I. La revolución marginalista (autor: Axel Kicillof)
Breve nota histórica, a modo de introducción: Europa entre 1815 y 1875
Después de la derrota de Napoleón se inició en Europa la “época de la restauración” que
iba a extenderse hasta las revoluciones de 1848; es un periodo en el que la paz entre las
naciones europeas contrasta con la agitada turbulencia en la política interior de cada una
de ellas. En términos generales, podría decirse que durante la primera mitad del siglo
XIX se desarrolla un feroz enfrentamiento entre la burguesía industrial y la vieja
aristocracia terrateniente, que en Inglaterra se expresa a través de la discusión en torno
de la abolición de las leyes de granos, leyes que prohibían la importación de cereales del
continente, en beneficio de los propietarios rurales locales.
Paulatinamente, no obstante, junto con el avance del capitalismo, el eje del conflicto se
va trasladando hasta engendrar un enfrentamiento cada vez más abierto que tiene a la
clase trabajadora como uno de sus protagonistas. El resultado más notable de la
consolidación de las transformaciones sociales desencadenadas durante la llamada
revolución industrial fue, pues, el surgimiento de un movimiento obrero un cada vez
más organizado. En sus inicios, la conformación del sistema fabril se había encontrado
con un yacimiento casi inagotable de campesinos, siervos y vasallos expulsados de sus
tierras y de artesanos empobrecidos que fueron a engrosar las filas de un proletariado
débil y desarticulado. La llamada “acumulación originaria”, punto de partida del
régimen capitalista, fundó sus cimientos en la explotación sin límite de los obreros
asalariados, cuyas asociaciones estaban prohibidas y sus reclamos eran perseguidos y
castigados. Recién en el siglo XIX la clase obrera antes “aturdida por el estrépito de la
producción, volvió un poco en y comenzó el movimiento de resistencia”
conquistando algunos pocos derechos laborales y sociales, arrancándoselos al gobierno
y al Parlamento. La participación activa de los trabajadores a quienes se les había
reservado un papel puramente pasivo, descarnadamente expresado en la ley de hierro de
los salarios-, como se verá luego, impactó con fuerza en los desarrollos de la teoría
económica.
Damos a continuación una incompleta cronología de los hechos más importantes. Las
primeras manifestaciones de una mayor fuerza de resistencia por parte del naciente
proletariado industrial pueden encontrarse en los movimientos “ludistas”, que durante
las primeras décadas del siglo XIX tuvieron gran impacto, especialmente en Inglaterra
para luego extenderse por toda Europa. Los obreros y campesinos se oponían a la
introducción de la maquinaria que los desplazaba a través del levantamiento y el
sabotaje. Uno de los picos de las reyertas ocurrió en 1812, en las regiones fabriles de
Lancashire y Yorkshire, donde la destrucción de maquinaria fue impedida mediante la
sangrienta represión del gobierno que movilizó miles de soldados hacia la región. El
Parlamento inglés aprobó entonces una ley que castigaba la destrucción de máquinas
con la pena de muerte. En las décadas de 1820 y 1830 el movimiento resurgió
nuevamente con mayor fuerza y organización. Mientras tanto, en Inglaterra se formaban
los primeros sindicatos que lucharon por instaurar nuevas leyes de pobres y por la
reducción de la jornada de trabajo para mujeres y niños. En Francia, a comienzos de la
década de 1830 tuvieron lugar numerosas insurrecciones armadas. Los países más
avanzados dieron así los primeros pasos.
A pesar de encontrarse generalmente prohibida la agremiación de los trabajadores
lentamente comenzaron al conformarse los primeros sindicatos obreros modernos. En
1834 se estableció en Inglaterra la Great Trade Union, una unión nacional de sindicatos
de oficio. Durante las décadas de 1830 y 1840 asociaciones de este tipo se extendieron
por todo el continente europeo, llegando a Alemania, Francia, España y Bélgica.
La lucha abierta por las condiciones de trabajo da un nuevo salto adelante a fines de la
década de 1830. A partir de 1838 se inicia en Inglaterra la lucha por los derechos
políticos de las masas, encarnada por la etapa “cartista”, que toma su nombre de la Carta
del Pueblo (The People's Charter). Se trataba de una petición al parlamento en la que
incluían los seis principales reclamos del movimiento: sufragio universal masculino
para los mayores de 21 años; circunscripciones electorales de igual tamaño; votación
por medio del sufragio secreto; que no fuese necesario ser propietario para ser miembro
del Parlamento; Dieta para los miembros del Parlamento; y Parlamentos anuales. La
primera carta llevaba 1.200.000 firmas pero fue rechazada por los legisladores. Un
nuevo y fallido intento, acompañado ahora con 3.300.000 firmas se repitió en 1842. El
movimiento cartista, aunque inorgánico y fuertemente dividido, logró arrancarle al
gobierno algunas concesiones: su más importante conquista es la ley que fijó la jornada
normal de trabajo en diez horas, lograda en 1847.
Esta primera etapa de gran agitación finaliza con la revolución europea de 1848 que
tuvo su epicentro en Francia y que fue precedida por la violenta crisis económica de
1847. Sin embargo, los gobiernos europeos lograron reestablecer el orden y los procesos
insurreccionales rápidamente aplastados; en Paris y Praga la represión tomó la forma de
una verdadera carnicería. La rebelión de 1848 no consiguió ninguno de sus objetivos y
luego de los tumultos sofocados con inusitada violencia sobrevino un período de
retroceso y relativa tranquilidad, en el marco del desenvolvimiento de la que Hobsbawm
bautizó como “la era del capital”. Alrededor del año 1850 se inician dos décadas de casi
ininterrumpido crecimiento económico, que dio lugar a una expansión que para los
observadores de la época resultaba poco menos que indestructible y que, sin embargo,
concluyó estrepitosamente con la que entonces se conoció como “Gran Depresión” la
de la década de 1930, aún más profunda, le robaría su nombre-. El estancamiento
económico se extendió entonces por casi 15 años de 1873 a 1896-.
En la “era del capital”, entre 1850 y 1870, el comercio mundial se incrementó en un
260%, sobre la base de la libertad de comercio que irradiaba desde el centro del sistema,
desde Inglaterra, pero se impuso a escala planetaria terminando con muchas de las
restricciones proteccionistas. Fueron años de euforia. La potencia de vapor empleada
por la industria pasó en ese período de 4 a 18,5 millones de caballos, lo que indica
también la mayor expansión geográfica del capitalismo aunque conservando marcadas
desigualdades- que tomó impulso con el desarrollo del transporte por ferrocarril y con el
barco a vapor. La producción de carbón y hierro, por su parte, se multiplicó por cinco.
Fue, además, el momento en el que se inicia el maridaje entre ciencia e industria,
plasmada en la difusión del acero, el telégrafo, el uso del petróleo.
En lo que respecta a la clase trabajadora, pese a que la derrotas de 1848 la hundieron en
una suerte de largo letargo, un producto duradero de la ola revolucionaria fue la
creación de la Asociación Internacional de los Trabajadores. La Asociación se extiende
hasta los países más remotos, impulsada muchas veces por los obreros exiliados en el
ciclo de luchas de 1848. Así y todo, a lo largo de estas dos décadas sólo se registraron
revueltas ocasionales. Pero la larga calma llegó a su fin. Al término de esta etapa,
Francia fue nuevamente escenario de un episodio inédito: la comuna de París, de 1871.
Luego de protagonizar una verdadera revuelta, los obreros amotinados establecen un
gobierno propio en la capital, que fue reconquistada con las tropas federales dejando un
saldo aproximado de 14.000 caídos o ejecutados, más de 5.000 deportados y otros 5.000
obreros condenados por tribunales militares.
A los pocos años, se inicia la depresión. La crisis se expresa con el colapso bursátil de
1873. Sus secuelas fueron inmensas: “39.000 km de ferrocarril quedaron paralizados
por la quiebra, los valores alemanes bajaron alrededor de un 60% entre la cumbre del
esplendor económico y 1877, y pararon casi la mitad de los altos hornos de los
principales países productores de hierro” (Hobsbawm [1975] 1998: 58).
En pocas palabras, el período que va de 1815 a 1873 puede dividirse en dos macadas
etapas y podría decirse que la teoría económica, por su parte, acompaña este desarrollo.
En el terreno del pensamiento económico el período se inicia con las agitadas
controversias entre los partidarios y los detractores del sistema ricardiano. La discusión
está todavía signada por el enfrentamiento entre los proteccionistas y los librecambistas,
entre el campo y la industria, es decir, por las reyertas propias del período de
consolidación del capitalismo. A lo largo de la segunda etapa, de 1850 a 1870, la
economía política parece establecerse definitivamente y se forma una ortodoxia
supuestamente ricardiana, en la que la figura dominante es John Stuart Mill. Sin
embargo, bajo la superficie, se estaban gestando los dos nuevos sistemas que, partiendo
ambos del rechazo de las ideas Ricardo, pondrían fin al predominio de la economía
política clásica: el sistema marginalista y el sistema de Marx.
Con una diferencia de un pequeño puñado de años se publican las tres obras
fundacionales que dieron cuerpo al movimiento conocido como revolución
marginalista. Estos tres libros son la Teoría de la economía política del inglés William
Jevons (1871), los Principios de economía política del austriaco Carl Menger (1871),
los Elementos de economía política pura del francés León Walras (1874). La revolución
marginalista rompió amarras con la desgastada ortodoxia ricardiana. Pero, por otro lado,
casi al mismo tiempo, se publicó El capital, crítica de la economía política del alemán
Karl Marx (1867). Se abrió así una nueva etapa en el desarrollo de la teoría económica:
de las ruinas de la economía política clásica surgieron los dos nuevos sistemas teóricos
que marcarían las discusiones durante el siglo XX: el marginalismo se convirtió en una
nueva ortodoxia que dedicó no pocos esfuerzos, sobre todo en la época de su
consolidación, a enfrentarse con las ideas de Marx. Ambos reivindicaron sus raíces
ricardianas, aunque sus interpretaciones fueron diametralmente opuestas. Esta clase
estará consagrada al estudio de la génesis del sistema marginalista. Sin embargo, las
lecturas y controversias en torno del sistema clásico esbozado por Ricardo desempeñan
un papel fundamental en la formación del pensamiento económico moderno, de manera
que el siguiente apartado estará dedicado a revistarlas de manera esquemática.
I.1. Las dificultades de Ricardo
Es importante destacar que Ricardo se abstiene de investigar a fondo el origen de la
ganancia. Sostiene simplemente, con toda naturalidad, que la tasa de ganancia es la
misma más allá de la composición del capital en lugar de explicar cómo se forma una
tasa general de ganancia cuando las composiciones entre capital circulante” y “fijo”
difieren, es decir, cómo se nivelan las ganancias entre las “ganancias” de distinta
magnitud creada en las distintas ramas que emplean cantidades diferentes de trabajo. El
problema del origen de la ganancia está implícito en la explicación de Ricardo sobre la
compra del trabajo y la determinación del salario ¿Cuál es entonces el fondo último de
la cuestión? Ricardo describe pero no analiza a fondo esta contradicción: a partir de su
propia teoría debe concluirse que las mercancías se cambian con arreglo al tiempo de
trabajo contenido en ellas. Pero, no obstante, cuando el capitalista compra la fuerza de
trabajo del obrero le paga un equivalente al valor de sus medios de vida (un salario de
subsistencia) y, por tanto, se le entregan mercancías que contienen una cantidad de
trabajo “acumulado” menor al trabajo inmediato (“vivo”) que el obrero entrega. Así, el
cambio de las mercancías según su valor engendra, en cambio, un intercambio
“desigual” entre el capital y el trabajo vivo, que no parece corresponderse con la
determinación del valor por el tiempo de trabajo. Porque, según Ricardo, el capitalista
obtiene cuando contrata al obrero un valor mayor que el precio que paga por su trabajo.
Le paga menos valor que el que el obrero produce, pues el valor de la fuerza de trabajo
no guarda relación con la cantidad de trabajo que el obrero realiza, que determina el
valor del producto, sino con la cantidad de trabajo requerida para producir sus medios
de vida. Así como el trabajo es la fuente del valor, esta diferencia en el intercambio
entre capital y trabajo es la fuente de la ganancia, lo que Ricardo parece reconocer
cuando dice que
[S]i la recompensa del trabajador estuviera siempre en proporción a lo producido por él,
la cantidad de trabajo empleado en un bien, y la cantidad de trabajo que este mismo bien
adquiriría serían iguales […]: pero no son iguales (Ricardo 1993: 11). La proporción
que debería pagarse en concepto de salarios es de importancia máxima en lo que atañe a
las utilidades, pues bien se comprende que las utilidades serán altas o bajas,
exactamente en proporción a que los salarios sean bajos o altos; en cambio, no puede
afectar en lo más mínimo el valor relativo (Ricardo 1993: 21).
Sin embargo, ni bien analiza el papel de la ganancia en la formación del precio de costo,
lo hace basándose simplemente en la ley de igualación de las ganancias en la
circulación, con lo cual, por un lado, reconoce que el valor proviene del trabajo, pero
por el otro queda borrada la determinación de la ganancia por el trabajo. En resumen:
(1) no logra explicar en base a su ley el intercambio del capital por el trabajo y, por
tanto, la conexión entre la ganancia y el valor y (2) confunde o, más bien, “unifica” el
valor y el precio de costo.
El precio que pagará su sistema por estas omisiones no puede ser más alto. Por estas
fisuras disimuladas y mal tapadas penetrará el ácido que, desde adentro, terminará
fradando el sistema clásico.
A través de la lectura de Mill la teoría clásica del valor se convierte, en lo esencial, en
una teoría de los costos de producción: “toda mercancía cuya oferta puede aumentarse
indefinidamente mediante el trabajo y el capital, se cambia por otras cosas en
proporción al costo necesario para producir y llevar al mercado la parte más costosa de
la oferta precisada. Valor natural es sinónimo de valor de costo […]” (Mill [1848] 1985:
420).
La declinación de la escuela de Ricardo implica, en esencia, una regresión hacia las
teorías descartadas por Ricardo, lo peculiar es que se trata de un retroceso hecho en su
nombre. Y el problema es que, como se vio, la teoría de los costos de producción hace
depender a los precios de otros precios y así sucesivamente. Contra esta versión de la
teoría clásica, la más difundida en las décadas de 1850, 1860 y 1870, se alza la
revolución marginalista.
I.2. La revolución marginalista
El “primer triunvirato” marginalista
William Stanley Jevons
(1835-1882)
Nació en Liverpool, GB.
Hijo de un próspero industrial del acero.
La empresa familiar va a la quiebra en 1848.
Comenzó sus estudios de química, matemática y lógica en Londres, pero debió
abandonarlos por problemas financieros.
En 1854 se trasladó por trabajo a Sydney Australia.
Inició sus estudios de economía debido a su interés en los ferrocarriles.
Regresó a Londres cinco años después, concluye sus estudios y en 1862 escribió sus
primeros artículos sobre economía, con poco éxito, de modo que se vuelca a los
estudios de lógica.
Publica Pure Logic (1863) y Coal Question (1865), una obra en la que vaticinaba el
agotamiento del carbón y por la que obtuvo cierto renombre.
Se convirtió en Professor de Logic y Filosofía en Owens College, Manchester en 1866 y
hasta 1870 se dedicó a la lógica.
En 1871 publicó La teoría de la economía política
Fue elegido como miembro de la Royal Society en 1872.
Publicó Principles of Science en 1874,
En 1875 y 1878 comunicó su teoría de los ciclos basada en las manchas solares.
Obtuvo el cargo de Profesor de Economía Política en el University College London, en
1876.
Se retiró de la actividad docente en 1880.
Murió ahogado en el mar de Devon.
Carl Menger
(1840-1921)
Nació en Galizia, actualmente Polonia, hijo de una familia austriaca de profesionales.
Se crió en el campo.
Estudió abogacía en las universidades de Viena y Praga. Trabajó como periodista en
Lemberg y Viena.
Conformó el gabinete de Prensa del gabinete de Ministros austriaco.
En 1867 comenzó a estudiar temas económicos. Publi los Principios de economía
política en 1871, como parte introductoria de una obra futura, nunca terminada. No tuvo
gran acogida.
De 1876 a 1879 se convirtió en maestro del príncipe Rudolf, con quien recorrió Europa.
Fue nombrado profesor de economía política en la Universidad de Viena en 1879.
Publicó Estudios sobre el método de las ciencias sociales y de la economía política en
particular (1883), una polémica con la escuela histórica alemana que le proporciona
alguna notoriedad. Sobre estos temas polemizó pública y apasionadamente con
Schmoller, lider del historicismo.
Entre 1884 y 1889 sus discípulos entre ellos Wieser y Böhm-Bawerk- comenzaron a
publicar sus obras, que obtienen mayor crédito que los Principios, cuya primera edición
se había agotado y Menger se negó a reimprimir.
Participó de una Comisión gubernamental de la Corona sobre problemas monetarios,
publicando una serie de trabajos sobre la cuestión.
En 1903 renunció a la docencia para dedicarse a la elaboración de dos ambiciosas obras
sobre economía y metodología que no alcanzó a concluir.
Marie Espirit Léon Walras
(1834-1910)
Nació en Evreux, Francia, en el seno de una familia culta y acomodada. Su padre era el
economista Antonie Auguste Walras.
Ingresó a la École des Mines in 1854, luego de haber fracasado dos veces en el examen
para la Escuela Politécnica de Paris.
Abandonó sus estudios de ingeniería a un año de haberlos iniciados, para dedicarse a la
literatura, la filosofía y las ciencias sociales. Escribió una breve novela Francis Sauveur
(1858),
En 1858, comienza a dedicarse a la economía, a instancias de su padre.
Su falta de formación le impidió inicialmente obtener cargos universitarios. Probó
suerte en el periodismo y en distintas negocios, atravesando una época de penuria
económica.
En 1865, junto con Léon Say, fundó un banco para cooperativas y se convirtió en su
director. También comienzan a publicar un periódico sobre cooperativas, Le travail. El
banco y el periódico quiebran en 1868.
Obtuvo una cátedra de economía política en la Academia of Lausanne, Suiza en 1871.
Publicó sus Elementos de economía política pura (1874-77), apurado por la noticia de la
publicación del libro de Jevons sobre los mismos temas. Luego publicó los Études
d’économie social (1896b) y Études d’économie politique appliquée (1898).
Desde 1900 no realizó más contribuciones teóricas, escribiendo sólo algunos artículos y
realizando ciertos cambios a los Elementos que fueron incorporados a la cuarta edición
(definitiva) de 1926.
Solventó él mismo los gastos de publicación y difusión de sus obras, pero no logró
formarse un círculo de discípulos. No tenía fama de ser buen profesor.
Se retiró de su cargo docente, debido a problemas de salud en 1892.
una cualidad del marginalismo es que en lugar de emerger de una secuencia de
contribuciones que dialogan entre sí, germina de forma simultánea en distintos países y
a través de libros de distintos autores, lo cual dificulta la reconstrucción de su original
punto de partida y sus primeros desarrollos. En este sentido, realizar una selección y un
recorte del material se convierte en una tarea previa e ineludible. Se presentan entonces
dos aspectos salientes de la naturaleza y el desarrollo de la llamada revolución
marginalista” que deben ser considerados antes de comenzar. El primero de ellos es que
la revolución marginalista atravesó, en realidad, por dos etapas bien diferenciadas entre
sí. La primera de ellas se inicia con la publicación de los libros fundacionales de Jevons,
Menger y Walras. En los primeros cuatro años de la década de 1870, los tres primeros
marginalistas dan a luz sus obras de manera mutuamente independiente y casi
simultánea; pero cabe recordar que estos libros no tienen entonces una acogida
demasiado entusiasta por parte de los economistas. Al contrario, la tarea de difusión de
las nuevas ideas demandó un gran esfuerzo por parte de los tres autores empresa que
muchas veces debieron solventar ellos mismos-. No poco les costó, además, conseguir
puestos de enseñanza de relativa importancia en el sistema educativo y universitario,
formarse un grupo de seguidores cercanos y, por último, tejer una red de contactos, de
intercambios y de relaciones que le diera una proyección y escala internacional al
movimiento. Los años que siguen a la publicación de estos libros fueron una etapa, por
así decir, prácticamente clandestina de la revolución marginalista, si se la mide por sus
resultados; pero, a la vez, cuando se la juzga por los esfuerzos y actitudes de los
fundadores, fue también su “etapa heroica”. El marginalismo se encontraba lejos de
logar la general aceptación de la que gozaría más adelante y sus partidarios
conformaban, en cambio, pequeños grupos de disidentes dispersos por los distintos
países de Europa y América.
Este carácter épico se refleja en el tono de las contribuciones. La etapa inicial fue, por
tanto, una etapa genuinamente revolucionaria pues, como corresponde a la figura, los
impulsores del marginalismo se proponían deponer a la ortodoxia en la época, es decir,
a la “escuela Ricardo-Mill”. Surgen así, por doquier, con firmeza y claridad sustantiva
los aspectos más polémicos y críticos del marginalismo, aspectos que el lector
contemporáneo puede echar de menos en la versión actual del mainstream, pues la
escuela los irá perdiendo paulatinamente, a medida que, con el correr del tiempo, vaya
avanzando en la conquista de la posición dominante dentro de la economía.
Podríamos denominar, en cambio, “etapa victoriosa” a la segunda etapa de la
revolución. El éxito, no obstante, llegó de la mano no de los tres autores originales que
incluso pasan a conformar corrientes internas y, valga la redundancia, relativamente
marginales dentro de la escuela- sino de un economista situado en el corazón de la
enseñanza oficial de la economía, en Cambridge, Inglaterra: Alfred Marshall. En 1890,
Marshall da publicidad a sus Principios de economía (economía a secas, se ha mochado
ya el adjetivo habitual). Marshall será por tanto el encargado de darle una expresión más
madura y acabada a los aportes del marginalismo; pero esta madurez se alcanza al costo
de limar las asperezas y de atenuar hasta hacerlo desaparecer, muchas veces- el estilo
polémico de sus antecesores .
Marshall (1842-1924) formó parte de la llamada “segunda generación” de marginalistas,
una legión mucho más numerosa y pertrechada que estuvo conformada también por
Francis Isidro Edgeworth, Philip Henry Wicksteed y Arthur Cecil Pigou en Inglaterra;
Eugen von Böhm-Bawerk (1852-1914) y Friedrich von Wieser en Austria; Maffeo
Pantaleoni, Enrico Barone y Vilfredo Pareto en Italia; Knut Wicksell y Gustav Cassel
en Suecia; y, por último, Irvin Fisher y John Bates Clark en Estados Unidos.
Además del destacado lugar que ocupó Marshall en su tiempo, cuando se convirtió en la
figura de mayor autoridad entre los economistas, interesa destacar su aporte por encima
de los restantes marginalistas de la segunda etapa, por dos motivos. En primer lugar,
porque Marshall se propuso establecer una línea directa de continuidad con las ideas de
Ricardo o, mejor dicho, con las ideas de Ricardo tamizadas por la interpretación de John
Stuart Mill; en cualquier caso, ensayó una suerte de “síntesis” entre los marginalistas y
los clásicos. Si en la primera etapa de la revolución los marginalistas rompen
estrepitosamente con los clásicos, pero sólo consiguen imponerse a través de una
versión, la versión de Marshall, que enfatiza la posibilidad de integrar ambos sistemas.
El segundo punto de interés que tiene para nosotros la versión marshalliana del
marginalismo es que contra este sistema y no contra el de los primeros marginalistas-
va dirigida la crítica con la que, en plena Gran Depresión, otro economista de
Cambridge, Inglaterra, discípulo directo de Marshall, además, John Maynard Keynes,
iba a comenzar la denominada “revolución keynesiana”. También esta otra “revolución
teórica” deberá sufrir algunas modificaciones para conquistar el predominio.
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