particular, del que toma prestado su carácter de código. El paciente habla de su felicidad por
la videocasetera y el terapeuta lo puede escuchar. Esto es así porque existe una lengua
compartida, lengua que, como vimos antes, es el soutien del juego universal-singular. Pero
el significante se apoya en el nivel del código, encarna en él, pero sólo para escapársele,
para deslizarse, como sabemos, hacia otro significante.
En otras palabras, la videocasetera del paciente y la del terapeuta se llaman igual pero no
son la misma. La del paciente está ubicada en el circuito universal-singular, mientras que la
del terapeuta, en cambio, es de carácter particular. La videocasetera del paciente se llama
igual que la de su terapeuta, pero sólo porque para nombrarla se toma prestado el idioma
compartido por ambos. Sin ello no hay análisis posible. No se puede escuchar a un paciente
que nos habla en una lengua que nos es ajena. Y fíjense que digo lengua y no idioma,
porque dentro del español inclusive puede haber diferencias insalvables.
Pero lo que nos interesa aquí es mostrar el carácter significante de nuestra videocasetera,
sobreimpuesto al del código lingüístico. Imaginemos por un momento el rumbo que podría
tomar la asociación libre del paciente. Pensemos, por ejemplo: casetera, caseta, y ¿será
muy violento si digo cajeta? Porque si el nombre de la videocasetera desembocara en el
fantasma del órgano sexual femenino, se haría entonces patente el alance de su valor
significante.
Si, el terapeuta interrumpe a su paciente para preguntarle ¿dónde la compró?, precipita esa
caída de la abstinencia que hemos definido como efecto particularista. Y en ello reside,
justamente, la falla ética.
¿Por qué particularismo? Porque lo universal-singular, es decir lo simbólico, sostiene su
existencia en un sistema de convenciones. En nuestro ejemplo, podríamos rastrear la
impronta materna en las marcas de esa vagina –dimensión universal-singular del deseo del
paciente-, sobre el fondo contingente y particular de la videocasetera. Si el terapeuta
pregunta, se traga el anzuelo, congelando la videocasetera en su mero valor de código. Al
arrancarla así del circuito significante, la llevará inevitablemente hacia su molino, en un viaje
inútil y sin retorno. Es por eso que el regalo servido así en bandeja debería ser rechazado: el
terapeuta debe abstenerse de preguntar semejante cosa
El efecto particularista es distintivo de la falla ética y se verifica en la pretensión de que un
rasgo particularista devenga condición universal. No será ocioso adelantar aquí que es
justamente en ese efecto donde radica el núcleo de la violación a los llamados derechos
humanos. Este se verifica cuando el campo particular de reconocimiento de un grupo –etnia,
religión, lengua-, que sólo debiera sostener, en una de sus variaciones posibles, la condición
humana, aspira a colmarla, pretendiendo que todos sean eso.
La palabra ética viene del griego ethos, que significa costumbre, carácter; el termino
correspondiente en latín es mos, cuyo plural es mores. Así ethikos y moralis designan lo
relativo a las costumbres y al carácter. Es frecuente por lo tanto encontrar a los vocablos
ética y moral utilizados de manera equivalente.
Para la tradición filosófica, sin embargo, existe una diferencia cuyo peso vale la pena
destacar. Se utiliza el término moral para describir los sistemas de valores, reservando la
denominación de Ética para la disciplina que estudia dichos entes. La Ética sería allí la rama
de la Filosofía dedicada al estudio de la moral.
Ante todo y excepcionalmente, digamos que en este caso el sentido común nos asiste: se
dice “romper” con la moral vigente, la
moral tradicional, pero no romper con la
ética. Existe entonces cierta intuición para
la cual, mientras que la moral remite a
cierta contingencia, la ética va más allá.
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