
La plasticidad de los bebés y de los niños es una de sus principales competencias, sumado
a las capacidades que les permiten actuar sobre el entorno, modificarlo, adaptarse a él y
estabilizar dichos procesos. En la primera infancia, reconocemos diversas competencias que no
se reducen a sus recursos neurosensoriales de base, como los reflejos, la motricidad, la memoria
y la percepción, abarcando también su capacidad de manipular objetos y de interactuar con sus
cuidadores. Mientras las competencias permiten la adaptación activa al entorno, la vulnerabilidad
se refiere a las capacidades de defensa pasiva contra los impactos negativos de este mismo
entorno. A mayor vulnerabilidad, menor es la capacidad biológica, psicológica y social de
protección contra daños al proceso de desarrollo. A la vez, la vulnerabilidad es dinámica, dado
que no tiene un origen puramente genético, sino que también se modifica en función de los
efectos epigenéticos del entorno. Las competencias y la vulnerabilidad son características
singulares que dan cuenta de la diversidad de trayectorias de desarrollo posibles, aun cuando se
comparten situaciones o condiciones de riesgo. Por otra parte, es importante entender que no es
tanto el niño que se encuentra en riesgo, sino también el propio proceso de desarrollo. Y, como
plantea Anna Freud, aún en los casos donde no se verifica la influencia de los factores de riesgo,
el desarrollo, por involucrar cambios y diferenciaciones, ya implica algún grado de riesgo.
Además, tanto los factores de riesgo como los resultados evolutivos solo pueden ser
considerados en relación con momentos evolutivos específicos. Por ejemplo, la conducta
antisocial en la adolescencia puede ser el resultado evolutivo de factores de riesgo en la infancia,
pero es ella misma también un factor de riesgo para problemas más graves en la adultez. Siendo
así, la trayectoria evolutiva es al mismo tiempo resultado y causa del proceso de desarrollo, lo
que también explica su diversidad.
Al mismo tiempo, la combinación entre factores de riesgo y protección, competencias y
vulnerabilidad motivan la conformación de perfiles de riesgo (bajo riesgo, riesgo moderado, alto
riesgo). Estos pueden ser específicos de la combinación de disposiciones genéticas, ambientales
o eventos en la historia de una familia, que generan preocupación acerca del desarrollo de un
niño o niña: prematuridad, sufrimiento neonatal, embarazo gemelar, patologías somáticas
precoces, separaciones precoces, situación de migrante, enfermedades de los padres, etc. En
familias con más de un hijo, es posible que la trayectoria evolutiva del o de los anteriores brinde
elementos para caracterizar el riesgo del recién nacido.
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