
socialista europeo: no era “revolucionario”, sino que trataba de utilizar al máximo los recursos de la
democracia para actuar sobre el Estado, promover reformas y dar a la clase obrera una influencia política.
La clase obrera que se constituyó en este período fue la fuerza social visualizada como "peligrosa" para el
orden constituido. Muchos contemporáneos reconocían la gravedad de la "cuestión social" y vivían con el
temor a un levantamiento. Sin embargo, la época no fue favorable para revoluciones. Después de 1848, el
potencial movimiento revolucionario se encontraba desarmado. Según Karl Marx, la derrota del 48 se debía
a que el movimiento había surgido prematuramente, a causa de la crisis económica, pero la clase obrera no
tenía aún la coherencia ni la conciencia para encabezar un ciclo revolucionario. Desde su perspectiva, era
necesario abocarse a la organización y esperar una nueva oportunidad de crisis del capitalismo, aunque
afirmaba que ésta iba a ser larga. Tuvo, entonces, un intervalo político que le permitió madurar su teoría y
publicar la Contribución a la crítica de la Revolución Económica.
Sin embargo, también comenzaron a surgir algunas iniciativas en materia de organización que dieron lugar
a la formación de la Asociación Internacional de Trabajadores, conocida posteriormente como la Primera
Internacional. La iniciativa surgió de algunos sindicalistas ingleses y de exiliados franceses. El objetivo de los
ingleses era presionar a la burguesía apoyando huelgas de dimensión europea, y los franceses trataban de
lograr la emancipación de los trabajadores a través de una primera etapa de educación política de las masas.
De este modo, la Internacional reunió a grupos de distintas vertientes e incluyó a Marx, responsable de la
redacción del Manifiesto Inaugural, en el comité organizativo.
La organización de la Internacional fue motivo de preocupación para quienes la visualizaron como un
conjunto de miles de conspiradores que se movían para derribar el mundo burgués, aunque en realidad
contaban con varias limitaciones, ya que sus acciones fueron paralizadas muchas veces por las discusiones
entre Marx y los anarquistas. Además, su mayor debilidad procedió de su mismo "internacionalismo", que
se estrelló contra el carácter nacional de los sindicatos. De este modo, pese a las constantes admoniciones
sobre el carácter sin fronteras del proletariado, cuando estalló la
guerra franco-alemana (1870), los
trabajadores se asumieron como franceses o alemanes y partieron al frente a luchar contra un enemigo que
incluía a su propia clase. Los socialistas debieron entonces enfrentar el problema de las nacionalidades,
anunciando los desgarros de 1914. De este modo, en 1872, la Asociación Internacional de los Trabajadores
dejaba de existir: no pudo sobrevivir al impacto de la guerra franco-prusiana, ni al fracaso de la Comuna de
París (1871).
Al terminar la guerra, en París, la federación de la guardia nacional trató de conservar las armas que poseía,
y poner a buen seguro los cañones comprados. Algunos pensaban en oponerse a la ocupación de una parte
de París por parte de los prusianos y, cuando Thiers, jefe de gobierno francés, envió tropas para retirar los
cañones, una muchedumbre ejecutó a dos generales, sin que nadie haya dado la orden. Así comenzó el
conflicto entre un gobierno conservador -Thiers debió huir y refugiarse en Varsalles— y el "pueblo" de París,
a través de una revuelta espontánea, de objetivos poco claros, y de carácter popular y pequeñoburgués.
Los logros de la Comuna fueron modestos: Se adoptó la bandera roja, se tomaron algunas medidas
anticlericales -incluida la ejecución del Arzobispo de París- y algunas pocas medidas sociales, como la
supresión de los alquileres. Sin embargo, la Comuna se transformó en un símbolo de la "lucha de clases”. El
terror que inspiró en los gobiernos se reflejó en la brutal represión que siguió: 47.000 personas fueron
juzgadas, 7.000 deportadas o exiliadas, y fue incalculable el número de muertos. Su recuerdo llevó a que en
1873 se formara la Liga de los Tres Emperadores (Alemania, Austria y Rusia) para defenderse de ese
radicalismo que amenazaba tronos e instituciones. También fue un símbolo para la izquierda: Lenin, después
de octubre de 1917, contaba los días para finalmente poder decir: "Hemos durado más que la Comuna".
La Comuna fue un símbolo ya que con ella terminaba la época de las grandes insurrecciones.