La psicología y
el ser humano
José Bleger
Libro: “Psicología de la conducta”
Prólogo
En el abigarrado panorama de la psicología actual, coexiste en forma
aislada y contrapuesta un numeroso conjunto de escuelas y subescuelas,
de métodos y técnicas, de corrientes e ideologías. El conjunto ofrece la
apariencia de una verdadera dispersión, sin orden, sin nexo, sin sentido,
sin comunicación.
Este libro tiende a llenar, en cierta medida, esta falta de coherencia y
unidad, presentando una especie de plano o proyecto de una psicología
general de la conducta. Recoge, refleja o desarrolla la convicción de que
las distintas escuelas o corrientes han aportado conocimientos
fragmentarios de una única y misma totalidad, y que cuando cada una de
ellas ha creído ver el todo en su segmento, han dado lugar a teorías
erróneas, distorsionadas o exageradas. A pesar de este proceso (o
gracias a él), cada escuela o corriente refleja parte de la realidad, que es
necesario reencontrar y reubicar en la totalidad y unidad original; las
distintas escuelas o corrientes han tomado estructuras o fragmentos
distintos de un mismo proceso, pero la segmentación y el olvido del
proceso y del contexto total y concreto hicieron creer a cada una de ellas
que captaba la totalidad en su segmento. De esta manera, la solución de
muchos problemas reside únicamente en replantearlos.
A esta dispersión del objeto se agregan la fragmentación y dispersión del
proceso mismo del conocimiento y la investigación en momentos que son
aislados y a los que se constituye en métodos por sí.
Hay que volver a recuperar lo que las escuelas, los métodos y los
campos de la psicología desmenuzaron y dispersaron, desarticularon y
formalizaron. Y esta tarea no es un eclecticismo que tiende a salvar
contradicciones, sino, todo lo contrario, acepta y enfrenta las
contradicciones porque ellas pertenecen a la realidad de los fenómenos y
a su respectivo movimiento dialéctico. Gran parte de la tarea que
incumbe realizar consiste en disolver falsas antítesis, transformando las
antinomias irreductibles en lo que en realidad son: momentos de un solo
proceso único. Las barreras entre las escuelas ya no son fijas y se
derrumban. Este libro quiere contribuir a ello, para que se pueda construir
dentro de un encuadre filosófico y científico libre de divisiones y limites
arbitrarios, estrictos y dogmáticos. No estoy totalmente seguro de haber
podido eludir el peligro de oscilar entre una exposición sencilla o
simplificada en algunos temas y la profundización en otros. Por supuesto
que si el propósito fundamental es el de repensar la psicología, como
tarea fundamental del psicólogo. No se trata solamente de aprender o
enseñar psicología; se trata de pensar psicológicamente. Aquí trato de
aplicar mi convicción de que los libros no son para leerlos, sino para
pensarlos.
Capítulo I: La psicología y el ser humano.
Enfoque de la psicología.
Es muy difícil poder precisar en una definición escueta lo que es la
psicología, tanto como lo es delimitar exactamente el objeto de cualquier
ciencia. Las definiciones se incluyen siempre al comienzo de los libros y
sólo se comprenden al final, cuando ya se tiene una perspectiva total de
la materia. En un intento de resolver o eludir la estrechez de las
definiciones, se ha dicho de otro campo científico (la sociología), que ella
es lo que hacen los sociólogos. Si trasplantamos esa fórmula a la
psicología, no adelantamos nada, porque además de constituir un
truismo o una tautología, las disciplinas psicológicas no tienen todavía
tan plenamente ganado un terreno, como actividad práctica u oficio,
como lo tiene el sociólogo; en la sociología, según lo describieron
distintos autores, la práctica precedió a la sistematización teórica y se
inicia como una paraciencia, mientras que en la psicología la teoría y la
especulación filosófica precedieron a la práctica y aún en gran medida,
todavía ahora, la reemplazan; como lo dice Boring, la psicología vino
primero, los psicólogos vinieron más tarde.
La psicología llega muy tarde a estructurarse como campo científico.
Como todas las ciencias, se separa muy gradualmente de la filosofía,
aunque conservando con ella muy estrechos lazos. El término psicología
data del siglo XVI, pero aún en el siglo XVIII era muy raro su empleo;
adoptado por Kant, se difundió posteriormente. Comte no la incluyó de
manera especial en su clasificacn de las ciencias, y aún en la
actualidad tiene que enfrentar muchas resistencias y desconfianzas;
tanto la idealización como el desprecio representan verdaderas trabas en
su desarrollo.
El conocimiento científico incrementa nuestro poder real sobre las cosas,
pero aminora y lesiona nuestra fantasía y nuestra omnipotencia mágica.
Freud señaló que tres son los descubrimientos que más han lesionado
nuestro narcisismo: el de que nuestro planeta no es el centro del
universo, sino uno de los tantos, entre los que no ocupa ningún puesto
de privilegio; en segundo lugar, el de que no somos los reyes de la
creación, sino productos de la evolución de las especies animales; y en
tercer lugar, en orden cronológico, el de que no somos seres
íntegramente racionales, sino que buena parte de nuestra conducta es
desconocida, en sus motivaciones, por nosotros mismos. El estudio de
las cosas del cielo y de la tierra no se ha hecho sin esfuerzos ni sin
ansiedades, pero éstos se potencian en el caso de estudiarse el ser
humano a sí mismo. Por ello, las ciencias del hombre llegan tarde y se
hallan aún en período formativo.
Las ciencias naturales han tenido, en su tiempo, que vencer también
fuertes resistencias, similares a las que se presentan en la actualidad
para el caso de las ciencias del hombre, especialmente la psicología y la
sociología. Pero también esta resistencia es tanto mayor cuanto más se
acerca e incluye al propio ser humano; la física y la química, como
observa Fenichel, vencieron la resistencia antes que la biología, y ésta,
antes que la anatomía y la fisiología. Éstas, a su vez, antes que la
psicología. No esmuy lejano el tiempo en que al anatomista y al
patólogo les estaba prohibida muy severamente la disección de los
cadáveres. Seguramente que este desarrollo no tiene exclusivamente
sus causas en la evolución de las resistencia psicológicas ni en un puro
progreso en el dominio de las ideas, pero no es menos cierto que esta
resistencia actúa en algunos momentos, en forma independiente y muy
intensa. El desarrollo de la ciencia se halla muy vinculado al desarrollo de
la sociedad humana y a la de sus necesidades técnicas o, en otros
términos, a la necesidad de supervivencia de la especie. Hasta ahora,
todo progreso científico ha propulsado los factores de cambio social que,
por supuesto, entran en pugna con todas las fuerzas sociales que
tienden a la preservación de una configuración social dada. De esta
manera, los avances y retrocesos científicos y filosóficos se hallan
ligados a complejos procesos históricos de intereses de clases en
conflicto.
La psicoloa y su objeto de estudio
Ateniéndolos exclusivamente al hombre, y según todo lo que llevamos
expuesto hasta aquí, podemos decir que la psicología estudia los seres
humanos, pero que indudablemente con esto no queda configurado ni
delimitado con exactitud su campo de operación, porque muchas otras
ciencias se ocupan del hombre y lo enfocan como objeto de estudio
(historia, antropología, filosofía, sociología, etcétera).
Sí, de acuerdo con esto, la psicología tiene un objeto de estudio en
común con muchas otras disciplinas, la identidad de cada una de éstas y
la respectiva delimitación de las mismas sólo puede hacerse a través de
dos caminos: considerar que cada una de ellas toma parte del objeto
para su estudio, o bien que cada una de ellas enfoca de una manera
exclusiva y privativa el mismo fenómeno, enfoque exclusivo que
corresponde a un grupo, clase o nivel de las cualidades del objeto.
Creemos que -en términos generales- el primer criterio ha privado en la
historia de la psicología, mientras que el segundo es el que
desarrollaremos aquí y que no debe ser confundido con la posición que
explica y admite solamente la existencia de “puntos de vista” distintos
para el mismo suceso o cualidad.
Entre las disciplinas científicas, se puede reconocer un grupo que se
caracteriza por tener un objeto propio de estudio, que le pertenece en
totalidad: los seres vivos son estudiados por la biología y los astros por la
astronomía; otro grupo recibe su denominación y se configura, o se
configuró inicialmente, por el empleo de un instrumento de investigación:
microbiología, espectroscopia, ultramicroscopía, etcétera. Otro grupo de
ciencias estudia aspectos distintos de un mismo objeto: la química y la
física estudian los mismos objetos, diferenciándose en la forma en que lo
hacen, formas que se corresponden con dos aspectos o cualidades
distintas, reales, del mismo objeto; una mesa, un músculo, pueden ser
estudiados tanto por la física como por la química. Esto no pretende ser
una clasificación de las ciencias, sino un cuadro que nos sirva de
orientación para ubicar la psicología. Además, las delimitaciones son
válidas sólo en cierta medida, porque los fenómenos, en la realidad, se
superponen, continúan o suceden.
Con respecto a la psicología, podemos decir que estudia los seres
humanos, pero lo hace desde un ángulo o enfoque particular, que
responde a la necesidad de atender determinado plano de su
organización como seres vivos. La psicología no es la única que estudia
al hombre y, por lo tanto, comparte su objeto con otras ciencias. Los
intentos de hallar un objeto específico y privativo para cada ciencia tienen
mucha relación con los supuestos metafísicos de estudiar entidades o
sustancias, y estas falacias han conducido históricamente a la psicología
a definir su objeto de estudio como el alma, la conciencia, la mente o el
psiquismo, olvidando que éstas son entidades abstractas con las cuales
se reemplazan los fenómenos concretos. Con este tipo de definición, el
objeto de estudio no queda claramente delimitado, sino que, por el
contrario, se desemboca en una complicada mitología de la que aún no
se han desembarazado del todo las modernas corrientes psicológicas.
Estas definiciones estructuran una psicología verbalista, o bien se
desarrolla una contradicción entre los fenómenos concretos estudiados y
las respectivas formulaciones teóricas.
No hay tal cosa como alma, psique, mente o conciencia; hay sí,
fenómenos psicológicos o mentales, pero el atributo no debe ser
transformado en sujeto ni en sustancia.
Por todo ello, nos parece importante partir de la afirmación de que la
psicología estudia, o debe estudiar, seres humanos reales y concretos.
Sabemos que el planteo de un problema implica un encuadre o limitación
de las respuestas al mismo; ya Sócrates decía que el que responde a
una pregunta no es el que la contesta, sino el que la formula. Si la
psicología estudia al hombre, siempre se halla implícita en ella una
determinada concepción del mismo. Inclusive dentro de la psicología que
se define como estudio de la mente o el alma, se halla incluida una
concepción del hombre que éste tiene de sí mismo en un determinado
momento histórico; porque estos supuestos no son meras
especulaciones que surgen por sí mismas de una actitud totalmente
contemplativa, sino que se hallan siempre vinculados a las
características culturales, sociales, de cada época. Cada organización
histórico-social tiene un tipo de imagen de sí misma.
Nos interesa partir de una concepción científica del hombre, a la cual ya
ha contribuido la psicología misma, y -como núcleo fundamental-
oponernos a algunas falacias, con las que históricamente se ha
constituido la psicología tradicional, pero que subsisten en cierta medida
aún en la psicología contemporánea.
El mito del hombre natural
Se postula, en este tipo de concepción, la existencia de un estado o
esencia originaria del ser humano, que se ha corrompido o distorsionado
por la influencia de la civilización; en pugna con lo socialmente adquirido,
que constituye lo artificial, el estado natural del hombre es sustentado
como lo genuino o ideal. De aquí se ha inferido en algunas oportunidades
que el camino correcto es el de la “vuelta a la naturaleza”, el retorno al
estado originario, natural, desechando o apartando todo lo culturalmente
adquirido y condicionado en el ser humano.
Es evidente, en esta hipótesis, la tradición religiosa de la misma, aunque
ha sido sustentada por autores no religiosos. En la actualidad tiene un
valor histórico, pero no es infrecuente encontrar que forma parte de la
posición teórica o del esquema referencial de algunos desarrollos
psicológicos.
En este tipo de postulación se implica que el hombre natural es bueno, y
tiene cualidades que se pierden o perturban por influencia de la
organización social; de tal manera se llegó a construir una imagen de
este tipo ideal de ser humano, o a suponerlo existente en culturas o
poblaciones de organización primitiva. El desarrollo de la cultura da, así,
un barniz superficial al ser humano, pero por debajo de éste se halla su
naturaleza originaria, que de esta manera es inamovible y fija, y puede
ser reencontrada o puesta nuevamente en primer término.
En este aspecto, sostuvieron posiciones similares autores tan diversos
como Rosseau, Klages y Lessing; en el siglo diecisiete Hobbes, Spinoza
y Locke postulaban un “estado natural” anterior a la civilización, y ello
implicaba considerar a esta última como artificial y convencional. Para
Rosseau, las artes y las ciencias han producido una decadencia del ser
primitivo, esencialmente bueno, que así se ha corrompido por la
influencia cultural, apartándose de su relación directa y sana con la
naturaleza y de su bondad originaria; la cultura es algo artificioso, y por
ser antinatural provoca la decadencia del ser humano. Más
modernamente, Klages sostuvo una oposición entre alma y espíritu; la
primera se halla en relación directa e inmediata con la naturaleza,
mientras que el espíritu es la esfera racional, la fuerza lógica que
destruye progresivamente a la primera. Lessing desarrolló también un
“naturalismo” como la fuente auténtica de la vida, distorsionada por la
acción de los hombres.
En la teoría del “hombre natural” hay que reconocer, según lo establece
correctamente Bidney, dos cosas diferentes: por un lado la suposición de
un estado natural prehistórico originario, del cual ha emergido el hombre
actual, y -en segundo lugar y por otra parte- un estado universal
presente, por el cual el hombre en todos los lugares y en todos los
tiempos es el mismo; no se trata, en este último caso, de una condición
genética pretérita, sino de una condición universal del ser humano que
subsiste como tal por debajo de las modificaciones culturales, que son
así meramente superficiales.
Sabemos en la actualidad que no existe tal “hombre natural”, y que esta
teoría es la prolongación, en el campo científico, de esta fantasía de
carácter religioso, que supone al hombre engendrado en forma “pura” por
las manos de Dios, para luego sufrir una decadencia o “caída” en el
pecado y la culpa. La teoría del hombre natural no es tampoco una
postulación aislada, sino que integra o forma parte de toda una
concepción que considera el mundo total como invariable y fijo, y que,
además del hombre natural, postula una justicia natural, un derecho
natural, etcétera. En otros términos, es parte de una ideología.
Las investigaciones antropológicas han demostrado, en forma
incontrovertible, que los individuos de culturas primitivas tampoco son
seres naturales, y que su personalidad está funcionalmente
correlacionadas con la estructura total de su respectiva organización
social, que tampoco es simple y sencilla, sino altamente compleja.
Sabemos que el hombre es un producto histórico; transforma la
naturaleza y, en ese proceso, crea la cultura y transforma su propia
naturaleza. Con el hombre aparece una nueva manera de adaptarse: la
de crear nuevas condiciones ambientales transformando el medio
natural, y este proceso lo puede realizar, en parte, previendo los
resultados y los objetivos. El hombre mismo es también producto de un
desarrollo histórico y deviene una nueva naturaleza: la humana.
El hombre aislado
Es otro de los supuestos muy enraizados en nuestra cultura y, por lo
tanto, en nuestras teorías científicas. Se supone que el ser humano es
originaria y primitivamente -tanto como especie cuanto como individuo-
un ser aislado, no social, que asimila con esfuerzo y gradualmente la
necesidad de relacionarse con otros individuos; de esta manera, un
problema que se planteaba a la psicología era el de investigar cómo los
seres humanos entran en relación los unos con los otros y, para ello, se
emitió la hipótesis -entre otras- de un instinto gregario o de una energía
especial, la libido.
Esta abstracción está muy estrechamente relacionada con la anterior, la
del hombre natural, y ambas pasan por alto el hecho de que el hombre
sólo es tal en función de ser social y que, incluso, el alto grado de
individualidad del cual es un reflejo este postulado, es también un
producto social. En síntesis, se puede decir que aún este hombre
aislado, que toma en cuenta con frecuencia la psicología, es también un
producto social, y que esta teoría, llamada por algunos la teoría de los
Robinson Crusoe, no tiene ningún fundamento valedero.
El problema viene justamente, en la actualidad, a plantearse en términos
totalmente invertidos; ya no se trata de saber cómo individuos aislados
devienen seres sociales, sino cómo de integrantes de una cultura y de
seres eminentemente sociales, llegan a producirse o resultar hombres
aislados. Inclusive, desde el punto de vista de su desarrollo biológico a
partir de la vida intrauterina, el ser humano vive en una intensa y
profunda compenetración con la vida de otros seres humanos, en una
verdadera situación simbiótica, y la investigación recae en el complejo
proceso de aculturación por el cual se pasa de esta condición indivisa,
primitivamente no diferenciada, a la condición de individuo y persona.
El hombre aislado
Es uno de los errores conceptuales y metodológicos mas serios en que
se incurre en el campo de la psicología, por derivación del error filosófico
correspondiente. Consiste en estudiar al ser humano como determinado,
aislado de las situaciones reales, históricas y presentes, en la que
transcurre su vida, se forma su personalidad y se establecen sus
relaciones de todo tipo.
De esto resulta que cuanto más abstracto es el hombre que se estudia,
más idénticas resultan sus características y más fijas, eternas e
inmutables las categorías que se elaboran. La abstracción conduce tanto
a la concepción del hombre aislado como a la del hombre natural,
descartando las variantes sociales y culturales como agregados no
sustanciales del ser humano, que se superponen e incluso subvierten
una primitiva naturaleza.
Esto ha conducido a generalizaciones y conclusiones erróneas, a
conceptos y nociones estériles, y a una mitología de entidades
psicológicas. Pero además, como lo expresa Foucault, “tratándose de los
hombres, la abstracción no es solamente un error intelectual”, porque
trasciende como ideología no sólo al campo científico, sino también al
campo político y social, como instrumento de dominio y control.
Por lo contrario, la psicología moderna tiende a considerar todos los
fenómenos psicológicos como derivados de determinadas relaciones e
interacciones concretas del ser humano, como ser social, con las
situaciones reales de su vida. Este es el aspecto que, aún con
inconsecuencias y errores diversos, incorpora a la psicología el
advenimiento de las distintas escuelas de los últimos cincuenta o sesenta
años, y éste es el déficit más serio de la psicología tradicional. En esta
última se estudia al hombre en general, la percepción y la memoria, por
ejemplo, como entidades en sí, y no a este hombre que percibe o que
recuerda, a esto que es percibido y recordado, en esta estructura social y
económica, en este momento y en esta situación.
Este proceso de abstracción, realismo y formalismo de la psicología
tradicional y el papel innovador de las corrientes psicológicas modernas
han sido analizados en forma talentosa por Politzer, a cuyo libro
remitimos al lector interesado.
Individuo sociedad
Es una falsa antinomia de la cual aún está profundamente impregnada la
psicología, tanto como otros campos científicos. Supone que el individuo
está limitado, distorsionado o coaccionado por la organización social. Se
relaciona muy estrechamente con la concepción del hombre aislado, en
cuanto supone que para lograr los beneficios de la vida social, los seres
humanos hemos tenido y tenemos que sacrificar la satisfacción de
tendencias individuales, que son incompatibles con las normas sociales y
la organización cultural en general.
Estos supuestos tienden a ocultar el ingrediente irracional de la
organización social, adjudicándolo a una primitiva organización animal
del ser humano que aún subsiste en cada uno de nosotros, con lo que se
salva superficialmente una contradicción profunda implícita en la misma
estructura social. Ésta es, en sí, compleja y contradictoria, y tales
contradicciones se reflejan en el ser humano, social e individualmente
considerado. Se trata así de “salvar” la sociedad en su organización
presente, considerando malo y animal al hombre, atribuyendo a este
último todos los desajustes de nuestra organización. Es lo contrario del
mito del hombre natural, en el cual el hombre es bueno y la sociedad es
mala; por ello en algún período, esta última tesis fue sustentada como
una crítica social y una tendencia renovadora y progresista.
Si tomamos el caso de la delincuencia, la guerra o la prostitución, el
esquema planteado por esta antinomia individuo-sociedad las postula
como resultantes de impulsos instintivos, primitivos o animales, que aún
subsisten en todos los individuos y que, en un momento dado,
sobrepasan las barreras del control y la represión cultural. El problema
reside, realmente, en que la misma sociedad que reprime y prohíbe la
delincuencia y la prostitución y rechaza las guerras tiene
contradictoriamente en su seno los elementos causales de las mismas,
en forma de componentes sociales irracionales, no dominados.
Hay una permanente y estrecha relación entre individuo y sociedad y
sólo se puede comprender el uno por el otro; como seres humanos,
dependemos en alto grado de la naturaleza, de nuestros semejantes y de
la organización social para satisfacer necesidades.
Innato adquirido
Es una antinomia en la que se ha concentrado durante mucho tiempo la
investigación y la polémica, y que está muy relacionada con otras
antinomias, como las de naturaleza-sociedad, herencia-aprendizaje,
etcétera.
Todas estas contradicciones están acuñadas en el formalismo y en la
falta de comprensión del proceso dialéctico, pero a su vez esto no ocurre
únicamente como proceso intelectual o ideológico, sino que además
enclava o se sustenta en la lucha entre el “fijismo” y las corrientes
sociales progresistas; todas las posiciones y fuerzas en lucha por
mantener el concepto de una naturaleza y una sociedad fija e inmutable,
hecha ya de una vez para siempre, se adhirieron a las teorías que
postulaban lo innato, mientras que todas aquellas fuerzas que
propugnaban el mejoramiento y el progreso de la organización social
pusieron el énfasis sobre el aprendizaje, lo adquirido, el cambio y el
desarrollo.
El ser humano
En contraposición a los dualismos metafísicos de los cuales aún está
impregnado todo nuestro conocimiento científico, la concepción dialéctica
tiende a considerar en un primer plano la unidad e interdependencia de
todos los fenómenos, y a ver todas las antítesis como fases o momentos
de un proceso. De esta manera pierden vigencia las discusiones e
investigaciones que aíslan al ser humano, o tratan en forma abstracta
una parte de sus manifestaciones, sin conexión con la naturaleza y su
medio social. El ser humano puede ser entonces caracterizado por lo
siguiente:
a) Su condición de pertenecer a una naturaleza muy peculiar: la
humana. A partir del Renacimiento es cuando el hombre comprende
que forma parte de la naturaleza, pero mucho más tardíamente
acepta que forma parte, además, de una naturaleza distinta y muy
particular; su condición de ser social hace que paulatinamente se
estructure una síntesis integrada de naturaleza y sociedad, en la
que ésta última no es un factor superficial que modifica
características transitorias o no esenciales del ser humano, sino que
cambia profunda y sustancialmente la primitiva condición de ser
natural, en el sentido de depender en gran parte, o totalmente, de la
naturaleza.
b) Su condición de ser concreto, esto es, que pertenece a determinada
cultura, a determinada clase social, grupo étnico, religioso, y que
esta pertenencia no es casual o aleatoria, sino que integra su ser y
su personalidad. Que no se debe estudiar la conciencia o la
atención in abstracto, sino la conducta concreta de tal individuo o de
tal grupo en tales condiciones concretas y en un momento dado.
c) Su condición de ser social, sólo por lo cual es un ser humano, que
sólo llega a ser tal por la incorporación y la organización de
experiencias con los demás individuos; el conjunto de las relaciones
sociales es lo que define al ser humano en su personalidad.
d) Su condición de ser histórico, tanto en el sentido individual como
social, es el producto de un desarrollo en el cual emergen nuevas
potencialidades, que no se dan de una vez para siempre en forma
fija e inmutable. Este alto grado de desarrollo depende de una
compleja organización de la materia viva y es reflejo de la estructura
social en el más amplio sentido.
e) Porque el medio ambiente del ser humano es un ambiente social,
del que provienen los estímulos fundamentales para la organización
de sus cualidades psicológicas.
f) Porque no puede conocerse la condición del ser humano por pura
reflexión; el conocimiento que de alcanza está, a su vez,
socialmente condicionado.
g) Porque el hombre es el único de los seres vivos que puede
pensarse a sí mismo como objeto, utilizar el pensamiento, concebir
mbolos universales, crear un lenguaje, prever y planificar su
acción, utilizar instrumentos y técnicas que modifican su propia
naturaleza. Aún formando parte de la naturaleza, puede en cierta
medida ser independiente de ella. Todo esto está en estrecha
relación con su posibilidad -distinta a la de todos los animales- de
producir sus medios de subsistencia.
h) Que la producción de esos medios de subsistencia crea la matriz
fundamental de todas las relaciones humanas.
La psicología y el ser humano - José Bleger.pdf
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