7. Mientras el yo recorre la trasmudación del yo-placer al yo-realidad, las pulsiones
sexuales experimentan aquellas modificaciones que las llevan desde el autoerotismo
inicial, pasando por diversas fases intermedias, hasta el amor de objeto al servicio de
la función de reproducir la especie. Si es cierto que cada estadio de estas dos líneas
de desarrollo puede convertirse en el asiento de una predisposición a enfermar más
tarde de neurosis, ello nos sugiere hacer depender la decisión acerca de la forma que
adquirirá después la enfermedad (la elección de neurosis) de la fase del desarrollo del
yo y de la libido en la cual sobrevino aquella inhibición del desarrollo, predisponente.
Así, los caracteres temporales, aún no estudiados, de ambos desarrollos, y su posible
desplazamiento recíproco, cobran una significatividad insospechada.
8. El carácter más extraño de los procesos inconcientes (reprimidos), al que cada
indagador no se habitúa sino venciéndose a sí mismo con gran esfuerzo, resulta
enteramente del hecho de que en ellos el examen de realidad no rige para nada, sino
que la realidad del pensar es equiparada a la realidad efectiva exterior, y el deseo, a
su cumplimiento, al acontecimiento, tal como se deriva sin más del imperio del viejo
principio de placer. Por eso también es tan difícil distinguir unas fantasías inconcientes
de unos recuerdos que han devenido inconcientes. Pero no hay que dejarse inducir al
error de incorporar en las formaciones psíquicas reprimidas la valoración de realidad
objetiva y, por ejemplo, menospreciar unas fantasías respecto de la formación de
síntoma por cuanto justamente no son realidades efectivas ningunas, o derivar de
alguna otra parte un sentimiento de culpa neurótico porque en la realidad efectiva no
pueda demostrarse que se cometió un delito. Tenemos la obligación de servirnos de la
moneda que predomina en el país que investigamos; en nuestro caso, de la moneda
neurótica. Inténtese, por ejemplo, solucionar un sueño como el que sigue. Un hombre,
que cuidó a su padre durante su larga y cruel enfermedad letal, informa que en los
meses que siguieron a su muerte soñó repetidas veces: El padre estaba de nuevo con
vida y hablaba con él como solía. Pero él se sentía en extremo adolorido por el hecho
de que el padre estuviese muerto, sólo que no sabía. Ningún otro camino nos lleva a la
comprensión de este sueño, que parece absurdo, si no es el agregar «según el deseo
del soñante» o «a causa de su deseo» a las palabras «que el padre estuviese
muerto», y el añadir «que él [el soñante] lo deseaba» a las últimas palabras. El
pensamiento onírico reza entonces: Era para él un doliente recuerdo el haber tenido
que desearle la muerte a su padre (como liberación) cuando aún vivía, y cuán
espantoso habría sido que el padre lo sospechase. Se trata, pues, del conocido caso