CINCO IDEAS FALSAS SOBRE LA “CULTURA”
AUTOR: Esteban Krotz (1994)
N° DE UNIDAD: 2 (dos)
Introducción:
Cultura como elemento que distingue a la especie humana. La cultura es tan antigua como nuestra
especie, según Krotz. También dice que: “Las culturas humanas son tan antiguas como lo son los
diferentes grupos humanos, etnias y pueblos que forman la humanidad” (Krotz, 1994). Mientras
que la cultura humana tiene miles de años de edad, el análisis científico de la cultura (estudio
sistemático realizado por una comunidad especialista que utiliza métodos, conceptos, teorías
creadas con ese fin) tiene apenas un siglo. Esta discrepancia tendría que ver con que entre los
especialistas del estudio de la cultura haya poco consenso respecto a cuestiones y que entre los
especialistas existan idea equivocadas sobre la naturaleza y características de fenómenos
culturales. Si en cambio han podido crear un consenso relativo acerca de falsedad referente a
concepciones sobre “lo cultural”.
Primera idea falsa: Se puede tener y no tener cultura:
Se puede escuchar a una persona criticar a otra diciendo “(A) no tiene cultura” o “(B) es una
persona sin cultura”. En estos enunciados, cultura sería algo que se puede tener o no tener. Para
ala antropología, el enunciado carece de sentido, dado que por definición, todos los seres humanos
tienen cultura. Tener cultura o pertenecer a una cultura es el rasgo característico de la vida
humana comparada con otras formas de vida terrestres. Ningún ser humano “procesa
información”, sino que lo hace en términos de uno de los miles de idiomas existentes y que
aprendió con los años; el humano no simplemente asimila proteínas, carbohidratos y grasas, sino
que se alimenta y bebe ciertos alimentos de acuerdo a determinadas reglas y horarios que son
variados de pueblo en pueblo; no “inicia y termina su existencia”, sino que nace, es educado, y
muere dentro de estructuras familiares, comunitarias y en el marco de creencias colectivas y
costumbres. En la medida de que alguien pertenezca a cualquier tipo de “comunidad” humana,
estará participando en la cultura de esta y solo así, uno es humano. No tiene sentido el afirmar que
alguien no tiene cultura.
El malentendido surgiría a partir de un uso restringido del significado de la palabra “cultura”. En
muchos idiomas europeos, “cultura” significa algo como “buena educación”. A menudo, se
identifican con “cultura” ciertas actividades artísticas consagradas y los resultados de estas, como
lo sería la música “clásica”, la “buena literatura”, cierto tipo de arquitectura, etc. Cierto tipo de
educación y bienes culturales suelen tener acceso un pequeño grupo de la población, mientras
que el resto queda excluido. La cultura es mucho más que eso. Lo único que se puede decir es que
ciertas personas no poseen tales conocimientos, aptitudes, gustos pero no que “no tienen cultura”
cuando, por ejemplo, no les significa nada cierta regla de comportamiento o determinado deleite
estético.
Segunda idea falsa: Hay una jerarquía natural entre culturas (y entre subculturas):
La multiplicidad cultural aumenta si se toma en cuenta que las culturas de los pueblos y naciones
no son homogéneas. Al interior de un país nos encontramos con gran numero de subculturas, esto
quiere decir, culturas de determinados segmentos sociales tales como etnias, poblaciones
regionales o grupos profesionales; también existen diferencias culturales que responden a
diferencias de edad y hábitat, etc.
Cuando hay multiplicidad, surge el impulso de comparar y agrupar. Una forma frecuente de
agrupar fenómenos sociales y culturales aplica criterios jerarquizados. De acuerdo con esos
criterios, se afirma que una cultura es de algún modo más que otra. El libro de Guillermo Bonfil
sobre un México profundo” describe como a lo largo del medio milenio desde la conquista
europea, en México se difundió la idea de que determinadas culturas extranjeras inicialmente la
hispana, luego francesa y finalmente la norteamericana son más valiosas que cualquiera de las
culturas mesoamericanas. Algunos europeos suelen opinar que las culturas de la “Antigüedad
Clásica” (culturas griega y romana) eran más valiosas que todas las culturas europeas actuales.
Esta idea también se puede encontrar respecto a ciertas áreas de la cultura o fenómenos
culturales específicos. La cultura calificada de “inferior” se encuentra usualmente al borde de la
descalificación completa como cultura. Por ejemplo, hay amantes de cierto tipo de música
orquestal europea de los siglos XVIII (siglo 18 d.C.) y XIX (Siglo 19 d.C.) que la consideran
esencialmente superior al rock o la trova; incluso afirman que estas últimas formas musicales “no
son culturas”. Es menester aclarar que no existe ningún criterio objetivo o científico para
establecer esta clase de jerarquías. No hay nada que indique que la cultura del maíz sea
mejor/peor que la del trigo o arroz o que la forma musical del “lied” sea mejor que la del “son”.
Con respecto a las diferentes clases de manifestaciones culturales no se pueden aplicar criterios
jerarquizantes. Lo único que se puede decir es que a uno le gusta más esta expresión cultural y a
otro, le gusta más otra expresión.
¿No es fabuloso que una persona pueda cambiar de opinión al respecto de un fenómeno cultural?
¿Que incluso pueda, por ejemplo, escuchar un tipo de música por la mañana, otro por la tarde y
otro más por la noche?
Al interior de una sociedad, esta jerarquización de subculturas y de expresiones culturales va casi
siempre a la par de la estratificación social: Las clases ricas y poderosas determinan lo que debe
ser llamado “alta cultura” y lo que es cultura baja”; la primera es usualmente vista como la
cultura propiamente dicha, y la segunda casi no merece el nombre de “cultura”. Esta clasificación
no tiene nada que ver con los contenidos culturales respectivos, dado que solo refleja una
distribución del poder determinada en una sociedad y época dada.
Tercera idea falsa: Hay culturas "puras" y "mezcladas":
La conmemoración del "Quinto Centenario" de la llegada de los de Europa a América ha
contribuido a robustecer otra iniciativa falsa bastante amplia, la de la realidad de "civilizaciones
puras". Esta idea fue utilizada para la organización de la sociedad, en consecuencia se afianzó la
concepción del mestizaje biológico y cultural como algo esencialmente negativo y hasta peligroso
e inferior a la pureza de la piel blanca, los apellidos españoles y la procedencia peninsular. Es
curioso ver cómo se puede mantener una idea así, cuando se sabe que es falsa. Una vez que los
españoles empezaron la conquista americana, acababan de concluir con diversos siglos de
dominio árabe en sus tierras sin poder borrar, hasta el momento, la predominación cultural de
éste; además, cualquier infante español aprende en el colegio una historia de las primeras
poblaciones de la península ibérica conforme con la cual se percata que esta historia fue de
mezclas biológicas y culturales de toda clase.
Es extensamente sabido que la predominación cultural perteneciente de un mismo origen puede
adoptar maneras bastante distintas, por lo cual, ejemplificando, la herencia de España se
manifestó y se expresa hoy de modo bastante distinto en los Altos de Jalisco, el centro de la
metrópoli de México o la costa veracruzana.
Lo que sucede es que quienes reflexionan sobre una cultura o tratan de transmitirla a otra
generación o de distinguirla de otras culturas, siempre están en la tentación de presentarla como
un todo integrado, como algo completamente propio y concluido en mismo. Por tanto, suelen
perder de vista el carácter de mezcla de todas las culturas. Además, las influencias no son cosa del
pasado, únicamente repárese sólo un momento en cómo artefactos inventados en otras culturas,
tales como la televisión, el fax o la computadora, han modificado recientemente y siguen
modificando la cultura yucateca. Y lo mismo sucede en todas las demás culturas y subculturas
también.
Lo que pasa es que quienes reflexionan sobre una cultura o intentan transmitirla a otra generación
o de distinguirla de otras civilizaciones, continuamente permanecen en la tentación de presentarla
como un todo incluido, como algo del todo propio y concluido en mismo, por lo que pierden de
vista el carácter de mezcla de todas las culturas. Además, las influencias no son cosa del pasado,
solamente repárese solamente un rato en cómo aparatos inventados en otras civilizaciones, como
por ejemplo la televisión, el fax o la PC, han modificado recientemente y siguen modificando la
cultura yucateca.
Cuarta idea falsa: Los recintos propios de la cultura son los museos, los teatros y las bibliotecas:
Recordando lo que se acaba de exponer sobre las concepciones equivocadas que identifican una
parte de la cultura (por ejemplo, las "bellas artes") con toda la cultura y que pretenden distinguir
las culturas "esencialmente" valiosas de las que no lo son, el rechazo de esta cuarta idea falsa no
debería ser muy difícil.
La educación escolar ha contribuido fuertemente a que para muchas generaciones la palabra
"cultura" haya tenido y siga teniendo una connotación inevitable de solemnidad: cultura es algo
muy especial, cultura es algo a lo que uno se debe acercar con respeto, cultura es cierto tipo de
patrimonio colectivo. Por tanto, un hogar típico de la cultura, un lugar típico para encontrarse con
la cultura es el museo, por ejemplo, galerías de arte, museos de antropología e historia; otro hogar
típico es el teatro, donde se escucha la música que vale la pena y se ven las obras dramáticas
realmente importantes de diferentes épocas y países. La biblioteca también es considerada un
hogar donde se reúnen los acervos culturales de un país. Lo que tienen en común los tres tipos de
"hogar” de la cultura es fácil de reconocer: se trata de lugares a los que sólo un muy pequeño
porcentaje de la población suele acudir.
Hay que señalar aquí que no pocos antropólogos contribuyen, a menudo sin quererlo, a esta visión
equivocada de las cosas. Por más que promueven que en los museos aparezca lo que suelen
llamar "cultura popular", la música tradicional de las regiones, las artesanías, la arquitectura, la
vida cotidiana de los grupos étnicos contemporáneos, las múltiples costumbres, artefactos y
prácticas sociales en uso, también para ellos la cultura es algo "consagrado". Sólo debe ser
admirado, conservado y reproducido tal cual y cualquier modificación es vista como una
"pérdida", pérdida cultural, pérdida de tradiciones y pérdida de valores.
Esta manera errónea de ver la cultura está confundida con respecto a dos cuestiones. Desde luego
hay creaciones culturales que son dignas de admirarse y que deben ser conservadas en el estado
en que se encuentran. Pero en su conjunto, la cultura, todas las culturas y sus manifestaciones son
algo vivo, algo que surge y se transforma sin cesar y a veces incluso desaparece después de haber
existido algún tiempo. Y constantemente, en la historia de todas las áreas de la cultura la
emergencia de algo nuevo, ha sido considerada como "pérdida" o incluso como "traición".
Conviene caer en la cuenta que a pesar de su innegable importancia, los museos, los teatros y las
bibliotecas son sólo algunos de los muchos hogares de la cultura. La mayor parte de la vida cultural
se realiza, se conserva, se reproduce y se transforma fuera de ellos. También en el periodismo y en
los medios electrónicos, en las casas y los talleres, en los restaurantes, en las calles y en muchos
espacios más se produce cultura a diario. Mucha de ella es efímera, otra encuentra su entrada a
los recintos mencionados. La vida cultural es s amplia y más rica de lo que se reúne, colecciona
y exhibe en los solemnes espacios especiales destinados a su conservación.
Quinta idea equivocada: La existencia de la cultura depende del Estado:
Es cierto que en México casi todas las instituciones que de alguna manera tienen que ver con la
creación cultural especializada y la conservación del patrimonio cultural, son instituciones que no
dependen de los creadores de la cultura, sino de los gobiernos: los institutos estatales de cultura,
educación escolar básica y superior, el Consejo Nacional para la Cultura y Artes, museos, etc. Esta
dependencia puede ser decisiva porque la asignación o no de un subsidio gubernamental a una
propuesta cultural a menudo decide sobre la existencia o no de esta última. Como en otros países,
también en México gran parte del fomento a las más diversas manifestaciones culturales se realiza
bajo la óptica del “fortalecimiento” de la cultura “nacional” y de este modo se justifica la presencia
del Estado en estas cuestiones.
Los Estados han tenido siempre interés en intervenir en la creación cultural y la conservación del
patrimonio cultural porque de esta manera controlan y a veces incluso crean un importante factor
de cohesión social. Pero cualquier mirada al mapa demuestra lo absurdo de esta concepción. Por
más que las fronteras "nacionales" sean delimitaciones territoriales claramente definidas, es obvio
que no son fronteras culturales (y algo semejante vale para las subculturas al interior de un país).
Manifestaciones de la cultura mexicana no sólo se hallan en regiones enteras de los Estados
Unidos, sino que muchas veces las dominan completamente.
Existen diferencias culturales y, en consecuencia límites entre culturas: desde el comienzo de este
ensayo se indicó que la cultura humana no es una, sino que constituye un compuesto de culturas
diferentes. Pero aunque los Estados y sus instituciones suelen traer los teatros y las bibliotecas, de
petrificar la cultura en el sentido que se acaba de mencionar, el ámbito de la creación y
reproducción cultural es mucho más amplio que el ámbito de las instituciones estatales.
Cinco equivocaciones, una oposición:
Primero se opuso la idea de que se puede o no tener cultura a la concepción antropológica de la
cultura, según la cual todos los seres humanos tienen cultura aunque sus culturas siempre son
diferentes unas de las otras. En segundo lugar, se confrontó la equivocada idea de que existe una
jerarquía objetiva entre las diversas culturas y manifestaciones culturales con la ausencia de
criterios científicos para determinarla. En tercer lugar, se opuso a la errónea concepción de la
existencia de culturas puras y por eso valiosas, la realidad empírica de la mezcla cultural por
doquier. En cuarto lugar, se estableció frente a la idea de que la cultura se encuentra únicamente
en ciertos recintos solemnes, tales como museos, teatros y bibliotecas, la evidencia empírica de la
enorme amplitud de los procesos de creación, reproducción, transmisión y transformación de la
cultura. Y finalmente se opuso a la opinión de la liga intrínseca entre Estado y cultura la realidad
de una vida cultural mucho más comprensiva.
Mientras tanto que estas oposiciones conforman oposiciones entre ideas verdaderas y
equivocadas sobre la cultura, es pertinente concluir este ensayo con unas consideraciones sobre
una contraposición de otro tipo. Existe una contraposición en el lote cultural de suma
trascendencia para todos quienes analizan y, más todavía, quienes viven y participan en una
cultura. Esta oposición es la oposición entre la cultura propia y la cultura impuesta.
El problema no es la existencia de una influencia ejercida por una cultura sobre otra, sino en que si
los seres humanos pertenecientes a una cultura pueden decidir libremente sobre si quieren
aceptar tales influencias, y en ese caso, cuáles y cómo. Poder escoger entre alternativa requiere
tener un conocimiento de estas alternativas, y reconocer a una influencia concreta como una
alternativa entre otras posibles.
Este último aspecto vale no solamente para un país, para una etnia (varios comunicados del
Ejército Zapatista han insistido en que determinadas políticas gubernamentales contribuyen a
destruir las tradiciones culturales de los pueblos indígenas), sino también para regiones con una
identidad cultural tan marcada y tan antigua como Yucatán. Precisamente porque la cultura no es
sólo lo que se encuentra en museos, teatros o bibliotecas, sino también lo que está en las calles y
las casas, la opción por una influencia cultural con alternativas culturales tiene que ver con la
identidad colectiva de una población, de cómo ésta ve la vida, quiere vivirla y qué sentido
encuentra en ella. Reconocer estos elementos críticos de una situación cultural implica admitir
que el estudio de la cultura siempre tiene que ser crítico. Porque se trata de reconocer aquellos
elementos en los procesos culturales que contribuyen a la emancipación de los seres humanos y a
una vida más humana digna y feliz de todos.
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