CAPITULO IV HISTORIA DE LA CIVILIZACIÓN:
Capitalismo e industrialización
1. Caracterice las revoluciones en los transportes (los ferrocarriles y los navíos), y las comunicaciones (el
telégrafo). Analice la expresión de la aceleración del progreso tecnológico en la expansión del capitalismo
industrial.
En la segunda mitad del siglo XIX, el mundo se hizo capitalista y una minoría de países se transformó en
economías industriales. Hasta 1870 Inglaterra mantuvo su primacía en el proceso de industrialización y área
capitalista, la cual al mismo tiempo comenzaba a generarse en el continente europeo, lo cual amplió la
demanda de carbón, de hierro y de maquinarias británicas: entre 1857 y 1874 la rama textil progresó
notablemente, al igual que la minería y la siderurgia, ya que más de la mitad de la producción mundial de
hierro provenía de Inglaterra.
Sin embargo, la Revolución Industrial desencadenó procesos de industrialización en países como Francia,
Bélgica y Alemania, u otros fuera de Europa como Estados Unidos y Japón.
En Francia, durante el período del Segundo Imperio, la industria pudo conformar una estructura productiva
moderna donde se impuso el sistema fabril. La industria moderna se concentraba en algunos puntos, como
en París, pero el resto continuaba con las viejas estructuras productivas, ya que el predominio de la pequeña
propiedad frenaba la conformación del mercado interno y el éxodo de la población del campo.
El impulso de la industrialización, por lo tanto, provino del Segundo Imperio al comenzar con la construcción
de ferrocarriles. Éste, trajo aparejado una gran demanda de la siderurgia y estimuló las inversiones hacia la
industria pesada. Además, en comparación con Inglaterra, Francia se incorporaba al proceso en una etapa
más compleja y que exigía una gran acumulación de capitales. Sin embargo, el sistema bancario francés pudo
concentrar el capital y orientarlo hacia las actividades productivas.
Así, a pesar de las dificultades que podían afectar al capitalismo industrial francés, éste mantuvo su ritmo en
constante crecimiento, y en los primeros años del siglo XX, Francia ya poseía el perfil de un país industrial
moderno.
La industrialización alemana también arrancó en la década de 1850 ligada al desarrollo de una red ferroviaria,
la cual permitió cuadriplicar la producción de hierro. Alemania pudo basar su proceso de industrialización en
la industria pesada, en la mecanización y desarrollo de establecimientos fabriles.
Los factores que impulsaron el rápido desarrollo del capitalismo industrial en Alemania fueron: En primer
lugar, a diferencia de Francia, no tuvo obstáculos con el mundo rural. La concentración de la tierra en grandes
propiedades y la modernización de la agricultura obligaron a la gran mayoría de los trabajadores agrícolas a
abandonar el campo. En segundo lugar, como en el caso de Francia, el sistema bancario tuvo una activa
participación en la financiación de la industria para financiar la primera etapa de la expansión ferroviaria. En
1870 se promulgó la ley que autorizaba la formación de sociedades anónimas que actuaron como un
poderoso agente de concentración de capitales dirigido además a la industria de la construcción, la minería,
la metalurgia y la industria textil.
Además, también en el caso de Alemania, favoreció el desarrollo de la industrialización un marcado
intervencionismo estatal. El objetivo era obtener una creciente autarquía económica y un eficaz poderío
militar. En este sentido, el Estado participó directamente en la construcción de las líneas ferroviarias
percibidas como un instrumento de unificación política y económica; aseguró los instrumentos jurídicos
necesarios para la expansión de la gran empresa y subsidió el surgimiento de actividades industriales
consideradas estratégicas para la seguridad nacional.
Si bien sólo unos cuantos países se convertirían en economías industriales, la expansión del capitalismo
transformado en un sistema mundial dejaba pocas áreas que no estuvieran bajo su influencia. El mundo
parecía transformarse a un ritmo acelerado. En primer lugar, las ciudades crecían, aunque Europa
continuaba siendo predominantemente rural, pero el crecimiento de la población (por mejoras en la
alimentación y en la higiene) y la introducción de la mecanización en el campo generaba un excedente de
mano de obra que no podía ser asimilado por las tareas rurales, lo cual produjo que muchos emigraran al
extranjero y muchos otros se dirigieron a las ciudades, donde la oferta de trabajo era creciente y los salarios
superiores.
De este modo, las ciudades comenzaron a crecer y se transformaban en el símbolo del capitalismo: la ciudad
imponía una creciente segregación social entre los barrios obreros y los nuevos barrios burgueses, los cuales
contaban con grandes propiedades, gas, calefacción y la aparición del “ascensor”.
En las ciudades también comenzaban a transformarse los métodos de circulación y distribución de
mercancías. La aparición de los "grandes almacenes" o "grandes tiendas" fue una novedad en París en 1850,
que pronto se extendió a otras ciudades como Berlín y Londres. El objetivo era que el capital circulara
rápidamente, se hacía necesario vender mucho, por lo tanto era necesario vender más barato, lo cual
transformó la circulación de los productos de consumo y significó la ruina de muchos pequeños comerciantes
y artesanos.
Pero antes que la ciudad, era el ferrocarril el símbolo más claro del capitalismo triunfante. Hubo una
ampliación de las vías y los ferrocarriles presentaron mejoras considerables en su construcción: aumentaron
la velocidad y volumen de carga y los trenes para pasajeros ganaron en confort: se diferenció entre los
vagones de primera y segunda clase -en otra muestra de segregación social, al mismo tiempo que
aparecían los cochecamas, los vagones restaurantes, la iluminación a gas, los sistemas de calefacción. Incluso
se dio una mayor seguridad y regularidad en la circulación, sobre todo después de la generalización del
telégrafo.
El ferrocarril desde 1850 fue el sector clave para el impulso de la metalúrgica y de las innovaciones
tecnológicas. Y este papel lo cumplió hasta 1914, en que cedió su lugar a la industria armamentista. La
construcción de ferrocarriles se vinculó estrechamente con el desarrollo de la navegación marítima: muchas
de las redes ferroviarias fueron suplementarias de las grandes líneas de navegación internacional. Se
aplicaba el vapor, y los barcos aumentaron sus dimensiones permitiendo transportar mayores volúmenes.
La construcción de grandes navíos produjo modificaciones en demás aspectos: Su construcción exigía
grandes volúmenes de capitales por los costos de producción, que estaban fuera del alcance de los
armadores tradicionales que habían sido desplazados. Estos fueron reemplazados por empresas de nuevo
tiempo que concentraban grandes capitales. En síntesis, la industria naviera -como la construcción de
ferrocarriles- actuó como un factor de concentración del capital. Estas transformaciones permitieron que se
multiplicaran las transacciones comerciales, generando que prácticamente el mundo se transformara en una
sola economía interactiva. Era un sistema de comunicaciones que no tenía precedentes en rapidez, volumen,
regularidad e incluso bajos costos. Las redes que unía al mundo tendían a acortarse, y en este sentido tuvo
una importancia fundamental el telégrafo.
El telégrafo tuvo una indudable importancia política y económica. Permitía a los gobiernos comunicarse
rápidamente con los puntos más alejados del territorio lo mismo que permitía a los hombres de negocios
estar al tanto de la situación de los mercados y la cotización del oro aun en lugares muy distantes. Su uso
más significativo ocurrió a partir de 1851, cuando Reuter creó la primera agencia telegráfica, configurando
la noticia, lo cual significaba que distintos sucesos que ocurrían en los puntos más lejanos de la tierra podían
estar a la mañana siguiente en la mesa del desayuno de quien estaba leyendo el diario. Se daba algo que,
pocos años antes, estaba totalmente fuera de la imaginación de la gente.
La información estaba dirigida al gran público -favorecida por los progresos de la alfabetización- que permitía
a la gente dejar de vivir en una escala local, para vivir en una escala mayor, la escala del mundo. En síntesis,
esta revolución de las comunicaciones permitía transformar al globo en una sola economía interactiva y darle
al capitalismo una escala mundial.
Pero al mismo tiempo el resultado era paradójico: cada vez iban a ser mayores las diferencias entre aquellos
países y regiones que podían acceder a la nueva tecnología y aquellas partes del mundo donde todavía la
barca o el buey se utilizaban como transporte, es decir, que se agudizaban las distancias.
La expansión del capitalismo industrial también estuvo estrechamente vinculado con una aceleración del
progreso tecnológico. En efecto, cada vez fue más estrecha la relación que se estableció entre ciencia,
tecnología e industria. La Revolución Industrial inglesa se había desarrollado sobre la base de técnicas
simples, al alcance de hombres prácticos con sentido común y experiencia; en cambio, en la segunda mitad
del siglo XIX, el avance de la metalurgia, la industria química, el surgimiento de la industria eléctrica se
desarrollaban sobre la base de una tecnología más elaborada. Los "inventos" pasaban ahora desde el
laboratorio científico a la fábrica. Por ende, los sistemas educativos se transformaron en elementos
esenciales para el crecimiento económico. A partir de este momento, a los países que les faltara una
educación masiva y adecuadas instituciones de enseñanza superior les resultaba difícil transformarse en
países industriales.
La clara vinculación entre ciencia, tecnología e industria causó un profundo impacto en las conciencias. La
ciencia, transformada en una verdadera religión secular, fue percibida como la base de un "progreso"
indefinido. Desde esta perspectiva se consideraba que no existía obstáculo que no pudiera ser superado.
Ciencia y progreso se transformaron en dos conceptos fundamentales dentro de la ideología burguesa.
Del capitalismo liberal al imperialismo.
2. Explique brevemente la “Gran Depresión” e indique cuáles fueron las vías de solución que encontraron
los Estados.
3. Enuncie el concepto de imperialismo siguiendo la lectura de Bianchi.
2. La naciente economía política se vio sometida a crisis periódicas inherentes a un sistema que se auto
condenaba a momentos de saturación del mercado por el crecimiento desigual de la oferta y la demanda.
De este modo, le sucedían períodos de depresión en la que los precios caían y muchas empresas quebraban.
A diferencia de las crisis anteriores, estas se imponían a toda la vida económica, es decir, no se iniciaban en
la agricultura. Sin embargo, parecía que las mismas crisis generaban los elementos de equilibrio: cuando los
precios volvían a subir, se reactivaban las inversiones y comenzaba nuevamente el ciclo de auge. Sin
embargo, cuando los precios volvían a subir, se reactivaban las inversiones y comenzaba nuevamente el ciclo
de auge. Las crisis eran percibidas como interrupciones temporales de un progreso que debía ser constante.
Hacia los primeros años de la década de 1870, las cosas cambiaron: en Estados Unidos 39.000 kilómetros de
líneas ferroviarias quedaron paralizadas por la quiebra, los bonos alemanes cayeron en 60% y, hacia 1877,
casi la mitad de los altos hornos dedicados a la producción de hierro quedaron improductivos. Además, la
crisis estaba durando demasiado y, en efecto, en 1873 se iniciaba un largo período de recesión que se
extendió hasta 1896 y que sus contemporáneos llamaron la "gran depresión".
Ante un mercado de baja demanda, los stocks se acumulaban, no tenían salida y se depreciaban; los salarios,
difícilmente podían ser reducidos, por lo que los beneficios disminuían. El desnivel entre la oferta y la
demanda se veía agravado por el incremento de bienes producidos por la irrupción en el mercado mundial
de aquellos países que habían madurado sus procesos de industrialización. La edad de oro del capitalismo
"liberal" parecía haber terminado, lo cual afectó a la política.
Las prácticas proteccionistas pasaron a formar parte de la política económica internacional. De este modo,
en el mercado no sólo competían las empresas, sino también las naciones. En el marco de las economías
nacionales, las empresas debieron reorganizarse para adaptarse a las nuevas características del mercado: la
respuesta se encontró en la concentración económica y en la racionalización empresaria.
En primer lugar, se aceleró la tendencia a la concentración de capitales, es decir, a una creciente
centralización en la organización de la producción. La producción aumentaba, mientras que el número de
empresas disminuía (por ejemplo: En Francia, en 1860, había 395 altos hornos que producían 960.000
toneladas de hierro colado, en 1890 había 96 altos hornos que producían 2.000.000). La competencia y la
crisis eliminaron a las empresas menores, las cuales desaparecieron o fueron absorbidas por las mayores;
las cuales fueron las únicas que pudieron controlar el mercado.
En segundo lugar, la concentración se combinó con políticas de racionalización empresaria. Esto incluía una
modernización técnica que permitía lograr el aumento de la productividad. Además, se incluía la "gestión
científica" impulsada por F. W. Taylor. Según Taylor, la forma tradicional y empírica de organizar las empresas
ya no era eficiente, era necesario darle a la gestión empresarial un carácter más racional y científico. Para
ello elaboró una serie de pautas para lograr un mayor rendimiento del trabajo. De este modo, el taylorismo
se expresó en métodos que aislaban a cada trabajador del resto y transferían el control del proceso
productivo a los representantes de la dirección e introducía incentivos salariales para los trabajadores más
productivos. A partir de 1918 el nombre de Taylor fue asociado al de Henry Ford, identificados en la
utilización racional de la maquinaria y de la mano de obra con el objetivo de maximizar la producción.
3. Desde algunas perspectivas, el imperialismo fue la más importante de las salidas que se presentaba para
superar los problemas del capitalismo después de la "gran depresión".
Los años que transcurren entre 1875 y 1914 constituyen el período del imperialismo, en el que las potencias
capitalistas parecían dispuestas a imponer su supremacía económica y militar sobre el mundo. Era una nueva
forma de imperio diferente de las otras épocas imperiales de la historia. Durante esos años, el Pacífico
asiático y áfrica fueron repartidos entre las potencias más desarrolladas. No quedó ningún Estado
independiente en el Pacífico, dividido entre británicos, franceses, alemanes, neerlandeses, estadounidenses
y Japón; en la primera década del siglo XX, África pertenecía a los imperios británico, francés, alemán, belga,
portugués y español.
De este modo, amplios territorios de Asia y de África quedaron subordinados a la influencia política, militar
y económica de Europa, la cual parecía no sentir la necesidad de rivalizar con los Estados Unidos desafiando
la Doctrina Monroe (se sintetizaba en la consigna "América para los americanos", expresaba la oposición a
cualquier colonización o intervención política de las potencias europeas en el hemisferio occidental).
Con relación a su interpretación, las más significativas del fenómeno surgieron del campo del marxismo,
desde donde sus teóricos intentaban explicar las nuevas características que asumía el capitalismo. La
interpretación más clásica fue la formulada por Lenin. Desde su perspectiva, el imperialismo constituía "la
fase superior del capitalismo", y estaba referido a la baja tendencial de la tasa de ganancia por la
competencia creciente entre capitalistas. El "capital financiero", producto de la fusión entre el capital
bancario y el capital industrial intentaba asegurarse el control de los mercados a escala mundial.
También, hubo y hay teorías que interpretaban al imperialismo buscando, sobre todo, criticar la
interpretación marxista. Estas trataban fundamentalmente de negar las raíces económicas del fenómeno
para buscar explicaciones de otra naturaleza, estratégicas, políticas, culturales e ideológicas.
Sin embargo, hasta sus mismos contemporáneos atribuyeron al imperialismo razones económicas. El
británico liberal J. Hobson (1900), partiendo del subconsumo de las clases más pobres, interpretaba al
imperialismo como la necesidad de buscar mercados exteriores en donde vender e invertir. Pero, a diferencia
de Lenin, Hobson consideraba al fenómeno como una "anomalía" que era necesario corregir a través del
aumento de la capacidad de consumo de los trabajadores, que permitiera un constante crecimiento y una
regular absorción de la producción sin necesidad de recurrir a la expansión imperialista.
El imperialismo estuvo ligado indudablemente a manifestaciones ideológicas y políticas. En las metrópolis,
el imperialismo estimuló a las masas -sobre todo a los sectores más descontentos socialmente- a
identificarse con el Estado.
Sin embargo, según Hobsbawm, la clave del fenómeno no se encuentra en la necesidad de los países
capitalistas de buscar nuevos mercados sino que la clave del fenómeno radica en las exigencias del desarrollo
tecnológico: la nueva tecnología dependía de materias primas que por razones geográficas se encontraban
ubicadas en lugares remotos. La industria eléctrica necesitaba del cobre y sus productores más importantes
se encontraban en el "tercer mundo”. Además, también estaba la necesidad de oro y de diamantes y de
metales no férreos que comenzaron a ser fundamentales para las aleaciones de acero. En este sentido, las
minas abrieron el mundo al imperialismo y sus beneficios fueron importantes para justificar la construcción
de ramales ferroviarios en los puntos más distantes.
Además, el crecimiento del consumo de masas en los países metropolitanos significó la rápida expansión del
mercado de productos alimenticios. Ese mercado se encontraba dominado por productos básicos como
cereales y carne, que se producían a bajo costo y en grandes cantidades en diferentes zonas de asentamiento
europeo en América del Norte y América del Sur, Rusia y Australia. También comenzó a desarrollarse el
mercado de los “productos coloniales” o de “ultramar”: azúcar, té, café, cacao, y gracias a la rapidez de las
comunicaciones y al perfeccionamiento de los métodos de conservación comenzaron a afluir los frutos
tropicales.
Estos acontecimientos, en los países metropolitanos, crearon nuevas posibilidades para los grandes
negocios, pero no cambiaron significativamente sus estructuras económicas y sociales. En cambio,
transformaron radicalmente al resto del mundo, que quedó convertido en un complejo conjunto de
territorios coloniales o semicoloniales que luego exportaban al mercado mundial. Pero los efectos sobre los
territorios dominados no fueron sólo económicos, sino que también afectó a la política y produjo un
importante impacto cultural: se transformaron imágenes, ideas y aspiraciones, a través de ese proceso que
se definió como "occidentalización".
Este prceso afectó exclusivamente al reducido grupo de la élite colonial. Algunos recibieron una educación
occidental conformando una minoría culta a la que se le abrían las distintas carreras que se ofrecían en el
ámbito colonial: era posible llegar a ser profesional, maestro, funcionario o burócrata. Ej: Mahatma Gandhi.
El mundo de la burguesía El mundo del trabajo
4. Analice el concepto de Burguesía y de Proletariado.
La burguesía era la clase triunfante del período: existía una parte de la burguesía se beneficiaba con el
desarrollo capitalista, de la que era el motor, y ocupaba un lugar en las esferas dirigentes. Pero subsistía
también una burguesía tradicional, lejos de las fábricas, en pequeñas ciudades de provincia, que vivía de
rentas y se mantenía en contacto con el mundo rural.
En el plano económico, la quintaesencia de la burguesía era el "burgués capitalista", es decir, el propietario
de un capital y el empresario productor de beneficios. En el plano social, la principal característica de la
burguesía era la de constituir un grupo de personas con poder e influencia, independientes del poder y la
influencia, provenientes del nacimiento y del estatus tradicionales. Para pertenecer a ella, era necesario ser
"alguien", es decir, una persona que contase como individuo, gracias a su fortuna y a su capacidad para
mandar sobre otros hombres. Pertenecer a la burguesía significaba superioridad, era ser alguien al que nadie
daba órdenes -excepto el Estado y Dios-.Podía ser un empleado, un empresario, un comerciante pero
fundamentalmente era un "patrón": el monopolio del mando -en su hogar, en la oficina, en la fábrica- era
fundamental para definirse. Confiaban en el liberalismo, en el desarrollo del capitalismo, en la empresa
privada y competitiva, en la ciencia y en la posibilidad de un progreso indefinido. Confiaban en un mundo
abierto al triunfo del emprendimiento y del talento. Esperaban influir sobre otros hombres, en el terreno de
la política, y aspiraban a sistemas representativos que garantizasen los derechos y las libertades bajo el
imperio de un orden que mantuviese a los pobres -las clases "peligrosas"- en su lugar. Era una clase segura
y orgullosa de sus logros.
En la segunda mitad del siglo XIX se encontraba en avance la ciencia: tenía la capacidad para dar las
respuestas a todas las incógnitas, incluso a aquellas reservadas a la religión. En este sentido resultó
paradigmática la figura de Charles Darwin (1809-1882) y el impacto que produjo la teoría de la evolución.
Su teoría podía dar una explicación del origen de las especies en un lenguaje accesible a los hombres de la
época, además de confrontarse con las ideas religiosas.
Por otro lado, Karl Marx dio la bienvenida a El origen de las especies, como "la base de nuestras ideas en
ciencias naturales".
En el mundo burgués, la imagen liberal de una sociedad abierta al esfuerzo y al mérito contrastaba con la
creciente polarización social: los argumentos del esfuerzo ya no se aplicaban a la burguesía opulenta, sino
que eran utilizadas para explicar las diferencias entre el esfuerzo de la burguesía pequeña y las masas
proletarias, consideradas como “peligrosas”.
La superioridad de la burguesía como clase comenzó a ser considerada como una determinación de la
biología. El burgués era miembro de una clase superior que representaba a un nivel más alto de la evolución
humana. El resto de la sociedad era inferior. Para los sometidos sólo quedaba el camino de la aceptación de
su propia inferioridad y del acatamiento de la dominación burguesa, lo cual incluía a las mujeres de toda
clase social.
En el mundo burgués se consideraba que la ciencia era la clave de todo progreso y tenía la posibilidad de dar
todas las respuestas, por lo que durante este período, el descendió el peso de la religión. Darwin había
derrotado a la Biblia. Entre los varones de la burguesía, el ateísmo eran las actitudes dominantes. Por lo
tanto, se elevó una ola de anticlericalismo.
Empero, las religiones persistieron. Entre la misma burguesía liberal comenzó a registrarse cierta nostalgia
por las viejas creencias. En primer lugar, el racionalismo liberal no proporcionaba un sustituto emocional al
ritual colectivo de la religión. Comenzaron entonces a surgir ciertos "sustitutos", como complejos rituales
laicos y nuevas formas religiosas, más acordes a los nuevos tiempos. En este sentido, resulta notable el
desarrollo alcanzado por el espiritismo dentro del mundo burgués, el cual ofrecía la ventaja de asegurar una
tranquilizadora supervivencia del alma, sobre las "bases" de la ciencia experimental. Las iglesias comenzaron
a ser valoradas como pilares de la estabilidad y la moralidad frente a los peligros que amenazaban el orden
burgués.
El mundo del trabajo:
La clase obrera irrumpía como una clase social capaz de desafiar al mundo burgués. Su importancia no era
sólo cualitativa sino también cuantitativa ya que, entre 1850 y 1880, esta clase representaba en toda Europa
entre la cuarta y la tercera parte de la población.
Si bien era ya posible definir la situación de los obreros desde el punto de vista económico, desde una
perspectiva social, muchos de los trabajadores aún no podían ser incluidos estrictamente dentro de esa
definición económica de la clase obrera.
Sin embargo, las condiciones de vida tendían a uniformarse: los trabajadores se acostumbraron a la vida de
la ciudad, apartada de las tradiciones rurales, por lo que la clase obrera adquiría cada vez un perfil más
definido.
Pero esta uniformidad también tenía su otra parte, ya que la clase obrera no era totalmente homogénea: En
la cúspide parecían ubicarse los obreros "especializados", capaces de fabricar y reparar las máquinas. Eran
los que recibían un mejor pago, se encontraban en una mejor posición para "negociar" con los patrones.
Muchos de ellos aspiraban a "mejorar": obtener las condiciones de vida de la pequeña burguesía, lograr que
sus hijos abandonaran el trabajo manual e ingresaran entre los trabajadores de "cuello blanco" participando
así de los sectores "respetables, la alfabetización y el desarrollo del sector terciario les permitió a algunos
conseguir, lo que era considerado un claro signo de ascenso social.
Por debajo de los trabajadores especializados, se ubicaba la gran masa de los obreros y obreras de fábrica,
con jornadas de trabajo de 15 o 16 horas diarias, con situaciones de trabajo precarias, bajo la amenaza de
las periódicas crisis de desempleo. Dentro de esta masa obrera, tanto en Francia como en Inglaterra, todavía
se registraba una fuerte presencia de mano de obra femenina e infantil.
Por debajo de la masa de obreros se encontraban los recién emigrados del campo. Eran quienes por su
indigencia y su resignación podía aceptar cualquier trabajo a cambio de un salario irrisorio. Por esto mismo,
cumplían un papel fundamental en el desarrollo del capitalismo industrial: eran quienes, por su constante
oferta de mano de obra barata, contribuían a mantener el bajo nivel salarial. Eran muchas veces peones que
no tenían un trabajo fijo, trabajaban esporádicamente en la construcción de ferrocarriles, en la excavación
de las grandes ciudades o en la descarga de navíos.
En el mundo del trabajo las condiciones de vida eran difíciles, pero gracias a la prosperidad del período éstas
tendieron a mejorar. Hubo progresos en la seguridad e higiene del trabajo, y comenzó a disminuir el empleo
infantil. La jornada laboral tendió a reducirse, en parte por las presiones sindicales, pero también porque el
aumento de la productividad permitía que en un tiempo menor los obreros produjeran más. Comenzó a
instalarse la idea en toda Europa de que un trabajador cansado producía menos valor.
Durante este período también aumentaron los salarios, que benefició sobre todo al sector de
“especializados”: entre 1850 a 1865 los salarios aumentaron en 25% mientras que el costo de vida ascendía
en 10%. También, hubo mejoras parciales en las viviendas y en las ciudades obreras.
Pese a las diferencias, tanto el trabajador especializado como el trabajador pobre compartían un sentimiento
común hacia el trabajo manual y la explotación, además de la creciente segregación a la que estaban
sometidos por parte de la burguesía. Además, tenían en común formas de vidas compartidas en las fábricas,
talleres o en los espacios de sociabilidad como las tabernas, que eran llamadas “la iglesia del obrero”.
La posibilidad de cambiar las condiciones de vida comenzó mediante una organización colectiva: en
Inglaterra comenzó a desarrollarse un sindicalismo lo suficientemente fuerte como para presionar a los
patronos. Sin embargo, este sindicalismo estaba guardado para los “especializados”. Recién en 1889 el
sindicalismo se abrió a la masa no especializada.
En efecto, en Francia, después de las revoluciones del 48, las organizaciones obreras habían quedado
estrictamente controladas. Muchas de ellas seguían fieles a la idea de Proudhon de que las sociedades de
producción y de ayuda mutua podían ser eficaces instrumentos para abolir el trabajo asalariado. Y en estas
formas organizativas predominaba una clara desconfianza hacia el liberalismo burgués y fundamentalmente
indiferencia frente al juego político electoral. En Alemania, hacia 1860, comenzaba a registrarse un nuevo
brote socialista, donde fueron los viejos artesanos más cultos, más organizados y más descontentos los
que constituyeron su punto de partida. Sobre esta base, en 1863, se fundaba la
Unión de Asociaciones de
Trabajadores alemanes que en 1875, se transformó en el Partido Obrero Socialdemócrata, primer partido
socialista europeo: no era “revolucionario”, sino que trataba de utilizar al máximo los recursos de la
democracia para actuar sobre el Estado, promover reformas y dar a la clase obrera una influencia política.
La clase obrera que se constituyó en este período fue la fuerza social visualizada como "peligrosa" para el
orden constituido. Muchos contemporáneos reconocían la gravedad de la "cuestión social" y vivían con el
temor a un levantamiento. Sin embargo, la época no fue favorable para revoluciones. Después de 1848, el
potencial movimiento revolucionario se encontraba desarmado. Según Karl Marx, la derrota del 48 se debía
a que el movimiento había surgido prematuramente, a causa de la crisis económica, pero la clase obrera no
tenía aún la coherencia ni la conciencia para encabezar un ciclo revolucionario. Desde su perspectiva, era
necesario abocarse a la organización y esperar una nueva oportunidad de crisis del capitalismo, aunque
afirmaba que ésta iba a ser larga. Tuvo, entonces, un intervalo político que le permitió madurar su teoría y
publicar la Contribución a la crítica de la Revolución Económica.
Sin embargo, también comenzaron a surgir algunas iniciativas en materia de organización que dieron lugar
a la formación de la Asociación Internacional de Trabajadores, conocida posteriormente como la Primera
Internacional. La iniciativa surgió de algunos sindicalistas ingleses y de exiliados franceses. El objetivo de los
ingleses era presionar a la burguesía apoyando huelgas de dimensión europea, y los franceses trataban de
lograr la emancipación de los trabajadores a través de una primera etapa de educación política de las masas.
De este modo, la Internacional reunió a grupos de distintas vertientes e incluyó a Marx, responsable de la
redacción del Manifiesto Inaugural, en el comité organizativo.
La organización de la Internacional fue motivo de preocupación para quienes la visualizaron como un
conjunto de miles de conspiradores que se movían para derribar el mundo burgués, aunque en realidad
contaban con varias limitaciones, ya que sus acciones fueron paralizadas muchas veces por las discusiones
entre Marx y los anarquistas. Además, su mayor debilidad procedió de su mismo "internacionalismo", que
se estrelló contra el carácter nacional de los sindicatos. De este modo, pese a las constantes admoniciones
sobre el carácter sin fronteras del proletariado, cuando estalló la
guerra franco-alemana (1870), los
trabajadores se asumieron como franceses o alemanes y partieron al frente a luchar contra un enemigo que
incluía a su propia clase. Los socialistas debieron entonces enfrentar el problema de las nacionalidades,
anunciando los desgarros de 1914. De este modo, en 1872, la Asociación Internacional de los Trabajadores
dejaba de existir: no pudo sobrevivir al impacto de la guerra franco-prusiana, ni al fracaso de la Comuna de
París (1871).
Al terminar la guerra, en París, la federación de la guardia nacional trató de conservar las armas que poseía,
y poner a buen seguro los cañones comprados. Algunos pensaban en oponerse a la ocupación de una parte
de París por parte de los prusianos y, cuando Thiers, jefe de gobierno francés, envió tropas para retirar los
cañones, una muchedumbre ejecutó a dos generales, sin que nadie haya dado la orden. Así comenzó el
conflicto entre un gobierno conservador -Thiers debió huir y refugiarse en Varsalles y el "pueblo" de París,
a través de una revuelta espontánea, de objetivos poco claros, y de carácter popular y pequeñoburgués.
Los logros de la Comuna fueron modestos: Se adoptó la bandera roja, se tomaron algunas medidas
anticlericales -incluida la ejecución del Arzobispo de París- y algunas pocas medidas sociales, como la
supresión de los alquileres. Sin embargo, la Comuna se transformó en un símbolo de la "lucha de clases”. El
terror que inspiró en los gobiernos se reflejó en la brutal represión que siguió: 47.000 personas fueron
juzgadas, 7.000 deportadas o exiliadas, y fue incalculable el número de muertos. Su recuerdo llevó a que en
1873 se formara la Liga de los Tres Emperadores (Alemania, Austria y Rusia) para defenderse de ese
radicalismo que amenazaba tronos e instituciones. También fue un símbolo para la izquierda: Lenin, después
de octubre de 1917, contaba los días para finalmente poder decir: "Hemos durado más que la Comuna".
La Comuna fue un símbolo ya que con ella terminaba la época de las grandes insurrecciones.
Un mundo a la defensiva: aristocracia y campesinos.
5. Analice qué lugar asumen las clases sociales del antiguo orden (la aristocracia y el campesinado), en el
mundo burgués.
Las aristocracias europeas, si bien en retirada desde 1830, conservaban un importante poder. Esto surgía
más que nada por su riqueza: la explotación de sus tierras continuaba proporcionándole grandes rentas.
En la segunda mitad del siglo XIX, la más poderosa e influyente de las aristocracias europeas era la
aristocracia inglesa. Era un grupo que había sabido adaptarse a la nueva situación, y que había hecho un sitio
a la alta burguesía -a los gentlemen-, conformando poco a poco, una nueva élite dirigente que asumió gran
parte de las tradiciones aristocráticas.
La aristocracia alemana era mucho más conservadora pero también más débil que la inglesa, en ella se
encontraba un grupo, la nobleza prusiana de los junker, que controlaban una importante parte del suelo
donde se había podido introducir un verdadero capitalismo agrario. Algunos burgueses habían logrado
introducirse en ella por vía del matrimonio o por compra de tierras, mantenía un desprecio por la burguesía
industrial y liberal, una actitud fuertemente conservadora en materia política y religiosa y gusto por el arte
militar. Y también era la que controlaba gran parte de los puestos de la administración imperial.
En Francia, la aristocracia constituía una clase heterogénea en la que se codeaban la nobleza anterior a 1789,
con la creada por Napoleón I durante el Imperio y la más reciente de la Restauración (1815-1830). Incluso,
cerca de ellos se ubicaban aquellos burgueses muy ricos que habían tomado la costumbre de vivir como
nobles. Continuaba manteniendo prestigio social: resultaba casi "natural" confiarles el destino del país en
las horas graves: frente a crisis sociales, los nobles ingresaron masivamente en las Asambleas nacionales
elegidos por el sufragio universal.
En la Europa de la segunda mitad del siglo XIX, el mundo campesino continuaba siendo una sólida realidad.
La excepción la constituía Inglaterra: el campesinado, hacia 1880, constituía sólo el 10% de la población
activa debido a la imposición de una empresa agrícola que ya no mantenía ninguna relación con las
tradiciones rurales, apéndice del mundo urbano e industrial. De este modo, Inglaterra abría una vía que
habrán de seguir los países del continente europeo con un siglo de atraso.
La situación de Francia y Alemania era diferente a la Inglesa: Las transformaciones de la agricultura que
posibilitaron la industrialización habían producidos profundos cambios en el mundo rural pero, sin embargo,
en algunas regiones, la presencia campesina era notable.
Francia, por su parte, era un país de campesinos -entre 1850 y 1880 constituían la mitad de la población
activa- hostiles a toda innovación. Entre ellos había muchos propietarios, pero también colonos o
arrendatarios instalados en las tierras de nobles o burgueses. Los campesinos franceses se negaban a
cualquier tipo de cooperación, aunque su situación no era fácil, se conformaban con no tener ningún patrón
que dirigiese su trabajo.
En síntesis, frente a las transformaciones económicas y sociales que se vivían en Europa las clases sociales
del antiguo orden buscaban sobrevivir, procurando adaptarse o presentando resistencia frente a los
cambios. La inercia muchas veces triunfaba sobre las innovaciones, pero, pese a todas las resistencias, la
expansión capitalista seguía cambiando al mundo.
Las transformaciones del liberalismo: democracia y nacionalismos militantes.
6. Explique el concepto de “conservadurismo” y nacionalismo.
Junto con la burguesía, también había triunfado su principal fundamento ideológico, el liberalismo.
Programa político y económico que se proponía conducir a Europa a un futuro mejor borrando todos los
obstáculos que se oponían a ese avance. Sin embargo, este programa comenzó a encontrar resistencias, y
sufrir críticas que provenían tanto de la izquierda como de la derecha. De este modo, el liberalismo comenzó
también a sufrir transformaciones.
En la última parte del siglo XIX, el liberalismo se había impuesto en gran parte de Europa Occidental, siendo
el programa que gozaba de mayor prestigio: se lo consideraba una fuerza progresista, la única con
posibilidades de éxito para desplazar al tradicionalismo. Sin embargo, en esta misma Europa, las fuerzas
conservadoras que aún mantenían algunas posiciones de poder, se alinearon para atacar al liberalismo,
considerado como una doctrina errónea y peligrosa, que conduciría a la destrucción del orden social.
El conservadurismo se encontraba en retirada: sus argumentos tradicionales, como el origen divino del
poder político y del orden social establecido, y la legitimidad exclusiva del derecho tradicional, perdían cada
vez más fuerza. Frente al liberalismo, los conservadores sólo podían proceder por reacción, hacían hincapié
en el "orden" y la "estabilidad"; y oponían las "tradiciones" frente a todo lo que significara cambio o novedad.
Sin embargo, encontró fortalezas para resistir. La Iglesia fue una de ellas: el anglicanismo en Inglaterra, el
protestantismo en Alemania y el catolicismo en los países latinos, se transformaron en baluartes del
conservadurismo. Todas estas Iglesias eran antiliberales, y sólo la mayor de ellas, la Iglesia católica se puso
en contra del liberalismo. En 1864, el papa Pío IX había publicado el Syllabus, un documento donde se
enumeraban ochenta errores: entre ellos, el "naturalismo" -la negación de la acción de Dios sobre el mundo-
, el "racionalismo" -el empleo de la razón sin referencia a Dios-, el "indiferentismo" -considerar equivalentes
a todas las religiones-, la "enseñanza secular", y la "separación de la Iglesia y el Estado". El último de los
errores señalados era precisamente el liberalismo.
Hacia la década de 1880, la Iglesia, bajo el embate de los liberales había perdido muchos de sus controles:
sólo la enseñanza comenzó a secularizarse y el Estado era el responsable de llevar los registros de
nacimientos, matrimonios y muerte. Parecía que el conservadurismo poco podía hacer frente al avance del
liberalismo.
Los conservadores se mantenían reacios a toda transacción con el mundo "moderno". Para ellos, aún
quedaban herramientas que les permitían salir en defensa de sus posiciones. La principal fueron las fuerzas
armadas: La marina en Inglaterra y los ejércitos en Alemania fueron el refugio donde se mantenían las
tradiciones aristocráticas, en un mundo burgués que comenzaba a democratizarse.
El avance del liberalismo se hizo con varios conflictos, el principal que se planteó a la burguesía liberal fue el
de la democracia: la clase obrera formaban un sector que cada vez se unía más en la política, por lo que,
tarde o temprano, todos los sistemas políticos tendrían que darles un lugar. El problema radicaba en que el
liberalismo, por un lado, carecía de reservas teóricas sólidas contra los avances de la democracia. Si sus
fundamentos políticos eran la participación de la "nación" -entendida como el conjunto de ciudadanos- en
la vida política y la defensa de los derechos individuales, el liberalismo ofrecía argumentos muy pobres para
negar derechos políticos, como por ejemplo, el sufragio.
Se reconocía la necesidad de ampliar el derecho al voto, pero el problema que se planteaba era hasta qué
límite debían hacerlo, y los empleados de "cuello blanco" necesitaban diferenciarse de los simples
trabajadores manuales.
Durante 1860, en casi todos los estados europeos se realizaron ampliaciones más o menos significativas del
derecho al voto, la cual se debió no sólo a las carencias teóricas del liberalismo, sino al hecho de que las
burguesías necesitaban la “fuerza del número”, y la diferencia era que las aristocracias no necesitaban de
esa fuerza, ya que las instituciones las protegían del voto. En cambio, las burguesías necesitaban del voto,
por lo que debían movilizar a los “no burgueses”.
En este proceso de democratización, algunos, a partir de 1895, comenzaron a plantear la necesidad de una
renovación del liberalismo: comenzaron a considerar anticuados algunos principios liberales debían ser
sustituidos por un plan de "reformas" políticas y sociales bajo la responsabilidad del Estado. Consideraban
que el liberalismo debía ser adaptado a las necesidades de la sociedad generada por la industrialización; y
que este reformismo permitirá terminar con las supervivencias del poder aristocrático. En síntesis, desde el
liberalismo comenzó a conformarse una rama más democrática, que fue calificada como radical, progresista,
o reformista.
Sin embargo, con relación a las tendencias ideológicas, muchos temían que la democratización condujera al
terror de las masas, por lo que muchos comenzaron a relacionarse más con el conservadurismo. Sobre todo
después de los acontecimientos de la Comuna de 1871, el liberalismo fue perdiendo fuerza: concentró sus
esfuerzos en mantener las posiciones conquistadas. Y en este proceso, el conservadurismo proveyó a un
liberalismo cada vez más conservador algunos conceptos políticos claves, entre ellos, el del nacionalismo.
El nacionalismo en sus orígenes se vinculaba con el liberalismo y la democracia: la idea de nación, como
comunidad de todos los ciudadanos políticamente maduros estuvo ligada a los principios liberales y
democráticos.
El término de “nación” fue un factor aglutinante: con el declive de las comunidades reales a que estaba
acostumbrada la gente -la aldea, la familia, la parroquia, el barrio, el gremio-, la comunidad imaginaria de la
"nación" llenaba ese vacío, y era el Estado el que creaba la nación: a través de los controles burocráticos de
los nacimientos, por ejemplo, era quien otorgaba la "nacionalidad".
Fue fundamentalmente el conservadurismo quien configuró un nuevo concepto de nacionalismo agresivo y
militante. Dicho concepto se basaba en la idea de la "grandeza de la nación", grandeza que se establecía a
partir de la "superioridad" de una nación sobre las otras.
Este agresivo nacionalismo pronto se vinculó con el imperialismo: para ser una "gran" nación, era necesario
ser una "potencia mundial". Se consideraba que únicamente las naciones capaces de transformarse en
imperios se impondrían en el futuro. Esto, generó cambios en la conciencia política europea.
En esta línea, el concepto de nación pronto derivó en el de raza. Las razas blancas, y en especial las arias,
parecían estar llamadas a dominar a los pueblos de color gracias a su "superioridad" y mayor cultura. Dentro
de este clima de ideas, el antisemitismo comenzó a extenderse por toda Europa hacia la década de 1880.
El desafío de la sociedad burguesa: socialismo y revolución.
7. Caracterice las tendencias ideológicas de la izquierda que se conformaron como amenaza al liberalismo y
la democracia en el siglo XIX.
Aunque entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX la derecha constituiría la principal amenaza al
liberalismo y la democracia, también dentro de la izquierda se agrupaban contrincantes en un número cada
vez más considerable, y un socialismo de tipo marxista se ponía a la cabeza de los distintos grupos de
izquierda. (Excepciones en España, Italia y Rusia)
En este proceso cumplió un papel importante la socialdemocracia alemana. En 1890, el Partido
Socialdemócrata alemán adoptó un programa redactado por Karl Kautsky que se ajustaba a los principios del
marxismo. Sobre la base de tales principios, el programa declaraba que "la transformación de la propiedad
privada capitalista de los medios de producción en propiedad colectiva" era la condición necesaria para la
liberación "no sólo del proletariado, sino de toda la humanidad". También se establecían las líneas a las que
se ajustaría la "lucha política": en primer lugar, la "revolución de las mentes", es decir, la preparación
ideológica del proletariado para la revolución socialista; en segundo lugar, un programa de reformas
políticas, que el partido se comprometía a realizar, dentro del sistema establecido, para mejorar las
condiciones de los trabajadores.
El programa alemán no era estrictamente "revolucionario”, sino que subyacía la confianza en un proceso
"evolucionista": el mismo proceso histórico, gracias a la dinámica del desarrollo económico, daría a la clase
obrera, el poder político. Sin embargo, pese a las críticas que se le hicieron desde la extrema izquierda, este
programa fue el que más éxito alcanzó en Europa. Además, el Partido Socialdemócrata alemán, se
transformó en el modelo a alcanzar para los otros partidos socialistas europeos.
La influencia de la socialdemocracia alemana quedó ampliamente demostrada en el congreso que organizó
en París, en 1889, la Segunda Internacional Socialista. Se tomaron medidas "combativas", como la
declaración del Primero de Mayo, "día de la lucha del movimiento obrero internacional a favor de la jornada
de ocho horas”. El Primero de Mayo se transformó en una bandera del movimiento socialista y en algunos
países, como en Francia, fue considerado un día de lucha contra el orden establecido.
El programa alemán fue el que se impuso en la nueva organización y durante la década de 1890, un
socialismo de este tipo parecía imponerse en toda Europa: en varios países, mientras decrecía la influencia
anarquista, se organizaban partidos socialistas siguiendo el modelo alemán.
Sin embargo, la unidad ideológica dentro de la Segunda Internacional no fue duradera, ya que se planteaba
hasta qué punto esta política reformista no implicaba colaborar con gobiernos “burgueses” es decir, que se
encontraban en manos de los “enemigos de clase”.
La socialdemocracia alemana estableció su punto de vista en la Segunda Internacional: el socialismo no debía
participar en coaliciones burguesas. Aún no se quería renunciar al mito revolucionario, lo cual fue fuente de
conflictos. La posición "evolucionista" que mantenía la socialdemocracia, junto con la negativa a actuar junto
con otras fuerzas políticas conducía a un "inmovilismo", que fue denunciado por grupos que aspiraban
recuperar el impulso revolucionario del marxismo.
Entre estos últimos, la cuestión que se planteaba era la naturaleza que debía asumir la "revolución". Se
consideraba que las perspectivas de revolución allí eran posibles e inmediatas, por lo que el debate se dio
principalmente entre intelectuales marxistas del este de Europa. Una de las cuestiones básicas que se
planteó fue el de la huelga política. Rosa Luxemburgo, a partir de la experiencia rusa, fue una de las
principales defensoras de la huelga general como método de lucha: En su obra Huelga de masas, partido y
sindicatos (1906), desarrolló una nueva teoría revolucionaria: huelgas espontáneas, de amplitud e intensidad
cada vez mayores, provocarían la caída de la sociedad burguesa permitiendo instaurar la "dictadura del
proletariado".
El "espontaneísmo" de Rosa Luxemburgo se oponía a la estrategia que Lenin, del Partido Socialdemócrata
ruso, había diseñado en su obra ¿Qué hacer? (1902). Lenin consideraba que el partido debía transformarse
en una "organización de revolucionarios profesionales", dirigida autoritariamente. El partido debía
transformarse en una "vanguardia" que condujera a la revolución. Esto no significaba que las masas
proletarias y sus representantes sindicales no debían participar en la lucha, sino que debían estar
subordinados a la conducción partidaria.
En un congreso del Partido Socialdemócrata ruso, celebrado en Londres en 1903, Lenin expuso su estrategia
revolucionaria. Sus oponentes fueron vencidos en las votaciones. Este memorable cisma dentro del
socialismo ruso dio origen a la denominación de los partidarios de Lenin, bolcheviques -es decir, mayoría-
porque triunfaron sobre los mencheviques -es decir, minoría-. Comenzaba así un nuevo ciclo para la
izquierda socialista. La crisis de las ideologías tradicionales -el conservadurismo y el liberalismo junto al
desarrollo de una extensa gama -de derecha a izquierda- de direcciones políticas eran el reflejo de las
tensiones que cruzaban a la sociedad. Éstas ya anunciaban la guerra y la revolución.
CAPITULO IV HISTORIA DE LA CIVILIZACIÓN.docx
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