos no familiares- la libido ligada a lo estrictamen
te sexual (que debería ya estar separada de las ¡magos parentales,
pero que demasiado comúnmente no lo está) sufre una introversión
de la cual derivan, como tantas veces explicó Freud, la mayoría de
las configuraciones neuróticas, entre otras, la inhibición psíquica”
de la que habla en el trabajo que estamos comentando. Es decir,
por haber estado la crianza tan cargada de erotismo (“el no como
juguete erótico de los padres”), la libido que debería volcarse a los
objetos sexuales nuevos es constreñida a permanecer introvertida
en el inconsciente y por ello sacada de circulación en los nuevos
nculos. Esto, dice Freud, es mucho más frecuente de lo que sole
mos pensar.
Insisto: para Freud esta configuración no es debida a algo que
particularmente sucediera en su época. Por ello afirma que el ero
tismo incestuoso que dificultó el desarrollo de Juanito no se debió a
la lujuria erótica de su madre, ni a las dificultades en la interdicción
de él por parte de su padre, ni a las prácticas de crianza propias de
principios del siglo XX. Más bien considera que son parte -como él
mismo le dice a Juanito- de un inevitable avatar propio del devenir
humano.
Pero no fue siempre un avatar inevitable. Recién a partir
del siglo XVII, y no antes, la sexualidad humana de los niños se
comienza a encerrar en la familia conyugal que la confisca y absorbe
en una verdadera pctica de enciciTo. Para entender las consecuen
cias de esta cuestión conviene distinguir primero entre dos disposi
tivos en relación con la reglamentación de la vida familiar y sexual.
Uno es el que reglamenta la alianza, las condiciones del matrimonio
y del parentesco, el sistema de transmisión de nombres y bienes. El
otro, reglamenta la sexualidad en si, la calidad de los placeres, cuáles
son prohibidos, cuáles permitidos y cuáles promovidos, y las sen
saciones del cuerpo. En la época premoderna, la familia tenía que
ver solo con la alianza, no con la reglamentación del dispositivo
de la sexualidad. Servía para regular los dispositivos de la alianza
62
LA INFANCIA Y SUS BORDES
Debido a la mezcla de esos dos dispositivos en el seno de la
familia se desplegaron una serie de derivaciones estratégicas a pro
pósito del sexo, algunas de las cuales puntualiza Foucault en 1976:
1) la histerización del aieipo femenino, del que se encargó la medicina
viendo a la madre como una mujer nerviosa;
2) la sexnalización del niño, al comenzar a sospecharse que los nos,
concebidos hasta entonces como inocentes y sin sexualidad pro
pia, podían llegar a ser manipulados para una actividad sexual
peligrosa y deformante, por lo cual se encargó a educadores
padres y médicos que los vigilen (un claro antecedente de la teo
ría de la seducción de Freud);
3) la socialización de las conductas procreadoras, a través de lo cual el
Estado y la Iglesia pretenden regular el producto de esa funcn
sexual, los hijos;
4) la psiquiatrizacn del placer perverso (que Freud describe en el
primero de sus Tres ensayos”), generando una nueva especie
como anomalía perfectamente encasillada que una vez designada
se puede aislar e intentar
airar, el perverso;
5) la aparición de la impotencia psíquica (Freud, 1912a) en el cruce
de los dispositivos sexual y de alianza de los hombres de la época
que los vuelve impotentes frente a la mujer amada.
Si quisiéramos buscar algún registro ¡cónico del dramático cam
bio que implicó el ingreso del dispositivo de la sexualidad a la fami
lia (particularmente a la crianza), podemos obtenerlo comparando
los iconos que representan a la madre María y al niño Jesús en el
medioevo -cuando el dispositivo de reglamentación de lo sexual
se ejercía por fuera de la familia- con los cuadros que represen
tan al niño Dios con su madre a partir del Renacimiento, época en
que el centro de la vida romántica se trasladó al seno de la familia.
Las representaciones medievales están absolutamente desprovistas
de sensualidad y erotismo: madre e hijo (este último representado
como un pequeño Dios adulto) no se miran, no se tocan, ni siquie
ra pareciera que interactúan. Es a partir del Renacimiento cuando
las representaciones muestran un cuadro en el que la sensualidad,
la ternura y el amor dominan la relación entre la madre y el hijo,
panorama que es siempre sensual y romántico. Incluso por momen
tos, como en algunos cuadros de Rafael, este cuadro es francamente
erótico.
CAMBIOS ACTUALES EN LA FAMILIA Y SU IMPACTO EN LA INFANCIA Y EL PSICOANÁLISIS 63
Fue con este último panorama con el que se encontró Freud. Él
lo tocomo el descubrimiento de una característica del humano
independiente de la época y la cultura. Como si se hubiera des
cubierto” algo latente desde siempre en la humanidad y no un
emergente ligado a una de las particularidades propias de su época.
Sin embargo no es así: esos condicionamientos no tienen la misma
vigencia en la actualidad ni la tuvieron en épocas anteriores a la
Modernidad decimonónica.
Podemos leer con toda claridad que estas condiciones modernas
y sus consecuencias dominaban el cuadro de la época. En sus histo
riales, el caso Dora, el de Catalina, el de la Joven Homosexual, el
de Isabel de R., Juanito y el de casi todos los pacientes de Freud de
principio de siglo: un exceso sexual (el del dispositivo de la sexua
lidad) se introduce con violencia en el dispositivo de alianza que
antes reglamentaba el vínculo conyugal y el parentofilial. Este es
totalmente excedido y no resulta adecuado para sostener las con
tradicciones que genera esa mezcla. Los síntomas no hacen sino
hablar sobre que los vínculos de parentesco modernos son invadi
dos por el dispositivo de la sexualidad incestuosa, lo que genera una
ruidosa turbulencia en el psiquismo y en los vínculos familiares,
que nosotros solemos llamar “neurosis”.
De modo que lo que constituyó la fortaleza de la familia moder
na -ser al mismo tiempo sostén de la alianza al prohibir el incesto y
ocupar el escenario principal de la vida romántica- generó severas
turbulencias. Porque si bien la reglamentación de la alianza requie
re de la prohibición del incesto, por primera vez en la historia de la
humanidad la familia moderna fue al mismo tiempo la que debió
ejercer esa función prohibitiva2 y promotora de la sensualidad en el
seno del vínculo parentofilial. La familia promovía sentimientos
incestuosos (el niño como juguete erótico de sus padres) que debía,
a su vez, prohibir. Esto hizo que se convocaran a curas, psiquia
tras y pedagogos para paliar las consecuencias de la intromisión de
la sexualidad en el régimen de alianzas. Este entrometimiento fue
hábilmente detectado -aunque al parecer no cabalmente compren
dido- por Charcot que, frente a los cuadros de patología histérica
de un hijo, hija, madre o padre (consultas que le llegaban en gran
des cantidades), imponía como primera condición para la curación
separar al enfermo” de su familia (como si hubiese entendido que
2. Ayudada tal vez un poco por el Estado y la Iglesia.
61
LA INFANCIA Y SUS BORDES
la causa del mal era la mezcla del dispositivo de sexualidad y el de
alianza). Para asistir a ese cuadro también fue convocado Freud.
El respondió de un modo muy diferente: detectó el complejo de
Edipo y creó el psicoanálisis.
Los síntomas con los que se encontró Freud emergen sobre
todo de la contradicción provocada por la presencia simultánea de
los dispositivos que reglamentan la sexualidad y la alianza dentro de
la familia. Freud, como buen y genial pensador moderno, pretend
enmarcarlos en un orden racional y respondintentando articu
lar magistralmente tan disímiles reglamentaciones. Aunque hasta
donde nunca lo expresó así, es como si lo hubiese dicho:
Sí, el
nculo familiar es el que jalona y sostiene el dispositivo de la sexualidad,
y es por ello que el deseo incestuoso es la madre de todos los deseos; pero, al
mismo tiempo, su oportuna prohibición es condición sine qua non de la
nonnalidad.
El scpultamiento de ese complejo de Edipo no es entonces la
terminación de su función como causa. Más bien es el centro pro
ductor de la sexualidad que eventualmente la futura mujer y el futu
ro hombre desarrollarán en una familia propia, transfiriendo el ero
tismo que recibieron como hijos a sus propios hijos. La neurosis,
tal como la describió Freud, tiene así mucha relación con la época
que le tocó vivir a él y a sus pacientes.
Ahora bien, es cierto que muchos psicoanalistas creyeron que el
problema ligado a la neurosis era simplemente el generado por la
represión del deseo incestuoso y no por el hecho de que la familia
moderna tuvo razones estructurales que dificultaron la articulación
del deseo incestuoso y su prohibición. Y Freud mismo les dio la
razón al considerar la frustración como uno de lo$ condicionantes
adicionales de la ya mencionada impotencia sexual. Por ello hubo
quienes hicieron una especie de alegato a la libertad sexual” como
paradigma de la curación”, sin entender que lo que estaba mal
-o, mejor, lo que hacía ruido”- no era la represión. Esta era en
rigor un intento de solucionar una contradicción más básica: el
hecho de que los dispositivos que prohíben y los que promueven el
incesto se entramaban dentro de la familia, y que el intento de esas
propuestas inconsistentes de articularlo solo podía generar sínto
mas. De modo que se entendió lo edípico universal como poten
cialmente normalizador, como fuente de reglamentación, pero
desgajando, dejando de lado el sentido trágico del drama, el hecho
de que el no había sido lanzado de bruces a una flagrante contra
dicción. Así pues, el complejo de Edipo quedó instalado en el cen-
CAMBIOS ACTUALES EN LA FAMILIA Y SU IMPACTO EN LA INFANCIA Y EL PSICOANÁLISIS 65
tro del inconsciente como causa de todo lo humano. Sentido trá
gico que la familia moderna puso al rojo vivo como problemática,
sin saber muy bien si debía prohibir o permitir el brote sexual que
había propiciado (por ello ambas propuestas tuvieron en diferentes
momentos cierto prestigio: ora prohibir más, ora permitir más).
La familia moderna naccon esa suerte de pecado original de
estimular y prohibir el incesto. De ahí que bajo su égida resultara
tan difícil responder -sin caer en banalidades- a esta pregunta: ¿q
es la sexualidad normal*
La familia posmoderna surge en la década del sesenta con un
contrato entre cónyuges que no tiene en su base una unión per
manente. Pero al mismo tiempo la atribución de autoridad en la
familia -otrora dominio del padre- comienza a decaer. La división
de tareas” (madre que cría/padre que trabaja) se desvanece (véase
el catulo 7). Aumentan los divorcios, las separaciones y la recom
posicn conyugal. Los niños pasan a estar cada vez menos prote
gidos -o menos encerrados, depende de cómo se lo mire- en su
crianza dentro del claustro familiar, el dispositivo de encierro en el
que se había basado la educación y la crianza moderna se agota, y
los medios masivos de comunicación ven abierta la posibilidad de
dominar los discursos.
El dispositivo de alianza está siendo reformulado porque se
está tornando innecesario hasta para gestar hijos. Por otra parte, el
dispositivo de sexualidad aleja cada vez más su puntapié inicial del
ámbito familiar. Asistimos entonces a un acontecimiento novedoso:
se esn desentramando (¿nuevamente?) los dispositivos de alianza
y de sexualidad, cuya mezcla dentro de la familia moderna generó
los síntomas que convocaron al psicoanálisis. La conflictiva ligada
a la sexualidad que hizo clásicamente a nuestra tarea está cambian
do dramáticamente. La demanda que recibimos también lo está
haciendo. Debemos tomar cuidadosa nota de esta cuestión. Tal vez
no deberíamos ser especialistas en el Edipo, y en los devenires
de la subjetividad, la sexualidad y la reconstrucción (¿o la construc
cn?) del viejo sujeto en un espacio de intimidad.
Primero, como dijimos, la vigencia del dispositivo de alianza
moderno essiendo vapuleado en la actualidad. La familia ha deja
do de ser un lazo de unión duradero. El juntos hasta la muerte”
que recitan los jueces y ministros religiosos en las ceremonias, no
es ya una consigna creíble. Las parejas sellan tratos más bien transi
torios más que de por vida. Ya, incluso, no son necesarios padres y
madres sociales” para tener hijos: los óvulos y los espermatozoides
66
LA INFANCIA Y SUS BORDES
en cierto modo se han independizado del cuerpo de los que siendo
madre” y padre” forman el núcleo de la estructura familiar. Si
uno no sabe -como en muchos casos ya está ocurriendo y ocurri
rá más en un futuro cercano- a quién le perteneció el óvulo y/o el
espermatozoide de quien es hijo, habría que redefinir incluso qué
es el incesto, tema central alrededor del que siempre ha girado la
reglamentación de la alianza y que ocuuno de los centros del
gran invento de Freud: el inconsciente.
En segundo lugar, los niños y sus progenitores, pero fundamen
talmente los primeros, están en contacto con fuentes de placer e
información diferentes de las que surgieron del ámbito familiar de
la Modernidad. Pronto, cada vez más temprano, los hijos pasan a
tener contacto directo con un medio social por fuera del claustro
familiar y a portar más marcas de subjetividad y erogenicidad que
le vienen de afuera” de la familia. Las fuentes de esas marcas son
en primer lugar los medios que atraviesan toda las coberturas fami
liares, estatales o religiosas que otrora protegían” (y encerraban,
insisto, depende de cómo se lo mire) la formación los rvu
los dentro su familia. No hay protección al menor” que hoy sea
capaz de aislar a los niños de los medios, y estos están fuera de todo
control conocido. Además, la infancia es el vehículo privilegiado
en la cadena que propugna la invasión informática de los medios
a la familia. ¿Estará esto cambiando el territorio de lo edípico?, ¿se
estará desplazando?, ¿o quizá desvaneciendo?
Esta nueva configuración nos conduce a una pregunta cru
cial: ¿hasta dónde las terapias de pareja y de familia son, o no,
una respuesta al pedido” social de ayuda por el hecho de que la
institución familia” clásica no logra conducir los cauces ni de la
alianza ni los de la sexualidad? El imaginario clásico o heredado
de la Modernidad ligado a la familia, que ahora esta naufragan
do, genera malestar y traba la potencial y posible creatividad para
enfrentar estas nuevas situaciones.
No tenemos una perspectiva suficientemente distante y los
cambios tan acelerados no parecen haber llegado a estabilizar
se. Bauman (2000) y Lewkowicz (2004) eligieron para referirse a
esta época en la que vivimos la expresión modernidad líquida”.
La elección me parece particularmente feliz porque compara dos
tipos de modernidad (sólida y líquida) con la diferencia entre los
estados líquido y sólido de la materia. En la descripción de los sóli
dos podemos ignorar las variaciones producidas en períodos más
o menos cortos de tiempo. Los fluidos, en cambio, no se fijan al
CAMBIOS ACTUALES EN LA FAMILIA Y SU IMPACTO EN LA INFANCIA Y EL PSICOANÁLISIS 67
espacio ni se atan al tiempo. En los estados fluidos, como en los
tiempos actuales, los eventos son como instantáneas: para precisar
un elemento es necesario fecharlo con precisión. La contingencia
se impone a la determinación.
El psicoanálisis fue creado y dio sus primeros pasos en tiempos
de apogeo de la modernidad sólida, preñada de una tendencia a la
comprensión totalitaria y determinista e inclinada a ver una homo
geneidad enemiga de la contingencia, la variabilidad y lo aleatorio.
La únicas variables a considerar eran las contingencias de la vida
de cada quien, dentro de un marco más o menos invariable. En el
ideal del pensamiento moderno clásico todo tea un sentido y el
azar era simplemente debido a causas ignoradas. Se pretendió dar
cuenta de la realidad como en un diseño para ajustarla a los dictá
menes de la razón. Fue lo que en rigor pretendió hacer Freud con
la sexualidad, aun cuando se le resistió a sus empos, como la Irma
del Sueño de la inyección de Irma” que no lo dejaba aplicar una
“solución” expresada (tal vez irónicamente en el sueño de Freud)
como la fórmula química de la trimetilamina.
El temor ligado a lo que podría ser un futuro siniestro, descrito
en 1984 por G. Orwell (1948), por el Mando feliz de Huxley (1939)
o por el paptico” estudiado por Foucault (1989), suponía un
mundo futuro de manipuladores y manipulados, sin mayor liber
tad individual, en el que lo público colonizaría y exterminaría lo
privado. Desde una mirada contemporánea, parecería que el error
de esas predicciones modernas fue total. En estos tiempos que vivi
mos hay todo menos previsibilidad. Y no se trata de que sea quien
sea nuestro conductor equivocó su rumbo, sino de que pareciera no
haber ni rumbo ni conductor.
Tampoco es cierto que, como anunciaban aquellas prediccio
nes del fin de la modernidad sólida, lo público haya colonizado lo
privado. Hoy se nota con claridad que lo íntimo (otrora privado)
colonizó el espacio público. Es desde los temas íntimos llevados
a la esfera pública donde surgen las tendencias que resaltan ince
santemente los medios (cada vez más lo importante de las figuras
blicas es su vida privada), por lo cual es como si lo privado, que
otrora estaba encerrado en la familia, pasara a ser una cuestión que
los medios hacen presente por doquier.
Otra cosa notable es que en este momento no haya predicciones
sobre el futuro como las hubo hace cincuenta años. Ni siquiera
predicciones erradas. En nuestro mundo nada parece predetermi
nado, mucho menos irrevocable: pocas son las derrotas, los con-
68
LA INFANCIA Y SUS BORDES
tratiempos o las victorias definitivas. Todo parece anunciar que la
función central de la familia moderna, que fue criar hijos, está en
plena reconsideración. Es s, la presencia cada vez s abundan
te de familias ensambladas, inonoparentales o provenientes de más
de un matrimonio o de parejas homosexuales adoptantes contra
dice la necesariedad que sostenía a la familia moderna. La belle
za del cuerpo de una mujer -otrora ligada al cuerpo gestante de
una madona- es un cuerpo desprendido de todo vestigio maternal.
Hace ya algunos años leí en un pasquín una noticia que por prime
ra vez me asombró. Decía algo así: Dolores Barreiro (una famosa
modelo argentina) recuperó su cuerpo luego de tan solo veinte días
de haber dado a luz”. ¿Qcuerpo hab recuperado Dolores?”,
me pregunté.
¿Cuáles son los ejes de las diferencias con la modernidad deci
monónica de Freud?
Primero, la existencia presunta de una perfección -concebida
como una totalidad a encontrar- es un ideal que colapsa en todos
los campos. Esto tiene su efecto, sin duda, en lo que hace a idea
les que pueden sostener a una pareja sexual y regir a la hora de la
elección” del género. Cada vez más el ideal tiene que ver con una
visión aislada de la trilogía edípica: madre, padre o niño.
Como dijo Peter Drucker (1989), la sociedad dejó de existir [él
se refería al ideal de una sociedad justa, con derechos a alcanzar], y
ahora solo existe el individuo”. En estos tiempos el individuo es el
encargado y el responsable -al menos así lo proclaman los medios-
de ser lo que uno es. Ya no hay casilleros dados” que uno pueda
simplemente ocupar. En vez de ocupar casilleros preexistentes, hay
que habitar situaciones siempre cambiantes. Por lo tanto, parecie
ra ser tarea de cada quien serlo que él es o lo que puede ser.
Antes, las clases, las divisiones, como los géneros, venían en cier
to modo dados por la naturaleza o por la sociedad: había nichos
preexistentes que el sujeto habitaba imponiéndole tal vez alguna
pequeña -muy pequa- modificación personal a lo programado.
Había protestas, pero estas partían de un lugar ya adjudicado. Hoy,
hay una inestabilidad y una sensación de omnipotencia que obliga
a hombres y mujeres a estar en permanente movimiento. Aun así,
no hay promesa de coinpletud final alguna. Por lo mismo, es hoy
-más que antes- tan diferente hablar de género y de sexo. El sexo,
varón o mujer, como cualquier otro ya dado, no abarca lo que
uno podría ser”. De algún modo, el género y la identidad de cada
quien es concebido como la creación de uno mismo. Es como el
CAMBIOS ACTUALES EN LA FAMILIA Y SU IMPACTO EN LA INFANCIA Y EL PSICOANÁLISIS 69
resultado de actuar el personaje que uno es o, lo que parece ser lo
mismo, el que uno se ha propuesto ser. El habitar da mucha liber
tad, pero también quita la tranquilidad que generaba el ocupar luga
res preexistentes.
Con respecto a lo normal y lo anormal, también hay noveda
des. Lo que ocurrió no fue que se abolió la norma, ni que esta se
hizo innecesaria; los heterosexuales -otrora normales”- pueden
seguir siéndolo y considerarse normales si así lo desean. Simple
mente se crearon otros lugares, otros casilleros de modo que exis
ten numerosas normas, numerosas formas normales”. Se puede ser
un normal heterosexual, o un normal gay, homosexual, un normal
travestí, transexual, cross-dresser, bisexual, drag queeti, metrosexual,
etc., etc. Lo que resulta notorio es que cada uno de esos nuevos”
lugares co-existe con las demás normas sin destituirlas. La misma
frase numerosas normas” encierra una suerte de contradicción
que puede resultar confusa. De hecho, amplía el conjunto de posi
bilidades y hace que se tenga la sensación -la obligación y la res
ponsabilidad- de elegir” lo que es. Esa diversificación de posibles
casilleros en cierto modo anula la efectividad de la norma y gene
ra confusión entre ser y aparentar ser. Todo esto genera una cierta
libertad para, por ejemplo, encarar la vida sin tener que cumplir
con la decaída -y por momentos insostenible- idea de pertenecer a
la familia tipo o modelo”, ni con la cárcel provocada por el género
adjudicado aun en un cuerpo equivocado”. Con todo esto, ades,
la efectividad de la mencionada psiquiatrización del placer perverso
que generó la Modernidad sólida se está derrumbando. Es en este
cambiante marco que deberíamos preguntarnos por el destino de
nuestro psicoanálisis.
Capítulo 8
La impronta mediática
en el discurso infantil
La subjetividad de padres y niños es generada por prácticas y
reglas de efecto subjctivizante sobre sus participantes reglamentadas por
un discurso al que en 1995 llamé discurso infantil”. Como dijo
Michel Foucault, el discurso es lo que hace que algo sea como se lo
concibe, es decir, la concepción que se tiene de cómo son (y cómo
deben ser) -en este caso, los niños, sus padres y la crianza- hace
que las subjetividades emergentes de esas prácticas sean acordes
con esa creencia.
Cada época y cada sociedad concibe de una manera peculiar la
infancia, y eso pone en ejecución distintas configuraciones discur
sivas, dispositivos diferentes que reglamentan las relaciones entre
hijos y padres, y producen subjetividades específicas. En el medioe
vo, en la Modernidad y en la época actual de Occidente -por ejem
plo- la forma en que se ha concebido la infancia y las prácticas
de crianza que se implementaron fueron diferentes (véase More
no, 2002: cap. 8). Vndolos retrospectivamente es notable cómo
los sujetos adultos producidos” por la máquina de subjetividades
resultan adecuados para habitar la situación propia de la época en
que aquellos niños pasaron a ser adultos. Como si hubiese una per
fecta adecuación de los engranajes de esa máquina productora de subje
tividades: las formas de ser de los individuos criados resultan hechas

Este documento contiene más páginas...

Descargar Completo
Moreno- la infancia y sus bordes.pdf
browser_emoji Estamos procesando este archivo...
browser_emoji Lamentablemente la previsualización de este archivo no está disponible. De todas maneras puedes descargarlo y ver si te es útil.
Descargar
. . . . .