
La dialéctica de las autoconciencias
La conciencia se vuelve autoconciencia: el “doble objeto” y la vida: La
conciencia ha descubierto que lo verdadero no es algo distinto de ella misma, que la
verdad que antes creía que se encontraba enteramente volcada del lado del objeto
no es algo ajeno a su propia certeza subjetiva.
“Certeza” (del sujeto) y “verdad” (del objeto) comienzan a identificarse cuando la
conciencia deviene autoconciencia. Cuando la conciencia se convierte en
autoconciencia el “objeto” era idéntico al “sujeto” de conocimiento: la auto
conciencia es conciencia de sí mismo: el yo es el objeto del yo. Esto justamente
significa ser “autoconsciente”.
Cuando decimos que somos autoconscientes, queremos indicar que nuestra propia
conciencia es objeto de nuestro pensamiento. Pero como la conciencia nunca está,
por así decir, vacía, sino que siempre pensamos algo, percibimos cosas, etc,
entonces, cuando somos autoconscientes, tenemos nuestra propia conciencia
como objeto y, con ella, a los objetos sensibles, externos a nosotros, que son objeto
para la conciencia.
La autoconciencia hegeliana, se trata de una autoconciencia que “es, en general,
deseo” y cuyo objeto “ha devenido vida”. “En general” no quiere decir que a veces sí
es deseo y a veces no lo es, significa que lo esencial de la autoconciencia es el
deseo, que el deseo es lo que siempre acompaña a la autoconciencia, que ella no
es otra cosa que deseo. Y cuando Hegel dice que es “deseo” se refiere al deseo en
un sentido más corporal o carnal: el deseo como hambre, sed, deseo sexual, etc.
Con respecto a la relación entre la autoconciencia y la vida, lo primero que debe
decirse es que la autoconciencia no puede sino producir en un ser viviente. Pero
también, como vida, la autoconciencia es “reflexión en sí misma”, capacidad de
negarse a sí misma, de diferenciarse sin perder por ello la unidad de base.
La primacía de lo práctico en la subjetividad: el deseo: El sujeto hegeliano en
este punto evidencia su carácter eminentemente práctico, no teórico, cuya relación
primaria con el mundo no es en términos de contemplación o de pensamiento, sino
de deseo. El sujeto de conocimiento, el Yo pienso o la autoconciencia, se basa
principalmente en el deseo. El deseo no es algo que suceda por fuera del
conocimiento, distrayendo o confundiendo al sujeto que conoce, sino que está a la
base de su constitución como sujeto. Sin deseo no hay sujeto.
El impulso de la autoconciencia, su por así decir, motor en este proceso que apunta
al reconocimiento mutuo, es la necesidad de “mostrarse” como un ser libre y que el
otro lo reconozca como tal. Aquí, mostrarse equivale prácticamente a evidenciar,
demostrar la propia esencia; probar que la libertad es un rasgo esencial de ese ser
autoconsciente y, en general, un rasgo esencial de toda autoconciencia.
El objetivo de la autoconciencia, en definitiva, es demostrar su propia
independencia, su autonomía, y cada una de las fases que atraviesa a lo largo del
capítulo, son los pasos que da en esa dirección, pasos en la progresiva realización
en el mundo de su libertad y de la conciencia de sí misma como un ser
esencialmente libre.