
El borramiento de las diferencias entre niños y adultos, no es sólo un fenómeno cultural
provocado por el impacto del universo audiovisual, sino que también puede explorarse en
el terreno social. La vida cotidiana de amplios sectores de niños no se distingue de la de
los adultos en la medida en que comparten cuerpo a cuerpo la lucha por la supervivencia.
El trabajo infantil, los chicos de la calle, el delito infantil, son fenómenos que indican
experiencias de autonomía temprana, una adultización notoria y una ausencia de infancia,
nada inéditos en América latina. La pobreza, la marginación y la explotación social reúnen a las
generaciones en un horizonte de exclusión social que no registra diferencias por edad.
Los medios, y el mercado que se organiza en torno a ellos como: potenciales consumidores,
han fundado una "cultura infantil", con el mismo impacto que tuvieron en la conformación de
una cultura juvenil global a partir de la Segunda posguerra.
Las infancias se configuran con nuevos rasgos en sociedades caracterizadas, entre otros
fenómenos, por la incertidumbre frente al futuro, por la caducidad de nuestras
representaciones sobre ellas y por el desentendimiento de los adultos, pero también por las
dificultades de dar forma a un nuevo imaginario" sobre la infancia. Desapareció "nuestra"
infancia, la de los que hoy somos adultos, la que quedó grabada en la memoria biográfica, y la
de los que advienen al mundo nos resulta ignota, compleja, por momentos incomprensible e
incontenible desde las instituciones.
Se carece no de niños sino de un discurso adulto que les oferte sentidos para un tiempo de
infancia que está aconteciendo en nuevas condiciones históricas, para niños que son a la vez
ciudadanos del mundo y objeto de exterminio. Y en un mundo, a su vez, en el que los adultos
deben redefinir su propia ubicación en una sociedad compleja.
El niño como sujeto en crecimiento
Si admitimos que la infancia es una construcción social, el tiempo de infancia es posible si hay,
en primer lugar, prolongación de la vida en el imaginario de una sociedad. Con esto quiero
señalar que pensar la infancia supone previamente la posibilidad de que el niño devenga un
sujeto social que permanezca vivo, que pueda imaginarse en el futuro, que llegue a tener
historia. En la actualidad, a pesar de los avances científicos y del reconocimiento jurídico de
los derechos del niño, su vida sigue estando amenazada por las políticas de ajuste y la
desresponsabilización del Estado de su rol público. Educar en la sociedad contemporánea
requiere en buena medida volver a considerar al niño como un sujeto en crecimiento, como
un sujeto que se está constituyendo," que vive, juega, sufre y ama en condiciones más
complejas, diversas y desiguales. Supone admitir, por otra parte, que frente a un niño en
crecimiento hay adultos cuyas identidades, en tanto relacionales y nunca constituidas
plenamente, se hallan abiertas a la contingencia y deben ser contextuadas, que están
afectadas hoy por la impugnación de las tradiciones, por la crisis de los mandatos
institucionales y por la pauperización de las condiciones de vida, pero también por la
persistencia del deseo de una sociedad más justa.
Infancia y modernidad. ¿Se perdió algo?
La evidencia de la privatización de los espacios públicos de juego de los niños (desde las plazas
hasta las fiestas de cumpleaños), de la creciente saturación de la oferta del mercado para el