• En el interior de su Estado, alguna rebelión de sus súbditos.
• En el exterior, un ataque de alguna potencia vecina. Se preservará de este temor con buenas
armas, y con buenas alianzas, que logrará siempre con buenas armas.
Ahora bien, cuando los conictos exteriores están obstruidos, lo están también los interiores, a
menos que los haya provocado ya una conspiración. Pero, aunque se manifestara exteriormente
cualquier tempestad contra el príncipe que interiormente ene bien arreglados sus asuntos, si ha
vivido según le he aconsejado, y si no le abandonan sus súbditos, resisrá todos los ataques
extranjeros.
Capítulo XX. Ulidad o inulidad de las fortalezas y de muchas otras medidas que
los príncipes toman codianamente.
Cuando el príncipe desarma a sus súbditos, los comienza a ofender, puesto que en ellos aparece la
desconanza, y que les sospecha capaces de cobardía o de poca delidad. Una u otra de ambas
opiniones que le supongan contra sí mismos engendrará el odio hacia él en sus almas. Como no
puede permanecer desarmado, está obligado a valerse de la tropa mercenaria. Pero, aunque esa
tropa fuera buena, no puede serlo bastante para defender al príncipe a la vez de los enemigos
poderosos que tenga por de fuera, y de aquellos gobernados que le causen sobresalto en lo interior.
Por esta razón, todo príncipe nuevo en su soberanía nueva debe formar siempre una tropa suya.
Capítulo XXI. Que debe hacer un príncipe para ser esmado.
El príncipe debe considerarse con una gran esmación a un príncipe que las grandes empresas y las
acciones raras y maravillosas. De ello nos presenta nuestra edad un admirable ejemplo en Fernando
V, rey de Aragón y actualmente monarca de España. Podemos mirarle casi como a un príncipe
nuevo, porque, de rey débil que era, llegó a ser el primer monarca de la crisandad, por su fama y
por su gloria. Pues bien, si consideramos sus empresas las hallaremos todas sumamente grandes, y
aún algunas nos parecerán extraordinarias. Al comenzar a reinar, asaltó el reino de Granada, y esta
empresa sirvió de punto de parda a su grandeza. Por cuanto su primer cuidado había sido tener
ocupado en aquella guerra el ánimo de los nobles de Caslla; haciéndoles pensar incesantemente
en ella, les distraía de reexionar y maquinar innovaciones durante ese empo, y por tal arte
adquiría sobre ellos dominio, y se proporcionaba suma esmación. Pudo en seguida, con el dinero
de la Iglesia y de los pueblos, sostener ejércitos, y formarse buenas tropas, lo que resulto a favor de
su celebridad como capitán. Además, alegando siempre el pretexto de la religión, para poder llevar
a efecto mayores hazañas, recurrió al expediente de una crueldad devota, y expulsó a los moros de
su reino, que quedó así libre de su presencia. Después, bajo la misma capa de religión, se dirigió
contra África, emprendió la conquista de Italia, y ataco a Francia.
Capítulo XXII. Los consejeros del príncipe.
Para los príncipes la buena elección de sus ministros, los cuales buenos o malos, según la prudencia
usada en dicha elección. El primer juicio que formamos sobre un príncipe y sobre sus dotes
espirituales, no es más que una conjetura, pero que lleva siempre por base la reputación de los
hombres de que los que se rodea. Si maniestan suciente capacidad y se muestran eles al
príncipe tendremos a éste por prudente puesto que supo conocerlos bien, y mantenerlos