vii
y las conductas (comportamiento) del componente evaluativo, siendo éste, para ellos, el único
componente de la actitud.
Este modelo ha sido criticado porque no ha tenido en cuenta la emoción o afecto que puede
acompañar a la evaluación que realiza la persona del objeto actitudinal. Así, un objeto
actitudinal (divorcio, etc.) puede resultar en la evaluación como bueno, malo, atractivo,
repulsivo, placentero, etc.; pero, cada una de estas evaluaciones pueden despertar en la
persona emociones de distinto grado.
Con estos planteamientos podríamos definir la actitud como la categorización de un estímulo
u objeto estimular a lo largo de una dimensión evaluativa basada en tres clases generales de
información: cognitiva, afectiva o emocional y conativa o comportamental relativa a
conductas pasadas.
En ese sentido, extrapolando al ámbito educativo, podemos hallar el modelo de aprendizaje
autorregulado, enfatizado por los autores cognitivos del procesamiento de la información que
constituye un nuevo avance y un importante acercamiento al estudio del logro académico de
los estudiantes. Esta concepción parte de la teoría del aprendizaje social de Bandura (1977,
1986), centrando su atención en cómo los estudiantes personalmente activan, modifican y
mantienen sus prácticas de aprendizaje en contextos específicos, desplazando el centro de los
análisis educativos, desde la concepción de la capacidad del estudiante y los ambientes de
aprendizaje como entidades fijas a sus procesos y acciones personalmente iniciados y
diseñados para aumentar su capacidad - habilidad y entorno de aprendizaje (Zimmerman,
1989, 1990).
Hay una serie de términos que tradicionalmente se han relacionado con la actitud:
consistencia, consonancia, congruencia y equilibrio. Rosenberg y Hovland en su modelo
tripartito de la actitud asumen que existe una consistencia entre los tres componentes. En
general cuando se habla de actitudes hacia objetos socialmente relevantes, se les concede
mucha importancia porque se supone que estas tienen la capacidad para determinar las
actividades, acciones o conductas, que se vayan en la misma dirección que la actitud, por
cuanto que, psicológicamente, existe consistencia entre la actitud y el comportamiento.