Pese a tantas interferencias aún visibles, la separación ya está hecha; entre las
dos formas de experiencia de la locura no dejará de aumentar la distancia. Las
figuras de la visión cósmica y los movimientos de la reflexión moral, el
elemento trágico y el elemento crítico, en adelante irán separándose cada vez,
abriendo en la unidad profunda de la locura una brecha que nunca volverá a
colmarse. Por un lado, habrá una Nave de los locos, cargada de rostros
gesticulantes, que se hunde poco a poco en la noche del mundo, entre paisajes
que hablan de la extraña alquimia de los conocimientos, de las sordas
amenazas de la bestialidad, y del fin de los tiempos. Por el otro lado, habrá
una Nave de los locos que forme para los sabios la Odisea ejemplar y didáctica
de los defectos humanos.
Esta larga cita aclara esta oposición:
De un lado el Bosco, Brueghel, Thierry Bouts, Durero, y todo el silencio de las
imágenes. Es en el espacio de la pura visión donde la locura despliega sus
poderes. Fantasmas y amenazas, apariencias puras del sueño y destino secreto
del mundo. La locura tiene allí una fuerza primitiva de revelación: revelación
de que lo onírico es real, de que la tenue superficie de la ilusión se abre sobre
una profundidad irrecusable, y de que el cintilar instantáneo de la imagen deja
al mundo presa de figuras inquietantes que se eternizan en sus noches; y
revelación inversa pero no menos dolorosa, que toda la realidad del mundo
será reabsorbida un día por la Imagen fantástica, en ese momento situado
entre el ser y la nada: el delirio de la destrucción pura; el mundo no existe ya,
pero el silencio y la noche aún no acaban de cerrarse sobre él; vacila en un
último resplandor, en el extremo del desorden que precede al orden monótono
de lo consumado. En esta imagen inmediatamente suprimida es donde viene a
perderse la verdad del mundo. Toda esta trama de la apariencia y del secreto,
de la imagen inmediata y del enigma reservado se despliega, en la pintura del Del
otro lado, con Brant, con Erasmo, con toda la tradición humanista, la
locura queda atrapada en el universo del discurso. Allí se refina, se hace más
sutil, y asimismo se desarma. Cambia de escala; nace en el corazón de los
hombres, arregla y desarregla su conducta; y aunque gobierna las ciudades, la
quieta verdad de las cosas, la gran naturaleza la ignora. Desaparece pronto
cuando aparece lo esencial, que es vida y muerte, justicia y verdad. Acaso
todo hombre esté sometido a ella, pero su reinado siempre será mezquino y
relativo; pues la locura mostrará su mediocre verdad a la mirada del sabio.
Para él, la locura será un objeto, y de la peor manera, pues será el objeto de
su risa. Por eso mismo, los laureles que se tejen para ella la encadenan. Y así
fuese más sabia que toda ciencia, debería inclinarse ante la sabiduría, puesto
que ella es locura. No puede tener la última palabra, no es nunca la última
palabra de la verdad y del mundo; el discurso por el cual se justifica sólo
proviene de una conciencia critica del hombre. Este enfrentamiento de la
conciencia crítica y de la experiencia trágica anima todo lo que ha podido ser
conocido de la locura y formulado sobre ella a principios del Renacimiento.
Foucault anuncia que a principio del siglo XVI se va a dar un cambio:
Empero, esta situación, se esfumará pronto, y esta gran estructura, tan clara aún,
tan bien delineada a principios del siglo XVI habrá desaparecido, o casi, menos de
cien años después. Desaparecer no es precisamente el término que conviene para