
El descubrimiento de su castración es un punto de viraje en el desarrollo de la niña. De ahí
parten tres orientaciones del desarrollo: una lleva a la inhibición sexual o a la neurosis; la
siguiente, a la alteración del carácter en el sentido de un complejo de masculinidad, y la
tercera, en fin, a la feminidad normal.
El contenido esencial de la primera es que la niña pequeña, que hasta ese momento había
vivido como varón, sabía procurarse placer por excitación de su clítoris y relacionaba este
quehacer con sus deseos sexuales, con frecuencia activos, referidos a la madre, ve estropearse
el goce de su sexualidad fálica por el influjo de la envidia del pene. La comparación con el
varón, tanto mejor dotado, es una afrenta a su amor propio; renuncia a la satisfacción
masturbatoria en el clítoris, desestima su amor por la madre y entonces no es raro que
reprima una buena parte de sus propias aspiraciones sexuales.
Cuando la envidia del pene ha despertado un fuerte impulso contrario al onanismo clitorídeo y
este, empero, no quiere ceder, se entabla una violenta lucha por liberarse; en esa lucha la niña
asume ella misma, por así decir, el papel de la madre ahora destituida y expresa todo su
descontento con el clítoris inferior en la repulsa a la satisfacción obtenida en él. Muchos años
después, cuando el quehacer onanista hace largo tiempo que fue sofocado, se continúa un
interés que debemos interpretar como defensa contra una tentación que se sigue temiendo.
Se exterioriza en la emergencia de una simpatía hacia personas a quienes se atribuyen
dificultades parecidas, entra como motivo del casamiento y hasta puede comandar la elección
del marido o del compañero en el amor.
Con el abandono de la masturbación clitorídea se renuncia a una porción de actividad. Ahora
prevalece la pasividad, la vuelta hacia el padre se consuma predominantemente con ayuda de
mociones pulsionales pasivas.
Cuando no es mucho lo que a raíz de ello se pierde por represión, esa feminidad puede
resultar normal. El deseo con que la niña se vuelve hacia el padre es sin duda, originariamente,
el deseo del pene que la madre le ha denegado y ahora espera del padre.
La situación femenina sólo se establece cuando el deseo del pene se sustituye por el deseo del
hijo, y entonces, siguiendo una antigua equivalencia simbólica, el hijo aparece en lugar del
pene.
Con la trasferencia del deseo hijo- pene al padre, la niña ha ingresado en la situación del
complejo de Edipo. La hostilidad a la madre, que no necesita ser creada como si fuera algo
nuevo, experimenta ahora un gran refuerzo, pues deviene la rival que recibe del padre todo lo
que la niña anhela de él.
El complejo de castración prepara al complejo de Edipo en vez de destruirlo; por el influjo de la
envidia del pene, la niña es expulsada de la ligazón- madre y desemboca en la situación edípica
como en un puerto. Ausente la angustia de castración, falta el motivo principal que había
esforzado al varoncito a superar el complejo de Edipo. La niña permanece dentro de él por un
tiempo indefinido, sólo después lo deconstruye y aun entonces lo hace de manera incompleta.
En tales constelaciones tiene que sufrir menoscabo la formación del superyó, no puede
alcanzar la fuerza y la independencia que le confieren su significatividad cultural.
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