“Fragmentos” del texto Historia de la locura de M. Foucault
A continuación tienen una especie de “visita guiada” por los dos primeros capítulos de la
Historia de la Locura de Michel Foucault. Es una selección de párrafos del texto que permiten
una primera aproximación a los temas que aborda Foucault. Obviamente para una mejor
comprensión del texto es imprescindible la lectura directa y completa del mismo. Tomen esto
como una especie de guía de lectura, o mejor dicho, sería simplemente algo así como tomar el
libro y encontrarse con algunos párrafos subrayados. Espero que les sirva y que les sea útil
para la lectura. Todas las citas son del texto y los pequeños comentarios los hice con el fin de
darle cierta ilación y cohesión. El remarcado no pertenece al texto original. Remarqué algunos
párrafos en las citas para destacar las ideas que expone y que también vamos a revisar durante
las clases.
Capitulo1
Foucault en el primer capítulo del texto señala que la locura en el siglo XVII va a ocupar el
lugar material y también cultural, que en otro tiempo correspondía a los leprosos. Con este
párrafo inicia el texto:
Al final de la Edad Media, la lepra desaparece del mundo occidental. En las
márgenes de la comunidad, en las puertas de las ciudades, se abren terrenos,
como grandes playas, en los cuales ya no acecha la enfermedad, la cual, sin
embargo, los ha dejado estériles e inhabitables por mucho tiempo. Durante
siglos, estas extensiones pertenecerán a lo inhumano. Del siglo XIV al XVII,
van a esperar y a solicitar por medio de extraños encantamientos una nueva
encarnación del mal, una mueca distinta del miedo, una magia renovada de
purificación y de exclusión.
Desaparecen los leprosarios, pero las formas de exclusión no. Así caracteriza este proceso:
Extraña desaparición es ésta, que no fue lograda, indudablemente, por las
oscuras prácticas de los médicos: más bien debe de ser resultado espontáneo
de la segregación, así como consecuencia del fin de las Cruzadas, de la ruptura
de los lazos de Europa con Oriente, que era donde se hallaban los focos de
infección. La lepra se retira, abandonando lugares y ritos que no estaban
destinados a suprimirla, sino a mantenerla a una distancia sagrada, a fijarla
en una exaltación inversa. Lo que durará más tiempo que la lepra, y que se
mantendrá en una época en la cual, desde muchos años atrás, los leprosarios
están vacíos, son los valores y las imágenes que se habían unido al personaje
del leproso; permanecerá el sentido de su exclusión, la importancia en el
grupo social de esta figura insistente y temible, a la cual no se puede apartar
sin haber trazado antes alrededor de ella un círculo sagrado.
El sentido de exclusión no solo se refiere a separar el mal, también está en juego la idea de
salvar o redimir al excluido, como una especie de reintegración espiritual. Estas formas de
la exclusión se manifestaran siglos más tarde, con otros valores y otras figuras, en relación
a la locura y la pobreza.
Desaparecida la lepra, olvidado el leproso, o casi, estas estructuras
permanecerán. A menudo en los mismos lugares, los juegos de exclusión se
repetirán, en forma extrañamente parecida, dos o tres siglos más tarde. Los
pobres, los vagabundos, los muchachos de correccional, y las "cabezas
alienadas", tomarán nuevamente el papel abandonado por el leproso, y
veremos qué salvación se espera de esta exclusión, tanto para aquellos que la
sufren como para quienes los excluyen. Con un sentido completamente
nuevo, y en una cultura muy distinta, las formas subsistirán, esencialmente
esta forma considerable de separación rigurosa, que es exclusión social, pero
reintegración espiritual.
En estos primeros párrafos se evidencia el tipo de enfoque que en este texto va a sostener
Foucault. Esta estructura de la exclusión va a definir lugares y prácticas, que van a tener que
ver con acontecimientos sociales, políticos y económicos, más que con razones
relacionadas estrictamente con la medicina.
Foucault piensa y describe fundamentalmente, a propósito de la locura, a un poder de
exclusión que en el siglo XVII va a clasificar, y separar los individuos razonables de los
insensatos. También en las relaciones complejas que el poder mantiene con aquellos que
excluye, en textos posteriores reflexionará, como es sabido, con nuevas ideas sobre la
constitución del poder y sus mecanismos.
Además, en este texto piensa en una discontinuidad para la historia, pero sin rupturas: los
locos ocuparán los lugares que antes ocuparon los leprosos, lugares que permanecen en el
tiempo. En una frase contundente se evidencia esta idea: “la fortaleza de antaño se ha
convertido en el castillo de nuestra conciencia.
Seguidamente de esta primera aproximación al tema de la exclusión, Foucault va a describir
como se experimenta la locura en los siglos XV y XVI.
Hay una referencia a las enfermedades venéreas en tanto ocuparon por un breve lapso el
lugar de exclusión, para después pasar a otro sitio junto con otras enfermedades.
Y sin embargo no son las enfermedades venéreas las que desempeñarán en el
mundo clásico el papel que tenía la lepra en la cultura medieval. A pesar de
esas primeras medidas de exclusión, pronto ocupan un lugar entre las otras
enfermedades.
Habrá que esperar hasta el siglo XVII, que se configure la exclusión e internación de la
locura, para que se sumen las enfermedades venéreas a este espacio que la lepra dejó
como herencia.
Después de esta referencia, Foucault despliega el conocido análisis de “La nave de los locos”.
Ésta surge como una figura con un enorme peso simbólico: “Un objeto nuevo acaba de
aparecer en el paisaje imaginario del Renacimiento, es la Nef des Fous, la nave de los locos,
extraño barco ebrio que navega por los ríos.
Objeto que emerge en la literatura, pero del cual Foucault remarca, que en relación a los locos
adquiere existencia real.
De todos estos navíos novelescos o satíricos, el Narrenschiff es el único que ha
tenido existencia real, ya que sí existieron estos barcos, que transportaban de
una ciudad a otra sus cargamentos de insensatos. Los locos de entonces vivían
ordinariamente una existencia errante. Las ciudades los expulsaban con gusto
de su recinto; se les dejaba recorrer los campos apartados, cuando no se les
podía confiar a un grupo de mercaderes o de peregrinos. Esta costumbre era
muy frecuente sobre todo en Alemania;
El sentido de esta expulsión adquiere el carácter de un rito:
Es que la circulación de los locos, el ademán que los expulsa, su partida y
embarco, no tienen todo su sentido en el solo nivel de la utilidad social o de la
seguridad de los ciudadanos. Hay otras significaciones más próximas a los
ritos, indudablemente; y aun podemos descifrar algunas huellas. Por ejemplo
aunque el acceso a las iglesias estaba prohibido a los locos, el derecho eclesiástico
no les vedaba los sacramentos. La Iglesia no sanciona al sacerdote que se vuelve
loco; pero en Nuremberg, en 1421, un sacerdote loco es expulsado con especial
solemnidad, como si la impureza fuera multiplicada por el carácter sagrado del
personaje, y la ciudad toma de su presupuesto el dinero que debe servir al cura
como viático.
En ocasiones, algunos locos eran azotados públicamente, y como una especie de
juego, los ciudadanos los perseguían simulando una carrera, y los expulsaban de
la ciudad golpeándolos con varas.
Señales, todas éstas, de que la partida de los locos era uno de tantos exilios
rituales.
Así se comprende mejor el curioso sentido que tiene la navegación de los locos
y que le da sin duda su prestigio. Por una parte, prácticamente posee una
eficacia indiscutible; confiar el loco a los marineros es evitar, seguramente,
que el insensato merodee indefinidamente bajo los muros de la ciudad,
asegurarse de que irá lejos y volverlo prisionero de su misma partida. Pero a
todo esto, el agua agrega la masa oscura de sus propios valores; ella lo lleva,
pero hace algo más, lo purifica;
La navegación del loco es, a la vez, distribución rigurosa y tránsito absoluto. En
cierto sentido, no hace más que desplegar, a lo largo de una geografía mitad real y
mitad imaginaria, la situación liminar del loco en el horizonte del cuidado del
hombre medieval, situación simbolizada y también realizada por el privilegio que
se otorga al loco de estar encerrado en las puertas de la ciudad; su exclusión debe
recluirlo; si no puede ni debe tener como prisión más que el mismo umbral, se le
retiene en los lugares de paso.
Es puesto en el interior del exterior, e inversamente. Posición altamente
simbólica, que seguirá siendo suya hasta nuestros días, con sólo que admitamos
que la fortaleza de antaño se ha convertido en el castillo de nuestra conciencia.”
Volvemos a ver aquí como Foucault encuentra y describe el gesto de la expulsión y la
redención que se le asocia y esto añade un nuevo rasgo sobre el final de la edad media, la
locura viene a marcar una relación con la verdad y la razón. Relación que finalmente conducirá
a la confrontación del hombre con la nada o la fatuidad de la existencia. La barca no solo
simboliza la exclusión también transporta una inquietud en relación a la existencia. Así lo
plantea Foucault:
Es que la barca simboliza toda una inquietud, surgida repentinamente en el
horizonte de la cultura europea a fines de la Edad Media. La locura y el loco
llegan a ser personajes importantes, en su ambigüedad: amenaza y cosa
ridícula, vertiginosa sinrazón del mundo y ridiculez menuda de los hombres.
En los relatos literarios, la locura es tratada en ese tiempo en estos términos:
Si la locura arrastra a los hombres a una ceguera que los pierde, el
loco, al contrario, recuerda a cada uno su verdad; en la comedia, donde cada
personaje engaña a los otros y se engaña a sí mismo, el loco representa la
comedia de segundo grado, el engaño del engaño; dice, con su lenguaje de
necio, sin aire de razón, las palabras razonables que dan un desenlace cómico
a la obra. Explica el amor a los enamorados, la verdad de la vida a los
jóvenes, la mediocre realidad de las cosas a los orgullosos, a los insolentes y
a los mentirosos. Hasta las viejas fiestas de locos, tan apreciadas en Flandes
y en el norte de Europa, ocupan su sitio en el teatro y transforman en crítica
social y moral lo que hubo en ellos de parodia religiosa espontánea.
En los relatos académicos o como la llama Foucault, la literatura sabia de esos tiempos,
sostiene que:
En la literatura sabia la locura también actúa en el centro mismo de la razón y
de la verdad. Ella embarca indiferentemente a todos los hombres en su navío
insensato y los resuelve a lanzarse a una odisea en común. (Blauwe Schute de
Van Oestvoren, el Narrenschiff de Brant. ) De ella conjura Murner el reino
maléfico en su Narrenbeschwörung. Aparece unida al amor en la sátira de
Corroz Contre Fol Amour, y en el diálogo de Louise Labé, Débat de Folie et
d'Amour, discuten ambos para saber cuál de los dos es el primero, cuál de los
dos hace posible al otro, y es la locura la que conduce al amor a su guisa. La
locura tiene también sus juegos académicos; es objeto de discursos, ella
misma los pronuncia; cuando se la denuncia, se defiende, y reivindica una
posición más cercana a la felicidad y a la verdad que la razón, más cercana a la
razón que la misma razón.
Si durante la edad media reinaba el tema de la muerte, puesta en juego a través de las guerras
y las pestes, en la segunda mitad del siglo XV se produce una torsión y la locura ocupa un lugar
importante al mostrar la fatuidad de la vida. La risa del loco desenmascara la cara de la muerte
y la fragilidad de la existencia. Así lo escribe Foucault:
Pero lo que hay en la risa del loco es que se ríe por adelantado de la risa de la
muerte; y el insensato, al presagiar lo macabro, lo ha desarmado. Los gritos de
Margot la Folie vencen, en pleno Renacimiento, al "Triunfo de la Muerte", que se
cantaba a fines de la Edad Media en los muros de los cementerios.
La sustitución del tema de la muerte por el de la locura no señala una ruptura
sino más bien una torsión en el interior de la misma inquietud. Se trata aún de
la nada de la existencia, pero esta nada no es ya considerada como un término
externo y final, a la vez amenaza y conclusión. Es sentida desde el interior
como la forma continua y constante de la existencia. En tanto que en otro
tiempo la locura de los hombres consistía en no ver que el término de la vida
se aproximaba, mientras que antiguamente había que atraerlos a la prudencia
mediante el espectáculo de la muerte, ahora la prudencia consistirá en
denunciar la locura por doquier, en enseñar a los humanos que no son ya más
que muertos, y que si el término está próximo es porque la locura, convertida
en universal, se confundirá con la muerte.
Con el transcurrir de su argumentación, Foucault se detiene en la fascinación por la locura que
se puede leer en las imágenes creadas por los artistas de esta época.
En primer lugar, el hombre descubre, en esas figuras fantásticas, uno de los
secretos y una vocación de su naturaleza. En el pensamiento medieval, las
legiones de animales, a las que había dado Adán nombre para siempre,
representaban simbólicamente los valores de la humanidad. Pero
al principio del Renacimiento las relaciones con la animalidad se invierten; la
bestia se libera; escapa del mundo de la leyenda y de la ilustración moral para
adquirir algo fantástico que le es propio. Y por una sorprendente inversión, va a
ser ahora el animal, el que acechará al hombre, se apoderará de él, y le revelará
su propia verdad. Los animales imposibles, surgidos de una loca imaginación,
se han vuelto la secreta naturaleza del hombre; y cuando, el último día, el
hombre pecador aparece en su horrible desnudez, se da uno cuenta de que
tiene la forma monstruosa de un animal delirante: son esos gatos cuyos
cuerpos de sapos se mezclan en el "Infierno" de Thierry Bouts con la desnudez
de los condenados; son, según los imagina Stefan Lochner, insectos alados con
cabeza de gatos, esfinges con élitros de escarabajo, pájaros con alas inquietas
y ávidas, como manos; Es el gran animal rapaz, con dedos nudosos, que
aparece en la "Tentación" de Grünewald. La animalidad ha escapado de la
domesticación de los valores y símbolos humanos; es ahora ella la que fascina
al hombre por su desorden, su furor, su riqueza en monstruosas
imposibilidades, es ella la que revela la rabia oscura, la locura infecunda que
existe en el corazón de los hombres.
Foucault remarca otro motivo de fascinación por la locura, la locura además es saber. Un saber
cerrado y al cual es difícil acceder.
Cuando el hombre despliega la arbitrariedad de su locura, encuentra la oscura
necesidad del mundo; el animal que acecha en sus pesadillas, en sus noches de
privación, es su propia naturaleza, la que descubrirá la despiadada verdad del
infierno. (P.21)
La nave de los locos será figura también de un viaje al corazón del hombre y sus deseos, sus
ilusiones y sus debilidades. La locura tiene que ver con el hombre y con la verdad de sí mismo,
que él sabe percibir.
Foucault plantea que esta visión de la locura que aparece en los pintores se contrapone con la
que los relatos literarios y filosóficos constituyen en esta misma época. Como había
mencionado antes, en estos campos predomina la sátira moral.
En el dominio de la expresión literaria y filosófica, la experiencia de la locura,
en el siglo XV, toma sobre todo el aire de una sátira moral. Nada recuerda esas
grandes amenazas de invasión que hostigaban la imaginación de los pintores.
Mientras que Bosco, Brueghel y Durero eran espectadores terriblemente
terrestres, implicados en aquella locura que veían pasar alrededor de ellos,
Erasmo la percibe desde bastante lejos, está fuera de peligro; la observa desde lo
alto de su Olimpo, y si canta sus alabanzas es porque puede reír con la risa
inextinguible de los dioses.
Tal puede ser, apresuradamente reconstruido, el esquema de la oposición
entre una experiencia cósmica de la locura en la proximidad de esas formas
fascinantes, y una experiencia crítica de esta misma locura, en la distancia
insalvable de la ironía. Indudablemente, en su vida real, esta oposición no fue
ni tan marcada ni tan aparente. Durante largo tiempo aún, los hilos estuvieron
entrecruzados, los intercambios fueron incesantes. (P. 24)
Esta oposición para Foucault va a ser fundamental y fundante de la experiencia de la locura en
distintos momentos históricos. Al respecto escribe:
Pese a tantas interferencias aún visibles, la separación ya está hecha; entre las
dos formas de experiencia de la locura no dejará de aumentar la distancia. Las
figuras de la visión cósmica y los movimientos de la reflexión moral, el
elemento trágico y el elemento crítico, en adelante irán separándose cada vez,
abriendo en la unidad profunda de la locura una brecha que nunca volverá a
colmarse. Por un lado, habrá una Nave de los locos, cargada de rostros
gesticulantes, que se hunde poco a poco en la noche del mundo, entre paisajes
que hablan de la extraña alquimia de los conocimientos, de las sordas
amenazas de la bestialidad, y del fin de los tiempos. Por el otro lado, habrá
una Nave de los locos que forme para los sabios la Odisea ejemplar y didáctica
de los defectos humanos.
Esta larga cita aclara esta oposición:
De un lado el Bosco, Brueghel, Thierry Bouts, Durero, y todo el silencio de las
imágenes. Es en el espacio de la pura visión donde la locura despliega sus
poderes. Fantasmas y amenazas, apariencias puras del sueño y destino secreto
del mundo. La locura tiene allí una fuerza primitiva de revelación: revelación
de que lo onírico es real, de que la tenue superficie de la ilusión se abre sobre
una profundidad irrecusable, y de que el cintilar instantáneo de la imagen deja
al mundo presa de figuras inquietantes que se eternizan en sus noches; y
revelación inversa pero no menos dolorosa, que toda la realidad del mundo
será reabsorbida un día por la Imagen fantástica, en ese momento situado
entre el ser y la nada: el delirio de la destrucción pura; el mundo no existe ya,
pero el silencio y la noche aún no acaban de cerrarse sobre él; vacila en un
último resplandor, en el extremo del desorden que precede al orden monótono
de lo consumado. En esta imagen inmediatamente suprimida es donde viene a
perderse la verdad del mundo. Toda esta trama de la apariencia y del secreto,
de la imagen inmediata y del enigma reservado se despliega, en la pintura del Del
otro lado, con Brant, con Erasmo, con toda la tradición humanista, la
locura queda atrapada en el universo del discurso. Allí se refina, se hace más
sutil, y asimismo se desarma. Cambia de escala; nace en el corazón de los
hombres, arregla y desarregla su conducta; y aunque gobierna las ciudades, la
quieta verdad de las cosas, la gran naturaleza la ignora. Desaparece pronto
cuando aparece lo esencial, que es vida y muerte, justicia y verdad. Acaso
todo hombre esté sometido a ella, pero su reinado siempre será mezquino y
relativo; pues la locura mostrará su mediocre verdad a la mirada del sabio.
Para él, la locura será un objeto, y de la peor manera, pues será el objeto de
su risa. Por eso mismo, los laureles que se tejen para ella la encadenan. Y así
fuese más sabia que toda ciencia, debería inclinarse ante la sabiduría, puesto
que ella es locura. No puede tener la última palabra, no es nunca la última
palabra de la verdad y del mundo; el discurso por el cual se justifica sólo
proviene de una conciencia critica del hombre. Este enfrentamiento de la
conciencia crítica y de la experiencia trágica anima todo lo que ha podido ser
conocido de la locura y formulado sobre ella a principios del Renacimiento.
Foucault anuncia que a principio del siglo XVI se va a dar un cambio:
Empero, esta situación, se esfumará pronto, y esta gran estructura, tan clara aún,
tan bien delineada a principios del siglo XVI habrá desaparecido, o casi, menos de
cien años después. Desaparecer no es precisamente el término que conviene para
designar con toda precisión lo que ha ocurrido. (P. 26)
La conciencia crítica empieza a tomar más importancia y desplaza a la conciencia trágica:
Se trata, antes bien, de un privilegio cada vez más marcado que el Renacimiento
ha concedido a uno de los elementos del sistema: el que hacía de la locura una
experiencia en el campo del idioma, una experiencia en que el hombre
afrontaba su verdad moral, las reglas propias de su naturaleza y de su verdad.
En suma, la conciencia crítica de la locura se ha encontrado cada vez más en
relieve, mientras sus figuras trágicas entraban progresivamente en la sombra.
Éstas pronto serán absolutamente esquivadas. Antes de que pase mucho tiempo,
costará trabajo descubrir sus huellas; tan sólo algunas páginas de Sade y la
obra de Goya ofrecen testimonio de que esta desaparición no es un
hundimiento, sino que, oscuramente, esta experiencia trágica subsiste en las
noches del pensamiento y de los sueños, y que en el siglo XVI no se trató de
una destrucción radical sino tan sólo de una ocultación. La experiencia trágica
y cósmica de la locura se ha encontrado disfrazada por los privilegios
exclusivos de una conciencia crítica. Por ello la experiencia clásica, y a través
de ella la experiencia moderna de la locura, no puede ser considerada como
una figura total, que así llegaría finalmente a su verdad positiva; es una figura
fragmentaria la que falazmente se presenta como exhaustiva; es un conjunto
desequilibrado por todo lo que le falta, es decir, por todo lo que oculta. Bajo la
conciencia crítica de la locura y sus formas filosóficas o científicas, morales o
médicas, no ha dejado de velar una sorda conciencia trágica.
En este punto se puede plantear esquemáticamente que los leprosarios dejaron marcado el
lugar cultural de exclusión, que después se escenificó con la nave de los locos, en un tiempo en
que se dio la coexistencia de la conciencia trágica y de la conciencia crítica de la locura.
Después se constituyó la experiencia clásica con el predominio de la conciencia crítica, el
ocultamiento de la conciencia trágica, y el confinamiento en el hospital.
La experiencia trágica, según Foucault, retornará en la modernidad a través de Nietzsche, de
Freud y de algunos artistas como Van Gogh y Artaud.
Es esto lo que han revelado las últimas palabras de Nietzsche, las últimas
visiones de Van Gogh. Es ella, sin duda, la que, en el punto más extremo de su
camino, ha empezado a presentir Freud; son esos grandes desgarramientos los
que él ha querido simbolizar por la lucha mitológica de la libido y del instinto
de muerte. Es ella, en fin, esta conciencia, la que ha venido a expresarse en la
obra de Artaud, en esta obra que debería plantear al pensamiento del siglo xx,
si éste le prestara atención, la más urgente de las preguntas, y la que menos
permite al investigador escapar del vértigo, en esta obra que no ha dejado de
proclamar que nuestra cultura había perdido su medio trágico desde el día en
que rechazó lejos de sí a la gran locura solar del mundo, los desgarramientos
en que se consuma sin cesar la "vida y muerte de Satán el Fuego". (p. 27)
Es interesante el planteo de Foucault: hay que pensar la persistencia de todas estas
experiencias de la locura, en la concepción actual de la locura.
Son estos descubrimientos extremos, ellos solos, los que nos permiten en
nuestra época juzgar finalmente que la experiencia de la locura que se
extiende desde el siglo XVI hasta hoy debe su figura particular y el origen de
su sentido a esta ausencia, a esta noche y a todo lo que la llena. La bella
rectitud que conduce al pensamiento racional hasta el análisis de la locura
como enfermedad mental debe ser reinterpretada en una dimensión vertical;
parece entonces que bajo cada una de sus formas oculta de manera más
completa, y también más peligrosa, esta la experiencia trágica, a la que sin
embargo no ha logrado reducir del todo. En el punto último del freno, era
necesaria la explosión, a la que asistimos desde Nietzsche.
En el siglo XVI se dio este proceso de avance de la experiencia crítica que se consolidó en la
experiencia clásica de la locura, Foucault señala dos puntos importantes:
1º La locura se convierte en una forma relativa de la razón, o antes bien locura
y razón entran en una relación perpetuamente reversible que hace que toda
locura tenga su razón, la cual la juzga y la domina, y toda razón su locura, en
la cual se encuentra su verdad irrisoria. Cada una es medida de la otra, y en
ese movimiento de referencia recíproca ambas se recusan, pero se funden la
una por la otra.
2º La locura se convierte en una de las formas mismas de la razón. Se integra
a ella, constituyendo sea una de sus formas secretas, sea uno de los
momentos de su manifestación, sea una forma paradójica en la cual puede
tomar conciencia de sí misma. De todas maneras, la locura no conserva
sentido y valor más que en el campo mismo de la razón.
Foucault plantea los resultados de este proceso en estos términos:
Poco a poco, la locura se encuentra desarmada, y al mismo tiempo
desplazada; investida por la razón, es como recibida y plantada en ella. Tal
fue, pues, el papel ambiguo de este pensamiento crítico, digamos, antes
bien, de esta razón tan vivamente consciente de las formas que la limitan y de
las fuerzas que la contradicen; descubre a la locura como una de sus propias
figuras, lo que es una manera de conjurar todo lo que puede ser un poder
exterior, hostilidad irreductible, signo de trascendencia, pero al mismo tiempo
coloca a la locura en el centro de su propio trabajo, designándola como un
momento esencial de su propia naturaleza.
Analizando la producción literaria de este período Foucault señala que:
En la obra de Shakespeare, encontramos las locuras emparentadas con la
muerte y con el homicidio; en la de Cervantes, las formas que se ordenan
hacia la presunción y todas las complacencias de lo imaginario. Pero son
elevados modelos, y sus imitadores los moderan y desarman. Sin duda son
ellos testigos, el español y el inglés, más bien de la locura trágica, que de la
experiencia crítica y moral de la Sinrazón que se desarrolla,
con todo, en su propia época. Por encima de los tiempos, vuelven a encontrar
un sentido que se halla a punto de desaparecer, sentido cuya continuidad ya
no persistirá más que en la noche. Sin embargo, comparando su obra, y lo que
ella sostiene, con las significaciones que encontramos en la obra de sus
contemporáneos o imitadores, es como se podrá descifrar lo que sucede, a
principios del siglo XVII, en la experiencia literaria de la locura.
Pero muy pronto, la locura abandona esas regiones últimas donde Cervantes y
Shakespeare la situaron; en la literatura de principios del siglo XVII, ocupa, de
preferencia, un lugar intermedio; es más bien nudo que desenlace, más la
peripecia que la inminencia última. Desalojada en la economía de las
estructuras novelescas y dramáticas, permite la manifestación de la verdad y
el regreso apacible de la razón.
Apenas ha transcurrido más de un siglo desde el auge de las barquillas locas,
cuando se ve aparecer el tema literario del "Hospital de Locos". Allí, cada
cabeza vacía, retenida y ordenada según la verdadera razón de los hombres,
dice, con el ejemplo, la contradicción y la ironía, el lenguaje desdoblado de la
Sabiduría: "... Hospital de los Locos incurables donde son exhibidas todas las
locuras y enfermedades del espíritu, tanto de los hombres como de las
mujeres, obra tan útil como recreativa, y necesaria para la adquisición de la
verdadera sabiduría. "
Capitulo 2
El capítulo II se titula EL GRAN ENCIERRO. Comienza con la referencia a Descartes. A partir de
su pensamiento se hace una división tajante entre razón y sin-razón.
En el camino de la duda, Descartes encuentra la locura al lado del sueño y de
todas las formas de error.
Foucault plantea que en el siglo XVI la locura aparecía con una referencia recíproca a la razón,
ambas se recusan, pero se funden la una por la otra. En el siglo XVII, en cambio, la razón
excluye de su campo a la locura.
La No-Razón del siglo XVI formaba una especie de peligro abierto, cuyas amenazas
podían siempre, al menos en derecho, comprometer las relaciones de la
subjetividad y de la verdad. El encaminamiento de la duda cartesiana parece
testimoniar que en el siglo XVII el peligro se halla conjurado y que la locura está
fuera del dominio de pertenencia en que el sujeto conserva sus derechos a la
verdad: ese dominio que, para el pensamiento clásico, es la razón misma. En
adelante, la locura está exiliada.
Foucault plantea que esta expulsión de la locura no se debe solo a un avance del racionalismo
en el pensamiento filosófico. Hay además una serie de coordenadas sociales que se despliegan
para excluir y encerrar al loco.
Entre Montaigne y Descartes ha ocurrido un acontecimiento: algo que concierne
al advenimiento de una ratio.
Pero la historia de una ratio como la del mundo occidental está lejos de
haberse agotado en el progreso de un "racionalismo"; está hecha, en parte
igualmente grande aunque más secreta, por ese movimiento por el cual la
sinrazón se ha internado en nuestro suelo, para allí desaparecer, sin duda,
pero también para enraizarse.
Y es este otro aspecto del acontecimiento clásico el que ahora habrá que
manifestar.
Más de un signo lo delata, y no todos se derivan de una experiencia filosófica
ni de los desarrollos del saber. Aquel del que deseamos hablar pertenece a una
superficie cultural bastante extensa. Una serie de datos lo señala con toda
precisión y, con ellos, todo un conjunto de instituciones.
Se sabe bien que en el siglo XVII se han creado grandes internados; en
cambio, no es tan sabido que más de uno de cada cien habitantes de París, ha
estado encerrado allí, así fuera por unos meses. Se sabe bien que el poder
absoluto ha hecho uso de lettres de cachet y de medidas arbitrarias de
detención; se conoce menos cuál era la conciencia jurídica que podía alentar
semejantes prácticas. Desde Pinel, Tuke y Wagnitz. se sabe que los locos,
durante un siglo y medio, han sufrido el régimen de estos internados, hasta el
día en que se les descubrió en las salas del Hospital General, o en los
calabozos de las casas de fuerza; se hallará que estaban mezclados con la
población de las Workhouses o Zuchthäusern. Pero casi nunca se preciso
claramente cuál era su estatuto, ni qué sentido tenía esta vecindad, que
parecía asignar una misma patria a los pobres, a los desocupados, a los mozos
de correccional y a los insensatos. Entre los muros de los internados es donde
Pinel y la psiquiatría del siglo XIX volverán a encontrar a los locos; es allí no
lo olvidemos donde los dejarán, no sin gloriarse de haberlos liberado. Desde
la mitad del siglo XVII, la locura ha estado ligada a la tierra de los internados,
y al ademán que indicaba que era aquél su sitio natural.
Tomemos los hechos en su formulación más sencilla, ya que el internamiento
de los alienados es la estructura más visible en la experiencia clásica de la
locura, y ya que será la piedra de escándalo cuando esta experiencia llegue a
desaparecer en la cultura europea. "Yo los he visto desnudos, cubiertos de
harapos, no teniendo más que paja para librarse de la fría humedad del
empedrado en que están tendidos. Los he visto mal alimentados, privados de
aire que respirar, de agua para calmar su sed y de las cosas más necesarias de
la vida. Los he visto entregados a auténticos carceleros, abandonados a su
brutal vigilancia. Los he visto en recintos estrechos, sucios, infectos, sin aire,
sin luz, encerrados en antros donde no se encerraría a los animales feroces
que el lujo de los gobiernos mantiene con grandes gastos en las capitales. "
Esquirol, Des établissements consacrés aux aliénés en France (1818) en Des
maladies mentales.
Foucault sostiene que el Hôpital Général no es un establecimiento médico, es más bien una
estructura semijurídica, administrativa, que al lado de los poderes de antemano constituidos
y fuera de los tribunales, decide, juzga y ejecuta.
Soberanía casi absoluta, jurisdicción sin apelación, derecho de ejecución contra
el cual nada puede hacerse valer; el Hôpital Général es un extraño poder que el
rey establece entre la policía y la justicia, en los límites de la ley: es el tercer
orden de la represión. Los alienados que Pinel encontrará en Bicêtre y en la
Salpêtrière, pertenecen a este mundo.
Este proceso también se va dando con participación de la iglesia:
Aunque ha sido deliberadamente mantenida aparte de la organización de los
hospitales generales por complicidad indudable del poder real y de la
burguesía Iglesia, sin embargo, no es ajena a este movimiento.
Reforma sus instituciones hospitalarias y redistribuye los bienes de sus
fundaciones; incluso crea congregaciones que se proponen fines análogos a los
del Hôpital Général.
El hospital general en el siglo XVII es un lugar de asistencia, de represión y exclusión.
En esas instituciones vienen a mezclarse así, a menudo no sin conflictos, los
antiguos privilegios de la Iglesia en la asistencia a los pobres y en los ritos de la
hospitalidad, y el afán burgués de poner orden en el mundo de la miseria: el
deseo de ayudar y la necesidad de reprimir; el deber de caridad y el deseo de
castigar: toda una práctica equívoca cuyo sentido habrá que precisar,
simbolizado sin duda por esos leprosarios, vacíos desde el Renacimiento, pero
nuevamente atestados en el siglo XVII y a los que se han devuelto poderes
oscuros. El clasicismo ha inventado el internamiento casi como la Edad Media ha
inventado la segregación de los leprosos; el lugar que éstos dejaron vacío ha sido
ocupado por nuevos personajes en el mundo europeo: los "internados".
El leprosario no sólo tenía un sentido médico; habían intervenido otras funciones
en ese gesto de expulsión que abría unos espacios malditos. El gesto que encierra
no es más sencillo: también él tiene significados políticos, sociales, religiosos,
económicos, morales. Y que probablemente conciernen a estructuras esenciales al
mundo clásico en conjunto.
La locura y la pobreza, perturban el orden social y serán juzgadas a partir de una ética del
trabajo
. En el siglo XVII la locura es desacralizada y enfocada desde un plano moral.
La locura ya no hallará hospitalidad sino entre las paredes del hospital, al lado
de todos los pobres. Es allí donde la encontraremos aún a fines del siglo XVIII.
Para con ella ha nacido una sensibilidad nueva: ya no religiosa, sino social. Si
el loco aparece ordinariamente en el paisaje humano de la Edad Media, es
como llegado de otro mundo. Ahora, va a destacarse sobre el fondo de un
problema de "policía", concerniente al orden de los individuos en la ciudad.
Antes se le recibía porque venía de otra parte; ahora se le va a excluir porque
viene de aquí mismo y ocupa un lugar entre los pobres, los míseros, los
vagabundos. La hospitalidad que lo acoge va a convertirse nuevo equívoco
en la medida de saneamiento que lo pone fuera de circulación. En efecto, él
vaga; pero ya no por el camino de una extraña peregrinación; perturba el
orden del espacio social. Despojada de los derechos de la miseria y robada de
su gloria, la locura, con la pobreza y la holgazanería, aparece en adelante,
secamente, en la dialéctica inmanente de los Estados.
El internamiento, ese hecho masivo cuyos signos se encuentran por toda la
Europa del siglo XVII, es cosa de "policía". De policía en el sentido muy
preciso que se le atribuye en la época clásica, es decir, el conjunto de las
medidas que hacen el trabajo a la vez posible y necesario para todos aquellos
que no podrían vivir sin él
Foucault acentúa la importancia que tuvo la condena moral hacia la locura, destaca que
esta condena moral estaba por encima de cualquier preocupación médica.
Antes de tener el sentido medicinal que le atribuimos, o que al menos
queremos concederle, el confinamiento ha sido una exigencia de algo muy
distinto de la preocupación de la curación. Lo que lo ha hecho necesario, ha
sido un imperativo de trabajo. Donde nuestra filantropía quisiera reconocer
señales de benevolencia hacia la enfermedad, sólo encontramos la
condenación de la ociosidad…..
En toda Europa la internación tiene el mismo sentido, por lo menos al
principio. Es una de las respuestas dadas por el siglo XVII a una crisis
económica que afecta al mundo occidental en conjunto: descenso de salarios,
desempleo, escasez de la moneda; este conjunto de hechos se debe
probablemente a una crisis de la economía española.
Pero fuera de las épocas de crisis, el confinamiento adquiere otro sentido. A su
función de represión se agrega una nueva utilidad. Ahora ya no se trata de
encerrar a los sin trabajo, sino de dar trabajo a quienes se ha encerrado y
hacerlos así útiles para la prosperidad general. La alternación es clara: mano
de obra barata, cuando hay trabajo y salarios altos; y, en periodo de
desempleo, reabsorción de los ociosos y protección social contra la agitación y
los motines. No olvidemos que las primeras casas de internación aparecen en
Inglaterra en los puntos más industrializados del país:
Foucault resume este proceso en estos términos:
El trabajo y la ociosidad han trazado una línea divisoria, en el mundo clásico,
que ha sustituido a la gran exclusión de la lepra. El asilo ha tomado
exactamente el lugar del leprosario en la geografía de los sitios poblados por
fantasmas, como en los paisajes del universo moral.
En el mundo de la producción y del comercio se han renovado los viejos ritos
de excomunión. En estos sitios de la ociosidad maldita y condenada, en este
espacio inventado por una sociedad que descubría en la ley del trabajo una
trascendencia ética, es donde va a aparecer la locura, y a crecer pronto, hasta
el extremo de anexárselos.
Vendrá el día en que podrá recoger estos lugares estériles de la ociosidad, por
una especie de muy antiguo y oscuro derecho hereditario. El siglo XIX aceptará,
e incluso exigirá, que se transfieran exclusivamente a los locos estas tierras,
donde ciento cincuenta años antes se quiso reunir a los miserables, a los
mendigos, a los desocupados……Si existe en la locura clásica
algo que hable de otro lugar y de otra cosa, no es porque el loco venga de otro
cielo el del insensato y luzca los signos celestes; es porque ha franqueado
las fronteras del orden burgués, para enajenarse más allá de los límites
sagrados de la ética aceptada.
El confinamiento es una creación institucional propia del siglo XVII. Ha tomado
desde un principio tal amplitud, que no posee ninguna dimensión en común
con el encarcelamiento tal y como podía practicarse en la Edad Media. Como
medida económica y precaución social, es un invento. Pero en la historia de la
sinrazón, señala un acontecimiento decisivo: el momento en que la locura es
percibida en el horizonte social de la pobreza, de la incapacidad de trabajar, de
la imposibilidad de integrarse al grupo; el momento en que comienza a
asimilarse a los problemas de la ciudad. Las nuevas significaciones que se
atribuyen a la pobreza, la importancia dada a la obligación de trabajar y todos
los valores éticos que le son agregados, determinan la experiencia que se tiene
de la locura, y la forma como se ha modificado su antiguo significado.
La sensibilidad clásica de la locura es descripta por Foucault con estas palabras:
Ha nacido una sensibilidad, que ha trazado una línea, que ha marcado un
umbral, que escoge, para desterrar. El espacio concreto de la sociedad clásica
reserva una región neutral, una página en blanco donde la vida real de la
ciudad se suspende: el orden no afronta ya el desorden, y la razón no intenta
abrirse camino por sí sola, entre todo aquello que puede esquivarla, o que
intenta negarla. Reina en estado puro, gracias a un triunfo, que se le ha
preparado de antemano, sobre una sinrazón desencadenada. La locura pierde
así aquella libertad imaginaria que la hacía desarrollarse todavía en los cielos
del Renacimiento. No hacía aún mucho tiempo, se debatía en pleno día: era el
Rey Lear, era Don Quijote. Pero en menos de medio siglo, se encontró
recluida, y ya dentro de la fortaleza del confinamiento, sometida a la Razón,
a las reglas de la moral y a sus noches monótonas.
“Fragmentos” del texto Historia de la locura de M. Foucault .docx
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