Modos y tiempos de la constitución subjetiva: la preponderancia de la imagen, la
preexistencia del lenguaje, el ser sexuado. El mito de Edipo y el lugar central del deseo en la
subjetividad. Este nudo conceptual corresponde a la segunda unidad del Programa 2020; el artículo
que sigue contiene un desarrollo específico en él incluido.
La sexualidad infantil, sus condiciones y consecuencias
Prof. Rodrigo Di Cosco
“Los Tres ensayos de teoría sexual no pueden
contener más que lo que el psicoanálisis
necesita suponer o permite comprobar.”
S. Freud
Recordemos algunas notas de lo que Sigmund Freud, en el capitulo Psicología de los
procesos oníricos, de La Interpretación de los Sueños (1900), llamó el “aparato psíquico”. Vimos
como se desplegaba una tópica organizada en sistemas/instancias psíquicas dotadas de una
espacialidad y una temporalidad, a las cuales Freud rehúsa sin embargo dar una ubicación
anatómica. No se trata entonces de ubicar los procesos psíquicos en tal hemisferio cerebral o en tal
otro, sino de aprehender las leyes de funcionamiento de cada una de las tres instancias. Consciente,
Pre-conciente e Inconsciente, son sistemas diferentes y que no armonizan en su funcionamiento; de
los tres, el Inconsciente es el más importante, dice Freud “es lo psíquico verdaderamente real”
(Freud, S., 1900, p. 600). El Inconsciente freudiano es la instancia que no puede hacer otra cosa que
desear y el deseo, es definido como moción psíquica que busca investir las huellas mnémicas
dejadas por la primera vivencia de satisfacción a los fines de volver a producir, de manera
alucinatoria, una identidad perceptiva con ella. Es así como el deseo inconsciente se erigirá en la
piedra angular para comprender los procesos de funcionamiento del aparato psíquico (tanto el
proceso primario como el secundario, las dos vías divergentes que existen para su realización). Este
movimiento de separación respecto de la anatomía, da al Psicoanálisis su independencia teórica
respecto de la investigación biológica, constituyendo por lo mismo un paso fundamental en la
argumentación freudiana.
Sólo cinco años después de “La Interpretación de los Sueños”, Freud da a conocer sus Tres
ensayos de teoría sexual (1905). Esta obra conforma un segundo paso fundamental del aún joven
discurso psicoanalítico. Aquí el interés freudiano se concentrará en la fundamentación de sus
concepciones sobre la sexualidad humana, la cual desde la década anterior Freud liga a la causación
misma de los trastornos psiconeuróticos. Necesariamente, este abordaje de la sexualidad, implicará
para Freud la obligación teórica de dar cuenta de la dimensión de lo corporal, dimensión que había
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apartado en su obra anterior. Sin embargo, el cuerpo del que se ocupará Freud habrá de
diferenciarse radicalmente del que atañe a campos de investigación como la fisiología, la anatomía
y las distintas ramas del discurso médico, entre otros. Freud toma en cuenta la incidencia en la vida
psíquica de un cuerpo marcado por la sexualidad que poco tiene que ver con las grandes funciones
orgánicas, más bien, veremos, se apuntala en ellas para desplegar luego sus propias condiciones.
Para dar cuenta de estas condiciones que imprime un cuerpo sexuado, Freud forja el concepto de
pulsión {trieb}. La diferenciación entre este concepto y el de deseo resulta en muchos pasajes
problemática, sin embargo no nos apresuraremos a develar sus misterios. Baste por el momento la
referencia de la pulsión al cuerpo, y del deseo a las huellas mnémicas que remiten a la reproducción
de la experiencia de satisfacción. Un esbozo de la diferencia entre pulsión y deseo lo encontramos
en la respectiva clase teórica del profesor Antonio Gentile: el deseo, en tanto que inconsciente,
refiere a la cuestión central, para nosotros, del sujeto: las trazas del inconsciente soportan la función
de sujeto deseante que articula su enunciación a través de las huellas mnémicas y las fantasías; en
cambio, el campo de la pulsión torna imposible la función sujeto, o, como lo señala Jacques Lacan
con una figura muy elocuente, en relación a la pulsión podríamos suponer un “sujeto acéfalo” (sin
cabeza); el campo pulsional es un circuito que involucra lo corporal y sus satisfacciones a partir de
un empuje y perentoriedad repetitivos que hacen inubicable al sujeto.
La provocación freudiana: un rodeo por las aberraciones sexuales
Si ahora nos introducimos en la estructura de los “Tres Ensayos...”, podemos empezar
preguntándonos por qué un texto que versa sobre las características de la sexualidad infantil y las
transformaciones que implica el paso hacia la pubertad, comienza ocupándose de un tema como el
de las aberraciones sexuales. Pregunta que nos introducirá en el profundo gesto subversivo de esta
obra, en la que Freud desafía un principio común que aúna discursos heterogéneos como la
medicina, la religión y la moral: el ideal de una sexualidad centrada en la heteronorma del acto
sexual genital y la meta de la reproducción. Tanto en los “Tres ensayos...”, como en las
Conferencias de Introducción al psicoanálisis (1916-1917)
1
, pronunciadas una década después,
Freud elige para introducir el tema de la sexualidad humana, la vía escandalosa de sus
desviaciones, es decir, las aberraciones sexuales y las perversiones. Parte entonces de aquellos
“individuos cuya <<vida sexual>> se aparta, de la manera más llamativa, de la que es habitual en el
promedio” (Freud, 1916-1917, p. 278). Este grupo, minuciosamente catalogado en sus variaciones
patológicas por la psiquiatría de la época, cobrará, a partir de Freud, una nueva luz. Freud menciona
dos grandes grupos de perversos: aquellos cuyas satisfacciones sexuales comprenden una mudanza
1 Especificamente en la Conferencia N° 20: “La vida sexual de los seres humanos”
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del objeto sexual, es decir, los que renuncian a la unión de los dos genitales, masculino y femenino.
Entre ellos se encontrarían los homosexuales, e incluso los fetichistas que reemplazan el genital del
partenaire por un objeto cualquiera. En el otro grupo, se hayan los perversos cuya satisfacción esta
sometida a una alteración de la meta sexual. Es decir, no es el coito propiamente dicho el fin
buscado, sino una de las actividades que usualmente podríamos llamar “preliminares o
preparatorias”. Se trata por ejemplo, de quienes se detienen y gozan exclusivamente del mirar
{voyeurs} o del ser mirados {exhibicionistas}. Un lugar particular dentro de este grupo ocupan los
sádicos “cuya aspiración tierna no conoce otra meta que infligir dolores y martirizar a su objeto”
(Freud, 1916-1917, p. 279), y su contraparte, los masoquistas, que encuentran placer en la
humillación y el martirio de su persona.
Tanto los perversos que renunciaron al encuentro con el otro sexo {aflojamiento con el
objeto}, como los que toman lo preliminar como fin {aberración de la meta} constituyen un
verdadero desafío a los ideales de la moral. ¿Cómo explicar este capitulo de la vida sexual que
todos los discursos preferirían borrar o relegar a meras e insustanciales desviaciones respecto de la
norma? Para Freud no podría entenderse en su plenitud la sexualidad llamada normal, sin echar luz
sobre el mecanismo de estas desviaciones. Responderá entonces a este problema de una manera
inédita, para mostrar que esos actos cuya satisfacción exigen los perversos, se encuentran presentes
universalmente como fantasías en la totalidad de los llamados neuróticos, y que incluso, los
síntomas de estos últimos no son en verdad sino satisfacciones sustitutivas de dichas fantasías y
mociones sexuales perversas reprimidas. Esto último constituye para Freud una de las grandes
novedades que deben atribuirse al saber analítico. La neurosis sería entonces el negativo de la
perversión, debido a la acción de la represión. Estas fantasías de los neuróticos corresponden al
campo de lo inconsciente que sólo puede ser colegido en sus manifestaciones a través de la
interpretación, como ya aprendimos a razón de los sueños y los olvidos con recordar sustitutivo.
La perversión obliga a pensar un cuerpo sexuado más allá de los genitales y la relación a un
objeto predeterminado o natural, en tanto diversas partes del cuerpo puede ser revestida de un valor
erógeno. Sin ir más lejos, piensese en la importancia del valor erótico que revisten los labios, la
mirada, el tacto, etc. Un cuerpo atravesado y cartografiado por la sexualidad que la labor clínica de
Freud reconstruye piedra por piedra a partir de la interpretación de las fantasías, sueños, lapsus y
síntomas de sus pacientes neuróticos. Trazos que muestran la multiplicidad de los goces posibles en
la vida sexual del ser humano. Recordemos en este punto la cita que utilizamos de epígrafe,
perteneciente al prólogo a la tercera edición: “Los Tres ensayos de teoría sexual no pueden contener
más que lo que el psicoanálisis necesita suponer o permite comprobar”. La referencia a lo que
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permite comprobar”, no es sino un recordatorio de que el psicoanálisis debe responder a la clínica,
práctica en relación a la cual todo saber debe contrastarse. Ahora bien, esto no hace del psicoanálisis
un mero empirismo, la teoría tiene un valor fundamental en la construcción de los problemas que
orientan a través de las oscuridades y obstáculos de la práctica. Lo que el psicoanálisis “necesita
suponer”, indica el campo de las ficciones teóricas que su discurso construye para dar cuenta de
una experiencia que se escapa en que cada recodo.
La pulsión, mitología freudiana y concepto de su metapsicología
Entre esas suposiciones fundamentales se cuenta el concepto de Pulsión {triebe}, ficción
freudiana, que permite vislumbrar algo de lo que se encuentra en juego en ese estallido de la
sexualidad que el psicoanálisis nos propone. "La doctrina de las pulsiones es nuestra mitología, por
así decir. Las pulsiones son seres míticos, grandiosos en su indeterminación." (Freud, 1932-1936, p.
88). En el primero de los “Tres ensayos...”, Freud ensaya una definición, ubicando a la pulsión
como un “concepto del deslinde de lo anímico respecto de los corporal”, “la agencia representante
psíquica de una fuente de estímulos intrasomática en continuo fluir” en tanto constituye “una
medida de exigencia de trabajo para la vida anímica” (Freud, 1905, p. 153). La pulsión se diferencia
del estimulo, que se encuentra producido por excitaciones provenientes del mundo exterior,
mientras la pulsión constituye un empuje constante que proviene de lo endógeno, relacionado a una
fuente somática y una meta. En 1915 Freud abordará el tema de la pulsión en su escrito “Pulsiones
y destinos de pulsión”, situando sus cuatro componentes fundamentales: empuje, fuente, meta y
además, su relación particular con el objeto. Desde el principio Freud hará hincapié en la
diferenciación de la pulsión en tanto sexual respecto del instinto y las necesidades orgánicas que
endilga al campo de la autoconservación.
La pulsión se diferencia así del instinto, en tanto no se confunde con la tendencia
momentánea de la necesidad que apunta a un objeto programado biológicamente en busca de una
descarga. Las pulsiones son siempre parciales como las define Freud, parten desde una fuente
somática -que llamaremos luego zonas erógenas-, produciendo un empuje cuyo recorrido guarda
una relación compleja con sus objetos y la cuestión de su satisfacción. Freud nos dice que los
objetos en los que la pulsión puede satisfacerse resultan siempre lábiles, móviles, sustituibles. Esta
multiplicidad no hace más que señalar el orden de una insatisfacción que se mantiene más allá de
cada breve goce de los objetos. Si hay objetos, en plural, será porque no hay “Él” objeto de la
pulsión, lo que la convierte en una tensión constante, que trabaja día y noche movilizando a lo
psíquico en la búsqueda incansable de una satisfacción que en definitiva resulta siempre parcial.
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Aquí la cuestión empalma con lo que habíamos aprendido del trabajo psíquico a partir de la primera
vivencia de satisfacción y concuerda a su vez con la multiplicidad de las aberraciones sexuales,
presentes asimismo en las fantasmagorías neuróticas. La pulsión constituye la ficción teórica
fundamental que Freud debe suponer para volver pensable el complejo artificio que sostiene al ser
humano en su relación con el goce y la satisfacción sexual, por la trascendencia de estas cuestiones
es que pulsión es también uno de los conceptos de la metapsicología freudiana. La pulsión recorre
el cuerpo, exige día y noche, sin sujeto que la piense o la dirija, y donde cada objeto, marcado por la
indeterminación o la indiferencia, devuelve solamente la sombra de una satisfacción imposible.
La conquista de la prehistoria: el descubrimiento de la sexualidad infantil
Ese primer gesto, provocativo y polémico, que situamos en el rodeo freudiano por las
aberraciones sexuales y que nos llevó a la suposición del concepto de pulsión, será profundizado en
un segundo movimiento, de consecuencias aún más escandalosas. Freud sostendrá que “todas las
inclinaciones perversas arraigan en la infancia”, ello se deriva del análisis de los síntomas de los
neuróticos, cuyas ocurrencias y asociaciones confluyen en dicho tiempo de la vida. Forja de este
modo la idea de que “la sexualidad perversa no es otra cosa que la sexualidad infantil aumentada y
descompuesta en sus partes singulares” (Freud, 1916-1917, p. 283). De la clínica Freud deduce la
existencia de una sexualidad infantil, que no es accidental sino constituyente y estructural en la vida
psíquica de los humanos. El niño aparece entonces como una suerte de “perverso polimorfo”, en
cuya constitución “normal” toman lugar satisfacciones de tipo perverso que adquieren múltiples
formas {poli/morfo}. La concepción médica se convierte para Freud en el agente de un descuido y
un desconocimiento tendencioso de lo infantil.
Forma parte de la opinión popular acerca de la pulsión sexual, la afirmación de que ella
falta en la infancia y sólo despierta en el período de la vida llamado pubertad. No es este un
error cualquiera: tiene graves consecuencias, pues es el principal culpable de nuestra
presente ignorancia acerca de las bases de la vida sexual ” (Freud, 1905, p. 157)
La consecuencia mas tangible de confundir sexualidad, genitalidad y reproducción será la de
excluir de este campo a la infancia, bajo la excusa de su pretendida pureza e inocencia. Sin embargo
el modo en que Freud piensa la sexualidad como necesidad de repetir una satisfacción vivenciada
abre un panorama diverso. Por otra parte Freud no deja de advertir que aquello que la moral y la
medicina desconocen, es sin embargo algo que controlan exhaustivamente (las malas costumbres
del niño). Podríamos junto con Freud redirigir este descuido de la medicina con lo que hemos
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trabajado respecto de la universalidad de la amnesia infantil y el surgimiento de los recuerdos
encubridores, que desplazan y velan la verdad sexual de lo infantil.
En mi opinión, pues, la amnesia infantil, que convierte la infancia de cada individuo en un
tiempo anterior, por así decir prehistórico, y le oculta los comienzos de su propia vida
sexual, es la culpable de que no se haya otorgado valor al periodo infantil en el desarrollo de
la vida sexual. (Freud, 1905, p. 159)
Ese periodo infantil reviste para la experiencia freudiana un tiempo fundamental en el que el
niño llegado al mundo es recibido por sujetos que transmiten las leyes de la cultura, sus ritmos,
contraseñas, pedidos, prohibiciones, y por ello anhelos y deseos. Universo discursivo y cultural que,
en “El horizonte semántico de la psicología: sujeto y alteridad” (Gentile, 2019), definimos como
Otro con mayúscula, mediatizado y transmitido a su vez por pequeños otros que se encargan de las
funciones del cuidado y la educación. Recordemos entonces el hecho de que “en la vida anímica del
individuo, el otro cuenta, con total regularidad, como modelo, como objeto, como auxiliar y como
enemigo” (Freud, 1921, p.67).
Si bien es cierto que el material que conforma a “Tres ensayos...” se reúne mayoritariamente
de construcciones clínicas retrospectivas a partir del análisis de neuróticos adultos, no deja de ser
cierto que ya “La Interpretación de los Sueños” reunía alrededor de una docena de sueños
interpretados de niños, así como también consta el pasó de Freud desde el año 1896 por el Instituto
Público para Niños Enfermos de Viena a cargo del Prof. Kassowitz, del cual se conserva un
interesante articulo sobre la enuresis infantil.
Freud propondrá de aquí en más que el desarrollo de la sexualidad humana se produce en
dos etapas separadas por una interrupción a la que llama periodo de latencia. La primera de esas
etapas, la que nos convoca en este punto, es la sexualidad infantil, que habrá de sucumbir luego al
sepultamiento y la amnesia por causa de la represión, para resurgir luego, tras el periodo de latencia
y bajo nuevas condiciones, en las metamorfosis de la pubertad. Veremos que Freud ubica, como
modelo de la sexualidad infantil y de sus exteriorizaciones, al chupeteo o mamar con fruición, en
tanto “la acción del niño chupeteador se rige por la búsqueda de un placer -ya vivenciado, y ahora
recordado-” (Freud, 1905, p.164).
El chupeteo {Ludeln o Lustchen}, que aparece ya en el lactante y puede conservarse hasta
la madurez o persistir toda la vida, consiste en un contacto de succión con la boca (los
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labios), repetido ritmicamente, que no tiene por fin la nutrición. Una parte de los propios
labios, la lengua, un lugar de la piel que esté al alcance -aun el dedo gordo del pie-, son
tomados como objeto sobre el cual se ejecuta la acción de mamar”. (Freud, 1905, p.163)
Retengamos esta idea de una repetición rítmica ligada a la producción de un placer -esto es
justamente lo que significa fruición- que se diferencia del fin de la nutrición y del reflejo automático
de succión. ¿Por qué Freud sitúa a esta simpática, aunque en ocasiones inquietante, actividad del
niño como modelo de la sexualidad infantil?. Veremos que a partir de dicha actividad resultará
posible diferenciar de manera concisa tres características o rasgos con estatuto de esenciales para el
modelo freudiano de la sexualidad.
La actividad rítmica del chupeteo debe guardar por cierto alguna relación con la actividad de
la alimentación con la cual se confunde durante un tramo. A esta relación Freud la llama (1)
“apuntalamiento”, por cuanto la pulsión sexual nace apoyándose en alguna de las grandes
funciones que sirven a la conservación de la vida, para sólo luego independizarse de la misma.
Es fácil colegir también las ocasiones que brindaron al niño las primeras experiencias de ese
placer que ahora aspira a renovar. Su primera actividad, las más importante para su vida, el
mamar del pecho materno (o de sus subrogados) no pudo menos que familiarizarlo con ese
placer. (Freud, 1905, p. 164)
La necesidad de repetir la satisfacción sexual se divorcia entonces de la necesidad de
buscar alimento, un divorcio que se vuelve inevitable cuando aparecen los dientes y la
alimentación ya no se cumple más exclusivamente mamando, sino también masticando. El
niño no se sirve de un objeto ajeno para mamar; prefiere una parte de su propia piel porqué
le resulta más cómodo, porque así se independiza del mundo exterior al que no puede aún
dominar (…). (Freud, 1905, p.165)
Esta última oración señala el segundo componente esencial de la sexualidad humana en
tanto pulsional. Se trata de su (2) “carácter autoerótico”, pues esta “no esta dirigida a otra
persona; se satisface en el cuerpo propio” (Freud, 1905, p.164), en tanto “todavía no conoce un
objeto sexual” (Freud, 1905, p.166).
Como vimos, a partir de las cualidades particulares que propicia el encuentro con el pecho y
el cálido aflujo de leche, se creará una necesidad de repetir dicha satisfacción en la acción rítmica
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del chupeteo. ¿De dónde parte esta necesidad? Freud enseña que lo hace desde la misma zona de los
labios y la boca. Esta parte privilegiada del cuerpo toma entonces el estatuto de una verdadera (3)
“zona erógena”, tal como en la sexualidad adulta pueden serlo los genitales. Se origina de ese
modo una pulsión “parcial” cuya meta sexual (satisfacción) se encuentra bajo el imperio de las
condiciones que impone esta zona erógena. “Por eso la meta sexual puede formularse también así:
procuraría sustituir la sensación de estímulo proyectada sobre la zona erógena, por aquel estímulo
externo que la cancela al provocar la sensación de la satisfacción.” (Freud, 1905, p.167). Cualquier
parte del cuerpo sometida a un tipo cualitativamente definido de estimulación, puede en rigor
devenir una zona erógena de la que parte una pulsión parcial y una meta sexual determinada.
Veremos que hay zonas del cuerpo que se encuentran en cierto sentido predestinadas por sus propias
funciones biológicas (apuntalamiento) a convertirse en zonas erógenas.
Fases de desarrollo de la organización sexual infantil.
La vida sexual infantil, esencialmente autoerótica, se encuentra constituida por “pulsiones
parciales singulares [que] aspiran a conseguir placer cada una por su cuenta, enteramente
desconectadas entre si” (Freud, 1905, p. 179). El punto de llegada de este desarrollo en la llamada
sexualidad adulta normal implicará un esbozo de unificación -siempre precario e inacabado- de
dichas mociones parciales donde “la consecución de placer se ha puesto al servicio de la función de
reproducción, y las pulsiones parciales, bajo el primado de una única zona erógena” (Freud, 1905,
p.179). Pero antes de llegar a esta etapa de organización adulta, la sexualidad infantil tendrá sus
propias fases de organización a las que Freud llamará pregenitales. Se trata de fases del desarrollo
psicosexual dominadas por la prevalencia de las condiciones que imponen zonas erógenas
determinadas, y en las que las zonas genitales aún no han alcanzado su papel hegemónico. Freud
sitúa en principio dos fases de este desarrollo pregenital de la organización sexual infantil a las que
sumará luego una tercera fase, ya no pregenital, pero tampoco propiamente genital aún.
Fase oral o canibálica.
Es la primera fase de la organización sexual pregenital, ligada a lo que ya hemos visto en
torno a la actividad del chupeteo.
La actividad sexual no se ha separado todavía de la nutrición, ni se han diferenciado
opuestos dentro de ella. El objeto de una actividad es también el de la otra; la meta sexual
consiste en la incorporación del objeto, el paradigma de lo que más tarde, en calidad de
identificación, desempeñara un papel psíquico tan importante. El chupeteo puede verse
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como un resto de esta fase hipotética {fiktiv} que la patología nos forzó a suponer; en ella la
actividad sexual, desasida de la actividad de la alimentación, ha resignado el objeto ajeno a
cambio de uno situado en el cuerpo propio. (Freud, 1905, p.180)
Retengamos de esto algunas cuestiones. En primer lugar, la idea de que a la altura de esta
fase no hay aún diferenciación de opuestos sexuales, como en la sexualidad adulta puede ser la
oposición masculino-femenino, por ejemplo. De hecho, en este tiempo, ni siquiera se encuentra
establecida aún la polaridad sujeto-objeto. El niño incorpora, canibaliza fantasmáticamente todo lo
que pueda presentarse como objeto, para hacerlo formar parte de un todo sin limites. Esta
incorporación del objeto, que en cierto sentido implica su aniquilación, constituye la meta sexual
del recorrido de esta pulsión parcial oral. Fundamento de la identificación, conlleva una relación a
la alteridad basada en su aniquilación como cosa distinta.
Fase sádico-anal.
Aquí ya se ha desplegado la división en opuestos, que atraviesa la vida sexual; empero, no
se los puede llamar todavía masculino y femenino, sino que es preciso decir activo y
pasivo. La actividad es producida por la pulsión de apoderamiento a través de la musculatura
del cuerpo, y como órgano de meta sexual pasiva se constituye ante todo la mucosa erógena
del intestino; empero los objetos de estas dos aspiraciones no coinciden. Junto a ello, se
practican otras pulsiones parciales de manera autoerótica. En esta fase, por tanto, ya son
pesquisables la polaridad sexual y el objeto ajeno.” (Freud, 1905, p. 180)
Esta segunda fase de la organización sexual pregenital constituye como podemos observar
una fase compuesta. Tenemos por un lado el vector sádico, cuya zona erógena comprende la
musculatura del cuerpo ordenada en torno a la meta del apoderamiento. Por el otro lado tenemos el
componente anal ligado a la zona erógena de la mucosa intestinal apuntalada en la función de la
excreción. De esta composición surge una primera polaridad pulsional, activo-pasivo, ligada a la
emergencia de una primera dimensión objetal. Ya sean los objetos que manipula activamente el niño
en sus esfuerzos de apoderamiento, como el objeto fecal que se desprende en la actividad de la
excreción y aporta una satisfacción que Freud sitúa como pasiva. En relación a esta última, el niño
obtiene una ganancia de placer por dicha estimulación, reteniendo el momento de la excreción para
acumular una mayor ganancia de placer. Ahora bien, una serie de eventos culturales cobran su cabal
significación en esta etapa. Sabemos que culturalmente la función excretoria esta sometida a una
serie de regulaciones que en la infancia del sujeto son instrumentalizadas por sus cuidadores. Las
necesidades del aseo confrontan al niño con la obligación de sacrificar una parte de ese goce
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surgido de la acumulación. El niño se topa con la demanda parental de hacerlo según esos tiempos
del aseo y no en función de su propia ganancia de placer. Este sacrificio de goce ante la demanda
del otro es la base de cierto tipo de relación basada en el don, el dar. Es por ello que Freud
encuentra en la caca misma el modelo de innumerables objetos sometidos al intercambio: los
regalos y el dinero entre ellos. Algo que se puede querer retener, pero en parte se debe dar. Las
heces constituyen entonces en la elaboración del niño una suerte de prenda valiosa (una parte del
propio cuerpo que se separa) que puede obsequiar a sus seres amados. Esta conjunción entre metas
activas y pasivas que coexisten en un grado aproximadamente igual es el fundamento de la llamada
ambivalencia.
El pasaje de estas fases corresponde a procesos en los que se intercalan funciones de orden
madurativo y simbólico, es decir, hay procesos motrices que deben cumplirse, pero también
condiciones lógicas que deben instalarse para que se realice el pasaje a una fase subsiguiente. La
incorporación/eliminación del objeto en la fase oral dará paso, acompasado con el desarrollo
muscular, a la posibilidad de manipular y apoderarse de objetos. Si bien el sadismo implica a su vez
la posibilidad de la destrucción de los objetos, esta operativa estará al servicio de cierta tarea de
investigación infantil, no en vano Freud habrá de situar a la pulsión de saber como una suerte de
sublimación de las pulsiones sádicas de apoderamiento.
Fase fálica
La idea de estas fases infantiles mencionadas forma parte de un material intercalado en el
texto de los “Tres Ensayos...” en la re-edición realizada en 1915. Entre esos agregados aparecerá la
mención de cierto supuesto infantil relacionado a su actividad de investigación: “El supuesto de que
todos los seres humanos poseen idéntico genital (masculino) es la primera de las asombrosas teorías
sexuales infantiles, grávidas de consecuencias” (Freud, 1905, p. 178). Pieza que ya aparece
articulada al devenir del Complejo de Castración que pone fin al Complejo nuclear de Edipo. Con
posterioridad, hacia los años 20, Freud dará a esta suposición el estatuto de fase legitima en la
organización sexual infantil, la cual ya no tendrá motivos para considerarse pre-genital. Avancemos
momentáneamente hacia el año 1923 con la publicación del texto “La organización genital infantil
(una interpolación en la teoría de la sexualidad)”.
Hoy ya no me declararía satisfecho con la tesis de que el primado de los genitales no se
consuma en la primera infancia, o lo hace sólo de manera muy incompleta. La aproximación
de la vida sexual infantil a la del adulto llega mucho más allá, y no se circunscribe a la
emergencia de una elección de objeto. Si bien no se alcanza una verdadera unificación de las
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pulsiones parciales bajo el primado de los genitales, en el apogeo de desarrollo de la
sexualidad infantil el interés por lo genitales y el quehacer genital cobran una
significatividad dominante, que poco le va en zaga a la de la edad madura. El carácter
principal de esta <<organización genital infantil>> es, al mismo tiempo, su diferencia
respecto de la organización genital definitiva del adulto. Reside en que, para ambos sexos,
sólo desempeña un papel un genital, el masculino. Por tanto, no hay un primado genital, sino
un primado del falo.” (Freud, 1923, p. 146)
El falo no es el pene. El falo, en distintas culturas y a lo largo de la historia ha representado
bajo la forma de esculturas ornamentales e incluso monumentales un objeto al que se atribuyen
valores mágicos como la fertilidad, el poder y la defensa contra diversos tipos de males. El falo
cobra en esas culturas una significatividad simbólica que si bien evoca la forma del pene lo excede
en sus múltiples funciones. Si Freud recurre a esta noción milenaria es para acentuar procesos
particulares que se dan durante esta etapa que no se reducen a la mera estimulación autoerótica de
los genitales (masturbación/onanismo infantil). Su rasgo fundamental será dado por la instalación,
tanto en el niño como en la niña, de una teoría, una premisa tan absurda como llena de
consecuencias. Si el falo no es el pene, es porqué el falo es la premisa universal del pene. Tanto el
niño como la niña se sitúan inicialmente a la manera de un pequeño Aristóteles articulando sus
silogismos. Tomemos uno de los ejemplos más conocidos: partiendo de una premisa mayor, que
podría ser “Todo hombre es mortal”, se continúa una premisa menor: “Sócrates es hombre”, de la
que luego se deduce como conclusión que “Sócrates es mortal”. El niño y la niña por su parte
esbozan una premisa mayor: todo el mundo tiene pene. Razonamiento en el que el interés
autoerótico de la niña encontrará en su clítoris el lugar asignado al pene dentro de la premisa.
Cabe recordar que para 1915, además de los análisis de neuróticos adultos, Freud ya contaba
con el historial del análisis del pequeño Hans, publicado hacia 1909. En dicho caso, la premisa del
pene ocupa un lugar central tanto en la causación como en el desenlace de la fobia de este niño de 4
años. Esta premisa de lo infantil ya implica una articulación mayor del símbolo en la vida subjetiva,
y como todo saber acarrea equívocos enigmáticos, aporias y atolladeros.
Vicisitudes de la premisa fálica.
Las vicisitudes de la premisa fálica cumplen un rol determinante en el drama edípico así
como en los motivos del sepultamiento del mismo bajo el complejo de castración.
El falicismo del niño y la niña han de articularse asimismo con otro concepto nuclear de la
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teoría freudiana: el narcisismo, el amor hacia la perfección y completud de la propia imagen;
estadio que, durante los primeros meses de vida, va estructurando el Yo en toda su complejidad,
(este tema será ampliamente trabajado en las materias correlativas de Psicología, particularmente en
Psicoanálisis I). El falo como parte fundamental del cuerpo sostiene la emergencia de ese
narcisismo, siendo una pieza clave del mismo, aunque por ahora no desarrollaremos más este punto.
Lo cierto es que Freud acentúa una serie de experiencias que habrán de interpelar al saber infantil
de la premisa fálica, la principal remite a la visión de los genitales del par del otro sexo: una
compañerita o compañerito de juegos dependiendo el caso. Para el niño, la visión de los genitales de
la niña conlleva un problema. Si hasta el momento hubo sostenido que todo ser vivo se encuentra
dotado de un órgano como el suyo, la visión de dichos genitales, anatómicamente tan disimiles, lo
obligará a buscar una razón al misterio que se abre ante sus ojos. Cae entonces preso de la
desmentida y busca un subterfugio, “aún es pequeño y ya crecerá”. Sólo luego, y a partir del
descubrimiento de que su madre carece también de pene, llegará “a la conclusión, afectivamente
sustantiva, de que sin duda estuvo presente y fue removido. La falta de pene es entendida como
resultado de una castración, y ahora se le plantea al niño la tarea de habérselas con la referencia de
la castración a su propia persona” (Freud, 1923, p. 147).
Entiéndase bien, si el niño puede construir la presunción de que el pene de la niña fue
removido de modo tal que ahora el suyo propio corre peligro, es porque desde un comienzo supuso
que todos debían tenerlo. Como señala Oscar Masotta (1976), la premisa del falo corresponde a un
orden de derecho, lo que debe haber, mientras que el encuentro con los genitales femeninos
representa para el niño algo del orden de hecho, lo que hay, pero que no podrá ser comprendido
correctamente por cuanto el niño se encuentra aún bajo los efectos de la premisa, es decir, de lo que
debería haber. Movilizará entonces sus investigaciones a los fines de encontrar respuestas que
puedan salvar el agujero que se ha producido. La desmentida primero -ese ”ya crecerá”-, y luego la
castración -todos tienen, pero algunos lo han perdido-, aparecen como respuestas que mantienen de
algún modo la racionalidad de la premisa. Sobre la imagen del padre recaerá el lugar de agente y
responsable de dicha castración que se ejerce como un castigo por los deseos incestuosos del niño
frente a la madre. Así se hace presente para el niño la llamada amenaza de castración, que señala su
introducción en el Complejo de Castración, el cual pondrá fin al Complejo de Edipo señalando el
sepultamiento de la sexualidad infantil. En el punto culmine el niño abandonará el objeto incestuoso
edipico en función de conservar el valor narcisista de su pene.
En el caso de la niña la situación, análoga al comienzo, tomará un camino asimétrico. La
observación del varón ofrece a la niña en acto la idea de que en algún momento tuvo un pene y éste
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le fue cortado, aunque poco a poco irá deslizándose sobre la idea de que es su madre la culpable por
haberla traído al mundo desprovista del mismo. Si el niño queda preso de la amenaza de castración,
el correspondiente en las niñas es el espinoso concepto de penisneid, traducido como “envidia del
pene”. La niña, que no lo tiene, se empeña en tenerlo, para lo cual abandonará a la madre como
objeto primordial para dirigirse al padre como sustituto, relación en función de la cual y a partir de
sus investigaciones sexuales, arribará a la equivalencia falo=hijo, es decir, esperará del padre un
hijo que opere como sustituto equivalente de ese falo perdido. De este modo, paradójicamente,
mientras el niño sale del complejo de Edipo por la castración, la niña entra a partir de su castración
en la relación edípica con el padre, y sólo poco a poco irá desprendiéndose del mismo.
Cabe aclarar que la compleja ecuación hijo=falo, que será fundamental para pensar una
futura posición de ese niña como madre en nada contribuye a ninguna idea de realización femenina
en la maternidad. Si una madre puede libidinizar a un hijo es porque el mismo puede ocupar durante
un tiempo este lugar de falo anhelado, sin embargo, la estructura del deseo, que aprendimos a leer
como de desplazamiento y condensación siempre apunta hacia Otra cosa. Esto último resulta un
movimiento fundamental para que un hijo pueda salir de esa suerte de célula que lo anuda con su
madre, y de ese modo comenzar a ligarse a los objetos de la cultura.
Periodo de Latencia y Metamorfosis de la Pubertad
Habíamos situado cómo en Freud la sexualidad humana y la elección de objeto se organizan
en dos tiempos. El primero de ellos, la sexualidad infantil que acabamos de puntuar y que ocupa el
tiempo comprendido desde el nacimiento hasta los 5 o 6 años articula el autoerotismo con la
elección del objeto edipico. Dichas mociones infantiles “después sufren una progresiva sofocación”
(Freud, 1905, p.160), dando paso al periodo llamado de Latencia.
Durante este periodo de latencia total o meramente parcial se edifican los poderes anímicos
que más tarde se presentarán como inhibiciones en el camino de la pulsión sexual y
angostaran su curso a la manera de unos diques (el asco, el sentimiento de vergüenza, los
reclamos ideales en lo estético y en lo moral).” (Freud, 1905, p. 161)
El asco, la vergüenza y los reclamos morales y estéticos, señalan la emergencia de
estructuras que no estaban presentes en tanto tales en la etapa de la sexualidad infantil. Las mismas
estarán sostenidas por fuerzas anímicas que se contraponen a las mociones sexuales perversas de la
infancia, es decir, constituyen formaciones reactivas contra ellas.
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¿Con qué medios se ejecutan estas construcciones tan importantes para la cultura personal
y la normalidad posteriores del individuo? Probablemente a expensas de las mociones
sexuales infantiles mismas, cuyo aflujo no ha cesado, pues, ni siquiera en este período de
latencia, pero cuya energía -en su totalidad o en su mayor parte- es desviada del uso sexual y
aplicada a otros fines.” (Freud, 1905, p. 161)
Es en este punto crucial en el que comienza a estabilizarse la función del proceso secundario
regido por el principio de realidad, tal como se trabajó en la unidad anterior. Sin embargo esta
sofocación no destruye las bases sentadas por la sexualidad infantil, sino que la relegan a lo
inconsciente desde donde continuarán produciendo efectos cruciales. Este periodo de latencia
también tiene su temporalidad, desarrollándose de los 6 años hasta aproximadamente los 12 años,
con el inicio de la pubertad y el estallido reforzado de las pulsiones sexuales que sobreviene en
dicha etapa. La misma corresponde, entre otras cosas, al crecimiento manifiesto de los genitales
externos y el desarrollo de los genitales internos que adquieren ahora la capacidad de ofrecer o
recibir productos genésicos. Dicho rebrote de la sexualidad introduce la pregunta por la forma en
que las zonas erógenas y la excitación sexual que parte de ellas se insertarán en este nuevo orden.
Freud dirá que con el surgimiento de la posibilidad de descarga que conocemos como orgasmo,
placer último y máximo por su intensidad, se establecerá una diferencia entre el placer provocado
por la excitación de las zonas erógenas y el producido por esta nueva satisfacción.
El primero puede designarse convenientemente como placer previo, por oposición al
placer final o placer de satisfacción de la actividad sexual. El placer previo es, entonces, lo
mismo que ya podía ofrecer, aunque en escala reducida, la pulsión sexual infantil; el placer
final es nuevo, y por tanto probablemente depende de condiciones que sólo se instalan con la
pubertad. La fórmula para la nueva función de las zonas erógenas sería: Son empleadas para
posibilitar, por medio del placer previo que ellas ganan como en la vida infantil, la
producción del placer de satisfacción mayor” (Freud, 1905, p. 192).
Sin embargo este sometimiento de las zonas erógenas como placer previo al servicio de un
placer final implicará en la vida sexual humana un estado de precariedad. Esta unificación bajo el
primado de lo genital no resulta sencilla y esta expuesta a múltiples fragmentaciones en función de
las fijaciones infantiles. Las zonas erógenas constituyen las bases no solo de las diferentes
desviaciones patológicas, sino en rigor, de toda la riqueza de la sexualidad humana, donde estos
placeres previos pueden llegar a ocupar una posición central como condición de goce de un sujeto.
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Por otra parte será en la pubertad donde se establecerá la separación tajante entre el carácter
masculino y el femenino, polaridad sexual que habíamos visto no se encontraba presente en las
etapas de la sexualidad infantil. Sobreviene aquí el segundo tiempo de la elección de objeto, la cual
si bien se construye sobre la imagen de los objetos edipicos, en tanto los mismos se encuentran
reprimidos, esforzaran a la búsqueda de objetos diversos. Se indica aquí el punto trabajado en los
escritos sobre naturaleza y cultura: la prohibición del incesto y los caminos de la exogamia que
introducen al niño en la vida social y cultural extra-familiar.
Bibliografía
Freud, S. (1900) “La interpretación de los sueños (continuación)”. En Obras Completas. Tomo V.
Buenos Aires: Amorrortu editores.
Freud, S. (1905) “Tres ensayos de teoría sexual”. En Obras Completas. Tomo VII. Buenos Aires:
Amorrortu editores.
Freud, S. (1915) “Pulsiones y destinos de pulsión”. En Obras Completas. Tomo XIV. Buenos Aires:
Amorrortu editores.
Freud, S. (1916-1917) “Conferencias de introducción al psicoanálisis (continuación)”. En Obras
Completas. Tomo XVI. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Freud, S. (1921) “Psicología de las masas y análisis del yo”. En Obras Completas. Tomo XVIII.
Buenos Aires: Amorrortu editores.
Freud, S. (1932-1936) “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933 [1932])”. En
Obras Completas. Tomo XXII. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Gentile, A. (2019) El horizonte semántico de la psicología: sujeto y alteridad. Material de estudio.
Cátedra de Psicología. Facultad de Psicología. Rosario.
Gentile, A. Algunas distinciones entre deseo y pulsión. Clase teórica. Facultad de Psicología.
Rosario.
Masotta, O. (1976) Lecciones de Introducción al Psicoanálisis. Barcelona: Gedisa Editorial.
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