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HISTORIA DEL SIGLO XX
el centro incuestionado del poder, la riqueza, la inteligencia y la «civilización
occidental». Los europeos y sus descendientes han pasado de aproximadamente 1/3 a
1/6, como máximo, de la humanidad. Son, por tanto, una minoría en disminución
que vive en unos países con un ínfimo, o nulo, índice de reproducción vegetativa y la
mayor parte de los cuales —con algunas notables excepciones como la de los
Estados Unidos (hasta el decenio de 1990) — se protegen de la presión de la
inmigración procedente de las zonas más pobres. Las industrias que Europa inició
emigran a otros continentes y los países que en otro tiempo buscaban en Europa, al
otro lado de los océanos, el punto de referencia, dirigen ahora su mirada hacia otras
partes. Australia, Nueva Zelanda e incluso los Estados Unidos (país bioceánico) ven
el futuro en el Pacífico, si bien no es fácil decir qué significa eso exactamente.
Las «grandes potencias» de 1914, todas ellas europeas, han desaparecido, como
la URSS, heredera de la Rusia zarista, o han quedado reducidas a una magnitud
regional o provincial, tal vez con la excepción de Alemania. El mismo intento de
crear una «Comunidad Europea» supranacional y de inventar un sentimiento de
identidad europeo correspondiente a ese concepto, en sustitución de las viejas
lealtades a las naciones y estados históricos, demuestra la profundidad del declive.
¿Es acaso un cambio de auténtica importancia, excepto para los historiadores
políticos? Tal vez no, pues sólo refleja alteraciones de escasa envergadura en la
configuración económica, intelectual y cultural del mundo. Ya en 1914 los Estados
Unidos eran la principal economía industrial y el principal pionero, modelo y fuerza
impulsora de la producción y la cultura de masas que conquistaría el mundo durante
el siglo XX. Los Estados Unidos, pese a sus numerosas peculiaridades, son la
prolongación, en ultramar, de Europa y se alinean junto al viejo continente para
constituir la «civilización occidental». Sean cuales fueren sus perspectivas de futuro,
lo que ven los Estados Unidos al dirigir la vista atrás en la década de 1990 es «el
siglo americano», una época que ha contemplado su eclosión y su victoria. El
conjunto de los países que protagonizaron la industrialización del siglo XIX sigue
suponiendo, colectivamente, la mayor concentración de riqueza y de poder
económico y científico-tecnológico del mundo, y en el que la población disfruta del
más elevado nivel de vida. En los años finales del siglo eso compensa con creces la
desindustrialización y el desplazamiento de la producción hacia otros continentes.
Desde ese punto de vista, la impresión de un mundo eurocéntrico u «occidental» en
plena decadencia es superficial.
La segunda transformación es más significativa. Entre 1914 y el comienzo del
decenio de 1990, el mundo ha avanzado notablemente en el camino que ha de
convertirlo en una única unidad operativa, lo que era imposible en 1914. De hecho,
en muchos aspectos, particularmente en las cuestiones económicas, el mundo es
ahora la principal unidad operativa y las antiguas unidades, como las «economías
nacionales», definidas por la política de los estados territoriales, han quedado
reducidas a la condición de complicaciones de las actividades transnacionales. Tal
vez, los observadores de mediados del
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siglo XXI considerarán que el estadio alcanzado en 1990 en la construcción de la
«aldea global» —la expresión fue acuñada en los años sesenta (Macluhan, 1962) —
no es muy avanzado, pero lo cierto es que no sólo se han transformado ya algunas
actividades económicas y técnicas, y el funcionamiento de la ciencia, sino también
importantes aspectos de la vida privada, principalmente gracias a la inimaginable
aceleración de las comunicaciones y el transporte. Posiblemente, la característica
más destacada de este período final del siglo XX es la incapacidad de las
instituciones públicas y del comportamiento colectivo de los seres humanos de estar
a la altura de ese acelerado proceso de mundialización. Curiosamente, el
comportamiento individual del ser humano ha tenido menos dificultades para
adaptarse al mundo de la televisión por satelite, el correo electrónico, las vacaciones
en las Seychelles y los trayectos transoceánicos.
La tercera transformación, que es también la más perturbadora en algunos
aspectos, es la desintegración de las antiguas pautas por las que se regían las
relaciones sociales entre los seres humanos y, con ella, la ruptura de los vínculos
entre las generaciones, es decir, entre pasado y presente. Esto es sobre todo evidente
en los países más desarrollados del capitalismo occidental, en los que han alcanzado
una posición preponderante los valores de un individualismo asocial absoluto, tanto
en la ideología oficial como privada, aunque quienes los sustentan deploran con
frecuencia sus consecuencias sociales. De cualquier forma, esas tendencias existen
en todas partes, reforzadas por la erosión de las sociedades y las religiones
tradicionales y por la destrucción, o autodestrucción, de las sociedades del
«socialismo real».
Una sociedad de esas características, constituida por un conjunto de individuos
egocéntricos completamente desconectados entre sí y que persiguen tan sólo su
propia gratificación (ya se le denomine beneficio, placer o de otra forma), estuvo
siempre implícita en la teoría de la economía capitalista. Desde la era de las
revoluciones, observadores de muy diverso ropaje ideológico anunciaron la
desintegración de los vínculos sociales vigentes y siguieron con atención el
desarrollo de ese proceso. Es bien conocido el reconocimiento que se hace en el
Manifiesto Comunista del papel revolucionario del capitalismo («la burguesía... ha
destruido de manera implacable los numerosos lazos feudales que ligaban al hombre
con sus "superiores naturales" y ya no queda otro nexo de unión entre los hombres
que el mero interés personal»). Sin embargo, la nueva y revolucionaria sociedad
capitalista no ha funcionado plenamente según esos parámetros.
En la práctica, la nueva sociedad no ha destruido completamente toda la herencia
del pasado, sino que la ha adaptado de forma selectiva. No puede verse un «enigma
sociológico» en el hecho de que la sociedad burguesa aspirara a introducir «un
individualismo radical en la economía y... a poner fin para conseguirlo a todas las
relaciones sociales tradicionales» (cuando fuera necesario), y que al mismo tiempo
temiera «el individualismo experimental radical» en la cultura (o en el ámbito del
comportamiento y la moralidad) (Daniel Bell, 1976, p. 18). La forma más eficaz de
construir una economía