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LA INFANCIA Y SUS BORDES
medios suelen propagar como una abrupta caída- se debe no a la
decadencia del psicoanálisis en sí, ni simplemente al materialismo
en el que vivimos, sino al tremendo y abrupto cambio de las men
cionadas instituciones, instituciones que vienen condicionando la
subjetividad del humano desde hace siglos.
La trama social, las relaciones humanas, la estructura de poder,
las prácticas de crianza, los lazos y compromisos familiares, la
infancia, es decir, todas las instituciones, vienen variando a un
ritmo cada vez más acelerado desde los tiempos en que nació el psi
coanálisis hasta hoy.
Sabemos, por otra parte, que quien se queda quieto frente a un
panorama cambiante en realidad retrocede. Para “avanzar” -sea esa
consigna moderna lo que sea- en tiempos cambiantes como estos,
uno debe ante todo revisar los fundamentos que viene siguiendo
y, si llega a la conclusión de que es necesario y sabe cómo hacer
lo, cambiarlos. Porque a menudo -como le pasó a Esparta en la
Antigüedad frente a la decadencia de su poder militar, cuando e!
medio se torna adverso las instituciones tienden a cerrar sus filas y
endurecer las prácticas y sus fundamentos-. Cuando así ocurre, la
extinción de la práctica en cuestión suele ser inevitable, y cualquier
“renovación” se verá obstaculizada.
De modo que, de ser fieles herederos y custodios de la exquisita
y potente teoría psicoanalítica, deberíamos ser capaces de cambiar,
como Freud lo hizo tantas veces cuando percibió desajustes entre
su teoría y las evidencias empíricas. Conviene ante todo que inten
temos revisar qué está pasando.
En mi intento, primero trataré de describir a grandes rasgos con
qué panorama se encontró Freud en lo que atañe a la sexualidad,
la crianza y la familia en plena Modernidad; luego trataré de dar
algunas pinceladas acerca de lo contemporáneo o la llamada pos
modernidad, y cómo eso podría estar afectándonos. Entiendo que
la característica más notoria de esa posmodernidad es la insuficien
cia, el fracaso, la inoperancia que muestran sus instituciones -aún
aferradas al estilo moderno decimonónico- para dar cuenta de los
acontecimientos que se nos precipitan.
Según propone Foucault (1976), conviene describir a la sexualidad
como un punto de pasaje para las relaciones de poder, el elemento
de mayor “instrumentabilidad” capaz de servir de apoyo y al mismo
tiempo ser bisagra de las más variadas estrategias del dominio social.
Es decir, no conviene entender la sexualidad -y con ello nom
bramos el deseo que, en tanto motivación inconsciente, está detrás