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del efecto y la necesidad de refuerzo para la formación y persistencia de las respuestas
condicionadas constituyen, quizás, una infidelidad a una ortodoxia estrictamente mecanicista
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;
también hubo quien se las ingenió para liberar la respuesta condicionada de la servidumbre del
refuerzo (J. D. Harris, 1946).
Volvamos ahora al grupo humanista: la situación no es mejor. Fenomenología, psicología
comprensiva, personalismo
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, psicoanálisis, representan en muchos sentidos posiciones
humanistas; pero la fenomenología es hostil a la noción de inconsciente o la rechaza formalmente
(Sastre, 1939, pág. 24) y el psicoanálisis está empañado por fuertes tendencias naturalistas (H.
Hartmann, 1927).
De este modo, la confusión ha disminuido pero sin desaparecer; el rigor de las
oposiciones está comprometido por el eslabonamiento de escuelas y doctrinas diferentes. En
verdad, el naturalismo y el humanismo no implican más que una actitud general, y se muestran
como conceptos inestables en cuanto se pretende asignarles posiciones específicas.
Puede ser que la elección entre naturalismo y humanismo provenga únicamente de
motivaciones personales. Su oposición recuerda otras oposiciones tradicionales: espíritu de
geometría y espíritu de fineza, espíritu abstracto y espíritu concreto, espíritu analítico y espíritu
sintético. Más profundamente, la elección entre naturalismo y humanismo responde a necesidades
afectivas y a un intento de solución de problemas personales. Y si verdaderamente la orientación
humanista o naturalista no fuera más que una cuestión de personas, no se ve cómo esta oposición
podría superarse si no fuera por medio de un psicoanálisis de la psicología y los psicólogos.
Empero, no se excluye la posibilidad de que se trate de una cuestión real y que, por lo
tanto, sea posible determinar, mediante los hechos, quién tiene razón y quién no. Ahora bien, las
proposiciones de los dos grupos –aunque se opongan en una misma época– no tienen la misma
edad. Por lo general, salvo la oposición entre conducta y conciencia (Watson, 1913) las
proposiciones de la serie humanista representan una reacción comparadas con las proposiciones
de la serie naturalista: el principio de la totalidad se opone al atomismo psicológico, la
comprensión a la explicación, el inconsciente a lo fisiológico, el funcionalismo al mecanicismo.
Ciertamente, la historia de las ideas proporcionaría aun más argumentos para concluir que esta
reacción es una regresión, un ofensivo retorno del animismo. Pero también puede presentársela
como un tanteo, como un ensayo de acomodación a la realidad, de la que teníamos –según una
profunda observación de Jaspers– una visión empañada de realismo intelectual y de logicismo de
la cual habíamos intentado una esquematización demasiado simplificada, siguiendo el modelo de
las ciencias de la naturaleza
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. Es preciso entonces admitir que no nos enfrentamos con posiciones
irreductibles, y que el choque de principios tanto como las zonas comunes entre naturalismo y
humanismo, corresponden a un momento de la historia de las ideas, a un movimiento dialéctico
que no es otra cosa que el esfuerzo colectivo de los estudiosos en busca de la verdad.
Resulta así que la concepción estrictamente cosista del “comportamiento” evolucionó: de
“molecular” en Watson, se vuelve “molar” con Cantor y Tollman, al mismo tiempo que se le
reconocen significaciones inmanentes (Tilquin, 1942). Por una parte parece difícil, desde el punto
de vista biológico, negar que la aparición de la conciencia sea un acontecimiento importante y
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La ley del efecto afirma, en esencia, que si las condiciones no se modifican, una respuesta es reforzada por el
éxito, y debilitada, eliminada (o reemplazada) después de un fracaso. Si la respuesta condicionada no se refuerza
mediante una “recompensa” o un “castigo” se extingue, aunque es susceptible de reaparecer espontáneamente.
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La psicología personalista considera a la “persona” como sistema de referencia universal de la psicología (W. Stern,
1935).
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“De niños, dibujamos ante todo las cosas, no como las vemos, sino como las imaginamos; asimismo, como
psicólogos y psicopatólogos, pasamos de un estadio donde nos imaginamos lo psíquico de cierta manera, a un estadio
donde, desprovistos de prejuicios, lo vemos directamente tal cual es” (Jaspers, 1933, pág. 49).