Probar consiste en no juzgar a los existentes sino en sentir si nos convienen o no, si nos aportan
fuerzas vitales que ampliarán nuestra potencia o, por el contrario, si nos llevan a la miseria y a la
pobreza. Lo que nos conviene puede ser reconocido por dos características: crecimiento y alegría.
Ambas son indisolubles. Un crecimiento que no conduce a la alegría puede ocultar la imposición de
un territorio que no es el nuestro (como el caballo de carreras convertido en caballo de labranza), Una
alegría que no produce crecimiento puede estar larvada de triste resentimiento (la alegría del
envidioso cuando ve que le van mal las cosas a aquel al que envidia).
Cuestión de amor y de odio, no de juicio. En el amor hay composición de un cuerpo con otro, hay
devenir. El devenir es algo que sucede entre dos cosas que se encuentran, y eso que sucede no es
del orden del reconocimiento ni del juicio, sino de la captura o el robo. A partir de lo que se es, del
propio territorio se extraen partículas en contacto con lo que se deviene: el devenir es un proceso de
deseo. En nuestros amores tenemos que ser como la orquídea y la avispa, nos dice Deleuze. La
orquídea se ha dejado contagiar por la avispa, adoptando sus colores y sus formas, ha devenido
avispa, no porque la orquídea quiera ser como la avispa, sino porque ha incorporado el movimiento
de la avispa al suyo propio, de manera que ese devenir constituya el modo de atraer a la avispa, de
formar una composición orquídea-avispa. A su vez la avispa se siente capturada por la orquídea,
deviene orquídea, no porque la imita, sino porque se deja atrapar en su movimiento.
En la amistad, en el amor, tenemos algo en común con alguien. Pero no se trata de ideas comunes,
sino más bien de signos prelingüísticos comunes, por lo que el acercamiento está impulsado por una
cierta percepción de esos signos. A veces el otro hace un gesto con la mano al hablar, o se sienta a la
mesa de una determinada manera, o sonríe de una forma particular: percibimos el gesto lleno de
gracia infinita, como si estuviera tocando el centro mismo de la vida. Otras veces se trata de frases
absolutamente insignificantes –como la manera de decir que se encuentra mal o la forma de referirse
a sus familiares- y que, sin embrago, nos parecen llenas de encanto. En algunas ocasiones el
encanto se percibe en los momentos en que una persona pierde un tornillo y nos muestra su vena
particular, su locura. En todos esos momentos se percibe algo que nos conviene, que nos revela algo,
que nos enseña algo. Y así nace la amistad, el amor, que nos hace exclamar “quiero que esta
persona sea mía y yo espero ser suya”. Como la orquídea y la avispa.
Cada uno de nosotros es una combinación única, una jugada de dados particular, un modo en el que
la vida se presenta: nuestras esencias son particulares. La vida que hay en cada uno de nosotros es
un grado de potencia, no es algo fijo y dado de una vez por todas, sino algo en continuo devenir,
crecimiento y disminución. Sin embargo, cuando asumimos una identidad, sujetamos el desarrollo de
nuestra potencia de vida a los deseos y las formas propias de esa identidad que se nos incorpora.
Las identidades siempre son mayoritarias: “hombre”, “blanco”, “occidental”… El yo personal se nutre
de esos deseos, ideas y formas, y no deja que en él prolifere nada que no sea acorde con esa
identidad. Aprisionamos la vida. Devenir comienza cuando rompemos las líneas duras del ser. Todos
los devenires son minoritarios, ya no están guiados por las identidades. Cada individuo desarrollará
entonces la vida en un modo particular pero no personal: las ideas, los deseos, los modos de vida
que le invaden y de los que se contagia nacen y se mueven desde más acá o más allá de él mismo,
de su yo. Lo individual y particular no es personal, es impersonal, cósmico, mundano.
La vulgaridad y la fealdad están del lado del ser. Pero hay que entender que los peligros y los riesgos
están del lado del devenir. La experimentación, la destrucción de la identidad personal, las líneas de
fuga nos hacen bordear lo desconocido. Hay que desarrollar una gran prudencia, ser nómada sin
acabar siendo exiliado. Hay que aprender a conocerse a sí mismo, experimentar pero encontrando
aquello que nos conviene. Y todo ello sin morir en el intento.
6.- “Él no planta patatas, él no planta algodón”.
“Ningún arte es imitativo, no puede ser imitativo o figurativo: supongamos que un pintor “representa”
un pájaro; de hecho, es un devenir-pájaro, que sólo puede hacerlo en la medida en que el pájaro esté
deviniendo otra cosa, pura línea y puro color. De manera que la imitación se destruye a sí misma, en
la medida en que el que imita entra sin saberlo en un devenir, que se conjuga con el devenir sin el
saber de lo que imita. Sólo se imita si se fracasa, cuando se fracasa. El pintor o el músico no son los
que imitan a un animal, son los que devienen-animal. Al mismo tiempo que el animal deviene lo que