transgresión (ya que todo riesgo es una ruptura en el orden del mundo y por lo tan-
to destruye las normas y las acciones habituales) y tal vez a arriesgar la vida. "Hablar es
ya sublimar", nos dice Castoriadis; es también confrontarse con la muerte o con cierta
muerte que todo fracaso representa. Pero, como lo dicen los japoneses,
hay una 'Roble-
za del fracaso", pues el fracaso es consustancial a toda vida que merezca este ñombre.
e) De contar a otros lo que
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es, sus dudas, sus esperanzas, sus remordimientos, sus
inhibiciones y sus afirmaciones, su tristeza, su sufrimiento; lanzar su mensaje (como
una botella al mar) a sus semejantes, a pesar de toda la dificultad que supone comu-
nicar una experiencia profundamente arraigada. Tiene el deseo de compartir su vida
con personas que lo escuchan -a menudo con una "tercera
oreja'-, que lo interro-
gan, que lo ponen a reflexionar, a afiadir elementos, pormenores al "viaje" al que los
convida,
y
que aventuran interpretaciones de las cuales él debe abstenerse para no
sucumbir a las justificaciones y a las racionalizaciones. Desde luego, el relato escrito
parece escapar de tal posibilidad. Sin embargo, en la escritura, nunca estamos solos,
estamos "siempre en compafiía"
(W.
Benjamin); nos dirigimos a otros, suputamos sus
reacciones, sus preguntas, es decir, su censura. "La escritura del yo"
(G.
Gustdorf) es
una escritura para los otros, para que el mundo reaccione, por "egotista" que dicha es-
critura pueda ser.
f) De no ceder a la tentación de transformar el relato en novela, porque la novela
está hecha para un lector
aislado,
un individuo separado de los otros, para los "happy
few" (como los denominaba Stendhal, que justamente desconfiaba de los otros, y
quería acallarlos en él), y cuenta una historia terminada cuyo sentido se adquiere de
una vez por todas. Napoleón sólo pronunciará su famosa frase, "Qué novela es mi vi-
da', durante su exilio definitivo. Esto sería optar por el cierre y no por la abertura, im-
pedir el nacimiento de una palabra viva que puede engendrar otras formas o dar vida,
sentido, prolongación a lo que parecía definitivamente detenido. El autor del relato,
además, no es un profesional que pudiera escribir o decir en voz alta una novela tras
otra; no es más que un modesto artesano en sus comienzos, que trata de ensamblar
elementos heteróclitos utilizando un saber espontáneo y sin poder decir, al principio,
si será capaz de hacerlo. Por su modestia, su humildad, incluso su turbación, puede
convertirse en el poeta de su vida (y la poesía, al contrario de la novela, es ininterrum-
pida). Tal vez así se transforme, un día, en un verdadero "compafiero" que dé muestras
de excelencia.
g)
Y
prolongándose en su intimidad y tomando "los caminos misteriosos que van
hacia el interior" (Novalis), comenzar a desprenderse de sí mismo, a salir de una
vota-
ción egocentrista, para darse cuenta de hasta qué punto forma parte de la historia co-
lectiva en la que participa todo el tiempo (la de su familia, de su región, de su clase, de
su etnia, de su nación), y cómo lo más particular que le sucede, lo más secreto, pue-