
Recordemos que uno de los dos hijos de un rico estanciero le solicitó a su padre le anticipase la
parte de la herencia que le correspondía. Hecho esto, el heredero recibió todos los bienes y se
fue a otros lares, donde malgastó en farras toda la herencia hasta caer en una pobreza tan
profunda que, trabajando como cuidador de chanchos para poder sobrevivir, envidiaba la
comida que los cerdos disfrutaban. Recordando lo bien que se estaba en la casa del padre y
arrepentido de su estupidez, volvió allí para pedir perdón. El padre no solo lo perdonó,
abrazándolo y colmándolo de besos, sino que hizo que lo vistieran con las mejores ropas
domingueras, que mataran a la mejor vaquillona para hacer un asado, donde lo sentó a su
derecha, en la misma cabecera de la mesa. El hijo mayor, el que se había quedado con el padre,
ayudándolo en los trabajos, ordeñando de madrugada, recorriendo los rodeos, arreglando
alambradas, como cualquier peón, además de ocuparse en la administración del campo, se
enojó. Invocó razones de justicia conmutativa (prestación igual a contraprestación),
principios de justicia distributiva (adjudicación según los méritos) y exigencias de
justicia legal (normas sucesorias de orden público), pero el padre tuvo una todavía mejor
razón: concebir a la justicia como ágape (o agapé, en su origen griego), lo que la
emparenta muy estrechamente con la misericordia y la caridad (etimológicamente tiene
la misma raíz que “carisma” -también un don que debe transmitirse gratuitamente,
recordemos la parábola de los talentos- y “caridad”).
En sentido etimológico la expresión “agapé” quiere indicar un amor de donación, de pura
entrega: como enseña Benedicto XVI en la encíclica Deus caritas est (“Dios es amor”, DC) el
agapé es transmisión del don recibido (cfr. nº 7) lo que, más allá de su valor místico, religioso y
moral, tiene una trascendencia especial en lo social.
En nuestro lenguaje habitual “agapé” no sólo mudó en “ágape” sino que a la vez redujo su
significado al de un banquete celebratorio. Pero este uso popular no se encuentra demasiado
descarriado. El agapé era (y lo sigue siendo) la ocasión en donde, compartiendo la mesa, los
primitivos cristianos celebraban la eucaristía, es decir, recordaban y renovaban (creemos que
en una milagrosa realidad) la distribución del pan y del vino (Su Carne y Su Sangre) por Jesús en
la Ultima Cena, el último banquete con sus discípulos. Aquí -anunciando la Cruz y la
Resurrección- Jesús se dio, se entregó, totalmente. El don máximo, y el máximo perdón (“por
don”, es decir, un acto gratuito, no debido) que el Crucificado brindó a la humanidad de todos
los tiempos (Lc 23, 34).
El agapé sigue siendo un fuerte elemento cultural de nuestra civilización. Recordemos el
maravilloso film “La fiesta de Babette” del dinamarqués Isak Dinensen, donde Babettte, con total
gratuidad, ofrece un banquete de unidad y reconciliación (agapé) a los pobladores de un
pequeño poblado danés. O bien, ya en dimensión católica, “El árbol de los zuecos” del genial
Ermanno Olmi, en la escena donde el pobrecito enfermo mental es recibido en las humildísimas
viviendas de los trabajadores de una explotación rural lombarda.
Allí los pobres, rezando, comparten con el enfermo, más pobre que ellos, sus magros alimentos.
Era, para ellos, la visita del Señor porque cada vez que daban de beber al sediento y comer al
hambriento y visitaban al enfermo, con Él lo hacían. Este también es un banquete, un don o
donación de sí mismo. No en vano el documento de Aparecida recuerda (n° 397) las palabras de
Jesús: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos”
(Lc 14, 13).
No debería tampoco sorprender que las dos parábolas que elegí para destacar la
revolución evangélica del valor mismo de la justicia, tengan como escenario un
“banquete”, una comida festiva. Allí, en el agapé, en el amor de donación, es donde se
realiza la justicia transfigurada. Y esta justicia transfigurada -la justicia como ágape- es la
justicia de la inclusión.
Como ya lo hemos visto, la inclusión no pasa por subsidios populistas, ni a las empresas (salvo
en casos justificados de fomento; v. gr., radicación de empresas en zonas desfavorables para
procesos productivos con ocupación significativa de mano de obra) ni a los individuos (salvo
durante períodos de tiempo determinados y a través de mecanismos personalizados y
bancarizados). Las políticas de inclusión son por demás complejas. Para concebirlas y