civiles y políticos arrasados por el gobierno anterior. La Corte Suprema de esos
años acompañó estas iniciativas y tendió a refrendar o ampliar ese círculo de
derechos, que llegaron a abarcar derechos tales como los de debido proceso;
no-censura; divorcio; consumo personal de estupefacientes; objeción de
conciencia; etcétera. En los años ‘90, y al calor de políticas públicas que
priorizaban el crecimiento y la salud fiscal, se aceptó restringir y sacrificar
derechos constitucionales, hasta ajustarlos a las duras exigencias del equilibrio
presupuestario. Otra vez, la Corte Suprema (aquí también renovada por el
propio poder político que se beneficiaría de esta modificación) apareció al
servicio de este nuevo cambio de rumbo (así, por caso, a través de fallos que
limitaron los derechos laborales, los derechos de las minorías homosexuales, el
derecho de la privacidad, etcétera). Luego de la crisis política y social de 2001,
y con el respaldo de un boom económico notable (el llamado “boom de las
commodities”), el círculo de los derechos volvió a expandirse y llegó a abarcar,
más que en tiempos previos, derechos de tipo social. De modo acorde, la Corte
mostró en esta última época un perfil más “social” que en años anteriores,
pronunciándose en temas que abarcaron desde los derechos sindicales a los
derechos indígenas y ambientales. En todos los casos, sin embargo —y, de
modo pronunciado, desde la década del 90 hasta la actualidad—, resultó claro
que las decisiones de la política no iban a orientarse o reorientarse conforme al
imperativo de los derechos, sino a la inversa: la amplitud, profundidad y
vitalidad de los derechos iba a depender de las necesidades de la política.
En los años ’80, el gobierno de Alfonsín impulsó una recuperación completa de
los primeros, de la mano de una expansión muy significativa de los derechos
civiles y políticos, y una modesta ampliación de los derechos sociales. En los
años ‘90, pudo reconocerse una marcada retracción en toda la esfera de los
derechos humanos, en general. En cambio, el círculo de los derechos se
amplió y volvió a expandirse, aunque un ostentoso énfasis en los derechos
humanos en sentido limitado pareció servir de excusa, en muchos casos, para
postergar la realización del amplio espectro de los derechos básicos restantes,
que siguieron en líneas generales postergados, a pesar de los buenos vientos
que acompañaron el crecimiento económico. La vida de los derechos
constitucionales, en este momento, sigue mostrándose demasiado pendiente
de las urgencias de la política. No ha llegado a nuestra historia, todavía, el
momento inverso, en que la política reconozca su límite en la prioridad de
asegurar los derechos humanos más básicos.
En materia de Archivos de la Memoria, desde 2011 funciona una mesa
permanente de trabajo con organismos de derechos humanos y otras agencias
del Estado, que tiene como objeto de identificar documentos que se
encontraban en el Archivo de la Cancillería y de las distintas representaciones
argentinas en el exterior, que pudieran dar cuenta de graves violaciones a los
derechos humanos durante el terrorismo de Estado. Se trabaja conjuntamente
con otros países para intercambiar documentos y desclasificarlos, con el fin
de aportar a conocer la verdad de lo ocurrido y al proceso de erradicación de
la impunidad en marcha en nuestro país.
En lo que respecta el sistema universal, la Argentina es miembro del Consejo
de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas y trabaja a