marginalistas dan a luz sus obras de manera mutuamente independiente y casi
simultánea; pero cabe recordar que estos libros no tienen entonces una acogida
demasiado entusiasta por parte de los economistas. Al contrario, la tarea de difusión de
las nuevas ideas demandó un gran esfuerzo por parte de los tres autores –empresa que
muchas veces debieron solventar ellos mismos-. No poco les costó, además, conseguir
puestos de enseñanza de relativa importancia en el sistema educativo y universitario,
formarse un grupo de seguidores cercanos y, por último, tejer una red de contactos, de
intercambios y de relaciones que le diera una proyección y escala internacional al
movimiento. Los años que siguen a la publicación de estos libros fueron una etapa, por
así decir, prácticamente clandestina de la revolución marginalista, si se la mide por sus
resultados; pero, a la vez, cuando se la juzga por los esfuerzos y actitudes de los
fundadores, fue también su “etapa heroica”. El marginalismo se encontraba lejos de
logar la general aceptación de la que gozaría más adelante y sus partidarios
conformaban, en cambio, pequeños grupos de disidentes dispersos por los distintos
países de Europa y América.
Este carácter épico se refleja en el tono de las contribuciones. La etapa inicial fue, por
tanto, una etapa genuinamente revolucionaria pues, como corresponde a la figura, los
impulsores del marginalismo se proponían deponer a la ortodoxia en la época, es decir,
a la “escuela Ricardo-Mill”. Surgen así, por doquier, con firmeza y claridad sustantiva
los aspectos más polémicos y críticos del marginalismo, aspectos que el lector
contemporáneo puede echar de menos en la versión actual del mainstream, pues la
escuela los irá perdiendo paulatinamente, a medida que, con el correr del tiempo, vaya
avanzando en la conquista de la posición dominante dentro de la economía.
Podríamos denominar, en cambio, “etapa victoriosa” a la segunda etapa de la
revolución. El éxito, no obstante, llegó de la mano no de los tres autores originales –que
incluso pasan a conformar corrientes internas y, valga la redundancia, relativamente
marginales dentro de la escuela- sino de un economista situado en el corazón de la
enseñanza oficial de la economía, en Cambridge, Inglaterra: Alfred Marshall. En 1890,
Marshall da publicidad a sus Principios de economía (economía a secas, se ha mochado
ya el adjetivo habitual). Marshall será por tanto el encargado de darle una expresión más
madura y acabada a los aportes del marginalismo; pero esta madurez se alcanza al costo
de limar las asperezas y de atenuar –hasta hacerlo desaparecer, muchas veces- el estilo
polémico de sus antecesores .
Marshall (1842-1924) formó parte de la llamada “segunda generación” de marginalistas,
una legión mucho más numerosa y pertrechada que estuvo conformada también por
Francis Isidro Edgeworth, Philip Henry Wicksteed y Arthur Cecil Pigou en Inglaterra;
Eugen von Böhm-Bawerk (1852-1914) y Friedrich von Wieser en Austria; Maffeo
Pantaleoni, Enrico Barone y Vilfredo Pareto en Italia; Knut Wicksell y Gustav Cassel
en Suecia; y, por último, Irvin Fisher y John Bates Clark en Estados Unidos.
Además del destacado lugar que ocupó Marshall en su tiempo, cuando se convirtió en la
figura de mayor autoridad entre los economistas, interesa destacar su aporte por encima
de los restantes marginalistas de la segunda etapa, por dos motivos. En primer lugar,
porque Marshall se propuso establecer una línea directa de continuidad con las ideas de
Ricardo o, mejor dicho, con las ideas de Ricardo tamizadas por la interpretación de John
Stuart Mill; en cualquier caso, ensayó una suerte de “síntesis” entre los marginalistas y
los clásicos. Si en la primera etapa de la revolución los marginalistas rompen
estrepitosamente con los clásicos, pero sólo consiguen imponerse a través de una
versión, la versión de Marshall, que enfatiza la posibilidad de integrar ambos sistemas.
El segundo punto de interés que tiene para nosotros la versión marshalliana del