IV. El gobierno de Perón, 1943-1955
El GOBIERNO militar que asumió el 4 de junio de 1943 fue encabezado sucesivamente por los generales Pedro
Pablo Ramírez y Edelmiro J. Farrell. El coronel Juan Domingo Perón, uno de sus miembros más destacados, logró
concitar un vasto movimiento político en torno de su persona, que le permitió ganar las elecciones de febrero de
1946, poco después de que su apoyo popular se manifestara en una jornada por demás significativa, el 17 de
octubre de 1945. Perón completó su período de seis años y fue reelecto en 1951, para ser derrocado por un golpe
militar en septiembre de 1955. En estos 12 años en que fue la figura central de la política, al punto de dar su
nombre al movimiento que lo apoyaba, Perón y el peronismo imprimieron a la vida del país un giro sustancial y
perdurable.
La emergencia
La revolución del 4 de junio fue inicialmente encabezada por el general Rawson, quien renunció antes de prestar
juramento, y fue reemplazado por el general Pedro Pablo Ramírez, ministro del último gobierno constitucional. El
episodio es expresivo de la pluralidad de tendencias existentes en el grupo revolucionario y de su indefinición
acerca del rumbo a seguir, más allá de coincidir en la convicción de que el orden constitucional estaba agotado y
que la proclamada candidatura de Patrón Costas no llenaría el vacío de poder existente. El nuevo gobierno suscitó
variadas expectativas fuera de las Fuerzas Armadas, pues muchos concordaban con el diagnóstico, y además
esperaban algo del golpe, incluso los radicales; sin embargo, se constituyó casi exclusivamente con militares, y el
centro de las discusiones y las decisiones estuvo en el Ministerio de Guerra, controlado por un grupo de oficiales
organizado en una logia, el Grupo de Oficiales Unidos (GOU), en torno del ministro de Guerra Farrell.
Los militares en el gobierno coincidían en la necesidad de acallar la agitación política y la protesta social:
proscribieron a los comunistas, persiguieron a los sindicatos e intervinieron la Confederación General del Trabajo
(CGT) -por entonces dividida-, disolvieron Acción Argentina, que nucleaba a los partidarios de romper relaciones
con el Eje, y más tarde hicieron lo mismo con los partidos políticos, intervinieron las universidades dejando
cesante a un vasto grupo de profesores de militancia opositora y finalmente establecieron la obligatoriedad de la
enseñanza religiosa en las escuelas públicas. Contaron con la colaboración de un elenco de nacionalistas y
católicos integristas, algunos de antigua militancia junto a Uriburu, quienes dieron el tono al régimen militar:
autoritario, antiliberal y mesiánico, obsesionado por la fundación de un orden social nuevo y por evitar el caos del
comunismo que, según pensaban, sería la secuela inevitable de la posguerra. No le fue difícil a la oposición
democrática identificar al gobierno militar con el nazismo.
Sin embargo, en el gobierno había, junto con algunos que simpatizaban con Alemania, otros proaliados y muchos
partidarios de mantener la neutralidad que había practicado el gobierno de Castillo, benevolente con Gran
Bretaña. Por otra parte, en 1943 la guerra estaba evolucionando de un modo tal que un alineamiento con el Eje
era impensable. De hecho, el acuerdo comercial con Gran Bretaña se mantuvo. Estados Unidos, en cambio, atacó
con fuerza creciente a uno de los dos únicos gobiernos americanos renuentes a acompañarlo en la guerra con el
Eje, y además sospechoso de apañar a los nazis. El Departamento de Estado emprendió una cruzada contra los
militares, desinteresándose de las repercusiones internas de su acción e ignorando los gestos de acercamiento del
gobierno argentino. Esto permitió a los más acérrimos partidarios de la neutralidad ganar posiciones, de modo que
el conflicto se desenvolvió en una escalada creciente: para Estados Unidos -como ha subrayado C. Escudé- era una
cuestión de prestigio y un imperativo moral acabar con los militares, y para éstos, una cuestión de principio no
aceptar el
diktat
del Departamento de Estado. A principios de 1944, luego de que Ramírez decidiera romper
relaciones con el Eje, fue desplazado por los oficiales más decididamente antiestadounidenses. Aislado en lo
interno y también en lo externo, el gobierno se encontró metido en un callejón sin salida. Ésta fue finalmente
proporcionada por uno de los oficiales que por entonces había ascendido en forma notable dentro del gobierno: el
coronel Juan Domingo Perón, uno de los miembros más influyentes del GOU, secretario del ministro de Guerra
Farrell y luego ministro, cuando Farrell reemplazó a Ramírez en la presidencia en febrero de 1944. Poco después,
en julio, y luego de desplazar a varios posibles competidores, Perón llegó a ser vicepresidente y el alma verdadera
del gobierno.
Perón sobresalía entre sus colegas por su capacidad profesional y por la amplitud de sus miras políticas. Una
estadía en Europa en los años anteriores a la guerra le había hecho admirar los logros del régimen fascista italiano,
así como comprobar los terribles resultados de la Guerra Civil en España. La clarividencia y la preocupación lo
llevaron a ocuparse de un actor social poco tenido en cuenta hasta entonces: el movimiento obrero. A cargo de la
Dirección Nacional del Trabajo -que poco después convirtió en secretaría-, se dedicó a vincularse con los
dirigentes sindicales. Todos fueron convocados, con excepción de los dirigentes comunistas, quienes luego de un
frustrado acercamiento inicial, resultaron sistemáticamente perseguidos y erradicados de sus posiciones. Al resto
se los impulsó a organizarse y a presentar sus demandas, que empezaron a ser satisfechas: además de dirimir
conflictos específicos, por la vía de contratos colectivos, que supervisaba la Secretaría, se extendió el régimen de
jubilaciones, de vacaciones pagas, de accidentes de trabajo, se ajustaron las categorías ocupacionales y, en general,
se equilibraron las relaciones entre obreros y patrones, incluso en la actividad misma de las plantas. En muchos
casos se trataba simplemente de aplicar disposiciones legales ignoradas. La sanción del Estatuto del Peón innovó
en lo sustancial, pues extendió estos criterios al mundo rural, introduciendo un elemento público en relaciones
manejadas hasta entonces en forma paternal y privada.
Desde la Secretaría de Trabajo, Perón expandía los mecanismos del Estado árbitro, esbozados durante el
gobierno de Yrigoyen y apenas utilizados durante la década del treinta, con la excepción de Fresco en la provincia
de Buenos Aires, y a la vez estimulaba la organización de los trabajadores, incentivaba sus reclamos y presionaba
para que éstos fueran satisfechos. La reacción de los dirigentes sindicales fue al principio de duda y desconcierto.
Desde principios de siglo habían ido reconociendo el papel central del Estado en las relaciones con los patrones y
se habituaron a negociar con él. Pero más recientemente, y ante gobiernos muy poco interesados en desempeñar
ese papel mediador, habían hecho un acuerdo con los partidos políticos opositores, en el que los reclamos
sindicales se fundían con la demanda democrática, según las líneas de los frentes populares. La tendencia original
sindicalista, sin embargo, no había desaparecido: en 1942, la CGT se dividió entre un sector más afín a los partidos
opositores, encabezado por los comunistas y muchos de los dirigentes socialistas, y otro más identificado con la
vieja línea sindicalista, donde se alineaban los gremios ferroviarios. La propuesta de Perón agudizó una discusión
ya existente entre los dirigentes sindicales: el Frente Popular perdía atractivo, pero a la vez la polarización de la
guerra lo revitalizaba; las mejoras ofrecidas eran demasiado importantes como para rechazarlas o enfrentar al
gobierno, so pena de perder el apoyo de los trabajadores. Los sindicalistas adoptaron lo que Juan Carlos Torre
llamó una estrategia oportunista: aceptaron el envite del gobierno sin cerrar las puertas a la “oposición
democrática”.
Tampoco las cerraba el propio Perón, dispuesto a hablar con todos los sectores de la sociedad y la política,
desde los radicales hasta los dirigentes de las sociedades de fomento, y capaz de sintonizar con cada uno el
discurso adecuado, aunque dentro de una constante apelación a “todos los argentinos”. A sus colegas militares les
señalaba los peligros que entrañaba la posguerra, la amenaza de desórdenes sociales y la necesidad de un Estado
fuerte que interviniera en la sociedad y en la economía, y que a la vez asegurara la autarquía económica. En el
Consejo Nacional de Posguerra que constituyó, insistió en la importancia de profundizar las políticas de seguridad
social, así como de asegurar la plena ocupación y la protección del trabajo, ante la eventual crisis que pudieran
sufrir las industrias crecidas con la guerra. A los empresarios les señaló la amenaza que entrañaban las masas
obreras desorganizadas y el peligro del comunismo, que se veía avanzar en Europa. Ante unos y otros se
presentaba como quien podía canalizar esa efervescencia, si lograba para ello el poder necesario. Pero los
empresarios fueron desconfiando cada vez más del “bombero piromaníaco” -según la feliz imagen de A. Rouquié-
que agregaba combustible a la caldera, hasta el límite de su estallido, y al mismo tiempo controlaba la válvula de
escape. Progresivamente, las agrupaciones patronales fueron tomando distancia de Perón y de la política de la
secretaría, mientras éste en paralelo acentuaba su identificación con los obreros, subrayaba su prédica
anticapitalista y desarrollaba ampliamente en su discurso los motivos de la justicia social. A la vez, se fueron
reduciendo las reticencias de los dirigentes sindicales, quienes encontraban en los partidos democráticos un eco y
un interés mucho menor que el demostrado por el coronel Perón.
La oposición democrática, que para definir su propia identidad había encontrado en el gobierno militar un
enemigo mucho más adecuado que el viejo régimen oligárquico, empezó a reconstituirse a medida que el
avizorado fin de la guerra hacía más difícil la intransigencia del gobierno. La liberación de París, en agosto de
1944, dio pie a una notable manifestación claramente antigubernamental, y desde entonces un vigoroso
movimiento social ganó la calle y revitalizó los partidos políticos. El gobierno mismo estaba en retirada: en marzo
de 1945, y ante la inminencia del fin del conflicto, aceptó el reclamo de Estados Unidos -donde una nueva
conducción en el Departamento de Estado prometía una relación más fácil- y declaró la guerra al Eje, condición
para ser admitidos en las Naciones Unidas, que empezaban a constituirse. Al mismo tiempo, y por iguales razones,
liberalizó su política interna. Los partidos opositores reclamaron la retirada lisa y llana de los gobernantes y la
entrega del poder a la Corte Suprema, último vestigio de la legalidad republicana, y sellaron su acuerdo para las
elecciones que veían próximas: la Unión Democrática expresaría el repudio de la civilidad a los militares y la total
adhesión a los principios de los vencedores en la guerra. El frente político, que incluía a comunistas, socialistas y
demoprogresistas, y contaba con el apoyo implícito de los grupos conservadores, estaba animado por los radicales,
aunque un importante sector del partido, encabezado por el cordobés Amadeo Sabattini, rechazó la estrategia
“unionista” y reclamó una postura intransigente y “nacional”, que apostaba a algunos interlocutores en el Ejército,
adversos a Perón. Esa posición no prosperó, y la Unión Democrática fue definiendo su frente y sus alianzas: en
junio de 1945 un Manifiesto de la Industria y el Comercio repudiaba la legislación social del gobierno. En
septiembre de 1945, una multitudinaria Marcha de la Constitución y de la Libertad terminó de sellar la alianza
política, pero también social, que excluía a la mayoría de los sectores obreros, otrora animadores del Frente
Popular.
El Ejército, presionado por la opinión pública y ganado por la desconfianza al coronel sindicalista, forzó su
renuncia el 8 de octubre, pero no encontró una alternativa: el general Ávalos, nuevo ministro de Guerra, y la
oposición democrática especularon con varias opciones, pero no pudieron definir ningún acuerdo. En medio de
esas vacilaciones un hecho novedoso volvió a cambiar el equilibrio: una multitud se concentró el 17 de octubre en
la Plaza de Mayo reclamando por la libertad de Perón y su restitución a los cargos que tenía. Los partidarios de
Perón en el Ejército volvieron a imponerse, el coronel habló a la multitud en la plaza y volvió al centro del poder,
ahora como candidato oficial a la presidencia.
Lo decisivo de la jornada de octubre no residió tanto en el número de los congregados -quizás inferior al de la
Marcha de la Constitución y de la Libertad de septiembre- cuanto por su composición, definidamente obrera. Su
emergencia coronaba un proceso hasta entonces callado de crecimiento, organización y politización de la clase
obrera. La industrialización había avanzado sustantivamente durante la guerra, tanto para exportar a los países
vecinos cuanto para sustituir las importaciones, escasas por las dificultades del comercio y también por el boicot
estadounidense. Lo cierto es que la ocupación industrial había crecido y que la masa de trabajadores industriales
había empezado a engrosar con migrantes rurales, expulsados por la crisis agrícola. No fue un crecimiento visible,
pues a menudo se desarrolló en la periferia de las grandes ciudades, como Rosario, La Plata o Buenos Aires, pero
sobre todo porque no se trataba de un actor social cuya presencia fuera esperada, ni siquiera para un observador
tan sagaz como Ezequiel Martínez Estrada, que lo ignoró en su versión de 1940 de
La cabeza de Goliat.
Pero allí
estaban, cada vez más compactos en
torno de unos sindicatos de fuerza acrecida, cada vez más entusiasmados con
la política de Perón, y finalmente cada vez más inquietos por su renuncia. En el marco de sus organizaciones, y
encabezados por sus dirigentes, quienes todavía no habían despejado todas sus dudas respecto del coronel,
marcharon el 17 a la Plaza de Mayo, el centro simbólico del poder, materializando un reclamo que en primer
lugar era político, pero que tenía profundas consecuencias sociales. Decidieron la crisis en favor de Perón,
inauguraron una nueva forma de participación, a través de la movilización, definieron una identidad y ganaron su
ciudadanía política, sellando al mismo tiempo con Perón un acuerdo que ya no se rompería. Probablemente
algunos de esos significados no fueron evidentes desde un principio -muchos creyeron ver en ellos a los sectores
marginales de los trabajadores, la “chusma ignorante” o el “lumpemproletariado”- pero, en forma paulatina se
fueron revelando, al tiempo que una imagen mítica y fundacional iba recubriendo y ocultando la jornada de
octubre real.
Con las elecciones a la vista, Perón y quienes lo apoyaban dedicaron a organizar su fuerza electoral. Los
dirigentes sindicales, fortalecidos por la movilización de octubre, decidieron crear un partido político propio, el
Laborista, inspirado en el que acababa de triunfar en Inglaterra. Su organización aseguraba el predominio de los
dirigentes sindicales, y su programa recogía diversos motivos, desde los más estrictamente socialistas hasta los
vinculados con el dirigismo económico y el Estado de bienestar. En el nuevo partido, Perón era, nada más o nada
menos, el primer afiliado y el candidato presidencial, una posición todavía distante de la jefatura plena que
asumiría luego. Quizá para buscar bases de sustentación alternativas, o para recoger apoyos más amplios fuera del
mundo del trabajo, Perón promovió una escisión en el radicalismo, la Unión Cívica Radical-Junta Renovadora, a
la que se integraron unos pocos dirigentes de prestigio, de entre quienes eligió a Jazmín Hortensio Quijano -un
anciano y pintoresco dirigente correntino-para acompañarlo en la fórmula. Las relaciones entre laboristas y
radicales renovadores fueron malas: aquéllos pretendían que el coronel Domingo Mercante, que había secundado
a Perón en la Secretaría de Trabajo, lo acompañara en la fórmula, pero debieron conformarse con colocarlo como
candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires. Apoyaron también a Perón muchos dirigentes
conservadores de segunda línea, y sobre todo lo respaldaron el Ejército y la Iglesia, que en una pastoral
recomendó, con pocos eufemismos, votar por el candidato del gobierno que había perseguido al comunismo y
establecido la enseñanza religiosa.
La Unión Democrática incluyó a los partidos de izquierda, pero -por la impugnación de los radicales
intransigentes- excluyó a los conservadores, que debieron resignarse a apoyarla desde fuera o pasarse
calladamente al bando de Perón, como hicieron muchos, movidos por la vieja rivalidad con el radicalismo. Sus
candidatos - José P. Tamborini y Enrique Mosca- provenían del riñón de la conducción alvearista del radicalismo.
Su programa era socialmente progresista -tanto quizá como el de Perón-, pero su impacto quedó diluido por el
entusiasta apoyo recibido de las organizaciones patronales. Sin embargo, para sus dirigentes y para las masas que
esta coalición movilizaba, lo esencial pasaba por la defensa de la democracia y la derrota del totalitarismo, que
había sucedido y en cierto modo prolongado al gobierno fraudulento. Así se había pensado la política en los
últimos diez años, con la segura convicción de que, en elecciones libres, los adalides de la democracia ganarían.
Pero el país había cambiado, en forma lenta y gradual quizás, aunque el descubrimiento de esas
transformaciones fue brusco y espectacular. Perón asumió plenamente el discurso de la justicia social, de la
reforma justa y posible, a la que sólo se oponía el egoísmo de unos pocos privilegiados. Estas actitudes sociales,
arraigadas en prácticas igual de consistentes, se venían elaborando en los diez o veinte años anteriores, lo que
explica el eco suscitado por las palabras de Perón, que contrapuso la democracia formal de sus adversarios a la
democracia real de la justicia social, y dividió la sociedad entre el “pueblo” y la “oligarquía”. Un segundo
componente de estos cambios, las actitudes nacionalistas, emergió en forma brusca como respuesta a la
intempestiva intervención en la elección del embajador estadounidense Spruille Braden, quien, reanudando el
virulento ataque del Departamento de Estado contra Perón, acusado de ser un agente del nazismo, respaldó
públicamente a la Unión Democrática. La respuesta fue contundente: “Braden o Perón” agregó una segunda y
decisiva antinomia y terminó de configurar el bloque del nacionalismo popular, capaz de enfrentar a lo que
quedaba del Frente Popular.
El 24 de febrero triunfó Perón por alrededor de 300 mil votos de ventaja, equivalentes a menos del 10% del
electorado. Fue un triunfo claro pero no abrumador. En las grandes ciudades, fue evidente el enfrentamiento
entre los grandes agrupamientos de trabajadores y los de clases medias y altas, pero en el resto del país las
divisiones tuvieron un significado más tradicional, vinculado al peso de ciertos caudillos, al apoyo de la Iglesia o a
la decisión de sectores conservadores de respaldar a Perón. Perón había ganado, pero el peronismo estaba todavía
por construirse.
Mercado interno y pleno empleo
El nuevo gobierno mantuvo la retórica antiestadounidense, que elaboró luego en la doctrina de la “tercera
posición”, distanciada tanto del comunismo como del capitalismo, pero estableció relaciones diplomáticas con la
Unión Soviética, e hizo lo posible para mejorar sus relaciones con Washington. Por presión de Perón, y venciendo
las reticencias de muchos antiguos nacionalistas que lo habían acompañado, el Congreso aprobó en 1946 las Actas
de Chapultepec, que permitían el reingreso a la comunidad internacional, y al año siguiente el Tratado
Interamericano de Asistencia Recíproca, firmado en Río. En el mismo lugar donde, cinco años antes, el país
manifestara plenamente su independencia diplomática, el canciller Juan Atilio Bramuglia se limitó en la ocasión a
plantear diferencias menores. Pero la hostilidad estadounidense, alimentada por viejas razones económicas -la
competencia de los granjeros- y motivos políticos más recientes, no disminuyó, y Estados Unidos siguió dispuesto
a hacer pagar a la Argentina por su independencia durante la guerra. El boicot fue sistemático. El bloqueo a
armamentos e insumos vitales no pudo mantenerse en la posguerra, salvo en algunos casos, pero el comercio
exterior era vulnerable. Las exportaciones industriales a los países limítrofes, que habían crecido mucho durante
la guerra, empezaron a retroceder ante la competencia estadounidense. Las exportaciones agrícolas a Europa -que
entraba a la paz literalmente hambrienta- fueron obstaculizadas por Estados Unidos, restringiendo los transportes
o vendiendo a precios subsidiados. La apetencia de los países maltrechos por la guerra era demasiado grande para
que esto impidiera las ventas, pero en rigor ninguno de ellos poseía ni productos para intercambiar ni divisas
convertibles que el país pudiera usar para saldar sus compras en Estados Unidos, de modo que en estos años
excepcionales la Argentina cosechó beneficios modestos. En 1948, se lanzó el Plan Marshall, pero Estados Unidos
prohibió que los dólares aportados a Europa se usaran para importaciones de la Argentina. Ya desde 1949, las
economías europeas se recuperaron, Estados Unidos inundó el mercado con cereales subsidiados y la participación
argentina disminuyó drásticamente. Para el gobierno quedaba la esperanza de que una nueva guerra mundial
restableciera la situación excepcional de principios de los años cuarenta, y en verdad no faltaban indicios en ese
sentido, como la crisis de Berlín o la guerra de Corea, que estalló en 1950. El acotamiento del conflicto y la rápida
respuesta de Estados Unidos para impedir una alteración del mercado mundial acabaron con la última esperanza.
Gran Bretaña no aceptó las presiones estadounidenses para restringir sus compras en la Argentina. Además de
la carne, estaban en juego las libras argentinas bloqueadas en Londres durante la guerra y las inversiones
británicas radicadas en el país. La magnitud de las deudas británicas -la Argentina era sólo un acreedor menor-
hacía impensable el pago de las libras. La pésima situación de las empresas ferroviarias, la descapitalización y
obsolescencia y la pérdida general de rentabilidad hacían conveniente para los británicos desprenderse de ellas.
Luego de una larga y compleja negociación, se arregló la compra de los ferrocarriles por un valor similar a las
libras bloqueadas y un acuerdo sobre venta de carne, que sería en lo sucesivo pagada en libras convertibles. Tras la
retórica nacionalista que envolvió esta operación -presentada como parte del programa de independencia
económica y celebrada con una gran manifestación en la Plaza de Mayo- se trataba sin duda de un éxito británico,
frente a un país que no tenía mejor opción. La crisis financiera británica de 1947 y el abandono de la
convertibilidad de la libra acabaron con la única ventaja importante obtenida.
Vender cereales fue cada vez más difícil y vender carne, cada vez menos interesante. La consecuencia fue una
reducción de la producción agropecuaria -motivada también por otros aspectos de la política económica- que se
acompañó de un crecimiento sustantivo de la parte destinada al consumo interno. El lugar en el mundo que
tradicionalmente tenía la Argentina, como productor privilegiado de bienes agropecuarios, fue haciéndose menos
significativo y esto contribuyó a definir las opciones -económicas y políticas- que la guerra había planteado.
La Segunda Guerra Mundial, la crisis de los mercados y el aislamiento, acentuado por el boicot
estadounidense, habían contribuido a profundizar el proceso de sustitución de importaciones iniciado en la
década anterior, que, extendiéndose más allá de los límites considerados “naturales” -la elaboración de materias
primas locales-, avanzó en el sector metalúrgico y otros. Una empresa típica, Siam Di Telia, que había comenzado
elaborando máquinas de amasar y surtidores para Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), creció notablemente
con las heladeras, a las que después sumó ventiladores, planchas y lavarropas. En algunos casos se exportó a países
vecinos, que también padecían la falta de los suministros habituales; en otros, se fabricaron localmente los
productos importados ausentes: se adaptaron los modelos y los procedimientos, con ingenio y quizá de manera
improvisada y poco eficiente, y se usó intensivamente la mano de obra, lo que sumado a las dificultades para
incorporar maquinarias hizo que los aumentos de producción implicaran caídas en la productividad laboral.
Creció así, junto a las empresas industriales tradicionales, una amplia capa de establecimientos medianos y
pequeños, y aumentó en forma notable la mano de obra industrial, que se nutría de la corriente de migrantes
internos, cada vez más intensa.
El fin de la guerra y la conclusión de esa suerte de “vacío de poder” en el mundo, que había permitido el
crecimiento de sectores industriales marginales como el argentino, planteaban distintas opciones. Abandonada
definitivamente la idea de una vuelta a la “normalidad” previa a 1930 o a 1914, quienes estaban vinculados con los
grupos empresarios más tradicionales, ubicados tanto en el sector exportador como en el industrial, adoptaban las
ideas planteadas por Pinedo en 1940: estimular las industrias “naturales”, capaces de producir eficientemente y de
competir en los mercados externos, asociarse con Estados Unidos para sustentar su crecimiento, y a la vez
mantener un equilibrio entre el sector industrial y el agropecuario, del cual debían seguir saliendo las divisas
necesarias para la industria. La opción era difícil, no sólo por la necesidad de recomponer una relación con
Estados Unidos que estaba muy deteriorada, así como de procurar firmemente recuperar los mercados de los
productos agropecuarios, sino porque suponía una fuerte depuración del sector industrial, eliminar el segmento
menos eficiente crecido durante la guerra al amparo de la protección natural que ésta generaba y afrontar a la vez
los costos de una difícil absorción de la mano de obra que quedaría desocupada. Una segunda alternativa había
sido planteada por grupos de militares durante la guerra, y recogía tanto motivos estratégicos de las Fuerzas
Armadas como ideas que arraigaban en el nacionalismo: profundizar la sustitución, extenderla a la producción de
insumos básicos, como el acero o el petróleo, mediante una decidida intervención del Estado, y asegurar así la
autarquía. La imagen de la Unión Soviética -que, más allá del comunismo, se había convertido en un Estado
poderoso- estaba presente en esta propuesta, y en la subsecuente retórica de los planes quinquenales. Pero, igual
que en la Unión Soviética, esto implicaba un enorme esfuerzo para la capitalización, restricciones al consumo y
probablemente una “generación sacrificada”.
Perón venía participando de estas discusiones, que él mismo promovió en el Consejo de Posguerra constituido
en 1944. Su solución fue ecléctica y también novedosa, y tuvo en cuenta principalmente los intereses inmediatos
de los trabajadores, que constituían su apoyo más sólido. La inspiración autárquica de los militares se dibuja en el
Primer Plan Quinquenal, que debía servir para planificar la economía, pero se limitó a una serie de vagos
enunciados, y también en la constitución de la empresa siderúrgica estatal Sociedad Mixta Siderurgia Argentina
(SOMISA), que sin embargo todavía seguiría casi en proyecto diez años después. La presencia del sector industrial
crecido en la guerra se advierte en su primer equipo económico, a cuya cabeza estaba Miguel Miranda, un
fabricante de envases de hojalata, secundado por Raúl Lagomarsino, un industrial del vestido, y asesorado por José
Figuerola, un destacado técnico español. Miranda, nombrado presidente del Banco Central, del poderoso Instituto
Argentino de Promoción del Intercambio (lAPi) y del Consejo Económico Social, fue durante tres años el
conductor de la economía. La política del Estado -dotado como se verá de instrumentos mucho más poderosos-
apuntó a la defensa del sector industrial instalado y a su expansión dentro de las pautas vigentes de protección y
facilidad. Éste recibió amplios créditos del Banco Industrial, protección aduanera para eliminar competidores
externos y divisas adquiridas a tipos preferenciales para equiparse. Además, las políticas de redistribución de
ingresos hacia los sectores trabajadores contribuían a la expansión sostenida del consumo. En ese singular período,
la alta ocupación y los salarios en alza trajeron aparejada una expansión de la demanda y una inflación cuyos
niveles empezaron a elevarse, pero a la vez ganancias importantes para los empresarios.
En suma, Perón había optado por el mercado interno y por la defensa del pleno empleo. Se trataba de una
verdadera “cadena de la felicidad”, que pudo financiarse principalmente por la existencia de una abundante
reserva de divisas, acumulada durante los prósperos años de la guerra, y que permitió en la posguerra un
acelerado, desenfrenado y con frecuencia poco eficiente equipamiento industrial. Desafiando las leyes de la
contabilidad, y con la esperanza puesta en una nueva guerra mundial, en esos años se gastó en el exterior mucho
más de lo que entraba. Por otra parte, el IAPI monopolizó el comercio exterior y transfirió al sector industrial y
urbano ingresos provenientes del campo, mediante la diferencia entre los precios pagados a los productores y los
obtenidos por la venta de las cosechas en el exterior. Era un golpe fuerte al sector agropecuario, al que sin duda ya
no se consideraba la “rueda maestra” de la economía, o al que quizá se suponía capaz de soportarlo todo. Los
productores rurales padecían también por la falta de insumos y maquinarias -para las que no había cambio
preferencial-, el congelamiento de los arrendamientos, que afectó el ciclo natural de recuperación de la fertilidad
de la tierra, y el costo más alto de la mano de obra, debido a la vigencia del Estatuto del Peón. Todas estas razones
agudizaron la caída de la superficie cultivada, al tiempo que el aumento del consumo interno -reflejado en el
trigo, y sobre todo en la carne- reducía aún más las disponibilidades para la exportación.
La política peronista se caracterizó por un fuerte impulso a la participación del Estado en la dirección y
regulación de la economía; desarrolló tendencias iniciadas en la década anterior, bajo las administraciones
conservadoras, pero las extendió y profundizó, según una corriente de inspiración keynesiana difundida en
muchas partes durante la posguerra. A la vez, hubo una generalizada nacionalización de las inversiones
extranjeras, particularmente de empresas controladas por capital británico, que se hallaba en pleno proceso de
repatriación; se adjudicó a esto una gran importancia simbólica, expresada en la fórmula de la Independencia
Económica, solemnemente proclamada en Tucumán el 9 de julio de 1947. A los ferrocarriles se sumaron los
teléfonos, la empresa de gas y algunas compañías de electricidad del interior, sin afectar sin embargo a la
legendaria Compañía Argentina de Electricidad (CADE) que servía a la Capital. Se dio fuerte impulso a Gas del
Estado, construyendo el gasoducto desde Comodoro Rivadavia, a la Flota Mercante -a la que se incorporaron las
naves del extenso grupo Dodero- y a la incipiente Aerolíneas Argentinas. El Estado avanzó incluso en actividades
industriales, no sólo por la vía de las fábricas militares, sino con un grupo de empresas alemanas nacionalizadas,
que integraron la Dirección Nacional de Industrias del Estado (DINIE). Pero la reforma más importante fue la
nacionalización del Banco Central. Desde él se manejaba la política monetaria y la crediticia, y también el
comercio exterior, pues los depósitos de todos los bancos fueron nacionalizados, y al Banco Central se le asignó el
control del IAPI.
Así, la nacionalización de la economía y su control por el Estado fueron una de las claves de la nueva política
económica. La otra -y quizá la primera- tuvo que ver con los trabajadores, con el mantenimiento del empleo y con
la elevación de su nivel de vida.
Esto tenía probablemente raíces políticas más importantes que las económicas: el terror a las posibles
consecuencias sociales del desempleo, el recuerdo de la crisis de la primera posguerra -de la que Perón mismo
tuvo una experiencia directa, cuando participó en la represión de los amotinados de Vasena-, así como la misma
experiencia europea de entreguerras, y también de posguerra, deben haber influido no sólo en el diseño político
más general, sino en el privilegio, en materia de política económica, de la salvaguardia del empleo industrial
primero y de la redistribución de los ingresos después. Pero a la vez, la justicia social sirvió para el sostenimiento
del mercado interno. Entre 1946 y 1949 se extendieron y generalizaron las medidas sociales lanzadas antes de
1945. Por la vía de las negociaciones colectivas, garantizadas por la ley, los salarios empezaron a subir
notablemente. A ello se agregaron las vacaciones pagas, las licencias por enfermedad o los sistemas sociales de
medicina y de turismo, actividades en las que los sindicatos tuvieron un importante papel. Por otros caminos, el
Estado benefactor contribuyó decisivamente a la elevación del nivel de vida: congelamiento de los alquileres,
establecimiento de salarios mínimos y de precios máximos, mejora de la salud pública -la acción del ministro
Ramón Carrillo fue fundamental-, planes de vivienda, construcción de escuelas y colegios, organización del
sistema jubilatorio, y en general todo lo relativo al campo de la seguridad social.
El Estado peronista
Esta combinación de lo conseguido y lo concedido es reveladora de la compleja relación establecida entre los
trabajadores y el Estado. Los términos en que ésta se había desarrollado hasta las elecciones enseguida se
modificaron radicalmente después del triunfo.
Justificándose en la innumerable cantidad de conflictos entre laboristas y radicales renovadores, Perón ordenó
la disolución de los distintos nucleamientos que lo habían apoyado, y entre ellos el Partido Laborista, a través del
cual los viejos sindicalistas aspiraban a conducir una acción política autónoma, solidaria con Perón pero
independiente. La decisión -que culminaría en la creación del Partido Peronista- fue al principio resistida, pero en
definitiva sólo Cipriano Reyes, el dirigente de los frigoríficos de Berisso, se enfrentó con Perón, ganándose una
enconada persecución. Poco después, en enero de 1947, Perón eliminó de la dirección de la CGT a Luis Gay,
veterano gremialista e inspirador del Partido Laborista, y uno de los propulsores del proyecto autónomo, y lo
reemplazó por un dirigente de menor cuantía, indicando así la voluntad de subordinar al Estado la cúpula del
movimiento obrero. Una vez más, no hubo resistencias: probablemente para el grueso de los trabajadores la
solidaridad con quien había hecho realidad tantos beneficios importaba más que una autonomía política cuyos
propósitos, en ese contexto, no resultaban claros.
Pero a la vez, la organización obrera se consolidó firmemente. Como ha mostrado Louise Doyon, la
sindicalización, escasa hasta 1943, se extendió rápido a los gremios industriales primero y a los empleados del
Estado después, alcanzando su máximo hacia 1950. La ley de asociaciones profesionales aseguraba la existencia de
grandes y poderosas organizaciones -un sindicato por rama de industria y una confederación única-, con fuerza
para negociar de igual a igual con los representantes patronales, pero a la vez dependientes de la “personería
gremial”, otorgada por el Estado. Las orientaciones y demandas circulaban preferentemente desde arriba hacia
abajo, y la CGT, conducida por personajes mediocres, fue la responsable de transmitir las directivas del Estado a
los sindicatos y de controlar a los díscolos. Similar fue la función de los sindicatos respecto de las organizaciones
de base: controlar, achicar el espacio de acción autónoma, intervenir las secciones demasiado inquietas; a la vez,
se hicieron cargo de funciones cada vez más complejas, tanto en la negociación de los convenios como en las
actividades sociales, y debieron desarrollar una administración especializada, de modo que la fisonomía de los
dirigentes sindicales, convertidos en una burocracia estable, se diferenció notablemente de la de los viejos
luchadores. En la base, la acción sindical conservó una gran vitalidad, por obra de las comisiones internas de
fábrica, que se ocuparon de infinidad de problemas inmediatos referidos a las condiciones de trabajo, negociaron
directamente con patronos y gerentes, y establecieron en la fábrica un principio bastante real de igualdad. En los
primeros años, hasta 1949, las huelgas fueron numerosas, y se generaron al impulso de las reformas lanzadas desde
el gobierno, para hacerlas cumplir o extenderlas, con la convicción por parte de los trabajadores de que se
ajustaban a la voluntad profunda de Perón.
Éste, sin embargo, se preocupaba por esa agitación sin fin y procuraba profundizar el control del movimiento
sindical. Los gremialistas que lo acompañaron en el inicio fueron alejándose, reemplazados por otros elegidos por
el gobierno y más proclives a acatar sus indicaciones. Las huelgas fueron consideradas inconvenientes al principio,
y francamente negativas luego: se procuró solucionar los conflictos mediante los mecanismos del arbitraje, y en su
defecto se optó por reprimirlos, ya sea por mano del propio sindicato o de la fuerza pública. Desde 1947, Eva
Perón, esposa del presidente, se dedicó desde la Secretaría de Trabajo -el lugar dejado vacante por Perón- a
cumplir las funciones de mediación entre los dirigentes sindicales y el gobierno, facilitando la negociación de los
conflictos con un estilo muy personal que combinaba la persuasión y la imposición.
La relación entre Perón y el sindicalismo -crucial en el Estado peronista- fue sin duda compleja, negociada y
difícilmente reducible a una fórmula simple. Pese a la fuerte presión del gobierno sobre los sindicatos y a la
decisión de controlar su acción, éstos nunca dejaron de ser la expresión social y política de los trabajadores. Desde
la perspectiva de éstos, el Estado no sólo facilitaba y estimulaba su organización y los colmaba de beneficios, sino
que creaba una situación de comunicación y participación fluida y hasta familiar, de modo que estaban lejos de
considerarlo como algo ajeno. El Estado peronista, a su vez, tenía en los trabajadores su gran fuerza legitimadora,
y los reconocía como tal; y no de un modo retórico o abstracto, sino referido a sus organizaciones y a sus
dirigentes, a quienes concedió un lugar destacado.
Pero a la vez, el Estado peronista procuró extender sus apoyos a la amplia franja de sectores populares no
sindicalizados, con quienes estableció una comunicación profunda, aunque de índole diferente, a través de Eva
Perón y de la fundación que llevó su nombre. Financiada con fondos públicos y aportes privados más o menos
voluntarios, la Fundación realizó una obra de notable magnitud: creó escuelas, hogares para ancianos o huérfanos
y policlínicos; repartió alimentos y regalos navideños; estimuló el turismo y los deportes, a través de campeonatos
infantiles o juveniles de dimensión nacional, bautizados con los nombres de la pareja gobernante. Sobre todo,
practicó la acción directa: las unidades básicas -organizaciones celulares del partido- detectaban los casos
particulares de desprotección y transmitían los pedidos a la Fundación, donde, por otra parte, la propia Eva Perón
recibía cotidianamente, sin fatiga, una permanente caravana de solicitantes que obtenían una máquina de coser,
una cama en el hospital, una bicicleta, un empleo o una pensión quizá, un consuelo siempre. Eva Perón resultaba
así la encarnación del Estado benefactor y providente, que a través de la “Dama de la Esperanza” adquiría una
dimensión personal y sensible. Sus beneficiarios no eran exactamente lo mismo que los trabajadores: muchos
carecían de la protección de sus sindicatos, y todo lo debían al Estado y a su intercesora. Los medios de difusión
machacaron sin cesar sobre esta imagen, entre benefactora y reparadora, replicada luego por la escuela, donde los
niños se introducían a la lectura con “Evita me ama”. La experiencia de la acción social directa, sumada al
reiterado discurso del Estado, terminaron constituyendo una nueva identidad social, los “humildes”, que completó
el arco popular de apoyo al gobierno.
Según una concepción que se desarrolló más ampliamente a medida que transcurrían los años, el Estado debía
vincularse con cada uno de los sectores de la sociedad, que era considerada como una comunidad y no como la
suma de individuos, y aspiraba a que cada uno de ellos se organizara y constituyera su representación corporativa.
Con mayor o menor fortuna, aspiró a organizar a los empresarios, reuniendo en la Confederación General
Económica (CGE) a todas las representaciones sectoriales, así como a los estudiantes universitarios o a los
profesionales. Intentó también, con cautela, redefinir las relaciones con las grandes corporaciones tradicionales.
Con la Iglesia existun acuerdo básico, que se tradujo en el poco velado apoyo electoral de 1946. El gobierno
peronista mantuvo la enseñanza religiosa en las escuelas, y concedió la conducción de las universidades a
personajes vinculados con el clericalismo hispanófilo. Reservó un lugar importante en el ceremonial público a los
altos prelados, como monseñor Santiago Copello, e incorporó a su elenco político a algunos sacerdotes, como el
padre Hernán Benítez, confesor de Eva Perón, o el padre Virgilio Filippo, fogoso cura párroco del barrio de
Belgrano, que cambió el púlpito por una banca en el Congreso. Fue sin embargo una relación algo distante: un
grupo importante de eclesiásticos -entre ellos, monseñor Miguel D’Andrea-, preocupados por el autoritarismo
creciente, se alineó firmemente en el lado de los opositores; otros lamentaron la renuncia de Perón a las consignas
nacionalistas, y otros muchos miraron con reservas algunos aspectos de la política democratizadora de las
relaciones sociales, como por ejemplo la igualación de derechos entre hijos “naturales” y “legítimos”.
Con respecto a las Fuerzas Armadas, aunque Perón recurrió de manera habitual a oficiales para desempeñar
funciones de importancia, se cuidó inicialmente tanto de inmiscuirse en su vida interna como de darles cabida
institucional en el gobierno. Sobre todo, procuró conservar la identificación establecida en 1943 entre las Fuerzas
Armadas y un gobierno del que se quería continuador: el 4 de junio, “olímpico episodio de la historia”, siguió
siendo un Fausto fundador; temas centrales del gobierno, como la independencia económica, la unidad nacional y
el orden, y sobre todo la imagen de un mundo en guerra donde la neutralidad se traducía en la “tercera posición”,
sirvieron para consolidar un campo de solidaridades común, alterado sin embargo por el estilo excesivamente
plebeyo que los militares veían en el gobierno, y sobre todo por la presencia, acción y palabra, difíciles de aceptar,
de la esposa del presidente.
Según la concepción de Perón, el Estado, además de dirigir la economía y velar por la seguridad del pueblo,
debía ser el ámbito donde los distintos intereses sociales, previamente organizados, negociaran y dirimieran sus
conflictos. Esta línea -ya esbozada en la década de 1930- se inspiraba en modelos muy difundidos por entonces,
que pueden filiarse tanto en Benito Mussolini como en el mexicano Lázaro Cárdenas, y rompía con la concepción
liberal del púlpito por una banca en el Congreso. Fue sin embargo una relación algo distante: un grupo importante
de eclesiásticos -entre ellos, monseñor Miguel D’Andrea-, preocupados por el autoritarismo creciente, se alineó
firmemente en el lado de los opositores; otros lamentaron la renuncia de Perón a las consignas nacionalistas, y
otros muchos miraron con reservas algunos aspectos de la política democratizadora de las relaciones sociales,
como por ejemplo la igualación de derechos entre hijos “naturales” y “legítimos”.
Con respecto a las Fuerzas Armadas, aunque Perón recurrió de manera habitual a oficiales para desempeñar
funciones de importancia, se cuidó inicialmente tanto de inmiscuirse en su vida interna como de darles cabida
institucional en el gobierno. Sobre todo, procuró conservar la identificación establecida en 1943 entre las Fuerzas
Armadas y un gobierno del que se quería continuador: el 4 de junio, “olímpico episodio de la historia”, siguió
siendo un Fausto fundador; temas centrales del gobierno, como la independencia económica, la unidad nacional y
el orden, y sobre todo la imagen de un mundo en guerra donde la neutralidad se traducía en la “tercera posición”,
sirvieron para consolidar un campo de solidaridades común, alterado sin embargo por el estilo excesivamente
plebeyo que los militares veían en el gobierno, y sobre todo por la presencia, acción y palabra, difíciles de aceptar,
de la esposa del presidente.
Según la concepción de Perón, el Estado, además de dirigir la economía y velar por la seguridad del pueblo,
debía ser el ámbito donde los distintos intereses sociales, previamente organizados, negociaran y dirimieran sus
conflictos. Esta línea -ya esbozada en la década de 1930- se inspiraba en modelos muy difundidos por entonces,
que pueden filiarse tanto en Benito Mussolini como en el mexicano Lázaro Cárdenas, y rompía con la concepción
liberal del Estado. Implicaba una reestructuración de las instituciones republicanas, una desvalorización de los
espacios democráticos y representativos y una subordinación de los poderes constitucionales al Ejecutivo, lugar
donde se asentaba el conductor, cuya legitimidad derivaba menos de esas instituciones que del plebiscito popular.
Paradójicamente, un gobierno surgido de una de las escasas elecciones inobjetables que hubo en el país
recorrió con decisión el camino hacia el autoritarismo. Así, en 1947 reemplazó a la Corte Suprema mediante un
juicio político escasamente convincente. Utilizó con amplitud el recurso de intervenir las provincias; en muchos
casos -en Santa Fe, Catamarca, Córdoba, entre otros-, y en la mejor tradición argentina, lo hizo para resolver
cuestiones entre sectores de su heterogénea cohorte de apoyos. Pero en un caso, en Corrientes, y sin que mediara
conflicto alguno, lo usó para deponer al único gobernador no peronista elegido en 1946. Una ley acabó en 1947
con la autonomía universitaria, estableciendo que toda designación docente requería de un decreto del Ejecutivo.
El Poder Legislativo fue formalmente respetado -el
Corpus
legislativo elaborado en esos años fue abundante-, pero
se lo vació de todo contenido real: los proyectos se preparaban en oficinas de la presidencia, y se aprobaban sin
modificaciones; los opositores fueron acusados de desacato, excluidos de la Cámara o desaforados, como ocurrió
en 1949 con Ricardo Balbín, y la discusión parlamentaria fue eludida recurriendo al “cierre del debate”,
especialidad del diputado José Astorgano. En 1951, una modificación del sistema de circunscripciones electorales -
diagramado por Román Subiza, secretario de Asuntos Políticos-redujo al mínimo la representación opositora en la
Cámara de Diputados. El avance del Ejecutivo llegó también al “cuarto poder”: con recursos diversos, el gobierno
formó una importante cadena de diarios y otra de radios, que condujo desde la Secretaría de Prensa y Difusión,
administrada por Raúl Alejandro Apold, a quien la oposición solía comparar con el doctor Goebbels. Los diarios
independientes fueron presionados de mil maneras: cuotas de papel, restricciones a la circulación, clausuras
temporarias, atentados, y en dos casos extremos
-La Prensa
y
La Nueva Provincia,
en 1951- la expropiación. La
reforma de la Constitución, realizada en 1949, acabó con la última y gran salvaguardia institucional al
autoritarismo y estableció la posibilidad de la reelección presidencial. Dos años después, en noviembre de 1951,
Juan Domingo Perón y Juan Hortensio Quijano fueron reelectos, obteniendo en la ocasión -cuando votaron por
primera vez las mujeres- alrededor de las dos terceras partes de los sufragios.
Para Perón, tan importante como afirmar la preeminencia del Ejecutivo sobre el resto de las instituciones
republicanas fue dar forma al heterogéneo conjunto de fuerzas que lo apoyaba, proveniente de diferentes sectores,
con tradiciones diversas, y muchas veces nutrido de cuadros y militantes sin experiencia ni formación política. A
todo ello había que darle un disciplinamiento y una organización acordes con los principios políticos más
generales del peronismo, y además evitar tanto los conflictos internos como la posibilidad de que encarnaran y
transmitieran tensiones y demandas desde la base de la sociedad. Para ello recurrió a un método muy tradicional,
ya practicado por Roca, Yrigoyen y Justo: el uso de la autoridad del Estado para disciplinar las fuerzas propias, y
uno novedoso, la utilización de su liderazgo personal e intransferible -compartido con su esposa-, que se
constituyó de manera natural, pero que luego fue cuidadosamente alimentado por la maquinaria propagandística.
En el Congreso, Perón exigió de cada diputado o senador una renuncia en blanco, como garantía de su disciplina.
El Partido Peronista, creado en 1947, adoptó una organización totalmente vertical, donde cada escalón se
subordinaba a la decisión del nivel superior, hasta culminar en el líder, presidente del país y del partido, con
derecho a modificar cualquier decisión partidaria. Se trataba de una versión local del célebre
Führerprinzip
alemán, pero su aplicación fue menos dramática: el Partido -manejado por el almirante Alberto Teisaire- se limitó
a organizar las candidaturas, y Perón, a arbitrar en los casos difíciles o a mencionar simplemente quiénes debían
ser electos. La organización se modificó varias veces y, como mostró Alberto Ciria, los organigramas, cada vez más
complejos, acentuaron la verticalidad. Finalmente, el Partido fue incluido dentro del movimiento, junto con el
Partido Peronista Femenino - que organizó Eva Perón- y la CGT, a las órdenes del jefe supremo, a quien se
subordinaban el Comando Estratégico y los Comandos Tácticos.
Además de esta terminología militar, la organización incluía un elemento revelador: en cada nivel se
integraba la autoridad pública ejecutiva respectiva -intendente, gobernador o presidente-, con lo cual quedaba
claro, y puesto por escrito, que movimiento y nación eran considerados una misma cosa. Lo que inicialmente fue
la doctrina peronista se convirtió en la Doctrina Nacional, consagrada en esos términos por la Constitución de
1949, que articulaba tanto al Estado como a la comunidad organizada. Estado y movimiento, movimiento y
comunidad confluían en el líder, quien formulaba la doctrina y la ejecutaba, de manera elástica y pragmática, con
su arte de conductor que, aunque personal e intransferible, podía ser enseñado a quienes asumieran los comandos
subordinados. Se combinaban aquí las tradiciones del Ejército, donde la conducción es un capítulo fundamental
del mando, y la de los modernos totalitarismos, que, en su versión fascista, sin duda impresionaron a Perón.
Esta retórica era indudablemente ajena a la tradición política principal del país, liberal y democrática, aunque
su emergencia no puede resultar del todo extraña si se recuerda lo que fueron anteriormente las prácticas
concretas: ni la identificación del partido con la nación, ni la marginación del Congreso, ni la identificación entre
el jefe del Estado y el jefe del partido oficial eran novedades absolutas. Por otra parte, si el peronismo segó
sistemáticamente los ámbitos de participación autónoma, ya fueran éstos partidarios, sindicales o civiles, y tuvo
una tendencia a penetrar y “peronizar” cualquier espacio de la sociedad civil, no es menos cierto que encarnó y
concretó un vigorosísimo movimiento democratizador, que aseguró los derechos políticos y sociales de vastos
sectores hasta entonces al margen, y culminó con el establecimiento del voto femenino y la instrumentación de
medidas concretas para asegurar a la mujer un lugar en las instituciones. Los conceptos más tradicionales de
democracia no alcanzan a dar cuenta de esta forma, muy moderna, de democracia de masas.
Esta singular forma de democracia se constituía desde el Estado. Los diversos actores que conformaban su base
de sustentación eran considerados como “masas”, es decir, un todo indiferenciado, cuya expresión autónoma o
específica no era valiosa, y que debía ser moldeado, inculcándole la “doctrina”. A ello se dirigía la propaganda
masiva, que saturaba los medios de comunicación - utilizados por primera vez en forma sistemática- y también la
escuela. El régimen tuvo una tendencia definida a “peronizar” todas las instituciones y a convertirlas en
instrumentos de adoctrinamiento. Sería difícil dudar de la eficacia de estos mecanismos, que se traducían en un
sufragio masivo en favor de Perón o de los candidatos por él indicados.
Pero la forma más característica y singular de la política de masas eran las movilizaciones y las
concentraciones. Realizadas en días fijos -I
o
de Mayo, 17 de octubre- y en ocasiones especiales- cuando había que
celebrar algo o ratificar alguna decisión política-, conservaban mucho del
pathos
desafiante, espontáneo y
contestatario de la movilización fundadora del peronismo, pero ritualizado y atemperado, más en memoria y
potencia que en acto. Ya no eran espontáneas sino convocadas, con suministro de medios de transporte;
ordenadas y encuadradas, y hasta incluyeron controles de asistencia. Sobre todo, eran jornadas festivas, despojadas
de elementos de enfrentamiento real, salvo con la metafórica “oligarquía” o “antipatria”, que expresaban antes la
unidad de la nación que de sus conflictos: en la “fiesta del trabajo” - según el inspirado verbo de Oscar
Ivanissevich, ministro de Educación y vate oficial-, los trabajadores, “unidos por el amor de Dios”, se reunían “al
pie de la bandera sacrosanta”. En rigor, este proceso no era nuevo y la lenta transición de la jornada combativa a la
festiva se inició en la década de 1920. En rigor también, la tradición contestataria era recordada y mantenida tanto
por Perón como, sobre todo, en las palabras ásperas, llenas de furor plebeyo y desafío clasista de Eva Perón.
Al renovar el pacto fundador entre el líder y el pueblo, las grandes concentraciones cumplían un papel
fundamental en la legitimación plebiscitaria del régimen, que era considerada mucho más importante que la
electoral. Además, eran el momento privilegiado en la constitución de una identidad, que resultaba tanto
trabajadora y popular como peronista. Todo preparaba el momento privilegiado de la recepción del discurso del
líder, quien, al apelar desde el “balcón” a los “compañeros”, incluía tanto una definición de su lugar, más allá de
las pasiones y de los conflictos, como del de quienes lo apoyaban y aceptaban su dirección -la patria, el pueblo, los
trabajadores-, y de los enemigos, calificados como la antipatria y, como tales, excluidos del sistema de
convivencia, pues “a los enemigos, ni justicia”. Silvia Sigal y Eliseo Verón han señalado la incorporación definitiva
a la cultura política popular de dos elementos difícilmente asimilables a la tradición democrática más clásica: la
verticalidad y el faccionalismo, convertidos desde entonces en valores políticos.
¿Hasta qué punto esto fue responsabilidad exclusiva del peronismo? La oposición terminó ocupando el lugar
asignado en este sistema. La derrota de 1946 desarticuló totalmente el proyecto de la Unión Democrática -última
figuración del Frente Popular- y confrontó a los partidos opositores con una cuestión difícil: desde dónde
enfrentar a Perón. Los socialistas, apartados de toda representación política, mantuvieron su caracterización de
“nazifascismo”, denunciaron los avances hacia el autoritarismo y consideraron que la prioridad era acabar con el
régimen; los grupos de socialistas que intentaban una postura más comprensiva hacia los trabajadores que habían
adherido al peronismo no lograron quebrar la sólida y ya anquilosada estructura partidaria. Algo similar ocurrió
en el Partido Comunista: hubo un período de acercamiento y simpática comprensión, por la vía de las
organizaciones de trabajadores, que culminó con la expulsión de los dirigentes que la propiciaron. Los
conservadores sufrieron el cimbronazo de una cantidad de dirigentes que se “pasaron”, pero finalmente el antiguo
frente se reconstituyó en una línea de oposición frontal, fundada en la defensa de la legalidad republicana.
En el radicalismo, el proceso fue más amplio. La derrota de 1946 abrió el camino a la renovación partidaria y
una coalición de intransigentes renovadores y sabattinistas, críticos de la estrategia de la Unión Democrática,
desplazó a los “unionistas” que venían del tronco alvearista. En 1947, en la Convención de Avellaneda, el
Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR) había formulado sus principios, que transformaban
sustancialmente el programa radical, hasta entonces ambiguo e impreciso. El MIR, sin renunciar a la defensa de la
Constitución y de la república, combatió al peronismo desde una posición que se presentaba como más
progresista, tanto en lo social como en lo nacional, y lo hizo con más soltura a medida que el régimen, por las
exigencias del gobierno, fue abandonando sus posiciones iniciales más avanzadas. Mientras el grupo unionista
optaba por el desafío frontal y especulaba con un golpe militar, los intransigentes discutieron en el Congreso cada
uno de los proyectos gubernamentales, coincidieron a veces y señalaron objeciones fundadas y atendibles en
muchos casos. En el grupo de los 44 diputados, presidido por Ricardo Balbín y Arturo Frondizi, se formó toda la
dirigencia radical posperonista. Pero no llegaron a constituirse en una verdadera oposición democrática, en parte
porque entre muchos de ellos el faccionalismo era también muy fuerte, pero sobre todo porque la mayoría
peronista no estaba dispuesta a convertir al Congreso en un lugar de debate, e incluso a tolerar que fuera una
tribuna de los disidentes con la Doctrina Nacional. Todos los recursos se usaron para acallar sus voces y,
finalmente, para ubicarlos en la posición que se les había asignado con anterioridad.
Un conflicto cultural
La virulencia del discurso político y, sobre todo, los encendidos ataques a la “oligarquía” no se correspondían
con una conflictividad social real ni mucho menos con una guerra social, como parecía desprenderse de aquéllos.
El régimen peronista no atacó ningún interés fundamental de las clases altas tradicionales, aunque algunos
segmentos de ellas pudieran verse afectados por la política agropecuaria. Las instituciones que expresaban los
intereses corporativos de los propietarios -la Sociedad Rural, la Unión Industrial y otras- no se opusieron
públicamente al gobierno, e incluso aceptaron discretas cooptaciones. Hubo, sí, nuevas incorporaciones de
empresarios exitosos, y sobre todo de quienes supieron aprovechar vinculaciones y prebendas para hacer jugosos
negocios. En el imaginario social ocupó un lugar importante el “nuevo rico”, el
parvenú,
que se mezcló con otros
nuevos integrantes de una elite dirigente que, ciertamente, era mucho más variada que la anterior a 1945: los
sindicalistas ocuparon puestos visibles, junto con una nueva camada de políticos, deportistas o artistas. Las clases
medias tradicionales tuvieron quizá más motivos de queja, en especial quienes gozaban de rentas fijas, reducidas
por la inflación, o quienes perdieron sus empleos estatales. Pero en cambio se nutrieron de nuevos y vigorosos
contingentes llegados por las vías más tradicionales de la sociedad argentina: la modesta prosperidad económica
de los trabajadores y la educación de sus hijos, pues una de las características salientes de estos años fue la
formidable expansión de la matrícula en la enseñanza media y la no menos notable expansión de la universitaria.
Las migraciones internas habían venido modificando en profundidad la fisonomía de los sectores populares.
En ellas, la crisis de la agricultura pampeana operó de manera tan fuerte como la oferta de trabajo industrial, y
estabilizada ésta, fue la mera atracción de la vida en las ciudades, que reflejaba los procesos de modernización y
aparición de expectativas y aspiraciones nuevas, generalizadas por la radio y el cine. Durante los años finales de la
década del treinta y el período de la guerra, predominaron los migrantes de las zonas pampeanas más cercanas y
luego se incorporaron los provenientes del Interior tradicional, con quienes se construyó la imagen social del
“cabecita negra”. Con ellos se expandieron los cinturones de las grandes ciudades -el Gran Buenos Aires, Gran
Rosario, Gran Córdoba-, donde se repitió una historia social ya conocida: el lote modesto, la casita precaria,
construida por partes -con la novedad de los planes sociales de vivienda- y el esfuerzo societario para urbanizar el
lugar.
La novedad de esta historia, que prolongaba el secular proceso de expansión de la sociedad argentina, fue la
brusca incorporación de los sectores populares a ámbitos visibles, antes vedados. Más allá de su significado
político, el 17 de octubre fue simbólico precisamente por eso. Estimulados y protegidos por el Estado peronista, y
aprovechando una holgura económica novedosa, los sectores populares se incorporaron al consumo, a la ciudad, a
la política. Compraron ropas y calzados, y también radios o heladeras, y algunos las “motonetas” que el líder se
encargaba de promocionar. Viajaron por el país, gracias a los planes de turismo social, y accedieron a los lugares
de esparcimiento y diversión, aprovechando la generalización del sábado inglés y aun el asueto sabatino total para
algunos de ellos. Se llenaron las canchas de fútbol, las plazas y los parques, el Parque Retiro y los lugares de baile -
como La Enramada- donde la música folclórica recordaba la vieja identidad y facilitaba la asunción de la nueva.
Sobre todo, fueron al cine, la gran diversión de aquellos años. Invadieron la ciudad, incluso el centro, y lo usaron
todo. Ejercieron plenamente una ciudadanía social, que nació íntimamente fusionada con la política.
El reconocimiento de la existencia del pueblo trabajador y el ejercicio de nuevos derechos estuvieron
asociados con la acción del Estado, y la justicia social fue una idea clave y constitutiva tanto del discurso del
Estado -que derivó de ella la doctrina llamada “justicialista”- como de la nueva identidad social que se constituía.
Los materiales de esta idea se habían ido conformando en las dos décadas anteriores, tanto por obra de las
experiencias de los sectores populares como de diversas fuentes discursivas, del socialismo a la doctrina de la
Iglesia. Todo ello había decantado en una percepción, racional y emotiva a la vez, de las injusticias de la sociedad
- manifiesta tanto en un discurso de Alfredo Palacios como en una película de Tita Merello-, unida a una acción
racional para solucionar sus aspectos más visibles, para alcanzar mejoras, quizá modestas pero posibles e
inmediatas, en las que el Estado benefactor tenía la responsabilidad principal y la propia organización de los
interesados era relegada a una situación ancilar. Lo singular -ha subrayado con justeza José Luis Romero- fue la
combinación de esta nueva concepción con aquella otra más espontánea y verdaderamente constitutiva de la
sociedad argentina moderna: la ideología de la movilidad social. La acción del Estado no sustituía la clásica
aventura individual del ascenso, sino que aportaba el empujón inicial, la eliminación de los obstáculos más
gruesos, para que los mecanismos tradicionales pudieran empezar a funcionar. La justicia social venía a completar
así el proceso secular de integración de la sociedad argentina, y la identidad que se constituyó en torno de ella fue
a la vez obrera e integrativa. A diferencia de las décadas anteriores, todo lo referente al mundo del trabajo, y a la
misma dignidad inherente a él, tuvo un significado central, reforzado por el papel de la institución obrera por
excelencia -el sindicato- en innumerables ámbitos de la vida, laboral y no laboral, pues de la mano del sindicato
los trabajadores aseguraron su salud tanto como accedieron al turismo o al deporte. Los trabajadores se integraron
a la nación de la mano del Estado y a la vez se incorporaron a la sociedad establecida, de cuyos bienes acumulados
aspiraban a disfrutar, con prácticas típicas ya desarrolladas por quienes, en épocas anteriores, habían seguido el
mismo proceso de integración.
El Estado facilitó el acceso a dichos bienes. Al fuerte estímulo a la educación -particularmente en el nivel
medio- se agregó la protección y promoción de las diversas actividades culturales: conciertos y representaciones
teatrales a precios populares, apertura del Teatro Colón a actividades más variadas, y una fuerte protección a la
industria cinematográfica, que se sumaron al crecimiento natural de la radiofonía. El Estado distribuía, y el
público recibía, junto con los bienes, una dosis masiva de propaganda. La mayoría de los diarios y todas las radios
fueron manejadas, directa o indirectamente, desde la Secretaría de Prensa y Difusión. El agudo Enrique Santos
Discépolo o el mediocre Américo Barrios fueron las voces de una propaganda oficial que también desbordaba en
los relatos deportivos de Luis Elias Sojit, y que finalmente se instaló en las escuelas, cuando
La razón de mi vida,
el
libro de Eva Perón, fue establecido como texto obligatorio.
El Estado facilitaba el acceso a la cultura erudita, pero sobre todo distribuía cultura “popular”, que incluía
mucho de lo folclórico tradicional -como lo podían expresar Antonio Tormo o Alberto Castillo- y mucho de
comercial. Pero en conjunto, distribuía en el imaginario de la sociedad los modelos sociales y culturales
establecidos, de la misma manera que, décadas antes, lo había hecho la revista
El Hogar:
eso es lo que se veía en el
cine de los teléfonos blancos, con su imagen convencional de las clases tradicionales, tal como las podía encarnar
Zully Moreno, o en los libros escolares, donde los trabajadores eran representados en su hogar, sentados en un
sillón, con saco y corbata, y leyendo el diario. Distribuía también una cierta visión de la tradición nacional,
manifiesta en la preocupación por develar el mítico ser nacional que debía unificar a la comunidad.
Curiosamente, para este movimiento alguna vez surgido del nacionalismo, esa tradición se encarnaba en primer
lugar en José de San Martín, el Libertador -el centenario de su muerte conmemorado con profusión-, que
prefiguraba al segundo Libertador, y luego -conspicuamente ausente Rosas- en la más clásica tradición liberal, la
de Justo José de Urquiza, Bartolomé Mitre, Domingo Sarmiento y Julio Roca, con cuyos nombres fueron
bautizadas las líneas de los ferrocarriles nacionalizados. Ese momento fundacional se separaba del presente por un
pasado negro y ominoso, de una densidad tal que el peronismo -sin perder su arraigo en la tradición- podía
exhibir plenamente su dimensión fundadora y revolucionaria, legitimada en un futuro en construcción. Un
pasado negro y un presente rosa, un antes y un ahora, eran los elementos centrales que organizaban los textos y
los discursos peronistas.
Esa construcción discursiva, y la forma elegida de difundirla, no necesitaron tanto de verdaderos intelectuales
como de mediadores un poco militantes y otro poco obsecuentes. Ciertamente, pese al apoyo disponible, la
creación intelectual y artística fue escasa en el medio oficial, donde pueden recordarse pocas figuras notables: el
filósofo Carlos Astrada, los escritores Leopoldo Marechal y María Granata, el poeta Horacio Rega Molina. Los
mejores intelectuales y creadores críticos e innovadores convivieron, junto con los de la antigua cultura

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