
Con anterioridad a la Edad Media y luego del período romano, el cristianismo primitivo al
absorber sobre el sacrificio de la cruz, parte de la proyección hostil que previamente estaba
dirigida hacia los desposeídos, las mujeres y los niños, había introducido en la historia de la
humanidad (y de la infancia) una corriente de aire refrescante.
La palabra evangélica propiciadora de la igualdad entre las personas incluía también a los
niños (“Dejad que los niños vengan a mi”) (3). Sin embargo, el alivio duró poco, ya que los
padres y teólogos de la Iglesia, a partir del siglo III, abandonan esta filosofía y enfatizan, en
cambio, la idea de pecado, culpa y necesidad de expiación como instrumento privilegiado de
dominación de los pueblos.
Específicamente en relación a la infancia, el pecado original, la culpa primigenia o, al
decir de San Agustín “el pecado de la infancia”, (4) ocupó un lugar fundamental en la pueri-
cultura y pedagogía de varios siglos.
La idea de “culpabilidad moral” del niño generó la necesidad de educarlo (palabra que eti-
mológicamente significa “enderezar lo que está torcido” (5) y fundamentó, además, ideológi-
camente, la justificación y permisividad del castigo (“la expiación”) como sistema correctivo
(“para su salvación”).
La siguiente práctica que reemplazó al infanticidio directo o disimulado como forma privile-
giada de crianza fue el abandono del niño.
Bajo las opciones de abandono real o de abandono “moral” signó la vida y frecuente-
mente la muerte de muchas generaciones de infantes. Si bien, desde el punto de vista psicoló-
gico, implicó cierto “adelanto” en relación a las prácticas del infanticidio directo y los significati-
vos descuidos y accidentes, el abandono concluía también, con mucha frecuencia, con la
muerte del pequeño.
Por un lado, el abandono concreto del niño, y en particular del bebé de pocos días, se
volvió un hecho tan cotidiano que, a partir del siglo XVII y como un intento de paliarlo, se hizo
necesaria la fundación de asilos para huérfanos. Como dato histórico: San Vicente de Paul,
funda en París, en 1638, la primera Casa de Niños Expósitos.
El abandono real fue característico de las familias de las clases más paupérrimas y era
realizado por mujeres en situaciones de riesgo (pobreza, exceso de hijos, enfermedad) o, en
las otras clases sociales, por presiones sociales (soltería, “deshonra”).
El abandono moral, resultó, por otra parte, un fenómeno sumamente extendido en el
tiempo y en los diversos estratos sociales. Según las diferentes fuentes históricas se infiere
que comenzó en el siglo XIII y, a diferencia del abandono real, alcanzó (con excepción de a
los hijos de obreras) a todas las clases sociales.
Este abandono moral estuvo asentado en una situación que, con el transcurso del tiempo,
se constituyó en una práctica de crianza habitual de la sociedad medieval, deslizándose luego
hacia la modernidad. Esta práctica consistía en la delegación del cuidado del hijo en otra
mujer: la nodriza.
Como dato interesante se registra la primera “agencia de nodrizas” en París, en el siglo
XIII. Las primeras nodrizas fueron contratadas sólo por familias ricas. La mujer elegida se
mudaba a la casa del niño para darle su leche (abandonando, en la mayoría de los casos, a su
propio hijo aún lactante).
Con el correr del tiempo, la institución de la nodriza se extendió, primero, a las clases me-
dias (la burguesía) y luego, al resto de la sociedad, pero adquiriendo además, una caracterís-
tica que terminó siendo paradigmática del abandono moral al que sucumbió la crianza de los
niños durante este período de la historia. Esta característica consistió en que a partir de la
costumbre de delegar la lactancia y el cuidado del niño en un ama de leche, se invierte el
desplazamiento geográfico: ahora son los propios niños los que resultan desplazados,
lejos de sus padres a la casa de nodriza, la que frecuentemente vive en comarcas alejadas y
en condiciones socioeconómicas inferiores.
(4) (Cfr. San Agustín. Confesiones. Buenos Aires, Austral, 1958)
.
(5) (Cfr. Badinter, E., Existe el amor maternal? Barcelona, Paidós-Pomaire, 1
ed.castellana, 1981, pág. 41).