molécula, que no solo deja que te muevas más allá del ámbito que tienes a
tu alcance, sino que también te motiva a perseguir, controlar y poseer el
mundo que está fuera de tu alcance inmediato. Te impulsa a buscar esas
cosas lejanas, tanto físicas como las que no puedes ver, como el
conocimiento, el amor y el poder. Ya sea extender la mano para llegar al
salero en la mesa, viajar a la Luna en una nave espacial o adorar a un dios
allende el espacio y el tiempo, esta sustancia química nos permite dominar
todas las distancias, tanto geográficas como intelectuales.
Esas sustancias químicas de abajo —las llamamos del «aquí y
ahora»— te permiten notar lo que tienes delante de ti. Hacen que puedas
saborear y disfrutar, o quizá luchar o escapar, ahora mismo. La sustancia
química de arriba es distinta. Te hace desear lo que aún no tienes y te
impulsa a buscar cosas nuevas. Te recompensa cuando la obedeces y te hace
sufrir en caso contrario. Es la fuente de la creatividad y, más lejos en el
espectro, de la locura; es la clave para la adicción y la vía para la
recuperación; es el pedacito de biología que hace que un ejecutivo
ambicioso lo sacrifique todo en busca del triunfo, que los actores, los
empresarios y los artistas de éxito sigan trabajando mucho después de
conseguir todo el dinero y la fama que siempre habían soñado, y que un
marido o una esposa contentos arriesguen todo al ilusionarse por otra
persona. Es la fuente del innegable gusanillo que lleva a los científicos a
encontrar explicaciones y a los filósofos a encontrar el orden, la razón y el
sentido.
Por eso miramos al cielo buscando redención y a Dios; por eso el cielo
está arriba y la tierra está abajo. Es el combustible para el motor de nuestros
sueños; es la fuente de nuestra desesperación cuando fracasamos. Por eso
buscamos y triunfamos; por eso descubrimos y prosperamos.
Por eso no nos dura mucho la felicidad.
Para el cerebro, esta única molécula es el principal mecanismo
polivalente, y nos insta, por medio de miles de procesos neuroquímicos, a
dejar atrás el placer de la mera existencia y explorar el universo de
posibilidades que llegan cuando las imaginamos. Todos los mamíferos, los
reptiles, las aves y los peces tienen esta sustancia química en el cerebro,
pero ninguno tiene tanta como el ser humano. Es una bendición y una