SINOPSIS
En esta obra magistral por la originalidad de las ideas y las investigaciones
en ella expuestas, Shoshana Zuboff nos revela el alarmante fenómeno que ella
misma ha denominado «capitalismo de la vigilancia». Está en juego algo de la
máxima importancia: toda una arquitectura global de modificación de la conducta
amenaza con transfigurar la naturaleza humana misma en el siglo XXI de igual
modo a como el capitalismo industrial desfiguró el mundo natural en el siglo XX.
La amenaza que se cierne sobre nosotros no es ya la de un Estado «Gran
Hermano» totalitario, sino la de una arquitectura digital omnipresente: un «Gran
Otro» que opera en función de los intereses del capital de la vigilancia. El
exhaustivo y turbador análisis de Zuboff pone al descubierto las amenazas a las
que se enfrenta la sociedad del siglo XXI: una «colmena» controlada y totalmente
interconectada que nos seduce con la promesa de lograr certezas absolutas a
cambio del máximo lucro posible para sus promotores, y todo a costa de la
democracia, la libertad y nuestro futuro como seres humanos.
Shoshana Zuboff
La era del capitalismo
de la vigilancia
La lucha por un futuro humano
frente a las nuevas fronteras del poder
Traducción de Albino Santos
Este libro está dedicado al pasado y al futuro. En memoria de mi amado, Jim
Maxmin. En memoria de mi valeroso amigo Frank Schirrmacher. En honor a mis hijos,
Chloe Sophia Maxmin y Jacob Raphael Maxmin: escribo para fortalecer vuestros futuros y
la causa moral de vuestra generación.
Chilled by the Present, its gloom and its noise, On waking we sigh for an ancient
South, A warm nude age of instinctive poise, A taste of joy in an innocent mouth.At night
in our huts we dream of a part In the balls of the Future: each ritual maze Has a musical
plan, and a musical heart Can faultlessly follow its faultless ways.We envy streams and
houses that are sure, But, doubtful, articled to error, we Were never nude and calm as a
great door.And never will be faultless like our fountains: We live in freedom by necessity,
A mountain people dwelling among mountains.[Helados por el Presente, su pesadumbre y
su ruido, al despertar suspiramos por un Sur antiguo, una cálida y desnuda era de
instintivo aplomo, en boca inocente, un sabor a gozo.De noche, en nuestros refugios,
soñamos tener un hueco en los bailes del Futuro: cada laberinto ritual viene con un plano
musical, y un corazón musical a la perfección puede orientarse por tan perfectos
recovecos.Envidiamos los arroyos y las casas que son seguros, pero, presa de la duda,
aprendices del error, nunca cual puerta grande estuvimos tranquilamente desnudos, y
jamás seremos impecables como nuestras fontanas: vivimos en libertad por necesidad,
pueblo montaraz que vive entre montañas.]W. H. AUDEN, Sonnets from China, XVIII
DEFINICIÓN
Capitalismo de la vigilancia, m.
1. Nuevo orden económico que reclama para sí la experiencia humana como
materia prima gratuita aprovechable para una serie de prácticas comerciales
ocultas de extracción, predicción y ventas. 2. Lógica económica parasítica en la que
la producción de bienes y servicios se subordina a una nueva arquitectura global
de modificación conductual. 3. Mutación inescrupulosa del capitalismo
caracterizada por grandes concentraciones de riqueza, conocimiento y poder que
no tienen precedente en la historia humana. 4. El marco fundamental de una
economía de la vigilancia. 5. Amenaza tan importante para la naturaleza humana
en el siglo XXI como lo fue el capitalismo industrial para el mundo natural en los
siglos XIX y XX. 6. Origen de un nuevo poder instrumentario que impone su
dominio sobre la sociedad y plantea alarmantes contradicciones para la
democracia de mercado. 7. Movimiento que aspira a imponer un nuevo orden
colectivo basado en la certeza absoluta. 8. Expropiación de derechos humanos
cruciales que perfectamente puede considerarse como un golpe desde arriba: un
derrocamiento de la soberanía del pueblo.
INTRODUCCIÓN
Capítulo 1
HOGAR O EXILIO EN EL FUTURO DIGITAL
Vertiendo de los ojos le vi copiosísimo llanto en la isla y palacio que habita la ninfa
Calipso; por fuerza le retiene ella allí sin que pueda volver a su patria.
HOMERO, Odisea
I. LAS PREGUNTAS MÁS ANCESTRALES
«¿Terminaremos todos trabajando para una máquina inteligente, o la
máquina funcionará con personas inteligentes alrededor?» Esta pregunta me la
hizo en 1981 un joven gerente de una fábrica de papel, entre el plato de bagre frito
y el postre de pastel de nuez pacana que me comí la primera noche que pasé en la
pequeña localidad sureña donde se encontraba su gigantesca factoría y donde me
iba a encontrar yo de forma periódica durante los seis años siguientes. En una
noche lluviosa como aquella, fueron esas palabras suyas las que me inundaron el
cerebro y ahogaron casi al momento el cada vez más rápido repiqueteo de las gotas
que caían sobre el toldo bajo el que se ubicaba nuestra mesa. Advertí en ellas las
más ancestrales preguntas de la política: ¿patria o exilio?, ¿señor o súbdito?, ¿amo
o esclavo? Todas ellas son temáticas eternas relacionadas con el conocimiento, la
autoridad y el poder que jamás lograremos zanjar de una vez por todas. No hay un
fin de la historia: cada generación debe afirmar su voluntad y su imaginación ante
nuevas amenazas que nos obligan a juzgar de nuevo la misma causa en cada época
sucesiva..
Acaso porque no tenía allí a nadie más a quien preguntar, la voz del gerente
sonaba cargada de cierto apremio y frustración: «¿Qué va a suceder? ¿Qué camino
se supone que debemos seguir? Tengo que saberlo ya. No hay tiempo que perder».
Yo también quería saber las respuestas, así que empecé a trabajar en el proyecto
que, hace ya treinta años, se convirtió en mi primer libro: In the Age of the Smart
Machine: The Future of Work and Power [En la era de la máquina inteligente: el futuro del
trabajo y del poder]. Esa obra terminaría siendo el capítulo inicial de lo que se
convertiría en toda una vida de búsqueda de una respuesta a la pregunta «¿puede
el futuro digital ser nuestro hogar?».
Muchos años han pasado desde aquella cálida velada sureña, pero las
preguntas ancestrales vuelven ahora a retumbar en el ambiente con una inusitada
insistencia. El ámbito de lo digital está conquistando y redefiniendo todo lo que
nos es familiar antes incluso de que hayamos tenido ocasión de meditar y decidir
al respecto. Hacemos pública exaltación del mundo conectado en red por las
múltiples formas en las que enriquece nuestras capacidades y posibilidades, pero
ese mundo también ha engendrado territorios completamente nuevos de
preocupación, peligro y violencia, al tiempo que se ha ido desvaneciendo toda
sensación de que el futuro sea predecible.
Cuando ahora formulamos esas preguntas más ancestrales, son miles de
millones de personas de todo estrato social, generación y sociedad las que deben
responderlas. Las tecnologías de la información y la comunicación están ya más
extendidas que la electricidad y llegan a 3.000 millones de los 7.000 millones de
personas que hay en el mundo.
1
Los dilemas entremezclados sobre el
conocimiento, la autoridad y el poder ya no se circunscriben a los lugares de
trabajo como se circunscribían en la década de los ochenta. Sus raíces se hunden
ahora profundamente y subyacen a las necesidades de la vida cotidiana, y median
en casi todas las formas de participación social.
2
Parece que era ayer mismo cuando se nos antojaba aún razonable centrar
nuestras preocupaciones en los retos planteados por un lugar de trabajo
informacional o por la sociedad de la información. Ahora, sin embargo, nos vemos
obligados a plantear esas preguntas más ancestrales en el marco más amplio
posible, ese para el que no existe mejor término definitorio que el de civilización o,
más concretamente, civilización informacional. ¿Será esta civilización emergente un
lugar que podamos considerar nuestro hogar?
Todas las criaturas se orientan en función de su hogar. Es el punto de origen
desde el que toda especie fija su dirección y rumbo. Sin ese rumbo bien orientado,
no hay modo alguno de navegar por aguas desconocidas; sin nuestra orientación,
estamos perdidos. Esto es algo que me recuerdan todas las primaveras la misma
pareja de colimbos cuando regresan de sus viajes lejanos y se instalan en la cala
que se divisa desde la ventana de nuestra casa. Sus hechizantes graznidos,
verdaderas expresiones de bienvenida, de renovació n, de conexión y de
protección, nos arrullan por la noche, pues nos hacen saber que también nosotros
estamos en el lugar que nos es propio. Las tortugas verdes salen de sus huevos y
bajan hasta el mar, donde viajan muchos miles de millas, a veces durante diez o
veinte años. Cuando están listas para poner sus huevos, recorren ese mismo viaje a
la inversa, hasta la misma porción de playa en la que nacieron. Algunas aves
vuelan miles de millas cada año y pierden hasta la mitad de su peso corporal para
aparearse en el lugar en que nacieron. Pájaros, abejas, mariposas..., nidos, agujeros,
árboles, lagos, colmenas, colinas, costas y huecos... Casi todas las criaturas
comparten, a su modo particular, ese vínculo profundo con un lugar en el que
saben que la vida floreció en algún momento, esa clase de sitio al que llamamos
hogar.
En la naturaleza misma del apego humano está que todo viaje y expulsión
ponga en marcha la búsqueda de un hogar. Que el nostos, el hallar un hogar, es una
de nuestras necesidades más profundas se hace evidente en el precio que estamos
dispuestos a pagar por él. Existe una especie de anhelo universalmente compartido
por regresar al lugar que dejamos atrás o por hallar un nuevo hogar en el que
nuestras esperanzas de futuro puedan anidar y crecer. Todavía contamos las
penurias de Odiseo para recordarnos a nosotros mismos lo que los seres humanos
estamos dispuestos a soportar por arribar a costas y cruzar puertas que sean las
nuestras propias.
Como nuestros cerebros son más grandes que los de las aves y las tortugas
marinas, sabemos que no siempre es posible o siquiera deseable regresar al mismo
pedazo de terreno. El hogar no tiene por qué corresponderse necesariamente con
una morada o un sitio único y concreto. Podemos elegir su forma y su ubicació n,
pero no su significado. El hogar es donde conocemos y somos conocidos, donde
amamos y somos amados. El hogar es dominio de nuestros actos, es voz, es
relación y es asilo: tiene parte de libertad, parte de florecimiento..., parte de
refugio, parte de perspectiva de futuro.
La sensación de alejamiento o desaparición del hogar nos causa una
añoranza insoportable. Los portugueses tienen una palabra para ese sentimiento:
saudade, un término que, al parecer, capta la nostalgia y el anhelo que, desde hace
siglos, produce en los emigrantes separarse de su patria. Ahora, las alteraciones
propias del siglo XXI han convertido esas delicadas ansiedades y anhelos en un
relato universal en el que estamos sumergidos todos y cada uno de nosotros.
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II. RÉQUIEM POR UN HOGAR
En 2000, un grupo de informáticos e ingenieros del Instituto Tecnológico de
Georgia (Georgia Tech) colaboraron en un proyecto llamado Aware Home (Hogar
Consciente).
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Se trataba de crear un «laboratorio vivo» para el estudio de la
llamada computación ubicua. Para ello, imaginaron una «simbiosis humano-hogar»
en la que múltiples procesos animados e inanimados fueran captados por una
elaborada red de «sensores conscientes del contexto», integrados en la casa y en
unos pequeños ordenadores que los ocupantes de aquel hogar pudieran llevar
puestos (tecnología ponible o wearable ) en todo momento. El plan así diseñado
obligaba a una «colaboración inalámbrica automatizada» entre la plataforma en la
que se alojaba la información personal obtenida de los dispositivos mó viles de los
ocupantes de la casa y una segunda plataforma en la que se alojaba la información
ambiental extraída de los sensores.
Tres eran los supuestos de trabajo de aquel experimento. En primer lugar,
los científicos y los ingenieros entendían que los nuevos sistemas de datos
producirían un ámbito de conocimiento totalmente novedoso. En segundo lugar,
se asumió que los derechos sobre ese nuevo conocimiento y el poder de usarlo
para mejorar la propia vida pertenecían exclusivamente a las personas que vivían
en la casa. En tercer lugar, el equipo dio por sentado que, pese a tanta maravilla
técnica digital como allí había, Aware Home no sería más que una encarnación
modernizada de las convenciones ancestrales que conciben el «hogar» como el
lugar de asilo privado donde se refugian quienes se recogen entre sus paredes.
Todo esto se expresó tal cual en el plan de ingeniería. Allí se puso el énfasis
en la confianza, la simplicidad, la soberanía del individuo y la inviolabilidad del
hogar como ámbito privado. El sistema de información de Aware Home se
concebía como un simple «bucle cerrado» de dos nodos únicamente y controlado
por completo por los ocupantes de la casa. Dado que esta estaría «monitorizando
constantemente la localización y las actividades de los ocupantes [...], e incluso
rastreando las condiciones médicas de sus habitantes», el equipo concluyó que
había «una necesidad muy clara de dar a los ocupantes el conocimiento y el control
sobre la distribución de esta informació n». Todos los datos tendrían que
almacenarse en los ordenadores portátiles de los ocupantes «para garantizar la
privacidad de la información de cada individuo».
En 2018, se calcula que el volumen de negocio del mercado mundial de los
«hogares inteligentes» asciende a unos 36.000 millones de dólares y se prevé que
alcance los 151.000 millones para 2023.
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Las cifras ocultan el verdadero terremoto
que se está produciendo bajo su superficie. Pensemos en solo uno de los
dispositivos típicos de un hogar inteligente: el termostato Nest, fabricado por una
empresa que era propiedad de Alphabet, la compañía matriz de Google, que
terminó fusionándose con la propia Google en 2018.
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El termostato Nest hace
muchas de las cosas que se imaginaron en aquel Aware Home. Recoge datos sobre
su uso y su entorno. Utiliza sensores de movimiento y computación para
«aprender» los comportamientos de los habitantes de una casa. Las aplicaciones de
Nest pueden recabar datos de otros productos conectados, como automóviles,
hornos, pulseras de actividad y camas.
7
Esos sistemas pueden activar luces, por
ejemplo, si se detecta un movimiento anómalo, indicar que se grabe en vídeo y en
audio lo que está ocurriendo, e incluso enviar notificaciones a los propietarios o a
otras personas. Ahora, y como consecuencia de la fusión con Google, el termostato,
al igual que otros productos de Nest, se fabricará incorporando funciones de
inteligencia artificial de Google, incluido su «asistente» digital personal.
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Como el
Aware Home en su día, el termostato y sus dispositivos hermanos generan
inmensas provisiones nuevas de conocimiento y, por consiguiente, de poder... Pero
¿para quién?
Cuando está conectado por wifi y en red, los intrincados almacenes de datos
personalizados del termostato se suben a los servidores de Google. Cada
termostato viene con su «política de privacidad», su «acuerdo de términos de
servicio» y su «acuerdo de licencia para el usuario final». Dichos documentos
revelan consecuencias opresivas en materia de privacidad y seguridad, pues
permiten que se comparta información familiar y personal sensible con otros
dispositivos inteligentes, con personal anónimo y con terceros a efectos de análisis
predictivos y de su venta a otras partes no especificadas. Nest apenas se
responsabiliza de la seguridad de la informació n que recopila y no asume
responsabilidad alguna por el uso que las otras empresas de su ecosistema den a
esos datos.
9
Según un análisis detallado de las políticas de Nest realizado por dos
expertos de la Universidad de Londres, si el comprador de un simple termostato
doméstico se propusiera introducirse en el ecosistema de dispositivos y
aplicaciones conectadas de Nest para revisar sus correspondientes (farragosos e
impudentes) términos, tendría que mirarse cerca de mil de esos mal llamados
«contratos».
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Si el cliente se negara a aceptar las estipulaciones de Nest, los términos del
servicio indican que la funcionalidad y la seguridad del termostato se verían
seriamente comprometidas y se interrumpirían entonces las actualizaciones
necesarias para garantizar el funcionamiento fiable y seguro del aparato. Las
consecuencias de tal interrupción podrían ir desde la congelación de tuberías hasta
fallos en los detectores de humos, sin olvidar una mayor facilidad para jaquear el
sistema domótico interno.
11
En 2018, ya habían desaparecido, pues, los antiguos supuestos de partida del
proyecto Aware Home, arrastrados por la corriente. ¿Arrastrados adónde? ¿Qué
corriente había sido esa? Aware Home, como otros muchos proyectos visionarios,
imaginaba un futuro digital que empoderaría a los individuos, facultándolos para
vivir unas vidas más eficaces. Lo más importante es que, en el año 2000, aquella
imagen de futuro presuponía (como lo más natural del mundo) un compromiso
inquebrantable con la privacidad de las experiencias individuales. Si un individuo
optaba por transmitir su experiencia digitalmente, seguiría ejerciendo derechos
exclusivos sobre los conocimientos reunidos a partir de esos datos, así como
derechos exclusivos también para decidir qué uso dar a tales conocimientos. En la
actualidad, ese derecho a la privacidad, a los conocimientos y a la aplicació n de
estos ha sido usurpado por una audaz aventura de mercado propulsada por la
atribución unilateral de un presunto derecho a disponer de las experiencias de
otras personas y del conocimiento que se deriva de tales experiencias. ¿Qué supone
este cambio fundamental para nosotros, para nuestros hijos, para nuestras
democracias y para la posibilidad misma de que exista un futuro humano en un
mundo digital? El presente libro trata de responder a esas preguntas. Su tema es el
ensombrecimiento del sueño digital y su vertiginosa mutación en un proyecto
comercial voraz y absolutamente novedoso al que yo llamo capitalismo de la
vigilancia.
III. ¿QUÉ ES EL CAPITALISMO DE LA VIGILANCIA?
El capitalismo de la vigilancia reclama unilateralmente para sí la experiencia
humana, entendiéndola como una materia prima gratuita que puede traducir en
datos de comportamiento. Aunque algunos de dichos datos se utilizan para
mejorar productos o servicios, el resto es considerado como un excedente conductual
privativo («propiedad») de las propias empresas capitalistas de la vigilancia y se
usa como insumo de procesos avanzados de producción conocidos como
inteligencia de máquinas, con los que se fabrican productos predictivos que prevén lo
que cualquiera de ustedes hará ahora, en breve y más adelante. Por último, estos
productos predictivos son comprados y vendidos en un nuevo tipo de mercado de
predicciones de comportamientos que yo denomino mercados de futuros
conductuales. Los capitalistas de la vigilancia se han enriquecido inmensamente con
esas operaciones comerciales, pues son muchas las empresas ansiosas por apostar
sobre nuestro comportamiento futuro.
Como veremos en los capítulos que siguen, la dinámica competitiva de estos
nuevos mercados impulsa a los capitalistas de la vigilancia a adquirir fuentes de
excedente conductual cada vez más predictivas: desde nuestras voces hasta
nuestras personalidades y nuestras emociones incluso. Con el tiempo, los
capitalistas de la vigilancia descubrieron que los datos conductuales más
predictivos se obtienen interviniendo en la marcha misma de las cosas para
empujar a, persuadir de, afinar y estimular ciertos comportamientos a fin de
dirigirlos hacia unos resultados rentables. Fueron las presiones competitivas las
que produjeron este cambio: ahora los procesos automatizados llevados a cabo por
máquinas no solo conocen nuestra conducta, sino que también moldean nuestros
comportamientos en igual medida. A partir de esa reorientación desde el
conocimiento hacia el poder, ya no basta con automatizar los flujos de información
referida a nosotros, el objetivo ahora es automatizarnos (a nosotros mismos). En esta
fase de la evolución del capitalismo de la vigilancia, los medios de producción
están supeditados a unos cada vez más complejos y exhaustivos «medios de
modificación conductual». De ese modo, el capitalismo de la vigilancia da a luz a
una nueva especie de poder que yo llamo instrumentarismo. El poder
instrumentario conoce el comportamiento humano y le da forma, orientándolo
hacia los fines de otros. En vez de desplegar armamentos y ejércitos, obra su
voluntad a través del medio ambiente automatizado conformado por una
arquitectura informática cada vez más ubicua de dispositivos «inteligentes», cosas
y espacios conectados en red.
En los capítulos siguientes, estudiaremos el crecimiento y la difusión de esas
maniobras y dinámicas, y el poder instrumentario que las sustenta. De hecho, hoy
resulta ya difícil escapar a tan audaz proyecto mercantil, cuyos tentáculos alcanzan
todos los rincones: desde la gentil manada de inocentes jugadores de Pokémon Go
para que coman, beban y compren en los restaurantes, los bares, los locales de
comida rápida y las tiendas que pagan por jugar (es decir, que participan como
compradores en los mercados de futuros conductuales relacionados con el juego),
hasta la implacable expropiación de excedente tomado de los perfiles de Facebook
con el propósito de influir en la conducta individual, ya sea haciendo que alguien
compre crema antiespinillas a las 17.45 horas de un viernes, o que clique «sí» en la
oferta de unas nuevas zapatillas para correr cuando tiene el cerebro lleno de
endorfinas tras haber participado en una larga carrera dominical, o haciendo que
vote la semana siguiente. Del mismo modo que el capitalismo industrial tendía a la
continua intensificación de los medios de producción, los capitalistas de la
vigilancia y sus actores de mercado están ahora atrapados en una dinámica de
intensificación continua de los medios de modificación de la conducta y de
creciente fortalecimiento del poder instrumentario.
El capitalismo de la vigilancia sigue la tendencia contraria a la del sueño
digital original y convierte proyectos como Aware Home en poco menos que
historia antigua ya olvidada. Desnuda el formato de red de todo presunto (e
ilusorio) ropaje moral intrínseco: desmiente que estar «conectados» sea algo
inherentemente prosocial o inclusivo por naturaleza, o automáticamente tendente
a la democratización del conocimiento. La conexión digital es hoy un medio para
satisfacer los fines comerciales de otros. En su fundamento mismo, el capitalismo
de la vigilancia es parasítico y autorreferencial. Resucita aquella vieja metáfora de
Karl Marx, que retrató el capitalismo como un vampiro que se alimenta del
trabajador, pero le da un giro inesperado: en lugar de los trabajadores, la fuente de
alimento del capitalismo de la vigilancia es cualquier aspecto de la experiencia de
cualquier ser humano.
Google inventó y perfeccionó el capitalismo de la vigilancia en un sentido
muy similar a como General Motors inventó y perfeccionó el capitalismo gerencial
hace un siglo. Google fue la pionera tanto intelectual como práctica del capitalismo
de la vigilancia; fue quien sufragó su investigación y su desarrollo; y fue la que
abrió camino con su experimentación y su implementación. Pero ya no es el único
agente embarcado en esa misión. El capitalismo de la vigilancia se extendió con
rapidez a Facebook y, más tarde, a Microsoft. Los datos indican que Amazon
también ha dado un giro en esa dirección, y que esa vía representa asimismo un
desafío constante para Apple por ser tanto una amenaza externa como una fuente
de debate y conflicto interno.
Como pionera del capitalismo de la vigilancia que fue en su momento,
Google se lanzó en una operación comercial sin precedentes hacia los espacios
inexplorados de internet, donde halló pocos obstáculos en forma de impedimentos
legales o de competidores: fue como una especie invasora en un paisaje sin
depredadores naturales. Los directivos de la empresa impulsaron la coherencia
sistémica entre sus diversos negocios a un ritmo tan vertiginoso que ni las
instituciones públicas ni los particulares fueron capaces de seguirlo. Google
también se benefició de ciertos acontecimientos históricos, como cuando todo un
sistema de seguridad nacional, movido a actuar por los atentados del 11S, sintió la
necesidad de alimentar, imitar, cobijar y hasta hacer suyas las funciones
emergentes del capitalismo de la vigilancia, en aras del conocimiento total y de la
certeza que ese conocimiento le prometía otorgar.
Los capitalistas de la vigilancia enseguida se dieron cuenta de que podían
hacer lo que quisieran, y lo hicieron. Se arroparon con la bandera de la defensa de
un ideal social y de la emancipación, y apelaron así a las angustias e inquietudes
contemporáneas (y sacaron partido de ellas), al tiempo que ocultaban entre
bastidores su actuación real. Se cubrieron con un manto de invisibilidad tejido a
partes iguales con los hilos de la retórica del papel empoderador de la web, la
capacidad para moverse con rapidez, la seguridad de que todo esto les reportaría
abundantes torrentes de ingresos, y el carácter salvaje, todavía por definir, del
territorio que estaban a punto de conquistar y reclamar para sí. Actuaban
protegidos por la ilegibilidad intrínseca de los procesos automatizados que están
bajo su dominio, por la ignorancia a propósito de lo que tales procesos podrían
engendrar, así como por la sensación de inevitabilidad que estos propician.
El capitalismo de la vigilancia ya no se circunscribe solamente a los dramas
competitivos escenificados por las grandes compañías de internet, cuyos mercados
de futuros conductuales estaban inicialmente enfocados hacia la publicidad en la
red. Hoy, sus mecanismos y sus imperativos económicos se han convertido en el
modelo por defecto de la mayoría de los negocios basados en internet. Al final, la
presión competitiva impulsó la expansión de ese modelo hacia el mundo offline, el
que no está en línea: ahora es en nuestra vida cotidiana —en el parque, en la
conversación del desayuno o cuando buscamos un sitio donde aparcar, por
ejemplo— donde los citados mecanismos fundamentales nos expropian nuestra
navegación en línea, nuestros «me gusta» y nuestros clics. Los productos de
predicción actuales se comercian en mercados de futuros conductuales que se
extienden más allá de los anuncios dirigidos en la red y abarcan ahora otros
muchos sectores, como los seguros, el comercio minorista, las finanzas y un elenco
creciente de compañías de bienes y servicios decididas a participar de estos nuevos
(y rentables) mercados. Tanto si se trata de un dispositivo doméstico «inteligente»,
o de aquello que las aseguradoras llaman «seguro conductual», o de miles de
transacciones posibles más, ahora pagamos por ser dominados.
Los productos y servicios del capitalismo de la vigilancia no son los objetos
de un intercambio de valor. No establecen unas reciprocidades constructivas entre
productor y consumidor. Son, más bien, los «ganchos» que atraen a los usuarios
hacia unas operaciones extractivas en las que se rebañ an y se empaquetan nuestras
experiencias personales para convertirlas en medios para los fines de otros. No
somos «clientes» del capitalismo de la vigilancia. Y aunque el dicho habitual rece
que «cuando el producto es gratis, el producto eres tú», tampoco esa es la forma
correcta de verlo. Somos las fuentes del excedente crucial del que se alimenta el
capitalismo de la vigilancia: los objetos de una operación tecnológicamente
avanzada de extracción de materia prima a la que resulta cada vez más difícil
escapar. Los verdaderos clientes del capitalismo de la vigilancia son las empresas
que comercian en los mercados que este tiene organizados acerca de nuestros
comportamientos futuros.
Esta lógica convierte la vida corriente en una renovación cotidiana de una
especie de pacto fáustico del siglo XXI. «Fáustico», porque nos resulta casi
imposible sustraernos de él, aun a pesar de que lo que debemos dar a cambio
destruirá la vida tal como la habíamos conocido. Pensemos, si no, en que internet
se ha convertido en esencial para la participación social, en que ahora está saturada
de comercio, y en que el comercio está actualmente supeditado al capitalismo de la
vigilancia. Nuestra dependencia es un elemento básico del proyecto de la
vigilancia comercial, en el que las necesidades que sentimos de aumentar la
eficacia en nuestra vida compiten con nuestra inclinación a resistirnos a tan osadas
incursiones por parte de aquel. Este conflicto produce un entumecimiento psíquico
que nos habitúa a la realidad de ser monitorizados, analizados, explotados como
minas de datos y modificados. Nos predispone a racionalizar la situación con
resignado cinismo y a crear excusas que funcionan como mecanismos de defensa
(«tampoco tengo nada que ocultar»), cuando no hallamos otras formas de esconder
la cabeza y optar por la ignorancia para afrontar la frustración y la impotencia.
12
Por esa vía, el capitalismo de la vigilancia nos impone una decisión
fundamentalmente ilegítima que los individuos del siglo XXI no deberíamos tener
que tomar, y cuya normalización hace que, finalmente, no solo estemos
encadenados, sino que también vivamos contentos de estarlo.
13
El capitalismo de la vigilancia actúa por medio de unas asimetrías de
conocimiento sin precedentes, y del poder que se acumula con ese conocimiento.
Los capitalistas de la vigilancia lo saben todo sobre nosotros, pero sus actividades
están diseñadas como lo están para que no puedan ser conocidas por nosotros.
Acumulan montañas ingentes de nuevos conocimientos extraídos de nosotros, pero
no para nosotros. Predicen nuestros futuros para el beneficio de otros, no para el

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