LO UNIVERSAL-SINGULAR
Fariña, J
No existe lo universal sino a través de lo singular y recíprocamente, el efecto singular no es
sino una de las infinitas formas posibles de realización de lo universal. Hablamos entonces
de la dimensión universal-singular, para subrayar el carácter indisoluble de sus términos,
dimensión sobre la que se comenzará a dibujar el horizonte de la ética.
La categoría de lo universal, suele ser confundida con la de lo general. Existe cierta tradición
incluso, que usa ambos términos de manera equivalente. Sin perjuicio de las discusiones
que ello promueva, digamos que existe una diferencia radical entre ambas categorías. Lo
universal –ahora nombrado universal-singular- constituye aquel rasgo que es propio de la
especie: su carácter simbólico. Lo general, en cambio, es lo que pudiendo ser una
característica de todos los miembros de una especie no hace sin embargo a su condición
misma.
(…) Lo universal simbólico no tiene ninguna necesidad de difundirse por toda la superficie
de la Tierra para ser universal. Por otra parte, que yo sepa no hay nada que constituya la
unidad mundial de los seres humanos. No hay nada que esté concretamente realizado como
universal. Y, sin embargo, desde el momento en que se forma un sistema simbólico, éste es
completamente, de derecho, universal como tal. El hecho de que los hombres, salvo
excepción, tengan dos brazos, dos piernas y un par de ojos –y por otra parte esto lo tienen
en común con los animales-, el hecho de que, como se dijo, sean bípedos sin plumas, pollos
desplumados, todo esto es genérico, pero absolutamente no universal (Lacan).
Acabamos de sancionar que nuestro universal no se corresponde con el todos cuantitativo.
Hemos dejado, sin embargo, pendiente aún la categoría de lo particular. ¿Por qué la hemos
relegado? Justamente porque su importancia es directamente proporcional a la complejidad
que entraña.
Lo particular no puede comprenderse separado de la universal-singular, y a su vez, eso que
hemos llamado universal-singular no existiría sin lo particular. Ante todo, lo particular es un
efecto de grupo. En otras palabras, un sistema de códigos compartidos. Si dijimos antes que
lo universal-singular denotaba lo propio de la especie, lo particular será el soporte en que se
realiza ese universal-singular.
¿Qué leemos en el piso superior? Lenguaje. Se trata de la graficación de nuestro
comentario anterior: lo universal es el lenguaje, dijimos. Por lo mismo, en la parte inferior
escribimos exactamente su complemento: porque existen las infinitas posibilidades
significantes del lenguaje, el habla de cada sujeto es singular. La línea universal-singular se
realiza entonces en la correspondencia lenguaje-habla.
Universal Lenguaje Castración
Simbólica
Ley
Interdicción
Particular Lengua Complejo de Edipo
Singular Habla MOTH(ER)
Hasta allí lo conocido, pero ¿qué hemos introducido como novedad? Justamente el campo
de lo particular en el que leemos ahora: lengua. ¿Qué significa esto? Directamente, que lo
1
universal-singular del lenguaje-habla no puede realizarse sino sobre un determinado campo
de códigos compartidos. La lengua constituye la dimensión particular porque es ella la que
sostiene, sobre las espaldas de su espectro de posibilidades, los márgenes de lo universal-
singular. Decimos la lengua y no simplemente el idioma, aunque evidentemente es este
último el que soporta toda la estructura significante
En nuestro ejemplo, este campo de lo particular es especialmente visible. Se trata ante todo
del inglés. ¿Han prestado atención a esto? El neologismo moth(er) no se realiza en
abstracto, sino en la materialidad de una lengua. El efecto hilarante se sustenta en un
código compartido. En este caso es el idioma inglés el que soporta el equívoco. El fallido es
intraducible, el episodio de los Simpson no tiene ningún sentido para los espectadores que
no hablan inglés. En otras palabras: no cualquier lengua soporta cualquier cosa. Esto es
más fuerte aún si se percibe que no se trata sólo del idioma. Decimos lengua para expresar
algo que va incluso más allá.
¿Han pensado en el corazón? Tienen allí otra lección extraordinaria sobre el campo de lo
particular. ¿Qué es un corazón? Ustedes lo dicen a coro: el símbolo del amor. ¿Cómo lo
saben? Porque el mito de Cupido, con su cara regordeta y sus flechas enlazando los
corazones de los amantes forma desde siempre parte de nuestras representaciones. Porque
compartimos ese código común; nadie nos los enseñó nunca y sin embargo lo sabemos,
están allí las experiencias compartidas por un grupo cultural.
Veamos entonces la columna derecha de nuestro esquema. En la parte superior leemos
castración simbólica, interdicción. Es la prohibición que instaura la Ley en tanto universal. El
efecto singular de esta interdicción, la fórmula moth(er) también nos es conocida. Las
vicisitudes del sentido que esa fantasía tendrá para Bart son del orden de lo singular.
¿Qué hemos agregado al esquema, ubicado en el campo de lo particular? El complejo de
Edipo. El crimen de Edipo plasmado en la célebre tragedia de Sófocles es sólo una de las
formas posibles para representar la esencia de un acto prohibido. Las culturas africanas
cuentan con otros mitos en los que alojar esa misma condición exogámica.
¿Se ve por qué el llamado complejo de Edipo es del orden de lo particular? Lo universal-
singular toma prestado el mito para realizar, en la imaginería de cierto occidente, su circuito
de flujos y cortes, el inmenso campo de las diferencias significantes.
Les voy a hablar de la anécdota del terapeuta que quería comprarse una videocasetera: Un
terapeuta está pensando en comprarse una videocasetera. Se asesora en los negocios del
ramo acerca de las distintas marcas, sus características técnicas, precios, etc. Cuando llega
a su consultorio para trabajar, el primer paciente del día inicia su cantinela diciendo algo así
como “!estoy feliz de la vida! Me acabo de comprar una videocasetera extraordinaria:
trinorma, cuatro cabezales, cámara lenta, cuadro por cuadro… Y agrega inmediatamente ¡y
la pagué la mitad de lo que vale!; la conseguí en un negocio que la tenía en oferta:
quedaban las tres últimas”.
Hasta allí la anécdota. ¿Puede el terapeuta formular la cuestión, en un obvio interés por
aprovechar él también la oferta? Digámoslo desde ya: en esa precipitación del terapeuta
encontraremos la ocasión para hablar de la falla ética, falla que no por obvia nos eximirá de
su análisis. Por supuesto, no faltará –una vez más- quién nos tilde de extremistas. ¿No
exageran la nota –se nos dirá- tratando de encontrar allí un problema ético? Finalmente, el
paciente no deberá hacer demasiado sacrifico para responder.
Allí donde cierta psicología vendría a hacerse olímpicamente la burra, nosotros
encontraremos el pretexto para introducir la mediación conceptual en la que fundamos
nuestras razones.
Repasemos nuestro esquema preliminar. Dijimos que la dimensión ética se despliega en el
circuito universal-singular, sosteniéndose –de manera siempre provisoria- en el campo de lo
2
particular, del que toma prestado su carácter de código. El paciente habla de su felicidad por
la videocasetera y el terapeuta lo puede escuchar. Esto es así porque existe una lengua
compartida, lengua que, como vimos antes, es el soutien del juego universal-singular. Pero
el significante se apoya en el nivel del código, encarna en él, pero sólo para escapársele,
para deslizarse, como sabemos, hacia otro significante.
En otras palabras, la videocasetera del paciente y la del terapeuta se llaman igual pero no
son la misma. La del paciente está ubicada en el circuito universal-singular, mientras que la
del terapeuta, en cambio, es de carácter particular. La videocasetera del paciente se llama
igual que la de su terapeuta, pero sólo porque para nombrarla se toma prestado el idioma
compartido por ambos. Sin ello no hay análisis posible. No se puede escuchar a un paciente
que nos habla en una lengua que nos es ajena. Y fíjense que digo lengua y no idioma,
porque dentro del español inclusive puede haber diferencias insalvables.
Pero lo que nos interesa aquí es mostrar el carácter significante de nuestra videocasetera,
sobreimpuesto al del código lingüístico. Imaginemos por un momento el rumbo que podría
tomar la asociación libre del paciente. Pensemos, por ejemplo: casetera, caseta, y ¿será
muy violento si digo cajeta? Porque si el nombre de la videocasetera desembocara en el
fantasma del órgano sexual femenino, se haría entonces patente el alance de su valor
significante.
Si, el terapeuta interrumpe a su paciente para preguntarle ¿dónde la compró?, precipita esa
caída de la abstinencia que hemos definido como efecto particularista. Y en ello reside,
justamente, la falla ética.
¿Por qué particularismo? Porque lo universal-singular, es decir lo simbólico, sostiene su
existencia en un sistema de convenciones. En nuestro ejemplo, podríamos rastrear la
impronta materna en las marcas de esa vagina –dimensión universal-singular del deseo del
paciente-, sobre el fondo contingente y particular de la videocasetera. Si el terapeuta
pregunta, se traga el anzuelo, congelando la videocasetera en su mero valor de código. Al
arrancarla así del circuito significante, la llevará inevitablemente hacia su molino, en un viaje
inútil y sin retorno. Es por eso que el regalo servido así en bandeja debería ser rechazado: el
terapeuta debe abstenerse de preguntar semejante cosa
El efecto particularista es distintivo de la falla ética y se verifica en la pretensión de que un
rasgo particularista devenga condición universal. No será ocioso adelantar aquí que es
justamente en ese efecto donde radica el núcleo de la violación a los llamados derechos
humanos. Este se verifica cuando el campo particular de reconocimiento de un grupo –etnia,
religión, lengua-, que sólo debiera sostener, en una de sus variaciones posibles, la condición
humana, aspira a colmarla, pretendiendo que todos sean eso.
La palabra ética viene del griego ethos, que significa costumbre, carácter; el termino
correspondiente en latín es mos, cuyo plural es mores. Así ethikos y moralis designan lo
relativo a las costumbres y al carácter. Es frecuente por lo tanto encontrar a los vocablos
ética y moral utilizados de manera equivalente.
Para la tradición filosófica, sin embargo, existe una diferencia cuyo peso vale la pena
destacar. Se utiliza el término moral para describir los sistemas de valores, reservando la
denominación de Ética para la disciplina que estudia dichos entes. La Ética sería allí la rama
de la Filosofía dedicada al estudio de la moral.
Ante todo y excepcionalmente, digamos que en este caso el sentido común nos asiste: se
dice “romper” con la moral vigente, la
moral tradicional, pero no romper con la
ética. Existe entonces cierta intuición para
la cual, mientras que la moral remite a
cierta contingencia, la ética va más allá.
3
Más estrictamente, la pauta moral se corresponde con los sistemas particulares –culturales,
históricos, de grupo-, mientras que el horizonte ético, si bien puede soportarse en tales
imaginarios, siempre los excede. De allí la afirmación que asigna a la dimensión ética
alcance universal. Pero como dijimos, lo universal-singular de la ética no puede ser colmado
por ningún sistema moral.
4
Fariña - Lo universal singular.pdf
browser_emoji Estamos procesando este archivo...
browser_emoji Lamentablemente la previsualización de este archivo no está disponible. De todas maneras puedes descargarlo y ver si te es útil.
Descargar
. . . . .