
apartado en su obra anterior. Sin embargo, el cuerpo del que se ocupará Freud habrá de
diferenciarse radicalmente del que atañe a campos de investigación como la fisiología, la anatomía
y las distintas ramas del discurso médico, entre otros. Freud toma en cuenta la incidencia en la vida
psíquica de un cuerpo marcado por la sexualidad que poco tiene que ver con las grandes funciones
orgánicas, más bien, veremos, se apuntala en ellas para desplegar luego sus propias condiciones.
Para dar cuenta de estas condiciones que imprime un cuerpo sexuado, Freud forja el concepto de
pulsión {trieb}. La diferenciación entre este concepto y el de deseo resulta en muchos pasajes
problemática, sin embargo no nos apresuraremos a develar sus misterios. Baste por el momento la
referencia de la pulsión al cuerpo, y del deseo a las huellas mnémicas que remiten a la reproducción
de la experiencia de satisfacción. Un esbozo de la diferencia entre pulsión y deseo lo encontramos
en la respectiva clase teórica del profesor Antonio Gentile: el deseo, en tanto que inconsciente,
refiere a la cuestión central, para nosotros, del sujeto: las trazas del inconsciente soportan la función
de sujeto deseante que articula su enunciación a través de las huellas mnémicas y las fantasías; en
cambio, el campo de la pulsión torna imposible la función sujeto, o, como lo señala Jacques Lacan
con una figura muy elocuente, en relación a la pulsión podríamos suponer un “sujeto acéfalo” (sin
cabeza); el campo pulsional es un circuito que involucra lo corporal y sus satisfacciones a partir de
un empuje y perentoriedad repetitivos que hacen inubicable al sujeto.
La provocación freudiana: un rodeo por las aberraciones sexuales
Si ahora nos introducimos en la estructura de los “Tres Ensayos...”, podemos empezar
preguntándonos por qué un texto que versa sobre las características de la sexualidad infantil y las
transformaciones que implica el paso hacia la pubertad, comienza ocupándose de un tema como el
de las aberraciones sexuales. Pregunta que nos introducirá en el profundo gesto subversivo de esta
obra, en la que Freud desafía un principio común que aúna discursos heterogéneos como la
medicina, la religión y la moral: el ideal de una sexualidad centrada en la heteronorma del acto
sexual genital y la meta de la reproducción. Tanto en los “Tres ensayos...”, como en las
Conferencias de Introducción al psicoanálisis (1916-1917)
1
, pronunciadas una década después,
Freud elige para introducir el tema de la sexualidad humana, la vía escandalosa de sus
desviaciones, es decir, las aberraciones sexuales y las perversiones. Parte entonces de aquellos
“individuos cuya <<vida sexual>> se aparta, de la manera más llamativa, de la que es habitual en el
promedio” (Freud, 1916-1917, p. 278). Este grupo, minuciosamente catalogado en sus variaciones
patológicas por la psiquiatría de la época, cobrará, a partir de Freud, una nueva luz. Freud menciona
dos grandes grupos de perversos: aquellos cuyas satisfacciones sexuales comprenden una mudanza
1 Especificamente en la Conferencia N° 20: “La vida sexual de los seres humanos”
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