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Algunos autores sostienen que los medios masivos de comunicación barrieron con el concepto de infancia
construido por la escuela. Neil Postman, llega a sostener la "desaparición de la infancia". Afirma que los medios
electrónicos la están expulsando o haciendo desaparecer, al modificar las formas de acceso a la información y al
conocimiento. El politicólogo italiano Giovanni Sartori se extiende en la idea de constitución de un nuevo tipo de
niño, el "video-niño".
Según el autor Renato Ortiz, la socialización en el consumo, que remite a un mercado mundial, instala una
memoria de tipo internacional-popular a partir de objetos compartidos a gran escala, que se graban en la
experiencia del presente y llenan el vacío del tiempo. Esa memoria se contrapone a la memoria nacional, que
pertenece al dominio de la ideología, depende del Estado y de la escuela, y opera por el olvido. Para Ortiz los
medios proveen a un tipo de socialización y cumplen funciones pedagógicas que antes desempeñaba la escuela;
proveen referencias culturales para las identidades de los niños. Los cambios provocados por la expansión
planetaria de los medios y las tecnologías a partir de los años '50 han favorecido una mayor distancia cultural entre
las generaciones.
Para Eric Hobsbawm, la existencia de una brecha no es sólo un fenómeno cultural provocado por el impacto del
universo audiovisual, sino que también puede explorarse en el terreno social. La vida cotidiana de amplios sectores
de niños no se distingue de la de los adultos en la medida en que comparten cuerpo a cuerpo la lucha por la
supervivencia. El trabajo infantil, los chicos de la calle, el delito infantil, son fenómenos que indican experiencias de
autonomía temprana, una adultización notoria y una ausencia de infancia, nada inéditos en América latina. La
pobreza, la marginación y la explotación social reúnen a las generaciones en un horizonte de exclusión social que
no registra diferencias por edad. Sin embargo el borramiento de las diferencias entre niños y adultos no nos
permite afirmar en forma terminante que la infancia desaparece. También podríamos argumentar en este sentido
que los medios, y el mercado que se organiza en torno a ellos como potenciales consumidores, han fundado una
"cultura infantil", con el mismo impacto que tuvieron en la conformación de una cultura juvenil global a partir de la
segunda posguerra.
Lo que queremos afirmar entonces es que las infancias se configuran con nuevos rasgos en sociedades
caracterizadas por los fenómenos descritos anteriormente, pero también por las dificultades de dar forma a un
nuevo imaginario sobre la infancia. Desapareció "nuestra" infancia, la de los que hoy somos adultos, la que quedó
grabada en la memoria biográfica, y la de los que advienen al mundo nos resulta ignota, compleja, por momentos
incomprensible e incontenible desde las instituciones. Se carece no de niños sino de un discurso adulto que les
oferte sentidos para un tiempo de infancia que está aconteciendo en nuevas condiciones históricas.
El niño como sujeto en crecimiento
Si admitimos que la infancia es una construcción social, el tiempo de infancia es posible si hay, en primer lugar,
prolongación de la vida en el imaginario de una sociedad. Pensar la infancia supone previamente la posibilidad de
que el niño devenga un sujeto social que permanezca vivo, que pueda imaginarse en el futuro, que llegue a tener
historia. En la actualidad, a pesar de los avances científicos y del reconocimiento jurídico de los derechos del niño,
su vida sigue estando amenazada por las políticas de ajuste y la desresponsabilización del Estado de su rol público.
Los acelerados cambios científico-tecnológicos que incluyen las nuevas condiciones para la procreación y el
nacimiento, los reposicionamientos de los adultos frente a horizontes de desempleo y exclusión, con el
consecuente impacto sobre las prácticas de crianza y de educación, de transmisión, en suma, y la ruptura cultural
de los lazos intergeneracionales y sociales, inciden en el sentido de la vida que la sociedad modula.
En segundo lugar, la posibilidad de ese tiempo de infancia requiere pensar un tipo de vínculo entre adultos y niños
en el que la erosión de las diferencias y de las distancias no devenga obstáculo epistemológico o material para la
configuración de una nueva mirada pedagógica que permita la construcción de otra posición del adulto educador.
Basil Bernstein llama el "derecho al crecimiento", que es condición de lo que denomina "la confianza", a la que se
suman el derecho a la inclusión y el derecho a la participación. Educar en la sociedad contemporánea requiere en
buena medida volver a considerar al niño como un sujeto en crecimiento, como un sujeto que se está
constituyendo, que vive, juega, sufre y ama en condiciones más complejas, diversas y desiguales. Si bien el