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La impresión que me causo su primera visita fue que su comportamiento era muy diferente
del que observamos en niños neuróticos. Dejo que su niñera se retirara sin manifestar
ninguna emoción, y me siguió al consultorio con absoluta indiferencia.
Recuerdo niños que, sin tener verdaderos ataques de angustia, durante su primera visita
se recluían tímida y obstinadamente en un rincón, o se sentaban sin moverse ante la mesa
de los juguetes. En todas estas formas de conductas es inequívoca la gran conducta latente.
Pero el comportamiento de Dick carecía de sentido y propósito, y no tenía relación con
ningún afecto o angustia. Su lactancia había sido excepcionalmente insatisfactoria y
perturbada porque durante varias semanas la madre había insistido en una infructuosa
tentativa de amamantarlo, y el niño había estado a punto de morir por inanición. Se había
recurrido entonces a la alimentación artificial. Padeció de trastornos digestivos, prolapso
anal y más tarde, de hemorroides.
Su desarrollo quedo afectado por el hecho de que, aunque recibió toda clase de cuidados,
nunca se le prodigo verdadero amor; la actitud de la madre hacia él había sido, desde el
principio, de excesiva angustia. Dick creció en un ambiente sumamente pobre de amor.
Cuando tenía dos años de edad, tuvo una nueva niñera, hábil y afectuosa, y, paso una larga
temporada con su abuela, que era muy cariñosa con él. La influencia de estos cambios
pudo notarse en su desarrollo. Había aprendido a caminar a edad normal, pero hubo
dificultades para enseñarle el control esfinteriano. Bajo la influencia de la nueva niñera,
adquirió hábitos de limpieza mucho más rápidamente. Su niñera había descubierto que
practicaba la masturbación y le había dicho que eso era malvado y que no debía hacerlo.
Esta prohibición dio origen indudablemente, a temores y sentimientos de culpa.
Otro efecto favorable de la influencia de la nueva niñera fue un interés un poco mayor por
la comida, pero, con todo, las dificultades principales subsistieron. Si bien la niñera
afectuosa había alterado ciertos aspectos de su desarrollo, los defectos fundamentales no
se habían modificado. Tampoco con ella había logrado establecer un contacto emocional.
Así ni su ternura ni la de la abuela habían conseguido poner en marcha la ausente relación
objetal.
En el análisis de Dick, había en el yo una incapacidad completa, aparentemente
constitucional, para tolerar la angustia. Lo genital había intervenido muy precozmente; esto
produjo una prematura y exagerada identificación con el objeto atacado y contribuyo a la
formación de una defensa igualmente prematura contra el sadismo. El yo había cesado el