HEGEL
Lo verdadero es el todo: “lo absoluto”: Según Hegel, la “ciencia” (una manera de
referirse a la auténtica filosofía, la “especulativa”), no debe aferrarse al saber
inmediato, sino que debe entender dicho saber como la forma más “abstracta”, más
pobre en “determinaciones”; sólo un primer momento que, aunque necesario como
comienzo, debe ser pronto superado por formas más “medidas” de saber que lo
hagan “concreto”. La verdadera ciencia es un saber “absoluto”.
Para que exista verdaderamente conocimiento en sentido estricto, ciencia o saber
absoluto, el sujeto y el objeto deben ser lo suficientemente diferentes para no caer
en un idealismo extremo, reduccionista; pero tiene que haber, a la vez, suficiente
unidad entre ellos como para que exista al menos la posibilidad de que el sujeto
conozca al objeto.
La fenomenología como “devenir del saber”: La fenomenología expone el
recorrido que ha realizado el espíritu (este absoluto que es consciente de sí mismo)
desde la conciencia más elemental e inmediata hasta el saber absoluto, hasta la
conciencia de sí mismo en lo otro, en lo que aparecía como algo completamente
exterior. La fenomenología es, como el subtítulo de la obra lo indica, una “ciencia de
la experiencia de la conciencia”.
El lugar de la autoconciencia en la estructura dialéctica de la Fenomenología:
La relación entre estos tres elementos de la estructura puede entenderse del
siguiente modo: la razón constituye la “superación” de la oposición entre la
conciencia y la autoconciencia; ella representa la unidad, la identidad, de la
no-identidad de la conciencia con la autoconciencia o, lo que es similar, del objeto y
el sujeto, respectivamente. De acuerdo con este punto de vista, la razón es lo
absoluto que es capaz de captar la “unidad en la diferencia”, en este caso, de sujeto
y objeto.
De acuerdo con esta representación, la conciencia constituye el primer momento de
esta dialéctica, el modo más abstracto e inmediato, pero que a la vez corresponde a
lo “sustancial” o “en si”. La autoconciencia, por su parte, refiere al segundo
momento, al giro reflexivo, “para sí”; un momento “negativo” y “subjetivo”. La razón,
finalmente, corresponde a la superación de los momentos anteriores. Es, por lo
tanto, a la vez, sustancial y subjetiva; negativa y positiva; es “concreta”.
Esquemáticamente:
1) CONCIENCIA: abstracta, inmediata, sustancial, en sí.
2) AUTOCONCIENCIA: reflexiva, mediación, negación, subjetividad, “para sí”.
3) RAZÓN: (superación de 1 y 2) sustancial y subjetiva, en sí y para sí,
negación de la negación y momento positivo.
La autoconciencia surge, para Hegel, como negación de lo dado, de lo objetivo, del
mundo de las cosas o de la vida.
La dialéctica de las autoconciencias
La conciencia se vuelve autoconciencia: el “doble objeto” y la vida: La
conciencia ha descubierto que lo verdadero no es algo distinto de ella misma, que la
verdad que antes creía que se encontraba enteramente volcada del lado del objeto
no es algo ajeno a su propia certeza subjetiva.
“Certeza” (del sujeto) y “verdad” (del objeto) comienzan a identificarse cuando la
conciencia deviene autoconciencia. Cuando la conciencia se convierte en
autoconciencia el “objeto” era idéntico al “sujeto” de conocimiento: la auto
conciencia es conciencia de sí mismo: el yo es el objeto del yo. Esto justamente
significa ser “autoconsciente”.
Cuando decimos que somos autoconscientes, queremos indicar que nuestra propia
conciencia es objeto de nuestro pensamiento. Pero como la conciencia nunca está,
por así decir, vacía, sino que siempre pensamos algo, percibimos cosas, etc,
entonces, cuando somos autoconscientes, tenemos nuestra propia conciencia
como objeto y, con ella, a los objetos sensibles, externos a nosotros, que son objeto
para la conciencia.
La autoconciencia hegeliana, se trata de una autoconciencia que “es, en general,
deseo” y cuyo objeto “ha devenido vida”. “En general” no quiere decir que a veces sí
es deseo y a veces no lo es, significa que lo esencial de la autoconciencia es el
deseo, que el deseo es lo que siempre acompaña a la autoconciencia, que ella no
es otra cosa que deseo. Y cuando Hegel dice que es “deseo” se refiere al deseo en
un sentido más corporal o carnal: el deseo como hambre, sed, deseo sexual, etc.
Con respecto a la relación entre la autoconciencia y la vida, lo primero que debe
decirse es que la autoconciencia no puede sino producir en un ser viviente. Pero
también, como vida, la autoconciencia es “reflexión en sí misma”, capacidad de
negarse a sí misma, de diferenciarse sin perder por ello la unidad de base.
La primacía de lo práctico en la subjetividad: el deseo: El sujeto hegeliano en
este punto evidencia su carácter eminentemente práctico, no teórico, cuya relación
primaria con el mundo no es en términos de contemplación o de pensamiento, sino
de deseo. El sujeto de conocimiento, el Yo pienso o la autoconciencia, se basa
principalmente en el deseo. El deseo no es algo que suceda por fuera del
conocimiento, distrayendo o confundiendo al sujeto que conoce, sino que está a la
base de su constitución como sujeto. Sin deseo no hay sujeto.
El impulso de la autoconciencia, su por así decir, motor en este proceso que apunta
al reconocimiento mutuo, es la necesidad de “mostrarse” como un ser libre y que el
otro lo reconozca como tal. Aquí, mostrarse equivale prácticamente a evidenciar,
demostrar la propia esencia; probar que la libertad es un rasgo esencial de ese ser
autoconsciente y, en general, un rasgo esencial de toda autoconciencia.
El objetivo de la autoconciencia, en definitiva, es demostrar su propia
independencia, su autonomía, y cada una de las fases que atraviesa a lo largo del
capítulo, son los pasos que da en esa dirección, pasos en la progresiva realización
en el mundo de su libertad y de la conciencia de sí misma como un ser
esencialmente libre.
La satisfacción de la autoconciencia: la intersubjetividad: La primera expresión
de la negatividad del deseo es entonces el consumo devorador del objeto sensible.
El problema con este tipo de consumo consiste en que cada vez que el sujeto
incorpora, devorando, su objeto de deseo, lo que consigue es una satisfacción
pasajera, que no da cuenta del carácter substancial de su propia autosuficiencia.
“El yo es el nosotros y el nosotros es el yo”, con esta frase de Hegel queda en
evidencia el carácter intersubjetivo, social o “espiritual” de la autoconciencia. Si la
autoconciencia es algo que tiene que alcanzarse, es decir, si alcanzarla es un logro,
entonces ese logro es social, porque tiene como condición de su satisfacción la
existencia (y el reconocimiento) de otras autoconciencias. No es aquí el
conocimiento lo primario (ni siquiera el autoconocimiento), sino el reconocimiento
social.
La dialéctica de señorío y servidumbre: La autoconciencia duplicada: “La
autoconciencia es en y para sí en cuanto que y porque es en sí y para sí para otra
autoconciencia; es decir, solo es en cuanto se la reconoce”. Este “reconocimiento”,
condición necesaria de la autoconciencia, es aquello que solo otra autoconciencia (y
no un objeto) podría dar.
Lo que tiene que suceder es, justamente, el reconocimiento. Cada autoconciencia
es reconocida por la otra como una autoconciencia. El reconocimiento es mutuo:
solo importa el reconocimiento de aquel a quien reconocemos.
La negación de la vida como prueba de la libertad: Pero el reconocimiento no
llega inmediatamente. La autoconciencia se encuentra con otra autoconciencia que
busca exactamente lo mismo que ella.
En este primer momento reina el desconocimiento entre las autoconciencias. Ambas
autoconciencias buscan demostrarle a la otra su independencia con respecto al
objeto sensible, al mundo. Las dos quieren demostrar que lo que las define es la
libertad, no la vida. El modo de demostrar esa independencia con respecto a la vida
consiste en arriesgar la propia vida.
La lucha a vida o muerte y el establecimiento de la dominación: Retomando la
argumentación de Hegel, debemos indicar que la “presentación” que cada
autoconciencia hace de sí misma es un “hacer duplicado”: es a la vez un “hacer del
otro” y un “hacer por sí mismo”. El “hacer del otro” consiste en tender a la muerte del
otro, a su aniquilación, intentando repetir así la original aniquilación del objeto
sensible por parte de la autoconciencia deseante. Mientras que el “hacer por uno
mismo” implica arriesgar la propia vida. Intentar matar al otro y arriesgar la vida son
las dos acciones (o la doble acción) que estructuran la lucha a vida o muerte que se
entabla entre las autoconciencias cuando cada una de ellas busca probarle a la otra
su independencia con respecto a la vida. “Solamente arriesgando la vida se
mantiene la libertad”, dice Hegel.
Arriesgar la propia vida es la condición para imponer y demostrar la propia
independencia frente al otro. Sin embargo, y esto será crucial, la muerte del otro
significa también la propia ruina, o por lo menos el fracaso en la búsqueda de ser
reconocido por otro sujeto como una autoconciencia independiente, pues quienes
están muertos ya no pueden reconocer a nadie. La lucha, por lo tanto, no tiene
como objetivo exactamente la muerte del otro, sino que ese otro se rinda por miedo
a morir, que prefiera la vida antes que la muerte y, con ello, la sumisión antes que la
libertad. Si esto sucede, quien vence, quien ha arriesgado su vida al punto de
preferir morir antes que verse sometido por el otro, se convierte en señor o amo;
quien se ha aferrado a la vida poniendo en riesgo su libertad, será siervo o esclavo.
El señor es reconocido por el siervo pero no reconoce a éste como una
autoconciencia libre, independiente.
El trabajo y el temor: Una vez establecida la relación de señorío y servidumbre, la
desigualdad vuelve aparecer en la forma de un reconocimiento que, en medio de
una situación de dominación, obviamente no puede ser igualitario. Dice Hegel que
aquí: “se ha producido solamente un reconocimiento unilateral y desigual”, pues la
autoconciencia sólo puede alcanzar su satisfacción en una autoconciencia como
ella.
En ambas situaciones, el temor y el trabajo, el siervo experimenta lo que él, como
autoconciencia, es, aunque eso que es todavía no sea reconocido por el señor y,
por lo tanto, tampoco lo reconozca el siervo en su propio ser. El poder negador de la
autoconciencia se manifiesta con toda claridad en el trabajo (no en el goce del
señor): el trabajo es la transformación del mundo objetivo; una transformación
puesta al servicio del deseo. Mediante el trabajo el ser humano se vuelve real y el
mundo, a su vez, se transforma en un mundo “humano”.
De alguna manera, Hegel nos está indicando que la historia continua gracias al
siervo y a su producción, no gracias a la ociosidad del señor. Habrá que esperar
mucho todavía hasta que esa independencia del sujeto llegue a realizarse
efectivamente a través de una comunidad de pleno reconocimiento mutuo
(igualitario), esto es, para Hegel, el Estado moderno.
Ese estado, en el que todos los individuos son reconocidos como iguales (como
igualmente libres), es para Hegel únicamente el Estado moderno, porque en él
existe por primera vez una Constitución que garantiza la igualdad de todos ante la
ley y le otorga los mismos derechos y garantías a todos los ciudadanos.
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