La feminidad
Cuando se habla de masculino se piensa en activo, mientras que femenino se asocia con
pasivo. Si bien existe una relación así, es muy reduccionista; ya que, por ejemplo, la mujer
con
su rol de madre es en todo sentido activa hacia el hijo. Así como las mujeres pueden
desplegar
actividad en diversas direccione, los hombres no pueden convivir con los otros si no
desarrollan un grado de docilidad pasiva. Tanto varones como mujeres son bisexuales en
sentido psicológico.
El psicoanálisis pretende indagar cómo se desarrolla la mujer a partir del niño de disposición
bisexual. La indagación del desarrollo sexual femenino se aborda con dos expectativas:
1) En este caso tampoco la constitución ha de plegarse sin renuencia (resistencia) a la
función.
2) Los cambios decisivos ya se habrán consumado antes de la pubertad.
El desarrollo de la niña es más difícil y complicado que el del varón; incluye dos tareas
adicionales. Las diferencias entre el niño y la niña, además de verse en la conformación de
los
genitales, surgen en la disposición pulsional (es, por regla general, menos agresiva, más
dependiente y dócil). Además, la niña se muestra más solícita hacia el mundo exterior; sus
investiduras de objeto poseen mayor intensidad.
Los dos sexos parecen recorrer de igual modo las primeras fases del desarrollo libidinal. La
niña
pequeña es como un varón. Su zona erógena es el clítoris, que funciona como un pequeño
pene, donde procura las sensaciones placenteras (goza con lo que tiene – masculino). Pero
esta zona rectora no está destinada a seguir siéndolo. El clítoris debe ceder su lugar en
todo o
en parte a la vagina, su sensibilidad y su valor. Esta sería una de las tareas que tiene la
mujer
en su desarrollo.
Considerando ahora la segunda tarea; sabemos que el primer objeto de amor del niño es la
madre (y que lo va a seguir siendo en la formación del CDE y toda la vida). En la niña
también
lo es; las primeras investiduras de objeto se producen por apuntalamiento en la satisfacción
de
las pulsiones vitales (alimentación). Pero, en la situación edípica, es el padre quien ha
devenido
objeto de amor, y desde este ella debe encontrar el camino a la elección definitiva de objeto.
Por lo tanto, la niña debe cambiar de zona erógena y de objeto.
Sin embargo, la ligazón con la madre es muy importante. No se puede comprender a la
mujer
si no se pondera esta fase de la ligazón-madre-preedípica. Los vínculos libidinosos con la
madre atraviesan por cada una de las fases, por lo que se expresan mediante deseos
orales,
sádico anales y fálicos. La madre es la seductora; a raíz de sus cuidados corporales,
provocó
sensaciones placenteras. Estas investiduras hacia la madre son ambivalentes; junto al amor
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intenso está siempre presente una inclinación agresiva, y cuanto más ame, más sensible se
volverá para los desengaños y denegaciones.
La ligazón-madre acaba en odio. Por lo común, parte de este odio luego se supera, y otra
parte
permanece. Reproches a la madre:
- Poco suministro de leche, explicitado como falta de amor.
- Aparición de siguiente hijo, ‘’la madre no quiso dar más leche al niño porque
necesitaba para el recién llegado’’. Se siente destronado.
- Por la prohibición del quehacer placentero en los genitales.
Todos estos reproches aparecen también en la relación de niño con su madre, pero no son
capaces de enajenarlo de ella. En cambio, en la mujer existen un factor específico, que
reside
en el complejo de castración. La muchacha hace responsable a su madre por la falta de
pene.
Este complejo de castración se inicia con la visión de los genitales del otro sexo, y se siente
perjudicada, cayendo presa de la envidia del pene, que dejará huellas imborrables en su
desarrollo y en la formación de su carácter. Sus consecuencias son:
1) Complejo de inferioridad. Distancia del Yo con el Ideal, hay una herida narcisista por el
hecho consumado de la castración.
2) Celos. Hay alguien que tiene algo que yo no tengo, para completar al otro. ‘’Tiene lo
que me hace falta para completarlo’’. Relación rivalidad-competencia (que comienza
con la madre).
3) Aflojamiento de vínculos tiernos con la madre. El reproche base es el de haberla
hecho castrada.
Con el abandono de la masturbación clitorídea se renuncia a una porción de actividad.
Ahora
prevalece la pasividad.
El deseo con que la niña se vuelve al padre es el deseo de pene que la madre le ha
denegado.
Sin embargo, la situación femenina se establece cuando ese deseo es sustituido por el
deseo
del hijo. El vínculo con el padre será una continuación del vínculo con la madre.
La niña ha ingresado en la situación del Complejo de Edipo. La hostilidad a la madre se
refuerza; es la rival que recibe del padre todo lo que la niña anhela de él.
La salida del CDE es gradual, por frustración, ya que no se cumplen los deseos edípicos
pene/hijo.
A partir del descubrimiento de la castración parten tres orientaciones en el desarrollo.
1) Inhibición sexual o neurosis. A raíz de la envidia del pene, la niña renuncia a su
satisfacción masturbatoria en el clítoris, desestima su amor por la madre y reprime
buena parte de sus aspiraciones sexuales Este grado de represión no da lugar a la
satisfacción sexual; la satisfacción se va a expresar en síntomas, ya que la libido no está
disponible para gozar con objetos.
2) Complejo de masculinidad. La niña se rehúsa a reconocer el hecho desagradable.
Mantiene la masturbación en el clítoris (posición masculina del tener, completud).
Identificación con la madre fálica, o con el padre.
3) Feminidad normal.
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La vida sexual está gobernada por la polaridad masculino-femenino; en cuanto a la
posesión
del falo (tener-no tener). Es dinámico. Cada vez que deseamos, estamos en una posición
femenina.
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3 - El esclarecimiento sexual en el nino.pdf
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