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Índice
Portada
Sinopsis
Portadilla
Dedicatoria
Introducción. Arriba vs. abajo
1. Amor
2. Drogas
3. Dominio
4. Creatividad y locura
5. Política
6. Progreso
7. Armonía
Agradecimientos
Notas
Créditos
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SINOPSIS
¿Por qué nos obsesionamos con las cosas que queremos y nos aburrimos cuando las conseguimos?
¿Por qué la adicción no es una cuestión moral? ¿Por qué el amor pasional se convierte tan
rápidamente en desinterés? ¿Por qué casi todas las dietas fracasan? ¿Por qué vivimos pegados a las
redes sociales? ¿Por qué algunas personas son liberales acérrimos y otras, conservadores extremos?
¿Cómo logramos mantener la esperanza, incluso en los tiempos más oscuros? La respuesta reside en
una simple sustancia química de nuestro cerebro: la dopamina.
La dopamina es la sustancia que permitió que nuestros ancestros pervivieran. Hoy en cambio,
es la responsable de nuestro comportamiento, adicciones y del progreso humano. Es la molécula del
deseo, la que controla nuestros impulsos y la que nos incita a buscar siempre nuevos estímulos. La
dopamina es la causante de que un trabajador ambicioso lo sacrifique todo en pos del éxito, o que
pongamos en riesgo nuestra relación más preciada por una noche de sexo con un desconocido. Por un
lado nos sirve de motivación para superarnos a nosotros mismos. Por el otro, nos lleva a arriesgarlo
todo y fracasar en el intento.
Para la dopamina lo importante es conseguir algo, cualquier cosa, con tal de que sea nueva.
Una vez tenemos claro el papel que juega en nuestra vida, podremos entender de una manera
revolucionaria por qué nos comportamos como lo hacemos en el amor, los negocios, la política o la
religión. Entender la dopamina nos ayudará a predecir nuestro comportamiento. Pero también el de
los demás.
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DOPAMINA
Cómo una molécula condiciona de quién
nos enamoramos, con quién nos acostamos,
a quién votamos y qué nos depara el futuro
DANIEL Z. LIEBERMAN
Y MICHAEL E. LONG
Traducción de María Eugenia Santa Coloma
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Para Sam y Zach,
quienes me abren los ojos para que vea el mundo de otro modo.
DANIEL Z. LIEBERMAN
Para papá,
que se lo habría contado a todos aunque no quisieran oírlo; y
para Kent,
que se marchó justo cuando las cosas se ponían interesantes.
MICHAEL E. LONG
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En el principio creó Dios los cielos y la tierra .
Mira hacia abajo. ¿Qué ves? Las manos, la mesa, el suelo, tal vez una taza
de café, o un portátil o un periódico. ¿Qué tienen en común? Son objetos
que puedes tocar. Lo que ves cuando miras hacia abajo son cosas que están
a tu alcance, cosas que puedes controlar ahora mismo, cosas que puedes
mover y manipular sin planearlo, esforzarte o pensar. Tanto si se deben a tu
trabajo, a la amabilidad de los demás o sencillamente a la buena suerte, gran
parte de lo que ves cuando miras hacia abajo es tuyo. Son cosas que posees.
Ahora mira hacia arriba. ¿Qué ves? El techo, quizá cuadros en la
pared, o cosas por la ventana: árboles, casas, edificios, nubes en el cielo;
cualquier cosa que está lejos. ¿Qué tienen en común? Para alcanzarlos,
tienes que planear, pensar, calcular. Aunque solo sea un poco, pese a todo
exige algo de esfuerzo coordinado. A diferencia de lo que vemos cuando
miramos hacia abajo, el ámbito de arriba nos muestra cosas en las que
tenemos que pensar y trabajar para obtenerlas.
Parece sencillo porque lo es. Sin embargo, para el cerebro, esta
distinción es la puerta entre dos modos sumamente distintos de pensar, dos
modos muy diferentes de lidiar con el mundo. En el cerebro, el mundo de
abajo está dirigido por un puñado de sustancias químicas, los llamados
neurotransmisores, que hacen que sientas satisfacción y disfrutes de lo que
tienes aquí y ahora. Pero cuando prestas atención al mundo de arriba, el
cerebro cuenta con la ayuda de una sustancia química distinta, una única
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molécula, que no solo deja que te muevas más allá del ámbito que tienes a
tu alcance, sino que también te motiva a perseguir, controlar y poseer el
mundo que está fuera de tu alcance inmediato. Te impulsa a buscar esas
cosas lejanas, tanto físicas como las que no puedes ver, como el
conocimiento, el amor y el poder. Ya sea extender la mano para llegar al
salero en la mesa, viajar a la Luna en una nave espacial o adorar a un dios
allende el espacio y el tiempo, esta sustancia química nos permite dominar
todas las distancias, tanto geográficas como intelectuales.
Esas sustancias químicas de abajo —las llamamos del «aquí y
ahora»— te permiten notar lo que tienes delante de ti. Hacen que puedas
saborear y disfrutar, o quizá luchar o escapar, ahora mismo. La sustancia
química de arriba es distinta. Te hace desear lo que aún no tienes y te
impulsa a buscar cosas nuevas. Te recompensa cuando la obedeces y te hace
sufrir en caso contrario. Es la fuente de la creatividad y, más lejos en el
espectro, de la locura; es la clave para la adicción y la vía para la
recuperación; es el pedacito de biología que hace que un ejecutivo
ambicioso lo sacrifique todo en busca del triunfo, que los actores, los
empresarios y los artistas de éxito sigan trabajando mucho después de
conseguir todo el dinero y la fama que siempre habían soñado, y que un
marido o una esposa contentos arriesguen todo al ilusionarse por otra
persona. Es la fuente del innegable gusanillo que lleva a los científicos a
encontrar explicaciones y a los filósofos a encontrar el orden, la razón y el
sentido.
Por eso miramos al cielo buscando redención y a Dios; por eso el cielo
está arriba y la tierra está abajo. Es el combustible para el motor de nuestros
sueños; es la fuente de nuestra desesperación cuando fracasamos. Por eso
buscamos y triunfamos; por eso descubrimos y prosperamos.
Por eso no nos dura mucho la felicidad.
Para el cerebro, esta única molécula es el principal mecanismo
polivalente, y nos insta, por medio de miles de procesos neuroquímicos, a
dejar atrás el placer de la mera existencia y explorar el universo de
posibilidades que llegan cuando las imaginamos. Todos los mamíferos, los
reptiles, las aves y los peces tienen esta sustancia química en el cerebro,
pero ninguno tiene tanta como el ser humano. Es una bendición y una
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maldición, una motivación y una recompensa. Carbono, hidrógeno, oxígeno
y un átomo de nitrógeno; es simple en la forma y compleja en el resultado.
Es la dopamina, y cuenta nada menos que la historia de la conducta
humana.
Y si quieres sentirla en este momento, si quieres ponerla al mando,
puedes hacerlo.
Mira hacia arriba.
NOTA DE LOS AUTORES
Hemos llenado este libro de los experimentos científicos más interesantes que hemos podido
encontrar. Aun así, algunas partes son especulativas, sobre todo en los últimos capítulos.
Además, en algunos puntos hemos simplificado en exceso para facilitar la comprensión del
material. El cerebro es tan complejo que incluso el neurocientífico más meticuloso debe
simplificar para elaborar un modelo del cerebro que pueda entenderse. La ciencia también es
complicada. A veces, los estudios se contradicen entre sí, y se tarda en aclarar cuáles son los
resultados correctos. Comprobar todo el conjunto de datos aburriría enseguida al lector, así
que hemos seleccionado estudios que han influido de forma importante en el campo y que
reflejan la opinión unánime de los científicos, cuando esta existe.
La ciencia no solo es complicada; puede ser a veces muy peculiar. La búsqueda para
entender la conducta humana puede adoptar formas extrañas. No es como estudiar las
sustancias químicas en un tubo de ensayo o incluso las infecciones en personas vivas. Los
neurocientíficos tienen que encontrar modos de desencadenar comportamientos importantes
en un entorno de laboratorio, en ocasiones comportamientos sensibles impulsados por
pasiones como el miedo, la gula o el deseo sexual. Cuando es posible, elegimos estudios que
destaquen esta rareza.
Las investigaciones en los seres humanos, en cualesquiera de sus formas, son difciles.
No es lo mismo que la asistencia clínica, en la que médico y paciente colaboran para tratar la
enfermedad de este último. En ese caso, eligen el tratamiento que consideran más adecuado, y
el único objetivo es que el paciente mejore.
La finalidad de la investigación, por otro lado, es responder a una duda científica. Pese
a que los científicos trabajan mucho para minimizar los riesgos para las personas, la ciencia
debe ser lo primero. A veces, acceder a tratamientos experimentales puede salvar vidas, pero,
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por lo general, los voluntarios que participan en una investigación se exponen a riesgos que no
tendrían durante una atención médica normal.
Al ofrecerse voluntariamente a participar en estudios, esas personas sacrifican una parte
de su propia seguridad en favor de otras, enfermos que tendrán una vida mejor si las
investigaciones son eficaces. Es como el bombero que corre hacia un edificio en llamas para
rescatar a las personas atrapadas en su interior, que elige ponerse en peligro por el bien de los
demás.
El elemento clave, desde luego, es que el voluntario tiene que saber exactamente dónde
se está metiendo. Se denomina consentimiento informado, y suele presentarse en forma de un
documento extenso que explica el propósito de la investigación y enumera los riesgos que
entraña participar. Es un buen sistema, aunque no es perfecto. Los voluntarios no siempre lo
leen con detenimiento, sobre todo si es muy largo. A veces, los investigadores omiten aspectos
porque el engaño es una parte esencial del estudio. No obstante, en general, los científicos
hacen todo lo posible para asegurarse de que los voluntarios son colaboradores dispuestos a
abordar los misterios de la conducta humana.
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El amor es una necesidad, un antojo, un impulso para buscar el mayor premio de la vida .
HELEN FISHER , antropóloga biológica
Toda una vida buscando a tu media naranja y ahora que la has encontrado
¿por qué se apaga la llama?
En donde analizamos las sustancias químicas que hacen que quieras tener
relaciones sexuales y enamorarte, y por qué, antes o después, todo cambia.
Shawn limpió un trozo del espejo empañado del baño, se pasó los dedos por el pelo negro,
sonrió. «Funcionará», dijo.
Dejó caer la toalla y admiró su vientre plano. Su obsesión por el gimnasio había hecho que
consiguiera unos abdominales casi perfectos. A partir de ahí, su mente derivó hacia una
obsesión más apremiante: no había salido con nadie desde febrero, lo cual era una buena forma
de decir que no había tenido relaciones sexuales durante siete meses y tres días, y le afectó darse
cuenta de haber llevado la cuenta de manera tan precisa. «Esa racha acaba esta noche», pensó.
En el bar, observó las oportunidades. Había muchas mujeres atractivas esa noche, aunque no
es oro todo lo que reluce. Echaba de menos el sexo, pero también echaba de menos tener a
alguien en su vida, alguien a quien enviar un mensaje sin motivo alguno, alguien que pudiera ser
una parte positiva de su cotidianeidad. Se consideraba un romántico, si bien esa noche se trataba
solo de sexo.
Siguió con la mirada a una joven que estaba de pie con una amiga parlanchina en una mesa
alta. Era morena y de ojos castaños, y se fijó en ella porque no vestía el uniforme habitual de un
sábado por la noche; llevaba zapatos planos en lugar de tacones y unos Levi’s en vez de ropa de
discoteca. Se presentó y empezaron a charlar enseguida y con facilidad. Se llamaba Samantha, y
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lo primero que dijo fue que se sentía más cómoda haciendo cardio que bebiendo cerveza. Eso
llevó a una conversación más profunda sobre los gimnasios locales, las aplicaciones de fitness y
las ventajas respectivas de hacer ejercicio por las mañanas o por las tardes. Durante el resto de la
noche, él no se apartó de su lado, y ella tardó muy poco en agradecer su compañía.
Son muchos los factores que los impulsaron a lo que se convertiría en una relación duradera:
sus intereses comunes, lo bien que estaban juntos, incluso las copas y un poco de desesperación.
Pero nada de eso era la verdadera clave del amor. El factor primordial era este: ambos estaban
bajo los efectos de un psicotrópico. Al igual que cualquier persona en el bar.
Y resulta que tú también.
¿QUÉ HAY MÁS POTENTE QUE EL PLACER?
Kathleen Montagu, una investigadora que trabajaba en un laboratorio del
Hospital Runwell, cerca de Londres, descubrió la dopamina en el cerebro en
1957. Al principio, la dopamina se vio tan solo como un modo para que el
organismo segregara una sustancia química llamada norepinefrina, que es
como se llama la adrenalina cuando se halla en el cerebro. Pero los
científicos empezaron a observar cosas extrañas. Solo un 0,0005 % de las
células cerebrales segregan dopamina, una de cada dos millones; sin
embargo, estas células parecían influir muchísimo en el comportamiento.
Los voluntarios que participaron en las investigaciones sentían placer
cuando se activaba la dopamina, e hicieron grandes esfuerzos para
desencadenar la activación de estas células escasas. De hecho, en las
circunstancias adecuadas, fue imposible resistirse al afán por activar la
dopamina para sentirse bien. Algunos investigadores bautizaron a la
dopamina como la molécula del placer , y la vía que lleva a las células
secretoras de dopamina a través del cerebro se denominó circuito de
recompensa.
La fama de la dopamina como la molécula del placer se consolidó aún
más por medio de experimentos con drogadictos. Los investigadores les
inyectaron una mezcla de cocaína y glucosa radioactiva, que permitió a los
científicos entender qué partes del cerebro estaban quemando más calorías.
A medida que la cocaína intravenosa hacía efecto, se les pidió a los
voluntarios que valoraran el nivel de subidón. Los investigadores
descubrieron que, cuanto mayor era la actividad en el circuito de
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recompensa de la dopamina, mayor era el subidón. Cuando el organismo
eliminaba la cocaína del cerebro, la actividad de la dopamina disminuía y el
subidón desaparecía. Otros estudios arrojaron resultados parecidos. El papel
de la dopamina como la molécula del placer quedó demostrado.
Otros investigadores trataron de repetir los resultados, y ahí fue cuando
empezaron a ocurrir cosas inesperadas. Su razonamiento fue que es poco
probable que las vías dopaminérgicas evolucionaran para alentar a las
personas a consumir drogas. Seguramente las drogas estarían provocando
una forma artificial de estimulación de la dopamina. Parecía más bien que
los procesos evolutivos que empleaba la dopamina estuvieran impulsados
por la necesidad de motivar la supervivencia y la actividad reproductora.
Así pues, sustituyeron la cocaína por comida, esperando ver el mismo
efecto. Lo que observaron sorprendió a todos. Fue el principio del fin de la
dopamina como la molécula del placer.
Descubrieron que la dopamina no tiene nada que ver con el placer. La
dopamina proporciona una sensación mucho más influyente. Su
conocimiento resulta ser la clave para explicar e incluso predecir el
comportamiento en un impresionante abanico de actividades humanas:
crear arte, literatura y música; buscar el éxito; descubrir nuevos mundos y
nuevas leyes de la naturaleza; pensar en Dios… y enamorarse.
Shawn sabía que estaba enamorado. Sus inseguridades se desvanecieron. Cada día sentía que
estaba a punto de conseguir un futuro dorado. Cuanto más tiempo pasaba con Samantha, su
ilusión por ella iba en aumento, y sus esperanzas eran una constante. Cada vez que pensaba en
ella le venía a la cabeza un sinfn de posibilidades. En cuanto al sexo, la libido de Shawn era
mayor que nunca, pero solo por ella. El resto de las mujeres dejaron de existir. Mejor aún,
cuando intentó confesarle a Samantha toda esta felicidad, ella lo interrumpió para decirle que
sentía exactamente lo mismo.
Shawn quería estar seguro de que estarían juntos para siempre, así que un día le propuso
matrimonio. Ella dijo sí.
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Pocos meses después de su luna de miel, las cosas empezaron a cambiar. Al principio, habían
estado obsesionados el uno con el otro, pero, con el transcurso del tiempo, ese deseo acuciante
pasó a serlo menos. Creer que todo era posible comenzó a ser menos cierto, menos obsesivo,
menos el centro de todo. Su euforia se esfumó. No eran infelices, pero la profunda satisfacción
de su primera época juntos se estaba desvaneciendo. La sensación de posibilidades infinitas
empezó a parecer poco realista. Pensar en el otro dejó de ser tan habitual. Shawn comenzó a
fijarse en otras mujeres, aunque sin la intención de ser infiel. La propia Samantha empezó a
coquetear de vez en cuando, pese a que no iba más allá de sonreír al estudiante universitario que
metía los alimentos en una bolsa en la cola de la caja.
Eran felices juntos, pero el brillo inicial de su nueva vida comenzó a parecerse a su vida
anterior por separado. La magia, o lo que quiera que fuese, estaba desapareciendo.
«Igual que en mi última relación», pensó Samantha.
«Ya he pasado por eso», pensó Shawn.
MACACOS Y RATAS Y POR QUÉ EL AMOR DESAPARECE
En cierto modo, es más fácil estudiar a las ratas que a los seres humanos.
Los científicos pueden hacerles muchas más cosas sin tener que
preocuparse de que el comité de ética de la investigación llame a su puerta.
Para comprobar la hipótesis de que tanto la comida como las drogas
estimulan la dopamina, los científicos implantaron electrodos directamente
en el cerebro de las ratas para poder medir de inmediato la actividad de las
distintas neuronas dopaminérgicas. Después, construyeron jaulas con tolvas
para dispensar la comida en gránulos. Los resultados fueron los esperados.
En cuanto echaron el primer gránulo, los sistemas dopaminérgicos de las
ratas se activaron. ¡Bingo! Las recompensas naturales estimulan la
actividad de la dopamina al igual que la cocaína y otras drogas.
A continuación, hicieron algo que no habían hecho los primeros
investigadores. Siguieron adelante, controlando el cerebro de las ratas a
medida que la comida se echaba en la tolva, día tras día. Los resultados
fueron totalmente inesperados. Las ratas devoraron la comida con el mismo
entusiasmo de siempre. Estaba claro que les gustaba. Pero su actividad
dopaminérgica cesó. ¿Por qué dejaba de activarse la dopamina cuando el
estímulo continuaba? La respuesta provino de una fuente inesperada: un
macaco y una bombilla.
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Wolfram Schultz es uno de los pioneros más influyentes en la
experimentación con la dopamina. Cuando era profesor de Neurofisiología
en la Universidad de Friburgo, Suiza, se interesó por el papel de la
dopamina en el aprendizaje. Implantó unos electrodos diminutos en las
zonas del cerebro de unos macacos donde se agrupaban las células
dopaminérgicas. Luego metió a los macacos en un aparato que tenía dos
luces y dos cajas. De vez en cuando, una de las luces se encendía. Una luz
indicaba que la comida se podía encontrar en la caja de la derecha. La otra
indicaba que estaba en la caja de la izquierda.
A los macacos les llevó un tiempo entender la regla. Al principio,
abrían las cajas al azar y acertaban más o menos la mitad de las veces.
Cuando encontraban comida, las células dopaminérgicas del cerebro se
activaban, al igual que en las ratas. Al cabo de un rato, los macacos
entendieron las señales y fueron a por la caja correcta, donde siempre estaba
la comida; y entonces el momento de la liberación de dopamina pasó de
activarse cuando descubrían la comida a hacerlo cuando veían la luz. ¿Por
qué?
Ver encenderse la luz siempre era algo inesperado. Pero en cuanto los
macacos entendieron que la luz significaba que estaban a punto de comer, la
«sorpresa» que sentían provenía exclusivamente de la aparición de la luz,
no de la comida. A partir de ahí surgió una nueva hipótesis: la actividad
dopaminérgica no es un marcador del placer. Es una reacción a lo
inesperado, lo posible y la expectación.
Como seres humanos, experimentamos una descarga de dopamina a
partir de sorpresas parecidas y prometedoras: la llegada de una nota
agradable de la persona que amas («¿Qué pondrá?»), un correo electrónico
de un amigo al que hace años que no ves («¿Qué novedades habrá?») o, si
buscas una historia de amor, conocer a una nueva pareja fascinante en una
mesa pringosa del mismo bar de siempre («¿Qué podría ocurrir?»). Pero
cuando estas cosas pasan a ser periódicas, la novedad desaparece, así como
la descarga de dopamina, y una nota más agradable, un correo electrónico
más largo o una mesa mejor no la recuperarán.
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Esta idea simple aporta una explicación química a una eterna pregunta:
¿por qué se desvanece el amor? Nuestro cerebro está programado para
anhelar lo inesperado y de este modo mirar hacia el futuro, donde empieza
cualquier posibilidad emocionante. Pero cuando todo, incluido el amor, se
vuelve algo conocido, ese entusiasmo desaparece y nos atraen otras cosas.
Los científicos que estudiaron este fenómeno denominaron error de
predicción de recompensa al runrún que obtenemos de lo novedoso, y
significa precisamente lo que su nombre indica. Predecimos constantemente
qué va a pasar: desde la hora a la que podemos salir del trabajo hasta cuánto
dinero esperamos encontrar cuando comprobamos el saldo en un cajero
automático. Cuando lo que sucede es mejor de lo que esperamos, es
literalmente un error en nuestras predicciones de futuro: a lo mejor
conseguimos salir antes del trabajo, o vemos que hay cien dólares más de lo
esperado. Este error feliz es lo que pone en marcha la dopamina. No es ni el
tiempo ni el dinero de más en sí. Es la emoción ante la buena noticia
inesperada.
De hecho, basta la sola posibilidad de un error de predicción de
recompensa para que la dopamina entre en acción. Imagina que vas
andando al trabajo por una calle conocida, una por la que has pasado
muchas veces antes. De repente, te das cuenta de que han abierto una
cafetería nueva, una que no habías visto hasta ahora. De inmediato quieres
entrar y ver qué tienen. Es la dopamina, que toma las riendas y produce una
sensación distinta a la de disfrutar del sabor, la sensación o el aspecto de
algo. Es el placer de la expectación, la posibilidad de algo poco conocido y
mejor. Te entusiasma la cafetería, a pesar de que aún no te has comido
ninguno de sus pasteles, ni has probado su café y ni siquiera sabes qué
aspecto tiene su interior.
Entras y pides un café solo y un cruasán. Tomas un sorbo de café. Los
sabores complejos se mueven por la lengua. Es el mejor que has probado
nunca. Después, le das un bocado al cruasán. Es mantecoso y crujiente,
idéntico al que te comiste hace años en una cafetería de París. ¿Cómo te
sientes ahora? Tal vez tu vida sea un poco mejor con esta nueva manera de
empezar el día. A partir de ahora vas a venir aquí a desayunar todas las
mañanas y a tomar el mejor café y el cruasán más crujiente de la ciudad. Se
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