GRAMSCI: HEGEMONÍA Y CONTRAHEGEMONÍA
Un análisis sobre dos conceptos del pensador italiano Antonio Gramsci.
(Santiago Izaguirre,abr-2016)
Hegemonía y contrahegemonía son dos conceptos teóricos desarrollados por el
pensador italiano Antonio Gramsci. El término hegemonía tiene su raíz etimológica en
la palabra griega eghesthai que significa “conducir”, “guiar”, “comandar”. Hegemonía
no debe confundirse con dominación. Por dominación, Gramsci entiende el uso o la
amenaza de coerción, de imponer el orden mediante la fuerza física a través de la
policía o el ejército. Pero Gramsci sostiene que una sociedad no se puede mantener
ordenada solamente bajo la amenaza de la fuerza física. Aquí entra en juego el
concepto de hegemonía. Las clases dominantes construyen su hegemonía para
controlar a las clases dominadas a través de la imposición de un conjunto de
significados, percepciones, explicaciones, valores y creencias de ese sector que serán
vistos como la norma. La hegemonía es “un proceso de dirección política e ideológica
en el que una clase o sector logra una apropiación preferencial de las instancias de
poder en alianza con otras clases, admitiendo espacios donde los grupos subalternos
desarrollan prácticas independientes y no siempre funcionales para la reproducción
del sistema” (GARCÍA CANCLINI, 1984). “Este concepto general de hegemonía se
constituye, en el pensamiento de Gramsci, a través de la diferenciación de las
funciones de la dirección respecto de las funciones del dominio. ‘La supremacía de un
grupo social escribe Gramsci- se manifiesta de dos modos, como ‘dominio’ y como
‘dirección intelectual y moral’. Un grupo social es dominante de los grupos adversarios,
a los que tiende a ‘liquidar’ o a someter incluso con la fuerza armada, y es dirigente de
los grupos afines y aliados. Un grupo social puede y, aún más, debe ser dirigente ya
antes de conquistar el poder gubernativo (ésta es una de las condiciones principales
para la propia conquista del poder); después, cuando ejercita el poder, e incluso si lo
tiene fuertemente empuñado, se convierte en dominante pero debe continuar siendo
también ‘dirigente’’ (BARATTA y CATONE, 1995: 144). La hegemonía logra consolidar
un bloque hegemónico donde las clases sociales se encolumnan detrás del proyecto
de la clase dirigente sostenidas en dos ámbitos: la sociedad política y la sociedad
civil. En la sociedad política se instrumenta el control, se organiza la dominación a
través de la fuerza, a partir de la administración del gobierno y el control de Estado, las
instituciones políticas, los aparatos de justicia con su sistema penal y las fuerzas
armadas y la policía. Mientras que la sociedad civil a través de sus instituciones y
organizaciones privadas dicta ese conjunto de significados, percepciones,
explicaciones, valores y creencias, mencionados anteriormente, moral e
intelectualmente correctos según la perspectiva del bloque histórico dominante. En
esta esfera se impone el consenso sobre esta cosmovisión desde el arte, la educación,
los medios masivos de comunicación, la filosofía, la religión y la cultura.
Esta hegemonía cultural, que permite ampliar el horizonte o los alcances de la
dominación más allá del control de los aparatos represivos del Estado, se articula
mediante mecanismos tales como el sistema educativo, las instituciones religiosas y
los medios de comunicación. “Familia, iglesias, escuelas, sindicatos, partidos, medios
masivos de comunicación, son algunos de estos organismos, definidos como espacio
en el que se estructura la hegemonía de una clase, pero también en donde se expresa
el conflicto social. Porque la caracterización de una sociedad como sistema
hegemónico no supone postular un modelo absolutamente integrado de ésta: las
instituciones de la sociedad civil son el escenario de la lucha política de clases, el
campo en el que las masas deben desarrollar la estrategia de la guerra de posiciones”
(PORTANTIERO, 1994: 131). A través de estos mecanismos es que se realiza esta
imposición de valores, creencias y significados de forma que los dominados conciban
como natural este sometimiento y puedan apropiarse de esta forma “correcta” de ver
el mundo, neutralizando así su capacidad e ímpetu revolucionario. Surge aquí la figura
del intelectual orgánico. El intelectual orgánico al bloque histórico dominante puede
ser un profesor, un cura, un erudito, un comunicador, un escritor. Su función es la de
trabajar en las distintas organizaciones culturales y en los partidos políticos
dominantes para asegurar el consentimiento de las clases dominadas al proyecto del
bloque histórico preponderante.“Estas funciones son, precisamente, organizativas y
de conexión. Los intelectuales son los “empleados” del grupo dominante a quienes se
les encomiendan las tareas subalternas en la hegemonía social y en el gobierno
político; es decir, en el consenso “espontáneo” otorgado por las grandes masas de la
población a la directriz marcada a la vida social por el grupo básico dominante,
consenso que surge “históricamente” del prestigio -y por tanto, de la confianza-
originado por el grupo prevalente por su posición y su papel en el mundo de la
producción; y en el aparato coercitivo estatal, que asegura “legalmente” la disciplina
de los grupos activa o pasivamente en “desacuerdo”, instituido no obstante para toda
la sociedad en previsión de momentos de crisis de mando y de dirección, cuando el
consenso espontáneo declina” (GRAMSCI, 1967).
A continuación voy a comentar sobre algunas precauciones útiles. El académico
argentino Néstor García Canclini, en su artículo “Gramsci con Bourdieu”, realiza una
aproximación crítica al uso del concepto de hegemonía y del “uso simplificador o
excluyente de dos o tres esquemas desgajados del universo gramsciano”. Una cuestión
que a veces se tiende a pasar por alto en el intento de contraponer radicalmente
conceptos y estudiarlos desde una oposición binaria que limita el estudio de sus
interacciones y rasgos en común, es el hecho de que para instaurar y sostener una
hegemonía, es imprescindible que esta resida en un acuerdo, en un vínculo de
prestaciones mutuas entre las clases dominantes y las clases dominadas. Cuando los
subalternos prestan su consenso al proyecto político de las clases dominantes es
porque encuentran en la acción hegemónica distintas utilidades o satisfacciones a sus
necesidades. Estos acuerdos, compromisos o alianzas que sostienen la hegemonía y la
legitimidad otorgada por los subalternos, pueden cobrar la forma de un aumento de
sueldo, servicios de salud, educación o seguridad social, por citar algunos ejemplos.
Pero no solamente en realizar acuerdos o compromisos se basan las concesiones que
otorga la clase dominante a los subalternos. Imposibilitada de incorporar a todos los
sectores al sistema de producción capitalista, la clase hegemónica debe,
inevitablemente, aceptar que los sectores más desfavorecidos o excluidos de este
sistema se inclinen a la búsqueda de otras vías para satisfacer sus necesidades. Canclini
cita como ejemplos los casos de la producción artesanal, las fiestas populares o la
medicina tradicional. Atendidos ciertos reclamos, realizadas algunas concesiones y
permitiendo la realización de algunas prácticas y manifestaciones, la posibilidad del
surgimiento de una conciencia de clases se ve anestesiada.
Otro aporte interesante realizado por Canclini al estudio de la hegemonía es no situar
a esta como propiedad de una clase o un ámbito que cumple tal o cual grupo y reclama
su potestad absoluta, aunque esto resulte tan sencillo como tentador. Es importante
analizar la hegemonía como instancia, como dispositivo y no limitarse a catalogar a
movimientos, grupos o prácticas solamente en hegemónicas o contrahegemónicas.
“No existen sectores que se dediquen full time a construir la hegemonía, otros
entregados al consumismo y otros tan concientizados que viven sólo para la resistencia
y el desarrollo de una existencia popular alternativa”(GARCIA CANCLINI, 1984).
La crisis de hegemonía se suscita cuando la clase dirigente se ve incapacitada de
brindar respuestas o soluciones a los problemas colectivos y así ve socavado el
consenso sobre su concepción de mundo. Disminuidas las fuerzas productivas, el
proyecto hegemónico se estanca y las clases subalternas profundizan las
contradicciones del proyecto hegemónico buscando generar las condiciones para un
cambio, para hacer emerger un nuevo bloque histórico que los encuentre dirigentes y,
ya no, dirigidos. “Todo orden hegemónico es susceptible de ser cuestionado por
prácticas contrahegemónicas que intentan desarticularlo, con el fin de instalar otra
forma de hegemonía. Resulta claro que, una vez que concebimos la realidad social en
términos de prácticas hegemónicas, el proceso de crítica social característico de la
política radical ya no puede consistir en retirarse de las instituciones existentes, sino
en comprometerse con ellas, con el fin de desarticular los discursos y prácticas
existentes por medio de los cuales la actual hegemonía se establece y reproduce, y con
el propósito de construir una hegemonía diferente”, afirma la politóloga belga Chantal
Mouffe en su artículo denominado “Crítica como intervención contrahegemónica”.
Cuando Mouffe se refiere a la desarticulación de los discursos y prácticas hegemónicas
comprometiéndose con las instituciones existentes se refiere a lo que Gramsci llamaba
“la guerra de posiciones”. Librar una guerra de posiciones, sin situar al poder en un
único lugar sino diseminado en trincheras, desde una multiplicidad de lugares
conectando movimientos sociales, sindicatos y partidos políticos, es decir, basada en
una voluntad colectiva con el fin de transformar a las instituciones será la tarea de un
bloque histórico alternativo.
El concepto contrahegemonía da cuenta de los elementos para la construcción de la
conciencia política autónoma en las diversas clases y sectores populares. Plantea los
escenarios de disputa en el paso de los intereses particulares hacia los intereses
generales, como proceso político clave hacia un bloque social alternativo. “Si se quiere
cimentar una hegemonía alternativa a la dominante es preciso propiciar una guerra de
posiciones cuyo objetivo es subvertir los valores establecidos y encaminar a la gente
hacia un nuevo modelo social. De ahí que la creación de un nuevo intelectual asociado
a la clase obrera pasa por el desarrollo desde la base, desde los sujetos concretos, de
nuevas propuestas y demandas culturales” (RODRIGUEZ PRIETO y SECO MARTINEZ,
2007: 3). Los movimientos contrahegemónicos son luchas, colisiones, rupturas, en
torno a la construcción del sentido, en torno a los conflictos inherentes a esta
imposición de una forma de ver el mundo propia del bloque histórico dominante.
Fuente:
https://santiagoizaguirreok.wordpress.com/2016/04/20/gramsci-hegemonia-y-
contrahegemonia/
hegemonia y contrahegemonia. Gramsci.pdf
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