que debe acompañar a un cambio de paradigma, que no significa destrucción de valores,
sino cambio de valores. Se trata de pasar: de una ciencia amoral a una ciencia
éticamente responsable; de una tecnocracia dominadora a una tecnología al servicio de
los hombres; de una industria de impacto ambiental a una industria que fomente los
verdaderos intereses y necesidades de la humanidad; de una democracia jurídico-formal
a una democracia viva que garantice la libertad y la justicia (Hans Küng, 1994).
La amenaza a la supervivencia de la humanidad ha sido también señalada, en forma
muy cruda, por Viviane Forrester. Más allá de críticas que se le puedan hacer y de la
ausencia de señalamientos alternativos, el libro de Forrester tiene el valor y la audacia
de denunciar que estamos asistiendo, no a una crisis coyuntural, sino a una nueva
propuesta de civilización, profundamente inhumana y destructora. Una civilización para
la cual son útiles las ganancias y el mercado, y son inútiles los excluidos y las
poblaciones sobrantes. Con crudeza la autora nos dice que hay algo peor que la
explotación del hombre por el hombre y es la ausencia de explotación, vivida por
quienes están demás. Una civilización orientada por un pensamiento único, absoluto, sin
excepciones, que puede llevarnos a un totalitarismo mundializado (Forrester, 1997).
Por su propia propuesta, el proyecto de investigación nos ubicó en el campo de la salud,
entendida en forma holística e integral. Como lo expresa Luis Weinstein, la salud es un
todo estructural, que se manifiesta en capacidades biológicas, psicológicas y sociales.
Supone capacidad vital, capacidad de goce, comunicación tanto corporal como
emocional, creatividad, capacidad autocrítica, autonomía y capacidades prospectivas e
integrativas. Todo esto habitualmente se asocia con el término calidad [Pág.10] de vida
(Weinstein, 1989). En palabras de Fernando Lolas, la calidad de vida destaca « (...) el
aspecto subjetivo del sistema de cuidado de la salud y puede estimarse como la distancia
entre expectativas y resultados (...). Un sistema apropiado de cuidado de la salud
debería aspirar a una multidimensionalidad integradora que incorpore los puntos de
vista técnico, personal y social» (Lolas, 1991: 25). Esta percepción un tanto provisoria
de la salud nos aproxima necesariamente a su componente ético-cultural. De hecho los
significados culturales moldean y penetran en las distintas prácticas clínicas de los
grupos relacionados con la salud y la enfermedad. Sentirse sano, sentirse enfermo, sentir
el propio cuerpo, son aspectos y dimensiones necesariamente vinculados con el
universo simbólico cultural propio de distintas sociedades y civilizaciones. A la vez, la
vivencia de la salud o de la enfermedad integra de por sí un componente esencialmente
ético, en cuanto se refiere a la expansión o limitación de la autonomía y de la capacidad
de la colaboración social en el desarrollo de la creatividad, del pensamiento y de las
tareas sociales. La ética se nos presenta, pues, como una dimensión constitutiva de la
multidimensionalidad de la experiencia vital de la salud.
Multidimensionalidad significa, también, multiplicidad de racionalidades, puesto que no
es lo mismo la racionalidad del técnico y del experto que la racionalidad de las
comunidades donde se pretende desarrollar una práctica de salud. Problema ciertamente
complejo, puesto que en general los profesionales espontáneamente nos inclinamos a
imponer un determinado modelo de racionalidad, a costas de las diversas racionalidades
que emergen en la heterogeneidad de las poblaciones. En este entramado de
dimensiones se sitúa el aporte de una disciplina como lo es la ética o, quizás, más
precisamente, la bioética.
«La bioética, término con el que se designa a una disciplina de estatuto no bien definido
aún, suele ser considerada como parte de la filosofía práctica y abarca los problemas
éticos relacionados con la atención de la salud y la preservación de la vida en general»
(Tealdi, 1990,462-3). Ahora bien, la estrategia de la Organización Mundial de la Salud
para todos en el año 2000, forma parte de un concepto de desarrollo basado en la