plebeyo que los militares veían en el gobierno, y sobre todo por la presencia, acción y palabra, difíciles de aceptar,
de la esposa del presidente.
Según la concepción de Perón, el Estado, además de dirigir la economía y velar por la seguridad del pueblo,
debía ser el ámbito donde los distintos intereses sociales, previamente organizados, negociaran y dirimieran sus
conflictos. Esta línea -ya esbozada en la década de 1930- se inspiraba en modelos muy difundidos por entonces,
que pueden filiarse tanto en Benito Mussolini como en el mexicano Lázaro Cárdenas, y rompía con la concepción
liberal del Estado. Implicaba una reestructuración de las instituciones republicanas, una desvalorización de los
espacios democráticos y representativos y una subordinación de los poderes constitucionales al Ejecutivo, lugar
donde se asentaba el conductor, cuya legitimidad derivaba menos de esas instituciones que del plebiscito popular.
Paradójicamente, un gobierno surgido de una de las escasas elecciones inobjetables que hubo en el país
recorrió con decisión el camino hacia el autoritarismo. Así, en 1947 reemplazó a la Corte Suprema mediante un
juicio político escasamente convincente. Utilizó con amplitud el recurso de intervenir las provincias; en muchos
casos -en Santa Fe, Catamarca, Córdoba, entre otros-, y en la mejor tradición argentina, lo hizo para resolver
cuestiones entre sectores de su heterogénea cohorte de apoyos. Pero en un caso, en Corrientes, y sin que mediara
conflicto alguno, lo usó para deponer al único gobernador no peronista elegido en 1946. Una ley acabó en 1947
con la autonomía universitaria, estableciendo que toda designación docente requería de un decreto del Ejecutivo.
El Poder Legislativo fue formalmente respetado -el
Corpus
legislativo elaborado en esos años fue abundante-, pero
se lo vació de todo contenido real: los proyectos se preparaban en oficinas de la presidencia, y se aprobaban sin
modificaciones; los opositores fueron acusados de desacato, excluidos de la Cámara o desaforados, como ocurrió
en 1949 con Ricardo Balbín, y la discusión parlamentaria fue eludida recurriendo al “cierre del debate”,
especialidad del diputado José Astorgano. En 1951, una modificación del sistema de circunscripciones electorales -
diagramado por Román Subiza, secretario de Asuntos Políticos-redujo al mínimo la representación opositora en la
Cámara de Diputados. El avance del Ejecutivo llegó también al “cuarto poder”: con recursos diversos, el gobierno
formó una importante cadena de diarios y otra de radios, que condujo desde la Secretaría de Prensa y Difusión,
administrada por Raúl Alejandro Apold, a quien la oposición solía comparar con el doctor Goebbels. Los diarios
independientes fueron presionados de mil maneras: cuotas de papel, restricciones a la circulación, clausuras
temporarias, atentados, y en dos casos extremos
-La Prensa
y
La Nueva Provincia,
en 1951- la expropiación. La
reforma de la Constitución, realizada en 1949, acabó con la última y gran salvaguardia institucional al
autoritarismo y estableció la posibilidad de la reelección presidencial. Dos años después, en noviembre de 1951,
Juan Domingo Perón y Juan Hortensio Quijano fueron reelectos, obteniendo en la ocasión -cuando votaron por
primera vez las mujeres- alrededor de las dos terceras partes de los sufragios.
Para Perón, tan importante como afirmar la preeminencia del Ejecutivo sobre el resto de las instituciones
republicanas fue dar forma al heterogéneo conjunto de fuerzas que lo apoyaba, proveniente de diferentes sectores,
con tradiciones diversas, y muchas veces nutrido de cuadros y militantes sin experiencia ni formación política. A
todo ello había que darle un disciplinamiento y una organización acordes con los principios políticos más
generales del peronismo, y además evitar tanto los conflictos internos como la posibilidad de que encarnaran y
transmitieran tensiones y demandas desde la base de la sociedad. Para ello recurrió a un método muy tradicional,
ya practicado por Roca, Yrigoyen y Justo: el uso de la autoridad del Estado para disciplinar las fuerzas propias, y
uno novedoso, la utilización de su liderazgo personal e intransferible -compartido con su esposa-, que se
constituyó de manera natural, pero que luego fue cuidadosamente alimentado por la maquinaria propagandística.
En el Congreso, Perón exigió de cada diputado o senador una renuncia en blanco, como garantía de su disciplina.
El Partido Peronista, creado en 1947, adoptó una organización totalmente vertical, donde cada escalón se
subordinaba a la decisión del nivel superior, hasta culminar en el líder, presidente del país y del partido, con
derecho a modificar cualquier decisión partidaria. Se trataba de una versión local del célebre
Führerprinzip