nos es familiar antes incluso de que hayamos tenido ocasión de meditar y decidir
al respecto. Hacemos pública exaltación del mundo conectado en red por las
múltiples formas en las que enriquece nuestras capacidades y posibilidades, pero
ese mundo también ha engendrado territorios completamente nuevos de
preocupación, peligro y violencia, al tiempo que se ha ido desvaneciendo toda
sensación de que el futuro sea predecible.
Cuando ahora formulamos esas preguntas más ancestrales, son miles de
millones de personas de todo estrato social, generación y sociedad las que deben
responderlas. Las tecnologías de la información y la comunicación están ya más
extendidas que la electricidad y llegan a 3.000 millones de los 7.000 millones de
personas que hay en el mundo.
1
Los dilemas entremezclados sobre el
conocimiento, la autoridad y el poder ya no se circunscriben a los lugares de
trabajo como se circunscribían en la década de los ochenta. Sus raíces se hunden
ahora profundamente y subyacen a las necesidades de la vida cotidiana, y median
en casi todas las formas de participación social.
2
Parece que era ayer mismo cuando se nos antojaba aún razonable centrar
nuestras preocupaciones en los retos planteados por un lugar de trabajo
informacional o por la sociedad de la información. Ahora, sin embargo, nos vemos
obligados a plantear esas preguntas más ancestrales en el marco más amplio
posible, ese para el que no existe mejor término definitorio que el de civilización o,
más concretamente, civilización informacional. ¿Será esta civilización emergente un
lugar que podamos considerar nuestro hogar?
Todas las criaturas se orientan en función de su hogar. Es el punto de origen
desde el que toda especie fija su dirección y rumbo. Sin ese rumbo bien orientado,
no hay modo alguno de navegar por aguas desconocidas; sin nuestra orientación,
estamos perdidos. Esto es algo que me recuerdan todas las primaveras la misma
pareja de colimbos cuando regresan de sus viajes lejanos y se instalan en la cala
que se divisa desde la ventana de nuestra casa. Sus hechizantes graznidos,
verdaderas expresiones de bienvenida, de renovació n, de conexión y de
protección, nos arrullan por la noche, pues nos hacen saber que también nosotros
estamos en el lugar que nos es propio. Las tortugas verdes salen de sus huevos y
bajan hasta el mar, donde viajan muchos miles de millas, a veces durante diez o
veinte años. Cuando están listas para poner sus huevos, recorren ese mismo viaje a
la inversa, hasta la misma porción de playa en la que nacieron. Algunas aves
vuelan miles de millas cada año y pierden hasta la mitad de su peso corporal para
aparearse en el lugar en que nacieron. Pájaros, abejas, mariposas..., nidos, agujeros,
árboles, lagos, colmenas, colinas, costas y huecos... Casi todas las criaturas
comparten, a su modo particular, ese vínculo profundo con un lugar en el que
saben que la vida floreció en algún momento, esa clase de sitio al que llamamos