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“LIBRE PARA ELEGIR”
MILTON & ROSE FRIEDMAN
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PREFACIO
Este libro tiene 2 padres: “Capitalismo y Libertad”, nuestro anterior libro publicado en 1962
(University of Chicago Press); y una serie de TV, titulada, como el libro, “Libre Para Elegir”.
Esta serie se emitió en el Public Broadcasting Service durante 10 semanas consecutivas en
1980.
“Capitalismo y Libertad” examina “el papel del capitalismo de la competencia –la
organización del grueso de la actividad económica a través de la empresa privada operando
en el libre mecado –como un sistema de libertad económica y una condición necesaria para
la libertad política”. En el proceso, define el papel que el gobierno debería jugar en una
sociedad libre.
“Nuestros principios ofrecen”, dice “Capitalismo y Libertad”, “de una manera sencilla y rápida
en qué medida es apropiado utilizar el gobierno para lograr conjuntamente lo que es difícil o
imposible que logremos por separado a través de un intercambio estrictamente voluntario.
En todos los casos propuestos de intervención debemos redactar una hoja que liste las
ventajas y desventajas por separado. Nuestros principios nos dicen qué elementos debemos
poner en un lado y en otro y nos da algunas bases para ponderarlos”.
Para dar importancia a estos principios e ilustrar su aplicación, “Capitalismo y Libertad”
examina cuestiones específicas –entre otras, la política fiscal y monetaria, el papel del
gobierno en la educación, el capitalismo y la discriminación y el alivio de la pobreza.
“Libre Para Elegir” es un libro menos abstracto y más concreto. Los lectores de “Capitalismo
y Libertad” encontrarán en él un desarrollo más completo de la filosofía que impregna ambos
libros –hay aquí más tuercas y tornillos y menos sustrato teórico. Más aun, este libro está
influenciado por una fresca aproximación a la ciencia política que llega fundamentalmente de
los economistas –Anthony Downs, James M. Buchanan, Gordon Tullock, George J. Stigler y
Gary S. Becker, quienes, junto con muchos otros, han estado haciendo un gran trabajo en el
campo del análisis económico de la política. “Libre Para Elegir” aborda el sistema político
que corre paralelo al sistema económico. Ambos son considerados como mercados en los
que el resultado se determina por la interacción de personas que persiguen su propio interés
(ampliamente interpretado) más que por objetivos sociales que los participantes consideran
beneficiosos. Eso está implícito a lo largo de todo el libro y se explicita en el capítulo final.
La serie de TV aborda las mismas materias que este libro: los 10 capítulos del libro
corresponden a los 10 programas de la serie de TV y, salvo el capítulo final, llevan los
mismos títulos. Sin embargo, la serie de TV y el libro son muy diferentes –a cada realidad su
personaje. El libro aborda muchos elementos que las limitaciones de tiempo de los
programas de TV hacen necesario omitir o reducir al mínimo. Y su cobertura es más
sistemática y profunda.
Fuimos convencidos para emprender la serie de TV a principios de 1977 por Robert
Chistester, presidente de “PBS station WQLN” de Erie, Pennsylvania. Su imaginación y su
duro trabajo y su compromiso con los valores de una sociedad libre, hicieron posible la serie.
Siguiendo su sugerencia, Milton presentó, entre septiembre de 1977 y mayo de 1978, 15
conferencias públicas pronunciadas ante distintos auditorios, a los que siguieron sesiones de
pregunta-respuesta, todas las cuales fueron grabadas en video. William Jovanovich
consiguió que Harcourt Brace Jovanovich pusiera en el mercado las cintas y proporcionara
un anticipo de la financiación necesaria para la grabación de las conferencias, actualmente
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distribuidas por Harcourt Brae Jovanovich Inc. La transcripción de estas conferencias sirvió
de base para diseñar los programas de TV.
Antes de que el ciclo de conferencias se hubiera completado, Bob Chitester había logrado el
suficiente apoyo financiero para proseguir con la serie de TV. Seleccionamos a Video-Arts of
London como mejor grupo para producirla. Tras unos meses de planificación preeliminar, la
filmación real comenzó en marzo de 1978 y no se completó hasta septiembre de 1979.
Anthony Jay, Michael Peacok y Robert Reid de Video-Arts jugaron un papel fundamental en
el diseño inicial de la serie y en el de su supervisión posterior.
Cinco profesionales de la TV estuvieron con nosotros durante la mayor parte de la filmación
y la edición: Michael Latham, productor de series, Gram. Massey, director de la cinta, Eben
Wilson, productor asociado y principal investigador, Margaret Young, asistente del director y
secretaria de producción y Jackie Warner, director de producción. Ellos nos iniciaron
cariñosa, pero firmemente en el arcano arte de la realización de documentales de TV y
suavizaron con invariable tacto y amistad las dificultades. Hicieron de nuestra aventura en un
mundo extraño y complejo, algo excitante y ameno, en vez de la pesadilla en la que ahora
comprendemos podría haberse convertido fácilmente.
Su insistencia en combinar la brevedad con el rigor y la lucidez nos obligó a replantearnos
muchas de nuestras ideas y reducirlas a lo básico. Las discusiones con ellos, así como con
el personal de rodaje de distintas procedencias –una de las partes más divertidas del
proyecto– nos ayudaron a reconocer los puntos débiles de nuestro razonamiento y nos
indujeron a buscar más evidencias. Liberados de las rígidas limitaciones de tiempo de la TV,
hemos podido sacar provecho de esas charlas para redactar este libro.
Estamos en deuda con Edgard C. Banfield y David D. Friedman que leyeron enteramente el
primer borrador y con George Stigler, Aaron Director, Chiaki Nishiyama, Colin Campbell y
Anna Schwartz. Rosemary Campbell pasó muchas horas de concienzudo trabajo en la
biblioteca comprobando datos y cifras. No podemos culparla de los errores que, sin duda,
aparecerán, porque también nosotros mismos llevamos a cabo parte del proceso de
comprobación. Debemos mucho a Gloria Valentine, la secretaria de Milton, cuya naturaleza
de bien combina con su competencia. Finalmente, apreciamos la ayuda que hemos recibido
de Harcourt Brace Jovanovich, alguna anónima y la de William Jovanovich, Carl Hill y
nuestra editora Peggy Brooks.
La televisión es dramática, atrae las emociones y captura tu atención. No obstante,
mantenemos la opinión de que el libro impreso es un instrumento más efectivo tanto para la
educación como para la persuasión. Los autores de un libro pueden buscar temas
profundamente –sin verse limitados por el tic-tac del reloj. El lector puede pararse y pensar,
volver hacia atrás sin ser distraído por el atractivo emocional de las escenas que se suceden
sin parar en la pantalla de la televisión.
Quien se convenza en una tarde (o incluso en 10 tardes de una hora) no está realmente
convencido. Puede cambiar de opinión tras pasar una tarde con una persona que mantenga
una visión opuesta. La única persona que puede convencerte realmente eres tú mismo.
Debes dar vueltas a estas cuestiones en tu cabeza en cualquier momento, considerar los
muchos argumentos, y dejarlos cocer a fuego lento y, después de mucho tiempo, convertir
tus preferencias en convicciones.
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Milton Friedman
Rose D. Friedman
Ely, Vermont
28 de septiembre de 1979
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“La experiencia debería enseñarnos a estar en guardia para proteger la libertad cuando los
propósitos del gobierno son benéficos. Los hombres nacidos en libertad están naturalmente
alerta para repeler la invasión de su libertad por malvados gobernantes. Los mayores
peligros a la libertad acechan en la perniciosa usurpación llevada a cabo por hombres de
intenciones buenas y entusiastas, pero sin entendimiento”.
Justice Louis Brandeis,
Olmstead v. United Status
277 U.S. 479 (1928)
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INTRODUCCIÓN
Desde el primer asentamiento de los europeos en el Nuevo Mundo, América ha atraído a las
personas que buscan aventura, huyen de la tiranía o simplemente buscan una vida mejor
para ellas y sus hijos.
Un pequeño grupo llegó tras la Revolución Americana y la creación de los Estados Unidos
de América y se convirtió en una riada en el siglo XIX, cuando millones de personas
cruzaron el Atlántico y un número menor el Pacífico, empujados a ello por la pobreza y la
tiranía y atraídos por la promesa de libertad y prosperidad.
Cuando llegaron, no encontraron calles pavimentadas de oro; no encontraron una vida fácil.
Encontraron la libertad y una oportunidad de sacar provecho de su talento. Gracias al duro
trabajo, al ingenio, a la frugalidad y a la suerte, muchos de ellos tuvieron éxito y cumplieron
muchas de sus esperanzas y sueños para animar a sus amigos y parientes a unírseles.
La historia de los Estados Unidos es la historia de un milagro económico y de un milagro
político que fue posible por la puesta en práctica de dos grupos de ideas –ambas, por una
curiosas coincidencia, formuladas en documentos publicados el mismo año, 1776.
Uno de estos grupos de ideas tomó cuerpo en “La Riqueza de las Naciones”, la obra
maestra que hizo del escocés Adam Smith el padre de la moderna economía. Analizó la
forma en la que el sistema de mercado podía combinar la libertad de los individuos en la
persecución de sus objetivos con una amplia colaboración y cooperación, necesarias en el
campo económico para producir nuestra comida, nuestras ropas y nuestras casas. La idea
clave de Adam Smith era que las partes de un intercambio pueden lograr un beneficio,
siempre que la colaboración sea estrictamente voluntaria. Ningún intercambio se producirá a
menos que ambas partes logren ese beneficio. Ninguna fuerza externa, ni coerción, ni
violación de la libertad son necesarias para lograr la colaboración de individuos que pueden
beneficiarse. Esto es así porque, como Adam Smith afirmó, el individuo que “persigue
únicamente su propia ganancia” es “dirigido por una mano invisible para producir un
resultado que no formaba parte de su intención”. Tampoco es siempre malo que no sea
parte de su intención. Persiguiendo su propio interés, consigue frecuentemente que
beneficie a la sociedad más que cuando realmente persigue ese objetivo. Nunca he sabido
de muchas cosas buenas que hayan sido logradas por aquellos que se dedicaban al
comercio por el bien público”.
El segundo conjunto de ideas tomó cuerpo en la Declaración de Independencia, elaborada
por Thomas Jefferson para expresar el sentir general de sus compatriotas. Proclamó una
nueva nación, la primera en la historia creada sobre el principio de que toda persona tiene
derecho a perseguir sus propios valores: “Mantenemos estas verdades por ser evidente que
todos los hombres son creados iguales, que están dotados por el Creador de ciertos
derechos inalieanables, entre ellos, la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.
O como declaró de una forma más extrema e incondicional casi un siglo más tarde John
Stuart Mill,
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El único fin por el que la humanidad puede justificar, individual o colectivamente, la
interferencia en la libertad de acción de cualquiera de sus miembros, es el de la auto-
protección… El único propósito con el que el poder puede ser ejercido conforme a
derecho sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada, contra su voluntad, es
el de impedir el daño a otros. Su propio bien, tanto físico como moral, no es una
justificación suficiente. La única parte de la conducta de cualquiera, que pudiera ser
impuesta por la sociedad, es aquélla que concierne a otros. En aquélla parte que
concierne exclusivamente a sí mismo, su independencia es, por derecho, absoluta.
Sobre sí, sobre su cuerpo y su mente, el individuo es…
Gran parte de la historia de los Estados Unidos gira en su intento poner en práctica los
principios de la Declaración de Independencia –desde las luchas por la abolición de la
esclavitud, resueltos finalmente en una sangrienta guerra civil, al posterior intento de
promover la igualdad de oportunidades, y al más reciente de alcanzar la igualdad de
resultados.
La libertad económica es un requisito esencial de la libertad política. Permitiendo a las
personas cooperar unas con otras sin que medie la coerción o la dirección central, se reduce
el área sobre la que se ejerce el poder político. Además, al dispersar el poder, el libre
mercado supone una compensación a cualquier concentración del poder político que pueda
surgir. La combinación de los poderes político y económico en las mismas manos es una
receta segura para la tiranía.
La combinación de la libertad política y económica propició en el siglo XIX una edad de oro
tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos. Los Estados Unidos prosperaron incluso
más que Gran Bretaña. Comenzó con un claro borrón y cuenta nueva: menos vestigios de
clase y estatus; menos impedimentos gubernamentales; un campo más fértil para la energía,
el dinamismo y la innovación; y un continente vacío que conquistar.
La fecundidad de la libertad se demuestra drástica y claramente en la agricultura. Cuando la
Declaración de Independencia entró en vigor, menos de tres millones de personas de origen
africano y europeo (omitiendo a los indios nativos) ocupaban una estrecha franja a lo largo
de la Costa Este. La agricultura era la principal actividad económica y 19 de cada 20
trabajadores eran necesarios para alimentar a todos los habitantes del país y generar un
excedente para la exportación a cambio de bienes extranjeros. Hoy día, menos de 1 de cada
20 trabajadores son necesarios para alimentar a 220 millones de habitantes y generar un
excedente que hace de los Estados Unidos el mayor exportador de comida del mundo.
¿Cómo se produjo este milagro? Claramente no fue gracias a la dirección centralizada del
gobierno –naciones como Rusia y sus satélites, gran parte de China y India que todavía
confían en la dirección centralizada emplean entre el 25% y el 50% de sus trabajadores en la
agricultura y todavía dependen de la agricultura norteamericana para evitar hambrunas
masivas. Durante la mayor parte del período en el que se produjo la rápida expansión
agrícola en los Estados Unidos, el gobierno desempeñó un papel insignificante. Se posibilitó
la disponibilidad de la tierra –pero era tierra improductiva con anterioridad. Atravesada la
mitad del siglo XIX, se crearon institutos agrícolas que expandieron la información y la
tecnología por medio de servicios de expansión financiados por el gobierno.
Indudablemente, sin embargo, la principal causa de la revolución agrícola fue la iniciativa
privada que operaba en un mercado libre abierto a todos –con la única y vergonzosa
excepción de la esclavitud. Y el crecimiento más rápido se produjo tras su abolición. Millones
de inmigrantes de todas las partes del mundo eran libres para trabajar para ellos mismos,
como granjeros independientes o comerciantes, o para trabajar para otros, según
condiciones pactadas de mutuo acuerdo. Eran libres para experimentar nuevas técnicas –
asumiendo el riesgo si el experimento fracasaba y el beneficio si tenía éxito. Tuvieron
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escasa ayuda por parte del gobierno. Y lo que es más importante, encontraron una escasa
interferencia gubernamental.
El gobierno comenzó a desarrollar un papel más importante en la agricultura durante y
después de la Gran Depresión de 1930, restringiendo en un primer momento el volumen de
las cosechas para mantener los precios artificialmente altos.
El crecimiento de la productividad agrícola dependía de la simultánea revolución industrial
que la libertad estimuló. Aparecieron así las nuevas máquinas que revolucionaron la
agricultura. Igualmente, la revolución industrial dependía de la disponibilidad de la fuerza de
trabajo que la revolución agrícola liberaba. La industria y la agricultura marchaban de la
mano.
Smith y Jefferson habían visto en el poder gubernamental concentrado, el gran peligro para
el hombre normal.; ambos vieron la protección del ciudadano frente a la tiranía del gobierno
como una necesidad perpetua. Éste fue el objetivo de la Declaración de Derechos de
Virginia (1776) y de la Declaración de Derechos de los Estados Unidos (1791); el propósito
de la separación de poderes en la Constitución de los Estados Unidos; las fuerzas que
promovieron los cambios en la estructura legal británica desde la promulgación de la Carta
Magna en el siglo XIII hasta finales del siglo XIX. Para Smith y Jefferson, el papel del
gobierno era el de un árbitro, no el de un participante. El ideario de Jefferson, tal y como
expresó en su primera alocución inaugural (1801), era “a) un gobierno prudente y frugal, que
impediría a los hombres lesionar a otros hombres, que les daría libertad para vivir con
arreglo a sus anhelos de trabajo y mejora”.
Irónicamente, el gran éxito de la libertad económica y política redujo su atractivo para los
pensadores posteriores. El gobierno estrechamente limitado de finales del siglo XIX carecía
de un poder que pudiera amenazar al hombre ordinario. La cruz de la moneda era que
también carecía de un poder que le permitiera a la buena gente hacer el bien. Y en un
mundo imperfecto todavía había muchos malvados. Además, el mayor progreso de la
sociedad hizo que esa minoría de malvados pareciera más desagradable. Como siempre, la
gente dio por sentada las ventajas derivadas del desarrollo y olvidaron que el principal
peligro para la libertad se deriva de un gobierno fuerte. En vez de ello, fueron atraídos por el
bien que un gobierno más fuerte podría lograr –sólo si el poder gubernamental estuviera en
las manos “adecuadas”.
Estas ideas comenzaron a influir en la política del gobierno en Gran Bretaña a comienzos del
siglo XX y fueron ganando aceptación entre los intelectuales norteamericanos, pero no
produjeron apenas efectos en la política del gobierno hasta la Gran Depresión de principios
de los años 30. Como mostramos en el Capítulo 3, la depresión fue consecuencia de un
error del gobierno en un área de su competencia –el dinero– en la que ejercía su autoridad
desde el principio de la República. Sin embargo, esa responsabilidad gubernamental de la
depresión no se ha reconocido –ni entonces ni ahora. En vez de ello, la interpretación que
de ella se hizo fue la de del fracaso del capitalismo de libre mercado. El mito llevó a la gente
a unirse a los intelectuales cuya visión de las responsabilidades de los individuos y del
gobierno había cambiado. De la responsabilidad del individuo en su propio destino se pasó a
considerar a éste como un peón arrastrado por fuerzas que escapan a su control. La idea de
que el papel del gobierno es el de árbitro que impede que los individuos coaccionen a otros
individuos fue reemplazada por la idea de que el papel del gobierno es el de un padre que
tiene el deber de obligar a algunos a ayudar al resto.
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Este punto de vista ha impregnado el desarrollo de los acontecimientos en los Estados
Unidos durante el último medio siglo y han llevado a un crecimiento del gobierno en todos
los niveles, así como a transferir el poder desde el gobierno y el control local al gobierno y al
control central. El gobierno ha ido asumiendo paulatinamente la tarea de tomar de unos para
dárselo a otros en nombre de la seguridad y la igualdad. Una política gubernamental tras
otra se ha ido poniendo en práctica para “regular” nuestros “deseos de trabajo y mejora”,
manteniendo en su cabeza el dictado de Jefferson (Capítulo 7).
Esta evolución ha sido impulsada por buenas intenciones ayudadas por el interés propio.
Incluso los más firmes defensores del estado paterno y del bienestar están de acuerdo en
que los resultados han sido decepcionantes. En el ámbito gubernamental, como en el
mercado, parece existir una mano invisible, pero que opera justamente en la dirección
opuesta a la señalada por Adam Smith: un individuo que, al promover la intervención del
gobierno, sólo pretende servir al interés público es “llevado por una mano invisible a
promover” intereses privados, “que no formaban parte de su intención”. A esta conclusión se
llega una y otra vez cuando examinamos, en los capítulos siguientes, las distintas áreas en
las que se ha ejercido el poder del gobierno –bien para lograr la seguridad (Capítulo 4) o la
igualdad (Capítulo 5), para promover la educación (Capítulo 6), para proteger al consumidor
(Capítulo 7) o al trabajador (Capítulo 8) o para evitar la inflación y promover el empelo
(Capítulo 9).
Hasta ahora, en palabras de Adam Smith, “el esfuerzo uniforme, constante e ininterrumpido
de todos los hombres para mejorar su situación, el principio del que se deriva originalmente
la opulencia pública y nacional, así como privada, ha sido lo suficientemente poderoso para
mantener el progreso natural de las cosas hacia la mejora, a pesar tanto de la extravagancia
de los gobiernos como de los más grandes errores de la administración. Como ese principio
desconocido de la vida natural, que frecuentemente restaura en el cuerpo la salud y el vigor,
a pesar, no sólo de la enfermedad, sino también de las absurdas prescripciones del médico.
Hasta ahora, la mano invisible de Adam Smith ha sido lo suficientemente poderosa para
superar los mortales efectos de la mano invisible que actúa en la esfera política.
La experiencia de los últimos años –crecimiento reducido y productividad decreciente–
hacen surgir la duda de si el ingenio privado puede seguir contrarrestando los mortales
efectos del control del gobierno cuando seguimos concediendo a éste poderes cada vez más
amplios, autorizando a una “nueva clase” de funcionarios que gastan, supuestamente en
nuestro nombre, una parte cada vez mayor de nuestros ingresos. Tarde o temprano –y quizá
más pronto de lo que muchos esperamos –un gobierno más grande que nunca destruirá
tanto la prosperidad de la que disfrutamos gracias al libre mercado y como la libertad
humana proclamada tan elocuentemente en la Declaración de Independencia.
Todavía no hemos alcanzado el punto de no retorno. Todavía somos personas libres para
decidir si seguiremos acelerando cuesta abajo “camino a la servidumbre”, como Friedrich
Hayek tituló su profundo e influyente libro, o si estrecharemos los límites sobre la actuación
del gobierno y confiaremos más en la cooperación voluntaria entre individuos para lograr
nuestros distintos objetivos. ¿Se acabará nuestra edad de oro y volveremosa la tiranía y la
pobreza que siempre ha sido –y aún es– el estado de la mayor parte de la humanidad? ¿O
deberemos tener la sabiduría, la previsión y el coraje de cambiar de rumbo para aprender de
la experiencia y beneficiarnos del “renacimiento de la libertad”?
Si vamos a decidir prudentemente, debemos entender los principios fundamentales de
nuestro sistema, tanto los principios económicos de Adam Smith, que explican cómo un
sistema complejo, organizado y que funciona suavemente puede desarrollarse y florecer sin
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una dirección centralizada, cómo puede lograrse la coordinación sin coacción (Capítulo 1); y
los principios políticos expresados por Thomas Jefferson (Capítulo 5). También debemos
entender la íntima conexión entre libertad política y libertad económica.
Afortunadamente, la marea está cambiando. En los Estados Unidos, en Gran Bretaña y los
países de Europa Occidental y en muchos otros países del mundo, hay un reconocimiento
creciente de los peligros de un gran gobierno y una creciente insatisfacción por las políticas
que se han seguido. El cambio se refleja no sólo en la opinión pública, sino también en la
esfera política. Se está convirtiendo en políticamente rentable para nuestros representantes
cantar en un tono diferente –o quizá, incluso, actuar de una forma diferente. Mayor es el
cambio que se está experimentando en la opinión pública. Tenemos la oportunidad de
empujar ese cambio en la opinión pública que mira con mayor confianza la iniciativa
individual y la voluntad de cooperación, más que el extremo opuesto del colectivismo total.
En nuestro capítulo final, exploramos por qué supuestamente se produce en un sistema
político democrático la prevalencia de intereses especiales sobre el interés general.
Exploramos qué podemos hacer para corregir los defectos de nuestro sistema que
desembocan en ese resultado, cómo podemos limitar el poder del gobierno mientras le
permitimos llevar a cabo sus funciones esenciales de defensa de la nación de los enemigos
exteriores y de protección de todos y cada uno de nosotros de la coacción de nuestros
conciudadanos, resolviendo nuestras disputas y permitiéndonos aceptar las reglas que
deberemos seguir.
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CAPÍTULO 1
EL PODER DEL MERCADO
Cada día todos y cada uno de nosotros hacemos uso de innumerables bienes y servicios,
para comer, vestirnos, protegernos de los elementos o, simplemente, pasarlo bien. Damos
por sentado que estarán disponibles cuando queramos comprarlos. No dejamos de pensar
cuánta gente ha participado de una forma u otra a la hora de proporcionarnos esos bienes y
servicios. Nunca nos preguntamos cómo es que la verdulería de la esquina –o actualmente,
el supermercado– tiene en sus estanterías todos los artículos que queremos comprar o
cómo es que la mayor parte de nosotros podemos ganar dinero para comprar esos bienes.
Es natural asumir que alguien debe haber dado las órdenes para asegurarse que los
productos “adecuados” se produzcan en las cantidades “adecuadas” y están disponibles en
los lugares “adecuados”. Este es un método de coordinar las actividades de un gran número
de personas –el método militar. El general da órdenes al coronel, el coronel al comandante,
el comandante al teniente, el teniente al sargento y el sargento a la tropa.
Pero el método de la cadena de mando sólo puede ser el método de organización exclusivo
o principal de un pequeño grupo. Ni siquiera el más autocrático cabeza de familia puede
controlar por completo y con órdenes cada acto del resto de miembros de la familia. Ningún
ejército de tamaño considerable puede ser dirigido completamente mediante órdenes. No es
posible que el general tenga la información necesaria para dirigir cada movimiento de sus
subordinados. En cada etapa de la cadena de mando, el soldado, ya se trate de un oficial o
de un miembro de la tropa, debe tener discrecionalidad suficiente para tener en cuenta la
información que, sobre circunstancias específicas, su superior no puede tener. La cadena de
mando debe ser complementada por la cooperación voluntaria –una técnica menos obvia,
más sutil y bastante más fundamental, para coordinar las actividades de un gran número de
personas.
Rusia es el ejemplo de una gran economía que supuestamente se ha organizado como una
cadena de mando –una economía centralmente planificada. Pero hay más ficción que
realidad. En cada nivel de la economía, la cooperación voluntaria suplementa la planificación
central y supera sus rigideces –a veces legal, a veces ilegalmente.
En la agricultura, se permite que los trabajadores a tiempo completo de las granjas
gubernamentales, en su tiempo libre, alimenten y críen animales en pequeñas parcelas
privadas para su propio consumo o para venderlos en mercados relativamente libres. Éstas
parcelas suponen menos del 1% de la tierra agrícola del país, aunque se dice que
proporcionan casi un tercio de todo lo producido en las granjas en la Unión Soviética (“se
dice porque es probable que algunos de los productos de las granjas gubernamentales sean
marcados clandestinamente como de procedencia de parcelas privadas).
En el mercado laboral, a los individuos rara vez se les ordena que trabajen en tareas
específicas; hay muy poca dirección real del trabajo en este sentido. Al contrario, los salarios
se ofrecen para distintas ocupaciones y los individuos presentan sus candidaturas –tanto
como en los países capitalistas. Una vez contratados, pueden ser posteriormente
despedidos o dejar sus trabajos por otros que realmente prefieran. Existen numerosas
relativas a quién puede trabajar en qué y, por supuesto, la ley prohíbe a todo el mundo de
establecerse como empresario –aunque numerosos talleres clandestinos abastecen un gran
mercado negro. La asignación obligatoria de trabajadores a gran escala simplemente no es
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posible, ni, aparentemente, tampoco la completa supresión de la actividad empresarial
privada.
El atractivo de los distintos trabajos en la Unión Soviética a menudo depende de las
oportunidades que ofrecen para el contrabando extralegal o ilegal. Es posible que un
residente en Moscú cuyo electrodoméstico tenga que esperar mucho tiempo para que se lo
reparen si llama a la oficina estatal correspondiente. No obstante, el propietario consigue
que electrodoméstico sea reparado rápidamente y el contrabandista consigue algunos
ingresos extra. Ambos quedan contentos.
Estos elementos del mercado voluntarios florecen a pesar de su incongruencia con la
ideología oficial marxista porque el coste de eliminarlos sería demasiado alto. Podrían
prohibirse las parcelas privadas –pero las hambrunas de los años 30 son un espantoso
recuerdo del coste. Actualmente, la economía soviética es apenas un modelo de eficiencia y
sin esos elementos voluntarios operaría a un nivel de eficacia todavía menor. La experiencia
reciente de Camboya muestra trágicamente el coste de tratar de hacer funcionar por
completo el sistema sin el mercado.
Al igual que ninguna sociedad se actúa por completo basándose en el principio de la cadena
de mando, tampoco ninguna sociedad se actúa por completo través de la cooperación
voluntaria. En toda sociedad se dan algunos de los elementos de la cadena de mando que
adoptan muchas formas. Pueden ser tan rígidos como el servicio militar o la prohibición de
comprar y vender heroína o ciclamato o las órdenes judiciales dirigidas a los demandados
para que se abstengan de o realicen acciones específicas. O, en el otro extremo, pueden ser
tan sutiles como la imposición de fuertes tributos sobre el tabaco con el objetivo de
desalentar su consumo –una indirecta, si no una orden, de algunos de nosotros a otros de
nosotros.
Hay un gran diferencia por la que se produce este combinación –si el intercambio voluntario
es en principio clandestino y florece en un sistema en el que la cadena de mando es el
principio dominante de la organización o si el intercambio voluntario es el principio
dominante de la organización y resulta complementado, en mayor o menor medida, por
elementos de la cadena de mando. El intercambio voluntario clandestino puede impedir el
colapso de una economía basada en la cadena de mando, permitiéndole arrastrarse e,
incluso, lograr algún progreso. No obstante, poco puede hacer para socavar la tiranía sobre
la que descansa una economía organizada predominantemente como una cadena de
mando. No obstante una economía predominantemente basada en el intercambio voluntario,
tiene dentro de sí el potencial para promover tanto la prosperidad como la libertad humanas.
Puede no alcanzar todo su potencial en todos los aspectos, pero sabemos que ninguna
sociedad ha logrado la prosperidad y la libertad a menos que el intercambio voluntario haya
sido el principio dominante de su organización. Eso, al menos, es una lección de la Historia a
tener en cuenta. Muchas sociedades organizadas predominantemente sobre el intercambio
voluntario no han logrado ni la prosperidad ni la libertad, aunque han conseguido ambas en
bastante mayor medida que las sociedades autoritarias. Sin embargo, el intercambio
voluntario es una condición necesaria tanto para la prosperidad como para la libertad.
LA COOPERACIÓN A TRAVÉS DEL INTERCAMBIO VOLUNTARIO
Una deliciosa historia denominada “Yo, el Lápiz: Mi Árbol Genealógico como dijo Leonard E.
Read” pone vivamente de relieve como el intercambio voluntario permite a millones de
personas cooperar con otras. El Sr. Read, en la voz del “Lápiz” –el lápiz corriente conocido
por todos los niños, niñas y adultos que saben leer y escribir“, comienza su historia con una
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fantástica declaración “ni una sola persona… sabe cómo fabricarme”. Entonces empieza a
contar todo lo que implica la fabricación de un lápiz. Primeramente, la madera viene de un
arbol, “un cedro de grano compacto que crece en el Norte de California y Oregón”. Para
cortar los árboles y llevar los troncos a la terminal del ferrocarril son necesarios “sierras y
camiones y cuerda y… muchísimas más cosas”. Muchas personas y numerosas habilidades
concurren en su fabricación: “la minería de cobre, la fabricación del acero y su fundición en
sierras, ejes, motores; el crecimiento del cáñamo pasando por todas sus fases para
convertirse en una fuerte cuerda; los campos de tala con sus camas y sus habitaciones
revueltas… miles de personas intervienen en cada taza de café, ¡la bebida de los leñadores!
Y así, el Sr. Read se adentra en el transporte de los troncos al aserradero, el trabajo de la
serrería que supone convertir los troncos en listones y el transporte de los listones desde
California hasta Wilkes-Barre, donde se fabrica este peculiar lápiz que cuenta la historia. Y
hasta ahora sólo hemos hablado de la parte exterior del lápiz. La mina del lápiz no es una
mina en absoluto. Comienza como grafito en Ceilán. Tras muchos procesos muy complejos
acaba como mina en el centro del lápiz.
Un trozo de metal –la contera- cerca de la parte superior del lápiz es latón. “Piensa en todas
las personas” dice, “que extraen zinc y cobre y aquéllos otros que tienen la habilidad de
hacer brillantes hojas de latón a partir de esos productos de la naturaleza”.
Lo que conocemos como borrador se conoce en el comercio como “el tapón”. Demasiado
rígido para ser goma. Pero el Sr. Read nos cuenta que se le llama goma únicamente para
abreviar. El borrador es de hecho “factice” un producto similar a la goma que se obtiene
haciendo reaccionar aceite de semillas de colza de las Indias Orientales Holandesas
(actualmente Indonesia) con sulfuro clorhídrico.
Después de todo esto, dice el Lápiz, “¿Se atreve alguien a rebatir mi afirmación inicial de
que ni una sola persona en la faz de la tierra sabe como fabricarme?
Ninguna de las miles de personas que intervienen en la fabricación de un lápiz haría todo
este trabajo porque quiere un lápiz. Algunos de ellos nunca vieron un lápiz y no sabrían para
qué sirve. Cada uno ve su trabajo como una forma de conseguir los bienes y servicios que
quiere –bienes y servicios que producimos a fin de conseguir el lápiz que queremos. Cada
vez que vamos a la papelería y compramos un lápiz, intercambiamos un poquito de nuestros
servicios por la infinitésima parte de los servicios prestados por las miles de personas que
contribuyeron a producir el lápiz.
Es incluso más sorprendente que el lápiz se hubiera producido alguna vez. Nadie desde una
oficina central dio órdenes a esos miles de personas. Ninguna policía militar puso en práctica
órdenes que no se dieron. Estas personas viven en muchas tierras, hablan idiomas
diferentes, practican distintas religiones, pueden, incluso, odiarse entre ellos –aunque
ninguna de estas diferencias les impidió cooperar entre sí para producir un lápiz. ¿Cómo
sucedió? Adam Smith nos dio la respuesta hace 200 años.
EL PAPEL DE LOS PRECIOS
La idea clave subyacente en la Riqueza de las Naciones de Adam Smith es engañosamente
simple: si un intercambio entre dos partes es voluntario, éste no se producirá a menos que
ambas crean que se beneficiarán de él. La mayoría de las falacias económicas derivan de
obviar esta percepción, de la tendencia a asumir que hay una tarta dada, que una parte sólo
puede ganar a expensas de la otra.
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Esta percepción clave es obvia para un simple intercambio entre dos individuos. Es bastante
más difícil comprender cómo puede permitir a las personas de todo el mundo cooperar para
promover sus distintos intereses.
El sistema de precios es el mecanismo que, no existiendo una dirección central, permite
cumplir esa función sin necesidad de que hablen entre ellas o se gusten unas a otras.
Cuando compras un lápiz o el pan de todos los días, no sabes si el lápiz fue fabricado o el
trigo cultivado por un hombre blanco o por un hombre negro, por un chino o por un indio. En
consecuencia, el sistema de precios permite a las personas cooperar pacíficamente en una
fase de su vida mientras cada uno maneja sus asuntos respetando todo lo demás.
El genial flash de Adam Smith fue reconocer que los precios que surgían de transacciones
voluntarias entre compradores y vendedores –breves en un mercado libre– coordinaría la
actividad de millones de personas, cada una de ellas buscando su propio interés, de una
forma tal que haría que todos los implicados mejoraran su situación. Era una idea
deslumbrante entonces, y todavía lo sigue siendo, que el orden económico pueda surgir
como una consecuencia no pretendida de las acciones de muchas personas, cada una de
ellas buscando su propio interés.
El sistema de precios funciona tan bien, tan eficientemente la mayor parte del tiempo, que no
somos conscientes de ello. Nunca nos damos cuenta de lo bien que funciona hasta que se le
impide funcionar y entonces rara vez somos capaces de reconocer, ni tan siquiera, la causa
del problema.
Las largas colas que aparecieron de repente en las gasolineras en 1974 tras el embargo
petrolífero de la OPEP y de nuevo en la primavera y el verano de 1979 tras la revolución de
Irán, son un ejemplo aleccionador. En ambas ocasiones hubo una interrupción del suministro
de petróleo desde el extranjero. Sin embargo, no provocó colas en las gasolineras alemanas
o japonesas que dependían, aún en mayor medida, del petróleo importado. Sí se produjeron
en los Estados Unidos, a pesar de que producimos gran parte del petróleo que consumimos,
por una única razón. Porque la legislación, dependiente de una agencia estatal no permitió
que el sistema de precios funcionara. Como consecuencia de una orden, los precios en
algunas zonas se mantuvieron artificialmente por debajo del precio que habría equilibrado la
cantidad de gasolina disponible en las estaciones de servicio con la cantidad de
consumidores que habrían querido comprarla a ese precio. Los suministros fueron llevados a
distintas zonas del país como consecuencia de una orden, más que como respuesta a las
presiones de la demanda reflejadas en el precio. El resultado fue el excedente en algunas
zonas y la escasez y las colas en las estaciones de servicio en otras. El suave
funcionamiento del sistema de precios –que durante muchas décadas había asegurado que
cada consumidor pudiera comprar gasolina en cualquiera de las miles de estaciones de
servicio a su conveniencia y con una espera mínima– fue reemplazado por la improvisación
burocrática.
Los precios cumplen tres funciones al organizar la actividad económica: primero, transmiten
la información, segundo proporcionan un incentivo para adoptar aquéllos métodos de
producción que son menos costosos y, por consiguiente, utilizar los recursos disponibles
para los propósitos más altamente valorados; tercero, determinan quién consigue cuánto del
producto –la distribución de los ingresos. Estas tres funciones están estrechamente
relacionadas.
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Transmisión de la información
Supongamos que, por cualquier razón, hay un incremento de la demanda de los lápices de
mina –quizá por que un baby boom incrementa el número de alumnos en las escuelas. Los
minoristas se encontrarán con que están vendiendo más lápices y pedirán más lápices a los
mayoristas que, a su vez, pedirán más lápices a los fabricantes. Los fabricantes pedirán más
madera, más latón, más grafito –los distintos productos que se utilizan para hacer un lápiz. A
fin de inducir a los proveedores a producir mayores cantidades de estos elementos, les
ofrecerán precios más altos por ellos. Los precios más altos llevarán a los proveedores a
contratar más mano de obra para poder satisfacer una mayor demanda. Para poder
contratar más trabajadores, tendrán que ofrecer salarios más altos o mejores condiciones
laborales. De esta forma las ondas se expanden formando círculos cada vez más grandes,
transmitiendo a todo el mundo la información de que hay una mayor demanda de lápices –o
para ser más precisos, de algún producto en cuya producción están involucrados, por
razones que no pueden y no necesitan conocer.
El sistema de precios sólo transmite la información importante y sólo a las personas que
necesitan saberla. Los productores de madera, por ejemplo, no tienen que saber si la
demanda de lápices ha aumentado por un baby boom o porque 14.000 formularios del
gobierno tienen que ser rellenados a lápiz. No tienen por qué saber, siquiera, que la
demanda de lápices ha aumentado. Sólo necesitan saber que alguien está dispuesto a
pagar más por la madera y que el precio más alto durará lo suficiente para hacer que valga
la pena satisfacer la demanda. Ambos elementos de la información son proporcionados por
los precios del mercado –el primero por los precios actuales y el segundo por los precios
ofertados para entregas futuras.
Un problema grave a la hora de transmitir la información eficientemente es asegurarse de
que llegue a todos aquéllos que pueden utilizarla sin que quede atrapada en la cesta de
aquellos que no la aprovecharán. El sistema de precios resuelve automáticamente este
problema. Las personas que transmiten la información tienen un incentivo para buscar a
otras personas que puedan usarla y que están en condiciones de hacerlo. Las personas que
pueden utilizar la información tienen un incentivo para conseguirla y están en condiciones de
hacerlo. El fabricante de lápices está en contacto con las personas que venden la madera
que él utiliza. Siempre trata de buscar proveedores adicionales que puedan ofrecerle un
mejor producto o un precio más bajo. Igualmente, el productor de madera está en contacto
con sus clientes y siempre trata de encontrar otros nuevos. Por otro lado, las personas que
no están actualmente implicadas en estas actividades y no las van a considerar en el futuro
no tienen interés alguno en el precio de la madera y lo ignorarán.
La transmisión de la información a través de los precios resulta hoy día más fácil por la
existencia de mercados organizados y de medios de información especializados. Es una
actividad fascinante ver las cotizaciones de precios publicadas diariamente, digamos, en el
Wall Street Journal, por no mencionar a otras muchas publicaciones especializadas en el
comercio. Estos precios reflejan casi instantáneamente qué sucede en todo el mundo. Hay
una revolución en algún país remoto que es el principal productor de cobre, o hay una
interrupción en la producción de este metal por alguna otra razón y el precio actual del cobre
se disparará inmediatamente. Para descubrir durante cuánto tiempo espera la gente con
conocimientos en la materia que la producción de cobre se vea afectada, bastará
simplemente con examinar los precios para las entregas futuras en la misma página.

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