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Créditos
Edición en formato digital: abril de 2019
Título original: It Didn’t Start With You
Traducción: Alejandro Pareja Rodríguez
© 2016, Mark Wolynn
Publicado por acuerdo con Viking, un sello de Penguin Publishing Group, una
división de Penguin Random House LLC, Nueva York, EE.UU.
De la presente edición en castellano:
© Gaia Ediciones, 2016
Alquimia, 6 - 28933 Móstoles (Madrid) - España
Tels.: 91 614 53 46 - 91 614 58 49
www.alfaomega.es - E-mail: [email protected]
ISBN: 978-84-15292-91-3
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus
titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o
escanear algún fragmento de esta obra.
A mis padres,
Marvin Wolynn y Sandra Lazier Wolynn Miller.
Os agradezco mucho todo lo que me habéis dado.
Agradecimientos
Varias personas han entregado su tiempo y su talento para hacer posible este libro. Su bondad y su generosidad me
han impresionado y me han llenado de dicha.
La doctora Shannon Zaychuck pasó horas incontables elaborando y reelaborando conmigo los primeros borradores
del manuscrito. Me ha ayudado a sentar las bases de este libro, desde la primera elaboración de los conceptos hasta
la presentación de las palabras en la página escrita. Su experiencia y sus ideas trascendentales dieron a estas páginas
una dimensión profunda.
La gran escritora y editora Barbara Graham ha sido la luz que me ha guiado y que me ha indicado el camino
cuando me he sentido perdido. Su sabiduría infinita pervive en este libro de maneras incontables.
Kari Dunlop prestó una ayuda valiosísima en todas las facetas del proyecto, desde ocuparse de la marcha del
Instituto de Constelaciones Familiares hasta darme sugerencias útiles y prestarme su apoyo emocional durante todo
el proceso. Valoro mucho su creatividad, su amistad generosa y el ánimo que me ha dado a cada paso.
Estoy infinitamente agradecido a Carole DeSanti, mi editora en la editorial Viking, que mejoró este libro de
maneras inimaginables para con su visión y su claridad de ideas; y a Christopher Russell y a todo el equipo de
Viking por su apoyo enorme.
Agradecidísimo a mi agente literaria, Bonnie Solow, por su sabiduría y por su orientación impecable.
Otros muchos amigos y colegas han realizado aportaciones enormes a este proyecto. Estoy enormemente
agradecido a Ruth Wetherow por su inestimable ayuda con las investigaciones científicas; a Daryn Eller, por sus
sabios comentarios y su experiencia en la preparación de propuestas de libros; a Nora Isaacs, por su sabiduría como
editora; a Hugh Delehanty, por su orientación generosa a lo largo del camino; a Corey Deacon, por su ayuda en
cuestiones de neurofisiología; a Stephanie Marohn, por su ayuda en la preparación del primer borrador, y a Igal
Harmelin-Moria, por conservarme la vista clara cuando se me nublaba la visión interior.
Estoy enormemente agradecido al brillante médico integrativo Bruce Hoffman, por sus ideas y por su apoyo
continuado, y a la doctora Adele Towers por su capacidad penetrante para ver lo esencial. Los dos me animaron
desde el primer momento a que sacara a la luz este material. También quiero dar las gracias a la neonatóloga
Raylene Phillips por la ayuda generosa que nos prestó para una parte trascendental del libro, y al doctor Caleb Finch,
que aportó sus conocimientos sobre embriología.
También estoy profundamente agradecido a Variny Yim, a Lou Anne Caligiuri, al doctor Todd Wolynn, a Linda
Apsley, al doctor Jess Shatkin y a Suzi Tucker. Además de sus valiosas sugerencias, han sido una fuente constante
de ánimo y de apoyo.
Estoy agradecidísimo a todos mis profesores y maestros, sobre todo al difunto doctor Roger Woolger, que
compartía mi amor al lenguaje. Roger me ayudó a descodificar el lenguaje apremiante del inconsciente. Mi trabajo
se ha inspirado mucho en el suyo. También quiero dar las gracias al difunto Jeru Kabbal, que me ayudó a
mantenerme presente en presencia de las adversidades.
Apenas puedo expresar aquí con palabras el agradecimiento profundo que siento hacia Bert Hellinger, que ha sido
mi maestro y me ha apoyado en mi trabajo. Lo que me ha dado es incalculable.
Por último, estoy en deuda con todas las personas valientes que me contaron sus historias. Espero de todo corazón
haberles hecho justicia en estas páginas.
Quien mira afuera, sueña; quien mira dentro, despierta.
Carl Jung, Cartas, vol. 1
ESTE DOLOR NO ES MÍO
Introducción:
El lenguaje secreto del miedo
En el tiempo oscuro, el ojo empieza a ver...
THEODORE ROETHKE, «En el tiempo oscuro»
Este libro ha sido fruto de una misión que me ha llevado a dar la vuelta al mundo, me ha hecho volver a mis raíces y
me ha conducido a una carrera profesional que no podría haberme figurado siquiera cuando emprendí este viaje. He
pasado más de veinte años trabajando con personas que padecían depresión, ansiedad, enfermedades crónicas,
fobias, pensamientos obsesivos, trastorno de estrés postraumático y otras dolencias debilitantes. Muchas de ellas
acudían a mí después de someterse durante años enteros a psicoterapia, medicaciones y otros tratamientos que no les
habían desvelado la causa de sus síntomas ni les habían aliviado sus padecimientos.
Lo que he aprendido a la luz de mi propia experiencia, de mi formación y de mi práctica clínica es que la respuesta
puede no encontrarse en nuestra propia historia personal, sino más bien en las de nuestros padres y abuelos, o
incluso en las de nuestros bisabuelos. Las últimas investigaciones científicas, de las que ya se están haciendo eco los
medios de comunicación generales, también nos confirman que los efectos de los traumas pueden transmitirse de
una generación a la siguiente. Este «legado» es el llamado trauma familiar heredado, y cada vez existen más pruebas
de que se trata de un fenómeno muy real. El dolor no siempre se disuelve solo ni se reduce con el tiempo. Aunque la
persona que sufrió el trauma primitivo haya muerto, aunque su historia haya quedado sumergida en años de silencio,
pueden perdurar fragmentos de las vivencias, de los recuerdos y de las sensaciones corporales, como si quisieran
prolongar su existencia desde el pasado hasta resolverse en las mentes y en los cuerpos de los que vivimos en el
presente.
Lo que vas a leer en las páginas siguientes es una síntesis de las observaciones empíricas que he ido realizando en
mi práctica profesional como director del Family Constellation Institute (Instituto de Constelaciones Familiares) de
San Francisco, junto con los últimos descubrimientos de la neurociencia, la epigenética y la ciencia del lenguaje.
También reflejo en este libro mi formación profesional con el célebre psicoterapeuta Bert Hellinger, en cuyo
planteamiento de la terapia familiar se manifiestan los efectos psicológicos y físicos de los traumas familiares
heredados a lo largo de múltiples generaciones.
Una buena parte del libro está dedicada a enseñar el modo de identificar las pautas familiares heredadas, es decir,
los miedos, los sentimientos y las conductas que hemos adoptado sin saberlo y que mantienen vivo de generación en
generación el ciclo del sufrimiento, y a explicar también cómo poner fin a este ciclo, que es lo más esencial de mi
trabajo. Podrás aprender, como aprendí yo, que muchas de estas pautas no son nuestras; solo las hemos tomado
prestadas a otros miembros de nuestra historia familiar. ¿Por qué sucede esto? Yo creo firmemente que es para que
pueda salir a la luz por fin una historia que se pueda contar. Voy a contarte la mía.
Nunca me había propuesto crear un método para superar el miedo y la ansiedad. Todo comenzó el día que perdí la
vista. Estaba sufriendo la primera de mis migrañas oculares. No se trataba de verdadero dolor físico digno de
mención, sino de un torbellino de terror tenebroso en cuyo interior se me oscurecía la visión. Yo tenía por entonces
treinta y cuatro años, y estaba en mi despacho. Tuve que buscar a tientas el teléfono de mi mesa y marcar a ciegas el
número de emergencias. No tardaron en enviar una ambulancia.
Las migrañas oculares no suelen ser graves. Se te nubla la vista, pero se te suele normalizar de nuevo al cabo de
una hora, más o menos. Solo que esto no siempre lo sabes cuando te está dando. Sin embargo, en mi caso la migraña
ocular no fue más que el principio. A las pocas semanas empecé a perder la visión del ojo izquierdo. Las caras y las
señales de tráfico se convirtieron en manchas grises.
Los médicos me comunicaron que tenía una retinopatía serosa central, trastorno incurable y de causa desconocida.
Bajo la retina se acumula líquido que termina por filtrarse y produce lesiones y enturbiamiento del campo visual. Un
cinco por ciento de los pacientes, los que tienen la forma crónica de la enfermedad que había contraído yo, llegan a
perder la vista hasta el punto de ser considerados ciegos según la definición legal. Me dijeron que contara con que
ambos ojos quedarían afectados. Era cuestión de tiempo.
La verdad es que los médicos no sabían decirme cuál era la causa de mi pérdida de visión ni cómo podía curarla.
Probé varias cosas por mi cuenta (vitaminas, ayunos con zumos, imposiciones de manos) y me parecía que con todo
ello el problema se agravaba más aún. Estaba desconcertado. Se estaba haciendo realidad el mayor de mis miedos
sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Ciego, sin poder valerme por mí mismo, y solo, me derrumbaría. Mi vida
se hundiría. Perdería las ganas de vivir.
Me representaba mentalmente la situación una y otra vez. Cuanto más lo pensaba, más hondos eran los
sentimientos de impotencia que tenía incrustados en el cuerpo. Me estaba hundiendo en arenas movedizas. Cada vez
que intentaba liberarme, mis ideas volvían de nuevo a las imágenes en que me representaba a mismo solo,
desvalido y arruinado. Lo que no sabía yo por entonces era que solo, desvalido y arruinado eran palabras de mi
propio lenguaje del miedo. Eran ecos de traumas que se habían producido en la historia de mi familia antes de que
naciera yo. Estas palabras, libres y desatadas, me daban vueltas en la cabeza y me repiqueteaban en el cuerpo.
Me pregunté por qué estaba otorgando tanto poder a mis pensamientos. Había otras personas que, sufriendo
adversidades mucho peores que la mía, no daban tantas vueltas a sus sufrimientos como yo. ¿A qué se debía que yo
me quedara tan hundido en el miedo? Me costó años encontrar la respuesta a esta pregunta.
En aquel tiempo, lo único que fui capaz de hacer fue dejarlo todo. Dejé a mi pareja, a mi familia, mi empresa, mi
ciudad... Dejé todo lo que conocía. Buscaba unas respuestas que no se podían encontrar en el mundo en que vivía
yo, en un mundo donde parecía que había mucha gente desorientada e infeliz. Yo no tenía más que preguntas, y
sentía pocas ganas de seguir adelante con la vida tal como la conocía. Traspasé mi empresa (que se dedicaba a
organizar eventos y marchaba bien) a una persona a la que acababa de conocer, literalmente, y partí hacia oriente, lo
más al este que pude, hasta que llegué al sudeste de Asia. Quería curarme. Solo que no sabía qué aspecto tendría esa
curación.
Leí libros y estudié con los maestros que los habían escrito. Siempre que oía hablar de alguien que podría
ayudarme (una anciana que vivía en una choza, un hombre risueño vestido con una túnica), me presentaba ante él o
ante ella. Me apuntaba a programas de formación y entonaba cánticos con los gurús. Un gurú dijo a los nos
habíamos reunido para oír sus palabras que él no quería rodearse de buscadores sino de «encontradores». Según
decía, los buscadores solo se quedaban en eso, en un estado perpetuo de búsqueda.
Yo quería ser un «encontrador». Meditaba varias horas al día. Hacía ayunos de varios días seguidos. Me preparaba
infusiones de plantas medicinales y combatía a las toxinas feroces que me figuraba que habían invadido mis tejidos.
Mientras tanto, iba perdiendo vista y me hundía más y más en la depresión.
Por entonces no había caído todavía en la cuenta de que, cuando intentamos resistirnos a algún sentimiento
doloroso, lo que solemos conseguir es prolongar ese mismo dolor que queremos evitar. Esta actitud desemboca en la
continuación del sufrimiento. Y el hecho mismo de buscar tiene algo que nos bloquea lo que buscamos. Ese estar
mirando siempre fuera de nosotros mismos puede impedirnos saber cuándo hemos dado con el objetivo. Puede que
esté teniendo lugar algo valioso dentro de nosotros; pero corremos el riesgo de pasarlo por alto si no estamos
sintonizados con nuestro interior.
Los curadores me animaban a mirar más hondo, preguntándome: «¿Qué es lo que no quieres ver?». ¿Pero cómo
podía saberlo yo? Estaba a oscuras.
En Indonesia, un gurú me iluminó un poco más diciéndome: «¿Quién te has creído que eres para no tener
problemas de vista? Puede que Johan no oiga tan bien como Gerhard, y puede que Eliza no tenga los pulmones tan
sanos como Gerta. Y Dietrich no anda tan bien como Sebastian, ni mucho menos». (Era un cursillo al que asistían
muchos alemanes y holandeses, y parecía que casi todos tenían algún trastorno crónico). Aquello me llegó hondo. El
gurú tenía razón. ¿Quién era yo para no tener problemas de vista? Oponerme a la realidad era una arrogancia por mi
parte. Tenía la retina dañada y la visión borrosa, lo quisiera o no; pero yo, el «yo» que estaba por debajo de todo
ello, empezaba a sentirse en calma. Con independencia de lo que hiciera mi ojo, este ya no tenía por qué ser el factor
decisivo que determinaba cómo estaba yo.
Para que profundizásemos en nuestro aprendizaje, aquel gurú nos hizo pasar setenta y dos horas (tres días con sus
noches) sentados sobre sendos cojines, meditando, con los ojos vendados y los oídos taponados. Cada día nos daban
un cuenco pequeño de arroz para comer y solo agua para beber. Sin dormir, sin levantarnos, sin acostarnos, sin
comunicarnos entre nosotros. Para ir al baño tenías que levantar la mano, y entonces te acompañaban, a oscuras, a
un agujero en el suelo.
Esta locura tenía como objetivo eso mismo: que llegásemos a conocer de primera mano la locura de la mente a
base de observarla. Descubrí que mi mente me estaba acosando constantemente con ideas en las que me
representaba el peor de los casos posibles, y con la mentira de que, si me preocupaba lo suficiente, podría aislarme
de aquello mismo que más temía.
Después de esta experiencia y de otras semejantes empezó a aclarárseme un poco la visión interior. No obstante, el
ojo seguía igual, con filtraciones y lesiones. Tener un trastorno de la vista es como una gran metáfora a muchos
niveles. Acabé por descubrir que no se trataba tanto de una cuestión de lo que podía o no podía ver, sino más bien de
cómo veía las cosas. Pero no fue entonces cuando di el giro radical.
Encontré por fin lo que buscaba en el tercer año de la que ahora llamo «mi búsqueda de la visión». Por entonces
estaba haciendo mucha meditación. La depresión se me había aliviado bastante. Podía pasar muchas horas en
silencio, a solas con mi respiración o con mis sensaciones corporales. Aquello era lo más fácil.
Un día me puse a la cola para tener un satsang, una reunión personal con el maestro espiritual. Pasé varias horas
esperando, vestido con la túnica blanca que llevábamos todos los del templo. Me tocó por fin. Esperaba que el
maestro me felicitara por mi dedicación. Pero supo mirar dentro de mí y vio lo que yo no veía. Me dijo:
—Vuelve a tu casa. Vuelve a tu casa, y llama a tu madre y a tu padre.
¿Qué? Me quedé indignado. El cuerpo me temblaba de ira. Estaba claro que me había interpretado mal. Yo no
necesitaba ya a mis padres. Había madurado más que ellos. Había renunciado a ellos hacía mucho tiempo; los había
cambiado por otros padres mejores, por padres espirituales; por todos los maestros, gurús y sabios y sabias que me
guiaban hacia un despertar de nivel superior. Más aún: tenía encima varios años de terapias desacertadas, de dar
puñetazos a almohadones y de hacer trizas cartulinas con las figuras de mis padres, y creía que ya había «curado» mi
relación con ellos. Opté por hacer caso omiso de los consejos del gurú.
A pesar de ello, esas palabras me habían calado hondo. No era capaz de quitarme de la cabeza lo que me había
dicho el gurú. Estaba empezando a entender por fin que ninguna experiencia cae en saco roto. Todo lo que nos
sucede tiene su valor, con independencia de que reconozcamos o no a primera vista su importancia. Todo lo que
entra en nuestras vidas nos conduce hacia alguna parte en última instancia.
No obstante, yo estaba decidido a mantener intacta la ilusión de quién era yo. Lo único que tenía a lo que me podía
aferrar eran mis grandes dotes de meditador. De modo que solicité una reunión con otro maestro espiritual; con un
maestro que pondría las cosas en su sitio, o eso creía yo firmemente. Aquel hombre infundía su amor celestial a
centenares de personas cada día. No me cabía duda de que vería en mí a la persona profundamente espiritual que yo
me imaginaba ser. Otra vez tuve que hacer cola un día entero para verme con él. Me llegó el turno por fin. Y,
entonces, sucedió aquello. Lo mismo. Con las mismas palabras.
—Llama a tus padres. Vuelve a tu casa y haz las paces con ellos.
Esta vez atendí a lo que me decían.
Los grandes maestros saben. A los que son verdaderamente grandes no les importa si crees o no en sus
enseñanzas. Te presentan una verdad y te dejan en paz, para que descubras a solas tu propia verdad. Adam Gopnik
ha descrito así la diferencia entre gurú y maestro en su libro Through the Children’s Gate (A través de la puerta de
los niños): «El gurú se nos entrega, y nos entrega después su sistema; el maestro nos entrega su materia y después
nos entrega a nosotros mismos».
Los grandes maestros comprenden que nuestro origen afecta a nuestro destino y que lo que queda por resolver de
nuestro pasado influye sobre nuestro presente. Saben que nuestros padres tienen importancia, con independencia de
si saben ser buenos padres o no. Es innegable: la historia de nuestra familia es nuestra historia. Reside en nosotros,
nos guste o no.
No podemos deshacernos de nuestros padres ni suprimirlos, sea cual sea la historia que tengamos con ellos. Ellos
están en nosotros y nosotros formamos parte de ellos, aunque ni siquiera hayamos llegado a conocerlos. Si los
rechazamos, solo conseguimos distanciarnos más de nosotros mismos y crear más sufrimiento. Aquellos dos
maestros habían sido capaces de verlo. Yo no. Mi ceguera era literal y metafórica al mismo tiempo. Ahora empezaba
a despertar, sobre todo al hecho de que había dejado en mi casa un lío enorme.
Llevaba años juzgando a mis padres con severidad. Me figuraba que yo estaba más capacitado, que era mucho más
sensible y humano que ellos. Les culpaba de todas las cosas que yo creía que estaban mal en mi vida. Ahora, tenía
que volver con ellos para reponer lo que me faltaba en mi propio ser, a saber, mi vulnerabilidad. Estaba empezando
a darme cuenta de que mi capacidad de recibir amor de los demás estaba asociada a mi capacidad de recibir el amor
de mi madre.
Con todo, no iba a resultar fácil aceptar su amor. Mi vínculo con mi madre estaba tan roto que cuando ella me
abrazaba me sentía como si hubiera caído en una trampa para osos. El cuerpo se me tensaba como para crear un
caparazón que ella no fuera capaz de atravesar. Esta herida afectaba a todos los aspectos de mi vida, y sobre todo a
mi capacidad para mantenerme abierto en una relación de pareja.
Mi madre y yo podíamos pasarnos meses enteros sin hablarnos. Cuando hablábamos, yo encontraba la manera de
descartar los sentimientos cálidos que me manifestaba ella, ya fuera por medio de mis palabras o con mi lenguaje
corporal blindado. Me presentaba frío y distante. A mi vez, yo la acusaba de no ser capaz de verme ni de
escucharme. Era un callejón sin salida emocional.
Dispuesto a curar nuestra relación rota, tomé un vuelo a Pittsburgh, la ciudad donde estaba mi casa familiar.
Llevaba varios meses sin ver a mi madre. Cuando llegué ante la casa sentí la tensión que se acumulaba en mi pecho.
No estaba seguro de que fuera posible reparar nuestra relación. Yo tenía dentro demasiados sentimientos en carne
viva. Me preparé para lo peor, representándome mentalmente la situación. Ella me abrazaría, y yo, que no deseaba
otra cosa que ablandarme en sus brazos, haría exactamente lo contrario. Me haría de acero.
Y aquello fue lo que pasó. Envuelto en un abrazo que me resultaba casi insoportable, apenas era capaz de respirar.
Sin embargo, le pedí que siguiera abrazándome. Quería aprender a conocer, por dentro y por fuera, la resistencia de
mi cuerpo, dónde me tensaba, qué sensaciones me surgían, cómo me cerraba. Aquella información no era nueva. Ya
había visto reflejada aquella pauta en mis relaciones de pareja. Solo que esta vez yo no me apartaba. Tenía el
propósito de curar de raíz aquella herida.
Cuanto más tiempo pasaba mi madre abrazándome, más me creía yo a punto de estallar. Aquello me producía
dolor físico. El dolor daba paso a la insensibilidad, y la insensibilidad, al dolor. Después, al cabo de muchos
minutos, algo cedió. Empecé a ablandarme; y seguí ablandándome a lo largo de las semanas siguientes.
En una de las muchas conversaciones que mantuvimos durante aquel tiempo, ella me contó, casi de pasada, una
cosa que había sucedido cuando yo era pequeño. Mi madre había tenido que pasarse tres semanas ingresada en un
hospital para operarse de la vesícula. Sabiendo esto, empecé a unir las piezas de lo que pasaba dentro de mí. En
algún momento dado, antes de que yo tuviera dos años (tenía esa edad cuando me separaron de mi madre), se había
arraigado dentro de mi cuerpo una tensión inconsciente. Cuando mi madre volvió a casa, yo había dejado de tener
confianza en su cariño. Ya no era vulnerable a ella. En vez de ello, la aparté de mí, y seguiría haciendo lo mismo
durante los treinta años siguientes.
Hubo otro hecho temprano que también pudo contribuir al miedo que tenía yo a que mi vida se arruinara de
pronto. Mi madre me dijo que, cuando me dio a luz, el parto había sido difícil y el médico había tenido que emplear
el fórceps. A consecuencia de ello, nací con múltiples magulladuras y con el cráneo algo hundido, cosa bastante
común en los partos con fórceps. Mi madre me desveló, con pesar por su parte, que, cuando vio mi aspecto, al
principio le costaba trabajo hasta tenerme en brazos. Su relato me llegó hondo y me ayudó a explicarme ese
sentimiento de estar arruinado que yo conocía tan profundamente. Lo curioso era que los recuerdos traumáticos de
mi propio nacimiento, que tenía sumergidos en el cuerpo, salían a la superficie siempre que yo «daba a luz» un
proyecto nuevo o que presentaba en público un nuevo trabajo. El mero hecho de entender esto me aportó paz.
También tuvo el efecto inesperado de acercarnos más a mi madre y a mí.
Mientras reparaba el vínculo con mi madre, empecé a reconstruir también mi relación con mi padre. Mi padre
había trabajado en la construcción y había sido sargento en la Marina. Vivía solo, en un apartamento pequeño y
destartalado, el mismo en el que llevaba viviendo desde que se divorció de mi madre cuando yo tenía trece años, y
no se había molestado nunca en reformarlo. Como siempre, había herramientas viejas, tuercas, tornillos, clavos y
rollos de cable eléctrico y de cinta adhesiva dispersos por las habitaciones y por el pasillo. Cuando estábamos juntos
en aquel mar de hierro y acero oxidados, le dije que le echaba mucho de menos. Fue como si las palabras se
evaporaran en el vacío. Él no supo qué hacer con ellas.
Yo había anhelado desde siempre estrechar mi relación con mi padre; pero ni él ni yo habíamos sabido hacerlo.
Sin embargo, aquella vez seguimos hablando. Le dije que le quería y que había sido un buen padre. Le conté los
recuerdos que tenía de las cosas que había hecho él por mí cuando yo era pequeño. Sentía que él escuchaba lo que le
estaba diciendo, a pesar de que sus actos daban a entender lo contrario (se encogía de hombros, cambiaba de
tema...). Tuvimos que pasar muchas semanas hablando y compartiendo recuerdos. Una de las veces que estábamos
comiendo juntos, me miró fijamente a los ojos y me dijo: «Nunca creí que me quisieras». Me quedé casi sin
respiración. Estaba claro que los dos teníamos dentro un gran dolor acumulado. En aquel momento, algo se rompió y
se abrió. Eran nuestros corazones. A veces, el corazón debe romperse para poder abrirse. Con el tiempo, empezamos
a expresarnos nuestro amor mutuo. Yo veía ya los frutos de haber confiado en las palabras de los maestros y de
haber regresado a mi casa para curarme con mis padres.
Estaba siendo capaz por primera vez, que yo recordara, de permitirme a mismo recibir el amor y el cariño de
mis padres; no del modo que yo había esperado en otros tiempos, sino del modo en que ellos eran capaces de
dármelo. Algo se había abierto dentro de mí. No me importaba cómo podían o no podían quererme. Lo que
importaba era cómo podía recibir yo lo que ellos podían darme. Eran los mismos padres de siempre. La diferencia
estaba en mí. Volvía a quererlos, como debía de quererlos cuando era muy pequeño, antes de que se produjera la
ruptura del vínculo con mi madre.
Mi separación temprana de mi madre, además de otros traumas semejantes que había heredado yo de mi historia
familiar (más concretamente, el hecho de que tres de mis abuelos habían perdido a sus madres respectivas a edad
temprana, y el cuarto había perdido a su padre siendo muy pequeño, y había perdido también, entre el dolor, una
buena parte de la atención de su madre), había contribuido a forjar mi lenguaje secreto del miedo. Por fin, las
palabras solo, desvalido y arruinado, y los sentimientos que habían acompañado a estas palabras, empezaban a
perder la capacidad de llevarme por mal camino. Se me estaba otorgando una vida nueva en la que destacaba mucho
mi relación renovada con mis padres.
A lo largo de los meses siguientes restablecí un vínculo de cariño con mi madre. Su amor, que antes me había
parecido agresivo y áspero, me resultaba ahora tranquilizador y reconfortante. También tuve la fortuna de gozar de
dieciséis años de relación estrecha con mi padre antes de su muerte. Durante sus últimos cuatro años de vida,
marcados por la demencia senil, mi padre me enseñó una lección sobre la vulnerabilidad y el amor, quizá la más
profunda que haya aprendido yo jamás. Nos reuníamos en aquel lugar que está más allá de los pensamientos, más
allá de la mente, donde solo reside el amor más profundo.
Tuve muchos grandes maestros a lo largo de mis viajes. Pero, volviendo la vista atrás, comprendo que fue mi ojo,
mi ojo estresado, amenazado, terrorífico, lo que me hizo volver del otro extremo del mundo; volver a mis padres,
abrirme paso entre la ciénaga de los traumas familiares y llegar por fin hasta mi propio corazón. Mi ojo fue el
maestro más grande de todos, con diferencia.
En algún momento dado, hasta dejé de pensar en mi ojo y de preocuparme por si mejoraría o empeoraría. Ya no
esperaba volver a ver con claridad. Aquello había dejado de tener importancia, de alguna manera. Recuperé la vista
poco tiempo después. No lo esperaba. Ni siquiera me hacía falta. Había aprendido a estar bien con independencia de
lo que hiciera mi ojo.
Hoy veo perfectamente a pesar de que mi oftalmólogo me asegura que no debería ver nada con la cantidad de
lesiones que tengo en la retina. Dice con expresión de escepticismo que las señales luminosas deben de estar
rebotando y sorteando de alguna manera la fóvea, que es la región central de la retina. Como en tantos otros casos de
curación y de transformación, lo que había parecido al principio una adversidad era, en realidad, una bendición
disfrazada. Paradójicamente, después de haber buscado soluciones en los rincones más remotos del planeta, había
descubierto que los mayores recursos para la curación los llevaba ya dentro de mí mismo y solo tenía que extraerlos.
La curación tiene que ser un trabajo interior, en último extremo. Tuve la suerte de que mis maestros me
encaminaran de nuevo hacia mis padres, hacia mi casa y hacia dentro de mismo. A lo largo de ese camino fui
descubriendo los relatos de mi historia familiar que terminaron por darme la paz. Agradecido y dotado de una
sensación nueva de libertad, emprendí la misión de ayudar a otros a que descubran esta libertad por sí mismos.
Llegué al mundo de la psicología a través del lenguaje. Los tests, las teorías y los modelos de conducta no me
interesaban gran cosa cuando era estudiante, ni me interesaron más adelante, en mi actividad profesional. En vez de
ello, atendía al lenguaje. Desarrollé técnicas de escucha y aprendí a oír lo que decían las personas, más allá de sus
quejas, más allá de sus viejas historias. Aprendí a ayudarles a identificar las palabras concretas que los conducían
hasta el origen de su dolor. Y si bien algunos teóricos postulan que el lenguaje desaparece durante los traumas, yo he
visto una y otra vez, de primera mano, que este lenguaje no se pierde nunca. Ronda por los planos inconscientes
esperando a que lo volvamos a descubrir.
El lenguaje es, para mí, una herramienta de curación poderosa, y no es por casualidad. Desde siempre, que yo
recuerde, el lenguaje ha sido mi maestro, mi modo de organizar el mundo y de entenderlo. He escrito poesía desde
que era adolescente, y dejo cualquier cosa que tengo entre manos (bueno, casi cualquier cosa) cuando se empeña en
salir a la luz una oleada inaplazable de lenguaje. Sé que al otro lado de esta entrega se encuentran ideas a las que no
podría acceder de otra manera. Dentro de mi propio proceso me resultó esencial localizar las palabras solo,
desvalido y arruinado.
Curarse de un trauma se asemeja en muchos sentidos a crear una poesía. Ambas actividades requieren encontrar el
momento oportuno y las palabras y las imágenes adecuadas. Cuando concuerdan todos estos elementos, se pone en
marcha una cosa significativa que se puede sentir en el cuerpo. Para curarnos debemos sintonizar con nuestro ritmo.
Si llegamos a una imagen con demasiada precipitación, es posible que no arraigue. Si las palabras que nos consuelan
nos llegan demasiado pronto, quizá no estemos preparados para asumirlas. Si las palabras no tienen precisión, quizá
no las oigamos o no sintonicemos con ellas para nada.
En mi actividad profesional como maestro y orientador de talleres he combinado las ideas y los métodos que
adquirí en mi formación sobre los traumas familiares heredados con mis conocimientos sobre el papel crucial del
lenguaje. Llamo a esto el planteamiento del lenguaje nuclear. Empleo preguntas concretas para ayudar a las
personas a que descubran la causa raíz de los síntomas físicos y emocionales que los tienen empantanados. Al
descubrir el lenguaje adecuado, no solo queda al descubierto el trauma, sino que se desvelan las herramientas y las
imágenes necesarias para la curación. Aplicando este método, he sido testigo de cómo basta una comprensión
iluminadora, que llega en un instante, para cambiar unas pautas muy arraigadas de depresión, de ansiedad y de
vacío.
El vehículo que emplearemos para este viaje es el lenguaje, el lenguaje enterrado de nuestras inquietudes y de
nuestros miedos. Es posible que este lenguaje haya vivido dentro de nosotros durante toda nuestra vida. Pudo surgir
con nuestros padres, o incluso hace más generaciones, por ejemplo con nuestros bisabuelos. Nuestro lenguaje
nuclear se empeña en hacerse oír. Cuando lo seguimos hasta donde nos quiere conducir y escuchamos su relato,
tiene el poder de desactivar nuestros miedos más profundos.
Es probable que a lo largo de ese camino nos encontremos con familiares nuestros. A unos los conoceremos y a
otros no. Algunos habrán muerto hace años. Algunos ni siquiera son nuestros parientes, pero sus sufrimientos o su
crueldad pueden haber cambiado el destino de nuestra familia. Hasta es posible que desvelemos algún que otro
secreto oculto en relatos que se habían silenciado desde hacía mucho tiempo. Pero, según me ha mostrado mi
experiencia, con independencia de hasta dónde nos lleve esta exploración, llegaremos a un lugar nuevo de nuestras
vidas, con una sensación mayor de libertad en nuestro cuerpo y con la capacidad de estar más en paz con nosotros
mismos.
En este libro me he basado en los casos de personas con las que he trabajado en mis talleres, programas de
formación y consultas individuales. Los hechos de cada caso son reales, pero he cambiado los nombres y otras
características identificativas de los protagonistas para proteger su intimidad. Agradezco de todo corazón a estas
personas que me hayan permitido dar a conocer el lenguaje secreto de sus miedos; les agradezco la confianza que
han puesto en mí, y que me hayan dejado oír lo esencial, que permanecía oculto tras sus palabras.

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