La mayor parte del primer año de vida está dedicado a esforzarse por
sobrevivir y a formar y elaborar dispositivos de adaptación que sirvan para
conseguir sus metas. El lactante esta desamparado, siendo incapaz de
conservarse vivo por sus propios medios. Todo aquello de que carece el
infante, lo compensa y proporciona la madre; esta atiende a todas sus
necesidades, obteniendo como resultado una relación complementaria (diada).
El crecimiento y el desarrollo, en el sector psicológico, dependen
esencialmente del establecimiento y despliegue progresivo de relaciones de
objeto cada vez más significativas, es decir, relaciones sociales.
Se entiende por neonato a un organismo psicológicamente indiferenciado,
venido al mundo con un equipo congénito y ciertas invenciones. Este
organismo carece aún de consciencia, de percepción, de sensación y de todas
las demás funciones psicológicas (Cc. El Icc.).
Se distinguen dos procesos:
Maduración: despliegue de las funciones de la especie, producto de la
evolución filogenética y, por lo tanto, innatas, que emergen en el transcurso
del desarrollo embrionario.
Desarrollo: Aparición de formas, de función, del medio interno y externo.
Factores congénitos: aquello con que el recién nacido está dotado y que lo
hace único.
Factores ambientales: génesis de las primeras relaciones de objeto, las
relaciones entre madre-hijo. Entre las peculiaridades de esta relación, se
encuentra la de un estado de desconexión social, un lazo puramente biológico,
que se va transformando progresivamente hasta formar los primeros lazos
sociales.
En la etapa biológica las relaciones con el feto son puramente parasitarias.
Pero en el transcurso del primer año de vida, la criatura pasara por una etapa
de simbiosis psicológica con la madre, desde la cual ganara gradualmente la
etapa siguiente. Esta relación es asimétrica, el neonato al nacer carece de
personalidad organizada comparable a la del adulto; no existe iniciativa
personal, ningún intercambio con el medio circundante, salvo el que consiste
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